Centésima cuarta historia

La Doncella del cielo de la buena fortuna: Cuarta parte, centésima cuarta historia.

Tras volver a mi casa, lo primero que hice fue acostarme en el sofá y ponerme a quejarme de todo lo que me pasó. Fue mucho más agotador que ponerme a darles palizas a bandas y mafias, robar o hacer desaparecer información valioso. Prefiero tener que aguantar todo esto antes que estar rodeada de subnormales de una secta. Y solo el segundo día y eso me hacía preguntar si podría soportar aquel horrible trabajo por varios meses.

-¡Qué asco!- Eso me decía a mí misma, bastante fastidiada.

Me ponía recordar todo lo que me pasó aquel día. Primero, todo lo que pasó en la tarde, cuando vinieron todos.

-¡Ahora que ya estamos todos reunidos, vamos a rezar a Nuestra Doncella!-Eso dijo nuestro maldito y desgraciado gurú con grata alegría, cuando vio que todos habían llegado. Eso me dio muchos escalofríos y supe enseguida el porqué.

Nos pusimos a rezar, y era balbucear unas cuantas tonterías sin sentidos, mientras nos metíamos el dedo por la nariz. Luego, terminábamos nuestros rezos besando un retrato de la Doncella.

A continuación, nos llevaron a otro lugar de la casa, que no era nada más ni nada menos que un taller ilegal, con condiciones inhumanas. Estaba lleno de humedades y de mierda, hasta vi a alguna que otra rata. Nos sentaron en las mesas que estaban llenas de maquinas de coser y, rodeados de hombres fuertes y musculosos, nos pusieron a trabajar, ¡así, por la bonita cara, hasta que llegará la noche!

Y lo más cómico y triste del asuntos es que todos ellos estaban felices, porque estaban haciendo ropa para su viaje al planeta ese con nombre estúpido. Hasta cantaban canciones horripilantes sobre la puta Doncella. ¡No me podría creer que fueran tan idiotas, de verdad!

-¡¿No crees que esto es muy raro!?- Hasta se lo pregunté al compañero que estaba a mi lado, esperando que se diera cuenta de que se estaban burlando de todos nosotros.

-Pero si es lo normal.- Y lo peor es que no había esperanza alguna para estos idiotas.

¿Y dónde estaba el maldito gurú? Pues no lo sé, se quitó del medio, después de hacernos poner a trabajar ingratos.

Y al pensar en este maldito, recordé que tenía que hacer algo y me levanté del sofá para encender el ordenador, mientras llamaba a la desgraciada de Elizaberth.

-¿¡Qué quieres ahora, Lafayette!?- Eso me preguntó ella bastante molesta, después de que le llamará unas cuantas veces.

-Quiero pedirte un favor.- Y eso le dije con la mayor brevedad posible.

-¡Qué extraño de tu parte!- Eso me decía sorprendida. -No eres ese tipo de personas que piden favores…-

-Si no quieres, pues termino esta conversación. No estoy de humor para tus tonterías.- Tenía ganas de cortar la llamada rápido y no soportar sus fastidiosas burlas.

-Ok, ¿qué quieres exactamente?- Y ella decidió ir al grano.

-Busca información sobre un Roman Pilsudki.-

Ese era el nombre de aquel fastidioso gurú, el cual me lo dijo antes de irnos de aquella horripilante cafetería. Más bien, se lo pregunté:

-¿Por cierto, cuál es tu nombre?- Eso le pregunté con la idea de esquivar el tema de conversación que estábamos teniendo.

-¡Ah, es verdad, no te lo dicho! ¡Qué descortés de mi parte, hermana!- Eso lo decía entre risas. -Me llamó Roman Pilsudki.-

Me pareció un nombre muy feo y horrible, también me imagino a alguien que no deseaba recordar.

-¿Eres ruso?- Eso le pregunté. Después de todo, eso parecía ser un apellido muy ruso, algo común y normal en toda esta isla de mierda. Pero reconozco que jamás había escuchado en toda mi puta vida.

-Polaco.- Y eso era porque no era ruso, lo confundí con otro lugar que no siquiera sabía de dónde era. Me sonaba la palabra, pero no lo recordaba.

De todas maneras, eso me valía una mierda y seguí hablando: -¿Y qué hace un polaco aquí, en América?-

-Es una historia muy larga de contar…- Se puso muy nervioso, como si quería esquivar el tema. -Tanta que me da pereza contarlo.-

Me di cuenta de que aquel majareta estaba escondiendo algo que no parecía ser buena cosa.

-¿Y tú, Will Smith?- Y él, a continuación, decidió devolverme la pregunta:-Pareces muy jovencita.-

-También es una historia largar de contar y me da pereza.- Hice lo mismo que él, utilizando su misma escusa y eso le molestó un poco, poniendo una mirada molesta contra mí.

Los dos nos miramos fríamente por varios segundos, dejándonos claros el uno al otro que teníamos un pasado que era mejor no mencionarlo y no volver a preguntar algo parecido.

Ese silencio incómodo se rompió cuando él decidió levantarse y decirme que iba a volver a la iglesia, mientras le pedía al camarero que trajera la cuenta.

Desde aquel momento, deseaba saber quién era ese tipo y decidí que la maldita de Eliza hiciera ese trabajo por mí. Había algo podrido en él, desde que lo conocí y tenía que saberlo. Me pregunto si también estará pensando lo mismo de mí. De todos modos, por alguna extraña razón, ella aceptó de buena gana.

Y tras colgar el teléfono, decidí centrarme en buscar por el internet, algo que también salió de aquella conversación que tuve con aquel capullo, mucho antes de preguntarle cuál era su nombre.

-Monstruos, ¡cuánto sufrimiento habéis hecho! ¡Qué horrible es el mundo!- Eso decía aquel fastidioso gurú, sin parar. -¿¡Por qué este maldito mundo es tan feo y vomitivo!?- Mientras observaba perplejo la televisión que estaba en una esquina de aquella fea cafetería.

Yo la observé detenidamente para saber qué cosa estaban echando para que el puto ese se pusiera a decir tales tonterías. Eran las noticias locales y al parecer estaban echando algo muy urgente.

Era la detención de las personas que según decía aquella caja tonta eran los culpables de hacer la vida imposible a una chica de instituto o algo así. Abusaron de ella, en todos los sentidos, sin parar hasta que se hartó y se mató.

Por alguna razón, eso se me hizo muy conocido y me empecé a preguntar una y otra vez el porqué. Tardé un poco, pero me di cuenta de lo que era: Me sentí identificada, no en la víctima, sino en los abusones, porque fui una. Durante toda mi infancia y casi la mitad de mi adolescencia, yo maltrataba, humillaba y hacía la vida imposible a un montón de personas para desahogarme. Cuándo estaba molesta o enfadada, lo primero que hacía era ir a por el primer idiota que veía para golpearle sin parar, o a buscar a debiluchos, a víctimas que llevaba abusando desde meses; para hacerlos sufrir un buen rato. Eso era mi rutina y estaba realmente acostumbrada a eso. No podría pasar un día sin que hiciera eso.

Les hice la vida imposible a varias personas y hasta alguno llegó al punto de querer suicidarse. No sé si yo conseguí que alguien se muriera por mi culpa, ni me importa. Lo único que pensé fue que yo podría haber acabado como ellos.

Y mientras pensaba en eso, el muy puto me devolvió a la realidad, preguntándome esto: -¿No crees eso, Will Smith?-

-Ah, sí…qué horrible y todo esa mierda…- Eso le respondí, con una actitud realmente indiferente sobre eso.

-¡No debes de actuar de esa manera!- Al parecer, le molestó muchísimo.- ¡Por culpa de esas personas, la vida en este podrido planeta es horrible y llena de sufrimiento y odio!-

A mí me daba igual lo que estaba diciendo, iba a ignorarlo. Entonces, recordé algo.

-Ah, sobre la Doncella…- Eso dije en voz alta, sin darme cuenta.

-¿Qué pasa con nuestra querida Doncella?- Eso preguntó, algo sorprendido. Me di cuenta de que metí la pata.

-Nada, nada…- Y solté esto, con la esperanza de que se olvidará de lo que dije.

Después de todo, recordé que la Doncella, aquella tipa que es la líder de esta estúpida secta; fue mi víctima, le hice la vida imposible. Solo me estaba preguntando si eso lo sabían sus seguidores.

Entonces, el gurú quedó algo pensativo por varios segundos y luego contestó la duda que tenía yo, sin necesidad de haberle preguntado.

-Bueno, ahora que la mencionas…Nuestra Doncella fue víctima de una abusadora terrible y horrible.-

-¿Ah, sí?- Eso respondí, apareciendo indiferente, pero deseosa de saber más.

-En serio, hasta su nombre da escalofríos.- Se puso a temblar, antes de decir mi nombre verdadero en voz baja: -Marie Luise Lafayette…-

-Fue un completo monstruo. Disfrutaba hacer daño a los demás, los hacía sufrir y llorar sin compasión. No importaba si fueras rico o pobre, fuerte o débil, si ella te elegía para ser tu víctima, lo hacía.-

Eso lo soltó con gran exageración, como si estuviera hablando del mismo Diablo y fue bastante extraño. Por una parte, me parecía increíble cómo era mi fama, me hice tan horrible como Hitler. Por otra, es que no fue una completa sorpresa para mí, después de las mil y una cosas horribles que cometí. No sabía si sentirme feliz o triste por tal cosa, si estaba asqueada u orgullosa por eso, si parecía hilarante o fastidioso por cómo lo dijo. De verdad, no sabía cómo ponerme o cómo reaccionar, me quedé en blanco.

-Tiemblo cada vez que escuchó todo lo que la Doncella nos contó de ella…- Aunque éste no se dio cuenta, solo se puso a temblar sin parar mientras se imaginaba cosas.

-Se nota que fue horrible.- Al final, pude decir algo.

-Y es odiada por toda la ciudad. Hasta tienen una página anti-Lafayette en Facebook. De todas maneras, ella está desaparecida y estamos felices de que esté muy muerta en lo más profundo de las montañas.-

Me quedé muy sorprendida, tanto que deseaba comprobarlo con mis propias manos. No me podría creer que pusieran una página dedicada a mí. Más bien, contra mí. Por eso, decidí buscarlo en internet, después de volver a casa.

No me debería costar mucho encontrarlo, pero tuve que hacerme una cuenta para entrar ahí. Y luego, pase una hora buscándolo poniendo solo mi apellido y no daba más que resultados negativos. Hasta que finalmente lo encontré, antes de rendirme. Solo tenía que poner el “anti” y ya está. Me sentí muy estúpida por ese hecho.

Me puse a leerlo y fue bastante hilarante, la verdad. Habían subidos cientos de dibujos o fotos retocadas de mí, en unos me intentaban hacerme más fea y horrible de lo que era en realidad, en otros salía muerta en todo tipo de situaciones o intentaban humillarme de la peor forma posible. También me pusieron en comics malhechos y nada graciosos, aunque intentaban serlo; o diciendo chistes que eran pura mierda. Y hubieron también declaraciones de personas que contaron cómo les hice la vida imposible, o burlándose de mí y insultándome, y de miles de comentarios que les respondía, dándoles la razón o uniéndose a soltar injurias contra mi persona. Y absolutamente nadie dijo algo positivo de mí,  ni siquiera alguien que les decía que por lo menos respetasen al muerto.

En vez de enfadarme, me empecé a reír muchísimo, como una loca. El odio y el asco que me tenían eran enormes y tan comprensibles. Yo hice mucho daño y sufrimiento a tantos que ni siquiera recuerdo y no paré. Y no había nadie que podría recordar una cosa buena, aunque fuera pequeñísima, de mí. Malia es una excepción, por cierto.

Me era tan gracioso que mi existencia fuera solo eso, un mal recuerdo para los demás; y que todos esos capullos, al creer que estaba muerta, no dejaba de soltar sus mierdas muy valientes contra mí. ¡Qué cara se le pondría, al ver que yo no estaba en el infierno, que sigo aquí!

Tal vez, reía para no llorar, al darme cuenta de que había perdido gran parte de mi vida convirtiéndome en algo peor que las ratas y no conseguí nada de nada, solo ser odiaba por todos. Tras esas risas, escondía un gran enfado, que podría explotar como si fuera un volcán.

Después de reír maniáticamente, decidí apagar el ordenador y irme a dormir, antes de golpear el sofá de una patada y ponerlo patas arribas. Eso dolió mucho y creo que me partí una uña o el dedo mismo, pero no le di mucha importancia. Solo quería olvidar de que existía por un buen rato.

Aunque me la pasé, insultando mi propia existencia.

Al día siguiente, todo volvió ser como el anterior. Rezar a la doncella, hacer y decir tonterías, trabajar en régimen de semi-esclavitud. Esperaba que la maldita de Elizaberth me llamara de una vez y me dijera algo, pero no tuve ni un mísero mensaje de publicidad. Volví a casa toda reventada y me acosté maldiciéndolo todo.

Y el día que le siguió, pasó lo mismo. Y estaba quemada y harta de tener que soportar aquella mierda de secta. ¡Sí, solo pasaron unos pocos días y ya estaba harta de ellos!

Al volver a casa, la maldita de Elizaberth por fin me llamó. Pero tuvo que hacerlo en el momento menos indicado, mientras estaba cagando. Tuve que limpiarme rápidamente el culo y salir con los pantalones bajados, para coger el maldito teléfono:

-¡Por fin has llamado! ¡¡Has tardado demasiado, maldita!!- Eso grité como loca, sin revisar si era realmente ella u otra persona.

-Ni siquiera me saludas…- Y lo era, porque aquella voz de presuntuosa y d perra era totalmente reconocible.

-Eso da igual. Dame la maldita información, ¡rápido!- Eso me daba igual, porque no quería hablar con ella y deseaba terminar lo más rápido posible.

-¡¿Qué información, de qué hablas!?- Y se puso a cachondearse de mí la muy hija de perra.

-No te pongas burlona conmigo ahora, que estoy que reviento.- No tenía ninguna ganas de soportarla.

-¿Hablas de información de un tal Roman Pilduski?- Ella entendió realmente y decidió ponerse en serio.

-Sí, de ese mismo puto.- Eso le respondí.

-Entonces, te diré que no lo he podido encontrar mucha información.- Eso me dejó boquiabierta.

Después de todo, ella tenía el poder de descubrir, ya sea con métodos legales e ilegales, toda la información de alguien. Por tanto, no me podría creer eso.

-¿¡Cómo!?- Hasta solté esto, totalmente sorprendida.

-En verdad, no hemos podido acceder a los datos del único Roman Pilduski que hemos encontrado viviendo en Springfield. Está restringido casi todo, cómo si al estado no le interesa enseñar lo que saben de él. En realidad, ocultan algo, ellos y ese hombre.-

Al parecer, aquel Roman Pilduski estaba metido en asuntos tan siniestros que incluso afectaban directamente al todopoderoso Estados Unidos. Eso me fastidió muchísimo, pero sentí que ella sabía algo más

-Pero sabes que está viviendo en Sprigfield, debe haber más.- Y empecé a insistir.

-Solo su dirección y que es soltero, con dos hijas gemelas.- ¿Eso era todo? No, ella me estaba ocultando más cosas. De eso estaba segura.

-¿Y no puedes conseguir más?- E intenté insistir más.

-Tardará semanas e incluso meses, creo yo. Habrá que chantajear y amenazar a unos cuantos y me da pereza.-

No quería esperar tanto tiempo, deseaba saber quién era ese tipo rápido y le dije esto:

-Puedo sacarles la información a puñetazos. Así será más rápido.- Eso iba incluso también para Elizaberth, que sabía perfectamente que esa perra me ocultaba cosas.

-¿No será más fácil que te acerques a él? Después de todo, sé que es sacerdote de una “iglesia” de esa fastidiosa secta.-

¿Fácil? Será para ella, porque no deseo acercarme a ese maldito capullo.

-¡¿Quieres que me acerque a ese chalado!?- Y se dije bien claro.

-Recuerda que tienes que subir puestos, debes hacerte su segundo a bordo a toda costa y de ahí quitarle el puesto.- Y por desgracia, no tenía elección.

Tras eso, hubo una pequeña pauta entre nosotras, mientras pensaba que lo mejor era dejar de preguntar y dejarle claro que me ocultaba cosas sobre ese tipo:

-Sé que me ocultas más cosas, pero por el momento, me quedaré callada.-

Se lo dije con toda la chulería del mundo, para mosquearla, pero por lo contrario, ésta se puso a reír de mí:

-Si eso piensas, me importa bien poco. El caso es que tienes que hacerle la pelota a ese personaje. Y en un tiempo razonable.-

Y con esto dijo colgó, dejándome claro quién era la más chula de las dos. Me puse de muy mala leche y empecé a maldecir su existencia, y de la puta secta y del capullo del Roman ese; y de todo lo que existe, en general. Los insultaba mientras rompía histéricamente todo lo que veía. Cuando me tranquilicé y dejé de hacer la burra, me fui a la cama, me acosté y empecé a pensar.

¿Quién era Roman Pilduski? Esta mierda de pregunta no dejaba de aparecer en mis pensamientos, mientras sentía que había en aquel capullo que me recordaba a mí. No sé lo que era, pero lo negaba sin parar. No quería que mi consciencia diera un paralelismo con un payaso como ese y yo.

FIN DE LA CUARTA PARTE

 

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