Centésima cuarta historia

La Doncella del cielo de la buena fortuna: Última parte, centésima cuarta historia.

Habían pasado varias horas desde que oscureció, la luna estaba en lo más alto y yo y la Doncella estábamos junto con una fogata que hice con hojas  y ramas secas, cocinando lo único que pudimos encontrar, unas simples y tristes setas. La maldita no paraba de quejarse, ya fuera del frio, porque quería comer otra cosa mejor, sobre el hecho de yo estaba junto con ella y un montón más. Cuando me harté, le grité dementemente que se callará y temblando como un flan se tapó la boca rápidamente. Pero el silencio no duró mucho tiempo, por desgracia.

-¡¿No te duele!?- Eso me preguntó de repente.

Sí, a estas alturas de la historia ella me pregunta si la maldita herida que me hizo me dolía, ¿es tonta o qué?

-¡¿Qué te crees, idiota!? ¡¿Qué te crees!?- Y le respondí de una forma para dejarle claro que no decía más que puras estupideces.

-¡Deja de llamarme idiota! ¡Tú eres peor, eres un monstruo! ¡Andar tan tranquilamente a pesar de que te di un puto disparo! ¡Deberías estar muerta, no lo comprendo! ¡Tú no eres normal!-

Eso me hizo mucha gracia y decidí devolvérselo.

-¡¿Y tú qué!? ¡Creaste una puta secta e intentaste un suicidio colectivo! ¡Lo tuyo sí que no es normal, para nada! ¡Te quedaste con todas sus posesiones y los humillaste sin parar!-

Ella molesta, se calló y miró al suelo por varios segundos. Luego, añadió:

-La verdad es que yo…- Ponía un rostro de tristeza. -Yo y mis amigos habían creado una secta, solo para divertirnos. Jamás quería que eso se volviera algo de verdad. Era solo una estúpida broma de jóvenes. Gente entró, sin saber que todo era mentira. Y entonces, entonces…-

-¿Es cuando Roman entró, no?- La interrumpí.

-Déjame continuar. Él parecía un idiota, pero creo que eso solo fue parte de su plan. Se infiltró en la secta de mentira, manipuló a unas cuantas personas, consiguió que mis amigos huyeran al darse cuenta de que sus verdaderas intenciones eran convertir la broma en realidad. Me avisaron, pero fue demasiado tarde para mí, porque no me dejó escapar y me convirtió en el símbolo de algo que éste dominaba desde las sombras…-

No me interesaba esa historia porque de todos sabía gran parte y lo que no era bastante previsible. Aún así, seguí haciendo como si la estuviera escuchando.

-Desde entonces, él lo controló todo y poco a poco preparaba un plan para hacer el suicidio colectivo que decíamos de broma. Fue todo un loco que volvió nuestras bromas en la peor de las pesadillas.-

-¡¿Y por qué no le detuviste!?- Le repliqué.

-Y a ti qué te import…- Y ella me gritó, luego se calló al mirarme la cara. No sé que hice pero ella accedió decírmelo unos segundos después: -¡Vale, vale, te lo diré!-

-Me acorraló y no sabía cómo escapar de él. Más bien, no deseaba seguir con tal locura, pero cada vez que veía a todas esas personas adorarme como una diosa me sentía especial y amada, era una sensación genial y sentía que podría hacer todo lo que me daba la gana, incluso vengarme de ti. Por eso, creyendo ser capaz de detener la locura a tiempo, disfruté todo lo que pude.-

Entonces, se puso a llorar como loca, mientras yo seguía comiendo las setas que faltaban porque me importaba una mierda. No paraba de decir una y otra vez por qué tuvo que terminar así, por qué se le ocurrió hacer una secta de mentirilla y por qué no evitó a Roman a tiempo. Me sorprendí un poco que ella se sintiera culpable de todo ese asunto, creía que la culpa se la iba a echar a otros. Por otra parte, solo deseaba que se callase porque no tenía ganas de escucharla.

Tenía la esperanza de que mañana sería un día mejor y que no hubiera más complicaciones. Por desgracia, no fue así.

Mientras la otra dormía como un tronco, yo intentaba volver a dormir, ya que no pude ni descansar una puta hora, todo porque sentía que iba a volver a esa pesadilla de hace unos días y no quería revivir eso de nuevo. De todas maneras, no tenía mucho sentido hacerlo porque ya era de día. Entonces, fue cuando un ruido estremecedor sacudió todo el lugar.

-¿Q-qué ha sido eso?- Y hizo despertar a la maldita de la Doncella, que se levantó de un sobresalto.

-Eso ha sonado como el sonido de una granada…- Eso añadí, llena de preocupación, mientras me acercaba a la ventana con preocupación. Algo molesto estaba ocurriendo.

-¿Entonces, el almacén ha explotado?- Preguntó ella y yo le respondí esto:

-No, si fuera eso el ruido destrozaría nuestros oídos y todo el lugar estaría en llamas.-

Entonces, oímos una risa demente que hizo sobresaltarnos aún más de lo que estábamos. Eso solo confirmó mis peores temores. Era alguien que conocíamos muy bien.

-No puede ser…- Tanto que, al escucharlo, ella cayó de rodillas, temblando como un flan y poniendo cara de pura traumada.

-No, por favor. Él, no…- Y yo no rezaba para que no fuera esa maldita persona, mientras miraba por la ventana.

Y por desgracia, Roman estaba ahí, en el patio. Maldije mi suerte y todo lo que existía. Éste, al ver mi cara asomarse por una de las ventanas, nos gritó esto:

-Sé que estáis aquí. No me pregunten cómo, porque eso da igual. Después de todo, vamos a hacer una fiesta de despedida por todo lo alto.-

Y lo peor de todo es que en sus manos llevaba una puta ametralladora, de esas que se usaban en la primera guerra mundial.

-¡Agáchate, rápido, que el loco nos va a disparar!- Le grité esto a la maldita Doncella, mientras me ponía en el suelo. Ella me hizo caso y se acostó sobre el suelo. Por suerte, estábamos en el segundo piso.

Entonces, un ruido sobrecogedor se extendió por todo el lugar, mientras una verdadera lluvia de balas caía sobre nosotras. El maldito de Roman reía como si fuera un puto científico malvado de dibujos animados. Creo que aquel molesto espectáculo duró casi un minuto, pero se sintió como una eternidad.

-¡Ya se han acabado!- Eso soltó tras ver cómo su ametralladora se calló y se le terminó las balas. Luego, se dirigió hacia a nosotras: -¡¿Están muertas…!?-

Entonces, se calló de repente y se quedó boquiabierto al verme.

-¡¿Qué haces con eso!?- Eso preguntó, mientras sus ojos que parecían como platos me miraban con una expresión de puro terror.

-No soy la única que no se ha llenado los bolsillos con juguetes, ¡y ahora te devolveré la bienvenida!- Después de todo, se dio cuenta de que yo llevaba una granada en mi mano, la cual le quité el seguro y se lo tiré. Gritando como nena y corriendo como un gato asustadizo, se alejó rápidamente del ametrallador, a cuyos pies cayó casualmente la granada.

Menos mal que fui lista y conseguí algunas armas para poder defenderme. No solo unas pocas granadas, también un subfusil, el cual cogí y lo preparé para el combate; y unas fundas que encontré para guardar todo eso.

-¡Vamos, corre, estúpida!- Eso le grité a la estúpida de la Doncella, mientras la obligaba a levantarse.

-Ya voy, ya voy.- Y ella velozmente se levantó y salimos de la habitación, mientras la granada explotaba.

-¡Mierda, mierda! ¡Está loco, está majareta, ese maldito hombre!- Eso gritaba ella como loca, mientras corría a toda velocidad.

-¡Eso ya lo sabíamos desde hace tiempo, listilla!- Y eso le replicaba yo, con ganas de taparle la boca e incapaz de alcanzarla, porque la herida aún me impedía correr con naturalidad.

Mientras estábamos bajando por las escaleras, empezamos a escuchar las palabras de Roman. Rápidamente nos paramos y miramos si él estaba en un pasillo o en el otro.

-¿¡Dónde estáis!?- Eso gritaba, mientras tenía una pistola en sus manos.-¡Vamos, Doncella, Will Smith, muéstrenme sus sonrisas unas vez más!-

Estaba en el exterior del edificio buscándonos, y nosotras lo pudimos observar con mucha dificultad con una de las miles de ventanas que tenía el pasillo del primer piso. Sus intenciones eran tan claras como el agua.

-¡¿Y qué vamos a hacer ahora!?- Eso preguntó en voz baja ella.

-Tú quédate aquí. Yo me voy a jugar un poco con él, creo que lo necesita. Luego, huye por dónde no te veamos.-

Estaba preparada para luchar con él y ajustar cuentas. Sabía que estar herida iba a ser un inconveniente, pero eso ya me daba igual.

-Normalmente diría que estarías loca, pero es mejor ver cómo dos monstruos se maten entre ellos.- Añadió con desprecio.

-Bueno, si gana ese, irá a por ti y te matará. Si yo gano, tu vida no correrá peligro.- Y yo me lo tomé a cachondeo, mientras me preparaba para el asalto. Ella reaccionó a esas palabras de una forma que no esperaba:

-¡No lo entiendo!-Me decía voz baja, mientras se ponía las manos sobre la cabeza.- ¡¿Por qué destruyes mi secta y luego me intentas salvar la vida!?-

Casi iba a dar un grito de puro desesperación al no poder comprender mis acciones y tuve que taparle la boca. Molesta y con pocas ganas de explicar la situación, porque me daba mucha pereza; solo añadí esto:

-Es solo trabajo, algo que nos encargó tu propia hermana. ¡Y ahora, cállate y déjame hacer mi trabajo de una puta vez!-

-¡¿Espera, qué!?- Eso soltó, mientras se quedaba boquiabierta al escuchar eso. Yo no dije nada más, porque decidí que este era mi turno para actuar y no me iba a quedar unos minutos más explicándole el asunto, ¡qué lo haga su hermana, que es ella quién le pidió a Eliza que yo tuviera que hacer este fastidioso trabajo de mierda.

Lo primero que hice fue acercarme a la ventana con cuidado, mientras él no miraba hacia mi dirección. Luego, use otra granada y se lo tiré. Yo me agaché y él solo se dio cuenta de que había caído una granada cerca de él.

-¡Mierda, otra vez no!- Eso gritaba, mientras corría como un loco. Por desgracia, tuvo que salvarse pero la explosión le tiró al suelo y yo aproveché para ir a la salida más cercana y aparecer delante de él.

Si no fuera por las heridas, hubiera sido pan comido; pero el dolor me hizo más lenta de lo que debería ser. Aún así, me dio tiempo.

-¡Aquí estoy, idiota! ¡Ven, si puedes!- Eso le grité, mientras le apuntaba con el subfusil.

Roman, que se estaba levantando, salió corriendo para evitar mis múltiples disparos, mientras intentaba coger su arma, que la había tirado muy lejos de él. No acerté ni una y tuve que esconderme detrás de la pared.

-¡Maldita perra! ¡Tienes una bala en el estomago y aún así das guerra!- Eso me gritaba mientras se acercaba a la entrada del edificio en dónde yo estaba.

-¡Oye, ten más cuidado con tu vocabulario! ¡El perro eres tú, por seguirnos hasta aquí! ¡Un perro cobarde y maricón, que no se atrevía a matarse a menos que llevases a cientos contigo a la tumba!- Yo le grité esto, antes de tirarle una granada más en la mismísima entrada.

En realidad, él creyó que era una granada, pero era una bomba de humo que lo rodeo al momento. Eso me dio tiempo para escapar delante de sus narices, mientras éste no paraba de estornudar.

Corrí lo más rápido posible, intentando soportar el fuerte dolor de mi herida que me obligaba a pararme o gritar de agonía. Apretaba los dientes sin parar, ignorando estoicamente aquel maldito sufrimiento. Sabía que esto era casi suicida. Tal vez, por eso lo hacía, porque una parte de mí quería que me diesen una bala en la sien, mientras la otra me gritase que tenía que sobrevivir sí o sí.

Mientras tanto, el humo se dispersó y él con su arma me apuntó fácilmente:

-¡Ahora te tengo!- Eso decía con una risita victoriosa. -¡Ha sido muy estúpido de tu parte hacer eso!- E intentó disparar. -¡Ahora te mat…!- Pero no pudo hacerlo, porque su arma por alguna razón desconocida no estaba funcionando. -¡Mierda, mierda, no funciona!- No dejaba de protestar muy nervioso y alterado.

Se distrajo mirando qué le pasaba, dándome una gran oportunidad para darle una bala. Le disparé pero el retroceso hizo que la bala se desviará un poco, alcanzando a la pistola de Roman y que está saliese volando.

-¡Oh, fallé!- Grité molesta, mientras éste caía y se levantaba rápidamente.

-¡Ya te vas a enterar!- Y éste me soltó eso, antes de tirarme una granada, que cayó cerca de mí.

-¡Mierda, mierda!- Salí corriendo como loca, llegando a tirar al suelo el subfusil. Fui tan bruta que me dio un dolor tan fuerte que me hizo cojear.

-¡Cómo duele…!- Eso gritaba. Entonces, la granada explotó y yo salí volando. Di algunas vueltas por el suelo, rompiendo la venda improvisada en el acto y haciendo que mi herida volviera a sangrar de nuevo.

Por unos segundos, sentí como mi conciencia se estaba apagando y me iba a desmayar. El dolor me impedía poder mover mi cuerpo y cerré los ojos. Maldecía el hecho de que iba a ser asesinada aquí y ahora, a la vez que me sentía feliz de que mi vida había terminado de una vez por todas.

Entonces, recordé que había alguien esperándome en Springfield y que deseaba volverla a verla de nuevo. Por eso intenté seguir consciente y evitar que el maldito de Roman me ganase en esta pelea.

Mientras tanto, él ya estaba mirándome y con una actitud altanera, me empezó a hablar, creyendo que estaba inconsciente:

-Esto te pasa por arruinar mi fiesta de despedida, estúpida niñata. -¿¡Sabes todo lo que me costó preparar todo eso!? ¡¿A cuántas personas tuve que reunir!? ¡Sí, era incapaz de hacerlo solo, de volarme los sesos! ¡Por eso, quería que mucha gente me acompañase! ¡Después de todo, sus vidas son tan horribles como la mía, solo les estaba haciendo un favor!-

Al parecer, ya se creía que tenía la victoria, pero lo que no sabía es que estaba preparando mis últimas fuerzas para un desesperante ataque final. Esta sería mi última oportunidad, con posibilidades realmente escasas. Aún así, lo iba a usar, para darle punto y final a esta estupidez.

-Y ahora…- Se puso a reír como loco. -Solo tengo que conformarme con volarte la cabeza a ti y a la otra. Es lo que llamamos venganza, pero no te preocupes yo me iré pronto con vosotras al otr…- Y se calló de repente.

Sus ojos se abrieron como platos, mientras miraba hacia abajo. Su boca intentó pronunciar algo y sus brazos intentaron moverse pero no se pudieron mover ni un centímetro. En su barriga un arma blanca se había introducido en su carne y la sangre que salía de ahí estaba empapándolo todo.

Esta fui mi oportunidad y aproveché. Me levanté, mientras cogía una navaja que llevaba conmigo; y lo apuñalé en cuestión de segundos. Los movimientos que hice fueron tan bruscos que estaba reprimiendo todo el horrible dolor que sentía. Apenas era incapaz de estar de pie, después de hacer algo así

-¡Lo siento mucho, pero no tengo ganas de hacer un viaje tan largo!- Es más, tuve que gritar esto para evitar soltar gritos de agonía.

-¡Serás hija de put…!- Y tras varios segundos, pudo pronunciar vagamente unas palabras, antes de desmayarse y caer al suelo.

-¡He ganado, toma esa! ¡He ganado!- Y reír lo más fuerte posible para seguir ocultar mis gritos de sufrimientos, antes de caer violentamente al suelo. Y luego de eso no me acuerdo nada más, porque me desmayé.

No sé cuánto tiempo pasó desde que me desmayé pero eso se sintió una verdadera eternidad y no fue una sensación agradable para mí. Ni menos el hecho de que tuviera que volver a soñar con otro estúpido sueño.

Parecía la continuación del que tuve antes de ir a detener aquel intento de suicidio colectivo, aunque era realmente distinto. De nuevo, estaba en un escenario oscuro y deprimente, pero en esta ocasión estaba sentada sobre alguien, que no era nada más ni nada menos que yo misma.

-Realmente te odio. Tú hiciste mi vida un infierno y no hace más que hundirla.- Eso le dije de repente con un gesto de deprecio hacia ella.

-¡¿Por qué no me matas de una vez y terminamos esto!?- Mi otra yo solo soltó esto con una actitud indiferente.

-Si hubiera podido hacerlo, hace tiempo que estarías muerta. Pero hay algo que no me deja hacerlo.- Al decir esas palabras, en cuestión de minutos, se me pasaron miles de imágenes sobre Malia y mi otra yo protestó muy molesta:

-Entonces, ¿¡tendré que aguantar esto mucho más!? ¡Estoy harta de hacerlo! ¡Mátame de una vez!-

Hubo un silencio incómodo que duró casi un minuto mientras las dos nos mirábamos fijamente, con una expresión cansada y desalentadora.

-¡Si es lo que quieres, entonces lo haré con gusto!- Al final, su patético rostro hizo entrarme ganas horribles de matarla y le cogí del cuello con todas mis fuerzas.

Ahí es cuándo me desperté, otra vez de forma violenta.

Al abrir los ojos tenía las manos arriba, como si intentaba ahorcar al aire. Después, me di cuenta de que estaba en un lugar totalmente desconocido y cuando iba a preguntar dónde estaba, alguien habló antes:

-¡Por fin despertaste!- Esa persona estaba sentada en la cama de al lado y yo miré hacia ella, mientras comprobaba con mis ojos que estaba en una habitación lujosa y con apariencia muy antigua. Al observarla, tardé unos segundos en reconocer quién era:

-¡Tú eras…!- Dije esto en voz baja y aquella persona me contestó:

-Ofelia Stuyvesant, ¿te has olvidado de mí?- Entonces, lo recordé. Era la hermana de la estúpida de la Doncella, la misma que encargó ese fastidioso trabajo y la que me llamó marimacho.

-Eso me gustaría, pero no.- Eso le respondí con amargura y desprecio. Ella solo se rió.

-Esa actitud tuya dice claramente que estás bien.- Cómo se lo tomó muy bien, decidí preguntarle lo típico:

-¡¿Y dónde estamos!? ¡¿Qué hago aquí!? ¡Contéstame!- Le pregunté con autoridad, mientras intentaba recordar lo último que hice.

-Están en mi mansión, después de que un médico ilegal te mirase. Se quedó muy sorprendido al hacerte la revisión. Sé nota que no eres normal.-

Me reí, aunque fuera un poquito; porque eso era ya estaba claro desde hacia tiempo.

-Recuerdo que estaba en una puta base militar abandonada, luchando contra un idiota.- Y luego añadí esto, esperando que ella me dijera cómo terminé aquí:

-Bueno, es fácil de explicar. Después de la pelea, mi hermana cogió el móvil del señor Roman y al ver que había un poco de cobertura aprovechó para llamarnos. Rápidamente, mi gente vino al lugar y los recogió, todo en secreto para evitar problemas innecesarios. Ni siquiera hemos llamado a la policía.

-Además, fue sorprendente ver qué había una base militar canadiense oculta y abandonada ahí.- Decía eso, mientras yo recordaba mi herida y empezaba a tocarla. Aún dolía, pero mucho menos que antes. Luego, recordé a alguien, al maldito desgraciado de Roman

-¡¿Y cómo está ese idiota!? Espero que esté muerto.-

-Lo siento mucho, pero no podemos permitir la muerte de alguien en este caso. -Los maldije desde lo más fondo de mi corazón.- Es más, estamos intentando que todos los implicados en esta secta estén en silencio y hacer como si ese acontecimiento nunca hubiera ocurrido. Entre ellos, el señor Roman, quién aceptó no hablar jamás del asunto y seguir viviendo una vida normal.-

Así que para evitar cualquier escándalo, llegarán al punto de hacer cómo si nunca existiera. Eso sí que se me hizo realmente hilarante.

-¡¿Realmente van a hacer eso!?- E incluso solté esto, porque era casi imposible ocultar una cosa así, cientos de personas lo vieron.

-Con dinero se puede hacer de todo, Cú Chulainn.- Pero se lo creían, de verdad.

-Hay veces que el dinero no sirve para nada.- Y añadí esto, con una actitud burlona. Ella me ignoró, siguió hablando:

-De todos modos, muchas gracias por salvar a mi hermana y a toda mi familia.

Eso se sintió tan sincero que me dieron ganas de vomitar. Así que lo mejor que hice fue arruinar la escena diciendo esto:

-Jamás quise salvar a nadie, deseaba que todos muriesen. Solo fue mi trabajo como perra de la reina que soy.-

Entonces, ella se levantó y se dirigió hacia la puerta. Pero antes de marcharse añadió esto:

-Es verdad, era un trato. Tú solo eres un triste lacayo de la reina. Bueno, le pediré las gracias a ella y acataremos el acuerdo que hemos hecho con ella.-

Y me quedé sola. Di un gran respiro de alivio al verla marchar de la habitación y empecé a mirar la ventana por unos segundos, para luego soltar esto con expresión molesta: -Otro días más viviendo, ¡que cansino puedo resultar esto!-

Y con estas palabras, cerré los ojos e intenté volver a dormir, con la esperanza de que no tuviera que volver a tener un sueño horrible más.

FIN

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Centésima cuarta historia

La Doncella del cielo de la buena fortuna: Décima parte, centésima cuarta historia.

-¡No te acerques, maldito monstruo! ¡Tienes una herida grave de bala, no deberías moverte!-

Eso decía nuestra querida Doncella con una voz acordaba y llena de terror, mientras se echaba para atrás, al ver cómo estaba avanzando. Yo solo me burlaba y me reía como loca, consiguiendo ponerla más asustada de lo que estaba.

-¡Ayúdame, qué alguien me ayude!- Y empezó a pedir gritos de ayuda-¡Por favor!-

Pero parecían en vano, porque su sirviente seguía en el suelo desmayada, al igual que Roman. Entonces, se dirigió a las cientos de personas que le estaban observando sin hacer nada:

-Ustedes son mis seguidores, ¿¡por qué me ayudan!? ¡¿Por qué!? ¡Soy vuestra Doncella, lo soy!- Incluso llegó a señalarlo. -¡Vamos!-

Nadie movió ni un dedo, solo le miraban con unos rostros llenos de desprecio y odio hacia ella. En realidad, se dio cuenta de que lo estaban esperando, de que yo le hiciera algo horrible.

-¡Qué patético, arrastrándote así!- Y yo seguía burlándome cruelmente de ella.-Realmente no has cambiado nada…-

-Hija de puta…- Dijo en voz baja, mientras chocó contra la pared y sin darse cuenta de que tenía la puerta al lado. ¿O era muy tonta o por el miedo no podría racionar con normalidad? De todos modos, estaba disfrutando demasiado de aquella reacción tan exagerada que ponía ella. Y volvió a pedirles ayuda desesperadamente, y eso provocó que esta vez algunos le dijeran estas cosas:

-¡¿De verdad, crees que vamos a ayudarte!?- Eso expresó alguien, algo que todo el mundo pensaba.

-¡Nos querían matar, desgraciada!- Empezaron a gritar esto como locos, entre otras frases parecidas, mientras se formaba un mar de murmullos.

-Puto monstruo.- La mayoría de lo que decían eran insulto contra ella y este era el más común pero habían peores.

Después de casi un minuto en dónde la gente se la paso insultando a la Doncella que hace apenas unos minutos adoraban, alguien soltó esto:

-¡Dejemos que le mate ese monstruo, luego nosotros vamos por el otro!-

-Sí, eso, eso.- Y todo le dieron la razón. -Tiene razón.-

Yo, harta de escucharlos, porque tantos gritos y murmullos solo provocaron un dolor de cabeza realmente espantoso, además de que los muy idiotas se estaban haciendo una idea equivocada; así que les deje claro esto:

-¡Cállense, idiotas! ¡No tengo órdenes de matar a alguien! ¡Solo le daré la paliza de su vida y ya está!-

Les grité lo más fuerte posible, tanto que se oyó como un eco muy fuerte que se extendió por todo el edificio. Eso casi me destrozó la garganta, pero por lo menos lo hicieron callar. Lo malo es que el hermoso silencio solo duró unos segundos, porque un idiota tuvo que soltar tal burrada:

-Debemos hacerlo ahora, hay que matar a los monstruos.-

Y todos les dieron la razón, a gritos: -Sí, ¡hay que matar a los monstruos! ¡Matémoslos! ¡Muerte, muerte!-

La sed de sangre se apoderó de ellos y cuando un par de idiotas deciden colectivamente algo, ya no hay marcha atrás.

-¡Hey, hey, ¿pueden detenerse un momento, idiotas?! ¡Sé que están de mala leche porque iban a mataros, pero tranquilasen, por favor!- Aún así, intenten hacerles entrar en razón pero fue en vano.

-¡Matar, matar, matar!- Porque todos esos idiotas seguían exclamando gritos de guerra, mientras subían y bajaban el brazo sin parar y empezaron a acercarse hacia nosotras con intenciones nada bonitas.

-¡Por el amor de Dios, deténganse! ¡Soy su Doncella, deberían detenerse! ¡Vamos, háganlo! ¡Os lo ordenó!- Y ella también intentó hacerles entrar en razón, mientras temblaba como un flan.

No había remedio con estos idiotas, estaban controlados por la ira y ninguna palabra podría detenerlos, así que lo mejor que podríamos hacer era huir.

Y digo “podríamos” porque no podría dejar que la estúpida esa fuera muerta por esa panda de idiotas. Por desgracia, salvarla también entra en el trabajo, así que la cogí de la mano, mientras le decía esto:

-¡Cállate, no van a hacerte caso! ¡No van a entrar en razón!-

-¡¿Pero qué haces!?- Eso, mientras ella gritaba esto muy sorprendida, incapaz de entender por qué le había cogido la mano y le estaba ayudando a escapar, cuando hace apenas unos segundos antes le quería agredir fuertemente.

No le dije nada, porque estaba más ocupada en correr con ella hacia la puerta que en su rostro de pura sorpresa. Bueno, apenas podría ir rápido porque la herida se resentía y el dolor horrible apenas ayudaba.

Menos mal que la puerta estaba al lado, porque si no nos habría alcanzado esa panda de idiotas enfurecidos.

Al entrar en el pasillo, lo primero que hice fue cerrar la puerta rápidamente. La estúpida de la Doncella ni movió un dedo, se quedó paralizada y tuve que devolverla a la realidad. Fue fácil cerrarlo, pero la gente empecé a golpearlo violentamente y se doblando como un papel

Le vendieron una puerta de mierda, a pesar de que parecía de puro acero. Así que por eso mismo, solo teníamos pocos segundos de ventaja para escapar de esa locura colectiva.

-¡Vamos idiota, tenemos que salir de aquí!- Eso le grité, mientras le daba un tortazo. Sin que ella pudiera reaccionar, me la llevé hacia afuera.

Y al ver la moto cuyas llaves robé, lo cogí y me monté en él, de una forma tan brusca, que casi iba a dar un grito de puro dolor. A continuación, le exigí a la Doncella que se subiera: -¡Tú, súbete!-

-¡¿Por qué haría eso!?- Pero ella, llena de miedo y desconfianza, se negó a subirse.

-¡¿Quieres conservar tu vida!? ¡Pues hazme caso!- Y tuve que convencerla con palabras.

-¡¿Cómo puedo confiar en ti!?-

Y entonces oí cómo la masa enfurecida rompió la puerta e intentaban entrar por el pasillo.

-¿¡Haberte sacado de ahí no es suficiente para ti!?-  Eso le grité desesperadamente. -¡Vamos, rápido!-

-¡N-no lo entiendo…!- Y menos mal que ella accedió. -¡Pero, en fin…!- Y se subió en la moto.

A continuación, encendí la moto y empezamos a correr en medio de los árboles, con grandes posibilidades de chocar contra uno, mientras unos cuantos salían de la puerta.

-¡Ten cuidado!- Eso gritaba mi maldita acompañante, mientras me agarraba fuertemente.-¡Qué nos vamos a matar!-

No se daba cuenta de que me estaba tocando la herida y me hacía sentir un dolor insufrible, que apenas ayudaba a que yo pudiera estar concentrada en nuestra carrera por el bosque. Iba esquivando de árbol en árbol, mientras aceleraba y desaceleraba sin parar y sin saber dónde estaba la salida.

Creo incluso que estábamos dando vueltas por el mismo sitio. Tras perder un buen rato y cuando por fin habíamos encontrado un camino en condiciones, unos idiotas estaban detrás de nosotros.

Eran pocos, pero los muy cabrones estaban yendo en moto y llevaban armas improvisadas encima. Nos tiraban tenedores y cucharas que habían cogido del banquete que habían recogido y guardado en una bolsa. Esos malditos cacharros apenas podrían ir a toda velocidad, porque llevaban un demasiado peso. Y lo más gracioso es que detrás de ellos, a lo lejos, se veía a la muchedumbre intentando alcanzarnos. Era una escena realmente ridícula de ver.

-¡No os vamos a dejar escapar!- No paraban de gritar esto, mientras maldecía mi mala suerte.

-¡Maldición, tuve que haber quemado las otros motos!- Eso añadí, mientras ponía la velocidad máxima a la moto.

-¡Oh Dios mío, aún nos persiguen!- Y por otra parte, la Doncella decía esto, totalmente aterrada.

Estaba teniendo una absurda persecución en un camino en mitad de un bosque, bajando por varias cuestas. Ver para creer.

-¿¡Adónde lleva esta camino!?- Y lo más gracioso es que ni siquiera ella sabía dónde estábamos.

-¡Y yo que sé! ¡Es tu terreno, deberías saberlo tú!- No me lo podría creer.

-¡Es la primera vez que lo veo! ¡Bueno, es tan grande que ni siquiera sé la mitad de lo que tengo!- Aunque tenía yo la idea de que hacía rato que habíamos dejado sus terrenos.

Y la persecución duró algunos minutos más, hasta que los gritos y los ruidos de motos cada vez se oían más lejanos. Yo no miré porque quería alejarme cada vez más de ellos y la estúpida de la Doncella tampoco lo hizo. Al final, tras pasar una hora, el cacharro se quedó sin gasolina y nos quedamos en mitad de ninguna parte.

-¡Parece que los hemos perdido!- Eso me dijo ella casualmente, después de observar durante varios minutos el camino y no ver a nadie, mientras yo golpeaba violentamente la moto.

-Hace rato que lo perdimos, idiota.- Y eso le dije con mala leche, fastidiada por el hecho de estar perdida junto a esa idiota de mierda.

-Ah, ya veo, ¡¿en dónde estam…!?- Entonces, se calló de repente y abrió sus ojos como platos, como si se hubiera dado cuenta de algo desagradable. -¡¿Espera, un momento!?-

-¡¿Ahora qué pasa!?- Pregunté molesta.

-¡¿Por qué estoy hablando tan normal contigo!?- Eso gritaba la maldita como demente, mientras me señalaba con el dedo. -¡Te odio con toda mi alma, te iba a matar! ¡Y me ibas a dar una paliza! ¡¿No lo ves normal!?-

-¡Bueno, eso me importa una mierda! Tengo un trabajo que terminar, después de todo.- Decidí ignorarla.

-¡¿De qué estás hablando!?- Me estaba poniendo de los nervios. -¡No te entiendo, de verdad!-

-No es nada. ¡Ahora cállate, que estamos perdidas y no tengo ganas de escucharte!- Le dije, esto mientras levantaba mi puño como señal de que le iba a dar una buena si no lo hacía. Inconscientemente, se tapó la cabeza con los brazos y luego exclamó:

-¡Oh, no! ¡Oh, no! ¡Estoy perdida, junto contigo! ¡Esto es una pesadilla, debe serlo! ¡Tengo que despertar, o me volveré loca, totalmente loca!-

-¡Ay, duele, duele!-Se estiró los cachetes hasta al máximo. -Sí, es real…- Y luego, soltó varios gritos de horror tan fuertes que me dejaron sorda por un momento.

-¡Deja de gritar o te mato!- Tuve que amenazarla, poniendo mi cara más terrorífica para callarla. Y menos mal que sirvió, pero muy bien. Se calló, y se alejó de mi unos cuantos pasos hasta chocar con un árbol, totalmente aterrada y llorosa.

A continuación, miré por todas partes en busca de algo para situarnos y no veía más que árboles. Miré la posición en dónde estaba el sol y conseguí visualizar en dónde los malditos puntos cardinales. Hacia al norte se encontraba la playa, el este fue dónde habíamos venido, el camino seguía por el oeste y el sur era la dirección más idónea para encontrarse con algún rastro de vida humana sin toparnos con nuestros perseguidos, implicando el caso de que se cansaron de seguirnos y ya no estaban enfadados. Cuando tomé mi decisión, le avisé a la maldita Doncella:

-¡Vamos a por allí!- Eso dije, antes de darme cuenta de que ella ya se estaba alejando de mí por el camino.-¡¿Idiota, adónde vas!?- Añadí gritando.

Y ella desde la lejanía me dijo, sin dignarse a mirarme siquiera: -Voy a dónde me da la gana. No voy a hacer caso a alguien como tú, loca.-

Di un gran suspiro de molestia. Deseaba que esa idiota se fuera y me dejara en paz, y que la naturaleza misma le diera una gran lección de mi parte. Por desgracia, no podría hacer eso y tenía que seguirla, sí o sí. Así que tuvimos que coger finalmente el oeste.

Ella, al ver que la estaba siguiendo, intentó ir más rápida pero solo causó que se cansará, consiguiendo solo el hecho de que su largo e incómodo vestido se pusiera más pesado para ella, manchándose y llenándose con el barro que había en el camino. Yo iba tranquila pero normal, a pesar de que con cada paso que dada mi herida me dolía un montón. Lo más gracioso de todo es que la pude alcanzar, mientras intentaba recuperar el aliento.

-¿Te está gustando el paseíto?- Eso le preguntó irónicamente y con mucha mala leche.

-¡Vete a la mierda!- Y ella me respondió con esto.

Casi le iba a decir que hace años que estaba en la mierda, pero me callé preguntándome a adónde estaba yendo este maldito camino.

El camino se separó en dos pero la idiota de la Doncella cogió el que iba al norte porque el que seguía por el oeste había sido tragado por el agua de un rio que se extendió lo máximo posible, debido seguramente al deshielo de la nieve procedente de las montañas. Es más, había bastantes árboles que habían sido devorados por las aguas.

Luego, el camino siguió el enorme cauce del rio y se dirigió hacia al este para volver a seguir por el norte. A partir de este punto, es cuando se puso a descansar y yo hice lo mismo, porque no podría más andar con la maldita herida. Es más, estaba cojeando un poco.

Y tras recuperar un poco el aliento, mientras estaba sentada bajo un árbol, miré por el camino que nos faltaba y vi a lo lejos un extraño edificio. Yo me levanté rápidamente, dándome un dolor insoportable, y se lo mencioné a la estúpida de la Doncella: -¡Hey, tú! ¡Hay algo más allá!-

-Es verdad.- Miró hacia la dirección que le estaba señalando. -Por fin, hemos llegado a algo.- Y se puse a correr como loca hacia aquel edificio, olvidándose de mi presencia por unos momentos.

-Esto es realmente fastidioso.- Eso dije molesta, antes de ponerme a andar tranquilamente.

Al dar los primeros pasos, entre unos de los árboles había un cartel en que decía que estábamos entrando en territorio canadiense. Yo me quedé un poco pillada, porque no me acordaba de que en Shelijonia había cientos de trocitos de territorio canadienses repartidos por todo el norte de la puta isla.

De todas maneras, seguí andando con tranquilidad hasta llegar ante lo que parecía una verja. Y ahí me di cuenta de que no solo era un edificio, sino había varios, más un pequeño almacén. Parecía que estaban abandonados desde hace unos cuantos años, o más bien décadas. A mi lado, vi otro cartel medio roto que decía explícitamente que eso era una verdadera base militar canadiense, al parecer abandonada. ¿Qué hacía esa cosa aquí? Me pregunté, pero no le di más importancia porque escuché a la maldita de la Doncella maldiciendo sin parar.

-¡¿Por qué, por qué esto está abandonado!?- No paró de gritar como loca.

Eran cinco edificios de dos plantas con formas rectangulares que intentaban formar patéticamente un círculo y situado sobre una colina. Había rastros de un lugar para practicar tiro y el almacén estaba al lado de un pequeño muelle. Aquel complejo militar estaba en la mista costa, escondido entres dos peñascos que lo ocultaban. Perdimos buena parte de nuestro tiempo mirando por cada sitio si podríamos encontrar algo. Habían dejado varias cosas, como grandes estanterías llenas de papeles viejos; pero no había nada que nos parecía interesante. Salvo por el almacén.

-¡Qué asco!- Eso soltó ella cuando conseguí abrir la vieja puerta del almacén, estornudando por la nube de polvo que se creó. -¡¿Cuánto tiempo lleva esa puerta sin abrir!?-

Yo no respondí nada, porque el dolor que me provoqué por hacer fuerza contra la puerta casi iba a provocar mi desmayo e igualmente casi iba a caer al suelo. A pesar de todo, pude mantenerme de pie y entré en el lugar porque la otra no quería hacerlo.

-¡Increíble!- Me quedé sorprendida, al ver lo que había ahí dentro.

-¡¿Qué pasa!?- Y ella al ver mi sorpresa, entró y se quedó blanca de la sorpresa, incapaz de decir ni una sola palabra.

Definitivamente, aquel lugar estaba lleno de armas, desde ametralladoras hasta bombas aéreas, con una buena parte metidos en cajas, otros colgados en las paredes y varios tirados en el suelo.

-A nuestros queridos militares se le han olvidado hacer algo muy importante, recoger sus putos juguetes.- Eso añadí, mientras me acercaban a los varios rifles que habían sobre las mesas. Parecían antiquísimos, como si fueran de la segunda guerra mundial o algo parecido.

-¡Mira tiene de todo!- Eso decía yo sola.-¡Hasta tienen lanzallamas!- Mientras revisaba todo el lugar con grata alegría.

Ella, tras poder recuperarse del shock, me soltó esto, llena de miedo:-Eso debe estar viejo, podría explotar.-

-¡O no debe funcionar, directamente!- Eso decía, mientras revisaba la caja en dónde estaban las granadas -¡Estas mierdas deben estar caducadas hace miles de años!-

-¡¿Qué haces!?- Me preguntó al momento, al ver que cogía una y salía para afuera.

Luego, me preparé concienzudamente el brazo contrario al parte en dónde estaba la herida, quité el seguro a la granada y lo tiré bien lejos. Al pasar unos segundos, eso explotó y creo mucho humo.

-Pues sí, sigue funcionando bien.- Eso solté, antes de reírme despreocupadamente, mientras se quedada con la boca abierta.

Sin duda alguna, los que se dejaron estas armas en este lugar fueron unos idiotas. Aún así, no pensaba que nos servía de utilidad, por ahora.

FIN DE LA DÉCIMA PARTE

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Centésima cuarta historia

La Doncella del cielo de la buena fortuna: Novena parte, centésima cuarta historia.

El sol estaba alcanzando el punto más alto del cielo, cuando alguien muy esperado subió a un escenario cutre que habían puesto, en medio de aquel enorme espacio cerrado que estaba lleno de mesas y sillas a reventar, que parecía más el celebramiento de una boda o de un cumpleaños de algún fastidioso ricachón antes que un suicidio colectivo. Y obviamente aquel lugar estaba repleto de cientos de personas que al verla se pusieron a actuar como las típicas adolescentes que se encuentra con su cantante marica que les gustan tanto que hasta se desmayan de la emoción. Ya saben, estaban chillando como nenas, y hasta algunos intentaban acercarse a ella solo para que le dieran la mano. Como la gran celebridad que era, esa no pudo evitar actuar delante de todos:

-¡¿Cómo están todos vosotros!?- Toda esa gente les respondieron que estaban bien. -¡¿Están preparados para el gran evento de nuestras vidas!?- Volvieron a gritar, diciendo está vez que sí.

Era la Doncella, quién estaba actuando como una estrella de rock, y detrás de ella estaba el puto de Roman con una sonrisa, su vieja sirvienta y dos hombres cuya existencia apenas nos importa. Mientras tanto, en el otro extremo de aquel edificio, otros dos cerraban la puerta para evitar que nadie se escapara.

La Doncella hizo una corta pausa antes de continuar, como si tuviera miedo de seguir con estar farsa; y le miró por un simple segundo a los ojos de Roman. Éste solo le hizo una mueca aterradora para decirle que continuará.

-El viaje comenzará en breve, así que, antes de nada, os daremos un gran banquete para celebrar este glorioso día.-

Tras decir aquello con un grito feliz mientras hacía una pose, todos los demás hicieron lo mismo, llenos de felicidad y gozo. Algunos lloraban, otros se abrazaban, totalmente emocionados. Incluso algún que otro idiota hizo el ridículo para mostrar su alegría ante tal esperado momento. Todo eso me parecía tan hilarante, por lo irónico que era. Estaban celebrando, sin saberlo, que le iban a matar a base de cianuro. A mí casi me iba a dar la risa.

Roman les pidió a los dos hombres que trajeran la comida y estos entraron en el pasillo en su busca. Pero ellos no volvieron, fueron atacados y con tan rapidez que no le dieron ni respirar. Quedaron desmayados en el suelo y atados, mientras su atacante decidía salir al escenario, para intervenir.

Y al salir del pasillo, aquella persona gritó esto: -¡¿Creían que iban a aparecer uno de esos gorilas con la comida, no!? ¡Pero soy yo, Will Smith!-

Y esa persona era yo, Lafayette, y dejé en blanco a todo el mundo con aquella gran aparición. Creo que fue demasiado para ellos, ya que tardaron unos segundos en reaccionar. De todos modos, decidí decir algo antes para dejarlo todo claro:

-¡Prepárense, idiotas!- Me dirigí hacia la Doncella y compañía. -¡Este es mi turno para entrar en escena, a arruinar toda esta comedia apestosa!-

El primero que reaccionó fue el maldito capullo de Roman, quién se puso a aplaudir como si yo fuera parte del espectáculo: -¡Sabía, sabía que ibas a aparecer en el último momento!- Su sonrisa de oreja a oreja me estaba molestando. -¡Eres esplendida, Will Smith…!- Y entonces, puso una más siniestra -Pero creo que has llegado demasiado lejos.-

Y sacó una pistola de la chaqueta que estaba usando. Hubo un gran revuelo, todo el mundo se preguntaba qué estaba ocurriendo, totalmente aterrados y perdidos. Toda esa alegría que había hace unos minutos se volvió en un silencio incomodo y hasta siniestro.

-¡No lo hagas!- Y la Doncella intervino, llena de ira contra mí. -¡Lo haré por ti! ¡La mataré!- Le intentó coger la pistola, pero éste la empujó y la tiró al suelo.

-¡¿Así que la mosquita muerta me quiere meter un disparo!? ¡A ver si te atreves!- Y yo me puse a reír como loca, burlándome cruelmente de ella. Sus ojos se llenaron de lágrimas, llenas de resentimiento, mientras se levantaba del suelo.

-¡Lo siento mucho, pero debes desaparecer, maldito demonio que intenta arruinar nuestro querido viaje!- Alzó el arma, mirando hacia mí. -Muer…- No le dio tiempo a terminar la frase, ni menos de darme el disparo, porque me acerqué a toda velocidad y le di una patada tan fuerte en el estomago que lo puso a cuatro gatas y empezó a vomitar fuertemente.

Entonces, yo me dirigí hacia todo el público que estaba observando en silencio, perplejo ante lo que ocurría en el escenario, antes de golpear a Roman fuertemente mientras él seguía vomitando, para dejarlo inconsciente:

-¡Hey, todos ustedes!- Se quedaron paralizados. -¡¿No se dan cuenta de todo esto!? ¡¿De qué todo esto es una estupidez!? ¡¿Creen que existe la tierra de las personas felices, que la Doncella es una diosa o una enviada de lo que sea!? ¡Por favor, piensen por un momento! ¡¿Lo creen de verdad!?-

Entonces, esto se volvió un mar de murmullos. Todos se preguntaban sin parar qué quería decir yo con esas palabras, intentando ocultar su miedo a pensar si todo lo que creían se derrumbaría en mil pedazos. No lo siento por ellos, ya que vine aquí preparada para arruinarles sus esperanzas.

-¡No la escucháis, eso es toda una mentira!- La Doncella fue a por mí, para detenerme. -¡Es solo para confundíos, y hacer que no podamos ir hacia al paraíso!- Pero la esquivé fácilmente y con una mano la hice caer al suelo.

Todos me empezaron a enloquecer, al ver que le había hecho algo a su querida Doncella. Pero como no movieron ni un dedo para salvarla, seguí provocándola:

-¡¿Eres idiota o qué!? ¡Deja de actuar, solo eres una simple niñata que se ha inventado todo esto y te has juntado con un loco para acabar matando a miles de personas!-

-Yo, es que…- La Doncella apretaba el puño fuertemente, mientras se levantaba. -¡Todo eso no es verdad, para nada!- E intentó volver a golpearme.

-¡Vaya mentirosa que eres!- Pero hice otra vez lo mismo.- ¡Siempre lo fuiste, qué patético!- Y ella se levantó e intentó darme un buen golpe, mientras todo el mundo intentaba entender lo que estaba ocurriendo.

No paró durante unos cuantos minutos, haciendo tal esfuerzo en vano. Ella siempre intentaba golpearme, pero yo la tiraba al suelo y la dejaba en ridículo, riéndome muy fuerte.

-¡Deja de búrlate de mí!- Y cada vez estaba más encolerizada y llegó al punto de que iba a asentarme un golpe, pero la cogí del brazo y le una patada en todo el costado, que la hizo caer al suelo, gimiendo de dolor.

Incluso la vieja sirvienta intentó ayudarla, pero ella la detuvo, deseosa de golpearme con sus propias manos. Como ella me estaba haciendo perder mucho tiempo, decidí ir al grano:

-¡¿Todos os estaréis preguntando qué está ocurriendo!? Pues os lo voy a decir: ¡Qué os querían matar! ¡A todos! ¡El banquete que os iban a traer iba a ser el último! ¡Es más, está lleno de cianuro y con esa mierda, un solo bocado es fatal!-

Gritos de sorpresa y horror se extendió por todo el lugar, incapaces de asimilar lo que estaban escuchando. Después de todo, era normal, solo creían que se iban a ir en un puto y estúpido viaje espacial.

-Y jamás iba a haber un viaje a la tierra de las personas felices, solo os iban a mandar al más allá. Y eso que era tan bien obvio, ¡¿nadie de vosotros se dio cuenta de esta farsa!?- Y decidí burlarme de ellos.

-¡Cállate, cállate, por el amor de Dios!- La Doncella me pedía con toda la desesperación del mundo que me callará la boca, mientras intentaba levantarse a pesar del dolor. Yo ni la hice caso.

-Y es más, os han engañado sin parar. Se han quedado con vuestro dinero y propiedades, os han hecho vivir como pobretones, os han humillados con cientos de estupideces. ¡Todas vuestras esperanzas han sido en vano! ¡¿Cómo se sienten, querida gente!?-

El murmullo que vino después de mis palabras fue tan grande que apenas se oía nada y me daba dolor de cabeza. Y la maldita Doncella no paraba de decirles esto:

-¡Todo lo que dices es mentira, pura mentira!-

Muchos de esos idiotas hacían caso a aquella chica desesperada que en aquellos momentos estaba llorando como una magdalena, gritándome que todo lo que decía yo era una mentira, que solo les estaba diciendo eso para que no pudieran ir al planeta de las personas felices. Algunos callaban muy pensativos, como si tenían una lucha en su interior entre sus creencias y lo que les estaba contando.

-¡¿Así que no me creen!?- Decidí buscar una manera definitiva para hacerles entrar en razón.- ¡Supongo que no me dejan más remedio!- Y me dirigí hacia la Doncella, quién olió mis intenciones.

-¡¿Qué haces!?- Eso preguntaba aterrada, incapaz de huir mí. Yo rápidamente le cogí del cuello y empecé a ahogarla.

-Te soltaré el cuello, si les dices que todo esto ha sido un engaño tuyo, que les han mentido y humillado sin parar, y que ibais a matar a todos esos idiotas. ¡Vamos, dilo!-

Y poquito a poco aumentaba la presión, mientras ella se estaba poniendo morada, sin que nadie se atreviera a detenerme. Ni siquiera la vieja de la sirvienta, que se desmayó la muy inútil.

-¡Vamos, dilo de una vez!- Eso le gritaba, sin parar. -¡Rápido!-

-V-vale, vale…- Y ella, intentó decírmelo. -P-p-po…fa…vor…- Mientras intentaba patalear y mover los brazos en un intento desesperado para soltarse.

Al final, paré de presionar contra su cuello y ella pudo respirar de nuevo. Con señales, le señale el micrófono y que les dijera la verdad. Ella lo cogió y los miró por varios segundos, incapaz de atreverse. Tuve que darle un empujoncito, dándole un fuerte codazo.

-Pues la verdad es que…-Se quedó callada durante unos segundos. -Bueno, yo…- Luego, otro durante un largo minuto, pero al final les pudo decir la verdad, cerrando los ojos y temblando sin parar como un flan. -Lo siento mucho, todo lo que dice ella es verdad. Y-yo todo eso me lo inventé para pasar un buen rato, nada más. Ni sé cómo se convirtió en todo esto.-

Hubo un silencio incómodo tras aquellas fuertes declaraciones, se notaba cómo se les rompía el alma en mil pedazos. Unos segundos después, estalló un enorme griterío. Las cientos de personas que habían en aquel lugar pudieron reaccionar, de las formas más variadas y desesperadas posibles.

-¡¿Entonces, todo en lo que creía era una mentira!?- Algunos, cayeron al suelo.

-¡¿Es una broma, no!? ¡Por favor, Doncella, di qué es una broma!- Otros intentaban negar desesperadamente lo que oyeron.

-¡No puede ser verdad!- Unos gritaban desesperadamente.

-¡Es imposible!- Llegando al punto de llorar.

-¡¿Por qué, por qué, nos han hecho esto!? ¿¡Por qué!?- O también, golpeaban con furia contra las mesas.

Y entonces, aquellos desesperados gritos por ver cómo todo lo que creías se derrumbó como naipes, en cuestión de segundos; se deformaron, de alguna forma, en chillidos de horror y sorpresa al recordar que les dije que le iban a envenenar con cianuro.

-¡¿De verdad, nos querían matar!?- Gritaban sin parar, algunos.

-¡Nos iban a envenenar!- Otros, soltaban esto.

Y empezaron a gritarle a la Doncella miles de preguntas sobre esa cuestión. Ella ni se dignó a contestarlas y aquella masa de descerebrados empezó a extenderse la ira y las ganas de matar a alguien. Al darse cuenta de que no podrían abrir la puerta de la nave, no le ayudaron mucho a tranquilizarse.

Y entonces, entre aquel caos, alguien empezó a reír como un demente con tal fuerza que hizo que todo el mundo se callará al instante. Era el cabrón de Roman, que estaba consciente y se está levantando del suelo.

-¡Es verdad, todo es verdad!- Mostraba una sonrisa que aterra a todo idiota que lo observarse. -¡Yo os quería llevar a la tierra de las personas felices! ¡En otras palabras, al más allá! ¡¿No es eso lo qué querían todos ustedes!?-

Perdió totalmente el tornillo, porque se puso a hablar hacia al techo con los brazos totalmente abierto, mientras reía dementemente. Todos lo miraban con puras caras de terror y éste se dio cuenta enseguida:

-¡Ahora no me digan que no, que tienen apego a la vida, a vuestra patética y estúpida vida!- Y se enfadó, al parecer; y decidió justificar su acción, mientras el lugar se llenaba de murmullos sobre lo loco que estaba aquel tipejo, antes de callarse como perras.

-Todos ustedes odiaban su vida, ¡absolutamente todos!- Se puso a señalar a todo el mundo.-¡Vidas aburridas cuyo sentido no podrían encontrar por mucho que buscasen! ¡La búsqueda de un amor ideal que les llevaría a la felicidad eterna! ¡Perder una vida llena de lujos, condenándote a estar atrapado en un callejón sin salida! ¡Todos ustedes, sin excepción, no han parado de sufrir miserablemente! ¡Por eso llegaron a esta iglesia, huyendo desesperadamente de sus problemas! ¡Algunos caen en las drogas, otros en los juegos, incluso hay un montón que se entregan a los placeres carnales! ¡Pero ustedes fuisteis a nosotros y yo os he dado la solución!-

Nadie se atrevió a replicarme, salvo seguir mirarlo con horror. Él continuó:

-¡Lo mejor que podría hacer por aquellas pobres almas era liberarlos de su eterno sufrimiento, que es la vida, a través de la muerte! ¡Eso es! ¡Soy una persona realmente amable!-

Parecía un actor de teatro que le estaba explicando a su público lo que estaba ocurriendo en la obra. Al final, sus palabras fueron replicadas por todo el mundo, que le empezó a gritar e insultar:

-¡Eres un monstruo!- Decía uno. -¡Asesino, genocida!- Gritaba otro. -¡Qué alguien le llevé a un manicomio.- Llegó a decir alguien. Y esto solo era una pequeña muestra de todos los insultos que le dijeron.

-¡¿Y por qué se ponen así!?- Su cara era todo un todo poema, se quedó mirando a su público, como si no entendería por qué ellos estaban muy enfadados con él. -¡Miles de vosotros intentasteis hacer suicidio en el pasado! ¡Yo solo les quería dar un empujoncito a los pobres cobardes que no podrían matarse por ellos mismos!- Y tras decir eso, empezó a reír mientras el lugar se llenaba de murmullos, de varias personas diciendo que tenía razón él, que muchos de ellos deseaban realmente morir en algún momento. Otros decían que no deseaban eso, que deseaban seguir vivos.

Y yo harta de escuchar su molesta y fastidiosa risa, decidí gritarle esto, mientras me preparaba para dejarle inconsciente de nuevo:-¡Estás majara! ¡¿Por qué no te callas de una puta vez!?-

-Tú también…- El muy puto soltó esto con una voz tenue, mientras me miraba de tal forma que me entraba ganas de vomitar.

-¿Yo qué?- Le grité, esperando enterarme qué intentaba decirme aquel puto.

-Tú te has cansado de vivir, lo veo por tu cara, en tus ojos, estás harta de seguir existiendo, ¿¡quieres desaparecer, verdad!? -Me sintió fatal que hubiera adivinado tan bien lo que yo sentía, tanto que era irritada.- ¡Pues hazlo, mátalos a todos junto contigo, consigue que realicen su viaje al planeta de las personas felices!?-

Me señaló a todo el mundo, como una señal para que le hiciera caso y empezará a matar gente; con unas risas que estremecieron a todo el mundo, que estaban a punto de entrar en pánico y salvar su vida desesperadamente.

Y yo me puse a reír como una loca, haciendo que todos se cagaran en los pantalones, pero en vez de hacer lo que quería, le grite esto:

-Hubiera dejado que todos os hubierais muerto, pero tengo órdenes de que no exista ninguna tragedia en este maldito lugar.- Se lo dije de forma burlona, para dejarle claro que él era el idiota por pensar que iba a hacer lo que él deseaba. Luego le señalé con el dedo y añadí:

-Y además siento que el único que desea morir realmente eres tú, alguien tan cobarde que mandará junto con él a ciento de personas…- Eso solo provocó que pusiera un rostro de mala leche hacia mí realmente hermosa, haciendo que solo me entrará más ganas de burlarme de él: -¡Qué patético, de verdad! ¡Pero patético, de verdad de la buena!-

Entonces, él salió a toda velocidad hacia mí para darme una buena paliza y yo hice lo mismo. Nos dirigíamos el uno hacia al otro con un puñetazo en alto, directo en la cara.

-¡Te haré descansar!- Eso me gritó con toda su furia.

-¡Tú serás el primero!- Y yo no quedé atrás.

¿Y quién ganó? Es bien obvio: ¡Yo!

A pocos centímetros de él, me agaché y dirigí mi puño hacia su bardilla a toda velocidad, sin que él pudiera evitarlo a tiempo y haciendo que fuera a volar antes de caer violentamente contra el suelo. En total, le engañé desde el primer momento, dando la ilusión de que le iba a un puñetazo frontal en toda su cara. Me sentí tan bien al ver que le había dejado inconsciente de nuevo que empecé a reír como demente, ante el horror de todo el mundo.

-¡Toma eso, capullo!- Le gritaba victoriosa y feliz.- ¡Te lo mereces por subnormal! Incluso llegué a patear varias veces contra su cuerpo.- ¡Ojala sigas teniendo la vida tan perra que tienes!-

Y estaba tan ocupada en humillar a aquel idiota, que nuestra querida Doncella aprovechó el momento para coger la pistola que cayó al suelo y prepararse para matarme. El público no entendía nada, pero estaba aterrado, porque sentían que eso solo sería el inicio de una verdadera tragedia, que tal vez acabaría con todos. Después de todo, vieron que estaban con unos chalados que podrían ponerse a asesinar a cualquiera.

Yo no me di cuenta de eso, hasta que ella, que temblaba de terror y me observaba llena de furia y con ojos llorosos, me gritó esto:

-¡No has cambiado nada, sigues siendo la misma hija de puta de siempre!-

-¡¿Qué quieres, pesada!?- Miré hacia ella y al verlo, comprobé lo que iba a hacer. -Ya veo…- Añadí de forma fatalista porque sentí que no podría poder evitarlo a tiempo.

-Juro que te mataré aquí, ahora mismo.- Y al terminar la frase, disparó. El retroceso provocó que ella cayera al suelo idiotamente, mientras yo notaba que algo había chocado violentamente contra mi abdomen, una sensación horrible que había conocido y que volvería a notar de nuevo. Un dolor inexplicable se extendió por todo mi cuerpo y sentí ganas de gritar con gran desesperación. ¡Qué nostálgico, qué bonito es volver a recibir un disparo!

Gritos de horror se volvieron a escuchar por todo el lugar, pero no les di importancia. Me toqué con una mano la herida, mientras la sangre caía a chorros hacia al cuerpo inconsciente de Roman, para comprobar cómo era. Con el dolor que sentía, hacer eso era incluso era difícil, mientras intentaba aguantar desesperarme para no desmayarme.

Y sonreí de oreja a oreja, como si fuera gracioso. En realidad, lo era. Fui disparada por alguien que hice mucho daño en el pasado y si fuera ella la que me matase, sería realmente irónico.

¿O esto es lo que muchos llaman karma?

Miles de recuerdos me pasaron por la cabeza, pero una especialmente se volvió a repetir en mi cabeza con todo lujo de detalles. Eran una típica y normal conversación, nada fuera de lo común:

-Las injusticias que cometemos, son frutos de nuevas injusticas. Más bien, el daño que hiciste en el pasado, te lo devolverán de alguna manera en el futuro. Las venganzas son buena muestra de ellos.-

Eso me decía ella tranquilamente, mientras devoraba la comida que preparó con tranquilidad. No recuerdo ahora cómo la conversación llegó a este punto, ni tampoco lo que dije después, que debía ser una completa tontería. No sabía decir si estaba molesta o más bien intentaba buscarle tres patas al gato.

Pero recuerdo perfectamente la respuesta que me dio, y lo dijo cómo si estuviera reflexionando ella misma a la vez que conversaba conmigo:

-Las personas que creen que ser mala persona es mejor que ser una buena, no se dan cuentan de lo que dicen. Si se deciden a hacer el mal, todo el daño que hicieron, se lo devolverán a ellos. Multiplicado, varias veces. Es sola la consecuencia de nuestros actos. O eso creo…-

Esas palabras resonaron por mi cabeza una y otra vez. Después de todo, desde mis primeros años de vida, había estado todo el tiempo provocando injusticias a los demás. Para huir de mi sufrimiento, intenté darles el doble a otras personas. Pero siempre me lo devolvían y lo único que hice solo fue multiplicarlo aún más. Ya saben, era como un ciclo vicioso. La violencia que creaba solo volvía a mí y me creaba mucho más dolor que antes, así que lo único que hice fue devolverlo mil veces peor. Una y otra vez, sin parar. Y no me puedo detener, hasta ahora sigo soportando esto.

Fue la consecuencia de mis actos que hizo que cientos de personas me odien a muerte, el hecho de haberme perdido en las montañas, de haber sido atrapada por Elizaberth y condenada a morir, de haber sido usada como marioneta por unos idiotas haciéndome creer que iba a ser Zarina y ser disparada por una india; de haber sido apuñalada de Sasha y de haber sido alcanzada de nuevo por una bala. De tantas cosas que no puedo ni imaginar.

Y lo gracioso es que de alguna manera u otra siempre salía viva. Me he enfrentado a miles de situaciones cercanas a la muerte y sobreviví. Aún así, es como si un dios todopoderoso hiciera eso solo para hacer que yo siguiera sufriendo aún más que antes. Por eso, estoy tan cansada de esto, solo quiero descansar de una vez, que dejen en paz al pobre zombi llamada Lafayette.

Tal vez, sea el momento de hacerlo.

Y entonces recordé el brillante rostro de aquella hermosa persona que me dijo aquellas palabras, la que me salvó de una muerte segura, de mi única amiga en este mundo. Se sentiría triste si fuera que me hubiera muerto y estaría en peligro de muerte.

Por aquella razón, me mantuve en pie y aguanté aquel insufrible dolor, para demostrarles a los demás de que ni siquiera una bala me tiraría al suelo. Me puse a reír como loca, mientras comprobaba que no era tan grave como parecía. De alguna manera, la bala rozó mi piel dejando una enorme herida superficial. Al parecer, esa suerte milagrosa volvió a actuar en mí.

-¡¿Es eso todo lo que tienes!?- Le grité desafiante a la estúpida esa de la Doncella.-¡Dispara, vamos!-

Ella estaba totalmente aterrada e incapaz de entender lo que estaba pasando, gritó desesperamente: -¡¿Cómo es posible esto!?-

Ella intentó dispararme pero descubrió con horror que no tenía balas. Yo solo le respondí lanzando fuertes carcajadas y cogí la falda de mi propio vestido. Con mucha fuerza de voluntad y fuerza, lo rompí hasta hacerlo una especie de minifalda. Luego, use esa tela que rompí para utilizarla como un vendaje que lo até desde el hombro hasta la herida.

-¡¿Ahora, qué harás!? ¡Ya no tienes balas, ya no me puedes matar! ¡Qué patético, qué patético!- Eso le grité al final, enloqueciendo como una loca, mientras veía como ella se ponía a llorar desesperadamente al ver que iba a recordar sus viejos traumas conmigo.

FIN DE LA NOVENA PARTE

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Centésima cuarta historia

La Doncella del cielo de la buena fortuna: Octava parte, centésima cuarta historia.

El sol estaba empezando a salir, iluminando aquel pasillo en dónde era conducida hacia al lugar que me iban a retener en las próximas horas. Los muy tontos que me llevaban hacia aquel lugar, no tuvieron la buena idea de atarme las manos. Solo creían que con tener las pistolas sobre mi espalda era necesario para detenerme. Mejor para mí. Mientras caminábamos con total lentitud, en mi mente se estaba formaba un plan.

-¡¿Y ustedes qué van a hacer!?- Entonces, empecé a hablarles a aquellos desgraciados, amistosamente. ¡¿Irán a la tierra de las personas felices, después de mí!?- Para hacerlos bajar de guardia.

-Pues claro que no. Solo nos contrataron para retenerte. No vamos a ser tan idiotas como para suicidarnos con todos esos chalados.- Y ellos sin saber mis verdaderas intenciones, me contestaron.

-Oh, ya…- Di unas risas. -Es verdad, ¡hay que ser idiota para tener que meterme en una secta!-

-¡¿A qué sí!? ¡A esos bobos le deben haber esquilmado todo lo que tenían, hasta el último centavo!- Me dijo el de la izquierda.

-¡De verdad, hay que ser estúpido!- Añadió el de la derecha. -¡Pero, muy estúpidos!-

Entonces, ellos empezaron a reír muy alto, olvidándose el hecho de que me estaba reteniendo. Totalmente inmersos en sacar sonoras carcajadas, habían bajado sus pistolas, mirando al suelo y no a mi espalda. Y aproveché aquella oportunidad. Con toda la rapidez del mundo, le di al idiota que estaba a mi derecha una buena patada en toda la boca, que le rompió la nariz y unos cuantos dientes y lo dejó inconsciente. El de la izquierda, intentó alzar la pistola contra mí, pero no le dio tiempo. Le dio un enorme codazo en toda la barbilla y cayó al suelo. No le dieron ni tiempo para gritar.

La verdad es que ni siquiera podrían gritar algo, los deje K.O.

-¡Realmente, vosotros también sois igual de estúpidos que aquellos idiotas que se quieren matar!- Le gritaba, con una voz burlona y una sonrisa propia de un monstruo como yo. -¿Verdad?-

Por supuesto, no me respondieron y yo cogí las pistolas que le cayeron al suelo, mientras me ponía a reír como loca.

Luego, me entraron ganas de darles un tiro a los dos, pero entonces recordé las palabras de Elizaberth, que debería evitar víctimas en la medida de lo posible.

-¡Qué molestia, de verdad!- Protesté irritada, después de estar señalándolos con las dos pistolas que les quité durante un buen rato.-Eso lo hace muy difícil.-

Al bajar las pistolas y esconderlas entre mi ropa, empecé a moverme con mucha rapidez, buscando una salida hacia al exterior. También tenía que hacerlo con cuidado, para que nadie me viera. Con cada pasillo que veía, miraba por todos lados para ver si estaba desierto y luego me ponía a correr hasta la siguiente. Si notaba que alguien se acercaba yo iría por otro lado o volvía por mis mismos pasos.

Tras perder el tiempo inútilmente en dar vueltas para que no me pillaran, pude bajar la primera planta y llegar a la sala en dónde estaba la puerta principal. Entonces, alguien se interpuso entre la salida de aquel estúpido lugar y yo.

-¡¿Crees que puedes escapar así cómo así!?- Eso me gritaba, mientras se ponía delante de la maldita puerta y cruzaba los brazos, mirándome fijamente. -¡No te dejaré marchar!-

Era aquella vieja sirvienta que estaba sirviendo a la maldita Doncella, y la maldita se creía capaz de luchar contra mí.

-¡Vaya hospitalidad que tienes!- Eso le repliqué desafiante, mientras preparaba mis puños para golpearla y darle lo más fuerte posible.

-He llevado este trabajo por mucho tiempo, así que es normal…- Ella también se estaba preparando para luchar, o eso daba la impresión.

-Pues bueno, ¡tu servicio es pura basura y me iré de aquí!- Entonces, decidí dar el primer golpe y me acerqué rápidamente hacia esa vieja desgraciada, mientras levantaba mi puño para romperle lo que le quedaba de dentadura.

La maldita no se movió ni un centímetro y cuando la alcancé e iba a darle el golpe de su vida, esquivo su cabeza hacia un lado como si fuera todo un profesional y me dio una patada en todo el estomago. No era tan debilucha como parecía y yo di unos cuantos pasos hacia atrás, mientras esa me decía esto, con una voz llena de determinación y valor:

-Las órdenes de la Doncella son claras, no dejarla pasar…- Y se puso en posición de ataque, antes de lanzarse hacia mí como si fuera un maldito tigre.

Y yo me reí, preparada para darle la paliza de su vida y escapar lo antes posible. Por eso le grité desafiantemente y me lancé hacia ella: -¡Pues entonces, lo haré por la fuerza!-

Ella intentó lanzar un puñetazo contra mi cara, pero yo lo esquivé por poco, agachándome y levantarme rápidamente para hacer que mi cabeza golpeará violentamente con su bardilla. La maldita desgraciada no pudo esquivarlo a tiempo y cayó al suelo. Aproveché el momento para ir directa hacia la puerta.

-¡No vas a escapar tan fácilmente!- Pero, la vieja esa, sin levantarse del suelo, cogió mi pierna y me tiró al suelo, mientras me decía tal cosa.

Le di una patada en toda la cara y me levanté, pero entonces, un montón de idiotas aparecieron de todos lados, preparados para atacarme y bloqueando la puerta. Creo que era más de quinces personas, que se lanzaron hacia mí, mientras me gritaban:

-¡Hay que eliminar el mal!- Estaban llenos de ira, como si les hubiera hecho algo.- ¡El mal que impide nuestro viaje hacia al planeta de las personas felices!-

-¡Muere monstruo!- No dejaban de decir aquellos hermosos elogios.-¡Muere desgraciada!- Mientras desesperadamente intentaba atacarme y golpearme. -¡Los demonios no sabotearán nuestro viaje!-

Algunos lo hacían con las manos desnudas, otros me atacaban con algunas armas improvisadas, pero yo los esquivaba bien rápido y les daba buenos golpes, que hicieron llorar o incluso desmayar a algunos. Pero lo gracioso es que me intentaban golpear con toda su furia, como si yo les hubiera hecho algo a algunos de ellos.

-¡Por tu culpa, el banco se quedó con mi casa!- Y llegaban a decirme que era mi culpa.

-¡Por tu culpa, mi vida ha sido puro sufrimiento!- De cosas que ni tenían nada que ver conmigo.

-¡Por tu culpa, el hombre de mi vida me abandono!- Como si fuera la culpable de todas sus desgracias.

Sentía como si todos ellos estaban siendo controlados por control mental o algo parecido, porque aquello no era normal. O eso, o estaban usándome como el objetivo de sus frustraciones.

-¡Déjenme en paz, idiotas! ¡Me importa una mierda lo que les pase! ¡Qué os jodan, a todos!- Y eso les gritaba sin parar, mientras intentaba despejar un camino hacia la puerta. Algo que se me estaba haciendo imposible, porque la vieja esa, no les paraba de decir que lo protegieran con sus vidas.

-Este el poder de la muchedumbre. Son fáciles de controlar. Si están furiosos, irán por el primero al que le señalen como culpable.- Y además dijo estas palabras a voz alta y todo el mundo ignoró aquella frase, más ocupados en golpearme que en escucharla.

Era imposible luchar con tantas personas de esta forma, porque no podría concentrarme, ni poder sacar una de las pistolas para usarlas. Tenía que esquivar una y otra vez golpes que venían de todas direcciones. Necesitaba otra forma de escapar, porque no podría hacer que se quitarán de la puerta. Entonces, vi una de las miles ventanas que tenía la sala.

-¡Quitaos del medio!- Eso les gritaba, mientras me introducía entre la muchedumbre, directa hacia ahí.

¿Por qué no me di cuenta antes? Sé que era disparatado, pero era mucho más rápido que salir por la puerta: Saltando por la ventana.

-¡¿Pero, adónde va esa!?- Eso grito la maldita vieja, antes de que se diera cuenta de lo que iba a hacer.

Pensaba tirarme de cabeza a la ventana y, como si fuera una película de acción, romperla con mi propio cuerpo. Pero eso me llenaría de heridas y tenía cristales incrustadas por todas partes. Por suerte, vi una silla, junto a una pequeña mesa; la cogí y la tiré contra el cristal, que se rompió en mil pedazos.

-¡¿Sabes cuánto cuesta esos cristales!? ¡Has roto millones de dólares!- Gritó conmocionada la vieja al ver eso. Yo ignoré eso, solo salté por la ventana y corrí sin parar, dirigiéndome hacia un lugar en dónde podría esconderme y estar a salvo.

Corrí todo lo rápido que pude hasta la primera aglomeración de esas feas casas de madera y me escondí, sin darme cuenta de que a mi lado estaba una puerta de una de esas estúpidas edificaciones.

-¡¿Y ahora qué!?- Me preguntaba desesperadamente.-¿¡Cómo podré parar esta estupidez!?-

No tenía ni idea de cómo parar aquel suicidio colectivo, porque estaba en el peor de los escenarios posibles; y yo tenía que cumplir esta maldita misión, fuese como fuese, ¿pero cómo?

Mientras estrujaba mi cabeza sin parar en busca de un plan milagroso, la puerta que estaba a mi lado se abrió, haciéndome cuenta de su existencia y de que había metido la pata hasta al fondo. De eso, salió una mujer, quién alertada por los gritos de la gente de la mansión que salió a buscarme; y se quedó mirándome muy sorprendida.

Al ver su vestido largo, que llegaba hasta sus tobillos, y antiguo, que parecía de los años del viejo oeste; más su feo sombrero y el velo que sin razón aparente le tapaba la cara; me dieron la idea que necesitaba:

-¡¿Quién es usted!?- Me preguntó en ruso, totalmente aterrada; mientras yo, con una sonrisa diabólica, le decía esto:

-¡Eso da igual!- Le grité en mi mal ruso.-¡Ahora necesito tu vestido!- Y salté sobre ella, metiéndola en la casa y tapado su boca para no gritarla.

¿Y para qué hice eso? ¿¡No es bien obvio!? Con esa estúpida ropa, podría ocultarme perfectamente entre ellos y fastidiar el momento en que decidan hacer el suicidio colectivo. Ese era el plan, algo cutre y lleno de agujeros, pero lo único que se me pudo ocurrir.

Tras decirle a la chica que la até con cuerdas que encontré en su casa las gracias, salí de su casa. Al momento, se me cruzaron dos idiotas que me preguntaron si había visto a alguien, que obviamente era yo. Les dije que no con la cabeza y esos estúpidos de mierda ni se dieron cuenta de mi disfraz. Casi me dio ganas de burlarme de esos compulsivamente, pero me tuve que controlar. Tenía que alejarme de esa casucha con toda la rapidez del mundo y buscar el lugar en dónde se iban a matar.

Con los rayos de sol subiendo por el cielo, todos habían salido de sus casas. Mientras cargaban mochilas de todo tipo, se dirigían hacia un sitio concreto, llenos de felicidad y alegría. Algunos incluso cantaban odas a la Doncella. Toda esa gente, cientos de personas; creyendo que iban a ir al paraíso, sin saber el verdadero destino que le habían preparado; provocaba una escena que resultaba tan irónica, hilarante y paradójica que me hacían sentir muy extraña, sin saber muy bien si tenía que reír o llorar. De todas formas, les seguí porque sabía perfectamente a dónde estaban yendo.

Y así acabé en una maldita y enorme cola que duró horas, peor que las de un concierto de algún puto cantante famoso. Ni siquiera entendía por qué estábamos esperando en primer lugar y menos que yo estuviera aguantando eso.

-¡¿Qué mierda les pasa!?- Eso les grité, cuando me harté de tanto esperar. -¡¿Por qué estamos haciendo fila!?-

-¡Hay que entrar en orden, así es cómo lo ordeno nuestra Doncella!- Eso me decía uno y otro añadió: -Si no haces lo que ella diga, no irás al planeta de las personas felices.-

-¡¿Ah, sí!?- Les repliqué molesta.-¡Pues que os jodan!- Y yo empecé a atravesar aquella enorme cola a grandes pasos, pasando entre las miles de personas que esperaban pacientemente su turno. Al darme cuenta de que lo más fácil era salir de la cola y dirigirme directamente hacia aquel lugar, me maldije fuertemente por hacer algo tan agotador e inútil; salí de ahí. Desde ese punto, corrí todo lo que pude hasta llegar al otro lado de la finca, que no era para nada pequeño.

Y ante mis ojos, veía cómo la gente se metía en un edificio parecido a una nave industrial, que tenía un aspecto realmente cutre, con sus muros de ladrillos grises y su cubierta de metal barato. Supe al momento que ese era el lugar en dónde iban a celebrar el fin de sus vidas.

Al llegar a la entrada, había un montón de gente esperando para que le dieran permiso para entrar. Estaba siendo vigilado por unas personas que llevaban armas sobre sus brazos. Sin que se dieran cuenta de mi presencia, yo me escondí entre los árboles, que habían un montón rodeando a aquel feo edificio e intenté mirar por atrás, por si había alguna puerta trasera.

 

Y menos mal que encontré uno, cuyo al lado inexplicablemente habían motocicletas con las llaves puestas. Cogí una, e iba hacerlo con las demás pero no pude hacerlo porque tuve que esconderme de unos payasos salieron por la puerta. Por culpa del nerviosismo, perdí una pistola.

-¡¿En serio, hace falta ponerlas por aquí!? ¡No es un buen sitio para escapar con la moto!- Eso protestaba uno de ellos mientras se fumaba un cigarrillo.

-¡Pues claro que sí, que si el que nos paga lo ve, nos lo rompen!- Y eso le decía el otro, antes de ponerse a darle mimos a su moto. No, era mucho más perturbador, no le dejaba de llamar a la motocicleta “Claudia” y de besarla sin parar.

-¡¿De verdad!? ¡No deberíamos habernos metido en esto!- Le ignoraba, mientras expulsaba el humo, con un gran suspiro de molestia.

Dudé si darles una paliza a esos idiotas y entrar en el edificio o esperar hasta que volvieran a meterse por unos cuantos minutos. Al final, decidí el más violento solo porque tenía ganas de zurrar a alguien, cuando ya se estaban preparando para introducirse de nuevo en el edificio. Me acerqué poquito hacia ellos, con el menor ruido posible.

-¡¿Has oído algo!?- Aún cuando se dieron cuenta, fue demasiado tarde.-¡Yo creo haber…!- Y el del cigarrito no pudo terminar la frase, le di una patada tan fuerte bajo la  bardilla que le dejó inconsciente, a pesar de lo difícil que era hacerlo con el maldito vestidito de mierda.

-¡¿Quién er…!?- Y sin dejar tiempo, me lancé hacia al otro, dándole un puñetazo tan fuerte en el estómago que vomitó y se desmayó.

-¡Vaya par de debiluchos!- Eso les decía burlonamente, mientras me sacudía las manos y les rompí la ropa para utilizarlos como cuerdas para atarlos. E incluso los moví de lugar para que dejaran espacio para poder escapar con la moto cuando llegase el momento, además de ocultarlos.

-¡Disfruten de su descanso, señores!- Eso les decía burlonamente, mientras me despedía de ellos y entraba en la puerta.

Lo primero que vi al entrar, fue un pequeño pasillo en forma de “l”, cuyo extremo terminaba en una habitación con una puerta de color rosa y el otro llevaba lo que parecía un gran espacio cerrado. Así mismo, estaba lleno de tantas cosas que apenas había espacio, pero era un golpe de suerte para mí ya que podría esconderme fácilmente.

Y eso fue lo primero que hice tras cerrar la puerta al exterior, porque oí como algunas personas estaban saliendo de la puerta rosa. Eran esos malditos dos, la Doncella y el puto de Roman; más la vieja sirvienta y otro tipo que no conocía para nada.

-¡¿Aún no le han encontrado!?- Eso les gritaba encolerizada la maldita Doncella, con una expresión molesta en su rostro.

-¡Lo siento, pero ella ha desaparecido cómo arte de magia!- Y aquella respuesta que le dio la vieja no ayudó mucho a mejorar su humor.

-¡Mierda, mierda, hay que encontrarla pronto!- Llegó al punto de patear sin parar el suelo con una pierna como si fuera una niña pequeña.

-¡¿Tanto te preocupa eso!?- Roman intervino con una expresión despreocupada. -¡No es cómo si esa hubiera huido de este querido paraíso!-

-¡Pues sí!  ¡No quiero que escapara! ¡Mi venganza, quiero mi venganza, por todo lo que me hizo…!-

Aquel grito de enfado por no conseguir que me atraparan de nuevo, hizo que Roman se pusiera fuera de sí y le diera un buen puñetazo en toda la cara. Ella cayó al suelo mientras se tocaba la mejilla en dónde la habían golpeado.

-Señorita…- La vieja rápidamente se acercó a ella para ver si estaba bien, mientras Roman le gritaba endemoniadamente:

-¡A mí no me levantes la voz, estúpida niñata!-

En ese momento me di cuenta de que el maldito de Roman no parecía tener ningún respeto hacia su “querida” Doncella. Es más, la trató como si fuera alguien inferior a él y por lo cual no tenía ni el derecho de gritarle de esa manera. Y ésta en vez de alterarse al ver que uno de sus seguidores le había tratado de esa manera, se contuvo y con lágrimas en los ojos, se levantaba mientras le pedía perdón:

-Lo siento mucho, de verdad. No era mi intención…-

Me quedé con la boca abierta, la Doncella era la líder de una maldita secta y el capullo de Roman uno de sus subordinados. Él no podría tratar así a su jefa y menos que ella se quedará inmune ante tal golpe. Algo raro había ahí.

Mientras tanto, aquel puto volvió a actuar como siempre y tras soltar unas risas, le dijo con una modesta sonrisa:

-Da igual, creo que se me ha ido un poco la mano. Solo ha sido eso. Jamás haría daño a mi querida doncella.- No hace falta decir lo irónico que sonaron esas palabras. -De todos modos, sé que aparecerá. No se irá de aquí, hasta que la fiesta esté a punto de comenzar. Por eso, debemos seguir con los preparativos.-

-Sí, por supuesto que sí.- La Doncella solo dijo esto cabizbaja, mientras entraba en otra puerta, para preguntarles a los que estaban dentro si estaba todo listo.

Mientras tanto, la vieja sirviente se quedó mirando a Roman con ganas  de matarlo.

-¡¿Y qué pasa, honorable señora!?- Y este se dio cuenta.-¡¿Por qué me miras con ese rostro!?-

-¿¡De verdad, quiere continuar con esta locura!?- Eso le preguntó de repente.

-¡¿Incitar a cientos de personas a morir!? Ese nunca fue mi plan, solo deseo que nos llevé a todos al planeta de las personas felices.- Eso le respondió, antes de ponerse a reír.

-¡Estás loco!- Exclamó la vieja. Entonces, Roman le miró con una sonrisa demente y le soltó esto como amenaza:

-Realmente, no deberías insultarme de ese modo, porque quizás haré que nos acompañé en nuestro querido viaje.-

Ella solo se pudo callar, incapaz de poder responderle de alguna manera. Luego, dos hombres salieron de la habitación, junto con la Doncella y la vieja.

-¡¿Está todo listo!?- Roman le preguntó a la Doncella esto.

-Sí, ya han mezclado las bebidas y las comidas con cianuro.- Y esto le respondió ella, con un rostro de culpabilidad.

Se quedó mirando al suelo por unos segundos, antes de llenarse de valentía y preguntarle al segundo de a bordo:

-¡¿De verdad, vamos a seguir con esto!?- Ella estaba temblando como un flan. -No sé, yo…-

Roman se acercó y con cara de pocos amigos le dijo: -¡¿Te estás arrepintiendo!?-

-No es eso…- Ella, totalmente aterrada, no pudo decir ni una palabras más.

-Da igual, porque este día hermoso será el principio de nuestro viaje.- Y el puto ese, abrió los brazos como si estuviera actuando en una obra de ópera.

Esta escena que estaba observando me hizo dar cuenta de la realidad. En cierta manera, aquel tipejo de Roman era el verdadero cerebro de este suicidio colectivo que había preparando.

Luego de eso, cerraron la puerta con llave, porque él no quería que nadie lo saboteara antes de que llegase la hora indicada para darles de comer a esas cientos de personas. Y volvieron a entrar en la puerta rosa, esperando a que entrasen todos los seguidores de la secta, ya que aparecieran en escena cuando se cumpliese esa condición.

Y como mi escondite era tan bueno que ninguno de esos idiotas se dio cuenta de mi existencia durante aquella conversación, yo decidí esperar pacientemente hasta que llegase la hora estelar, para fastidiarles la fiesta que estaban preparando.

FIN DE LA OCTAVA PARTE

 

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Centésima cuarta historia

La Doncella del cielo de la buena fortuna: Séptima parte, centésima cuarta historia.

Después de aquello, no pude volver a hablar en privado con ella. De todas maneras, no me dio nada útil y solo decía más que tonterías, así que no fue nada realmente importante.

Y aquel día finalmente llegó sin previo aviso, sin poder descubrir cuál era su fecha de ejecución y sin haber nada. Y lo mejor de todo, es que había comenzado con una extraña y fastidiosa pesadilla, que hizo que me despertara de malas pulgas. Lo recuerdo muy bien, demasiado:

Yo estaba en un lugar oscuro, totalmente y parecía que ahí no había nada, absolutamente nada. Estaba de mal humor, deseaba golpear a otra persona desesperadamente. No sabía el motivo pero estaba muy cabreada. Entonces, oí unos pasos detrás de mí y gire mi cabeza.

Ahí estaba otro yo, una viva imagen de mí, con una cara tan amargada y cansada de la vida que me hacía parecer todo un cadáver. Lo primero que hice al verme fue saltar hacia mi doble y golpearle violentamente.

-¡Muere, muere…!- Eso me decía a mi otro yo sin parar, mientras le golpeaba con mis manos, mientras se me salpicaba su sangre.

No paré de golpearla hasta desfigurar su cara y luego destrozarle toda la cabeza a golpes. Sentía una necesidad de destrozarla viva, de dejarla hasta irreconocible que ni siquiera podría pensar claramente que estaba haciendo. Y cuando terminé, no me nada aliviada. Es más, estaba más enfadada que antes y tenía más ganas de matar a alguien.

Y cuando levanté la vista, vi a otros doble mío delante de mí, con la misma cara que la otra. Entonces, rápidamente fui a por ella, gritando como una loca, mientras sacaba de nada un cuchillo y se lo enclavaba en todo el estomago.

Eso no me bastaba, así que empecé a acuchillearla una y otra vez, hasta que dejarla un colador. Estaba tan furioso que incluso metí mis en su interior y le saqué sus entrañas, tirándolas al suelo como si fuera pura basura. Solo conseguí empeorar mi humor, empecé a golpear violentamente el suelo con las piernas, mientras no dejaba de soltar insultos.

Y entonces apareció otra copia mía más. Así siguió durante un rato.

Se volvió en un extraño círculo vicioso: mataba a una para tranquilizarme pero eso me ponía peor e iba a por otra para quitarme aquel sentimiento tan horrible que tenía en mí.

-¡¿Por qué, por qué!?- Gritaba encolerizaba. -¡¿Qué mierda es este maldito sentimiento!?- Mientras mataba a otra copia mía.

No importaba cuánto y cómo mataba a todas las copias que veía, aquel horrible sentimiento no me dejaba en paz. Solo se volvía peor y más peor y no había forma de detenerlo.

-¡Párate, párate de una vez!- Finalmente enloquecí. Empecé a golpearme la cabeza contra el suelo sin parar, rodeada de todos los cadáveres de los dobles que maté.

Y llegué al punto de ponerme a llorar desconsoladamente mientras me abría la cabeza y mis lágrimas se mezclaban con la sangre de mi frente.

No paraba de gritar una y otra vez que estaba harta de aquel sentimiento, de mí misma, de todo en general. Al final, no pude más.

-¡Qué se joda todo!- Eso grité, antes de coger el cuchillo y apuñalarme con toda la fuerza posible contra mi estomago. Ahí desperté.

Al abrir los ojos y ver que me había caído del sofá en dónde me había quedado dormida, me levanté del suelo y me dirigí al cuarto de baño. Estaba sudando como un cerdo y quería ducharme rápidamente.

-¡¿Qué mierda de sueño he tenido!?- Eso me preguntaba trastornada mientras recordaba con todo lujo de detalles cómo fue aquella pesadilla.

Miré al reloj y vi que eran las tres de la madrugada. Entonces, en medio de mi somnolencia, el teléfono empezó a sonar fuertemente.

-¡¿Quién será a estas horas de la madrugada!?- Eso me preguntaba molesta y realmente irritada.

Eran las palabras de aquel desgraciado, pidiéndome algo inusual: -Perdón por despertarte tan temprano, pero tengo que avisarte una noticia urgente, que debes ir rápidamente al santuario rápidamente, en cuestión de horas.-

-¡¿Y por qué eso tan de repente!?- Eso preguntaba yo, incapaz de entender que quería hacer ese capullo.-¡¿Ha ocurrido algo!?-

-¡Ha llegado la hora, nuestros queridos sueños y deseos se van a cumplir muy pronto!- Y tras decir tal cosa, empezó a soltar una risa propia de un villano cutre de dibujos animados.

Entonces, lo supe de inmediato. Había llegado el día en que iba a producir aquel viaje al planeta de las personas felices, ese suicidio colectivo que ellos habían planeados desde hacen meses.

Y tras eso me colgó el muy capullo, dejándome en blanco por unos segundos. Al empezar a pensar, me puse a reír como él, pero solo para ocultar mi enojo contra eso. Después de todo, había llegado demasiado pronto:

-¡Serás subnormal de mierda! ¡¿Por qué lo dices ahora!?- Eso gritaba como loca, mientras tiraba el teléfono al suelo y empezará a tirar cosas. -¡Ni siquiera puedo crear un plan para detenerlos! ¡¿Serás cabrón o qué!?-

Sabía que estaba cerca, pero no ahora, ¡me jodieron bien estos capullos, hicieron mi trabajo mil veces más difícil que antes!

Pero, tras perder el tiempo, maldiciéndolo todo y golpeándolo todo; cuándo me cansé,  recordé que tenía que llamarla a Elizaberth, aunque fuera a estas horas de la madrugada. No quería escucharla ni seguramente ella desearía que le llamase a esas horas, pero necesitaba sus ordenes rápido. No soy leal a ella ni nada parecido, pero es muy molesta cuando hago algo que no esté fuera de sus órdenes.

Así que, como buena perra que era, le llamé, sin importarme una mierda si despertarle a estas horas le iba a poner de mal humor. Después de todo, me lo iba a agradecer de todos modos. Pero no me espero la respuesta que me dieron:

-¡Lo siento mucho, la Zarina no está presente en su palacio! ¡Se fue hace  unos días a lo más profundo del reino, por asuntos urgentes!- Eso me dijo la voz de una vieja, a la que conocía. Su nombre era Sophie Friederike o algo así. Y era alguien importante para la maldita de Elizaberth, quién se hacía cargo de todo cuando ella no estaba. No sabía decir si era primera ministra o algo parecido.

De todas maneras, al ver que, por casualidad y en el momento menos indicado, ella se quitó del medio, me enfureció muchísimo.

-¡¿No me digas en serio!?- Eso le gritaba a esa vieja, con ganas de matar a alguien.- ¡¿De verdad, esa perra se ha ido!?-

-¡Modera tu lenguaje, escoria!- Y esa maldita vieja me lo devolvió por el doble. -¡Insultar a la Zarina es tan propio de ti, salvaje!-

Era demasiada leal a esa perra de Elizaberth, por alguna razón. Es más, me sorprende que sea así. De todas maneras, le sentó muy mal mis palabras y me empezó a regañar. Yo la intenté callar con estas palabras:

-¡No tengo tiempo para tus tonterías! ¡Tengo algo urgente que comunicar!-

-Es verdad, tú nunca tal cosa para llamarnos a estas horas por cualquier tontería.- Eso decía serenamente pero hostil hacia mí: -¿¡Y cuál es!?-

-No creo que lo sepas, así que no te lo diré. Ella me reganará.- Le repliqué.

-Tienes razón, los asuntos de afuera no me conciernen. Pero para pasar el mensaje a ella me lo tienes que decir, para pasarlo en carta y que un simple mensajero vaya a por dónde está Zarina.- Eso me molestó, porque no quería contárselo de todas maneras. Pero, al parecer, era necesario.

Aún así, se lo iba a decir, antes de protestar: -¡Por favor, estamos en el siglo XXI! ¡¿No puede llevarse un teléfono móvil o algo así!?-

-Como si tuviéramos instalaciones para esas cosas.- Tras decir esto, yo se lo dije y añadí:

-¡¿Y ahora qué tengo que hacer!?-

-¡¿Ella te dejó una orden clara si había llegado ese imprevisto!?- Me preguntó, algo sorprendida por mi actitud supuestamente mansa.

-Lo único que me repetía era que buscará más información y que no haría nada sospechoso. Pero ya ha llegado. ¿Hay orden o no? Porque entonces, voy a hacer lo que me da la gana.- Eso le dije sinceramente y totalmente segura de mí misma. Ella se quedó callada por un rato.

-Haz lo que quieras, siempre haces lo que te da la gana.- Y, abrió su sucia boca, con estas palabras. Sonreí.

-Esa respuesta quería oír.- Y con esto, colgué la llamada lo más rápido posible.

Ya estaba harta de tantas tonterías, de sectas y demás estupideces. Iba a joderles la fiesta, sin ninguna razón en especial. Tal vez, eso era una escusa, en la cual escondía las grandes ganas de fastidiarles a aquella estúpida Doncella y al puto de Roman, por hacer que me metieran en tal farsa. Esa simple razón era lo único que me motivaba para fastidiarles la fiesta.

-¡Haré terminar esta farsa antes de que se vuelan los sesos!- Eso me dije llena de confianza, mientras preparaba mis cosas.

Era el momento de la verdad y el fracaso no lo tenía permitido. No podría dejar que una tragedia ocurriese aunque me importaba una mierda que todos se murieran.

Al salir del edificio en dónde estaba, me estaba esperando Roman, montado en un viejo y feo vehículo.

-¡¿No decías que no tenías coche!?- Eso le decía burlonamente. -¡¿Esto qué es!?-

Usaba un tono burlón e hiriente, para esconder mi molestia ante el hecho de que el maldito, al final de todo, cogiera un auto y no el maldito transporte público que tanto me ha atormentado.

-Me lo ha prestado un amigo, nada más que eso.- Y me lo dijo de una forma que dejaba claro que mentía.

-¡Oh, qué buen amigo tienes!- Pero yo le seguí la corriente con un tono muy bien irónico.

Y tras muchos kilómetros, llegamos a las puertas del santuario. Él aparcó el coche entre los miles que había en el lugar y por desgracia, me empezó a hablar:

-¡¿Estás deseosa de ver el brillante mundo que nos espera!?- Gritaba como si fuera un lunático diciéndoles a los de arriba que les iba a demostrar que valía de verdad.

-Por supuesto que sí.- Asentí, tras dar un profundo y desalentador suspiro.

-¡Genial, porque serás una de las primeras que lo vea.- Y lo sentó como si me estuviera avisando de antemano, que sabía que no era de fiar y me iban a mandar primero a la muerte. Ignoré qué quería decir eso.

-Mejor que mejor.- Eso le dije, sonriendo de oreja a oreja con una desagradable y fea sonrisa. Estaba preparada para lo que fuera.

Y al entrar, la puerta lentamente se cerró, como si evitarán con eso de que yo no pueda salir de ese lugar lleno de locos. Más bien, ellos me habían encerrado.

Con dos personas detrás de nosotros el maldito de Roman me llevó a la mansión y luego me condujo hacia el despacho de la Doncella. El capullo ese no me decía nada, estaba realmente callado y tenía la seriedad de alguien que no iba a cometer algo bueno. Los otros también estaban de la misma manera y el ambiente estaba tan tenso y molesto que hasta un mono sabía que yo estaba en peligro, me llevaban a la boca del lobo. Lo supe al momento, que no quería recibirme con las manos abiertas y que deseaban que iba a ser la primera en ir al puñetero planeta de las personas felices. Cuando lo pensé me reí un poco, sin que ellos se dieran cuenta.

-De todas maneras, sabía que algo así ocurriría…- Además, dije esto en voz baja, pensando que ellos se creían muchos más listos que yo y sin saber que llevaba varias armas escondida entre mi ropa para defenderme.

Al entrar, ella estaba sentada orgullosamente sobre los pies en la mesa con una sonrisa triunfante hacía mi. Rápidamente cerraron las puertas y los dos idiotas que nos seguía pusieron sus pistolas sobre mi espalda, ¡buena forma de empezar nuestra conversación!

-¡Buenas, Will Smith!- Me empezó a hablar la Doncella. -Me alegra de que hayas venido…- Con una sonrisa molesta y podrida. -…a tu fiesta de despedida.-

-¡¿Me van a echar o qué!?- Me hice la tonta. -Tampoco es que era un buen trabajo, digamos…-

Y el maldito de Roman intervino para hablarnos como si fuera un guía espiritual: -No es eso, hemos llegado a nuestra meta, al inicio de nuestro viaje, la despedida a este maldito mundo.-

-Todos te estábamos esperando. La fiesta no podría empezar sin ti.- Añadió la Doncella, entre risas.

-Pues no recibí invitación, lo siento mucho.- Y yo me puse a chulearme aún más de ella.

-Queríamos que fuera una sorpresa, por eso incluso eres la última que hemos llamados. Los demás miembros de la secta, aquella pobre gente, estuvo entrando desde hace tres días para preparar nuestro viaje.- Así que me ocultaron eso con el objetivo claro de no poder actuar a tiempo. Esta gente no parecía tan idiota como creía.

-¡Qué honor por vuestra parte, me siento tan privilegiada!- Y eso les dije burlonamente, mientras maldecía mi suerte porque había acabado en una situación muy desventajosa.

-Eres mi secretaria, por eso te hemos dejado este honor.- Y con falsa simpatía, añadió el puto de Roman.

-No, mejor dicho. Te lo hemos reservado por otro motivo diferente…- Y la otra intervino, antes de ponerse a reír y poner una mueca desagradable. Ya me hartaron y les dije sinceramente esto:

-¡¿Pueden dejarse de rodeos!? ¡Entiendo perfectamente lo que quieren hacer!- Ya me estaba cansando de su estúpida farsa, quería que terminarán rápido de hablar.

-Me alegra mucho de que pienses eso…- Dio unas risitas y una sonrisa, propia de una villana, actuando como si era una idiota. -Creo que es mucho más fácil así, ¿no, Will Smith? O en otras palabras, ¡Lafayette!- Y alargó mi nombre todo lo que pudo para dejar claro su tono burlón contra mí

-Y yo creyendo que erais unos idiotas totales.- Yo le respondí con un suspiro de molestia y una sonrisa hiriente.

-¡Si esas palabras son verdad, entonces eso deja que nos has sobrestimados y dejas constancia de lo inútil que has sido para tu misión!- Roman añadió, con un tono tranquilo pero desagradable.

Entonces, la Doncella me señaló con el dedo y, victoriosa, empezó a gritarme, en una mezcla de burla y mofa:

-¡La estúpida has acabado siendo tú!- Ponía una cara realmente fea. -No entiendo quién es tu superior ni el propósito de haberte introducido en nuestra secta, pero ha sido todo un fracaso.-

-Ríanse de mí todo lo que quieran.- Yo solo me reí, con una sonrisa engreída. Eso solo consiguió enfadar a esa idiota.

-¡¿Realmente, crees que puedes engañar a alguien con un nombre falso tan obvio!?-Ocultando su ira, intentó burlarse de mí con más intensidad.- ¡Eres una completa estúpida, más de lo que creía! ¡Totalmente subnormal!-

Se levantó de su asiento y se acercó a mí. Hizo un gesto con las manos e hizo que aquellos dos que estaban apuntando mi espalda con sus pistolas me hicieran agacharme.

-Al principio, me asuste al darme cuenta de que seguías vivas, tenía miedo de volverme a encontrarme contigo. Pero entonces, recordé que las cosas son distintas. Soy hermosa y tengo poder, ¡a mi servicio, tengo miles de personas, que serían capaces de destrozarte en mil pedazos!-

Mi rostro desafiante no cambiaba nada, por mucho que ella dijera. Esto solo le hacía enfadar, porque quería quitar mi sonrisa de mi cara. Por eso, siguió hablando.

-¡Me imagino tus gritos de agonía, las miles de torturas crueles que podré hacer contigo! ¡Mi cabeza no deja de pensar, para devolverte todo el horrible sufrimiento que me hiciste! ¡Haré que tus últimos días sean infernales, que grites y llores desesperadamente!- Y acercó su cara para mirarme, con ganas de intimidarme.

La única respuesta que ella recibió de mí fue un escupitajo en toda su cara, totalmente desafiante ante a aquella estúpida. Ella se encolerizó tanto que se me dio un golpe en toda la cara y caí al suelo. Luego, empezó a golpear mi cuerpo sin parar.

-¡¿Aún te crees invencible, verdad, cacho guarra!? -No dejaba de gritar.-¡Pero las cosas han cambiado, te la devolveré por diez!-Totalmente llena de ira.- ¡No, por cien! ¡Por mil! ¡Te arrepentirás por todo el daño que me has hecho! -Sus patadas y sus gritos cada vez eran más fuertes. -¡No, todo lo que les has hecho a todo el mundo! ¡Todos respiraremos tranquilos, cuando veamos que la desaparecida Lafayette esté muerta de verdad! ¡Ese será es tu final, maldita desgraciada!- Y se puso a llorar desconsoladamente, y siguió dándome patadas.

No dije nada, no hice nada, ni siquiera podría seguir manteniendo aquella mirada desafiante de tenía. Es más, tenía muecas molestas por lo que estaba escuchando, sin saber cómo decir.

Después de todo, hice su vida un infierno. Era normal y yo debía sentir algún arrepentimiento, pero no lo tenía. No pensaba en nada, solamente en la molestia de tener que pensar cómo actuar. Por una parte, no le daría importancia y le insultaría. Por otra, tenía que considerar que debía sentirme culpable. Pero nada de eso tenía, era como si no tuviese ninguna emoción en particular. Y eso sonó tan triste.

¿Cuánto mal les hice a los demás? Eso debería ser tan largo como el infinito. ¿Cuándo me arrepentí de mis actos contra ellos? Nunca, salvo escasas excepciones. Y a pesar de haber llegado a este punto, aún no lo podrá sentir, por mucho que lo intentase. Eso era de verdad una cosa triste.

Tenían razón, Elizaberth al llamarme un monstruo. Apenas, podría sentir algo por aquel sufrimiento que le provoque a aquella chica. Me daba igual. No sé si mi sensibilidad desapareció hace años o que nunca lo tuve, pero eso dejaba claro que apenas tenía algo humano.

Y ella no paraba de gritarme y de golpearme todo lo que podría, mientras me gritaba una y otra vez, entre insultos y preguntas llenas de odio.  Mi cuerpo me dolía mucho, pero no le respondí nada, me mantuve callada. Y la Doncella cada vez se ponía más enfurecida, llegando al punto de que todos los demás tenían que alejarla de mí. Con los ojos enrojecidos y con su cuerpo inmovilizado, no paraba de decirme cosas, pero ni me inmuté.

-¡Llévenla fuera de mi vista! -Tras tranquilizarse, les mandó un orden.- ¡Quiero que la dejen lo más lejos posible de la mansión! ¡No quiero ver su cara más!-

-¿La matamos?- Y esto les preguntó, mientras preparaba las pistolas.

-No, aún no…- Eso les dijo, con una sonrisa diabólica. -Vamos a prepararlo todo un espectáculo para ella, antes de que mandarla al infierno.-

Luego, les mandó a donde llevarme. Yo me levanté obedientemente, como si hubiera perdido la fe en todo. Si alguna vez tuve algo así. En verdad, no tenía ganas con seguir esta estúpida misión. Si querían matarse todos juntos, que los hagan. A mi ya no me importaba nada. Solo deseaba dormir para siempre y no volver a sentir que ni siquiera tengo sentimientos propios de las personas. Y mientras me echaban de la habitación, yo añadí con un suspiro de alivio esto:

-¡Qué bien, por fin podré descansar!-

No sonó como sarcasmo o burla, pero aquellas palabras hicieron reaccionar a la Doncella de la peor forma, mientras veía como Roman sonreía como un total bellaco:

-¡¿Descansar!? ¡Por supuesto que sí, es lo que debías haber hecho hace tiempo! ¡Desapareciste, pero no moriste! ¡Todos los que sufrieron tus abusos lloraron de felicidad! ¡Pero eso no era más que una ilusión, que no terminará a menos de que mueras realmente! ¡Tenías que haber muerto, pero sigues vivas! ¡¿Por qué!? ¡Aún, a pesar de que desapareciste, sigues existiendo!-

Tenía razón, yo debía haber muerto hace tiempo. Cuando me perdí en las montañas tras haber realizado una búsqueda del tesoro inútilmente; Cuando fui atrapada en la capital del Zarato y tras haber sido condenada a muerte, cuando tuve una pelea a muerte con la madre de Eliza y cuando su hija me venció en una guerra, cuando volví a Springfield y fui apuñalada por Sasha.

Mi vida fue un sinsentido, lo único que me mantenía viva era odiar a los demás y golpearlos. Con cada decisión que tomaba yo para cambiarla a mejor, se volvía mil veces peor. A veces, pensaba que había encontrado la felicidad, pero se me escapaba por las manos y se alejaba bien lejos de mí.

Por eso, poquito a poco, perdí las ganas de vivir. Me harté, sinceramente, a pesar de que había alguna parte de mí que deseaba seguir viviendo. Hasta ahora, siento ganas de acabar con mi vida, de terminar con esta farsa.

Debía haber muerta. Tenía que estarlo. Pero sigo viva. No, en realidad, ni siquiera siento eso. Aquellas ganas las perdí hace mucho tiempo, vivir ya no tiene sentido para mí. Ha dejado de tenerlo.

Me siento muerta, pero no me dejan morirme. Soy un zombi y me gustaría que alguien me diera el descanso eterno de una vez. Tal vez, este sea el momento.

Pero había algo, una persona en este mundo, que impedía que me fuera de este mundo. Si me muero, ella será asesinada. Ese era el trato, eso es lo que mantenía viva a este zombi. Y por esa razón, no podría dejar que me asesinen en esta estúpida misión.

FIN DE LA SÉPTIMA PARTE

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Centésima cuarta historia

La Doncella del cielo de la buena fortuna: Sexta parte, centésima cuarta historia.

Luego, la muy puta decidió librarse de mí, diciéndole a aquella vieja que me enseñará los alrededores:

-Querida, enséñale nuestro santuario. Seguro que ella desea conocer más de este lugar tan especial.-

-No hace falta, Doncella. Ya estoy cansada de tanto recorrer.- Ni una mierda iba a andar más, ya estaba harta, solo quería volver a casa y acostarme.

Y el puto de Roman, también intervino: -Puede ser una buena oportunidad para conocer nuestra salvación, mientras yo charlo con ella.-

Casi le iba a hacer un gesto de mal gusto, pero me contuve. Pero decidí decirle esto:

-¡¿Y de qué vas a hablar con ella!?- Eso le dije burdamente.

-De cosas muy importantes.- Y eso me respondió él.

Entonces, la sirvienta soltó algo que me dejó sin hablar: -Es normal, después de todo, es el segundo a bordo.-

-¿¡Espera, qué!?- Grité sorprendida, e incapaz de comprender lo que había oído. Esperaba que fuera una broma.

-Él es el secretario general.- Pero la puta de la Doncella tuvo que confirmarlo.

No me lo podría creer, un pelele como él, alguien que parecía un donnadie; era parte del poder de la secta y el muy puto lo ocultó como si nada. Seguro que yo era la única de aquella estúpida iglesia que había descubierto era alguien poderoso y no un simple gurú de mierda. Me costó muchísimo asimilarlo, la verdad. Pero lo peor de todo, lo que me enfurecía de verdad es esto: ¡Qué ese capullo no se dignará en tener coche propio o incluso ir en taxi y hacerme ir en el transporte público! ¡El maldito desgraciado tiene poder y la secta es muy rica! ¡Podría comprarse incluso una puta limusina, porque es el segundo de abordo! ¡Pero no, el feo ese tenía que hacerme ir en autobuses y soportar todo un viaje horrible! ¡Nunca se lo perdonaré, jamás de los jamases! ¡Le odio con toda mi alma!

Además se río de mí, delante de mi puta cara, mientras se hacía el humilde:

 

-Bueno, no es algo grande.- La verdad es que sí, sobre todo cuando lo comparaba con las ganas que sentía para ahorcarle delante de todos.

Nos dieron prisa por echarnos de ahí, ya que tenía que charla de algo, que parecía ser muy importante y de alto secreto. Después de todo, cerraron la puerta y echaron el pestillo. Y yo tenía que estar con esa vieja que hablaba menos que una tetera, y eso que son muchas más entretenidas.

La realidad es que habló en pocas ocasiones, para preguntarme si quería ver todo el lugar. Por supuesto, le mandaba a la mierda y me quedaba en la sala de estar esperando. Hasta que me harté y decidí dar una vuelta sin decirle ni una palabra. La vieja ni protestó, solo me siguió silenciosamente.

Mientras iba por los interminables pasillos de aquel lugar, observaba el exterior por las múltiples ventanas que atravesaba. Veía incrédula, como en las afueras, entre las granjas y casas de madera nos rodeaban la gente vivía su vida felizmente, como si nada extraño estuviera pasando, como si no se hubieran metido en una secta cuya meta era un puto suicidio colectivo. Ver para creer. ¿No sabían su destino o es qué no les importaba, o creían literalmente que se iban a ir a otro mundo, montados en una nave extraterrestres?  Eso me ponía bastante intranquila y muy cabreada. En aquellos momentos no sabía muy bien el porqué, pero sentía unos sentimientos muy feos.

Al final, me quedé casi un minuto más mirando el exterior, delante de una de las ventanas, observándolos con aquellos sentimientos. Había algo. No, debía haber algo muy raro y siniestro en esa molesta y fastidiosa felicidad que transmitía aquella gente. Y a la vez me molestaba el hecho de que ellos estuviesen así, como si me daba envidia. ¿Tal vez era eso? Eso no importa. De todas formas, sentía que era algo falso, tan fácil de destrozar y arruinar que podría hacerles abrir los ojos y enseñarles que estaban en el peor de los infiernos.

Después de todo, no acabas en una secta porque sí, sino porque huyes de tu propia vida, llena de sufrimiento y dolor. Bueno, eso eran las palabras de la maldita de Elizaberth, que tal vez eran otra de sus estupideces, pero creo que tiene razón, de alguna manera.

-¿Hay algo que le interese?- Y la vieja que me seguía me preguntó.

Así la maldita interrumpió mis reflexiones y me devolvió a la realidad.

-No es nada.- Eso le respondí molesta. Luego, me di el lujo de preguntarle algo:

-¡¿Sabe si la salvación está cerca!?- Eso le pregunté.

Ella estuvo en silencio, como si no deseaba contestar mi preguntar. Más bien, tenía miedo de decírmelo. Al final, me dijo esto: -No lo sé.-

-Es normal, supongo. -Seguí charlando con ella.-Aunque siento más bien que no te interesa.-

-Bueno, no es que me interesa…- Se le oyó nerviosa.- Pero no creo que quiera escuchar mi verdadera opinión.-

Entonces, me di cuenta de que ella tampoco creía en las majaderías de su Doncella y que había terminado, de alguna manera, cerca o dentro de una secta que no desearía estar. Decidí ser franca, añadí esto:

-¿¡Son tonterías de tu señora, verdad!? ¡¿Todo eso de la Doncella e ir al planeta de las personas felices!?-

-En verdad, ella…- Se calló por unos segundos. -No importa, no es nada importante.- Y volvió a tapar su boca, como si iba a decir que fuera contra la Doncella. Me pregunté qué era, pero no le di importancia.

Al final, de los bolsillos del puto delantal que tenía la maldita esa, empezó a sonar una canción de mierda. Ella sacó rápidamente aquella cosa que estaba sonando y era un móvil de última generación. Qué moderna era la vieja. Tras contestar, me dijo esto:

-Ya han terminado la charla, así que piden que la traiga de vuelta.- Eso me dijo secamente, y yo asentí, con pocas ganas de volver la cara de aquel desgraciado que me torturó con el transporte público.

Al volver a la sala, lo vi saliendo del despacho y me saludo con la mano, mientras me decía esto:

-¡¿Has disfrutado de la mansión!? ¡¿A qué es hermosa!?-

Yo solo le respondí que sí, sin darle mayor importancia. Éste, decidió seguir hablando:

-Bueno, con esto he terminado los asuntos de hoy.- Se sacudió las manos y añadió: -¡Y quiero comentarte algo!-

Yo me pregunté qué quería decirme, con la esperanza de que no me dijera ninguna tontería sin importancia. Y no lo fue, menos mal, pero me dejó totalmente sorprendida, cuando me dijo esto:

-¡Necesito que te vuelvas mi secretaria!- Yo, al oír eso, me quedé con la boca abierta, incapaz de creer lo que había oído.

¿Yo, de secretaria? ¿Así cómo así? Éste tipo me estaba dando un puesto tan importante de una forma tan fácil e inesperada. Ni siquiera había pasado una semana desde que nos conocimos, ¿es idiota o qué?

Bueno, mejor para mí. Gané su confianza más rápido de lo que podría imaginar, tanto que ha sido demasiado fácil. En verdad, ni me esforcé, tenía que ser buena suerte o que era el ser más idiota del mundo.

O tal vez, había gato encerrado.

De todos modos, me dijo que me lo explicaría detenidamente en un taxi que nos iba a llevar de vuelta a la cuidad. Me alegre muchísimo de que hubiera elegido algo así antes que volver al puto autobús. Y luego, me entere que solo había cogido eso porque la doncella le invitó el viaje. Por fin, esa perra fue útil, aunque fuera por primera vez.

-Perdón, por habértelo dicho tan de repente. La verdad es que necesito una secretaria. Tantos papeles me agobian y creo que tú eres perfecta.-

Eso me decía tras montarnos en el taxi y salir del pueblo. Me hizo gracia esas palabras, porque era la menos indicada para soportar tal trabajo.

De todas las personas que existen en este maldito mundo, era la menos indicada. En verdad, por una parte estaba alegre por haber sido su secretaria, y por otra no quería ni muerta, trabajar en ese oficio tan aburrido.

-Ya veo.- Quería protestar, decirle el porqué me metió a secretaria tan pronto. -Aceptaré eso, supongo…- Pero me callé.

-Además, me caes muy bien.- No podría decir lo mismo de mí.- Siento en ti un aura trabajadora y deseosa de organizar cosas con actitud y latitud.-

Y se puso a decir tonterías sobre cómo era buena en ese trabajo, diciendo cosas que no tenían nada conmigo o que directamente no tenían sentido. Al final, terminó con esto: -Me costó mucho convencer a la Doncella de que volvieras mi secretaria, ¿sabes?-

Se decepcionó un poco por mi respuesta, ya que yo añadí tristemente un “vale”, con total indiferencia. Quería que le preguntará cómo le fue y esa clase de tonterías, pero no había nada más que añadir por mi parte.

Así empezó la etapa más aburrida de todo el trabajo y el más largo, porque duró hasta a finales de marzo. No sabía lo que me esperaba, en el sentido de que nunca me imaginé que fuera tan fastidiosa la tranquilidad y lo aburrido que era ser una secretaria.

-¡¿Me quieres meter aquí!? ¡¿En serio!?- Eso protesté, al día siguiente, cuando volví temprano y me enseño el despacho en que iba a estar.

Era una habitación realmente estrecha, apenas podría andar en ella y la mesa y las grandes estanterías que estaban llenos de papeles ocupaban todo el maldito espacio. Ni siquiera había luz natural y la maldita bombilla que alumbraba aquel sitio era una mierda y no podrías ver nada. Era un lugar incómodo y molesto. Y lo peor era lo que decía aquel tipejo.

-No te preocupes, es un buen lugar.- Reía como si mis protestas fueran graciosas y añadió: -¡Deja de protestar!-

Qué ganas tenía de meterle un puñetazo en el estomago a mi nuevo jefe, la verdad.

Luego, se puso serio y me dijo esto: -¡Por cierto, ese es mi despacho, evita en todo momento que alguien me moleste!- Eso me decía, mostrando la puerta que estaba en la misma habitación.

-¡¿No te gusta que te fastidien!?- Eso pregunté burlonamente.

-Es un lugar muy privado para mí. Allí estoy en paz y puedo hablar de mis cosas.- Eso me explicó serenamente. -Además tengo que hacer papeles de vital importancia.-

Y con esto se calló y no me dijo nada más, salvo de mencionarme que iba a meterse dentro ahí y que impidiera que alguien entrara, sea cual sea el motivo. Yo solo asentí y luego puse mi oreja con cuidado en la puerta.

Sería estúpido hacerlo porque seguramente estaría más callado que un muerto, pero estaba hablando solo y decía cosas sin sentido que yo no entendía con claridad. Fuera lo que fuese, me di cuenta de que su estado mental era peor de lo que imaginaba.

Y eso solo fue una pequeña muestra de lo que iba a oír a continuación en los próximos días:

-¡Ah, ah! ¡¿Por qué lo hice!? ¡¿Por qué!?- A veces, lloriqueaba como una nena, gritando sin parar.

-¡Al final, pronto llegará! ¡Todos nosotros, podemos verlo! ¡Nuestro final feliz!- Otras, se reía como si fuera el malo maloso se una película.

-¡¿Por qué existe este mundo, por qué hay tanto sufrimiento en este mundo!? ¡Es un lugar horrible! ¡Y todos nos marcharemos de este lugar, pronto!- Y llegaba al punto en que se ponía filosófico.

En serio, aquel tipejo de Roman no estaba muy bien de la cabeza y por alguna razón, la Doncella confiaba todos los asuntos de la secta a él. Al parecer, es una completa idiota. Todos los asuntos importantes me llegaban a mí antes de pasárselo a él, aunque la mayoría no lo podría abrir, porque no me lo tenía permitido, solo ordenarlos. Los pocos que pude observar eran más que simples tonterías. También recibía las llamadas e intenté poder escucharlas, así que no conseguí gran cosa.

La maldita de Elizaberth me obligaba, llegando a amenazarme, que debía conseguir más información, pero aquel desgraciado era tan cauto que no pude hacerlo. Tanto que llegaba a ser sospechoso, como si no quería que se viera lo que estaba haciendo.

Pero si sabía algo muy bien, gracias a un pequeño descuido: Éste tipejo estaba ayudando a prepararlo todo para un verdadero suicidio colectivo. Todo gracias a un gran enojo que tuvo un buen día, tras volver muy bien tarde por este lugar. Algo muy molesto le había pasado y en relación con sus hijas, al parecer:

-¡Maldito china, maldita china de mierda! ¡¿Por qué, por qué se interpuso en mi camino!? ¡¿Por qué mis hijas no han ido conmigo!? ¡¿Es su culpa, su culpa, seguro! ¡Maldita china de mierda!-

Aquellas palabras que soltó mientras entraba violentamente hacia su despacho me sorprendieron muchísimo. Estaba fuera de sus casillas, aquella serenidad y tranquilidad de la que tanto presumía se había esfumado y parecía un loco lleno de ira. Más bien, lo estaba siendo en aquellos momentos.

Rápidamente, se encerró en su cuarto para lamentarse a gritos. Ni siquiera hacía falta poner el oído en la puerta, se oía perfectamente:

-¡Mi oportunidad, mi última oportunidad de obligarlas al ir al otro lado ha terminado! ¡¿Qué hago, qué hago!?- Demasiado bien, quizás.

Al decir “al otro lado” supe perfectamente que no les tenían mucho cariño a esas niñas. Tal vez, deseaba acabar con ellas junto con el resto que se iban al suicidar para ir a ese estúpido planeta de las personas felices. Un padre ejemplar.

Luego, siguiendo con su arrebato de ira, empezó a tirar y a golpear cosas.

-¡Las malditas niñas no dejaron de resistirme, como si no fuera su padre, como si no confiaban en mí o en que no le iban a meter en un lugar nada bonito!-

Gritando el hecho de que ellas tenían sentido común y pudieron evitar la realización de sus deseos, se puso a reír como demente:

-¡En verdad, es bien obvio que lo hagan! ¡¿Quién confiaría en alguien como yo!? ¡De todos modos, las iba a llevar por la fuerza, porque soy su padre!-

Y volvió a golpear y tirar cosas: -Pero esa maldita china se interpuso y no me dejó ni tocarlas ni un pelo. ¡Como si ella fuera su madre y yo un puto desconocido que quería llevarme a sus hijas!-  Parecía que soltaba gritos de agonía: -¡Malditas seas, perra de mierda!-

-¡Tranquilízate, hombre! No pasa nada que ellas no vayan, eso no significa que no tenga otra ocasión. Ahora lo importante, es seguir con el plan y prepararlo todo para la ida hacia al planeta de las personas felices.

Al final, volvió a gritar y a reír como el malo maloso de una película cutre, antes de terminar con su fastidioso monólogo:

-¡Qué se jodan ellas! ¡No escaparán de mí la próxima vez!-

Entonces, eso me dejó claro que el día esperado estaba cerca  y que aquel tipejo tenía un papel muy importante en aquel plan absurdo. Es más, sentí un deseo de matar en aquellas palabras, no solo a sus propias hijas, sino a miles de personas. Estaba segura de que eso era lo que deseaba, sentirse y convertirse en un genocida.

Después de eso, no hizo otra lamentable actuación. No tuve buena suerte, por desgracia. Por otra parte, a veces, tenía que acompañarle para hablar con la Doncella. Más bien, era él quien hablaba con ella, porque no me dejaba ni estar en la conversación, siempre me echaba fuera de la maldita habitación.

Y un buen día, mientras paseaba por un jardín de rosa que pusieron en la entrada del edificio, me la encontré paseando nerviosamente por el lugar, como si no quería entrar al lugar:

-¡Qué sorpresa, estás ahí!- Le saludé burlonamente. -¡Pensaba que ese pajarraco debía estar hablando conmigo!-

En realidad, no quería hablar con ella ni nada parecido, pero ésta era mi oportunidad de recolectar información por otro lado. Por eso, hice algo así. Ella por su parte, me crítico tras ser sorprendida:

-¡¿No deberías hablar con él de una manera más educada!? -Me decía incomoda, mientras intentaba evitar mi mirada.- Es tu jefe, después de todo, señora secretaria.-

-¡Qué se joda!- Grité violentamente y ella inconscientemente dio un paso para atrás, algo atemorizada. Al ver esto, feliz con que esa perra aún me seguía teniendo miedo, añadí esto: -¡¿Y a ti qué te pasa!?-

-Nada…- Me respondió con una voz débil.-Me recuerdas tanto a ella, demasiado…-

-¡¿A Lafayette!?- Eso le grité aparentemente normal, aunque en el fondo de mi alma podrida me burlaba de ella y deseaba mostrarle de nuevo mi terror.

-Sí, esa horrible mujer…- Se llenó de valentía y me gritaba esto. -Cada vez que veo tu cara y tu tono, me recuerdan a ella, a aquella desgraciada que no dejó de humillarme y burlarse de mí.-

Intenté no reír como loca, a pesar de que lo deseaba con todas mis fuerzas.

Pero en vez de eso, puse una reacción exageradamente de pena y tristeza hacia ella, aunque fuera mis sentimientos eran en realidad muy diferentes.

-Perdón, es que solo…- Al ver eso, ella se disculpó. -¡Te pareces demasiado a ella, Will Smith…!-

-¡¿Tanto daño te hizo ella!?- Y yo seguí hablando sobre eso, deseosa de conocer por sus propias palabras una parte del dolor que le hice sufrir.

-No dejaba de decirme lo gorda y sedaba que estaba, como excusa de tirarme o robar mi ropa. No dejaba de llamarme estúpida, mientras me tiraba al suelo o mientras me perseguía como si fuera su presa. No dejaba de soltarme lo fea que era mientras me escupía en la cara. Sus risas no dejaban de atormentarme una y otra vez, mientras destrozaba la linda ropa que me daban. Se convirtió a ser el pan de cada día y poquito a poco perdía las ganas de vivir.-

Todo eso me soltó, mientras su voz cada vez se volvía más llena de ira y odio. Me sentí muy feliz de hacerla sufrir, pero eso a la vez conseguía que me diera más asco mi persona por sentirse alegre por haber sufrido a alguien muchísimo. Así de podrida estoy, la verdad.

Mientras tanto, ella se quedó en silencio por unos segundos y luego añadió con una voz tranquila y feliz.

-Pero un buen día, un milagro ocurrió y me pude librar de ella. Desde entonces, decidí volverme más fuerte, más hermosa posible…-

La interrumpí al momento y le dije esto: -Así te podrías librar de los fuertes que te querían abusar, ¿no?-

Eso le decía, mientras me burlaba de esa perra mentalmente, de que eso no se lo creía ni ella. Más bien, me hizo gracia, porque lo único que se volvió para mis ojos en una zorra que se creía un dios y era la jefa de una secta.

-No solamente eso, también enseñarle una lección a Lafayette, si nos volviéramos a ver. Para devolverle mi venganza y hacerla sufrir como ella me hizo sufrir.-

Y aquellas declaraciones finales fueran las mejores. ¿Vengarse de mí y devolverme su sufrimiento? No se lo creía ni ella.

FIN DE LA SEXTA PARTE

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Centésima cuarta historia

La Doncella del cielo de la buena fortuna: Quinta parte, centésima cuarta historia.

Al despertar y ver que tenía que volver a allí, empecé a gritar como loca, maldiciendo mi suerte y el hecho de haber aceptado aquel trabajo tan mierda. Y lo mejor es que recordaba las palabras de Elizabeth y me ponía peor, quién me dijo como meta volverme la segunda de abordo en la maldita iglesia. Eso significa que tendría que hacerle la pelota, chuparle el culo a aquel capullo de Roman Pilduski.

Ahora bien, el problema no solo era tener que hacer tal asquerosa tarea, sino no sabía cómo hacerlo, acercarme a aquel pelele y alcanzar su puesto.

No tenía ni puñetera idea, pero tendría que hacerlo de alguna manera si quería terminar con aquel trabajo.

Bueno, dejé esas tonterías y salí a la calle, en dirección hacia al lugar en dónde estaba la puñetera secta. Tal vez, se me ocurriría algo por el camino y además ese tipejo estaba solo por las mañanas, una buena oportunidad para acercarme a él. Con solo pensar en eso, me entraba escalofríos.

Tras caminar un buen rato por las calles heladas, vi un taxi y decidí montarme en él, porque estaba harta de andar. Si no fuera por eso, me hubiera quedado en la calle.

Después del salir del puto taxi que olía como una cuadra y arrepentida de haber gastado mis dineros en algo tan caro y asqueroso, vi cómo aquel desgraciado polaco estaba saliendo de la librería, yendo tan elegante que parecía que iba a una reunión de negocios. Al verme, me saludó:

-¡Buenos días, Will Smith!- Se acercó a mí con tranquilidad. -¡Qué temprano has venido!-

-Sí, quizás demasiado.- Eso le dije, al ver que había perdido mi tiempo viniendo a aquellas horas.

-Tal vez, porque ya me iba a ir e iba a dejar la iglesia cerrará por hoy.- Me sentí muy feliz al oír eso y a la vez muy molesta. Lo primero es que no quería soportar todo eso y lo segundo es que eso retrasaría mi trabajo.

-¿Tienes asuntos importantes qué hacer o qué?- Eso le pregunté.

-Tengo que visitar a la Doncella.- Al final, iba a visitar a la jefa, a la que creó está maldita secta a partir de una broma y la que le hice tanto daño en el pasado. No sé si alegrarme o no, pero parecía una oportunidad de oro.

-Pues, vaya palo.- No podría desaprovecharlo, así que empecé a actuar como si eso me hubiera fastidiado la vida. -Ahora que mis planes han sido frustrados, ¿cómo pasaré la mañana?- Me puso la mano sobre el pecho y ponía mi cara como si estuviera a punto de darme un socavón.

Creo que, a pesar de la exageración, se lo creyó el muy tontorrón.

-Puedes venir conmigo.- Me soltó esto. -Es una gran oportunidad para ti, ¡conocerás a la Doncella en persona!-

-¡¿En serio!?- Y esto añadí, actuando muy sorprendida, porque en realidad ni quería verla.

-Por supuesto que sí.- Y con esto dicho, los dos nos pusimos en camino hacia dónde estaba esa perra.

Y estuvimos andando por un rato hasta llegar a una parada de autobús. Nos pusimos a esperar al lado de una vieja que no dejaba de lanzar piropos a todo aquel que viese y que olía a pura mierda.

-¿Y por qué estamos aquí?- Eso le preguntaba yo, mientras tenía que soportar a que la vieja que estaba a mi lado gritase como un mono y levantaba su sobaco hacia mí, haciendo que me entraba ganas de vomitar.

-¿¡No es bien obvio!? Tenemos que coger el autobús.- Eso me respondió.

Sé que era algo muy redundante lo que dije porque lo sabía, pero quería creer, tenía la esperanza de que no íbamos a ir en el bus. Tras comprobarlo, lo maldije todo. Después de todo, montarme en esas mierdas solo me han traído más que problemas y desgracias.

-¡Oh, genial! ¡Transporte público!- Ironicé y luego solté esto: -¡¿No tienes coche o qué!?-

-Son caros. Además, es muy bonito ir en autobús, conversar con la gente común, el movimiento que produce cuando se mueve, y todo eso, y lo barato que es.- Casi me iba a partir el culo de la risa al oír eso que decía aquel chalado, mientras lo soltaba como si fuera una cosa hermosa hecha por su fastidiosa Doncella.

Pero me contuve y dije esto en voz baja: -Eso es cosa de putos.-

-¿Has dicho algo?- Y éste me oyó.

Le iba a decir que no, pero entonces la maldita bruja que estaba a mi lado, soltó esto con su insoportable voz:

-¡Qué usteehh es un pulo guaperras, te lo comelia todito!- Casi note como si saliva me alcanza a la cara y el olor de su aliento me ponía enferma.

-¡Muchas gracias, señora!- Y éste con una sonrisa bien falsa le tuvo que decir eso. Se sentía la incomodidad en su rostro.

Y por suerte o por desgracia, el bus llegó unos segundos después y pudimos montarnos en él, mientras la vieja se quedaba en la parada haciendo piropos. Fue tan horrible cómo lo recordaba.

Había gente a reventar, no podría ni sentarme y estaba de pie, rodeada de gente, el ambiente era casi insoportable y el autobús se movía como si se iba a romper de un momento para otro.

-¡Tan lleno de vitalidad como siempre!- Eso me decía entre risas el maldito, mientras éramos aplastados entre la multitud. Qué ganas tenía de salir de ahí, aunque fuera por la ventana.

Al final, tras mucho sufrimiento, pudimos salir del autobús y terminar en la estación central de autobuses. Al salir, exclamé esto felizmente:

-¡Por fin, libres!- Me puse tan feliz de haber terminado de viajar.-¡Me alegro de que haya terminado!-

Pero alguien destruyó mi felicidad al momento:

-¡¿Pero qué dices!?- Eso decía entre risas el capullo ese.-Si solo es el principio, tenemos que coger otro autobús.-

Al escuchar eso, casi me dio ganas de gritar que no como loca, pero me contuve mientras intentaba controlar mi ira contra aquel gilipollas. Deseaba quemar el transporte público con mis propias manos.

¿Y qué pasó a continuación? Pues una maldita hora de espera para coger un puto autobús que iba hacia un pueblucho situado a cuarenta kilómetros de la cuidad, situado al noreste y que solo salían dos o tres veces al día.

-¿Por qué tenemos que ir tan lejos?- Eso le protesté a aquel subnormal cuando me lo explicó, tras comprar nuestros boletos y esperar en un banco situado dentro del terminal de autobuses.

-Allí esta nuestro santuario místico, un lugar en dónde nuestras esperanzas y sueños están a salvo de este mundo podrido y asqueroso.- Y eso no me dejó nada claro. ¡Es normal que no lo entienda, porque este payaso se explicaba como un libro cerrado!

Y aquel paseo fue peor que el otro, lo supero totalmente, en serio. Ni siquiera llegaba a ser autobús, era una simple y estrecha furgoneta. Cuando lo vi con mis propios ojos, le pregunté al capullo ese si nos habíamos equivocado de carro. Su respuesta me desanimó totalmente.

Y lo mejor es que se movía un montón, como si fuera si tuvieran sufriendo un terremoto; los asientos estaban hechos polvos y estábamos rodeados de viejos paletos que me miraban muy mal mientras cuchicheaban entre ellos, como si fuera un engendro del demonio. Tampoco era genial el conductor que teníamos, porque parecía que ni siquiera podría conducir. Incluso se saltó un semáforo y nadie dijo nada, todos ignoraron eso como si fuera lo más normal del mundo.

Y tras superar algún que otro atasco monumental y pasar por un polígono industrial, salimos de la cuidad y nos introducimos en una carretera que cruzó un enorme bosque. Pasaba algún que otro coche y la maldita de la furgoneta casi iba a resbalar por el hielo que había y chocarnos con algo. Ese viejo no tenía, a pesar de que teníamos nieve por todos lados, ningún tipo de cuidado. Lo peor es que tuvimos que subir por varias pequeñas montañas y casi íbamos a salirnos de algunas de las muchas curvas que tenía el puñetero camino.

Tras bajar y subir de aquellas montañas infectadas de arboles, llegamos a una planicie que tenía algún que otra colina de por medio, el cual solo estaba invadido por nieve y más nieve, exceptuando varias casitas y algún que otro arbolito. Los viejos al ver eso, se pusieron a hablar de cosechas, así que me figure que estábamos rodeados de cultivos. Miré al norte, deseosa de que terminará este maldito paseíto infernal. No solo veía más bosque, también pequeñas lagunas heladas.

Y bueno, pasamos por varios pueblecitos de mierda, casi íbamos a chocar contra una casa o algún que otro vehículo, los vecinos le echaban mierda al conductor del bus. Parecía eterno llegar a nuestro maldito destino. También la carretera empezaba a empeorar, totalmente llena de baches enormes y molestos. El autobús apenas podría andar tranquilo esquivando todo eso.

-¡¿En serio!?- Eso le pregunté seriamente. -¿Adónde vamos?- Porque parecía que estábamos yendo al culo del mundo o algo parecido.

-Ya te lo dije, ¿no?- Y el muy capullo intentó hacerse el listo conmigo. Y si no fuera porque quedaba dos o tres personas en el dichoso camión, le daría un fuerte puñetazo que le rompería la boca.

-Hablo de la parada que vamos a tener.- Pero me contuve y le dije esto con total tranquilidad.

-Es el último pueblo, el próximo.- Di un suspiro de alivio, porque este maldito viaje iba a terminar muy pronto.

Tras cruzar un largo puente pero estrecho, que atravesaba un amplio río; la carretera se dobló hacia al norte y seguimos el cauce de esas aguas, con algunas montañas y más bosque a nuestro lado.

Unos pocos kilómetros más y observé como el río se volvía un brazo del mismo mar y se convertía en una extensa marisma, o eso me parecía a mí. Ahí había una mezcla de nieve, hielo y agua que te hacía preguntar dónde terminaba eso y dónde empezaba la tierra. De todos modos, yo tengo que reconocer que aquella vista me sorprendió, fue algo que jamás podría haberme encontrado. Y finalmente, había llegado al maldito pueblo, tras alejarnos un montón de eso e introducirnos en el interior.

-¡Por fin llegamos!- Eso gritó aquel capullo, mientras salíamos de aquel autobús infernal.

Y yo añadí esto: -Eso mismo digo, ya estoy harta de tanto autobús de mierda.- Mientras estiraba todo el cuerpo.

Luego, miré al maldito pueblucho. Era una puta mierda, de verdad. Solo había más que diez o veinte casitas rodeando la maldita parada, igual de muerto que las profundas montañas que yo había atravesado.

-Menos mal que vamos a estirar las piernas.- Y entre risas el capullo ese decía esto. -Porque ahora hay que andar, un buen cacho.-

-¡¿Espera, qué!?- Eso grité boquiabierta.

Pero no era una puta broma, porque tuvimos que andar por un carril que ni siquiera estaba asfaltado e introducirnos en el bosque de nuevo. Maldije a todo porque no quería andar, quería descansar de una puta vez.

Y tras andar unos quince minutos, llegamos ante un gran portón de hierro muy elegante y rustico. Delante de él, se encontraba una buena cantidad de automóviles.

-¡¿Ya hemos llegado!?- Pregunté lo obvio con un gesto de cansancio mientras me sentaba en el capó del primer coche que pillé.

Y él todo emocionado, extendió sus manos hacia aquella finca, gritando como mesías esto: -Sí, hemos llegado a nuestro santuario místico.-

No veía mucho con el muro de piedras que rodeaba el lugar, pero tenía más pinta de una mansión de algún rico excéntrico que de otra cosa.

-Pues tiene poco de santuario místico.- Y se lo dejé muy claro.

Ignoró mis palabras y llamó por el móvil para pedirle a los de adentro que abrieran la puerta. Tras abrirse eso, nosotros nos introducimos en aquella finca. Y lo que vi me dejó boquiabierta.

Ante mis ojos se extendía una extensa finca, que parecía tener de todo. Sobre una gran colina se encontraba un gran edificio y lujoso de estilo rústico, rodeado de lo que parecían ser cultivos. A los pies de eso, estaba otro hecho de madera y que era una granja, ya que se escuchaba multitud de animales gritando como idiotas. Había unas cuantas casitas cutres de madera repartidos por todo el enorme recinto. Y muchos árboles y mucha gente en el lugar, yendo de un lado para otro. Eso parecía más vivo que el propio pueblo en dónde nos dejó el autobús. De todos modos, ese lugar seguía teniendo poco de “santuario místico”.

Mientras caminábamos tranquilamente por el camino que nos llevaba hacia al edificio que estaba sobre la colina, veía como los adultos y niños que pasaban por nuestro lado nos saludaba enérgicamente y el puto ese les devolvía el favor con el mismo fervor. Todos tenían una cara de felicidad que me entraba nauseas con solo verlos. También me fijé en otra cosa, todo llevaban ropa que parecía de otros tiempos.

-¿Qué les pasan a todos? ¿Por qué llevan esas pintas? ¡¿Es una moda vuestra o qué!?- Y eso le llegué a preguntar en voz baja a aquel capullo.

-Es una orden de nuestra Doncella que nos vistiéramos como en el siglo XIX, así todos están más felices y se siente más iguales con sus compañeros.- Y esto me respondió, antes de llegar.

Subimos unas enormes escaleras con estatuas de la maldita Doncella, luego llegamos a un portón muy lujoso, antes unas enormes puertas de madera que se abrieron poquito a poco, como si íbamos a entrar en una casa encantada.

Y ahí estaba una vieja, vestida de sirvienta; esperándonos como si fuera un fantasma.

-¡Bienvenido, señor Pilduski!- Le hizo una reverencia a él con su voz ronca.-¡La Doncella le está esperando!-

-¡Buenos días, señorita!- Y luego se dirigió a mí. Éste me presentó:

-Se llama Will Smith.- Sentí ganas de darme un puñetazo por haberme puesto ese nombre falso.

Y la vieja añadió esto: -Encantada de conocerte.- Antes de darse la vuelta y empezar a caminar, así sin más. Roman la siguió rápidamente y yo hice lo mismo. Caminamos por varios enormes y lujosos pasillos, pasando por extensas salas, y subimos al segundo piso por unas escaleras. Eso parecía un completo laberinto, si les digo la verdad.

Y tras mucho caminar, llegamos al final del puto pasillo, delante de otra enorme puerta de madera. La puta vieja pegó la puerta y ésta se abrió.

Entonces, tras largos años, vi a alguien que reconocí enseguida, a pesar de lo cambiada que estaba. Creí que esos retratos que vi de ella eran productos de retoques pero no era así. Aquella persona que maltrate por un tiempo en mis últimos años de primaria, esa gorda y fea niña rica, que lloraba como una magdalena; la misma que creó una secta de mentira, lo volvió real y está a punto de promover un suicidio colectivo; estaba delante de mis ojos, sentada en un enorme sillón de terciopelo, en un despacho que parecía la de un gran empresario y acariciando a un gato como si fuera una puta villana. Me quedé boquiabierta. Por otra parte, el capullo de Roman y la vieja esa se arrodillaron ante ella y dijeron estas palabras:

-¡Alabadas seas Doncella, aquí estamos tus humildes seguidores!-

Yo me quedé de pie y Roman me miró con una mirada que me decía que hiciera lo mismo que ellos. Con pocas ganas tuve que arrodillarme. Luego, ella habló mientras se levantaba:

-¡Bienvenidos, mis queridos seguidores!- Lo decía con una soberbia y una mirada de superioridad que me dieron ganas de vomitar. Y añadió algo más: -¿Quién es ella?-

Entonces, nos miramos la una a la otra fijamente. La chica que recordaba era bajita, gorda y fea, totalmente distinta a la que estaba observando. Me pregunté incluso si esa tipa que estaba observando era otra persona, porque me costaba aceptarlo.

A pesar de que tenía un vestido tan largo, que le llegaba hasta al suelo; se notaba que era esbelta. Su cara alargada parecía a la de una muñeca de porcelana, tenía una nariz pequeña y redondeada, sus pestañas eran realmente largas, sus labios estaban carnosos y grandes, pintados con un rojo brillantes, sus cejas eran pequeñas. En fin, era imposible que fuera aquella persona que abuse en el pasado, por mucho que me dijera que sí.

Y su actitud era totalmente opuesta, tenía una mirada digna de un idiota que se creía un dios. Hasta se notaba que se había vuelto muy excéntrica, solo viendo cómo se vestía. Su falda de color marrón, de esos elegantes y que tenía forma de campana estaba llena de cientos de detalles dorados y de volantes. La parte de arriba era más rara, una especie de blusa del mismo color que quedaba algo justaba y mostraba lo esbelta que se había vuelto ella. También tenía un montón de bordados. Bueno, lo extraño es que llevaba mangas extremadamente largas y enormes, que me recordaban a las que tenía la maldita ropa que usaba esa perra de Mao.

Y por mencionar los cientos de joyas que llevaba sobre el cuello y ese extraño accesorio para su pelo moreno que parecía un florero, con todas esas flores y demás cosas raras.

Mientras tanto, el capullo de Roman abrió la boca para decir quién era yo:

-Pues, una nueva seguidora que se ha unido hace poco, se llama Will Smith.-

Se quedó muy extrañada al oír mi nombre, algo normal. Y me entraban ganas de tirarme por un precipicio. Bueno, más de lo normal.

-¿Will Smith?-Siguió mirándome fijamente y muy mal. -Me recuerda a alguien muy desagradable.- Entonces, sentí que había cierto peligro de que me descubriera y decidí actuar:

-Bueno, es la primera que nos vemos. Así que solo debe ser coincidencia.- Fue lo único que se me ocurrió, la verdad. Me pregunté si esto ayudaría a que las sospechas se le fueran rápido.

-Tal vez… De todos modos, tienes un nombre extraño.- Y en cierta forma, lo conseguí. Ahora solo se burlaría del nombre que me puse.

Y añadí esto, solo para que no se molestarán en preguntarse cómo conseguí tal nombre: -Mis padres tuvieron mal gusto y fueron unos rebeldes, nada más.-

Lo que conseguí es que burlarán de mí. Tras las risas, aquella perra se me acercó y me dijo esto en plan mesiánico:

-Entonces, yo me presentaré. Soy la Doncella del cielo de la buena fortuna, aquella que os salvará de este horrible mundo y os lleve al planeta de las personas felices. Es todo un honor para ti.- Humildad tenía poca, la verdad.

FIN DE LA QUINTA PARTE

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