Centésima tercera historia

Mentiras Blancas: Doceava historia, centésima tercera historia.

Miré el reloj por unos segundos, después de sentarme en una de las cientos de butacas que había en la sala en dónde iban a tocar. Solo faltaba cinco minutos para que el telón se abriera y para calmar mi espera, decidí mirar un folleto que había conseguido.

Según eso, lo que se iba a tocar era una cosa llamada Le quattro stagioni, traducido al inglés como “Las cuatros estaciones” de un músico llamado Vivaldi. Al parece estaba a punto de escuchar algo italiano. Iba a estar interpretado por una orquestra sinfónica e infantil de una escuela de música muy prestigiosa de la cuidad, en la cual estaban seleccionado los mejores niños para hacer tal tarea. No me sorprendió que Klara estuviera con ellos, aunque me molestó que no me lo contara. Y dejé de leer cuando vi que iban a contar sobre la historia del concierto y su compositor.

Y entonces la sala se oscureció y el telón empezó a levantarse poquito a poco, mientras una voz nos decía lo que iba a comenzar. Y en el escenario lo primero que vi fue a Klara con su querido violín entre aquella multitud que iba a tocar para el público.

-Concerto n. º 1 en mi mayor, Op. 8, RV 269, La primavera.- Y con esto dicho, todos comenzaron a tocar. Una melodía alegre y animada empezó a sonarse por toda la sala, la primavera había comenzado.

Un sentimiento de calma y alegría empezó a inundar mi corazón, pero eso provocó que recordaría nuestra conversación, antes de que ella se fuera con sus compañeros.

-¿Sabes una cosa? La música da mucho miedo.- Eso soltó ella de repente y me dejó algo boquiabierta.

Creía que era otra burla pero su cara seria me decía lo contrario. Por eso, le repliqué esto: -¿Qué tonterías quieres decir con eso?-

-La música manipula a las personas, puedes incitarles a luchar, haciéndoles sentirse héroes invencibles; o encerrarlo en una burbuja, huyendo de sus problemas. Enloquece a artistas, obsesionados con la fama; y puede controlar tus sentimientos.-

No sé si tomarlo en serio o no, porque me parecía bastante gracioso lo que estaba oyendo. Nunca pensé que alguien diría que la música daba miedo, y sobre todo una chica que tocaba el violín como un profesional.

-Eso es exagerado…- Añadí secamente, no me atreví a ponerme a burlarme de ella.

Y ella, entre una mezcla de resignación y burla, dijo como conclusión: -Tal vez. Pero es lo que creo. Pero a la vez la música es maravillosa. Porque con ella puedo expresar lo que siento, las cosas que jamás podré decir.-

No pensé en nada más, mi mente se quedó en blanco, salvo una cosa:

-Por cierto…- Aunque me daba algo de vergüenza decírselo.

Ella me miró y me preguntó que quería, yo le respondí:

-Puedo… ¿puedo escucharte antes del concierto?- Pausé un segundo y continué. -Puedes tocar lo quieras.-

Luego, vino silencio, y ella se quedó con un gesto de sorpresa, como si no se lo esperaba. Pero puso una sonrisa y sacó su violín del estuche:

-Aún falta como que una hora y media, así que con cinco minutos bastará. Si tardó mucho más los profesores me regañarán.- Eso me dijo, antes de ponerse a tocar.

Era una melodía totalmente opuesta a la que estaba escuchando en aquellos momentos, una melodía triste y melancólica, también se me hacía conocida, como si lo había oído en otra parte. De todos modos, comprobé en primera lo que decía ella, porque aquella música me estaba poniendo incómoda pero a la vez no dejaba de escucharlo.

Y bueno, no pudo terminar la melodía, porque apareció alguien de repente, interrumpiéndolo:

-¡Realmente, has mejorado muchísimo la Marcha fúnebre de Chopin!- Era de un hombre, cuya voz me sorprendió.

Ella se detuvo y le habló: -¡Ah, hola, profesor!- Le hizo una reverencia y le explicó lo que estaba haciendo: -Solo le estaba mostrando esto a mi amiga.-

-Me parece bien, pero no tenemos tiempos.- Eso decía nerviosamente aquel hombre. -Tenemos que prepararnos.

Tras decir esto, él se disculpó conmigo a la vez que se presentaba y Klara educadamente se despidió, mientras se alejaban rápidamente.

Mientras recordaba y pensaba sobre todo lo que nos había pasado, la primavera pasó y la parte del verano ya estaba terminando. Habíamos pasado de un ritmo tranquilo y pacifico a uno que se volvió cada vez más violento, lentamente pero sin causa; hasta llegar al punto de que parece que explota todo, o eso me parecía haber escuchado con mis oídos.

Y al empezar el otoño, una vieja conversación entre ella y yo volvió a mi mente.

-¿Sabes, cuál es el origen de la palabra “persona”? Nos lo explicó mi profesor el otro día.- Ella me soltó esto un buen día, mientras estaba usando mi ordenador, descargando porno y acostada en mi cama.

-Ni lo sé ni me importa.- Eso le repliqué. Estaba más ocupada haciendo los deberes que en notarla.

-De todos modos, te lo voy a decir.- Pero, por desgracia, no quería callar la boca. -Dice que deriva de la palabra griega “prósópon”, la cuál era una máscara que usaban los actores para dejar claro a quién representaban en la obra.-

-Ya veo.- Eso dije por decir, porque intentaba ignorarla y seguir con mis estudios. Ella siguió hablando.

-Eso me dejo pensando… ¿No todos usamos una máscara antes los demás e incluso a nosotros mismos?-

Intenté ignorarla lo máximo posible.

-Tú y yo fingimos ser otras personas, como si fuéramos actores de la Antigua Grecia, ocultando nuestro verdadero rostro a través de falsas máscaras.-

Pero era imposible, no podría ignorar sus palabras.

-Tal vez, los demás lo tengan, aunque sea para ocultar las cosas horribles que tienen, e incluso para negar todo eso.-

En aquellos momentos, lo único que deseaba era que se callase y eso se lo dije bien claro, aunque ella se lo tomó a burla. Ahora aquellas palabras no dejaban de sonar por mi cabeza y empecé a reflexionar sobre ellas y sobre todas las cosas que habían ocurrido estos días.

Por fin, al llegar la última estación, llegué a una conclusión, sobre cuál era la razón que me molestará tanto lo de ayer: Es simple, no soportaba el que  intentase ocultar los verdaderos sentimientos que tenía por todas las cosas que les estábamos haciendo. Seguro que deseaba pedirnos que parasemos de molestarla, preguntarnos por qué le estábamos haciendo a ella todas esas estupideces, golpearnos por tratarla de una forma tan fea y gritarnos que si les caíamos mal, pues desaparecería de nuestras vidas. Pero en vez de hacer todo eso, hizo todo lo posible por controlarse, negarse a sí misma que todo era puras casualidades y reprimir sus emociones.

En cierta forma, ella intentaba usar una máscara para reprimir lo que no le gustaba enseñar a los demás. Todos lo tienen, al fin y al cabo.

Y yo, por el simple hecho de que no soportaba el hecho de que ella fuera más verdadera que mi persona, le obligué a que lo soltara lo que ocultaba. Más bien, las dos. Bueno, no es novedad que descubra que Klara y yo somos seres horribles, que querían desplumar a alguien que parecía ser un ángel. Ni tampoco creo estar arrepentida ni deseaba disculparme, pero sentía algo dentro de mí, que tenía que hacer algo más.

Quería liberar aquellos sentimientos que le habíamos creado a Malia y que ésta celosamente impedía sacarlos a flote. No solo eso, por una vez en toda mi puta vida deseaba ser sincera con alguien que odiaba mucho, decirle sin indirectas ni nada, lo que yo pensaba realmente de su persona.

Y, en cierta forma, estaba comprobando con el compás de la música, que las canciones podrían manipular a las personas. Por lo menos, influirlas, porque sentí estar en un momento de acción, gracias a aquella música tan enérgica y dramática.

Llegué a una decisión, mientras apretaba el puño fuertemente: Solucionar las cosas cara a cara con Malia, y sintiéndome como si hubiera llegado al clímax de una película, cuya protagonista era yo; me levanté con toda la rapidez del mundo y salí corriendo como si mi vida estuviera en peligro, ante las miradas de algunos curiosos.

FIN DE LA DOCEAVA PARTE

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