Centésima cuarta historia

La Doncella del cielo de la buena fortuna: Octava parte, centésima cuarta historia.

El sol estaba empezando a salir, iluminando aquel pasillo en dónde era conducida hacia al lugar que me iban a retener en las próximas horas. Los muy tontos que me llevaban hacia aquel lugar, no tuvieron la buena idea de atarme las manos. Solo creían que con tener las pistolas sobre mi espalda era necesario para detenerme. Mejor para mí. Mientras caminábamos con total lentitud, en mi mente se estaba formaba un plan.

-¡¿Y ustedes qué van a hacer!?- Entonces, empecé a hablarles a aquellos desgraciados, amistosamente. ¡¿Irán a la tierra de las personas felices, después de mí!?- Para hacerlos bajar de guardia.

-Pues claro que no. Solo nos contrataron para retenerte. No vamos a ser tan idiotas como para suicidarnos con todos esos chalados.- Y ellos sin saber mis verdaderas intenciones, me contestaron.

-Oh, ya…- Di unas risas. -Es verdad, ¡hay que ser idiota para tener que meterme en una secta!-

-¡¿A qué sí!? ¡A esos bobos le deben haber esquilmado todo lo que tenían, hasta el último centavo!- Me dijo el de la izquierda.

-¡De verdad, hay que ser estúpido!- Añadió el de la derecha. -¡Pero, muy estúpidos!-

Entonces, ellos empezaron a reír muy alto, olvidándose el hecho de que me estaba reteniendo. Totalmente inmersos en sacar sonoras carcajadas, habían bajado sus pistolas, mirando al suelo y no a mi espalda. Y aproveché aquella oportunidad. Con toda la rapidez del mundo, le di al idiota que estaba a mi derecha una buena patada en toda la boca, que le rompió la nariz y unos cuantos dientes y lo dejó inconsciente. El de la izquierda, intentó alzar la pistola contra mí, pero no le dio tiempo. Le dio un enorme codazo en toda la barbilla y cayó al suelo. No le dieron ni tiempo para gritar.

La verdad es que ni siquiera podrían gritar algo, los deje K.O.

-¡Realmente, vosotros también sois igual de estúpidos que aquellos idiotas que se quieren matar!- Le gritaba, con una voz burlona y una sonrisa propia de un monstruo como yo. -¿Verdad?-

Por supuesto, no me respondieron y yo cogí las pistolas que le cayeron al suelo, mientras me ponía a reír como loca.

Luego, me entraron ganas de darles un tiro a los dos, pero entonces recordé las palabras de Elizaberth, que debería evitar víctimas en la medida de lo posible.

-¡Qué molestia, de verdad!- Protesté irritada, después de estar señalándolos con las dos pistolas que les quité durante un buen rato.-Eso lo hace muy difícil.-

Al bajar las pistolas y esconderlas entre mi ropa, empecé a moverme con mucha rapidez, buscando una salida hacia al exterior. También tenía que hacerlo con cuidado, para que nadie me viera. Con cada pasillo que veía, miraba por todos lados para ver si estaba desierto y luego me ponía a correr hasta la siguiente. Si notaba que alguien se acercaba yo iría por otro lado o volvía por mis mismos pasos.

Tras perder el tiempo inútilmente en dar vueltas para que no me pillaran, pude bajar la primera planta y llegar a la sala en dónde estaba la puerta principal. Entonces, alguien se interpuso entre la salida de aquel estúpido lugar y yo.

-¡¿Crees que puedes escapar así cómo así!?- Eso me gritaba, mientras se ponía delante de la maldita puerta y cruzaba los brazos, mirándome fijamente. -¡No te dejaré marchar!-

Era aquella vieja sirvienta que estaba sirviendo a la maldita Doncella, y la maldita se creía capaz de luchar contra mí.

-¡Vaya hospitalidad que tienes!- Eso le repliqué desafiante, mientras preparaba mis puños para golpearla y darle lo más fuerte posible.

-He llevado este trabajo por mucho tiempo, así que es normal…- Ella también se estaba preparando para luchar, o eso daba la impresión.

-Pues bueno, ¡tu servicio es pura basura y me iré de aquí!- Entonces, decidí dar el primer golpe y me acerqué rápidamente hacia esa vieja desgraciada, mientras levantaba mi puño para romperle lo que le quedaba de dentadura.

La maldita no se movió ni un centímetro y cuando la alcancé e iba a darle el golpe de su vida, esquivo su cabeza hacia un lado como si fuera todo un profesional y me dio una patada en todo el estomago. No era tan debilucha como parecía y yo di unos cuantos pasos hacia atrás, mientras esa me decía esto, con una voz llena de determinación y valor:

-Las órdenes de la Doncella son claras, no dejarla pasar…- Y se puso en posición de ataque, antes de lanzarse hacia mí como si fuera un maldito tigre.

Y yo me reí, preparada para darle la paliza de su vida y escapar lo antes posible. Por eso le grité desafiantemente y me lancé hacia ella: -¡Pues entonces, lo haré por la fuerza!-

Ella intentó lanzar un puñetazo contra mi cara, pero yo lo esquivé por poco, agachándome y levantarme rápidamente para hacer que mi cabeza golpeará violentamente con su bardilla. La maldita desgraciada no pudo esquivarlo a tiempo y cayó al suelo. Aproveché el momento para ir directa hacia la puerta.

-¡No vas a escapar tan fácilmente!- Pero, la vieja esa, sin levantarse del suelo, cogió mi pierna y me tiró al suelo, mientras me decía tal cosa.

Le di una patada en toda la cara y me levanté, pero entonces, un montón de idiotas aparecieron de todos lados, preparados para atacarme y bloqueando la puerta. Creo que era más de quinces personas, que se lanzaron hacia mí, mientras me gritaban:

-¡Hay que eliminar el mal!- Estaban llenos de ira, como si les hubiera hecho algo.- ¡El mal que impide nuestro viaje hacia al planeta de las personas felices!-

-¡Muere monstruo!- No dejaban de decir aquellos hermosos elogios.-¡Muere desgraciada!- Mientras desesperadamente intentaba atacarme y golpearme. -¡Los demonios no sabotearán nuestro viaje!-

Algunos lo hacían con las manos desnudas, otros me atacaban con algunas armas improvisadas, pero yo los esquivaba bien rápido y les daba buenos golpes, que hicieron llorar o incluso desmayar a algunos. Pero lo gracioso es que me intentaban golpear con toda su furia, como si yo les hubiera hecho algo a algunos de ellos.

-¡Por tu culpa, el banco se quedó con mi casa!- Y llegaban a decirme que era mi culpa.

-¡Por tu culpa, mi vida ha sido puro sufrimiento!- De cosas que ni tenían nada que ver conmigo.

-¡Por tu culpa, el hombre de mi vida me abandono!- Como si fuera la culpable de todas sus desgracias.

Sentía como si todos ellos estaban siendo controlados por control mental o algo parecido, porque aquello no era normal. O eso, o estaban usándome como el objetivo de sus frustraciones.

-¡Déjenme en paz, idiotas! ¡Me importa una mierda lo que les pase! ¡Qué os jodan, a todos!- Y eso les gritaba sin parar, mientras intentaba despejar un camino hacia la puerta. Algo que se me estaba haciendo imposible, porque la vieja esa, no les paraba de decir que lo protegieran con sus vidas.

-Este el poder de la muchedumbre. Son fáciles de controlar. Si están furiosos, irán por el primero al que le señalen como culpable.- Y además dijo estas palabras a voz alta y todo el mundo ignoró aquella frase, más ocupados en golpearme que en escucharla.

Era imposible luchar con tantas personas de esta forma, porque no podría concentrarme, ni poder sacar una de las pistolas para usarlas. Tenía que esquivar una y otra vez golpes que venían de todas direcciones. Necesitaba otra forma de escapar, porque no podría hacer que se quitarán de la puerta. Entonces, vi una de las miles ventanas que tenía la sala.

-¡Quitaos del medio!- Eso les gritaba, mientras me introducía entre la muchedumbre, directa hacia ahí.

¿Por qué no me di cuenta antes? Sé que era disparatado, pero era mucho más rápido que salir por la puerta: Saltando por la ventana.

-¡¿Pero, adónde va esa!?- Eso grito la maldita vieja, antes de que se diera cuenta de lo que iba a hacer.

Pensaba tirarme de cabeza a la ventana y, como si fuera una película de acción, romperla con mi propio cuerpo. Pero eso me llenaría de heridas y tenía cristales incrustadas por todas partes. Por suerte, vi una silla, junto a una pequeña mesa; la cogí y la tiré contra el cristal, que se rompió en mil pedazos.

-¡¿Sabes cuánto cuesta esos cristales!? ¡Has roto millones de dólares!- Gritó conmocionada la vieja al ver eso. Yo ignoré eso, solo salté por la ventana y corrí sin parar, dirigiéndome hacia un lugar en dónde podría esconderme y estar a salvo.

Corrí todo lo rápido que pude hasta la primera aglomeración de esas feas casas de madera y me escondí, sin darme cuenta de que a mi lado estaba una puerta de una de esas estúpidas edificaciones.

-¡¿Y ahora qué!?- Me preguntaba desesperadamente.-¿¡Cómo podré parar esta estupidez!?-

No tenía ni idea de cómo parar aquel suicidio colectivo, porque estaba en el peor de los escenarios posibles; y yo tenía que cumplir esta maldita misión, fuese como fuese, ¿pero cómo?

Mientras estrujaba mi cabeza sin parar en busca de un plan milagroso, la puerta que estaba a mi lado se abrió, haciéndome cuenta de su existencia y de que había metido la pata hasta al fondo. De eso, salió una mujer, quién alertada por los gritos de la gente de la mansión que salió a buscarme; y se quedó mirándome muy sorprendida.

Al ver su vestido largo, que llegaba hasta sus tobillos, y antiguo, que parecía de los años del viejo oeste; más su feo sombrero y el velo que sin razón aparente le tapaba la cara; me dieron la idea que necesitaba:

-¡¿Quién es usted!?- Me preguntó en ruso, totalmente aterrada; mientras yo, con una sonrisa diabólica, le decía esto:

-¡Eso da igual!- Le grité en mi mal ruso.-¡Ahora necesito tu vestido!- Y salté sobre ella, metiéndola en la casa y tapado su boca para no gritarla.

¿Y para qué hice eso? ¿¡No es bien obvio!? Con esa estúpida ropa, podría ocultarme perfectamente entre ellos y fastidiar el momento en que decidan hacer el suicidio colectivo. Ese era el plan, algo cutre y lleno de agujeros, pero lo único que se me pudo ocurrir.

Tras decirle a la chica que la até con cuerdas que encontré en su casa las gracias, salí de su casa. Al momento, se me cruzaron dos idiotas que me preguntaron si había visto a alguien, que obviamente era yo. Les dije que no con la cabeza y esos estúpidos de mierda ni se dieron cuenta de mi disfraz. Casi me dio ganas de burlarme de esos compulsivamente, pero me tuve que controlar. Tenía que alejarme de esa casucha con toda la rapidez del mundo y buscar el lugar en dónde se iban a matar.

Con los rayos de sol subiendo por el cielo, todos habían salido de sus casas. Mientras cargaban mochilas de todo tipo, se dirigían hacia un sitio concreto, llenos de felicidad y alegría. Algunos incluso cantaban odas a la Doncella. Toda esa gente, cientos de personas; creyendo que iban a ir al paraíso, sin saber el verdadero destino que le habían preparado; provocaba una escena que resultaba tan irónica, hilarante y paradójica que me hacían sentir muy extraña, sin saber muy bien si tenía que reír o llorar. De todas formas, les seguí porque sabía perfectamente a dónde estaban yendo.

Y así acabé en una maldita y enorme cola que duró horas, peor que las de un concierto de algún puto cantante famoso. Ni siquiera entendía por qué estábamos esperando en primer lugar y menos que yo estuviera aguantando eso.

-¡¿Qué mierda les pasa!?- Eso les grité, cuando me harté de tanto esperar. -¡¿Por qué estamos haciendo fila!?-

-¡Hay que entrar en orden, así es cómo lo ordeno nuestra Doncella!- Eso me decía uno y otro añadió: -Si no haces lo que ella diga, no irás al planeta de las personas felices.-

-¡¿Ah, sí!?- Les repliqué molesta.-¡Pues que os jodan!- Y yo empecé a atravesar aquella enorme cola a grandes pasos, pasando entre las miles de personas que esperaban pacientemente su turno. Al darme cuenta de que lo más fácil era salir de la cola y dirigirme directamente hacia aquel lugar, me maldije fuertemente por hacer algo tan agotador e inútil; salí de ahí. Desde ese punto, corrí todo lo que pude hasta llegar al otro lado de la finca, que no era para nada pequeño.

Y ante mis ojos, veía cómo la gente se metía en un edificio parecido a una nave industrial, que tenía un aspecto realmente cutre, con sus muros de ladrillos grises y su cubierta de metal barato. Supe al momento que ese era el lugar en dónde iban a celebrar el fin de sus vidas.

Al llegar a la entrada, había un montón de gente esperando para que le dieran permiso para entrar. Estaba siendo vigilado por unas personas que llevaban armas sobre sus brazos. Sin que se dieran cuenta de mi presencia, yo me escondí entre los árboles, que habían un montón rodeando a aquel feo edificio e intenté mirar por atrás, por si había alguna puerta trasera.

 

Y menos mal que encontré uno, cuyo al lado inexplicablemente habían motocicletas con las llaves puestas. Cogí una, e iba hacerlo con las demás pero no pude hacerlo porque tuve que esconderme de unos payasos salieron por la puerta. Por culpa del nerviosismo, perdí una pistola.

-¡¿En serio, hace falta ponerlas por aquí!? ¡No es un buen sitio para escapar con la moto!- Eso protestaba uno de ellos mientras se fumaba un cigarrillo.

-¡Pues claro que sí, que si el que nos paga lo ve, nos lo rompen!- Y eso le decía el otro, antes de ponerse a darle mimos a su moto. No, era mucho más perturbador, no le dejaba de llamar a la motocicleta “Claudia” y de besarla sin parar.

-¡¿De verdad!? ¡No deberíamos habernos metido en esto!- Le ignoraba, mientras expulsaba el humo, con un gran suspiro de molestia.

Dudé si darles una paliza a esos idiotas y entrar en el edificio o esperar hasta que volvieran a meterse por unos cuantos minutos. Al final, decidí el más violento solo porque tenía ganas de zurrar a alguien, cuando ya se estaban preparando para introducirse de nuevo en el edificio. Me acerqué poquito hacia ellos, con el menor ruido posible.

-¡¿Has oído algo!?- Aún cuando se dieron cuenta, fue demasiado tarde.-¡Yo creo haber…!- Y el del cigarrito no pudo terminar la frase, le di una patada tan fuerte bajo la  bardilla que le dejó inconsciente, a pesar de lo difícil que era hacerlo con el maldito vestidito de mierda.

-¡¿Quién er…!?- Y sin dejar tiempo, me lancé hacia al otro, dándole un puñetazo tan fuerte en el estómago que vomitó y se desmayó.

-¡Vaya par de debiluchos!- Eso les decía burlonamente, mientras me sacudía las manos y les rompí la ropa para utilizarlos como cuerdas para atarlos. E incluso los moví de lugar para que dejaran espacio para poder escapar con la moto cuando llegase el momento, además de ocultarlos.

-¡Disfruten de su descanso, señores!- Eso les decía burlonamente, mientras me despedía de ellos y entraba en la puerta.

Lo primero que vi al entrar, fue un pequeño pasillo en forma de “l”, cuyo extremo terminaba en una habitación con una puerta de color rosa y el otro llevaba lo que parecía un gran espacio cerrado. Así mismo, estaba lleno de tantas cosas que apenas había espacio, pero era un golpe de suerte para mí ya que podría esconderme fácilmente.

Y eso fue lo primero que hice tras cerrar la puerta al exterior, porque oí como algunas personas estaban saliendo de la puerta rosa. Eran esos malditos dos, la Doncella y el puto de Roman; más la vieja sirvienta y otro tipo que no conocía para nada.

-¡¿Aún no le han encontrado!?- Eso les gritaba encolerizada la maldita Doncella, con una expresión molesta en su rostro.

-¡Lo siento, pero ella ha desaparecido cómo arte de magia!- Y aquella respuesta que le dio la vieja no ayudó mucho a mejorar su humor.

-¡Mierda, mierda, hay que encontrarla pronto!- Llegó al punto de patear sin parar el suelo con una pierna como si fuera una niña pequeña.

-¡¿Tanto te preocupa eso!?- Roman intervino con una expresión despreocupada. -¡No es cómo si esa hubiera huido de este querido paraíso!-

-¡Pues sí!  ¡No quiero que escapara! ¡Mi venganza, quiero mi venganza, por todo lo que me hizo…!-

Aquel grito de enfado por no conseguir que me atraparan de nuevo, hizo que Roman se pusiera fuera de sí y le diera un buen puñetazo en toda la cara. Ella cayó al suelo mientras se tocaba la mejilla en dónde la habían golpeado.

-Señorita…- La vieja rápidamente se acercó a ella para ver si estaba bien, mientras Roman le gritaba endemoniadamente:

-¡A mí no me levantes la voz, estúpida niñata!-

En ese momento me di cuenta de que el maldito de Roman no parecía tener ningún respeto hacia su “querida” Doncella. Es más, la trató como si fuera alguien inferior a él y por lo cual no tenía ni el derecho de gritarle de esa manera. Y ésta en vez de alterarse al ver que uno de sus seguidores le había tratado de esa manera, se contuvo y con lágrimas en los ojos, se levantaba mientras le pedía perdón:

-Lo siento mucho, de verdad. No era mi intención…-

Me quedé con la boca abierta, la Doncella era la líder de una maldita secta y el capullo de Roman uno de sus subordinados. Él no podría tratar así a su jefa y menos que ella se quedará inmune ante tal golpe. Algo raro había ahí.

Mientras tanto, aquel puto volvió a actuar como siempre y tras soltar unas risas, le dijo con una modesta sonrisa:

-Da igual, creo que se me ha ido un poco la mano. Solo ha sido eso. Jamás haría daño a mi querida doncella.- No hace falta decir lo irónico que sonaron esas palabras. -De todos modos, sé que aparecerá. No se irá de aquí, hasta que la fiesta esté a punto de comenzar. Por eso, debemos seguir con los preparativos.-

-Sí, por supuesto que sí.- La Doncella solo dijo esto cabizbaja, mientras entraba en otra puerta, para preguntarles a los que estaban dentro si estaba todo listo.

Mientras tanto, la vieja sirviente se quedó mirando a Roman con ganas  de matarlo.

-¡¿Y qué pasa, honorable señora!?- Y este se dio cuenta.-¡¿Por qué me miras con ese rostro!?-

-¿¡De verdad, quiere continuar con esta locura!?- Eso le preguntó de repente.

-¡¿Incitar a cientos de personas a morir!? Ese nunca fue mi plan, solo deseo que nos llevé a todos al planeta de las personas felices.- Eso le respondió, antes de ponerse a reír.

-¡Estás loco!- Exclamó la vieja. Entonces, Roman le miró con una sonrisa demente y le soltó esto como amenaza:

-Realmente, no deberías insultarme de ese modo, porque quizás haré que nos acompañé en nuestro querido viaje.-

Ella solo se pudo callar, incapaz de poder responderle de alguna manera. Luego, dos hombres salieron de la habitación, junto con la Doncella y la vieja.

-¡¿Está todo listo!?- Roman le preguntó a la Doncella esto.

-Sí, ya han mezclado las bebidas y las comidas con cianuro.- Y esto le respondió ella, con un rostro de culpabilidad.

Se quedó mirando al suelo por unos segundos, antes de llenarse de valentía y preguntarle al segundo de a bordo:

-¡¿De verdad, vamos a seguir con esto!?- Ella estaba temblando como un flan. -No sé, yo…-

Roman se acercó y con cara de pocos amigos le dijo: -¡¿Te estás arrepintiendo!?-

-No es eso…- Ella, totalmente aterrada, no pudo decir ni una palabras más.

-Da igual, porque este día hermoso será el principio de nuestro viaje.- Y el puto ese, abrió los brazos como si estuviera actuando en una obra de ópera.

Esta escena que estaba observando me hizo dar cuenta de la realidad. En cierta manera, aquel tipejo de Roman era el verdadero cerebro de este suicidio colectivo que había preparando.

Luego de eso, cerraron la puerta con llave, porque él no quería que nadie lo saboteara antes de que llegase la hora indicada para darles de comer a esas cientos de personas. Y volvieron a entrar en la puerta rosa, esperando a que entrasen todos los seguidores de la secta, ya que aparecieran en escena cuando se cumpliese esa condición.

Y como mi escondite era tan bueno que ninguno de esos idiotas se dio cuenta de mi existencia durante aquella conversación, yo decidí esperar pacientemente hasta que llegase la hora estelar, para fastidiarles la fiesta que estaban preparando.

FIN DE LA OCTAVA PARTE

 

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