Centésima cuarta historia

La Doncella del cielo de la buena fortuna: Primera parte, centésima cuarta historia.

Toda esta estúpida historia comenzó a finales de Enero, mientras yo estaba esperando en una plaza de la cuidad para que me recogiesen. Llevaba unos veinte minutos y estaba harta de esperar, me estaba muriendo de frío, y le maldecía una y otra vez a la chica que me llamó y me mandó a esperar aquí. Me refiero a la perra de Elizaberth. Al final, llegó en una limusina.

-¡Por fin llegas!- Eso le gritaba, mientras ella bajaba el cristal de la ventana del puñetero coche.-¿Qué quieres ahora?-

-Te tengo un nuevo trabajo. Métete dentro.- Eso me dijo y no tuve más remedio que hacerla caso. Entré en el puto coche, que era realmente amplio y me senté en los asientos que estaban detrás del conductor, mirando fijamente a la zorra del parche. Y a su lado estaba su sirvienta Ranavalona, quién me estaba mirando raro y me entraba ganas de preguntarle si tenía moros en la cara.

-¿Me lo puedes decir?- Eso le preguntaba, cuando la limusina empezó a andar. No tenías ganas de esperar a saber que estúpida orden me iba a mandar.

-Ni yo misma lo sé.- No lo podría decir en serio.-También estoy muy intrigada.-

-¿Y cómo es eso?- Eso le pregunté burlonamente, porque ella era una chica obsesionada con controlarlo casi todo.

-Ya lo averiguaremos, cuando lleguemos a su casa, Lafayatte.- Y con esto dicho, cortó nuestra conversación para volver a observar el paisaje.

Pues bueno, fue un paseo muy aburrido. Salimos de la cuidad, pasando por la autopista y luego, por varias carreteras comarcales. Lo único que hacía era ver el paisaje, que era nada más que asfalto, coches, árboles, fábricas y pueblos. Al final, tras cruzar un gran bosque, pasar por delante de un supuesto campo de golf, llegamos a una lujosa urbanización y el coche se detuvo ante la primera finca que vimos.

Era una finca con una gran mansión de tres pisos, y parecía un castillo, uno de esos que salían en los cuentos de hadas. Era tan blanco que me hacía daño a los ojos con solo mirarlo.

Delante del dichoso edificio, había un gran jardín, más bien, era un enorme laberinto. Tal vez, esa cosa era una medida para hacer perder a los ladrones y hacerlos sufrir. Y ante nosotros, estaba la puerta, que era negro y parecía ser de hierro.

-¿Vamos a ver a otro pez gordo?- Eso le pregunté con pocas ganas de conocer a tal persona, mientras salíamos del coche y su sirvienta, siguiendo las órdenes de su jefa, llamaba para que abrieran la puerta.

-Es la nieta de un ex gobernador de Shelijonia.- Eso me soltó.

Ya se me quitaron todas las ganas de permanecer ahí al oír eso, no quería conocer a alguien relacionado con la política. Les tenía asco, porque me recordaban a ciertas personas.

-¡Qué asco!- Protesté, siendo lo más desagradable posible.- ¡Me arrepiento de haberte hecho caso!- Pero esa perra no me replicó, me ignoró, mientras la puerta se abría.

A continuación entramos y, al llegar a las puertas del edificio, vi que alguien nos estaba esperando.

Era una chica, que parecía rondar por alrededor de los veinticincos años, de estatura normal y cabello negro, el cual era algo largo. Su vestido era largo, le llegaba hasta los pies y en la parte de abajo tenía un montón de volantes, mientras que en la de arriba era bastante simple y enseñaba escote. La muy desgraciada, tiene mucho pecho y nos los mostraba. También me fijé que en el cuello llevaba un collar de diamantes y en sus orejas, pequeños pendientes de oro y plata.

-¡Bienvenida a mi humilde hogar, mi reina!- Eso dijo aquella chica al vernos, mientras le hacia una reverencia a la perra de Elizaberth, con una sonrisa en la cara.

Y me dejó boquiabierta, al escuchar que la llamaba reina. Me preguntaba qué motivo le movía a una presunta nieta de un ex gobernador llamar a una niña de esa manera.

Y entonces, Elizaberth se transformó totalmente. Empezó a sonreír como si fuera una buena chica, soltando esto, con un tono amable y agradable, algo que jamás pensé poder presenciar.

-Agradezco tu gesto, Ofelia.- El nombre que tenía era tan feo que me hacía gracia.- Sé que he encontrado un buen aliado para el futuro de Shelijonia.-

En serio, en cuestión de unos segundos, su cara de pura amargada, se había transformado en la de una niña angelical. Incluso su tono de hablar cambió. No parecía para nada ella y era algo tan sorprendente y aterrador que me dejó con la boquiabierta.

Yo miré hacia la sirvienta, por si estaba poniendo la misma cara de aterrada que yo, pero tenía una gran mirada de odio hacia la presunta nieta.

-Y por cierto, señorita, no conozco a aquella persona de raza negra, ¿quién es?- Entonces, preguntó esto, refiriéndose hacia mí.

-Esta persona es la indicada para hacer el trabajo que pediste. Es una chica de confianza y te garantizo que podrá realizar su trabajo perfectamente.- Y eso le respondió con una sonrisa.

Me entraron ganas de reír y a la vez de salir corriendo de miedo, porque era imposible que Eliza dijera cosas buenas de mí. Ni menos, de esa forma. Me dejó trastornada.

-No parece dar buena impresión, pero si lo dice usted.- Eso dijo la perra de la nieta, mientras me miraba dudosa. No le di importancia, ya que intentaba asimilar lo que estaba viviendo en persona.

-De todos modos, deberíamos entrar en la casa, hace mucho frio y nos vamos a resfriar.- Elizaberth seguía hablando de esa forma y tenía ganas de preguntarle a su sirvienta si había comido algo en mal estado o estaba drogada o algo parecido, porque no era ella misma.

Después de esto, entramos en la mansión y tras atravesar un corto pero inmerso pasillo, llegamos a una sala de estar. Todo el suelo estaba ocupado por una alfombra roja y había una gran ventana que iluminaba el lugar.

Había algunos armarios, llenos de libros y de algunas pequeñas esculturas, de todo tipo, desde dioses griegas hasta cosas que parecían haber salido de la mente enferma de algún escultor moderno. En el centro de aquel lugar había unos sillones marrones, que eran muy cómodos, y una mesa de cristal con algunas bebidas y dulces. Tras sentarnos, la nieta empezó a hablar:

-¿Quieres algo de beber o comer, mi reina?- Le preguntó a Elizaberth.

-Eres muy amable de tu parte, pero no tengo ganas. Es una lástima.- Eso le respondió Eliza con ese tono inusual, que ya no me daba terror, más bien, ganas de vomitar. A continuación, añadió: -¿Qué ocurre para que me quieras pedir ayuda?-

-Es una petición de mi abuelo, el prestigio de nuestra familia está en peligro.- Y eso le dijo aquella chica, poniéndose muy seria.

-Eso tengo entendido, ya que aquel gran hombre, del que debes estar orgullosa, me suplicó por teléfono.- Más bien, conociéndola, debe haber humillado al pobre anciano, mientras éste le pedía que le ayudara con mucha desesperación. Y al ser un político muy importante, tal vez, le prometió, o le tuvo que prometer; un trato muy suculento.

-Es sobre mi hermana pequeña, quién se acaba de meterse en un problema enorme y no la podemos detener.- Y eso nos dijo la nieta, a continuación, y me imaginé que yo tenía que salvar el culo a alguien que inició un escándalo y no tenía muchas ganas de hacer tal cosa.

-Me dijeron que va a cumplir dieciocho años, así que es normal que se meta en graves problemas.- Eso soltó Elizaberth y eso era irónico, porque ella solo tenía doce años. ¡Cómo si ella tuviera setenta años, oigan!

-Pero no he oído de ningún joven que está planeando un suicidio masivo.- Y entonces, estas palabras nos dejó de piedra, hasta  a la mismísima perra de Eliza.

¿Pero quién cojones era su hermana? ¿Quién en sus cabales decide planear un suicidio masivo? ¿En dónde me estaban metiendo? Mi cabeza se llenó de preguntas, intentando asimilar lo que escuché.

Entonces, di un golpe en la mesa y grité: -¿Qué tipo de enferma es esa chica?-

-Eso es difícil de creer, la verdad. Explícanos exactamente que está ocurriendo.- Y eso dijo Eliza a los pocos segundos, tras recuperar la compostura.

Entonces, la nieta suspiró unas cuantas veces, como si no quería contarlo o intentaba prepararse para explicarnos lo que estaba ocurriendo. Cuando estaba a punto de gritarle, nos los empezó a contar:

-Fue hace tres años, a mi hermana le mandaron un trabajo sobre sectas y ella, para comprobar cómo funcionaba una, decidió crear una de mentira. Cogió sus dineros y montó con unos amigos eso. Incluso empezaron a repartir publicidad por las calles y al poco, vino gente. Y lo que empezó como broma, poco a poco, se convirtió en realidad.-

Eso nos soltó primero, antes de beber un poco de agua, para luego continuar:

-Ella se volvió en la líder, en el símbolo de la secta y al ser adulaba y amada por todos, empezó seriamente a tomar su papel. Sus amigos huían de ahí asustados, y cada vez se hacía más y más popular.-

Si tuviera libertad para elegir el trabajo, lo mandaría a la mierda. Es más, preferiría salvarle el culo a algún corrupto o al hijo de papá que acaba entre rejas por tomar drogas o algo. Pero lo que ésta nos estaba pidiendo era evitar que una chalada y su secta se maten. ¡Está loca si piensa eso!

-¿Y de dónde viene la idea de eso del suicidio colectivo?- Entonces, mientras yo me decía mentalmente que me habían metido en una locura, Eliza preguntó eso. Y ella le respondió con estas palabras:

– Cómo lo que estaba haciendo, al principio, era una parodia a las sectas, incluso lo del suicidio colectivo. La idea fundamental es que este mundo no tiene sentido y si querían ser salvados y llevados al paraíso prometido, un planeta llamado “La tierra de las personas felices”; deben entrar en la secta y prepararse para el viaje al más allá. Y muchos entraron con esa idea y ella no va a defraudarles, es más, quiere librarse de ellos.-

Por segunda vez, nos habían dejado de piedra, tanto a mí como a Elizaberth y a su sirvienta. Era increíble que había gente que se metiera en una secta para ir directos a un planeta con un nombre tan cursi que apesta. No podría entenderlo. Me preguntaba qué les pasaba por sus cabezas, sí estaban llenas de mierda o qué.

-¿No es un poco sensato hacer eso? Eso arruinaría su vida para siempre.- Eso dijo Eliza, tras recuperar la compostura.

-¡Vaya hermana tan subnormal te ha salido! ¡Qué idiota esa gente! Por favor, esto es demasiado ridículo.- Y eso gritaba yo. Parecía salir de un episodio de South Park. Y las muy putas ignoraron esas palabras.

-Es más, acabaría con toda nuestra familia, crearía un escándalo que sacudiría a todo Estados Unidos. Ella está fuera de sí y no podemos controlarla. Tú eres nuestra última esperanza.- Eso le dijo a Elizaberth, desesperadamente. Esa tipa, ¡se estaba vendiendo el alma al mismísimo diablo!

-Entonces, solo es hacer que disuelva la secta y evitar una tragedia que conmocionaría al mundo entero, ¿no?- Eso dijo, Elizaberth, tras quedarse pensando durante unos segundos. Y tras soltar esto, se dirigió hacia mí:

-¡Ya tienes tarea que hacer! ¡Haz lo mejor que puedas!- Lo dijo con aquella actitud tan impropio de ella. Y me entraba ganas de decirle que actuará normal, que solo me estaba dando asco. Pero, por otra parte, estaba muy desanimada, ya que me habían mandado el peor trabajo posible.

A continuación, tras unos segundos de silencio, la nieta soltó esto: -¿Puedo hablar con ella, a solas, mi reina? Ya que, después de todo, es la que va a organizar el trabajo.-

Le maldije mentalmente, porque no quería hablar con ella en privado.

-Adelante, no me importa.- Y también decidí maldecir a Elizaberth mentalmente.

Entonces, aquella chica se levantó y me dijo que la siguiera. Yo, resignada, decidí hacer eso pero antes de salir al exterior, la perra de Eliza dijo esto:

-Por cierto, su nombre en clave es “Cú Chulainn”.- Me quedé con la boca abierta al oír tal cosa. Me había puesto un nombre muy raro. Ya sé que yo legalmente estoy muerta, pero podría haberse elegido uno mejor.

Tras salir de la dichosa habitación y entrar en el laberinto, la nieta empezó a hablarme: -Por cierto, mi nombre es Ofelia Stuyvesant, Cú Chulainn.-

Entonces, al escuchar su apellido, sentí algo raro, como si lo hubiera escuchado en otra parte. No era como si había conocido a alguien que se apellidaba. Bueno, como no sabía porque eso se me hacia tan familiar, decidí pasar de eso.

-Vete al grano, ¿qué quieres?- Eso le pregunté, quería que la charla fuera muy breve.

-¿Tú conoces a alguien con el nombre de Eve?- Eso me preguntó, a continuación, mirándome de forma rara.

Y aquel nombre que pronunció me era muy familiar, demasiado. Pero aún no sabía el qué.

-Pues no, claro que no…- Eso le respondí, intentando no darle importancia.

-Perdón, perdón.- Eso me soltaba mientras se inclinaba.- Ese es el nombre de mi hermana y me estabas recordando a alguien que le hizo mucho daño hace tiempo.- Eso se me estaba siendo muy sospechoso, ¿qué intentaba decirme?

-¿Ah sí? ¿Qué le hizo, le robó las muñecas o qué?- Eso le solté, en forma de burla ácida, que le molestó bastante, pero intentó ignorarlo.

-Abusaba de ella. Siempre la buscaba para pegarla cuando estaba enfadada o para robarle el dinero. La insultaba, la maltrataba y la humillaba a veces, sin motivo alguno.-

Entonces, al escuchar aquellas palabras, supe porque las palabras “Eve” y “Stuyvesant” se me hacían tan familiares. En el pasado, había conocido a alguien con ese mismo nombre y apellido, una de las muchas personas a las cuales recurría cuando estaba enfadada o sin blanca.

¡Era tan irónico tanto que me entraba ganas de reír frenéticamente! Yo, Marie Luise Lafayette, había maltratado de su hermana pequeña durante un año, cuando iba a la primaria.

Lo recordaba muy bien. Sus gritos de dolor y de sufrimiento, sus intentos de huir cada vez que me veía, el dinero y las cosas que le robaba y los cuales me los gastaban en tonterías. Yo siempre recurría a ella, porque era alguien muy débil, una gorda y fea niña que no podría ni correr. Por unos meses, me aproveche todo lo máximo de ella hasta que tuvo que irse de la cuidad.

Y ahora me enteró que es la nieta de un ex gobernador y es la misma persona que se ha creado una secta y que tengo que detener. Este mundo, a veces, es asquerosamente pequeño.

-¡Ya veo! Siento que estás hablando de la misma persona que yo me estoy imaginando. Y es alguien que está muerta.-

Eso le dije a continuación, intentando perder no la compostura. Intentaba no reír o poner una cara de sorpresa, para que esa perra no confirmara lo que estaba pensando, ya que me di cuenta de que sospechaba de mí.

Ella, tras escuchar esa respuesta, me soltó esto con mucha seriedad. No, más bien, hostilidad: -Y creo que es su responsabilidad que mi hermana haya terminado siendo la líder de una secta.-

Era como si me estaba diciendo indirectamente que eso era mi culpa. Quería decirle que se mandara a la mierda o es la responsabilidad de su hermana en convertirse en tal cosa. Pero no dije nada, porque no valía la pena. Solo me di la vuelta y me dirigí hacia al edificio, harta de la conversación y del frío.

-Y por cierto, Cú Chulainn…- Pero ella, quién se quedo de pie en mitad del laberinto, me detuvo.

-¿Qué?- Le pregunté amargamente.

-Intenta ser más femenina, eres demasiado marimacho. Estás humillando a las mujeres actuando como macho peludo.- La muy puta me dijo eso.

Lo dijo con un desprecio hacia a mí que no pude tolerar. Me llamó hombre indirectamente, joder. Me insultó en toda la cara. Me giré hacia ella y vi que me estaba observando con una mirada de superioridad y rencor, por unos segundos, ya que, puso rápidamente una sonrisa.

Me di cuenta de que esa perra estaba haciendo lo mismo que Elizaberth, actuar como buenas niñas, cuando, en su interior, estaban  podridas por dentro.

Le iba a insultar o saltar sobre ella para romperla la cara bonita, pero me controle y le dije esto:

-¡Oh, gracias, ahora has salvado mi vida! ¡Ahora podré ser una mujer de verdad!- Ironicé, poniendo voz de idiota.

Después de esto, volvimos al edificio, nos despedimos de aquella perra de la nieta y nos fuimos de aquel lugar, en la limusina. Yo estaba muy molesta, mirando al paisaje con furia, mientras Eliza, tras preguntarme cómo fue nuestra conversación, me soltó esto:

-¿Cómo te parece “Cú Chulainn”? Te queda bien.- Eso me lo decía con su habitual tono siniestro y burlón. Eso me alivio un poco porque ponerse a actuar como si fuera una niña angelical era demasiado para mí.

-Oh sí, parece el nombre de un chino.- Eso le dije, lo más desagradable posible.-

-Fue el nombre de un héroe mitológico irlandés.- Y eso me soltó, como si me interesa de dónde era ese nombre.

-Además de feo, es de una nación de borrachos.- Eso le dije, intentando cortar la conversación, pero ella siguió hablando.

-Se le conocía por su aterradora fiebre en la batalla en la que se transforma en un monstruo irreconocible que no sabe ni de amigos ni de enemigos. Y se llamaba así, porque tuvo que hacerse pasar por perro, tras matar a una que cuestionaba a un herrero llamado Culann.- Eso lo decía con una sonrisa siniestra, la que tenían siempre.

-¿Me estás llamando perra y loca?- Me sentí insultada y tenía ganas de darle un puñetazo.

-En realidad, lo eres. Así de simple, eres mi perra, un demonio que he podido controlar. Y por eso, como tu ama, te pediría que no matases a la líder de la secta.-

-Me lo pones muy difícil, la verdad.- Eso le solté, muy molesta.

-Si lo haces, ellos se pondrán en mi contra. El abuelo es un importante político de Shelijonia y si consigo lo que quiere, tendré a todo el parlamento de la isla en mis manos.-

Ya veo, si le ayudaban, el abuelo y sus amigos se venderían a ella y ésta tendría más poder de lo que tenía. Por eso está tan alegre, porque si lo consigue, será dueña casi absoluta de casi toda Shelijonia.

-Eso se oye como vender un lanzallamas a un pirómano.- Eso dije a continuación, con burla.

-Di lo que quieras, pero evita excederte y matarla, ¿entendido?- Y tuve que decirle que sí, con pocas ganas de empezar el peor encargo que me habían mandado.

FIN DE LA PRIMERA PARTE

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