Centésima tercera historia

Mentiras Blancas: Tercera parte, centésima tercera historia.

Después de eso, ella me invitó a mi casa y yo lo acepté, porque sabía que si le decía que no, sería el fin. Por eso, a pesar de que por nada del mundo deseaba visitarla, me dirigí hacia ahí. Al entrar, fui recibida por su tía:

— Ah, ¡buenos días vecina! ¿Qué quieres de mí? — Y le iba a responder el saludo con alguna excusa, pero no me dio tiempo, porque Klara apareció detrás de esa vieja.

— Le he invitado a casa, para pasar un buen rato juntas. — Le dijo ella, dándole un pequeño susto a su tía, Miró para atrás y soltó un suspiro de alivio al darse cuenta de que era sólo su sobrina.

— ¡¿Ah, de verdad!? ¡Debes de avisarme antes, ya estoy bastante mayor para sorpresas! — Con esto dicho, se fue al salón y me dejó sola con Klara. Yo le miré con algo de miedo, mientras ella seguía con aquel falso rostro alegre, mientras cerraba la puerta de la calle y me dirigía hacia las escaleras.

— ¿Te pasa algo? Pareces como si estabas viendo un fantasma. — Me decía esto, silbando de alegría, mientras subía al segundo piso con mucha energía, saltando en dos en dos las escaleras como si fuera un juego.

— No es nada. — Forzaba mi cara de amabilidad todo lo que podría, pero el estrés que me estaba dando la situación me desconcentraba.

Entonces, ella, al llegar a lo más alto de las escaleras, se me quedó mirando y su cara cambió totalmente, poniendo una siniestra y muy cínica. Se puso a reír y me soltó esto:

— ¡¿Aún sigues mintiendo, boluda!? — Me preguntó burlona.- Vos, estamos entre iguales, quítate esa máscara de niña buena. —

Definitivamente, aquella chica se había dado cuenta de que yo era una farsa y me lo soltó, delante de mis narices. Me conmocionó totalmente:

— ¿¡Cómo!? — Grité flojito, poniendo una cara de espanto y de enfado.

Y aquella chica, volvió a hablar de forma burlona hacia mí, mientras me cogía de la mano y me llevaba a su cuarto:

— ¡¿Es lo único que vas a decir!? Bueno, no importa. Charlar en el pasillo, no es lo mejor que podemos hacer ahora mismo. —

Quería soltarme de su mano que me estaba llevando e irme de ahí, pero estaba en una situación horrible para mí y no me podría permitir ese lujo.

— Entiendo. — Solo decidí resignarme por el momento, bastante fastidiada por la situación en dónde me había metido.

Al entrar a su cuarto, me quedé sorprendida al ver lo diferente que era del resto de la casa. Mientras que el pasillo y las escaleras tenían un aspecto muy sobrio, con un papel de pared muy simple de color azul y con solo unos pocos cuadros puestos; en su habitación, era casi todo lo contrario.

Su papel de pared era de color rosa y totalmente adornadas con rosas rojas. Su cama, que era demasiado grande para una niña de su edad, era toda una cursilada: Sus sabanas tenían diferentes tonalidades rosadas, con imágenes de animales con aspectos monos; y sobre eso, estaban miles de peluches, igual de adorables. Sus armarios, que eran también enormes, eran blancos, llenos de corazones y ositos. En el suelo había una alfombra del mismo color que todo el lugar.

— ¿No te parece bonita mi habitación? — Me preguntó, mientras me lo mostraba con aquella falsa sonrisa suya,

— ¿Quieres qué te diga la verdad? — Le respondí, muy seria. — Demasiado rosa para mis ojos, es casi vomitivo. — Y por primera vez en mucho tiempo, fui sincera, y con mucha mala leche, frente alguien que no era mi familia. Ver para creer.

— Ya veo. — Se tiró a la cama y siguió hablando. — Si te digo la verdad, la que ha decorado esto ha sido mi tía, quién creía que esto me gustaría. —

— Entonces, ¿quieres decir que no te gusta? — Eso pregunté, extrañada por esa respuesta, y ella me soltó esto:

— No me disgusta. — Antes de echar sal en la herida. — Pero, ¿sabes, una cosa? Si fuera tu mamá, me daría un ataque al corazón al ver que sus hijos están teniendo una relación prohibida. No es nada piola. —

Lo dijo con una expresión cínica, mientras seguía hablando como si fuera una niña buena, con la notable intención de irritarme, al escuchar esas palabras con tal tono de voz.

— ¿¡Entonces, lo has visto!? — Grité, enfadada y aterrada, con la vaga esperanza de que no sabía de que estaba hablando. Pero me estaba engañando en vano a mí misma, entendía muy bien que ella me había descubierto.

— Sí, te vi cómo os besabais y cómo os quitabais la ropa. Y luego…—Imitaba lo que estábamos haciendo, mientras me lo explicaba, haciendo como si estuviera besando a alguien de forma pasional, mientras se empezaba a quitar la ropa. Era demasiado gráfico.

— Cállate…— Y le detuve, muy roja. — Ya sé a dónde quieres llegar. — Porque no quería ver como una maldita niña se burlaba de mi acto de amor con mi querido hermano. Y ella, después de lanzar un quejido, mostró una cara pervertida y añadió esto, muy molesta por haber sido interrumpida:

— Y eso que iba a llegar a la mejor parte, incluso creo que me llegué a mojar por culpa de vuestros gritos…— Se puso las dos manos sobre la cara, poniendo cara de boba y saliendo saliva de su boca.

Ignoré eso evitando pensar en cosas que no deseaba imaginar. Me puse a pensar que los niños de ahora estaban como una cabra, sabiendo a edades tan tempranas cosas como esa, preguntándome en qué tipo de sociedad estábamos creando.

A continuación, empezó a reírse, y  decirme esto: — ¡En fin, fue muy re idiota de tu parte no haberle puesto una cortina a tu cuarto! —

Y aquello me enfadó tanto que le grité, muy alterada: — ¿Y quieres algo, verdad? — Mientras apretaba un puño con mucha fuerza. — ¡Por eso me has invitado a tu casa, ¿no?! —

— Che, ¡tranquila! Antes, quiero que me respondas esto: ¿por qué estás teniendo una relación anormal con tu hermano? — Ella se estaba cachondeándose de mí. — Vos sabes que los hermanos raramente hacen esas cosas. —

— ¿Y a ti que te importa? — Le solté con una cara de psicópata. Ella seguía burlándose de mí:

— No sé, puedo hacer que un rumor sobre vuestra relación secreta se extienda por todo el vecindario. O incluso, puede que saqué pruebas en tu contra. Creo que con esa actitud tuya no podemos llegar a nada bueno. —

— ¡Maldita seas! — Dije en voz baja, bastante frustrada por el hecho de que una niña me estaba amenazando como si nada.

— ¡No te pongas así, mujer! ¡Si vos estuvieras en mi lugar, harías lo mismo! —

Exclamó a continuación, y ya me estaban irritando aquellas raras palabras que estaba usando. Casi le iba a reprochar, diciéndole que yo no haría tal cosa. Pero me detuve, al darme cuenta de lo que dijo ella era verdad. Me quedé muy cortada y algo asustada, al ver que ella adivinó eso.

— ¿Pasa algo? — Me preguntó con una falsa inocencia. — ¡¿De verdad te ha asustado eso con esa pelotudez que he dicho!? — Y poniendo una sonrisa angelical, que me parecía muy siniestra.

— ¡No digas tonter…! — Le grité como un demonio. Ella me interrumpió.

— ¡Te he estado observando, desde hace tiempo! — Y se levantó, abrazando un peluche. — Me di cuenta del tipo de persona que vos sos. — Intenté decir algo, pero ella no me dejaba:

— Una falsa, una chica que lleva una máscara antes los demás, ocultando su verdadera personalidad. — Me quedé pillada, porque me estaba definiendo perfectamente, mientras se acercaba a mí. Entonces, se paró y añadió esto:

— Siempre te haces pasar por una chica amable y buena, pero en el fondo no eres más que una bruja. — Eso fue el colmo, porque esa niña, Klara, descubrió realmente lo que era yo.

Fue casi un choque para mí.  De forma irónica, había terminado en manos de alguien, aunque niña, era igual de hipócrita y odiosa que yo. Era peor de lo que me imaginaba, toda mi vida se iba a acabar. Caí de rodillas, con ganas de gritar y maldecir, preguntándome qué haría Klara conmigo. Fuera de mí, golpeaba compulsivamente el suelo con mis puños.

— ¡Qué exageradas te pones! — Ella estaba disfrutando de su reacción, se burlaba de mí, lanzando risas muy hirientes. — ¿¡Tanto miedo te doy!? ¡¿Nunca te has visto en el espejo!? — Dando vueltas y saltitos sin necesidad, como si aún intentaba comportarse como una niña pequeña.

Aquello provocaba en mí, mucha vergüenza porque me sentía patética, y también un enorme enojo, mis ojos, incapaz de alzarse para arriba, están inyectados de ira. Quise preguntarle algo o decirle que se callara de una vez, o cualquier cosa, pero cuando intenté hablar, ella añadió esto, deteniéndose:

— Pues verás, si lo he descubierto, es porque yo soy casi igual que vos. —

— ¡Es verdad! — Exclamé, muy frustrada. No podría negarle la verdad, si estaba temblando de miedo es porque veía en ella un reflejo de mi cruel y aberrante yo.

— ¡¿Y ahora te das cuenta!? — Y se partió el culo con mis palabras, a pesar de que era bien obvio que yo ya sabía eso desde que ella me mostró su verdadero yo.

Yo ignoré eso y rápidamente decidí irme al grano: — ¡¿Entonces, qué quieres que haga para mantener el secreto!? —

Estaba un poco asustada, ya que, si fuera yo, le exigiría cosas que serían muy humillantes e horribles, y no deseaba vivirlo.

— Pues verás…— Ella se quedó pensativa, con un gesto de aparente inocencia. Lanzaba ruidos molestos con la boca tapada, mientras movía el muñeco que tenía entre manos de un lado para otro.

— Haré lo que sea…— Y, presa del pánico, me arriesgué diciendo esto. Si fuera yo, al ver aquella desesperación, me pediría hacer las cosas más malas que me podría imaginar.

Cerré los ojos, rezando para que tuviera piedad de mí.

— Sé mi amiga. — Pero, entonces, me dijo esto y me dio la mano, con una expresión que parecía amigable.

Me sorprendió muchísimo, era la cosa más tonta que una podría pedirle a alguien cuya vida podría ser arruinada si ella quisiera.

— ¿Eh, qué? — Tardé en reaccionar, soltando esto muy confundida.

Klara, que se veía algo extrañada por mi reacción, me lo explicó:

— Ya sabes que soy realmente, al igual que yo contigo. — Con un tono de voz que mezclaba su falsa inocencia y una actitud burlona. — Después de todo, tú y yo somos similares y por tanto, esto será lo mejor para las dos. —

Dudé por un momento, pensando en que sería una treta, pero al final llegué a la conclusión de que esto era lo mejor. Debía aceptar aparentemente su petición de amistad, para encubrir mi verdadera personalidad y mi relación prohibida con mi hermano. Por eso, acepté su mano y le dije esto:

— Pues, bueno, seré tu amiga, si no hay más remedio. — Le decía esto, mostrando mi mejor sonrisa, a la vez que le insultaba mentalmente a aquella niñata. Y Klara aparentemente también ponía una sonrisa, que daba la impresión de que por dentro de ella también me estaba insultando.

FIN DE LA TERCERA PARTE

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