Centésima tercera historia

Mentiras Blancas: Última parte, centésima tercera historia.

— ¿Qué te paso? Me dijeron que minutos antes saliste corriendo de la sala como un cohete y volviste enseguida. — Me preguntó Klara, después de terminar el concierto, cuando nos volvimos a encontrar en la sala principal.

Ella lo decía burlonamente, como si yo hubiera hecho algo gracioso. Así que se lo pregunté: — ¿Tan gracioso fue? —

— Yo no te vi, estaba más ocupada en el concierto que con otra cosa, pero el profesor me lo comento. — Me respondió.

Al parecer, fue uno de las varias personas que veían el espectáculo que vieron como salí corriendo de la sala como si había fuego. Un pequeño espectáculo que me arrepentí de haberlo hecho, porque al salir del lugar, vi que no tenía sentido buscar a Malia, ya sea por tener que terminar el concierto o no tenía saldo para llamarla.

Así que avergonzada, volví a la sala del concierto y a sentarme a esperar a que terminara. Y como sabía que si le contará a esa, estaría todo el día molestando, le mentí y le di poca importancia eso:

— No es nada, sólo tenía que ir a los servicios urgentemente, nada más. —

Aunque ella me miró con cara de que le estaba ocultando la verdad, decidió callarse y no decir nada más.

Como no tenía saldo para llamar ni quería que Klara supiese lo que iba a hacer, aunque ésta se iba a enterar pronto o temprano; decidí llamar a Malia, para decirle que se reuniera conmigo, cuando llegará a mi casa.

— ¿Quién es? — Eso fue lo primero que me contestó Malia cuando la llamé desde el teléfono de mi casa.

— Soy Sally McGargle, ¿me recuerdas? —

— Pero si nos vimos ayer. Bueno, yo…— Interrumpí lo que me iba a decir lo más rápido posible, no quería sus disculpas, después de todo. Y le dije lo que me interesaba:

— ¿Estás libre para hablar conmigo el lunes, mañana? — Necesitaba hablar con ella lo más rápido posible.

— Pues tengo trabajo por la mañana, pero por la tarde. — Lancé un suspiro de alivio, tuve suerte.

— Entonces, está bien. — Luego, le dije el lugar y la hora en dónde nos íbamos a encontrar y corté la llamada tan rápido como llamé.

Al soltar el móvil, Klara apareció detrás de mí y me soltó esto, dándome un buen susto: — ¡¿Entonces, vas a disculparte, te has arrepentido!? —

Giré la cabeza, grité y caí al suelo, mientras ponía la mano en el pecho. Tras ver que era ella, quién empezó a morirse de la risa, le dije gritando esto:

— No me des esos sustos. — Recuperé la compostura y añadí: — En verdad, le quiero dar una lección de vida. —

Ella se quedó bastante extrañada con mi respuesta, pero no dijo nada más.

Al día siguiente, ella apareció en el lugar en dónde la estaba esperando desde las cuatro de la tarde, en un parque cercano a mi casa y casi vacío.

— ¡Buenos días! ¿Cómo estás? — Me saludó amablemente, mientras se me acercaba.

Entonces, tras segundos de puro silencio, al ver mi cara de seriedad y enfado, ella se detuvo, extrañada, y decidí contestarle: — Déjate de formalidades, no estoy para nada bien. Estoy bastante molesta. —

— ¿Ha pasado algo malo? — Se quedó con la boca abierta, actuando como si no sabía lo que estaba pasando.

— No te hagas la idiota, por favor. Tú lo sabes muy bien. — Le señalé con el dedo. — Es sobre el otro día, y el otro. Tú sabías perfectamente que te llamábamos para humillarte, pero no dijiste nada de nada, te callaste sin más. —

Ella puso una cara que me decía claramente que lo sabía, pero decidió hacerse la estúpida:

— ¿De qué estás hablando? No creo que…— No quería escuchar tonterías de las suyas, así que la interrumpí:

— Mentirosa, mentirosa. — Gritándole a Malia como nunca había hecho en mi vida. — Deja de engañarte a ti misma, intentando creer que yo no tengo nada contra ti y que todo eso que te hemos hecho ha sido solo más que puras casualidades. —

Malia, con cara de preocupación y llena de dudas, se quedó en blanco por unos segundos, antes de añadir:

— Pero no existe ninguna razón para que estés contra mí, ¿verdad? —

Eso me enfureció, aún más de lo que estaba. Debió darse cuenta, de que sólo la odiaba porque me caía muy mal. Así que se lo dejé muy claro:

— Sí, hay alguna: No te aguanto, eres insoportable. Eres el tipo de persona que más odio en este mundo. Sobre todo por esas tonterías de querer agradar a todos los demás, sin excepción, aún a pesar de que haya gente, como yo, que odian a las que son como tú. —

Mientras seguía hablando, empecé a patear al suelo de la rabia.

— ¿Por qué no te enfadaste? ¿Por qué no intentaste darte cuenta de que todo eso que hicimos era a propósito? ¿¡Por qué intentas hacerte la amable cuando sabías perfectamente que me caías mal!? —

Tras soltarle eso último a gritos, ella solo volvió a quedarse en blanco, incapaz de atreverse a decir algo tras varios segundos después:

— Yo, la verdad es que…— Bueno, para decir tonterías, mejor yo la interrumpía y le soltaba las mías.

— ¿Por qué no me odias? Odiar, sentir rencor, todo eso es natural, por el amor de Dios. Enfadarse también, ¿por qué intentas reprimir todos esos sentimientos, aún cuando hay momentos en que lo normal es sacarlos? —

Estaba tan alterada que llegué a cogerla del cuello, mientras le decía con toda mi furia esas palabras. Luego, vino unos cuantos segundos de silencio, mientras la cara de Malia ponía un gesto que nunca había en ella, la cual daba mucho miedo. Entonces, me dijo esto, poniendo una forzosa sonrisa:

— No puedo, no lo haré, por nada del mundo, no odiaré a nadie. No me puedo permitir eso. Ni aunque quieras que lo haga. —

Aquellas palabras y el rostro que puso eran muy desafiantes, como si ella quería dejar claro que no iba a ceder ante mí. Eso sólo hizo que me pusiera de mal genio y la tirará del suelo, cayendo violentamente a la nieve.

— ¡Maldición, me exasperas! — Le grité como loca. — ¡Eres una completa estúpida! — Mientras me ponía a patear al suelo como una niña chica.

Jamás, en toda mi vida, me sentí tan fuera de mí, ya que me dieron ganas de darle un tortazo y levanté la mano para hacerlo.

Pero inesperadamente, ella fue la que me dio un tortazo, mientras me gritaba con enfado: — ¡Pues, lo siento mucho si soy estúpida! —

Fue un golpe muy doloroso, me dejo la mejilla totalmente roja.

Y lo más gracioso de todo, es que cuando se dio cuenta de lo que hizo, ella puso una cara de pura traumada y se puso a pedir disculpas:

— ¡Perdón, lo siento mucho! ¡No era mi intención hacerlo! — Decía sin parar, haciendo todo tipo de gestos de arrepentimientos, como si había cometido una cosa muy mal. Eso sólo me fastidió, muchísimo.

— ¡Otra vez, qué fastidio, qué fastidio! — Yo ya no podría parar de gritar. — ¡¿No lo entiendes!? ¡No lo sientas, yo te provoqué, es normal que me pegues un tortazo! — Casi me iba a quedar ronca con los chillidos que hacía.

Y ella me replicó con esto, en voz baja: — Yo, debería controlarme…—Para luego subir la voz poquito a poco. — No entiendo tus razones, porque me parecen imposibles de entender, pero no quiero enfadarme, ni siquiera odiarte, así no hago las cosas. —

Entonces, con esa sonrisa forzada, alzó la mano hacia mí en son de paz y añadió: — Prefería hacer las paces conmigo. —

Entonces, comprendí que esa estaba peor que yo. No solo intentaba forzase a ser amable con los demás, aún cuando era con gente que le hicieron daño; además lo hacía consigo misma. Yo por lo menos no me obligaba a creer mi propia fachada, no como ella. Y en aquel momento me di cuenta que esta estúpida conversación no tenía sentido.

— Jamás de los jamases. Tú no has entendido realmente nada. — Es por eso, que violentamente le rechacé la mano, golpeándolo fuertemente con la mía, además añadí:

— ¡Nunca te vuelvas a acercarme! ¡No haré las paces contigo, nunca! ¡Desde ahora, somos enemigas! —

Estaba harta de ella y de su estúpida personalidad, solo le vi para decirle que no debería reprimir esos sentimientos, ni menos hacia ella misma. Pero cómo no lo entiende, pues le mando a la mierda. Después de esto, decidí no encontrarme con ella nunca más, y eso iba a hacer.

Y tras decirle eso, me di la vuelta y empecé a caminar, directa hacia mi casa. Esto había terminado y estaba de muy mala leche. Pero, a pesar de todo, sentía en lo más fondo de mí como si me hubiera quitado un peso de encima, tenía un gesto de alivio.

— Yo jamás pensaré en ti como una enemiga, ¡nunca, lo oyes! — Mientras tanto, Malia me gritaba con estas palabras, aunque yo hacía como si no la escuchaba.

Y nunca más volví a ver a Malia, o eso espero.

Después de salir del parque y tras dar unos cuantos pasos, Klara apareció detrás de mí, diciéndome esto: — ¡¿Ya te sientes satisfecha!? —

Esta vez no me asusto, porque me lo esperaba y le respondí esto con mucha indiferencia:

— Creo que sí. — Eso le dije. — Ya, da igual. Olvidamos este asunto. —

— Ha sido una conversación muy, pero muy pelotuda. — Ella seguía hablando. Puso tono de burla hacia mí. — ¿¡Vos dándole a alguien consejos sobre reprimir sentimientos!? ¡Es realmente irónico! — Y luego, se puso a reír.

— Tú eres mucho peor, siempre te encanta espiar las conversaciones de los demás. — Yo, algo molesta, le repliqué con el mismo tono burlesco que usaba ella.

— Sólo es curiosidad, nada más. — Intentaba no darle importancia, para luego soltar esto: — Aunque, la verdad es que somos personas horribles. —

— ¿¡Y ahora te das cuenta!? — Me pareció tan gracioso que dijera eso que iba a reír.

Entonces, un pensamiento se me pasó por la cabeza. Algo que tenía que decirlo, al momento:

— ¿Por cierto, Klara por qué estás casi todo el rato conmigo? — Se lo pregunté seriamente. — ¿Qué tengo de especial para que me molestes, ser tan horrible como tú? —

Ella me respondió, burlona: — En verdad, yo soy más horrible que vos. — Pero luego, se detuvo y quedó callada por unos segundos, mirando al cielo con un rostro totalmente deprimente.

Añadió en voz baja esto: — Después de todo, yo…—

Pero se calló tan rápido como habló y volvió a ponerse burlona, diciéndome esto: — Nada, nada. —

Después salió corriendo, como si intentará hacer como si no hubiera dicho nada. Eran unas palabras que resonaron en mi  cabeza durante un buen rato, ¿qué era? ¿Tenía algo que ver cuando dijo ella que era más horrible que yo?

Aquellas preguntas solo hizo que me diera cuenta de una cosa: No sabía casi nada sobre ella, era alguien demasiado misteriosa. Rara vez me ha contado cosas suyas y siempre intenta esquivarlo si le preguntó, salvo raras excepciones. Había muchas cosas que quería conocer sobre Klara, pero sabía también que era mejor no saberlas. Después de todo, notaba que aquella chica tenía un aura siniestra y que su pasado sería igual que eso. Y lo mejor era dejarlo así, mientras la maldita niña corría directa hacia mi casa para colarse en mi habitación y ponerse a ver porno en mi ordenador.

FIN

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