Centésima cuarta historia

La Doncella del cielo de la buena fortuna: Segunda parte, centésima cuarta historia.

Al llegar a casa, me senté en el sofá de mala gana, con ganas de matar a alguien. No tenía ganas de empezar aquel trabajo que me habían mandado, por una buena razón.

-Espera, espera, ¿¡qué!? ¿¡Quieres qué me meta en la secta!?- Eso grité, tras salir del vehículo, después de escuchar lo que me mandó Elizaberth. No quería meterme en tal sitio, por nada del mundo.

-Mi plan básicamente es que te debes infiltrar en eso e intentes hacer algo para poder destruirlo desde dentro. Esas son las órdenes, por ahora.- Pero ella me dejó bien claro, que tenía que hacerlo sí o sí, y estaba frustrada, bastante.

Suspiré una y otra vez bastante molesta, solo por eso. No quería unirme con una pandilla de locos, que querían convocar un suicidio masivo para ir a un lugar imaginario. Si me descubrían, estaba perdida, pero lo peor tenía que ser las cursiladas que tendría que escuchar o decir, me entraban ganas de potar con solo imaginarlo.

Aparte de eso, había otro problema y es que no sabía dónde encontrarme a esa gente, la perra de Elizaberth no me dijo nada. Pensé que eso me podría beneficiar, utilizándolo como excusa para no empezar el trabajo, pero, al día siguiente, recibí un mensaje en mi teléfono móvil.

-¡Qué mierda, deja de sonar, puto móvil!- Fui despertada por una molestosa melodía que no paraba de sonar. Me había quedado dormido en el sofá y me dolía mucho la espalda, así que estaba de muy mal humor.

-¡Maldito puto, deja de cantar o te tiró por la ventana!- Y eso grité a continuación, mientras cogía el cacharro con la intención de tirarlo. Me pude controlar y decidí mirar lo que me habían mandado.

El mensaje decía en resumen que tenía que irme a la librería “Un Mundo mejor” y me dejaron la dirección para que no me perdiese. Sí, a un lugar en dónde vendían libros, con el nombre más cursi que había oído en toda mi vida. Fue bastante desconcertante, ya que no entendía por qué tenía que ir a tal sitio. El remitente era desconocido, pero sabía que era de Elizaberth.

De todos modos, decidí irme hacia allí, mientras me quejaba sin parar, porque aquella asquerosa librería estaba algo lejos y no quería andar con el frío que hacia afuera. Tampoco pagar para ir en un puto taxi.

Al salir, vi como había mucha actividad en la cuidad, a pesar de que decían, por la televisión, que era el día más frío de todo lo que llevaba el invierno, y eso me sorprendía. Había bastantes coches circulando por las nevadas calles, otros se quedaron congelados y sus dueños lo intentaban arreglar y algunos intentaban encender el motor de sus vehículos, para irse a trabajar. Muchas personas iban de un lado para otro, y bastante gente, aprovechaba el día libre para con la nieve. Me consternaba bastante lo acostumbrados que estaban a esta mierda y lo que les gustaba, porque yo lo odiaba con toda mi alma.

Al llegar al sitio indicado, me quedé observándola. Alguien convirtió su enorme garaje de su casa particular en una librería y el edificio en cuestión era también muy grande y pintado de blanco, tenía tres pisos y un peculiar tejado a cuatro aguas. No parecía tener nada sospechoso, o ser la sede de una secta. De todos modos, entré.

Fue un alivio notar lo calentito que estaba eso, al entrar, ya estaba harta del puto frío. Aparte de eso, la librería parecía bastante normalita. Tenía sus típicas estanterías llenas de libros y en la recepción estaba una vieja feísima que solo estaba mirando su revista del corazón. Me acerqué a ella, para hablar sobre la puta secta.

-Hey, señora, ¿sabes si aquí tienen una secta?- Eso le pregunté, yendo directa al grano. Y ella quitó su mirada de la revista para observarme a mí.

-¿Qué  quieres decir con eso? Nosotros no tenemos esas cosas. Es una librería, no un culto satánico.- Eso me lo soltó con una cara de puro espanto.

-Pues lo que quiero decir, abuela. Si no lo tienen, me voy y ya está.- Y eso le dije, antes de dirigirme hacia la puerta. Me pregunté si Elizaberth se había equivocado y me hizo perder el tiempo, aunque tratándose de ella sería muy raro. Y cuando lo abrí, la vieja me detuvo, diciéndome esto:

-Tu alma debe estar bastante podrida, ¿verdad?- Eso me dijo la muy puta, y me dirigí hacia ella con ganas de cogerle el cuello.

-¿Y qué pasa si lo tengo?- Pero me pude controlar, y le solté aquella frase, vacilante.

-Yo era antes como tú, pero, cuando la Doncella me recogió en sus brazos, yo pude ver la salvación, ¿tú deseas salvarte, verdad?-

Me pregunté molesta qué quería decirme esa perra, pero sentía que estaba relacionado con lo que yo estaba buscando.

-¿Doncella? ¿De quién estás hablando?- Le pregunté consternada y a esa loca le dio algo, porque se levantó y alzó las manos, como si estuviera pidiéndole algo al cielo.

-De la Doncella del cielo de la buena fortuna, la reina de la “Tierra de las personas felices”. Ella salva a los condenados de este horrible infierno que desean ser perdonados.-

Entonces supe, mientras esa perra actuaba como si hubiera a algún santo o dios, que con eso de la “Tierra de las personas felices”, estaba en el buen camino. Y otra conclusión que llegué es que aquella vieja se tomó muchas drogas, porque esa puta sonreía de una forma tan siniestra, que pensaba que se había tomado muchas drogas.

-¿Sabes dónde puedo entrar?- Y le pregunté a gritos a esa maldita vieja. Reconozco que estaba algo feliz, porque ya los había encontrado. Tenía que entrar rápidamente, para empezar aquel trabajo de mierda. Su respuesta me dejó bastante sorprendida.

-¿A nuestra “Iglesia de las personas felices”? Vete al fondo y metete en el pasillo de la izquierda.- Fue tan fácil que me desilusionó un poco.

Pues bueno, hice caso de las indicaciones de esa perra que parecía estar colgada, o drogada, y terminé en un pequeño salón, lleno de gente a reventar.

Lo primero que noté fue que un asqueroso y molesto humo invadía todo el lugar y tuve que taparme la boca y la nariz para no olerlo. Lo segundo fue que aquella gente estaba formado un círculo entre ellos, con los ojos cerrados, y rodeando a uno que estaba de pie explicándoles cosas, como si fuera un gurú o algo parecido. El lugar estaba lleno de velas y de retratos de una chica que no conocía, pero que parecía ser la maldita Doncella de los cojones. Me sorprendió, porque no la esperaba tan guapa.

La chica de la que abusé y que luego se convertiría en la líder de una secta, era una gorda feísima y enana. No le di mucha importancia, ya que podría haber usado un retrato falso o un “photoshop” de esos.

Y entonces, la persona que estaba en el centro, el gurú de esos locos, se dio cuenta de mi existencia, paró lo que estaban haciendo, que a mí me parecía que no hacían nada; y se acercó.

-¿Quién eres tú?- Eso me preguntó y yo me quedé en blanco, porque no se me había ocurrido ningún nombre para presentarme. No podría decirles que me llamaba Marie Luise Lafayette, por nada del mundo. Tampoco les diría que me llamó “Cú Chulainn”, por favor. Así que les solté uno falso, el cual inventé en ese mismo momento.

-Will Smith, Will Smith.- Solté lo primero que se me ocurrió y dije el de un famoso, que era además un hombre. Metí la pata, ¿quién pensaría que me llamaba de esa forma?

-Ya veo, un nombre curioso. Sé por qué has venido a nosotros, también quieres salvarte, ¿no?- Eso me dijo, nada más, mientras me hablaba en un tono amigable.

A continuación, se dirigió hacia los demás y mientras levantaba los brazos, les decía todo feliz esto: -¡Tenemos otra persona que quiere huir del sufrimiento y unirse a nuestro viaje hacia a la felicidad!-

Y todos empezaron a darme la bienvenida, sin darle importancia que me llamaba “Will Smith”. Ni siquiera me lo preguntaron, lo aceptaron como si fuera lo más normal del mundo. ¡Pero si es bien obvio que es falso, por el amor de Dios! ¡Nadie en este mundo llamaría a una chica así!

Pero lo peor es que los muy putos me decían las felicidades por estar con ellos mientras me daban la mano o me abrazaban. Me dio repelús, porque esa gente apestaba y sudaba como cerdos.

Entonces, el que parecía el gurú de esos putos me soltó esto, mientras abría una puerta:

-Vamos, vamos, tienes que hacer nuestro rito de bienvenida para las buenas personas que se quieren salvar.- Eso me decía, mientras me daba prisas para meterme en aquella habitación, con una sonrisa que parecía muy sospechosa.

-¡¿Tan rápido!?- Eso grité al momento, sorprendida de que fueran muy rápidos para meter a la gente en su secta.

-Por supuesto, cuanto antes, mejor.- Me lo decía con una amabilidad que me molestaba, mientras me obligaba meterme en aquella habitación.

-¿Qué intentará hacer ese puto?- Eso me pregunté en voz baja con harta desconfianza.

Al entrar, vi que solo era un pequeño cuarto, con una mesa grande de madera, en la cual estaba solo estaba puesto un pequeño jarrón, y un gran armario. Ese tipejo sacó unos papeles de ahí y me los puso sobre eso:

-¿¡Este es el rito de iniciación o cómo se llame!?- Eso solté con extrañeza, mientras observaba aquel papel.

Estaba escrito en ruso y en inglés, y era una documentación en dónde te avisaba de que ibas a tener pura felicidad y otras tonterías. Lo bonito lo ponía en letras grandes, mientras en la letra pequeña nos explicaba que toda nuestra propiedad era suya y otras cosas. Además te pedía todos los datos y tu firma para usarte, ¡mira lo hijos de putas que son, la verdad!

-Pues no, es solo un documento, en que firmas que eres responsable de que todo lo que te ocurra. Es solo es eso.- Y eso me lo dijo el capullo con una sonrisa, mientras me daba prisas para que firmará.

No deseaba hacerlo, pero al final puse mis datos, que eran falsos; y mi firma, que también lo era. Esperaba que esos buitres no comprobaran la autenticidad de sus miembros. Y mientras lo hacía, miraba a veces a aquel capullo, que seguían mostrándome una sonrisa.

Parecía un hombre de mediana edad con alguna que otra arruga en su cara, la cual estaba llena de pecas; y era bastante afilada, a diferencia de su nariz que era todo lo contrario. En su corto y moreno pelo ya había alguna que otra cana. Era un tipejo que tenía presencia, porque era muy alto y con un cuerpo bastante robusto. Cualquiera se atrevería a sentarse a su lado, sobre todo cuando te estaba mirando con aquella sonrisa, que no desearías ver si estás en un callejón con alguien como ese.

-Bueno, ya está, ¿contento?- Eso le dije un poco molesta, tras firmarle los putos papeles.

-Todos nosotros, sobretodo la Doncella, están felices por tu ingreso.- Y eso me soltó, mientras se levantaba y volvía al salón para anunciarles a los putos esos que había nuevo miembro.

Gritaron de felicidad como si fuera algo genial, y se me acercaron, dándome la enhorabuena y muestras súbitas de cariño. Hasta alguno estaba llorando de felicidad. Eso era tan exagerado que me entraba ganas de reír, porque parecían unos desesperados que vieron su última esperanza.

A continuación, empezó el dichoso el rito de iniciación y el gurú ese, nos preparó a mí y a todo el grupo, una bebida que no tenía un buen aspecto.

-¿Y bueno, qué quieres que hacemos a continuación?- Eso les pregunté, mientras ellos me observaba con una siniestra sonrisa, y mientras olía el líquido que me dieron.

Me arrepentí al momento de decir aquella pregunta, porque me soltaron una respuesta que me dejó consternada, casi traumatizada.

-Pues, primero nos tomamos el vaso; después, nos desnudamos y bailaremos alrededor de esta estatua de nuestra Doncella.-

Quedé con la boca abierta, mientras me preguntaba mentalmente qué les pasaban por la cabeza, sí estaban subnormales o qué.

-¡¿Es una broma, no!?- Tenía esperanzas de que se estaban burlando de mí.

-No te preocupes, a todos nos sorprendió porque parecía absurdo y estúpido, cuando nos lo dijeron.- Pero aquellas palabras derrumbaron esas esperanzas, mientras me entraban ganas de decirle que eso era una cosa subnormal.

-Pero tiene sentido. Beber el vaso significa aceptar que nuestra vida es horrible y queremos perderla. Desnudarse, es enseñar tu verdadero yo a tus compañeros y a la Doncella. Y bailar, es mostrar nuestra alegría interior a ella.- Y lo estaban diciendo con una seriedad y profundidad que me estaban aterrando. Nadie en su sano juicio trataría eso como algo así.

-Repito de nuevo, ¡¿es en serio!?- Y no lo podría asimilar, porque parecía la burla de alguien hacia mí, y hacia ellos.

Y todos me dejaron claro que eso era el rito, y resignada, acepté hacerlo, mientras le insultaba mentalmente a la perra de Elizaberth por haberme metido en aquel absurdo y estúpido trabajo. Lo primero que hicimos fue coger el vaso, siguiendo las indicaciones del tipejo ese, y levantarlo.

-¡Este trago va para usted, nuestra Doncella!- Eso gritó el gurú y el resto lo repitió. Luego me pidieron que lo dijera yo también y por desgracia tuve que hacerlo.

Entonces, aquel siniestro tipejo que hacía de gurú empezó a decir un montón de cursiladas, tan repugnantes y estúpidas, que los ignoré, para salvar mi salud mental. Los demás, solo repitieron sus palabras.

-¡Y ahora, a beberlo, por su salud!- Y todos lo hicieron, se tragaron esa mierda, incluida yo. Y era asqueroso, algo tan repugnante, ¡que me entraron ganas de potar. Por suerte, no me trague ni la mitad, pero hice como si me lo tome todo.

Entonces, aquellos locos empezaron a aplaudir y otra vez me decían bienvenida sin parar.

-¡¿Lo ves, Will Smith!? ¡¿No ves la felicidad de nuestros compañeros!? ¡Es la prueba de que la felicidad ya está en tu puerta!- Eso me gritaba el gurú, como loco. Y yo lo único que notaba era las ganas de vomitar aquella mierda que me dieron.

A continuación, esa gente se empezó a quitarse la ropa, incluido el gurú. Tras desnudarse, me miraron fijamente a mí, viendo que yo aún no me la había quitado.

-¡Ahora, tienes que quitarte la ropa!- Eso me soltó el puto gurú y todos empezaron a repetir como loros lo que dijo.

No quería quitarme la ropa, delante de esos subnormales. Más que darme vergüenza, sentía que me estaban poniendo a su nivel, el de unos payasos que hacían sin rechistar las órdenes de su puñetera doncella, que no eran más que simple humillaciones. Y no deseaba participar en aquella burla, perdería lo poco que tenía de orgullo, pero al final tuve que hacerlo.

Primero fue el abrigo, y después el jersey y la camiseta interior. Luego, el pantalón y al final las bragas y los sujetadores. Lo hacia lo más lento posible, para fastidiar a aquellos payasos, que me pedían que fuera más rápido. Tenía tanta rabia dentro de mí, que podría haber explotado y coger del cuello a algunos de esos subnormales. Pero me pude aguantar, no sé cómo.

-¡Ya estoy desnuda! ¿¡Están contentos!?- Eso les dije bastante molesta, tras quitarme toda la ropa. Y los muy putos se quedaron mirándome.

-¡Oh dios, pareces haber salido de una guerra!- Eso decía una mujer que se quedo con la boca abierta, al ver mis múltiples cicatrices que estaban repartidos por todo mi cuerpo.

Esa fue el primer de los comentarios que soltaban en torno a mi cuerpo lleno de cicatrices. No entiendo porque se quedaron muy conmocionados al ver eso, porque ellos también tenían cosas tan feas y horripilantes en sus cuerpo que evitaba todo lo posible para no mirarlos.

-¡Dejen de fastidiarme, y terminemos de una vez este maldito ritual!- Eso les grité, molesta de sus comentarios.

-No te pongas así, ya vamos a terminar.- Y eso me dijo el gurú, intentando tranquilizarme.

Luego, el puto este nos gritó que era hora de mostrar nuestro baile de la felicidad a la doncella, y empezaron a bailar de una forma patética. Y me podría parecer graciosa, si no fuera porque yo tenía que bailar con ellos.

-¡Vamos, Will Smith, empieza a moverte!- Eso me gritaba el gurú y los demás, mientras intentaban imitar a una gallina, mientras ponían de idiotas y soltaban frases estúpidas.

Así era el puto baile, una pérdida total de dignidad, una humillación, una burla hacia los pobres subnormales que lo estaban haciendo. Y hacia a mí, también. Maldije a la que creó la secta, a la perra de Elizaberth y a la puta nieta del gobernador de Shelijonia, a esos payasos, a todos. Por hacerme participar en esta subnormalidad.

Al final, lo hice, empecé a bailar esa mierda, mientras pedía que esta humillación terminara lo antes posible. Duró unos cuatros minutos, pero me pareció eterno, demasiado.

Tras terminar eso, me dijeron que ya era todo, Will Smith, formaba parte de la secta y me pidieron mi número de teléfono, les di uno falso, y mi dirección, que también lo era. Tras eso, rápidamente me puse la ropa y les pregunté si podría irme. Me respondieron que sí, pero que tenía que volver mañana. Salí de allí lo más rápido posible, como si el edificio estaba en llamas. No quería saber por el momento nada de aquellos chalados.

Ni tampoco quería contárselo a Elizaberth, aunque ese era mi deber. Y cuando le dije lo que me paso, acerté cómo iba a ser su reacción, tras llamarla por el móvil y contárselo, mientras me paseaba por la cuidad.

-¡¿En serio, en serio!?- Eso me soltó incrédula, antes de ponerse a reír

-Deja de reírte, maldita perra.- Eso le grité, con mucho mal genio. Estaba muy enfadada, por haber participado en esa mierda de ritual.

-¡No puedo, no puedo! ¡Es demasiado ridículo para tomarlo en serio!- Y la perra, no dejaba de reírse, parecía que, literalmente, se iba a morir de la risa.

-Si fuera capaz de hacerlo, iría a por ti y te arrancaría el otro ojo.- Y le amenacé con toda mi seriedad, para ver si se podría callar.

-Tú harías lo mismo si yo estuviera en tu lugar.- Pero esa se atrevía a decir tales cosas. Y decidí ignorar aquel comentario.

-De todas maneras, ¿ahora qué tengo que hacer, pequeña reina?- Y le pregunté esto a continuación, con todo mi desprecio.

-Ya has entrado, pero eso es solo el principio. Ahora desde escalar desde dentro, por lo menos desde un puesto para poder sabotear lo que haga la secta.- Al oír eso, mis ánimos, que estaban bajos, desaparecieron.

-¿Y cómo hago eso?- Y pregunté con pocas ganas de esforzarme en subir en aquella ridícula y estúpida secta.

-Por el momento, no hagas nada, solo asiste a sus reuniones e intentes mantener relaciones con tus superiores.- Eso me respondió.

-¡Qué aburrido se oye eso!- Más bien, quería terminar el trabajo rápido, y eso se veía como el inicio de un largo y molestoso trabajo.

-¡Y lo que te queda! Espero que esto no supere tu limitada paciencia, porque es una operación que puede durar varios meses.-

Después de decir esto, se colgó la llamada. Y yo solo tenía ganas de mandarlo todo a la mierda, porque ya había tenido suficiente con aquel estúpido ritual de iniciación.

FIN DE LA SEGUNDA PARTE

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