Centésima cuarta historia

La Doncella del cielo de la buena fortuna: Séptima parte, centésima cuarta historia.

Después de aquello, no pude volver a hablar en privado con ella. De todas maneras, no me dio nada útil y solo decía más que tonterías, así que no fue nada realmente importante.

Y aquel día finalmente llegó sin previo aviso, sin poder descubrir cuál era su fecha de ejecución y sin haber nada. Y lo mejor de todo, es que había comenzado con una extraña y fastidiosa pesadilla, que hizo que me despertara de malas pulgas. Lo recuerdo muy bien, demasiado:

Yo estaba en un lugar oscuro, totalmente y parecía que ahí no había nada, absolutamente nada. Estaba de mal humor, deseaba golpear a otra persona desesperadamente. No sabía el motivo pero estaba muy cabreada. Entonces, oí unos pasos detrás de mí y gire mi cabeza.

Ahí estaba otro yo, una viva imagen de mí, con una cara tan amargada y cansada de la vida que me hacía parecer todo un cadáver. Lo primero que hice al verme fue saltar hacia mi doble y golpearle violentamente.

-¡Muere, muere…!- Eso me decía a mi otro yo sin parar, mientras le golpeaba con mis manos, mientras se me salpicaba su sangre.

No paré de golpearla hasta desfigurar su cara y luego destrozarle toda la cabeza a golpes. Sentía una necesidad de destrozarla viva, de dejarla hasta irreconocible que ni siquiera podría pensar claramente que estaba haciendo. Y cuando terminé, no me nada aliviada. Es más, estaba más enfadada que antes y tenía más ganas de matar a alguien.

Y cuando levanté la vista, vi a otros doble mío delante de mí, con la misma cara que la otra. Entonces, rápidamente fui a por ella, gritando como una loca, mientras sacaba de nada un cuchillo y se lo enclavaba en todo el estomago.

Eso no me bastaba, así que empecé a acuchillearla una y otra vez, hasta que dejarla un colador. Estaba tan furioso que incluso metí mis en su interior y le saqué sus entrañas, tirándolas al suelo como si fuera pura basura. Solo conseguí empeorar mi humor, empecé a golpear violentamente el suelo con las piernas, mientras no dejaba de soltar insultos.

Y entonces apareció otra copia mía más. Así siguió durante un rato.

Se volvió en un extraño círculo vicioso: mataba a una para tranquilizarme pero eso me ponía peor e iba a por otra para quitarme aquel sentimiento tan horrible que tenía en mí.

-¡¿Por qué, por qué!?- Gritaba encolerizaba. -¡¿Qué mierda es este maldito sentimiento!?- Mientras mataba a otra copia mía.

No importaba cuánto y cómo mataba a todas las copias que veía, aquel horrible sentimiento no me dejaba en paz. Solo se volvía peor y más peor y no había forma de detenerlo.

-¡Párate, párate de una vez!- Finalmente enloquecí. Empecé a golpearme la cabeza contra el suelo sin parar, rodeada de todos los cadáveres de los dobles que maté.

Y llegué al punto de ponerme a llorar desconsoladamente mientras me abría la cabeza y mis lágrimas se mezclaban con la sangre de mi frente.

No paraba de gritar una y otra vez que estaba harta de aquel sentimiento, de mí misma, de todo en general. Al final, no pude más.

-¡Qué se joda todo!- Eso grité, antes de coger el cuchillo y apuñalarme con toda la fuerza posible contra mi estomago. Ahí desperté.

Al abrir los ojos y ver que me había caído del sofá en dónde me había quedado dormida, me levanté del suelo y me dirigí al cuarto de baño. Estaba sudando como un cerdo y quería ducharme rápidamente.

-¡¿Qué mierda de sueño he tenido!?- Eso me preguntaba trastornada mientras recordaba con todo lujo de detalles cómo fue aquella pesadilla.

Miré al reloj y vi que eran las tres de la madrugada. Entonces, en medio de mi somnolencia, el teléfono empezó a sonar fuertemente.

-¡¿Quién será a estas horas de la madrugada!?- Eso me preguntaba molesta y realmente irritada.

Eran las palabras de aquel desgraciado, pidiéndome algo inusual: -Perdón por despertarte tan temprano, pero tengo que avisarte una noticia urgente, que debes ir rápidamente al santuario rápidamente, en cuestión de horas.-

-¡¿Y por qué eso tan de repente!?- Eso preguntaba yo, incapaz de entender que quería hacer ese capullo.-¡¿Ha ocurrido algo!?-

-¡Ha llegado la hora, nuestros queridos sueños y deseos se van a cumplir muy pronto!- Y tras decir tal cosa, empezó a soltar una risa propia de un villano cutre de dibujos animados.

Entonces, lo supe de inmediato. Había llegado el día en que iba a producir aquel viaje al planeta de las personas felices, ese suicidio colectivo que ellos habían planeados desde hacen meses.

Y tras eso me colgó el muy capullo, dejándome en blanco por unos segundos. Al empezar a pensar, me puse a reír como él, pero solo para ocultar mi enojo contra eso. Después de todo, había llegado demasiado pronto:

-¡Serás subnormal de mierda! ¡¿Por qué lo dices ahora!?- Eso gritaba como loca, mientras tiraba el teléfono al suelo y empezará a tirar cosas. -¡Ni siquiera puedo crear un plan para detenerlos! ¡¿Serás cabrón o qué!?-

Sabía que estaba cerca, pero no ahora, ¡me jodieron bien estos capullos, hicieron mi trabajo mil veces más difícil que antes!

Pero, tras perder el tiempo, maldiciéndolo todo y golpeándolo todo; cuándo me cansé,  recordé que tenía que llamarla a Elizaberth, aunque fuera a estas horas de la madrugada. No quería escucharla ni seguramente ella desearía que le llamase a esas horas, pero necesitaba sus ordenes rápido. No soy leal a ella ni nada parecido, pero es muy molesta cuando hago algo que no esté fuera de sus órdenes.

Así que, como buena perra que era, le llamé, sin importarme una mierda si despertarle a estas horas le iba a poner de mal humor. Después de todo, me lo iba a agradecer de todos modos. Pero no me espero la respuesta que me dieron:

-¡Lo siento mucho, la Zarina no está presente en su palacio! ¡Se fue hace  unos días a lo más profundo del reino, por asuntos urgentes!- Eso me dijo la voz de una vieja, a la que conocía. Su nombre era Sophie Friederike o algo así. Y era alguien importante para la maldita de Elizaberth, quién se hacía cargo de todo cuando ella no estaba. No sabía decir si era primera ministra o algo parecido.

De todas maneras, al ver que, por casualidad y en el momento menos indicado, ella se quitó del medio, me enfureció muchísimo.

-¡¿No me digas en serio!?- Eso le gritaba a esa vieja, con ganas de matar a alguien.- ¡¿De verdad, esa perra se ha ido!?-

-¡Modera tu lenguaje, escoria!- Y esa maldita vieja me lo devolvió por el doble. -¡Insultar a la Zarina es tan propio de ti, salvaje!-

Era demasiada leal a esa perra de Elizaberth, por alguna razón. Es más, me sorprende que sea así. De todas maneras, le sentó muy mal mis palabras y me empezó a regañar. Yo la intenté callar con estas palabras:

-¡No tengo tiempo para tus tonterías! ¡Tengo algo urgente que comunicar!-

-Es verdad, tú nunca tal cosa para llamarnos a estas horas por cualquier tontería.- Eso decía serenamente pero hostil hacia mí: -¿¡Y cuál es!?-

-No creo que lo sepas, así que no te lo diré. Ella me reganará.- Le repliqué.

-Tienes razón, los asuntos de afuera no me conciernen. Pero para pasar el mensaje a ella me lo tienes que decir, para pasarlo en carta y que un simple mensajero vaya a por dónde está Zarina.- Eso me molestó, porque no quería contárselo de todas maneras. Pero, al parecer, era necesario.

Aún así, se lo iba a decir, antes de protestar: -¡Por favor, estamos en el siglo XXI! ¡¿No puede llevarse un teléfono móvil o algo así!?-

-Como si tuviéramos instalaciones para esas cosas.- Tras decir esto, yo se lo dije y añadí:

-¡¿Y ahora qué tengo que hacer!?-

-¡¿Ella te dejó una orden clara si había llegado ese imprevisto!?- Me preguntó, algo sorprendida por mi actitud supuestamente mansa.

-Lo único que me repetía era que buscará más información y que no haría nada sospechoso. Pero ya ha llegado. ¿Hay orden o no? Porque entonces, voy a hacer lo que me da la gana.- Eso le dije sinceramente y totalmente segura de mí misma. Ella se quedó callada por un rato.

-Haz lo que quieras, siempre haces lo que te da la gana.- Y, abrió su sucia boca, con estas palabras. Sonreí.

-Esa respuesta quería oír.- Y con esto, colgué la llamada lo más rápido posible.

Ya estaba harta de tantas tonterías, de sectas y demás estupideces. Iba a joderles la fiesta, sin ninguna razón en especial. Tal vez, eso era una escusa, en la cual escondía las grandes ganas de fastidiarles a aquella estúpida Doncella y al puto de Roman, por hacer que me metieran en tal farsa. Esa simple razón era lo único que me motivaba para fastidiarles la fiesta.

-¡Haré terminar esta farsa antes de que se vuelan los sesos!- Eso me dije llena de confianza, mientras preparaba mis cosas.

Era el momento de la verdad y el fracaso no lo tenía permitido. No podría dejar que una tragedia ocurriese aunque me importaba una mierda que todos se murieran.

Al salir del edificio en dónde estaba, me estaba esperando Roman, montado en un viejo y feo vehículo.

-¡¿No decías que no tenías coche!?- Eso le decía burlonamente. -¡¿Esto qué es!?-

Usaba un tono burlón e hiriente, para esconder mi molestia ante el hecho de que el maldito, al final de todo, cogiera un auto y no el maldito transporte público que tanto me ha atormentado.

-Me lo ha prestado un amigo, nada más que eso.- Y me lo dijo de una forma que dejaba claro que mentía.

-¡Oh, qué buen amigo tienes!- Pero yo le seguí la corriente con un tono muy bien irónico.

Y tras muchos kilómetros, llegamos a las puertas del santuario. Él aparcó el coche entre los miles que había en el lugar y por desgracia, me empezó a hablar:

-¡¿Estás deseosa de ver el brillante mundo que nos espera!?- Gritaba como si fuera un lunático diciéndoles a los de arriba que les iba a demostrar que valía de verdad.

-Por supuesto que sí.- Asentí, tras dar un profundo y desalentador suspiro.

-¡Genial, porque serás una de las primeras que lo vea.- Y lo sentó como si me estuviera avisando de antemano, que sabía que no era de fiar y me iban a mandar primero a la muerte. Ignoré qué quería decir eso.

-Mejor que mejor.- Eso le dije, sonriendo de oreja a oreja con una desagradable y fea sonrisa. Estaba preparada para lo que fuera.

Y al entrar, la puerta lentamente se cerró, como si evitarán con eso de que yo no pueda salir de ese lugar lleno de locos. Más bien, ellos me habían encerrado.

Con dos personas detrás de nosotros el maldito de Roman me llevó a la mansión y luego me condujo hacia el despacho de la Doncella. El capullo ese no me decía nada, estaba realmente callado y tenía la seriedad de alguien que no iba a cometer algo bueno. Los otros también estaban de la misma manera y el ambiente estaba tan tenso y molesto que hasta un mono sabía que yo estaba en peligro, me llevaban a la boca del lobo. Lo supe al momento, que no quería recibirme con las manos abiertas y que deseaban que iba a ser la primera en ir al puñetero planeta de las personas felices. Cuando lo pensé me reí un poco, sin que ellos se dieran cuenta.

-De todas maneras, sabía que algo así ocurriría…- Además, dije esto en voz baja, pensando que ellos se creían muchos más listos que yo y sin saber que llevaba varias armas escondida entre mi ropa para defenderme.

Al entrar, ella estaba sentada orgullosamente sobre los pies en la mesa con una sonrisa triunfante hacía mi. Rápidamente cerraron las puertas y los dos idiotas que nos seguía pusieron sus pistolas sobre mi espalda, ¡buena forma de empezar nuestra conversación!

-¡Buenas, Will Smith!- Me empezó a hablar la Doncella. -Me alegra de que hayas venido…- Con una sonrisa molesta y podrida. -…a tu fiesta de despedida.-

-¡¿Me van a echar o qué!?- Me hice la tonta. -Tampoco es que era un buen trabajo, digamos…-

Y el maldito de Roman intervino para hablarnos como si fuera un guía espiritual: -No es eso, hemos llegado a nuestra meta, al inicio de nuestro viaje, la despedida a este maldito mundo.-

-Todos te estábamos esperando. La fiesta no podría empezar sin ti.- Añadió la Doncella, entre risas.

-Pues no recibí invitación, lo siento mucho.- Y yo me puse a chulearme aún más de ella.

-Queríamos que fuera una sorpresa, por eso incluso eres la última que hemos llamados. Los demás miembros de la secta, aquella pobre gente, estuvo entrando desde hace tres días para preparar nuestro viaje.- Así que me ocultaron eso con el objetivo claro de no poder actuar a tiempo. Esta gente no parecía tan idiota como creía.

-¡Qué honor por vuestra parte, me siento tan privilegiada!- Y eso les dije burlonamente, mientras maldecía mi suerte porque había acabado en una situación muy desventajosa.

-Eres mi secretaria, por eso te hemos dejado este honor.- Y con falsa simpatía, añadió el puto de Roman.

-No, mejor dicho. Te lo hemos reservado por otro motivo diferente…- Y la otra intervino, antes de ponerse a reír y poner una mueca desagradable. Ya me hartaron y les dije sinceramente esto:

-¡¿Pueden dejarse de rodeos!? ¡Entiendo perfectamente lo que quieren hacer!- Ya me estaba cansando de su estúpida farsa, quería que terminarán rápido de hablar.

-Me alegra mucho de que pienses eso…- Dio unas risitas y una sonrisa, propia de una villana, actuando como si era una idiota. -Creo que es mucho más fácil así, ¿no, Will Smith? O en otras palabras, ¡Lafayette!- Y alargó mi nombre todo lo que pudo para dejar claro su tono burlón contra mí

-Y yo creyendo que erais unos idiotas totales.- Yo le respondí con un suspiro de molestia y una sonrisa hiriente.

-¡Si esas palabras son verdad, entonces eso deja que nos has sobrestimados y dejas constancia de lo inútil que has sido para tu misión!- Roman añadió, con un tono tranquilo pero desagradable.

Entonces, la Doncella me señaló con el dedo y, victoriosa, empezó a gritarme, en una mezcla de burla y mofa:

-¡La estúpida has acabado siendo tú!- Ponía una cara realmente fea. -No entiendo quién es tu superior ni el propósito de haberte introducido en nuestra secta, pero ha sido todo un fracaso.-

-Ríanse de mí todo lo que quieran.- Yo solo me reí, con una sonrisa engreída. Eso solo consiguió enfadar a esa idiota.

-¡¿Realmente, crees que puedes engañar a alguien con un nombre falso tan obvio!?-Ocultando su ira, intentó burlarse de mí con más intensidad.- ¡Eres una completa estúpida, más de lo que creía! ¡Totalmente subnormal!-

Se levantó de su asiento y se acercó a mí. Hizo un gesto con las manos e hizo que aquellos dos que estaban apuntando mi espalda con sus pistolas me hicieran agacharme.

-Al principio, me asuste al darme cuenta de que seguías vivas, tenía miedo de volverme a encontrarme contigo. Pero entonces, recordé que las cosas son distintas. Soy hermosa y tengo poder, ¡a mi servicio, tengo miles de personas, que serían capaces de destrozarte en mil pedazos!-

Mi rostro desafiante no cambiaba nada, por mucho que ella dijera. Esto solo le hacía enfadar, porque quería quitar mi sonrisa de mi cara. Por eso, siguió hablando.

-¡Me imagino tus gritos de agonía, las miles de torturas crueles que podré hacer contigo! ¡Mi cabeza no deja de pensar, para devolverte todo el horrible sufrimiento que me hiciste! ¡Haré que tus últimos días sean infernales, que grites y llores desesperadamente!- Y acercó su cara para mirarme, con ganas de intimidarme.

La única respuesta que ella recibió de mí fue un escupitajo en toda su cara, totalmente desafiante ante a aquella estúpida. Ella se encolerizó tanto que se me dio un golpe en toda la cara y caí al suelo. Luego, empezó a golpear mi cuerpo sin parar.

-¡¿Aún te crees invencible, verdad, cacho guarra!? -No dejaba de gritar.-¡Pero las cosas han cambiado, te la devolveré por diez!-Totalmente llena de ira.- ¡No, por cien! ¡Por mil! ¡Te arrepentirás por todo el daño que me has hecho! -Sus patadas y sus gritos cada vez eran más fuertes. -¡No, todo lo que les has hecho a todo el mundo! ¡Todos respiraremos tranquilos, cuando veamos que la desaparecida Lafayette esté muerta de verdad! ¡Ese será es tu final, maldita desgraciada!- Y se puso a llorar desconsoladamente, y siguió dándome patadas.

No dije nada, no hice nada, ni siquiera podría seguir manteniendo aquella mirada desafiante de tenía. Es más, tenía muecas molestas por lo que estaba escuchando, sin saber cómo decir.

Después de todo, hice su vida un infierno. Era normal y yo debía sentir algún arrepentimiento, pero no lo tenía. No pensaba en nada, solamente en la molestia de tener que pensar cómo actuar. Por una parte, no le daría importancia y le insultaría. Por otra, tenía que considerar que debía sentirme culpable. Pero nada de eso tenía, era como si no tuviese ninguna emoción en particular. Y eso sonó tan triste.

¿Cuánto mal les hice a los demás? Eso debería ser tan largo como el infinito. ¿Cuándo me arrepentí de mis actos contra ellos? Nunca, salvo escasas excepciones. Y a pesar de haber llegado a este punto, aún no lo podrá sentir, por mucho que lo intentase. Eso era de verdad una cosa triste.

Tenían razón, Elizaberth al llamarme un monstruo. Apenas, podría sentir algo por aquel sufrimiento que le provoque a aquella chica. Me daba igual. No sé si mi sensibilidad desapareció hace años o que nunca lo tuve, pero eso dejaba claro que apenas tenía algo humano.

Y ella no paraba de gritarme y de golpearme todo lo que podría, mientras me gritaba una y otra vez, entre insultos y preguntas llenas de odio.  Mi cuerpo me dolía mucho, pero no le respondí nada, me mantuve callada. Y la Doncella cada vez se ponía más enfurecida, llegando al punto de que todos los demás tenían que alejarla de mí. Con los ojos enrojecidos y con su cuerpo inmovilizado, no paraba de decirme cosas, pero ni me inmuté.

-¡Llévenla fuera de mi vista! -Tras tranquilizarse, les mandó un orden.- ¡Quiero que la dejen lo más lejos posible de la mansión! ¡No quiero ver su cara más!-

-¿La matamos?- Y esto les preguntó, mientras preparaba las pistolas.

-No, aún no…- Eso les dijo, con una sonrisa diabólica. -Vamos a prepararlo todo un espectáculo para ella, antes de que mandarla al infierno.-

Luego, les mandó a donde llevarme. Yo me levanté obedientemente, como si hubiera perdido la fe en todo. Si alguna vez tuve algo así. En verdad, no tenía ganas con seguir esta estúpida misión. Si querían matarse todos juntos, que los hagan. A mi ya no me importaba nada. Solo deseaba dormir para siempre y no volver a sentir que ni siquiera tengo sentimientos propios de las personas. Y mientras me echaban de la habitación, yo añadí con un suspiro de alivio esto:

-¡Qué bien, por fin podré descansar!-

No sonó como sarcasmo o burla, pero aquellas palabras hicieron reaccionar a la Doncella de la peor forma, mientras veía como Roman sonreía como un total bellaco:

-¡¿Descansar!? ¡Por supuesto que sí, es lo que debías haber hecho hace tiempo! ¡Desapareciste, pero no moriste! ¡Todos los que sufrieron tus abusos lloraron de felicidad! ¡Pero eso no era más que una ilusión, que no terminará a menos de que mueras realmente! ¡Tenías que haber muerto, pero sigues vivas! ¡¿Por qué!? ¡Aún, a pesar de que desapareciste, sigues existiendo!-

Tenía razón, yo debía haber muerto hace tiempo. Cuando me perdí en las montañas tras haber realizado una búsqueda del tesoro inútilmente; Cuando fui atrapada en la capital del Zarato y tras haber sido condenada a muerte, cuando tuve una pelea a muerte con la madre de Eliza y cuando su hija me venció en una guerra, cuando volví a Springfield y fui apuñalada por Sasha.

Mi vida fue un sinsentido, lo único que me mantenía viva era odiar a los demás y golpearlos. Con cada decisión que tomaba yo para cambiarla a mejor, se volvía mil veces peor. A veces, pensaba que había encontrado la felicidad, pero se me escapaba por las manos y se alejaba bien lejos de mí.

Por eso, poquito a poco, perdí las ganas de vivir. Me harté, sinceramente, a pesar de que había alguna parte de mí que deseaba seguir viviendo. Hasta ahora, siento ganas de acabar con mi vida, de terminar con esta farsa.

Debía haber muerta. Tenía que estarlo. Pero sigo viva. No, en realidad, ni siquiera siento eso. Aquellas ganas las perdí hace mucho tiempo, vivir ya no tiene sentido para mí. Ha dejado de tenerlo.

Me siento muerta, pero no me dejan morirme. Soy un zombi y me gustaría que alguien me diera el descanso eterno de una vez. Tal vez, este sea el momento.

Pero había algo, una persona en este mundo, que impedía que me fuera de este mundo. Si me muero, ella será asesinada. Ese era el trato, eso es lo que mantenía viva a este zombi. Y por esa razón, no podría dejar que me asesinen en esta estúpida misión.

FIN DE LA SÉPTIMA PARTE

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