Centésima tercera historia

Mentiras Blancas: Quinta parte, centésima tercera historia.

Unos quince minutos atrás, yo estaba descansando tranquilamente en mi sofá mientras veía la televisión. Había vuelto del instituto muy agotada y no deseaba hacer nada. Estaba muy aburrida, porque ni mi queridísimo hermano ni mi hermana ni mi padre estaban en mi casa, sólo mi madre, quién estaba charlando sin parar por el teléfono con alguna vecina. No había nada de la tele y deseaba distraerme con alguien.

Aquel deseo se me cumplió, aunque me arrepentí de haberlo deseado.

— ¡Buenos días! — Escuché primero este grito, después vi como alguien dio un gran salto desde detrás del sofá y aterrizó violentamente sobre mí. No pude reaccionar a tiempo, solo di un gran grito de dolor, casi sentí que iba a partir mi cuerpo en dos.

— ¿¡Qué haces, estúpida!? — Le grité, después de eso. — ¡¿Me quería matar o qué!? —

— ¡Perdón, perdón, no sabía que estabas ahí! —  Me respondió, haciéndose la inocente, poniendo cara de no haber roto un plato en su vida a la vez que estaba sacando la lengua. Obviamente, lo hizo a consciencia para molestarle.

— ¡Deja de fastidiar y bájate de mí! — Exclamé bastante molesta y deseosa de quitarme ese peso extra que estaba sobre mí.

— Pero no tengo ganas de moverme. — Eso decía con una voz burlona, mientras se estaba poniendo cómoda.

Entonces, empecé a moverme de un lado para otro, lo más rápido posible; para hacerla caer o, por lo menos, conseguir que se levantara de mi costado. Pero sólo conseguí lo contrario:

— ¡Muévete, muévete más! —  Se estaba cachondeando de mí. — ¡Esto es realmente divertido! —  Gritaba y reía como si estuviera en una atracción.

Y eso me enfado un poco más, pero estaba tan vaga que no tenía ni ganas de cambiar de estrategia. Seguí moviendo el cuerpo lo más rápido que podría.

Entonces, mi madre al darse cuenta de los gritos, preguntó desde la cocina esto: — ¡¿Qué es todo este ruido!? —

—  No es nada, Señora McGargle. —  Y tan rápido como oyó la voz de mi madre, ésta saltó de mí y se dirigió hacia la cocina para saludarla.

Agradecí a mi madre por haberme librado de Klara, mientras escuchaba cómo la granuja estaba actuando de niña buena para ella. Me puse en una mejor posición en el sofá, subiéndole más volumen a la televisión para no escucharlas.

Y, al rato, Klara volvió y me dijo esto: —  Por cierto, tu mamá quiere que vayas de compras. —

Entonces, maldije a mi madre. No tenía ganas de comprar nada, y le iba a dar una excusa para no ir. Pero Klara se me adelantó, impidiendo que me le dijera algo:

— Ella dice que lo hará con gusto. —  Le soltó esto a mi madre en voz alta.

— ¡Malditas seas! —  Exclamé en voz baja, bastante molesta. Ya no podría librarme.

— Después de todo, no estás haciendo nada. — Y ella me replicó, poniendo cara de burla hacia mí. Lo hizo a propósito para fastidiarme.

Tras salir a la calle, directa hacia al supermercado más cercano; me di cuenta de que Klara también iría conmigo.

— ¿¡Tan aburrida estás que tienes que ir conmigo al supermercado!? —

Tras haber salido de nuestro barrio, en mitad de nuestra conversación, le pregunté esto. Cambié de tema para esquivar las preguntas que aún me estaba haciendo sobre el día anterior.

—  Solo deseo ayudarte a comprar, nada más. —  Lo dijo con un tono sarcástico muy bien obvio.

—  Mentirosa…—  Le repliqué.

— ¿¡Y ahora te enteras!? — Y ella me soltó esto, entre risas.

Entonces, mientras nosotras seguíamos charlando, me di cuenta de algo y me empecé a preguntar: ¿Por qué se había vuelto tan pegajosa conmigo? Es decir, casi siempre está encima de mí, todos los días. Es raro que me dejara tranquila, siempre aparece para molestarme. Y lo peor de todo esto, es que me estaba acostumbrando a esto. Al pensar en eso, me dio mucho terror, en que me estaba encariñando de ella o que Klara está encariñada con mi persona.

Y se lo iba a preguntar, cuando estábamos pocos metros del supermercado, antes de cruzar la calle que nos separaba de nuestro destino; pero algo me interrumpió.

— ¿¡No es esa chica la que te fastidió el polvo de ayer!? — Gritó Klara en voz alta, mientras señalaba hacia algún lado con el dedo.

Y yo, en vez de mirar hacia dónde Klara señalaba, le tapé la boca con toda la rapidez del mundo, muerta de vergüenza.

— ¡No digas esas cosas en alta! —  Eso le dije, muy roja y con ganas de matarla, mientras algunos transeúntes nos miraban algo extrañados.

Ella seguía señalando con el dedo hacia a alguien, mientras intentaba hablarme. Y esta vez miré.

—  Oh, no… No puede ser…—  No podría creérmelo. — ¡Mierda, mierda! —  Fue una coincidencia muy molesta.

Rápidamente, nos agachamos y nos escondimos detrás del coche aparcado más cercano de nosotras y nos pusimos a observarla. Era la misma estúpida del día anterior, aquella chica de pelo azul marino bastante horrible, que pasó por mi casa preguntando por Lafayette, la que tenía esa fastidiosa cara de no haber roto un plato en toda su vida, cuyo nombre era Malia Roosevelt.

— ¿Qué hace ella aquí? — Grité conmocionada, mientras observaba cómo ella estaba entrando en el supermercado.

—  Pues comprando, ¡no lo ves! —  Y Klara me respondió sin que yo se lo pidiese.

— Era una pregunta retórica. — Le repliqué bastante molesta, antes de levantarme y acercarme al supermercado, sin que esa se diera cuenta.

No me di cuenta de que empecé a espiar a aquella chica, contradiciéndome. Klara, en voz baja, me lo dijo a la cara, poniendo una sonrisa burlona, a punto de echarse a reír.

— ¡Al final, tu palabra no vale nada! — Yo decidí ignorarla, mientras cruzaba la calle e intentaba no perder de vista a aquella chica.

Ella, sin decir nada más, me siguió y entramos las dos en el supermercado con mucho sigilo. Al entrar, lo primero que hicimos fue buscarla.

La encontramos en la sección de alimentos, comprando un montón de comida, los cuales los metía en un carrito que tenía en sus manos. Se le veía muy contenta, mientras examinaba con mucha atención cada cosa que observaba, comparando precios y calidad. La meticulosidad con la que se manejaba por el supermercado llegaba a ser agobiante, peor que la de mi madre o yo cuando compró lo que quiero; deseaba gritarle que comprara de una vez. Compró un montón, incluso más de lo que podría cargar.

— ¿Qué quiere hacer esta con toda esa comida? — Me preguntaba yo muy sorprendida, mientras la observábamos moverse del puesto de las verduras a las de los congelados.

— Pues hacer una fiesta, supongo. — Y eso me respondía Klara, tan extrañada como yo.

Con la idea de comprar olvidada, nosotras nos centramos en espiar y seguir a aquella chica, quién, tras comprar tal absurda cantidad de comida, salió con su carrito hacia algún lugar. Y así empezó una caminata que duró casi una hora.

— ¿Adónde va ésta? — Era algo que me preguntaba bastante molesta, varias veces, al darme cuenta de que esa chica no se iba a su casa.

Más tarde, nos dimos cuenta de lo que estaba haciendo, ella estaba yendo de una punta al otro del enorme barrio entregando comida a varias familias. Sí, ¡cómo lo oyen! ¡Aquella chica iba a algunas casas, de gente que no tenían dinero, a darles lo que compró, totalmente gratis, sin ningún tipo de intereses!

Algunas de esas casas parecían de clase media, pero cuando salía la familia de turno de ahí, se veían bien pobretones. Otras sí que se notaban que era de gente que no podría permitirse caprichos.

En fin, ella, siempre con una sonrisa en su casa, les daba alguna que otra cosa que necesitaban comprar y no podría hacerlo.

— ¡Ah, muchas gracias, d-e verdad! ¡No has salvado! — Eso le decían muchas de esas personas, muy felices, algunas a punto de llorar.

Ni Klara ni yo estuvimos preparadas para ver aquel acto de bondad, aquella chica pareció tan brillante que sentíamos que nos ardían los ojos. Nosotras dos nos sentimos incapaces de entender tal cosa, estábamos boquiabiertas, sin saber qué decir o cómo reaccionar.

Después de todo, ella hacía algo que jamás creía que alguna persona podría hacer por los demás. Era una cosa que mi realidad aceptaba como irreal e imposible, pero que, en aquel preciso momento, lo estaba viendo con mis propios ojos. Todo en lo que creía se me desmoronó.

— ¿¡Por qué hace eso!? — Era lo mismo para Klara, quién tampoco podría asimilar lo que estaba viendo con sus propios ojos.

Lo peor fue lo que sentí sobre mí, un horrible y terrible malestar en torno a mi ser, como si me hubiera visto en un espejo y viera lo fea que era mi interior. Me di mucho asco, al comparar aquel acto de bondad frente todo lo que hacía yo, que no era más que mentiras y mentiras.

— Debe estar haciéndolo, porque le vende cupones o porque es su trabajo y le pagan o algo…— Le respondía a Klara. No buscaba más que simples y estúpidas excusas, las que se me ocurrían; para no aceptar esa realidad que estaba observando.

Y esto sólo sería el principio.

FIN DE LA QUINTA PARTE

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