Centésima tercera historia

Mentiras Blancas: Segunda parte, centésima tercera historia.

Nos conocimos unos meses atrás, a principios de Diciembre, cuando ella y su tía se habían mudado a la casa de al lado. Fue por la tarde, mientras yo estaba acostada tranquilamente en el sofá, mientras veía la televisión.

-¡Vas a engordar si sigues comiendo así!- Y mi hermana estaba conmigo, sentada en un sillón. Me lo dijo porque yo estaba comiendo un paquete de patatas, mientras estaba sentada.

-Ya haré deporte, ¡no te preocupes!- Yo le repliqué con esas palabras, intentando no darles importancia, aunque decidí mejor dejar de estar acostada en el sofá.

-¡El único deporte que conozco que haces es en la cama!- Y ella, a continuación, me soltó esto, algo que me molesto, ya que tenía mucha razón. Decidí cambiar de tema, para evitar una conversación sobre lo que yo hacía con mi hermano.

-Hablando de otra cosa, ¿cuándo va a volver el hermano?- Eso le pregunté nerviosamente, mientras me levantaba del sofá y empezaba a estirazarme. En aquel día, estaba tardando mucho, porque unos payasos le pidieron ayuda para su trabajo.

Entonces, alguien tocó el timbre, yo pensé que era mi hermano y salí corriendo para abrirle la puerta.

-¡Te estaba esperando!- Eso grité con la mayor alegría del mundo, tras abrir la puerta y alzar las manos para abrazarlo.

Pero no era él sino dos personas desconocidas y me decepcioné muchísimo. Rápidamente, tuve que actuar como niña buena para no darles a esa gente una mala impresión de mí, mientras mentalmente les insultaba y les decía sin parar, que se fueran a la mierda.

-¡Buenos días! ¿Qué os trae por este humilde hogar?- Eso les dije, mostrándome lo más amable posible.

Aunque algo sorprendidas al principio, ignoraron eso y me respondieron con la misma actitud que yo.

-¡Hemos venido a presentarnos, querida vecina!- Eso me soltó una, mientras la otra me mostraba un cesto lleno de comida para dárnoslo.

-Ah, ¿sois las nuevas vecinas, no?- Eso les solté con una sonrisa, mientras me preguntaba por qué tenían que molestarnos, que no nos interesaban la gente nueva que veía al barrio.

A continuación, se presentaron y obviamente, era Klara y su tía, una vieja delgaducha de cincuenta años bastante estropeada con el tiempo y con el pelo más horroroso que había visto en toda mi vida. En fin, mientras aquella mujer me explicaba lo que nos habían traído, yo miraba hacia la niña, quién no dejaba de sonreír. Noté, entonces, algo extraño en ella, que me ponía los pelos de punta, y que me parecía bastante familiar.

De todas maneras, no le di mucha importancia, ya que para mí solo era más que una desconocida que iba a olvidar pronto su existencia, pero aquella chica empezó a frecuentar mi casa.

Por ejemplo, en un sábado cualquiera por la mañana, ella vino a nuestra casa, siendo saludada amablemente por mi madre: -¡Buenos días! ¿Qué haces aquí, ricura?-

Yo estaba bajando al salón y cuando la vi, hablando con mi madre, me dije a mí misma: “¡Otra vez, esta niñata!”

Mientras tanto, Klara, con aquella supuesta amabilidad que me daba mala espina, soltó lo que quería: -Bueno, mi tía necesita un poco de mermelada, ya se nos ha acabado.-

Mi madre, por unos segundos, puso una mala cara, pero lo ocultó para que ella no le viese. Es de esas personas que siempre piden cosas a los demás y luego, cuando se lo piden a ellos, buscan una escusa para no darlo.

-Ya voy a buscarlo.- Ya me di cuenta de la estrategia de mi madre. Si le decía eso, es porque le iba a mandar un momento en el salón, hacía cómo si lo buscará por unos segundos y luego, le engañaría a Klara diciendo que no lo tiene. Cuando oí eso, recé para que no me mandase a distraer a aquella niña.

-No hace falta, ahí está.- Pero ella se adelantó con aparente inocencia y le soltó esto, mientras le señalaba la mermelada que estaba sobre la mesa de la cocina.

-Ah, es verdad, no lo había visto. Perdón, perdón.- Eso le soltó mi madre, tras reír nerviosamente. Le salió mal la jugada y tuvo que dársela.

Ella, tras coger la mermelada, le dijo a mi madre que iba a saludar a los demás de la casa y se fue al salón, dónde solo estábamos yo y mi padre. Mi querido hermano estaba durmiendo plácidamente en la cama y mi hermana se había quedado, sospechosamente, en la casa de una amiga. En fin, aquella niñata se acercó solo a mí para molestarme, porque mi viejo se quedó dormido en el sillón.

-Buenos días, vecina.- Eso me soltó con una sonrisa. Al ver eso, a mí me entraron ganas de mandarle a la mierda, pero tuve que devolverle el saludo con mi falsa amabilidad.

Entonces, mientras se hacía la inocente, me dijo una frase que me dejó en shock, por varios segundos: -¿Anoche te divertiste mucho, no?-

Yo me quedé en blanco al momento, preguntando qué quería decirme con eso. No sabía qué intención tenía, tras lanzarme aquella pregunta, pero tenía que responder, y rápido:

-¿Pero, qué dices?- Esta fue mi respuesta.- No salí ayer, estuve todo el día, así que divertirme mucho, no lo he hecho.- Lo dije, intentando parecer lo más natural posible, hasta sacando unas risas, que se notaban que eran bien falsas.

Entonces ella, por un momento, me miró con un gesto burlesco, como si no se creyera que me pase el día aburrida en casa. A continuación, me dijo esto: -¿En serio? Pues yo pensé que te divertiste mucho, ayer, en tu casa.-

Y ahí, cuando me di cuenta de que estaba hablando aquella niña, mientras ella nos decía adiós y salía hacia su casa. Me pregunté seriamente si ella había visto o se dio cuenta de que mi hermano y yo lo habíamos hechos.

Si eso era verdad, me puse pálida, porque nuestra relación incestuosa iba a ser descubierta y todo se iba a ir a la mierda. Luego, empecé a negarlo en mi mente, diciéndome una y otra vez que eso no era posible, que tal vez se creyó otra cosa por cualquier tontería o algo parecido.

Intenté hacer cómo si no hubiera pasado nada y subí hacia mi habitación, aliviada de saber que mi madre no oyó los comentarios de Klara. Si los hubiera escuchado, nos preguntaríamos si habíamos hecho una fiesta mientras ellos no estaban o algo parecido. Y no le iba a responder ni loca, que yo y mi hermano estuvimos en la cama haciendo eso.

Entré en mi habitación y cerré la puerta, quería calmar mis pensamientos en paz. Entonces, volví a escuchar la voz de aquella chica: -¡Buenos días, de nuevo, vecina!-

Aquel saludo me sobresaltó muchísimo y miré a la calle. La vi, en la casa de al lado y me estaba saludando desde una ventana. Me entraron muchas ganas de chillar, pero me pude controlar:

-¿¡Qué haces ahí!?- O casi, porque solté eso, mientras me acercaba a la ventana y la señalaba, con la cara descompuesta.

-Pues en mi cuarto, como tú en el tuyo.- Eso me soltó ella con una sonrisa.

-No puede ser.- Y yo estaba tan pálida que me sentí que me estaba mareando y tuve que apoyarme sobre los márgenes de la ventana.

No sabía qué hacer y quería pegarme un buen puñetazo a mí misma por no haber cerrado la ventana cuando lo estábamos haciendo. Pero aún así, yo intenté pensar que no se dio cuenta. Entonces, ella me soltó esto:

-Te has dado cuenta demasiado tarde.- Miré hacia ella, mientras decía eso, y me miraba con una sonrisa perturbadora.

Tenía que asimilarlo, ella nos descubrió y, por la cara que ponía, parecía como si deseaba aprovechar de mí, ya que había descubierto mi secreto.

FIN DE LA SEGUNDA PARTE

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