Centésima cuarta historia

La Doncella del cielo de la buena fortuna: Última parte, centésima cuarta historia.

Habían pasado varias horas desde que oscureció, la luna estaba en lo más alto y yo y la Doncella estábamos junto con una fogata que hice con hojas  y ramas secas, cocinando lo único que pudimos encontrar, unas simples y tristes setas. La maldita no paraba de quejarse, ya fuera del frio, porque quería comer otra cosa mejor, sobre el hecho de yo estaba junto con ella y un montón más. Cuando me harté, le grité dementemente que se callará y temblando como un flan se tapó la boca rápidamente. Pero el silencio no duró mucho tiempo, por desgracia.

-¡¿No te duele!?- Eso me preguntó de repente.

Sí, a estas alturas de la historia ella me pregunta si la maldita herida que me hizo me dolía, ¿es tonta o qué?

-¡¿Qué te crees, idiota!? ¡¿Qué te crees!?- Y le respondí de una forma para dejarle claro que no decía más que puras estupideces.

-¡Deja de llamarme idiota! ¡Tú eres peor, eres un monstruo! ¡Andar tan tranquilamente a pesar de que te di un puto disparo! ¡Deberías estar muerta, no lo comprendo! ¡Tú no eres normal!-

Eso me hizo mucha gracia y decidí devolvérselo.

-¡¿Y tú qué!? ¡Creaste una puta secta e intentaste un suicidio colectivo! ¡Lo tuyo sí que no es normal, para nada! ¡Te quedaste con todas sus posesiones y los humillaste sin parar!-

Ella molesta, se calló y miró al suelo por varios segundos. Luego, añadió:

-La verdad es que yo…- Ponía un rostro de tristeza. -Yo y mis amigos habían creado una secta, solo para divertirnos. Jamás quería que eso se volviera algo de verdad. Era solo una estúpida broma de jóvenes. Gente entró, sin saber que todo era mentira. Y entonces, entonces…-

-¿Es cuando Roman entró, no?- La interrumpí.

-Déjame continuar. Él parecía un idiota, pero creo que eso solo fue parte de su plan. Se infiltró en la secta de mentira, manipuló a unas cuantas personas, consiguió que mis amigos huyeran al darse cuenta de que sus verdaderas intenciones eran convertir la broma en realidad. Me avisaron, pero fue demasiado tarde para mí, porque no me dejó escapar y me convirtió en el símbolo de algo que éste dominaba desde las sombras…-

No me interesaba esa historia porque de todos sabía gran parte y lo que no era bastante previsible. Aún así, seguí haciendo como si la estuviera escuchando.

-Desde entonces, él lo controló todo y poco a poco preparaba un plan para hacer el suicidio colectivo que decíamos de broma. Fue todo un loco que volvió nuestras bromas en la peor de las pesadillas.-

-¡¿Y por qué no le detuviste!?- Le repliqué.

-Y a ti qué te import…- Y ella me gritó, luego se calló al mirarme la cara. No sé que hice pero ella accedió decírmelo unos segundos después: -¡Vale, vale, te lo diré!-

-Me acorraló y no sabía cómo escapar de él. Más bien, no deseaba seguir con tal locura, pero cada vez que veía a todas esas personas adorarme como una diosa me sentía especial y amada, era una sensación genial y sentía que podría hacer todo lo que me daba la gana, incluso vengarme de ti. Por eso, creyendo ser capaz de detener la locura a tiempo, disfruté todo lo que pude.-

Entonces, se puso a llorar como loca, mientras yo seguía comiendo las setas que faltaban porque me importaba una mierda. No paraba de decir una y otra vez por qué tuvo que terminar así, por qué se le ocurrió hacer una secta de mentirilla y por qué no evitó a Roman a tiempo. Me sorprendí un poco que ella se sintiera culpable de todo ese asunto, creía que la culpa se la iba a echar a otros. Por otra parte, solo deseaba que se callase porque no tenía ganas de escucharla.

Tenía la esperanza de que mañana sería un día mejor y que no hubiera más complicaciones. Por desgracia, no fue así.

Mientras la otra dormía como un tronco, yo intentaba volver a dormir, ya que no pude ni descansar una puta hora, todo porque sentía que iba a volver a esa pesadilla de hace unos días y no quería revivir eso de nuevo. De todas maneras, no tenía mucho sentido hacerlo porque ya era de día. Entonces, fue cuando un ruido estremecedor sacudió todo el lugar.

-¿Q-qué ha sido eso?- Y hizo despertar a la maldita de la Doncella, que se levantó de un sobresalto.

-Eso ha sonado como el sonido de una granada…- Eso añadí, llena de preocupación, mientras me acercaba a la ventana con preocupación. Algo molesto estaba ocurriendo.

-¿Entonces, el almacén ha explotado?- Preguntó ella y yo le respondí esto:

-No, si fuera eso el ruido destrozaría nuestros oídos y todo el lugar estaría en llamas.-

Entonces, oímos una risa demente que hizo sobresaltarnos aún más de lo que estábamos. Eso solo confirmó mis peores temores. Era alguien que conocíamos muy bien.

-No puede ser…- Tanto que, al escucharlo, ella cayó de rodillas, temblando como un flan y poniendo cara de pura traumada.

-No, por favor. Él, no…- Y yo no rezaba para que no fuera esa maldita persona, mientras miraba por la ventana.

Y por desgracia, Roman estaba ahí, en el patio. Maldije mi suerte y todo lo que existía. Éste, al ver mi cara asomarse por una de las ventanas, nos gritó esto:

-Sé que estáis aquí. No me pregunten cómo, porque eso da igual. Después de todo, vamos a hacer una fiesta de despedida por todo lo alto.-

Y lo peor de todo es que en sus manos llevaba una puta ametralladora, de esas que se usaban en la primera guerra mundial.

-¡Agáchate, rápido, que el loco nos va a disparar!- Le grité esto a la maldita Doncella, mientras me ponía en el suelo. Ella me hizo caso y se acostó sobre el suelo. Por suerte, estábamos en el segundo piso.

Entonces, un ruido sobrecogedor se extendió por todo el lugar, mientras una verdadera lluvia de balas caía sobre nosotras. El maldito de Roman reía como si fuera un puto científico malvado de dibujos animados. Creo que aquel molesto espectáculo duró casi un minuto, pero se sintió como una eternidad.

-¡Ya se han acabado!- Eso soltó tras ver cómo su ametralladora se calló y se le terminó las balas. Luego, se dirigió hacia a nosotras: -¡¿Están muertas…!?-

Entonces, se calló de repente y se quedó boquiabierto al verme.

-¡¿Qué haces con eso!?- Eso preguntó, mientras sus ojos que parecían como platos me miraban con una expresión de puro terror.

-No soy la única que no se ha llenado los bolsillos con juguetes, ¡y ahora te devolveré la bienvenida!- Después de todo, se dio cuenta de que yo llevaba una granada en mi mano, la cual le quité el seguro y se lo tiré. Gritando como nena y corriendo como un gato asustadizo, se alejó rápidamente del ametrallador, a cuyos pies cayó casualmente la granada.

Menos mal que fui lista y conseguí algunas armas para poder defenderme. No solo unas pocas granadas, también un subfusil, el cual cogí y lo preparé para el combate; y unas fundas que encontré para guardar todo eso.

-¡Vamos, corre, estúpida!- Eso le grité a la estúpida de la Doncella, mientras la obligaba a levantarse.

-Ya voy, ya voy.- Y ella velozmente se levantó y salimos de la habitación, mientras la granada explotaba.

-¡Mierda, mierda! ¡Está loco, está majareta, ese maldito hombre!- Eso gritaba ella como loca, mientras corría a toda velocidad.

-¡Eso ya lo sabíamos desde hace tiempo, listilla!- Y eso le replicaba yo, con ganas de taparle la boca e incapaz de alcanzarla, porque la herida aún me impedía correr con naturalidad.

Mientras estábamos bajando por las escaleras, empezamos a escuchar las palabras de Roman. Rápidamente nos paramos y miramos si él estaba en un pasillo o en el otro.

-¿¡Dónde estáis!?- Eso gritaba, mientras tenía una pistola en sus manos.-¡Vamos, Doncella, Will Smith, muéstrenme sus sonrisas unas vez más!-

Estaba en el exterior del edificio buscándonos, y nosotras lo pudimos observar con mucha dificultad con una de las miles de ventanas que tenía el pasillo del primer piso. Sus intenciones eran tan claras como el agua.

-¡¿Y qué vamos a hacer ahora!?- Eso preguntó en voz baja ella.

-Tú quédate aquí. Yo me voy a jugar un poco con él, creo que lo necesita. Luego, huye por dónde no te veamos.-

Estaba preparada para luchar con él y ajustar cuentas. Sabía que estar herida iba a ser un inconveniente, pero eso ya me daba igual.

-Normalmente diría que estarías loca, pero es mejor ver cómo dos monstruos se maten entre ellos.- Añadió con desprecio.

-Bueno, si gana ese, irá a por ti y te matará. Si yo gano, tu vida no correrá peligro.- Y yo me lo tomé a cachondeo, mientras me preparaba para el asalto. Ella reaccionó a esas palabras de una forma que no esperaba:

-¡No lo entiendo!-Me decía voz baja, mientras se ponía las manos sobre la cabeza.- ¡¿Por qué destruyes mi secta y luego me intentas salvar la vida!?-

Casi iba a dar un grito de puro desesperación al no poder comprender mis acciones y tuve que taparle la boca. Molesta y con pocas ganas de explicar la situación, porque me daba mucha pereza; solo añadí esto:

-Es solo trabajo, algo que nos encargó tu propia hermana. ¡Y ahora, cállate y déjame hacer mi trabajo de una puta vez!-

-¡¿Espera, qué!?- Eso soltó, mientras se quedaba boquiabierta al escuchar eso. Yo no dije nada más, porque decidí que este era mi turno para actuar y no me iba a quedar unos minutos más explicándole el asunto, ¡qué lo haga su hermana, que es ella quién le pidió a Eliza que yo tuviera que hacer este fastidioso trabajo de mierda.

Lo primero que hice fue acercarme a la ventana con cuidado, mientras él no miraba hacia mi dirección. Luego, use otra granada y se lo tiré. Yo me agaché y él solo se dio cuenta de que había caído una granada cerca de él.

-¡Mierda, otra vez no!- Eso gritaba, mientras corría como un loco. Por desgracia, tuvo que salvarse pero la explosión le tiró al suelo y yo aproveché para ir a la salida más cercana y aparecer delante de él.

Si no fuera por las heridas, hubiera sido pan comido; pero el dolor me hizo más lenta de lo que debería ser. Aún así, me dio tiempo.

-¡Aquí estoy, idiota! ¡Ven, si puedes!- Eso le grité, mientras le apuntaba con el subfusil.

Roman, que se estaba levantando, salió corriendo para evitar mis múltiples disparos, mientras intentaba coger su arma, que la había tirado muy lejos de él. No acerté ni una y tuve que esconderme detrás de la pared.

-¡Maldita perra! ¡Tienes una bala en el estomago y aún así das guerra!- Eso me gritaba mientras se acercaba a la entrada del edificio en dónde yo estaba.

-¡Oye, ten más cuidado con tu vocabulario! ¡El perro eres tú, por seguirnos hasta aquí! ¡Un perro cobarde y maricón, que no se atrevía a matarse a menos que llevases a cientos contigo a la tumba!- Yo le grité esto, antes de tirarle una granada más en la mismísima entrada.

En realidad, él creyó que era una granada, pero era una bomba de humo que lo rodeo al momento. Eso me dio tiempo para escapar delante de sus narices, mientras éste no paraba de estornudar.

Corrí lo más rápido posible, intentando soportar el fuerte dolor de mi herida que me obligaba a pararme o gritar de agonía. Apretaba los dientes sin parar, ignorando estoicamente aquel maldito sufrimiento. Sabía que esto era casi suicida. Tal vez, por eso lo hacía, porque una parte de mí quería que me diesen una bala en la sien, mientras la otra me gritase que tenía que sobrevivir sí o sí.

Mientras tanto, el humo se dispersó y él con su arma me apuntó fácilmente:

-¡Ahora te tengo!- Eso decía con una risita victoriosa. -¡Ha sido muy estúpido de tu parte hacer eso!- E intentó disparar. -¡Ahora te mat…!- Pero no pudo hacerlo, porque su arma por alguna razón desconocida no estaba funcionando. -¡Mierda, mierda, no funciona!- No dejaba de protestar muy nervioso y alterado.

Se distrajo mirando qué le pasaba, dándome una gran oportunidad para darle una bala. Le disparé pero el retroceso hizo que la bala se desviará un poco, alcanzando a la pistola de Roman y que está saliese volando.

-¡Oh, fallé!- Grité molesta, mientras éste caía y se levantaba rápidamente.

-¡Ya te vas a enterar!- Y éste me soltó eso, antes de tirarme una granada, que cayó cerca de mí.

-¡Mierda, mierda!- Salí corriendo como loca, llegando a tirar al suelo el subfusil. Fui tan bruta que me dio un dolor tan fuerte que me hizo cojear.

-¡Cómo duele…!- Eso gritaba. Entonces, la granada explotó y yo salí volando. Di algunas vueltas por el suelo, rompiendo la venda improvisada en el acto y haciendo que mi herida volviera a sangrar de nuevo.

Por unos segundos, sentí como mi conciencia se estaba apagando y me iba a desmayar. El dolor me impedía poder mover mi cuerpo y cerré los ojos. Maldecía el hecho de que iba a ser asesinada aquí y ahora, a la vez que me sentía feliz de que mi vida había terminado de una vez por todas.

Entonces, recordé que había alguien esperándome en Springfield y que deseaba volverla a verla de nuevo. Por eso intenté seguir consciente y evitar que el maldito de Roman me ganase en esta pelea.

Mientras tanto, él ya estaba mirándome y con una actitud altanera, me empezó a hablar, creyendo que estaba inconsciente:

-Esto te pasa por arruinar mi fiesta de despedida, estúpida niñata. -¿¡Sabes todo lo que me costó preparar todo eso!? ¡¿A cuántas personas tuve que reunir!? ¡Sí, era incapaz de hacerlo solo, de volarme los sesos! ¡Por eso, quería que mucha gente me acompañase! ¡Después de todo, sus vidas son tan horribles como la mía, solo les estaba haciendo un favor!-

Al parecer, ya se creía que tenía la victoria, pero lo que no sabía es que estaba preparando mis últimas fuerzas para un desesperante ataque final. Esta sería mi última oportunidad, con posibilidades realmente escasas. Aún así, lo iba a usar, para darle punto y final a esta estupidez.

-Y ahora…- Se puso a reír como loco. -Solo tengo que conformarme con volarte la cabeza a ti y a la otra. Es lo que llamamos venganza, pero no te preocupes yo me iré pronto con vosotras al otr…- Y se calló de repente.

Sus ojos se abrieron como platos, mientras miraba hacia abajo. Su boca intentó pronunciar algo y sus brazos intentaron moverse pero no se pudieron mover ni un centímetro. En su barriga un arma blanca se había introducido en su carne y la sangre que salía de ahí estaba empapándolo todo.

Esta fui mi oportunidad y aproveché. Me levanté, mientras cogía una navaja que llevaba conmigo; y lo apuñalé en cuestión de segundos. Los movimientos que hice fueron tan bruscos que estaba reprimiendo todo el horrible dolor que sentía. Apenas era incapaz de estar de pie, después de hacer algo así

-¡Lo siento mucho, pero no tengo ganas de hacer un viaje tan largo!- Es más, tuve que gritar esto para evitar soltar gritos de agonía.

-¡Serás hija de put…!- Y tras varios segundos, pudo pronunciar vagamente unas palabras, antes de desmayarse y caer al suelo.

-¡He ganado, toma esa! ¡He ganado!- Y reír lo más fuerte posible para seguir ocultar mis gritos de sufrimientos, antes de caer violentamente al suelo. Y luego de eso no me acuerdo nada más, porque me desmayé.

No sé cuánto tiempo pasó desde que me desmayé pero eso se sintió una verdadera eternidad y no fue una sensación agradable para mí. Ni menos el hecho de que tuviera que volver a soñar con otro estúpido sueño.

Parecía la continuación del que tuve antes de ir a detener aquel intento de suicidio colectivo, aunque era realmente distinto. De nuevo, estaba en un escenario oscuro y deprimente, pero en esta ocasión estaba sentada sobre alguien, que no era nada más ni nada menos que yo misma.

-Realmente te odio. Tú hiciste mi vida un infierno y no hace más que hundirla.- Eso le dije de repente con un gesto de deprecio hacia ella.

-¡¿Por qué no me matas de una vez y terminamos esto!?- Mi otra yo solo soltó esto con una actitud indiferente.

-Si hubiera podido hacerlo, hace tiempo que estarías muerta. Pero hay algo que no me deja hacerlo.- Al decir esas palabras, en cuestión de minutos, se me pasaron miles de imágenes sobre Malia y mi otra yo protestó muy molesta:

-Entonces, ¿¡tendré que aguantar esto mucho más!? ¡Estoy harta de hacerlo! ¡Mátame de una vez!-

Hubo un silencio incómodo que duró casi un minuto mientras las dos nos mirábamos fijamente, con una expresión cansada y desalentadora.

-¡Si es lo que quieres, entonces lo haré con gusto!- Al final, su patético rostro hizo entrarme ganas horribles de matarla y le cogí del cuello con todas mis fuerzas.

Ahí es cuándo me desperté, otra vez de forma violenta.

Al abrir los ojos tenía las manos arriba, como si intentaba ahorcar al aire. Después, me di cuenta de que estaba en un lugar totalmente desconocido y cuando iba a preguntar dónde estaba, alguien habló antes:

-¡Por fin despertaste!- Esa persona estaba sentada en la cama de al lado y yo miré hacia ella, mientras comprobaba con mis ojos que estaba en una habitación lujosa y con apariencia muy antigua. Al observarla, tardé unos segundos en reconocer quién era:

-¡Tú eras…!- Dije esto en voz baja y aquella persona me contestó:

-Ofelia Stuyvesant, ¿te has olvidado de mí?- Entonces, lo recordé. Era la hermana de la estúpida de la Doncella, la misma que encargó ese fastidioso trabajo y la que me llamó marimacho.

-Eso me gustaría, pero no.- Eso le respondí con amargura y desprecio. Ella solo se rió.

-Esa actitud tuya dice claramente que estás bien.- Cómo se lo tomó muy bien, decidí preguntarle lo típico:

-¡¿Y dónde estamos!? ¡¿Qué hago aquí!? ¡Contéstame!- Le pregunté con autoridad, mientras intentaba recordar lo último que hice.

-Están en mi mansión, después de que un médico ilegal te mirase. Se quedó muy sorprendido al hacerte la revisión. Sé nota que no eres normal.-

Me reí, aunque fuera un poquito; porque eso era ya estaba claro desde hacia tiempo.

-Recuerdo que estaba en una puta base militar abandonada, luchando contra un idiota.- Y luego añadí esto, esperando que ella me dijera cómo terminé aquí:

-Bueno, es fácil de explicar. Después de la pelea, mi hermana cogió el móvil del señor Roman y al ver que había un poco de cobertura aprovechó para llamarnos. Rápidamente, mi gente vino al lugar y los recogió, todo en secreto para evitar problemas innecesarios. Ni siquiera hemos llamado a la policía.

-Además, fue sorprendente ver qué había una base militar canadiense oculta y abandonada ahí.- Decía eso, mientras yo recordaba mi herida y empezaba a tocarla. Aún dolía, pero mucho menos que antes. Luego, recordé a alguien, al maldito desgraciado de Roman

-¡¿Y cómo está ese idiota!? Espero que esté muerto.-

-Lo siento mucho, pero no podemos permitir la muerte de alguien en este caso. -Los maldije desde lo más fondo de mi corazón.- Es más, estamos intentando que todos los implicados en esta secta estén en silencio y hacer como si ese acontecimiento nunca hubiera ocurrido. Entre ellos, el señor Roman, quién aceptó no hablar jamás del asunto y seguir viviendo una vida normal.-

Así que para evitar cualquier escándalo, llegarán al punto de hacer cómo si nunca existiera. Eso sí que se me hizo realmente hilarante.

-¡¿Realmente van a hacer eso!?- E incluso solté esto, porque era casi imposible ocultar una cosa así, cientos de personas lo vieron.

-Con dinero se puede hacer de todo, Cú Chulainn.- Pero se lo creían, de verdad.

-Hay veces que el dinero no sirve para nada.- Y añadí esto, con una actitud burlona. Ella me ignoró, siguió hablando:

-De todos modos, muchas gracias por salvar a mi hermana y a toda mi familia.

Eso se sintió tan sincero que me dieron ganas de vomitar. Así que lo mejor que hice fue arruinar la escena diciendo esto:

-Jamás quise salvar a nadie, deseaba que todos muriesen. Solo fue mi trabajo como perra de la reina que soy.-

Entonces, ella se levantó y se dirigió hacia la puerta. Pero antes de marcharse añadió esto:

-Es verdad, era un trato. Tú solo eres un triste lacayo de la reina. Bueno, le pediré las gracias a ella y acataremos el acuerdo que hemos hecho con ella.-

Y me quedé sola. Di un gran respiro de alivio al verla marchar de la habitación y empecé a mirar la ventana por unos segundos, para luego soltar esto con expresión molesta: -Otro días más viviendo, ¡que cansino puedo resultar esto!-

Y con estas palabras, cerré los ojos e intenté volver a dormir, con la esperanza de que no tuviera que volver a tener un sueño horrible más.

FIN

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