Centésima cuarta historia

La Doncella del cielo de la buena fortuna: Sexta parte, centésima cuarta historia.

Luego, la muy puta decidió librarse de mí, diciéndole a aquella vieja que me enseñará los alrededores:

-Querida, enséñale nuestro santuario. Seguro que ella desea conocer más de este lugar tan especial.-

-No hace falta, Doncella. Ya estoy cansada de tanto recorrer.- Ni una mierda iba a andar más, ya estaba harta, solo quería volver a casa y acostarme.

Y el puto de Roman, también intervino: -Puede ser una buena oportunidad para conocer nuestra salvación, mientras yo charlo con ella.-

Casi le iba a hacer un gesto de mal gusto, pero me contuve. Pero decidí decirle esto:

-¡¿Y de qué vas a hablar con ella!?- Eso le dije burdamente.

-De cosas muy importantes.- Y eso me respondió él.

Entonces, la sirvienta soltó algo que me dejó sin hablar: -Es normal, después de todo, es el segundo a bordo.-

-¿¡Espera, qué!?- Grité sorprendida, e incapaz de comprender lo que había oído. Esperaba que fuera una broma.

-Él es el secretario general.- Pero la puta de la Doncella tuvo que confirmarlo.

No me lo podría creer, un pelele como él, alguien que parecía un donnadie; era parte del poder de la secta y el muy puto lo ocultó como si nada. Seguro que yo era la única de aquella estúpida iglesia que había descubierto era alguien poderoso y no un simple gurú de mierda. Me costó muchísimo asimilarlo, la verdad. Pero lo peor de todo, lo que me enfurecía de verdad es esto: ¡Qué ese capullo no se dignará en tener coche propio o incluso ir en taxi y hacerme ir en el transporte público! ¡El maldito desgraciado tiene poder y la secta es muy rica! ¡Podría comprarse incluso una puta limusina, porque es el segundo de abordo! ¡Pero no, el feo ese tenía que hacerme ir en autobuses y soportar todo un viaje horrible! ¡Nunca se lo perdonaré, jamás de los jamases! ¡Le odio con toda mi alma!

Además se río de mí, delante de mi puta cara, mientras se hacía el humilde:

 

-Bueno, no es algo grande.- La verdad es que sí, sobre todo cuando lo comparaba con las ganas que sentía para ahorcarle delante de todos.

Nos dieron prisa por echarnos de ahí, ya que tenía que charla de algo, que parecía ser muy importante y de alto secreto. Después de todo, cerraron la puerta y echaron el pestillo. Y yo tenía que estar con esa vieja que hablaba menos que una tetera, y eso que son muchas más entretenidas.

La realidad es que habló en pocas ocasiones, para preguntarme si quería ver todo el lugar. Por supuesto, le mandaba a la mierda y me quedaba en la sala de estar esperando. Hasta que me harté y decidí dar una vuelta sin decirle ni una palabra. La vieja ni protestó, solo me siguió silenciosamente.

Mientras iba por los interminables pasillos de aquel lugar, observaba el exterior por las múltiples ventanas que atravesaba. Veía incrédula, como en las afueras, entre las granjas y casas de madera nos rodeaban la gente vivía su vida felizmente, como si nada extraño estuviera pasando, como si no se hubieran metido en una secta cuya meta era un puto suicidio colectivo. Ver para creer. ¿No sabían su destino o es qué no les importaba, o creían literalmente que se iban a ir a otro mundo, montados en una nave extraterrestres?  Eso me ponía bastante intranquila y muy cabreada. En aquellos momentos no sabía muy bien el porqué, pero sentía unos sentimientos muy feos.

Al final, me quedé casi un minuto más mirando el exterior, delante de una de las ventanas, observándolos con aquellos sentimientos. Había algo. No, debía haber algo muy raro y siniestro en esa molesta y fastidiosa felicidad que transmitía aquella gente. Y a la vez me molestaba el hecho de que ellos estuviesen así, como si me daba envidia. ¿Tal vez era eso? Eso no importa. De todas formas, sentía que era algo falso, tan fácil de destrozar y arruinar que podría hacerles abrir los ojos y enseñarles que estaban en el peor de los infiernos.

Después de todo, no acabas en una secta porque sí, sino porque huyes de tu propia vida, llena de sufrimiento y dolor. Bueno, eso eran las palabras de la maldita de Elizaberth, que tal vez eran otra de sus estupideces, pero creo que tiene razón, de alguna manera.

-¿Hay algo que le interese?- Y la vieja que me seguía me preguntó.

Así la maldita interrumpió mis reflexiones y me devolvió a la realidad.

-No es nada.- Eso le respondí molesta. Luego, me di el lujo de preguntarle algo:

-¡¿Sabe si la salvación está cerca!?- Eso le pregunté.

Ella estuvo en silencio, como si no deseaba contestar mi preguntar. Más bien, tenía miedo de decírmelo. Al final, me dijo esto: -No lo sé.-

-Es normal, supongo. -Seguí charlando con ella.-Aunque siento más bien que no te interesa.-

-Bueno, no es que me interesa…- Se le oyó nerviosa.- Pero no creo que quiera escuchar mi verdadera opinión.-

Entonces, me di cuenta de que ella tampoco creía en las majaderías de su Doncella y que había terminado, de alguna manera, cerca o dentro de una secta que no desearía estar. Decidí ser franca, añadí esto:

-¿¡Son tonterías de tu señora, verdad!? ¡¿Todo eso de la Doncella e ir al planeta de las personas felices!?-

-En verdad, ella…- Se calló por unos segundos. -No importa, no es nada importante.- Y volvió a tapar su boca, como si iba a decir que fuera contra la Doncella. Me pregunté qué era, pero no le di importancia.

Al final, de los bolsillos del puto delantal que tenía la maldita esa, empezó a sonar una canción de mierda. Ella sacó rápidamente aquella cosa que estaba sonando y era un móvil de última generación. Qué moderna era la vieja. Tras contestar, me dijo esto:

-Ya han terminado la charla, así que piden que la traiga de vuelta.- Eso me dijo secamente, y yo asentí, con pocas ganas de volver la cara de aquel desgraciado que me torturó con el transporte público.

Al volver a la sala, lo vi saliendo del despacho y me saludo con la mano, mientras me decía esto:

-¡¿Has disfrutado de la mansión!? ¡¿A qué es hermosa!?-

Yo solo le respondí que sí, sin darle mayor importancia. Éste, decidió seguir hablando:

-Bueno, con esto he terminado los asuntos de hoy.- Se sacudió las manos y añadió: -¡Y quiero comentarte algo!-

Yo me pregunté qué quería decirme, con la esperanza de que no me dijera ninguna tontería sin importancia. Y no lo fue, menos mal, pero me dejó totalmente sorprendida, cuando me dijo esto:

-¡Necesito que te vuelvas mi secretaria!- Yo, al oír eso, me quedé con la boca abierta, incapaz de creer lo que había oído.

¿Yo, de secretaria? ¿Así cómo así? Éste tipo me estaba dando un puesto tan importante de una forma tan fácil e inesperada. Ni siquiera había pasado una semana desde que nos conocimos, ¿es idiota o qué?

Bueno, mejor para mí. Gané su confianza más rápido de lo que podría imaginar, tanto que ha sido demasiado fácil. En verdad, ni me esforcé, tenía que ser buena suerte o que era el ser más idiota del mundo.

O tal vez, había gato encerrado.

De todos modos, me dijo que me lo explicaría detenidamente en un taxi que nos iba a llevar de vuelta a la cuidad. Me alegre muchísimo de que hubiera elegido algo así antes que volver al puto autobús. Y luego, me entere que solo había cogido eso porque la doncella le invitó el viaje. Por fin, esa perra fue útil, aunque fuera por primera vez.

-Perdón, por habértelo dicho tan de repente. La verdad es que necesito una secretaria. Tantos papeles me agobian y creo que tú eres perfecta.-

Eso me decía tras montarnos en el taxi y salir del pueblo. Me hizo gracia esas palabras, porque era la menos indicada para soportar tal trabajo.

De todas las personas que existen en este maldito mundo, era la menos indicada. En verdad, por una parte estaba alegre por haber sido su secretaria, y por otra no quería ni muerta, trabajar en ese oficio tan aburrido.

-Ya veo.- Quería protestar, decirle el porqué me metió a secretaria tan pronto. -Aceptaré eso, supongo…- Pero me callé.

-Además, me caes muy bien.- No podría decir lo mismo de mí.- Siento en ti un aura trabajadora y deseosa de organizar cosas con actitud y latitud.-

Y se puso a decir tonterías sobre cómo era buena en ese trabajo, diciendo cosas que no tenían nada conmigo o que directamente no tenían sentido. Al final, terminó con esto: -Me costó mucho convencer a la Doncella de que volvieras mi secretaria, ¿sabes?-

Se decepcionó un poco por mi respuesta, ya que yo añadí tristemente un “vale”, con total indiferencia. Quería que le preguntará cómo le fue y esa clase de tonterías, pero no había nada más que añadir por mi parte.

Así empezó la etapa más aburrida de todo el trabajo y el más largo, porque duró hasta a finales de marzo. No sabía lo que me esperaba, en el sentido de que nunca me imaginé que fuera tan fastidiosa la tranquilidad y lo aburrido que era ser una secretaria.

-¡¿Me quieres meter aquí!? ¡¿En serio!?- Eso protesté, al día siguiente, cuando volví temprano y me enseño el despacho en que iba a estar.

Era una habitación realmente estrecha, apenas podría andar en ella y la mesa y las grandes estanterías que estaban llenos de papeles ocupaban todo el maldito espacio. Ni siquiera había luz natural y la maldita bombilla que alumbraba aquel sitio era una mierda y no podrías ver nada. Era un lugar incómodo y molesto. Y lo peor era lo que decía aquel tipejo.

-No te preocupes, es un buen lugar.- Reía como si mis protestas fueran graciosas y añadió: -¡Deja de protestar!-

Qué ganas tenía de meterle un puñetazo en el estomago a mi nuevo jefe, la verdad.

Luego, se puso serio y me dijo esto: -¡Por cierto, ese es mi despacho, evita en todo momento que alguien me moleste!- Eso me decía, mostrando la puerta que estaba en la misma habitación.

-¡¿No te gusta que te fastidien!?- Eso pregunté burlonamente.

-Es un lugar muy privado para mí. Allí estoy en paz y puedo hablar de mis cosas.- Eso me explicó serenamente. -Además tengo que hacer papeles de vital importancia.-

Y con esto se calló y no me dijo nada más, salvo de mencionarme que iba a meterse dentro ahí y que impidiera que alguien entrara, sea cual sea el motivo. Yo solo asentí y luego puse mi oreja con cuidado en la puerta.

Sería estúpido hacerlo porque seguramente estaría más callado que un muerto, pero estaba hablando solo y decía cosas sin sentido que yo no entendía con claridad. Fuera lo que fuese, me di cuenta de que su estado mental era peor de lo que imaginaba.

Y eso solo fue una pequeña muestra de lo que iba a oír a continuación en los próximos días:

-¡Ah, ah! ¡¿Por qué lo hice!? ¡¿Por qué!?- A veces, lloriqueaba como una nena, gritando sin parar.

-¡Al final, pronto llegará! ¡Todos nosotros, podemos verlo! ¡Nuestro final feliz!- Otras, se reía como si fuera el malo maloso se una película.

-¡¿Por qué existe este mundo, por qué hay tanto sufrimiento en este mundo!? ¡Es un lugar horrible! ¡Y todos nos marcharemos de este lugar, pronto!- Y llegaba al punto en que se ponía filosófico.

En serio, aquel tipejo de Roman no estaba muy bien de la cabeza y por alguna razón, la Doncella confiaba todos los asuntos de la secta a él. Al parecer, es una completa idiota. Todos los asuntos importantes me llegaban a mí antes de pasárselo a él, aunque la mayoría no lo podría abrir, porque no me lo tenía permitido, solo ordenarlos. Los pocos que pude observar eran más que simples tonterías. También recibía las llamadas e intenté poder escucharlas, así que no conseguí gran cosa.

La maldita de Elizaberth me obligaba, llegando a amenazarme, que debía conseguir más información, pero aquel desgraciado era tan cauto que no pude hacerlo. Tanto que llegaba a ser sospechoso, como si no quería que se viera lo que estaba haciendo.

Pero si sabía algo muy bien, gracias a un pequeño descuido: Éste tipejo estaba ayudando a prepararlo todo para un verdadero suicidio colectivo. Todo gracias a un gran enojo que tuvo un buen día, tras volver muy bien tarde por este lugar. Algo muy molesto le había pasado y en relación con sus hijas, al parecer:

-¡Maldito china, maldita china de mierda! ¡¿Por qué, por qué se interpuso en mi camino!? ¡¿Por qué mis hijas no han ido conmigo!? ¡¿Es su culpa, su culpa, seguro! ¡Maldita china de mierda!-

Aquellas palabras que soltó mientras entraba violentamente hacia su despacho me sorprendieron muchísimo. Estaba fuera de sus casillas, aquella serenidad y tranquilidad de la que tanto presumía se había esfumado y parecía un loco lleno de ira. Más bien, lo estaba siendo en aquellos momentos.

Rápidamente, se encerró en su cuarto para lamentarse a gritos. Ni siquiera hacía falta poner el oído en la puerta, se oía perfectamente:

-¡Mi oportunidad, mi última oportunidad de obligarlas al ir al otro lado ha terminado! ¡¿Qué hago, qué hago!?- Demasiado bien, quizás.

Al decir “al otro lado” supe perfectamente que no les tenían mucho cariño a esas niñas. Tal vez, deseaba acabar con ellas junto con el resto que se iban al suicidar para ir a ese estúpido planeta de las personas felices. Un padre ejemplar.

Luego, siguiendo con su arrebato de ira, empezó a tirar y a golpear cosas.

-¡Las malditas niñas no dejaron de resistirme, como si no fuera su padre, como si no confiaban en mí o en que no le iban a meter en un lugar nada bonito!-

Gritando el hecho de que ellas tenían sentido común y pudieron evitar la realización de sus deseos, se puso a reír como demente:

-¡En verdad, es bien obvio que lo hagan! ¡¿Quién confiaría en alguien como yo!? ¡De todos modos, las iba a llevar por la fuerza, porque soy su padre!-

Y volvió a golpear y tirar cosas: -Pero esa maldita china se interpuso y no me dejó ni tocarlas ni un pelo. ¡Como si ella fuera su madre y yo un puto desconocido que quería llevarme a sus hijas!-  Parecía que soltaba gritos de agonía: -¡Malditas seas, perra de mierda!-

-¡Tranquilízate, hombre! No pasa nada que ellas no vayan, eso no significa que no tenga otra ocasión. Ahora lo importante, es seguir con el plan y prepararlo todo para la ida hacia al planeta de las personas felices.

Al final, volvió a gritar y a reír como el malo maloso de una película cutre, antes de terminar con su fastidioso monólogo:

-¡Qué se jodan ellas! ¡No escaparán de mí la próxima vez!-

Entonces, eso me dejó claro que el día esperado estaba cerca  y que aquel tipejo tenía un papel muy importante en aquel plan absurdo. Es más, sentí un deseo de matar en aquellas palabras, no solo a sus propias hijas, sino a miles de personas. Estaba segura de que eso era lo que deseaba, sentirse y convertirse en un genocida.

Después de eso, no hizo otra lamentable actuación. No tuve buena suerte, por desgracia. Por otra parte, a veces, tenía que acompañarle para hablar con la Doncella. Más bien, era él quien hablaba con ella, porque no me dejaba ni estar en la conversación, siempre me echaba fuera de la maldita habitación.

Y un buen día, mientras paseaba por un jardín de rosa que pusieron en la entrada del edificio, me la encontré paseando nerviosamente por el lugar, como si no quería entrar al lugar:

-¡Qué sorpresa, estás ahí!- Le saludé burlonamente. -¡Pensaba que ese pajarraco debía estar hablando conmigo!-

En realidad, no quería hablar con ella ni nada parecido, pero ésta era mi oportunidad de recolectar información por otro lado. Por eso, hice algo así. Ella por su parte, me crítico tras ser sorprendida:

-¡¿No deberías hablar con él de una manera más educada!? -Me decía incomoda, mientras intentaba evitar mi mirada.- Es tu jefe, después de todo, señora secretaria.-

-¡Qué se joda!- Grité violentamente y ella inconscientemente dio un paso para atrás, algo atemorizada. Al ver esto, feliz con que esa perra aún me seguía teniendo miedo, añadí esto: -¡¿Y a ti qué te pasa!?-

-Nada…- Me respondió con una voz débil.-Me recuerdas tanto a ella, demasiado…-

-¡¿A Lafayette!?- Eso le grité aparentemente normal, aunque en el fondo de mi alma podrida me burlaba de ella y deseaba mostrarle de nuevo mi terror.

-Sí, esa horrible mujer…- Se llenó de valentía y me gritaba esto. -Cada vez que veo tu cara y tu tono, me recuerdan a ella, a aquella desgraciada que no dejó de humillarme y burlarse de mí.-

Intenté no reír como loca, a pesar de que lo deseaba con todas mis fuerzas.

Pero en vez de eso, puse una reacción exageradamente de pena y tristeza hacia ella, aunque fuera mis sentimientos eran en realidad muy diferentes.

-Perdón, es que solo…- Al ver eso, ella se disculpó. -¡Te pareces demasiado a ella, Will Smith…!-

-¡¿Tanto daño te hizo ella!?- Y yo seguí hablando sobre eso, deseosa de conocer por sus propias palabras una parte del dolor que le hice sufrir.

-No dejaba de decirme lo gorda y sedaba que estaba, como excusa de tirarme o robar mi ropa. No dejaba de llamarme estúpida, mientras me tiraba al suelo o mientras me perseguía como si fuera su presa. No dejaba de soltarme lo fea que era mientras me escupía en la cara. Sus risas no dejaban de atormentarme una y otra vez, mientras destrozaba la linda ropa que me daban. Se convirtió a ser el pan de cada día y poquito a poco perdía las ganas de vivir.-

Todo eso me soltó, mientras su voz cada vez se volvía más llena de ira y odio. Me sentí muy feliz de hacerla sufrir, pero eso a la vez conseguía que me diera más asco mi persona por sentirse alegre por haber sufrido a alguien muchísimo. Así de podrida estoy, la verdad.

Mientras tanto, ella se quedó en silencio por unos segundos y luego añadió con una voz tranquila y feliz.

-Pero un buen día, un milagro ocurrió y me pude librar de ella. Desde entonces, decidí volverme más fuerte, más hermosa posible…-

La interrumpí al momento y le dije esto: -Así te podrías librar de los fuertes que te querían abusar, ¿no?-

Eso le decía, mientras me burlaba de esa perra mentalmente, de que eso no se lo creía ni ella. Más bien, me hizo gracia, porque lo único que se volvió para mis ojos en una zorra que se creía un dios y era la jefa de una secta.

-No solamente eso, también enseñarle una lección a Lafayette, si nos volviéramos a ver. Para devolverle mi venganza y hacerla sufrir como ella me hizo sufrir.-

Y aquellas declaraciones finales fueran las mejores. ¿Vengarse de mí y devolverme su sufrimiento? No se lo creía ni ella.

FIN DE LA SEXTA PARTE

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