Centésima cuarta historia

La Doncella del cielo de la buena fortuna: Tercera parte, centésima cuarta historia.

Por la tarde, para desahogarme por todo lo que pase en el rito de iniciación, me fui a la casa de Malia, para visitarla. Por alguna razón, estar allí con ella, me ayudaba a olvidarme por unas horas de los problemas que tenía.

-¡Buenas tardes, Lafayette!- Eso me saludó muy contenta, tras abrir la puerta y verme.

Yo también me alegré de poder verla, pero intenté disimularlo, soltando de la forma más antipática esto: -Igualmente.-

-Me alegra mucho de que hayas venido. Hacía tiempo que no pasabas por aquí y me tenías algo preocupada.- Y eso me decía, mientras entraba en su casa y nos dirigíamos hacia su pequeño salón.

Me entraron ganas de decirle que en anteriores días iba a su casa a visitarla, pero nunca estaba, ya sea porque estaba trabajando o ayudando a unos muertos de hambres. Mejor decidir soltar otra cosa:

-Si yo fuera tú no estaría tan contenta, pero en fin,…- Eso le repliqué a continuación, ocultando la vergüenza  y la felicidad que me produjeron esas palabras.

No entendía cómo alguien como ella podría alegrarse de que viniera una perra tan desagradable como yo. Pero, sentir que alguien te echaba de menos es una bonita sensación, tengo que reconocerlo.

-No digas eso, por favor.- Y ella molesta, me soltó eso, como si me fuera a regañar por lo que dije. Pero luego, se quedó mirándome fijamente y añadió esto: -Por cierto, ¿has dormido bien estos últimos días?-

-¿Por qué preguntas eso?- Eso le decía consternada, mientras ella miraba mi cara fijamente.

-Pues no te ves bien, la verdad…- Me respondió.- Tienes unas enormes ojeras en la cara.-

-He estado un poco molesta por diversas cosas.- Y eso dije a continuación, mientras le tapaba los ojos durante unos segundos, para irme al sofá a sentarme y tocarle mis parpados para ver si estaban tan mal como se veían.

-Entiendo.-Lo decía muy preocupada. -Espero que no sea muy grave.-

Puso una enorme cara de preocupación y seguramente estaba pensando que yo seguía haciendo cosas malas o estaba viviendo muy mal. Creo que ella tenía que llevar un tiempo pensando en qué estaba haciendo yo y cómo estaba viviendo, pero jamás se atrevió a decirme algo. Eso me parecía muy estúpido de su parte pero tampoco desearía que supiese la verdad. Así que eso era lo mejor para mí.

-Tonterías…- Y eso le dije, para que no pensará en eso.

-Ya veo.- Aunque, no lo estaba consiguiendo. -Por lo menos, espero que no estés metiendo en problemas.-

Y me tuve que levantar, acercarme a ella y empezar a hacerles cosquillas, sin parar, para hacerla olvidar el tema:

-¡No te pongas así, que he venido para que me levanten la moral, no para bajármela!- Mientras le decía esto de forma burlona.

-¡P-para, Lafayette, por favor!- Me suplicaba desesperadamente. -¡D-deja de hacerme c-cosquillas!- Pero yo no tengo piedad y estuve casi dos minutos haciéndola reír.

Pero ella, cuando me cansé de hacerla reír y la dejé, decidió contraatacar:

-¡Ahora es mi turno!- Eso me decía, mientras se abalanzaba hacia mí e intentaba hacerme cosquillas. Pero estuvo un buen rato intentándolo y no me soltó ni una risa.

-¡Mi venganza no se ha podido cumplir!- Eso dijo entre risas y un poco desilusionada, después de dejar de tocarme.

Y no sé por qué, pero empecé a reírme como loca tras escuchar sus palabras. Tal vez fuera porque, para mí, aquella escena era bastante surrealista en mi vida. Es decir, yo, la misma chica cuya infancia y adolescencia se la pasaba haciéndoles daños a los demás para sentirme mejor; jamás, creería que le hiciera cosquillas a otra persona, de una forma tan amistosa.

Después de eso, empezamos a hablar de varias cosas. Sí, mantenían conversaciones normales y agradables. No sé cómo lo hacía ella, pero siempre conseguía sentirme como alguien normal, y no en una perra condenada a ser la sicaria de una niñata que gobernaba un puto país.

Y la tarde pasó volando y cuando me di cuenta, ya era de noche y Malia me estaba haciendo la cena. Entonces me acordé de que te tenía que decirle algo importante.

-Ah, por cierto…- Aunque me daba mucha corte.

-¿Qué quieres?- Eso me decía, mientras estaba sacando los platos. -Si es por la cena, ya está casi lista.-

-No es eso…Me gustaría decirte algo.- Lo de preguntar si la cena estaba lista, no era necesario porque podría saberlo a primera vista.

-¿Él qué?- Y me preguntó algo curiosa.

-Pues bueno, estaré un tiempo sin venir por aquí. Tal vez, unos meses.-

No eran órdenes de la perra de Elizaberth ni nada parecido, pero creo que venir a su casa mientras estaba en mi misión, podría ponerla en peligro. Así que lo mejor era mantenerme lejos hasta terminar con la puta secta.

-¿Por qué, ha pasado algo grave?- Y Malia puso una cara de muchísima preocupación. Por eso, me daba corte decir eso porque ella pondría aquella reacción.

-¿Crees qué te lo puedo decir?- Eso le solté, dejándole claro que no podría contárselo.

-Entiendo.- Por lo menos, ella se resignaba bastante pronto. -Me gustaría saber qué estás haciendo últimamente, la verdad.-

-Es un secreto.- Eso le solté, con una sonrisa. -Tal vez, te lo diré algún día.- Eso fue una mentira, porque me mataría antes de decirle la verdad, de que estoy actuando como una sicaria y mis manos están manchados de sangre. Se daría cuenta de que no me había salvado y haría alguna locura de las suyas.

Tras cenar, pensaba irme pero ella no me dejó irme, convenciéndome de que me quedará en su casa aquella noche. Tuve que aceptar eso, pero con la idea de salir de su casa en plena medianoche. Algo que hice.

-Bueno, supongo que ya es hora de irme.- Eso me decía, mientras me levantaba de la cama de Malia, quién instó que durmiera ahí en vez de hacerlo en el sofá.

Y tras levantarme con cuidado de la cama, me acerqué al sofá, en el lugar en dónde Malia dormía plácidamente, mientras estaba tapada con una manta que parecía muy infantil. Me quedé observando su rostro dormido, iluminado por la luz de la luna.

Me sorprendí bastante al ver aquel rostro porque jamás pensé que Malia se viera tan linda y hermosa. En cierta forma, me quedé embobada. Sus ojos, cuyo azul verdoso me recordaba el mar, su pequeña nariz y puntiaguda, su blanca piel. Bueno, todo eso me dejó abobada y por primera vez en mi vida me sentí cursi y me entraba ganas de potar por ponerme así. Sentí como se me aceleraba el corazón con cada segundo que la observaba.

-¿Pero en qué estoy pensando?- Eso me pregunté en voz baja, mientras me quitaba de la cabeza todas esas tonterías. -¡Qué estupidez!- Añadí molesta y algo roja por aquellos pensamientos, los cuales no entendía muy bien que eran realmente pero me estaban avergonzando por otra razón desconocida para mí.

De todos modos, lo mejor era irse lo más rápido posible de allí sin que ella se diera cuenta. Aunque, antes de cerrar la puerta de la entrada, dije esto en voz baja: -¡Buenos noches, Malia!-

A continuación, me dirigí hacia mi casa tranquilamente, mientras veía las escenas nocturnas que me ofrecía esta estúpida cuidad y con pocas ganas de ver los rayos del sol del día siguiente. No quería ni imaginarme volver a ese antro de idiotas llamada secta.

Al día siguiente, volví a aquella maldita biblioteca. Tras entrar, aquella perra que estaba en la recepción me vio y se levantó con toda la felicidad del mundo para darme un abrazo.

-¡Bienvenida a tu casa, nuestra querida Will Smith!- Eso me dijo, mientras se atrevía a tocarme.

-¡¿Oye, qué haces!?- Eso le gritaba boquiabierta, mientras me la intentaba quitar de encima. Por nada del mundo quería recibir un abrazo de esa arpía.

-¡Pues darte mi bienvenida, mi querida hermana!- Tenía ganas de partirle la boca por llamarme hermana.

-Ok, ok. ¡Suéltame de una vez, ya he recibido la bienvenida!- Eso le grité, bastante irritada.

Y ella me soltó, mientras me decía en tono amigable y sin tomarme en serio que yo era demasiado fría con su hermana. Tenía ganas de gritarle unas cuantas cosas y de darle un puñetazo, pero decidí aguantarme e irme hacía dónde estaba, ignorándola totalmente. Espero que eso le sintiera muy mal.

Al volver a entrar en aquel salón fui recibida por el humo, pero no había nada, salvo aquel gurú con su típica sonrisa siniestra. Aquel tipo estaba leyendo tranquilamente algo y cuando notó mi presencia, se levantó.

-¡Bienvenida, hermana!- Casi me iba a dar un abrazo.

-¡Para el carro!- Y le detuve interponiendo una distancia considerable entre él y yo con una mano.

Éste se puso a reír, mientras me decía que no debía ser tan fría. Para callarle, le solté esto: -Solo es que no me gustan esas cosas…-

-Entiendo, entiendo…- Eso me decía entres leves y molestas risas. Deseaba tanto darle un buen puñetazo.

-¿Y bueno, dónde están los demás?- Y eso pregunté a continuación, mientras observaba el lugar.

-Hace rato que se fueron.- Los maldecía por haberme dejado sola con aquel tipo.

-¿Por qué?- Me senté en el sillón.

-Porque tienen trabajos y vidas horribles que atender, por desgracia.- Y éste también hizo lo mismo, a mi lado.

-¿Y tú, no tienes nada que hacer?- Eso le pregunté, mientras me alejaba de él.

-No, por ahora no.- Y menos mal que no se movió ni un centímetro.

Entonces, vino un silencio bastante incómodo y bastante molesto entre nosotros dos que duró varios minutos. Llegó al punto que deseaba que él dijera algo, y eso que al principio lo que menos quería era mantener una charla con ese subnormal. Así de fastidioso llegó a ser eso, algo que no me podría ni creer. Le miraba discretamente con ganas de gritarle que me dijera algo, mientras no dejaba de cambiar de posición por lo nerviosa que me estaba poniendo aquello.

Al final decidí hacerlo yo, harta de tanto silencio, y le iba a soltar cualquiera cosa que se ocurriría. Y cuando lo iba a decir, aquel payaso abrió la boca y me dijo esto:

-¿¡Quieres qué te invite a un café!?- Eso me preguntó amablemente.

Sentí que se burló de mí, al soltarme eso cuando le iba a decir algo, como si hubiera provocado el silencio incómodo a propósito. Le quería mandar a la mierda, pero me controlé y acepté su maldita invitación.

Tras salir de ahí, fuimos a la cafetería más cercana al lugar, en una muy cutre y pequeña que tenía camareros, gordos, feos y con acentos estúpidos de países remotos. Nos sentamos en una esquina y veía suciedad en ella, con la mesa coja y unas feas sillas de madera que parecían estar medias podridas.

Todo eso me daba mala espina sobre la calidad del antro en dónde habíamos entrado. Pero mis sospechas me lo confirmaron cuando tome el expreso que pedí.

-¡Qué asco! ¿¡De verdad es esto café!?- Eso grité después de tragarme algo de ese líquido asqueroso y escupirlo. No sabía a café, sino a pura mierda.

-Pues a mí no me parece nada malo, hermana.- Eso me respondió el capullo ese, mientras tomaba el café como si fuera una delicia. Creo que haber estado tanto tiempo en la secta le ha afectado todo, hasta el mismo paladar.

Pero había una cosa que me molestaba especialmente.

-¿Puedes dejar de llamarme hermana?- Estaba mosqueada. ¿Por qué esos idiotas se pusieron a tratarme como si fuera su familia? ¿Por qué?

-¿Te molesta?- Eso me lo dijo con una puta sonrisa, como si no daba cuenta de que yo tenía una cara de ira que decía claramente que me molestaba, me fastidiaba, en todos los sentidos. ¿Era idiota o qué?

-¡Sí!- Y se lo dije lo más claro posible con un gran chillido, para ver si enterase de eso.

-¡Qué directa eres, eh!- Y se lo tomó a bromas, el muy capullo. -De todas formas, ya te acostumbrarás.- Y dejándome muy clarito que me iba a seguir llamando así, porque le salía de los huevos.

Tenía ganas de partirle la boca, porque no quería por nada del mundo que unos subnormales sectarios me tratasen como parte de su enferma familia, pero me contuve y tenía que cambiar de tema rápido.

Pero el muy puto otra vez se me adelantó y me preguntó esto:

-Por cierto, ¿trabajas en algo?-

Aparte del mosqueo que me producía el hecho de que me adelantase cuando quería hablar primera, me quedé en blanco, preguntándome qué podría decirle. Así estuve por unos cuantos segundos.

-Pues sí.- Finalmente, decidí soltarle esto. -No te diré de qué se trata.- Y de la forma más borde posible.

Era una buena respuesta y no me arrepiento de haberla usado.

El muy puto me soltó esto, entonces, sin borrar de su cara su fastidiosa sonrisa:

-Eso no está bien, hermana. Somos familia, debemos contarnos todo.- Casi le iba a decir que se fuera a la mierda. -Por ejemplo, yo te lo diría, si tuviera alguno. Estoy desempleado, por ahora.-

Eso me lo decía, mientras terminaba de tragar ese asqueroso café y empezará a jugar con el vaso. No me importaba ni una mierda si él estuviera desempleado pero había algo que me pareció curioso.

-¿Y no te pagan en la iglesia o cómo se llame eso?- Debía de pagar mucho para actuar como un gurú y hacer el idiota con los de la secta.

-No, eso sería una deshonra para nuestra Doncella. Yo lo hago altruistamente, a favor de mis queridos hermanos.-

Pero al parecer, éste tipejo era un verdadero idiota. ¿Quién se volvería un gurú de idiotas gratis? ¡Es una cosa de subnormales! Y lo más gracioso es que lo decía como si fuera lo más hermoso del mundo, con una sonrisa y unos ojos llenos de felicidad. Pensé al verlo que su cerebro ya estaba descompuesto.

-Oh, genial.- Ironicé mientras luchaba contra mí misma para no ponerme a reírme histéricamente de él.

Entonces, el chalado éste se levantó de su silla y empezó a decir en voz alta subnormalidades, extendiendo los brazos hacia al techo y con una cara de drogado feliz que daba mucha vergüenza ajena.

-Realmente, estoy muy feliz. Ser parte del plan de nuestra Doncella es lo más hermoso que me ha pasado. Y esto solo será el principio, hermana. ¡La tierra de las personas felices está cerca de nosotros! ¿Tú también estás feliz?-

Todo el mundo nos miró, boquiabiertos al ver cómo ese patán empezó a alucinar. Yo me quería morir de la vergüenza y deseaba alejarme de aquel chalado a toda velocidad.

Pero, por desgracia, tenía que aguantarlo y seguirle el rollo. Todo sea por el puto trabajo.

-Sí, muy feliz.- Eso le dije con toda la irónica del mundo. Y parecía que el puto iba a seguir con sus tonterías.

-La doncella ilumina nuestras vidas.- Eso soltó, antes de sentarse y quedarse unos pocos segundos en silencio. Luego, soltó estas palabras con una cara muy preocupada:

-Aunque hay algo que me preocupa…-

-¿El qué?- Eso pregunté, solo por decir algo.

-Mis hijas…- No debería sorprenderme, pero lo hice. Ese capullo tenía hijas, que deberían estar soportando día y noche las tonterías de su papá. Realmente, no me gustaría estar en el lugar de esas tipas, hasta me dieron pena.

-Ah, ¿y qué pasa?- De todos modos, oculté mi sorpresa mientras decía estas palabras con actitud de supuesta indiferencia.

-Son gemelas y son niñas muy lindas, pero no quieren estar junto a mí y con la Doncella. Solo desean estar con sus amigas, desviándose del buen camino.- Eso lo decía, totalmente destrozado y triste.

-¿Y pasa algo?- Eso dije con indiferencia, mientras me decía mentalmente que eso era bien lógico.

 

¿Por qué? Pero si es muy fácil saberlo. ¡Porque esas niñas tenían sentido común, no como su papá! Nadie en su sano juicio se acercaría su padre, después de ver que está con una legión de chalados; ni menos de seguir sus pasos.

Por su parte, nuestro chalado de turno, seguía hablando sobre su gran desgracia:

-Si siguen así, no podrán salvarse. Se quedarán en este planeta de mala muerte, sufriendo por toda la eternidad.- Eso parece mejor plan que matarte junto con un montón de idiotas que creen que suicidarse les llevarán hacia a la tierra de las personas felices, si les digo la verdad.

Entonces, pensé en darle un consejo útil y necesario a aquel pobre hombre:

-Si eso es lo que quieren, pues déjalas, ¡qué se jodan!- Fue lo mejor que pude haber dicho en toda la mañana.

Pero bueno, lo gracioso es que él se va a joder será el papá, no sus hijas. Ellas solo siguieron su sentido común.

Y éste reaccionó a mis palabras: Levantarse de la silla de un golpe, incapaz de creer o asimilar mi consejo; y gritarme esto:

-¡Pero son mis hijas, son mi misma sangre…!- Dejó su sonrisa para poner una cara de enfado. Luego, se dio cuenta de lo que estaba haciendo, se sentó y se tranquilizó, añadiendo esto: -Debemos perecer…digo, salvarnos juntos.-

Y así se cortó nuestra conversación, de una forma muy repentina. Éste estaba con una cara de molestia que me producía algo de felicidad, ¡por fin le quité esa fastidiosa sonrisa de la cara! Pero había algo que me extrañó, sus palabras, por alguna razón

¿Qué quería decir con que deberían perecer? Bueno, era bien obvio que se deben suicidarse para alcanzar ese planeta imaginario, pero lo decía cómo si sabía bien que se iban a matar y de que quería llevar a sus hijas con él. No sé, eso me dejó pensando, pero entonces algo distrajo la atención de nuestro gurú. Era la tele y estaban echando unas noticias urgentes.

FIN DE LA TERCERA PARTE

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