Centésima séptima historia

Una africana muy hiperactiva: Última parte, centésima séptima historia.

Alsancia dio un gran suspiro de alivio y de felicidad, cuando llegaron a la puerta de la casa de Mao. Había tenido unos de sus paseos más horribles y estresantes de su vida, mientras intentaba controlar a una Martha Malan totalmente fuera de sí, la culpable de que hubieran tenido un viaje muy movidito:

— ¡Genial, realmente genial! ¡Por fin, hemos llegado! ¡¿Mao, Mao, estás ahí!? ¡Soy yo, Malan! ¡Y Alsancia está conmigo! ¡Bueno, nos fuimos a tomar café, jejeje…! —

Eso decía la africana, quién se soltó de la napolitana, y empezó a golpear la puerta sin parar, mientras no dejaba de temblar y de reír tontamente. Una voz, procedente del interior, les decía:

— La puerta está abierta, no hay necesidad de pegar. —

Era Leonardo, quién estaba limpiado un poco el mostrador de la tienda; y un poco sorprendido de que pegaran en la puerta. No se esperaba para nada, lo que iba a presenciar con sus propios ojos.

— ¡Ah, es verdad! ¡Qué torpe por mi parte, jejeje…! ¡Pues vamos, a abrir la puerta! — Abrió la puerta de un golpe y entró a toda velocidad, cruzando la tienda.

— ¡Buenas Leonardo! — Le saludó a gritos, sin detenerse; y cuando iba a entrar en el pasillo que le iba a llevar al interior de la casa, chocó y calló.

Alsancia entró, incapaz de seguirle el ritmo y con ganas de decirle que se tranquilizara y de preguntarle si estaba bien. Leonardo se le adelantó y se acercó a ella a ayudarla, pero ésta se levanto y añadió:

— ¡No es nada, nada grave! — No paraba de saltar carcajadas. — ¡He sido muy cuidadosa con la caída, no me he roto nada! — Eso decía con mucha seguridad, pero se veía que incluso le costaba andar bien.

Tras decir eso, se levantó de golpe y corrió por el pasillo, mientras se zarandeaba de un lado para otro, parecía que en cualquier momento se volvería a caer al suelo. Alsancia y Leonardo se quedaron mirando la escena. Sobre todo éste último estaba de piedra, incapaz de asimilar lo que estaba pasando, porque eso no era normal.

— ¿Esa es Malan? — Le preguntó a Alsancia. — ¿Qué le ha ocurrido? —

Alsancia solo le pudo decir que le sentó muy mal el café, antes de dirigirse al salón. Leonardo se quedó muy pensativo, porque parecía más que había tomado alcohol antes que eso. Al entrar, se encontró con esta escena:

— ¿Qué te pasa? — Eso preguntaba Jovaka totalmente aterrada. — ¡¿Por qué actúas de esa manera!? —

En aquel salón, a excepción de Alsancia, estaba Jovaka y Malan. La serbia estaba en una esquina, temblando de miedo; mientras observaba cómo Martha cayó sobre el kotatsu y reía como loca.

— ¡No lo sé, realmente no lo sé, jejeje! ¡Solo me siento muy animada! — Se giró y cayó al suelo, mientras añadía: — ¡No importa, no importa! ¡¿Quieres qué sea tu psicóloga, Jovaka!? ¡No pediré dinero, solo haré por el amor a la ciencia, jejeje…! —

Al oír esto, Jovaka gritó como una furia:

— ¿¡Qué dices!? ¡Por nada del mundo voy a ver un psicólogo! ¡Lo oyes! ¡Tú sí que deberías al psicólogo, o al médico, o lo qué sea! —

Malan solo se rió tontamente, sin levantarse del suelo; y Jovaka se dio cuenta de que Alsancia estaba de pie, en la entrada del salón, incapaz de cómo actuar. Le pidió explicaciones a ella, al ver que la otra no era capaz.

— ¡¿Qué le ocurre, Alsancia!? ¡Antes de salir contigo, no estaba así! ¡¿Qué le ha pasado!? — La napolitana se lo iba a decir, pero Martha se adelantó:

— ¡Yo te lo diré! — Se levantó del suelo, con mucha dificultad. — ¡Porque ya sé el porqué de todo este asunto! — Señaló con el dedo el techo. — ¡Al parecer, hemos descubierto que soy muy sensible a la cafeína y cuando ha llegado a mi cerebro, pues me tiene toda alterada! ¡Leí en un libro que le efecto puede durar seis horas jejeje…! — Al final, cayó al suelo, después de luchar por mantenerse de pie. Alsancia se le acercó para ayudarla a levantarla.

— Más que sensible, parece que estás borracha…— Añadió Jovaka, con un rostro de terror.

— ¡Eso parece! ¡Debo de ser realmente sensible a la cafeína, jajajaja…! — Y soltó Martha con sonoras carcajadas, mientras se apoyaba en Alsancia para estar de pie.

Y entonces, cuando la napolitana pensaba en sugerirle en llevarla a las habitaciones para que descansara y no molestara a nadie, ésta puso de repente muy mala cara.

— ¿Ahora qué ocurre? — Preguntó Jovaka, cuando se dio cuenta de eso, adelantándose a Alsancia, quién le iba a preguntar si estaba bien, mientras observaba cómo intentaba escupir algo.

— S-solo tengo ansias, jejeje… — Respondió Malan, intentando mantener una sonrisa.

Lo dejó completamente claro, estaba teniendo ganas de vomitar. Alsancia se puso realmente nerviosa, quedándose paralizada, mientras no dejaba de preguntarse qué tenía que hacer. Jovaka tuvo que gritarle esto, al ver que no se movía:

— ¡No te quedes ahí parada, Alsancia! ¡Llévala al cuarto de baño, cuanto antes! —

Movió afirmativamente la cabeza y empezó a andar, arrastrando a Malan, subiendo a las escaleras que le llevaban al segundo piso, directas al baño:

— ¡Me está empezando a doler el cerebro muy fuerte! — Mientras tanto, Malan cada vez se ponía peor, mientras aguantaba todo lo que podría por no vomitar. — ¡Mi sistema digestivo se siente fatal! —

Alsancia se dio toda la prisa del mundo, a pesar de que le costaba mucho esfuerzo en trasladar a su amiga y de que a ella le estaba entrando también ganas de potar. Al llegar ante la puerta, que estaba cerrada, intentaba abrirla, pero sus nervios no dejaban que cogiera bien el pomo de la puerta del baño, apenas podría controlar los exagerados temblores de su mano.

— ¿¡Qué estás haciendo, Alsancia!? — Le gritaba Jovaka, desde el primer piso. — ¡Abre la puerta de una vez! — Ya se estaba desesperando, porque la napolitana tenía la puerta en sus narices y no podría abrirlo por culpa del temblor de su cuerpo. Ésta le quería replicar que lo intentaba, mientras lo maldecía todo.

— ¡No puedo más, mi cuerpo me lo pide desesperadamente! — Malan le gritaba esto. Ya no podría más, su estomago ya estaba escupiendo todo la comida que devoró ella por el esófago.

Y Alsancia, al ver que ésta ya estaba a punto de potar la comida, el asco que le dio eso, fue suficiente para que ella no aguantara más sus ansias y empezará a ponerse a vomitar.

— ¡Mierda, no te pongas a vomitar tú también! — Eso gritó Jovaka, cuando vio que Alsancia quitó su mano del pomo y se pusiera a escupir saliva.

Jovaka, con pocas ganas de acercarse a ellas, decidió tener que echarles una mano, antes de que ensuciaran con su vomito el suelo.

— ¡Ya les abro la puerta! — Gritó, mientras subía corriendo las escaleras lo más rápido posible.

— ¡No lo hagan! — Pero no pudo llegar a tiempo. — ¡Aguanten un poco más! — Se detuvo, al ver que no pudo evitarlo, y miró hacia al otro lado.

Después de todo, mutuamente Alsancia y Martha expulsaron lo que habían comido en el café contra el lindo suelo que fregó Clementina, formando un enorme charco de una asquerosa y desagradable papilla delante de la puerta del cuarto del baño.

— ¡Qué mal me encuentro…! — Decía Malan, cuando terminó de vomitar y se recuperaba del esfuerzo. — P-perdón, Alsancia…. —

— ¡Q-qué a-as…! — Ella solo soltó esto, incapaz de pensar en algo, salvo del dolor que le produjo vomitar, mientras recuperaba el aliento.

Al ver cómo estaban ellas, aunque fuera de reojo, Jovaka comentó en voz baja: — En serio, parece que habéis vuelto de una juerga universitaria de esas, no de una simple cafetería. —

Tras eso, Alsancia se levantó del suelo, mientras evitaba ver el vomito; y ayudó a Malan a levantarse. Ella se quedó pensando qué podrían hacer, mientras la africana no dejaba de quejarse. Entonces, Jovaka habló:

— ¡Qué fastidio! ¡Hasta os habéis llenado la ropa! — Alsancia se miró y vio que ella tenía razón. — ¡Llamaré a Leonardo, para que lo limpié! — Pensó en hacerlo ella misma, pero le daba mucho asco y no sabía fregar. Antes de ir a buscarlo, les recomendó esto: — ¡Deberíais cambiar de ropa o bañarse o algo!—

— En estos casos, hay que bañarse. — Dijo Martha, tras escucharla.

Alsancia movió afirmativamente la cabeza y, liberada de la presión que estuvo sometida antes y la cuál era la culpable de que estuviera temblando como un flan, abrió fácilmente la puerta con mucho cuidado. Luego, ella levantó a la africana y las dos se metieron en el cuarto de baño.

— ¿Nos vamos a bañar juntas? ¡Eso me trae tantos recuerdos…! — Eso gritó Malan alegremente, antes de cambiar de tema y decir esto con muy mala cara: — ¡Qué mal me siento! —

Alsancia no dijo nada más, solo empezó a intentar quitarle la ropa a Malan, y estuvo un buen rato liada con el yukata que llevaba la africana, no sabía por dónde se tenía que empezar para desajustar aquel vestido, y además tenía que contener a su amiga, quién intentaba ir a la bañera rápidamente y meterse en él así sin más. Al final, lo consiguió, no sabe cómo.

— ¡Oh, la ropa! — Eso dijo muy sorprendida Malan, cuando vio que el yukata se le cayó al suelo. — ¡Se me había olvidado de que la tenía puesta! ¡Muchas gracias, Alsancia! — Y empezó a reír, olvidándose el hecho de que no estaba muy bien. Se puso las manos sobre la cabeza, quejándose del dolor, mientras se balanceaba de un lado para otro, apenas podría estar de pie.

— ¡C-cuidad…! — Gritó Alsancia de terror cuando que Malan iba a caer de cabeza hacia la bañera, quién ya perdió totalmente el equilibrio.

Reaccionó rápidamente, atrapó a Malan y evitó que su cabeza chocase contra la bañera. Cuando vio que la pudo salvar, dio un suspiro de alivio, antes de darse cuenta de la parte del cuerpo de la africana que ella había agarrado.

Se preguntó qué estaba tocando al momento, mientras los estrujaba con sus pequeñas manos. Eran bultos de carnes blanditas, suaves, y no eran ni muy pequeñas ni tampoco muy grandes. Supo enseguida que estaba manoseando.

Como tenía los ojos cerrados, para no ver la escena que iba a presenciar si Malan se hubiera estrellado contra la bañera; los abrió poquito a poco, con toda la cara totalmente roja. Y vio cómo la estaba agarrando por su pecho, la cual estaba desnuda.

— ¿Y e-el sostén? — Eso preguntó realmente conmocionada, porque se dio cuenta de que ella había estado todo el rato sin sujetador.

— ¡Ah, eso! ¡A veces, cuando uso el kimono, ya sea usando el yukata o el komon,  no me pongo el sostén! ¡Sobre todo cuando me aprietan y tengo que comprarme otros! — Le respondió Malan, que parecía no importarle el hecho de que Alsancia le estuviera agarrando el pecho. Ésta, tras oír la explicación, se quedó en blanco.

Más bien, estaba totalmente absorta en otra cosa e ignoró aquellas palabras, ella estaba comprobando el hecho de que sus pechos siguiesen creciendo a pasos agigantados. Sabía que siempre los tuvo muy grandes comparados con las demás chicas de su edad, así que no debería sorprenderse, pero aún así le costaba asimilarlo, sobre todo cuando ella era más plana que una tabla de planchar. Al final, Martha la hizo devolver a la realidad:

— Por cierto, cada vez me siento peor, ¡quiero bañarme de una vez! — Eso decía Martha con voz cansada, con un rostro que parecía al de un zombi.

— ¡P-perdón! — Eso dijo Alsancia totalmente colorada, mientras soltaba sus manos de su pecho.

Martha, liberada de las garras de la napolitana, se metió en la bañera y se iba a sentar en él. Entonces, Alsancia la detuvo:

— ¡E-espera! — Con un débil chillido. Martha se detuvo y le preguntó:

— ¿Qué ocurre? —

Alsancia la señaló, ésta se miró y vio que aún le quedaba los calcetines, las bragas y soltarse el moño que siempre usa.

— Ah, ¡aún me quedaba ropa por quitarme! — Eso dijo, riéndose sin ganas, y empezó a quitárselas.

Entonces, Alsancia dio un gran suspiro de cansancio. Ni habían empezado a bañarse y ya estaba agotada. Ella jamás pensó que Martha sería capaz de darle tantos problemas, ni menos que la razón de que se pusiera de esa manera fue solo porque tomó café. Las ganas de quitarse del medio eran realmente grandes, pero era una adulta y su responsabilidad era de cuidarla. Así que decidió dar un pequeño esfuerzo y aguantar esta situación un poco más. No dejaba de decirse que siguiera así, que iba por el buen camino; mientras se quitaba la ropa. Entonces, sintió como un fuerte chorro de agua fría se estrelló contra su cuerpo violentamente.

— ¡M-Malan…! — Gritó Alsancia, después de aquel ataque sorpresa.

Giró su cabeza hacia ella y veía como la manguera de la bañera se movía como una serpiente, llenando de agua todo el cuarto de baño.

— ¡Solo abrí el grifo y la manguera no deja de moverse violentamente! — Le explicaba la situación, mientras torpemente intentaba coger la manguera. Sin querer, lo abrió al máximo y despertó a la bestia.

Alsancia tuvo que actuar y coger la manguera, al ver que Malan estaba tan mal que le costaba poder atraparla. La atrapó y apagó el grifo, en cuestión de segundos. Las dos chicas miraron fijamente a su alrededor:

— Todo el cuarto de baño ha quedado empapado… — Añadió Martha secamente.

Alsancia no dijo nada, tenía una cara de leve preocupación, porque creía que todo el mundo se iba a enfadar con ellas, sobre todo Mao; por haber puesto el cuarto de baño perdido. Dio un suspiro, tras pensar en que lo podría arreglar más tarde, porque lo primero era bañarse.

Después de llenar la bañera con agua caliente, la situación mejoró, Martha ya estaba mucho más relajada, aunque tenía muy mala cara. Aquel baño tranquilo les sintió muy bien a ambas, sobre todo a Alsancia, quién sentía que se había quitado todo el estrés y el cansancio que acumuló.

Cuando salieron del cuarto del baño, con Alsancia llevando a Malan a hombros, Jovaka, quién seguía estando en el salón, le preguntó esto:

— ¿¡Ya está mejor ella!? — Alsancia movió la cabeza afirmativamente. Luego, Jovaka añadió:

— ¡¿También lo habéis liado en la bañera!? — Durante todo el rato, no sé dejaba de preguntar qué rayos hacían en el cuarto del baño. — ¡No habéis parado de hacer ruido! —

Alsancia volvió a mover la cabeza afirmativamente, mientras deseaba que ella terminara de hablar, porque la toalla que estaba usando para taparse se le estaba cayendo poquito a poco.

— ¡Dejen de hablar, qué quiero dormir! — Entonces, una Martha que no dejaba de exclamar quejidos y gestos de molestias intervino.

Jovaka se calló y se dirigió hacia la tienda para decirle a Leonardo que tenía que mirar el baño, mientras ellas dos se metían en el dormitorio de Mao. Alsancia sacó el futón y le puso ropa, mientras Martha se quedó dormida del tirón.

Al verla dormir tan plácidamente, dio un gran suspiro de alivio, mientras la tapaba. Por fin, Alsancia podría descansar tranquilamente. Entonces, pensó en lo que ha ocurrido, después de vestirse.

Había sido bastante fastidioso y agotador hacerse caso de la pobre Martha, que probó el café y se comportó como si se hubiera emborrachado; pero ella se sentía satisfecha. Había cuidado a alguien y, más bien que mal, pudo sentir que lo hizo bien, como lo haría un adulto. ¿Esto era responsabilidad, la carga por la cual las personas que han madurado tienen que soportar y aguantar, la misma que muchos desearían librarse de ella y volver a ser niños? No lo sabía a ciencia cierta, la verdad; y le daba un poco de miedo pensar cómo sería ser una verdadera persona adulta, aún así, se sentía muy feliz de haber podido hacer algo bien.

Y entonces pensó en sus padres, preguntándose cuánto tuvieron que  aguantar, cuánto esfuerzo y sacrificios hicieron, qué sintieron; mientras la cuidaban y la mimaban. Tuvo que ser algo tan titánico que ella jamás podría ni imaginar. Por eso, en lo más profundo de su corazón, con un sincero agradecimiento, les decía mentalmente que muchísimas gracias por soportarla y aguantarla todos esos años y perdón por todo.

Por otra parte, se sentía algo mal por Martha, la pobre tuvo que pasarlo muy mal y ella estaba feliz, a pesar de todo. Con una débil voz, le dijo perdón, mientras se acostaba a su lado y se quedaba dormida.

Al día siguiente, por la mañana, aquellas dos estaban totalmente hechas polvos, parecían que estuvieran teniendo una resaca. Mao y la canadiense estaban en la cocina preparándoles comida caliente, ya que cogieron un buen resfriado.

— ¿Sabes, Alsancia? — Dijo Martha, mientras temblaba de frío e intentaba aguantar el fuerte dolor de cabeza y de cuerpo que tenía encima, y después de ser llamada por su madre, que, a pesar de ser comunicada de que su hija se quedó en la casa de Mao, estaba un poco preocupada.

— ¿S-sí? — Le replicó Alsancia, quién no dejaba estornudar y usar cientos de pañuelos para sacarse los mocos.

— Odio el café, jamás volverá a tomar eso. —

Alsancia se quedó en silencio unos segundos, tras oírlo eso. Al final, añadió: — Yo c-creo igual… — Ella ya empezó a repudiar el café.

FIN

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Centésima séptima historia

Una africana muy hiperactiva: Primera parte, centésima séptima historia.

Mediados de enero, había pasado una semana desde que Alsancia perdió definitivamente a sus padres, varios días más desde que ocurrió aquella gran pelea que tuvo Mao con Nadezha, y por el cual hizo que el primero cayera bastante deprimido, aunque los últimos acontecimientos que le ocurrieron a la napolitana pudieron distraerlo de sus propios problemas, quién intentó animarla. No podríamos decir que sus esfuerzos no eran en vano, ya que junto con los demás, ella poquito a poco se recuperaba de aquel golpe. A veces, se ponía a llorar sin parar o se le quitaba el hambre, pero, al ver que todo el mundo intentaba con todas sus fuerzas hacer que se sintiera mejor, decidió poner todos sus esfuerzos en volver a la normalidad.

Y una de esas chicas, que puso un gran esfuerzo por animarla; la estaba llevando hacia un lugar, después de invitarla. Era Martha Malan, quién le pidió el pequeño favor de que le acompañará a una cafetería que abrieron hace poco y estaba en mitad entre el camino a su casa y el de Mao, con la excusa de que no podría ir con un adulto.

Alsancia sabía perfectamente que ella se podría cuidar sola y que esto era solo para hacerla sentir como una verdadera adulta, para animarla y a la vez salir a tomar a algo. Después de todo, ella ya pasado de los veintes años y asombrosamente parecía a una chica de doce, y siempre le han tratado como una niña pequeña, algo que le acomplejaba. De esta forma, Martha, quién tenía once años; quería subirle la autoestima. Aceptó encantada.

Mientras se dirigían hacia su destino, Malan no paraba de hablar, diciendo cientos de curiosidades de cosas que veía mientras caminaban.

— Realmente, está siendo un invierno bastante más suave que el año pasado. Mirando los registros del enero del otro año, llegar a seis grados cómo máximo parece un milagro. — Y también, en un momento determinado, hablaba del clima.

— ¡A-aún así,…— Tiritaba Alsancia. —…h-hace frío! — Se decía a sí misma que jamás podrá acostumbrarse al horrible invierno de Shelijonia, mientras deseaba poder llegar a la cafetería y sentir el calor de nuevo.

Y Malan cambió de tema, para decir esto:

— Por cierto, la cafetería a la que vamos se llama Rabbit House café. —

Alsancia, al escuchar el nombre, se imaginó un lugar tierno y adorable, lleno de conejos a los cuales tocar, mientras tomaba tranquilamente un café; poniendo una sonrisa tonta que iba de oreja a oreja. Eso sería algo parecido al cielo para ella.

Entonces, cuando se dio cuenta de que estaba fantaseando, se quitó esos pensamientos, mientras movía rápidamente la cabeza. Sus expectativas eran muy altas y por tanto, podría llevarse un chasco. Es algo que le ha ocurrido varias veces, como si estuviera en una comedia o, a veces, un drama que le hacían sufrir solo porque sí. Por eso se serenó, respirando e inspirando varias veces, para asimilar que lo que se imagino sería mil veces en la realidad, como siempre.

Martha Malan, quién estaba hablando científicamente sin parar sobre los conejos, la miraba de reojo y se preguntaba qué ideas tenía por su cabeza, pero la dejó en paz, porque deseaba seguir con su genial charla sobre aquellos animales, aunque no pasaba más que un larguísimo monólogo.

Al llegar ante las puertas del local, Alsancia miró fijamente el exterior. Situado en un pequeño edificio de tres plantas con un gris muy apagado, sobresalía totalmente, parecía como si lo habían arrancado de un edificio del centro de una ciudad europea y lo encajaron en aquel lugar.

Ese lugar era totalmente elegante y lujoso, con sus cuatros columnas imponente y hermosas sobresaliendo, con esos enormes ventanales impresionante y su gran puerta de madera. Y el interior también era algo igual.

Cuando entró con Malan, se quedó con la boca abierta, mirando por todas partes. Desde el techo, que tenía una lámpara de araña y estaba lleno de escenas idílicas, de niños jugando con conejos en mitad del jardín de una casa adinerada; hasta el suelo que tenía baldosas con la imagen en blanco y negro de aquellos animales. Las mesas, cubiertas con hermosos manteles de encajes, eran grandes y robustas y las sillas eran de terciopelo y muy cómodas. La barra daba la misma apariencia que todo lo demás. Pero lo que más le fijó la atención, era que en cierta parte del local, había una especie de cerca, y en el cual estaba lleno de unos cuantos conejos, siendo acariciados o alimentados por algunos clientes. Alsancia, no se lo podría creer, era todo tal como había imaginado y casi iba a dar un grito de alegría ante tal milagro.

Lo primero que quería hacer era salir corriendo hacia los conejos y acariciarlo, y e iba a hacerlo, si no fuera porque actuaría como una niña pequeña, y no como la adulta que era. Así que le preguntó a Martha si ella deseaba ir a acariciarlo, utilizando en el lenguaje de los signos. Ésta, que le respondió por la misma forma, le dijo que antes iba a pedir algo.

Alsancia pensó en que debería hacerlo ella, ya que era la mayor; aunque sabía que eso era una estupidez por culpa de su tartamudez. Martha le dijo esto, al ver que se iba a poner triste, pensando en lo incapaz que era para poder hablar:

— ¡Olvídate de eso! ¡Solo me dices lo que quieres y punto! Piensa esto, como si la pequeña tiene que hacer caso en todo lo que dice la grande. —

Alsancia se quedó pensado, preguntándose seriamente que había algo en esa argumentación que no le gustaba, pero al final no le dio importancia y le dijo que sí, pero antes tenían que sentarse y mirar en el menú. Había toda clase de cafés y té, también zumos de toda clase y dulces y otros alimentos. Mientras la napolitana intentaba decidir, ya que quería probarlo todo y solo debía elegir uno, se acercó una de las camareras, una chica que parecía ser de su edad y con el pelo corto y naranja. Les preguntó qué querían tomar.

— Pues y-yo…— Alsancia, quién aún no se había decidido, se puso muy nerviosa y no sabía que decir.

— Yo quiero café con leche y un pastel de fresa con chocolate. — Soltó Martha con tranquilidad. Luego, se dirigió a Alsancia: — ¿Tú qué quieres? ¿Ya has elegido?  ¡Si no has elegido aún, podemos esperar! —

Alsancia se tranquilizó y miró detenidamente el menú, eligiendo lo primero que viera y le apetecía. Había elegido café solo y un bizcocho de manzana. Al irse la camarera, Malan le dijo:

— Estoy algo emocionada, es la primera que pruebo el café. Espero que sea una buena experiencia. — Aunque decía eso, parecía bastante calmada y tranquila, para Alsancia.

La napolitana le respondió con signos que ella ya lo había probado cuando tenía diez años y la primera vez fue horrible, era demasiado amargo para su pobre lengua.

Lo recordaba como si fuera ayer, mientras sus padres charlaban con otras personas, observando el mar mediterráneo; ella y una amiga llamada Francesca decidieron probar a hurtadillas el café que tomaban los adultos. Cuando descubrieron su sabor, sacaron su lengua, diciendo sin parar que asco en italiano y todo el mundo poniéndose a reírse de las pobres. Al recordarlo, sintió mucha nostalgia y miró al cielo, preguntándose cómo estará su vieja compañera de juego en el cielo. Y luego, se acordó de sus dos padres. Casi iba a ponerse triste al recordar a todos los seres queridos que perdió en el pasado, cuando Martha intervino:

— Ya me hablaron de lo amargo que es y de que puede tolerar el sabor, ya sea con leche o con azúcar. También he leído mucho sobre su adicción. —

Eso le decía, después de escuchar la primera experiencia que tuvo Alsancia y atraer su atención, para que no pensara en esas cosas tristes. Y añadió, además:

— ¿Estarás bien tomando café solo? —

Alsancia se quedó muy pensativa cuando escucho esas palabras, porque se dio cuenta de que hacía años que no probó el café solo. Ella siempre pudo tomarlo con mucha leche y hubiera elegido lo mismo que Malan, si no fuera por las prisas. Ahora, después de años sin atreverse a probarlo, con la creencia de que cuando fuera más grande podría tolerar lo amargo; había llegado el momento de volver a tomar eso y esperaba no arrepentirse.

Y cuando se dio cuenta de que estaba tardando mucho en decirle algo a Martha, tuvo que soltar lo primero que se le ocurría, que estaba bien, que creía que podría tolerar el sabor.

Vino otra camarera, que parecía tener la misma edad que Martha, algo que empezó a intrigar a Malan y a Alsancia, ya que dos chicas que parecían menores estaban en un café trabajando, de alguna manera; se les acercó, mientras traía lo que pidieron. Ellas se quedaron mirando hacia su cabeza, cuando vieron que sobre su cabello azul clarito, había una extraña bola de pelo, tan blanco como la nieve. Era un animal que despertó la curiosidad de la africana y la napolitana.

— ¡Qué Oryctolagus cuniculus tan bien cuidado y curioso! — Añadió Martha, bastante emocionada.

Alsancia y la camarera se quedaron en blanco, incapaces de comprender qué soltó Martha. La chica del pelo azul respondió, con una voz débil:

— Es un conejo de Angora. —

Alsancia se quedó más sorprendida, porque no se esperaba que esa cosa también fuera un conejo, con todo ese espeso pelo que tenía, apenas podría distinguirlo.

— Es el nombre científico del conejo común, incluyendo a los de Angora. — Mientras Martha le replicaba esto y la chica abrió la boca, diciendo que lo entendía, antes de irse.

Después de echar el azúcar y mezclarlo, Alsancia empezó a soplar con todas sus fuerzas para hacer que el café se enfriará más rápido, mientras Martha empezaba a comer el pastel que le dieron. Cuando vio que ya no estaba tan caliente, lo probó y casi se quemó la lengua:

— ¡A-ay! — Dijo, mientras sacaba la lengua y ponía cara de asco, porque estaba más amargo que casi no pudo tragarse el poco líquido que se tragó.

Ya pudo comprobar que jamás podrá soportar la amargura del café. Para quitarse el mal sabor de encima, empezó a tomar el bizcocho, mientras Martha terminaba de comer y empezó a tomarse de un sorbo.

Mientras Alsancia se preguntaba qué podría hacer con el café, si dejarlo así o pedirles que le echaran leche; no se dio cuenta de que a Martha le sentó algo raro el café. A los pocos minutos de tomarlo, su cara empezó a ponerse roja y empezó a actuar de una forma extraña:

—Ajajajaja…— Empezó a reírse tontamente, mientras soltaba una voz rara. — ¡Ya lo sabía, ya lo sabía! ¡Jejeje! — Y movía su cuerpo de un lado para otro, como si se hubiera puesto hiperactiva de repente.

Alsancia se quedó en blanco, preguntándose qué le pasaba a Alsancia, porque se dio cuenta de que había algo en ella.

— Debiste poner leche en tu café, jejeje…— Se levantó y empezó a dar vueltas como una tonta, mientras añadía esto: — Lo amargo no es un sabor muy querido en el paladar humano. —Y terminó de hacer eso, antes de parar subidamente y hacer un gesto extraño, que hizo que atrajese la atención de todos.

Alsancia no sabía qué estaba pasando, no podría comprender cómo la tranquila y racional Martha Malan se había vuelto así de la nada.

— ¡Qué raro se siente esto, jejeje! — No dejaba de ir de un lado a otro del local. — ¡Me siento muy animada, tanto que podría ser capaz de adelantar un Acinonyx jubatus! — Se acercó a Alsancia y le señalaba con el dedo. — ¡En otras palabras, hablo del animal terrestre más veloz de todos, alcanza una velocidad punta entre noventa y cinco y ciento quince kilómetros por horas, en carreras de hasta cuatrocientos o quinientos metros. —

Alsancia, incapaz de seguirle el ritmo, intentó preguntarle sí le ocurría algo, pero Martha no la dejo, ya tomó su café solo y se lo tragó:

— ¡Qué asco, de verdad, lo amargo es muy desagradable! — Gritaba ella con una cara de completo asco para luego añadir con una aterradora alegría: — ¡Experimento completado! —

Y rápidamente se acercó al lugar en dónde estaban los conejos, mientras le gritaba a Alsancia: — ¡Vamos, ven conmigo a ver a los Oryctolagus cuniculus! ¡Rápido! —

Alsancia sin pensarlo dos veces, la siguió, mientras intentaba comprobar lo que le estaba pasando. Y ahí se quedó un buen rato, concentrada más en observar a Martha que a acariciar a los conejitos, que tuvieron que soportar como la hiperactiva africana no dejaba de cogerlo y molestarlos, mientras explicaba como una cabra muchas curiosidades sobre ellos.

No dejaba de preguntarse una y otra vez sobre el drástico cambio de comportamiento de Alsancia, hasta que escuchó una conversación que tenía las dos camareras, que la observaron por un momento:

— Me recuerda a alguien. — Eso dijo alegremente la chica del pelo naranja.

— A ella también le afecta la cafeína. — Y añadió secamente la del pelo azul.  Esas dos chicas recordaban a una amiga que también sufría el mismo problema, no espera que hubiera otra igual en toda la cuidad.

Y al escuchar esas palabras, Alsancia tuvo una revelación, poniendo una cara de sorpresa y dando un pequeño grito de sobresalto: — ¡E-el café! —

¿Por qué no se dio cuenta antes? Era bien obvio que Martha se puso así después de tomar el café y Alsancia se sentía bastante idiota por no haberse percatado. Y ahora se le vino a la mente una cuestión: ¿Y ahora qué debería hacer? No podría dejarla así, pero no se le ocurría absolutamente nada. Así es cómo empezó a dar vueltas por la zona de los conejos, forzando su pobre cerebro a encontrar una buena solución.

— Esas chicas son raras. — Dijo la del pelo azul, mientras seguía mirando.

— Pues a mi parecen divertidas. — Y añadió la otra, antes de volver las dos al trabajo.

Los demás clientes y trabajadores también pensaron que eran algo extrañas, pero volvieron rápido a lo que le interesaban. Y Alsancia, al ver que estaba haciendo el ridículo, se detuvo y se tranquilizó, dándose unos pequeños tortazos a la cara. No podría perder la calma, ella era la adulta y debía ser responsable de Malan. Tras eso, pudo encontrar una solución y decidió aplicarla al momento. Llamó la atención a su amigo y le dijo, usando señas, que debían volver a la casa de Mao.

— ¿Irnos a casa? — Replicó Martha, tras poner un feo gesto de molestia. — ¡No tengo ganas, quiero seguir con los Oryctolagus cuniculus! — Y siguió molestando al pobre conejito que había capturado.

Alsancia pensó si lo mejor era esperar un rato más y ver si se calmaba, pero, por otra parte, sentía que ella tenía que volver a casa a descansar. Eligió lo segundo, pensando que podría provocar algún problema a la gente del café. Y buscó la forma de convencer a Martha, para que se dejase llevar a casa.

— ¿Quieres volver a casa? ¿Por qué? ¿Ha ocurrido algo? — Eso le decía hiperactivamente Malan, mientras la empezaba a examinar y a tocarle todo el cuerpo, como si ella se creía un médico. — ¡¿No te sientes bien!? ¡Ya veo, ya veo! ¡Tu cuerpo siempre dando problemas, es un fastidio, la verdad! —

Alsancia le dijo que ella no se encontraba bien y que esa era la razón por la cual deseaba volver a casa de Mao, y no era una simple excusa que se le ocurrió de repente para cambiar de idea a Martha, porque le empezó a doler de verdad el estomago y la cabeza.

Tras eso, Malan se fue corriendo hacia al barman para decirle el precio de todo y chocó de forma torpe contra al suelo con una de las sillas que estaban al lado de la barra de la cafetería. Alsancia se acercó a ella para ayudarla, pero ésta se levanto del suelo como si nada, riéndose como una loca. La napolitana se preguntó si podría mantener a la africana sana y salva. Después de eso, pagaron y se fueron.

— ¡T-ten cuidado! — Eso le gritaba Alsancia a Malan, quién no dejaba de correr y dar vueltas alrededor de ella, mirando por todas partes a la vez que no miraba por dónde iba.

— ¡No te preocupes, yo estoy bien, realmente bien! — Y además, le decía esto, con una sonrisa tonta en la cara. — ¡La que debes cuidarte eres tú! —

El viaje a regreso a casa de Mao se volvió todo un suplicio para Alsancia, quién estaba alerta e intentaba controlar a Martha, sin mucho éxito.

— ¡Qué curioso, todo se ve doble, jejeje…! ¡¿Eso produce normalmente el café!? — Y lo peor es que iba como un pato mareado, apenas podría andar bien, no dejaba de tambalearse de un lado para otro. Alsancia no se podría creer que la cafeína le fuera afectar tanto, parecía una completa borracha.

Al final, cuando vio que ésta iba a cruzar por la calzada, sin importarle los coches que pasaban por ella, le cogió fuertemente del brazo a Martha y no la soltaba por nada del mundo:

— ¡¿Tan mal te encuentras!? ¡Perdón, perdón, jajaja…! ¡Puedes usar mi brazo tanto como quieras, pero ni me agarres tan fuerte, que se me corta la circulación! ¡Eso es malo, muy malo! — Martha se lo tomó muy bien, mientras Alsancia, cansada y agotada, deseaba llegar a casa de Mao cuanto antes. Lo que no sabía es que aún no había llegado la peor parte.

FIN DE LA PRIMERA PARTE

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Centésima sexta historia

El paquete olvidado: Centésima sexta historia, última parte.

― Bueno, creo que ya nos hemos lamentado bastante. ― Eso dijo Jovaka, unos cuantos minutos después de actuar de esa forma tan exagerada. Las dos ya se habían tranquilizado y se dieron cuenta de que hicieron el ridículo.

― S-sí… ― Y eso añadió Alsancia, muy avergonzada por haber actuado de aquella forma, sobre todo por el hecho de que era la adulta.

― ¿Y qué hacemos entonces? ― Le preguntó Jovaka y Alsancia, viendo que no podría explicarle eso con las palabras, se lo explicó con el lenguaje de los signos, de que tenían que preguntar a otra persona. La serbia lo entendió perfectamente.

― Ya veo, eso parece fácil… ― Añadió Jovaka, un poco preocupada, ya que para alguien normal le podría parecer facilísimo, pero para ellas eran algo totalmente diferente.

― P-perdón s-s-señ… ― Llamó Alsancia la atención a un hombre calvo y trajeado que pasaba por ahí e iba deprisa. No podría terminar la frase porque se quedó trancada, como siempre; y era incapaz de preguntarle dónde estaba la oficina de correos.

― ¿Qué quieres niña? ¡Qué tengo prisa! ― Y el hombre, quién estaba impaciente y quería terminar de una vez, le soltó con un tono desagradable.

-P-pues…- Eso solo provocó más nerviosismo en Alsancia, que ya era incapaz ni de pensar en lo que le iba a decir.

― ¡Vamos, Alsancia! ¡Di algo! ― Y Jovaka, quién estaba detrás de ella, le pidió que lo dijera de una vez.

― ¡¿Qué quiere tú amiga!? ― Entonces el hombre se dirigió a Jovaka.

― P-pues verás… ― Y ella también se quedó paralizada, incapaz de decirle algo al impaciente hombre. Le entró el miedo y no sabía qué hacer o decir, le temblaba todo el cuerpo y le entraron ganas de salir corriendo.

Alsancia se quedó boquiabierta, mientras se decía sin parar maldición; al ver que ella no solo tenía pánico a las chicas desconocidas, sino también a los hombres que no conocía. Así, ninguna de las dos le pudo decir dónde estaba la oficina de correos.

― ¡No me molesten, chiquillas! ¡Qué tengo cosas qué hacer! ― Eso les gritó molesto, antes de mandarlas a la mierda. Y esto solo era el primer intento.

A continuación, lo intentaron con otras personas, que tuvieron diferentes tipos de reacciones. Algunas de ellas le dijeron cosas como estas:

― Lo siento. ― Eso decía una muchacha intentando ser amable. ― No entiendo nada. ―

― ¡Déjenme en paz! ― Gritó una vieja gruñona que pasaba por ahí.

― ¡Qué tías más raras! ― Eso añadió un niñato que soltó lo que pensando, hiriendo a las dos chicas cruelmente.

Ninguno de las personas con las cuales habían preguntado no tuvieron ni la capacidad ni la paciencia de saber que querían Jovaka y Alsancia. Después de todo, eran incapaces de decirles los que querían, siendo en el caso de la napolitana sus problemas del habla y en el de la serbia aquel inexplicable y molesto miedo.

― ¡Mierda, mierda! ― Al final, Jovaka estalló con gran furia y gritaba estas cosas. ― ¡Maldición, tan difícil no es! ¡Solo tenemos que preguntar dónde está la maldita oficina de correos! ―

― ¡T-tranqu…! ― Eso intentó decir nerviosamente Alsancia, antes de su maldita garganta se volviera a atrancar de nuevo y no podría terminar ni siquiera la palabra. Incapaz de hablar, deseaba gritar de furia, maldiciendo su voz una y otra vez. Si no fuera tartamuda, esto no estuviera pasando.

Entonces, una chica que pasaba por ahí, escuchó gritar a Jovaka y les dijo amablemente: ― Si quieren, puedo decirles dónde están la nueva oficina de correos. Lo trasladaron hace poco. ― Fue la salvación para las dos chicas.

Tras explicarles con pelos y señales dónde lo habían puesto, ellas les pidieron nerviosamente las gracias y fueron yendo hacia sus indicaciones, sin saber realmente que ella sin darse cuenta se había equivocado torpemente.

― ¡¿No decía que girábamos hacia la derecha!? ― Eso decía Jovaka, tras mirar  la próxima calle que tenían que cruzar supuestamente. ― No hay salida y no veo ninguna oficina. ―

En ese momento, tras un buen rato dando vueltas cerca de la plaza en dónde había estado la antigua oficina de correos, se dieron cuenta de que había algo raro en esas indicaciones.

― Q-qué raro… ― Eso soltó Alsancia, bastante preocupada. Le aterraba que sus peores sospechas fueran cumplidas, que metería de nuevo la pata, a pesar de que la verdadera culpable no era ella.

Jovaka al ver el rostro de terror que tenía Alsancia, decidió intervenir y soltar esto: ― Tal vez, se habrá equivocado y dijo a la izquierda. ―

Y así, yendo sin rumbo aparente, Jovaka y Alsancia intentaron buscar la oficina de correos ellas solitas, dando rodeos sin parar y alejándose del centro cada vez más, hacia al noreste de la ciudad. Al final, acabaron a los pies de un barrio desconocido.

― ¡¿En serio, dónde estamos!? ― Eso preguntó Jovaka consternada y lo mismo se preguntaba a sí misma Alsancia, en ver que estaban en un sitio que jamás habían estado, que parecía ser lo primero que se veía desde los coches que viajaban desde la autopista que lo conectaba con Bogolyubov. Aparte de eso, no tenía nada de especial.

Entonces, se dieron cuenta de lo obvio. Jovaka le preguntó a Alsancia: ― ¡¿Nos hemos perdido!? ―

Y ésta, sintiéndose muy mal por no haber hecho nada bien, tuvo que afirmarlo con la cabeza. Jovaka casi cayó de rodillas dando un gran suspiro de fastidio, mientras Alsancia, que le deseaba pedir perdón por no poder haber sido de ayuda, se puso a descansar, apoyándose las manos sobre las rodillas. Llevaron casi tres horas caminando, les dolían los pies y estaban realmente cansadas. Y al ver un banco a los lejos, las dos corriendo hacia él para sentarse y estar un rato recuperando el aliento.

Tras un rato en silencio, Jovaka, incapaz de aguantar su enfado, abrió la boca: ― Esto no es normal, para nada; se están burlando de nosotras o algo. Es imposible que nosotras tengamos tantos problemas para ir solo al maldito correos. ― No sabía de quién hablaba, pero se sentía muy frustrada y enfadada, harta de aquel paseo. Luego, siguió hablando sola y añadió: ― Debe ser una señal de que no deba coger ese dichoso paquete. ―

Mientras Jovaka hablaba sola, Alsancia no dejaba de pensar una y otra vez en lo inútil que había sido en este paseo hacia a la oficina de correos. Había metido la pata unas cuantas veces y demostró que era una adulta desastrosa. No solo deseaba perdirle a la serbia perdón, sino que tenía ganas de llorar porque siempre le pasaba lo mismo.

Llegó a preguntarse si en verdad ella estaba maldecida o es que había nacido con la estrella de la mala suerte. Miles de pensamientos tontos interrumpían en su pobrecita cabeza y la ponían peor de lo que estaba.

― Se preocupa demasiado… ― Eso dijo en voz baja Jovaka, al darse cuenta de que Alsancia se estaba calentando la cabeza. No sabía el porqué, pero a ella le molestaba eso, que siempre se pusiera muy triste porque se pensaba demasiado las cosas.

En realidad, si lo sabía pero no podría explicarlo en palabras; aquella faceta suya solo conseguía que atrajera la atención de Mao, que haría todo lo posible para que ella estuviera feliz y no se centrará tanto en lo malo. Dio un gran suspiro de molestia. Ahora mismo, lo único que le importaba es que Alsancia no estuviera triste.

Entonces, se levantó de repente y le dijo: ― ¡No es hora de ponernos tristes, tenemos que llegar a la maldita oficina de correos, o si no se nos hará de noche! ―

Y sin poder reaccionar, cogió a Alsancia de la mano y pareciendo estar molesta le añadió: ― ¡Me molesta mucho que estés así! ¡No sé el porqué pero me molesta, así que no te pongas de esta manera! ¡¿Entendido!? ―

― P-perdón,… ― Le dijo entrecortada Alsancia, sintiéndose un poco culpable. Eso solo provocó que Jovaka, que estaba bastante roja, le gritara esto:

― No, eso no. Solo que no te pongas así, ¡es mi problema, no el tuyo! ¡Yo solo debo ponerme así! ¡Por eso, deja de sentirte mal! ―

Entonces, comprendió lo que intentaba hacer Jovaka, quién lo hacía a su manera. Intentaba animarla, aunque de una forma un poco inusual. Eso le hizo mucha gracia, preguntándose por qué no lo decía de forma normal, tanta vergüenza le daba reconocer que quería levantarla la moral.

Y rápidamente, con Alsancia siendo arrastrada por Jovaka, ellas dos empezaron a caminar hacia algún lado. La serbia empezó a buscar una manera de poder preguntar a alguien, porque había gente por las calles, pero era incapaz de dirigirles la palabra. Al final, se centró tanto pensado en eso que no se dio cuenta de que le tuvieron un enorme golpe de suerte. Tras andar sin rumbo por tres o cuatros calles, pasaron al lado de una oficina de correos.

― ¡J-jo..Jov…! ― Pero Alsancia se dio cuenta de su presencia e intentó llamar atención a la persona que la estaba llevando de la mano, intentando decir su nombre, aunque no podría ni vocalizar ni la mitad.

― ¡Ya te he dicho que no pasa nada! ― Y Jovaka, creyendo que era otra cosa mientras seguía en lo suyo, no se daba cuenta de lo que realmente quería ella.

― N-no es eso… ― Pero Alsancia se esforzó en que se diera cuenta. ― ¡A-a-atrás! ― Intentó gritar con todas sus fuerzas con su débil voz, mientras le señalaba hacia atrás.

― ¡¿Atrás!? ― Le preguntó Jovaka, deteniéndose al momento. ― ¡¿Qué pasa con eso!? ―  Y hizo lo que Alsancia le pedía desesperadamente.

― ¡¿Desde cuándo está esa oficina de correos ahí!? ― Eso gritó boquiabierta al ver el local que tanto buscaban. ― ¡¿Cómo no me he dado cuenta de eso!? ― Y se maldijo por el hecho de haber pasado al lado de eso y no darse cuenta.

Tras gritar como loca, hubo un corto silencio entre las dos, que tenían cara de póker. Se miraron mutuamente, intento asimilar lo que estaban viendo.

― ¡Bueno, eso no importa! ― Y Jovaka fue la primera en reaccionar, dando un grito de alegría.- ¡Por fin lo hemos encontrado!- Y abrazó fuertemente a Alsancia, mientras no dejaba de repetir aquella frase.

― ¡P-por fin! ― Y añadió Alsancia, mientras les entraba las ganas de llorar.

Tras muchas vueltas y caminatas, habían llegado a su destino, el cuál creyeron por un momento que no iba a llegar.

Por eso, estaban tan eufóricas que protagonizaron de nuevo una reacción muy exagerada por parte de la gente que pasaban por el lado. Lo que no sabían es que aquella felicidad no les iba a durar mucho.

― ¡¿Espera, qué!? ― Eso gritó fuertemente Jovaka, totalmente incrédula. ― Pero,… ― Luego, iba a decir algo más pero se calló. Alsancia se quedó con la boca abierta, incapaz de asimilar lo que oyó.

― No te pongas así. Solo digo que este paquete no es de nuestra zona postal y os habéis confundido de lugar. ― Eso añadió una mujer que parecía tener más de cuarenta años, una empleada que estaba en el mostrador.

Tras aguantar una cola infernal de una casi una hora, les llegó su turno a Alsancia y a Jovaka. Como la serbia, quién no soltaba el brazo de la napolitana por nada del mundo mientras temblaba de miedo como un flan, no se atrevía a hablar, la otra, a sabiendas de que le era imposible decirle algo a aquella mujer, les dio el aviso y ésta lo revisó cautelosamente y lo que concluyó es que equivocaron del lugar.

Y al ver la reacción de desosiego que provocó sus palabras a aquellas dos niñas, dio un suspiro de molestia y les dijo amablemente:

― Oye, no es para tanto. Solo ha sido una equivocación. ― Pero eso no ayudó en nada, ellas ni reaccionaron.

― ¡Vamos niñas, qué hay gente detrás de vosotras! ― Y los que esperaban detrás de ellas, ya les estaban dando prisas. Entonces la empleada decidió

― Qué remedio. ― Se levantó y buscó entre los papeles de su mesa. Con mucha rapidez, encontró lo que buscaba y se los dio, antes de poner algo en él: -Os daré un mapa para que sepáis dónde está eso.-

Alsancia y Jovaka reaccionaron de muy buena manera, cuando oyeron eso. Observaron el mapa detalladamente y mostraban las oficinas de correos que habían en la cuidad de Springfield. Había uno que había sido rodeado por un círculo y que fue señalado como el sitio en dónde estaba el paquete.

Los ojos de aquellas chicas brillaron de emoción y felicidad, al ver que tenían algo para llegar al dichoso paquete. Ellas aceptaron aquel gesto de amabilidad con muchísimo gusto. La napolitana le dio las gracias por las dos, ya que a la serbia le daba mucha vergüenza y salieron de ahí. No sin antes escuchar una advertencia de la empleada de la oficina del correo.

― Deben darse mucha prisa, porque falta una hora para que cierren. ―

Lo malo es que estaba en la otra punta de la cuidad, mucho más cerca de la casa de Mao que en dónde estaba antes. No sabían cuánto tiempo tardarían, pero tenían que darse prisa. Así que salieron corriendo, aunque esa carrera no duró ni diez minutos.

― ¡V-vamos, Alsancia! ― Decía Jovaka, jadeando, cuando se detuvo y vio que dejó a la napolitana detrás suya. ― ¡Tenemos que llegar a tiempo! ―

Entonces vio como ella estaba de rodillas en el suelo, jadeando fuertemente y tenía la cara como si le iba a dar algo.

― ¡¿Oye, qué te pasa!? ― Jovaka le preguntó aterrada y se acercó a ella rápidamente.

― N-no… ― Le intentó decir que ella no podría más, pero incapaz de expresárselo en palabras. -N-no…-

― ¿¡Qué intentas decir!? ― Preguntó nerviosamente Jovaka, a punto de llorar por lo asustada que estaba. Alsancia no le pudo dar respuesta alguna.

― ¡Oh, mierda! ― Eso gritó desesperadamente, mientras miraba a todos lodos. ― ¿¡Qué hago!? ―

Quería pedirle auxilio a alguien, pero era incapaz de hacerlo; y los estaban pasando por delante de ellas, absortos en sus problemas y en sus teléfonos móviles, no se dignaba ni siquiera a pararse.

― E-estoy… ― Entonces, Alsancia, sintiéndose culpable de preocuparla de estaba manera, reunió fuerzas y se levanto, mientras le intentaba decir que estaba bien. ― b-bien… ―

― Eso no lo parece. ― Le replicó Jovaka, que estaba a un paso de entrar en pánico.

Alsancia, quién sabía que correr no le sentaba muy bien, pero que de todas maneras corrió; utilizó el lenguaje de los signos para decirle que lo estaba de verdad y que deseaba seguir.

― ¡¿Quieres seguir!? ― Preguntó Jovaka para confirmar lo que le decía Alsancia. ― ¡¿No quieres abandonar, ahora que estamos cerca?! ―

La napolitana le respondió afirmativamente con la cabeza, mientras intentaba hacer como si estuviera bien.

― Pero, ¡no te ves bien! ― Pero Jovaka ya estaba reacia a seguir con eso.

Entonces, Alsancia le dijo en el lenguaje de los signos que quería seguir corriendo, tal vez ir caminando a largas zancadas, pero ir lo más rápido para llegar a la oficina del correos a tiempo. No quería volver a ser una carga, ya que solo le había provocados más que problemas extras, no solo en este fastidioso viaje, sino en todo lo demás.

― Oye, oye, ¡no eres una carga, de verdad! ― Le replicó Jovaka muy molesta, mientras la ayudaba a mantenerse en pie.

― Me has ayudado mucho. ― Y luego, añadió con toda su sinceridad: ― No sería capaz de haber podido hablar con nadie, no podría haber salido a la calle si no fuera por ti. ― Estaba roja, porque era la primera vez que le decía esas cosas. Aún así, continuó: ― Así que… ― Finalmente le gritó: ― ¡No digas eso! ―

― ¡¿Q-qué…!? ― Y para sorpresa de Alsancia, Jovaka intentó cogerla y levantarla en brazos.

― Lo que hace Mao siempre. ― Eso le gritó, mientras intentaba emular a Mao, cuando éste la cogía como una princesa. Alsancia, muerta de vergüenza, no se quedó en blanco.

A pesar de lo ligera que era la napolitana, Jovaka no era tan fuerte como Mao y no la pudo sostener ni medio minuto. Ésta, tras rugir del esfuerzo que le suponía hacer tal cosa, dejó que sus piernas se derrumbaran, con cuidado de no hacer caer a Alsancia mientras sus brazos caían al suelo.

Mientras Jovaka jadeaba desesperadamente, Alsancia, quién aún no se podría asimilar lo ocurrido, vio un autobús parando cerca de ellas y se dio cuenta de que había una solución muchísima más fácil que correr como locas.

― ¡¿Podríamos darnos cuenta de esto antes!? ― Protestó Jovaka, bastante molesta, después de recordar aquel espectáculo que montaron hace unos minutos. Alsancia, con su cara totalmente roja, movió afirmativamente la cabeza.

Tuvieron otro golpe de suerte, en el que había un autobús que pasaba por la oficina de correos y que paró ahí, unos minutos después de que ellas dos se dieran cuenta.

Y ahí estaban, sentadas juntas en el final del autobús, mientras éste iba directo hacia su parada a su ritmo, que era bien lento.

― ¡¿Cuánto falta!? ― Y Jovaka estaba muy impaciente, deseosa de llegar rápido a la parada en dónde quería bajar. Alsancia le señaló con el dedo un reloj que había en una parte del gran vehículo.

― Solo tenemos media hora. ― Eso dijo Jovaka, mirándolo. ― Espero que este cacharro llegué. ―

Y entonces observó y vio que iban a meterse con una calle muy transitada.

― Odio el tráfico. ― Protestó Jovaka, quién maldijo la existencia de tantos coches en la cuidad.

El trayecto que tuvieron les pareció eterno, no dejaban de observar el reloj y cada minuto que pasaba se les hacia insoportable, sobre todo cuando veían como el tráfico impedía que el autobús llegará a su destino.

Y cuando llegaron, bajaron como locas del autobús.

― ¡Vamos, vamos! ― Jovaka le gritaba a Alsancia mientras ésta sacaba el mapa. ― ¡¿Dónde está!? ―

Pero Jovaka se dio cuenta de que estaba a unos metros de ellas y de que había un hombre que estaba cerrando el local.

― ¡No lo cierres, maldito cartero! ― Entonces, gritó como psicópata y se fue directa a toda velocidad hacia la oficina de correos.

― ¡Ah, policía! ¡Una loca viene a por ti! ― El empleado cuando la vio, casi le dio un ataque de corazón y salió corriendo. Paró, cuando se dio cuenta de que Jovaka se detuvo súbitamente en las puertas del correo.

― ¡¿Estás bien!? ― Le preguntó Alsancia, cuando la alcanzó y vio que estás estaba jadeando de todo aquel esfuerzo que hizo.

― Yo soy ninguna loca. ― Luego, le gritó al empleado. ― ¡Solo quería entrar! ―

Éste puso una risa nerviosa, al ver que hizo el ridículo y empezó a acercarse a esas niñas con normalidad. Aunque no quería acercarse mucho a Jovaka.

― ¡No te acerques demasiado! ―  Y ésta, creyendo que ese hombre estaba molesto con ella y que le podría hacer algo, le soltó aquello mientras se apresuraba a ponerse detrás de Alsancia, temblando como un flan.

Ésta le mostró el aviso y él lo leyó tranquilamente:

― ¡Ah, ya veo! ― Soltó esto, con gesto de sorpresa. ― Les daré su paquete. ―

Miró a las dos niñas con una cara extraña para ellas, como si se preguntaba algo que no parecía buena cosa. Ignoraron, ya que por fin iban a conseguir el dichoso paquete.

Pues entonces, abrió las puertas de la oficina y las dejaron entrar. Después de encender las luces y pedirles que se sentaran, les dijo esto:

― ¡Esperen un segundo! ― Ellas movieron afirmativamente la cabeza de forma tímida y el empleado salió a la calle y llamó a alguien por el móvil. De vez en cuando, miraba como si las dos chicas fueran sospechosas de algo y Alsancia se daba cuenta, aunque decidió ignorarlo.

― ¡Por fin, por fin, hemos terminado! ― Jovaka, por su parte, soltaba esto feliz. Y luego le dijo a Alsancia esto: ― Y todo gracias a ti. ―

Ella se puso muy contenta y roja, al oír eso.

― ¿¡E-en serio!? ― E intentó confiarlo, porque no sé podría creer que había sido de ayuda.

-Sí, si no hubieras visto el autobús nunca hubiéramos llegado a aquí. ― Le explicó Jovaka. -Así que siéntate contenta de ti misma. ―

Alsancia, quién siempre sentía que era un estorbo para los demás y no servía para nada, al ver que alguien le decía que había sido útil, de que había ayudado; se puso realmente feliz, tanto que empezó a llorar de la emoción:

― ¡¿Por qué lloras!? ― Eso preguntó Jovaka, quién no se lo esperaba. ― ¡¿He dicho algo malo!? ―

Alsancia le tuvo que decir en el lenguaje de los signos que no estaba triste, sino contenta. Y Jovaka, aunque lo entendió a medias, supo cómo se sentía ella realmente.

― ¡¿Estás feliz!? ― Le preguntó extrañada. ― ¿¡No crees, qué eso es algo exagerado!? ― Luego, puso una sonrisa y añadió: ― Bueno, no importa… ―

Al pasar unos minutos más, el empleado dejó de hablar por el teléfono y les dijo con una sonrisa forzada que lo iba a buscar. Ellas dos solo movieron la cabeza afirmativamente, aunque Jovaka deseaba gritarle que se diera prisa, que ya le hicieron perder mucho tiempo por culpa de su llamada.

Volvió con una caja enorme y pesada, diciendo que esto era el paquete que estaba buscando. En el destinatario estaba escrita mal la dirección de la casa de Mao y el nombre de Jovaka, mientras que el remitente dejaba claro que era de su madre que lo envió desde la cárcel que estaba encerrada.

― ¡E-es gran…! ― Eso intentaba decir Alsancia, que se quedó sorprendida por el tamaño de aquella caja y se preguntaba qué había ahí dentro.

― ¡Pues sí! ― Añadió Jovaka, con una mueca de molestia. ― ¡No sé si podemos cogerlo entre las dos…! ― No tenía ni idea de cómo llevar eso a casa de Mao.

Y ellas se dieron cuenta de algo muy raro, el empleado de correos estaba sudando de nerviosismo y temblando de terror, mientras no dejaba de mirar lo que había detrás de esas dos chicas.

― ¡De todos modos, aquí tienen su paquete! ― Y además éste intentaba darle el paquete a la fuerza, como si se quería librar de eso rápido.

Jovaka y Alsancia se quedaron pensando qué había algo raro y no se atrevían a cogerlo. Pero al final intentaron ignorar eso y lo tocaron.

― ¡Policía, policía! ― Entonces, cientos de policías, armados hasta los dientes, salieron de todas partes. ― ¡Las manos contra la espalda! ―

― ¡¿Qué está pasando!? ― Gritó Jovaka, boquiabierta. ― ¡No hemos hecho nada! ― Mientras las obligaban sentarse en el suelo con las armas sobre sus cabezas. Alsancia haría lo mismo que la serbia, quién gritaba como loca, sino no fuera porque sintió como su garganta le impedía hacer algún sonido. Estaban tan aterradas, que podrían haberse meado del miedo.

Algunos policías abrieron la caja, sacaban el paquete de ahí y lo rajaban violentamente para ver su interior. Cayó una carta y encontraron una cosa extraña, una bolsa de plástico, con imágenes de personajes de series infantiles de algún país del este de Europa, cuyo interior habían cientos de dólares. Al ver esto, uno les gritó esto:

― ¡Quedan detenidas, por tráfico de influencias! ―

― ¡¿Qué!? ― Jovaka gritó eso por las dos, incapaces de entender lo que estaba pasando ni siquiera qué era eso con lo cual la estaban acusando.

A pesar de todo, Jovaka supo enseguida quién era la culpable y empezó a gritar llena de ira: ― ¡Maldita estafadora! ¡Sabía que no tenía que haber venido! ¡Lo sabía! ―

Todas las molestias que le habían ocurrido durante el viaje, ahora tenían sentido. Les estaba avisando de antemano que iba a ocurrir esto y ella se maldigo una y otra vez por no haberlas hecho caso.

Y mientras tanto, la carta que cayó al suelo era ignorada por todos. Su contenido, escrito en serbio y por la mano de la madre de Jovaka era este:

Hija mía, hazme un pequeñito favor, manda este paquete a un conocido mío de Rusia, cuyo dirección lo he dejado escrito detrás de este papel. Es algo muy importante y sin falta. No veas su contenido, no se lo enseñes a nadie ni menos a la policía, ¿vale?

Con amor desde la cárcel, tu mamá.

FIN

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Centésima sexta historia

El paquete olvidado: Primera parte, centésima sexta historia.

En una mañana de inicios de Febrero, mientras en el salón de la casa de Mao casi Jovaka y Alsancia veían embobados la televisión, observando una película que las había absorbido. Junto a ellas, estaba el chino y Diana, que se habrían quedado dormidos porque lo que estaban viendo era bastante aburrido para ellos.

Y en el mismo momento en que el clímax de la película llega, apareció por la puerta Clementina con la intención de decirle algo importante a alguien con una cosa en las manos. Cuando se lo iba a decir, sin querer pisó el mando y apagó la televisión.

Tanto Alsancia como Jovaka, quienes estaban totalmente entregadas a la película, se quedaron en blanco. La primera en reaccionar fue la serbia, quién dijo esto: ― ¿Qué ha pasado, por qué se ha apagado la tele de repente? ―

Clementina al haberse cuenta de que fue ella la que lo apagó intentó hacer como si no hubiera pasado e inconscientemente, sin saber cómo lo hizo, lanzó el mando hacia la pared tan fuerte que se rompió.

― ¡¿Qué ha pasado!? ― Eso gritó Jovaka, al ver cómo el mando se rompió en mil pedazos y sin darse cuenta de la presencia de Clementina.

― El m-mando… ― Y esto era lo único que pudo decir Alsancia, quién tuvo la misma reacción que la serbia.

― ¡¿Cómo ha aparecido de repente!? ― Eso pronunciaba Jovaka, incapaz de entender lo que había visto. ― ¡¿Qué está pasando aquí!? ―

― ¡Es u-un fant…! ―  Y entonces, temblando del puro terror, Alsancia intentó decir que había un fantasma. Eso solo empeoró la situación.

― ¡No digan esas cosas, me estás asustando! ―  Le decía Jovaka eso, mientras estaba temblando de miedo.

Clementina para evitar que el malentendido fuera a peor, se acercó a ellas para explicarles lo que pasó: ― ¡Verán, he sid…! ―

Y les iba a decir a algo, sin darse cuenta de que le tocó el hombro a Jovaka. Clementina al momento se dio cuenta de que metió la pata, mientras la serbia empezó a dar un gran chillido e inconscientemente agarró con todas sus fuerzas a Alsancia, quién daría también lo mismo si pudiera hacerlo.

Eso despertó a Mao, que se levantó de golpe, gritando que estaba pasando, totalmente preocupado y aterrado; y a Diana, que se puso a llorar con todas sus fuerzas por haber sido despertada de esa manera. Allí se provocó un gran revuelo en cuestión de segundos y costó minutos en tranquilizarse.

― ¡Perdón, perdón! ¡No era mi intención de verdad! ―  Eso le decía Clementina a todo el mundo, tras explicarles lo que pasó realmente.

― ¡Malditas seas, casi me matas del susto! ― Protestó Jovaka, muy molesta. Estaba muy avergonzada y fastidiada por haber actuado de esa forma.

― ¡Lo que habéis liado en un momento! ―  Mao suspiró, aliviado por el hecho de que no fuera nada grave. ― ¡Hasta habéis roto el mando! ―  Aunque algo molesto de que hubieran roto algo por culpas de las tonterías.

― Podle mando, ¡¿qué has hecho pala mercer esto!? ―  A Diana, le afectó muchísimo la muerte del pobre mando, lloraba sin parar recordando los buenos tiempos que pasó con él.

Y su madre totalmente culpable de haberla puesto triste, le pedía perdón sin parar a su hija y ésta la ignoraba, realmente enfadada con ella.

― No pasa nada. ―  Pero Mao actuó rápidamente para calmar a Diana.  ― Se puede comprar. ―

― ¿¡En selio!? ―  El enfado y las lágrimas que tenía la hija de Clementina desaparecieron súbitamente para paso a pura alegría. ― ¡Bien, vanos a tenel un mando nuevo! ―

Mientras tanto, Alsancia estaba perpleja, no por el hecho de haber sido asustada tan fácilmente sino porque Jovaka la agarró como si nada y no se puso histérica ni nada parecido, como siempre hacía cuando alguien del mismo sexo se le acercaba. Y entonces se dio cuenta de que últimamente no pasaba eso. Ya no se ponía así cuando una chica estaba realmente cerca de ella. Es más, había momentos en que rozó o tocó a alguna de ellas y no paso nada. Aunque, seguía diciendo que aún le daba miedo las mujeres, con el alivio de que ya no decía cosas muy feas hacia las demás.

Para Alsancia todo estaba claro, Jovaka había dejado de sentir miedo a las mujeres, aunque por alguna razón intentaba mantener eso. Y estaba más consternada antes el hecho de haberse dado cuenta tan tarde que de descubrirlo.

Y estas palabras volvieron a Alsancia a la realidad: ― ¡Ah, por cierto! ― Aunque no eran dirigidas hacia ella. ―  ¡Toma esto, Jovaka! ―

Clementina le estaba dando aquel papel que llevaba en las manos desde que entró, con cuidado para que ella no se pusiera alterada por tocarla. Pero, para su sorpresa, Jovaka lo cogió así sin más, con una actitud normal.

― ¡¿Qué es eso!? ―  Eso le preguntó, cuando empezaba a leer el contenido y no se enteraba de nada.

―  Pues parece un aviso de correos de que tienes un paquete en tu nombre esperándote ahí. ― Le explicó Clementina, antes de añadir esto: ― Perdón por leerlo. ―

― ¡En serio, ¿es para mí?! ― Jovaka se puso muy emocionada. ― Nunca he tenido un correo. ― Su cara brillaba como si fuera una niña pequeña que recibió un regalo que le encantó, una reacción un poco inesperada y exagerada para el resto.

Ella se puso a leerlo seriamente, intentando comprender lo que ponía el aviso, mientras los demás le miraban fijamente, llenos de curiosidad por aquel aviso que le habían mandado. Jovaka, al sentir que le miraban, se puso muy nerviosa y les dijo:

― ¡¿Qué os pasa!?- Les decía roja, con una voz gruñona. ― ¡No puedo leerlo así! ―

Y Mao, harto de la esperar, le cogió la carta mientras le decía esto: ― De todos modos, estás tardando mucho. ―

Jovaka protestó, pero no hizo nada para recuperarlo, y Mao se puso a leerlo, dándose cuenta de una cosa.

― ¡¿Y esto qué es!? ―  Eso gritaba consternado. ― Es puro ruso, no entiendo ni jota. ―

Los avisos de correos siempre se mandada por dos, una en inglés y otra en ruso, y Mao estaba leyendo el que no podría leer.

Por eso, Jovaka tampoco entendía nada, a pesar de que su idioma natal, el serbio, usaba el mismo alfabeto que el segundo.

Entonces, Clementina se dio cuenta del error que cometió y sacó un papel que había guardado en el bolsillo, bastante avergonzada.

― Ah, perdón. Me he equivocado, está es la que están en inglés. ―  Y se la dio a Mao, quién se puso a leer la carta, después de decirle que hoy estaba muy torpe. Con mucha concentración, leyó rápidamente hasta al final.

― ¡¿Qué pone, qué pone!? ―  A pesar de que Jovaka no le dejaba en paz, quién deseaba saber qué era eso impacientemente.

Al entender el contenido de la carta, dio un gran suspiro de pura molestia, al saber quién le habían mandado la carta. Imaginándose la cara que ponía Jovaka, le resumió el contendido de la carta:

―  Pues verás, tu mamá te ha mandado un paquete por correo desde la cárcel y tienes que recogerlo. Puedes hacerlo cuánto quieras. ―

Toda la emoción y felicidad que sentía Jovaka desapareció de golpe, fue como si le hubieran tirado una jarra de agua fría:

― ¡¿Esa maldita estafadora!? ―  Gritaba enfadada. ―  ¡Esto es sospechoso! ¡No voy a ir a recoger eso, seguro que me mete en problemas! ―  Y se alejó de ellos y se sentó en el suelo para ponerse a jugar a los videojuegos, con la intención de olvidarse de aquella carta.

― Eso sería típico de ella. ― Añadió Mao, quién tenía curiosidad por saber qué cosa le había mandado esa maldita vieja y a la vez el miedo de que aquella cosa le metieran en problemas.

― No creo que sea eso. ―  Entonces, Clementina intervino. ― Tal vez, te quería dar un regalo o algo así. ―  Pensaba que como era madre como ella, pues creía inocentemente que le iba a dar un regalo, con el motivo de mejorar su relación.

― Está en la cárcel, será imposible que le hayan dejado mandar algo peligroso. ―  Y Mao argumentó esto, enfadando a Jovaka.  ― Así que no crea que sea tan mala idea. ―

― ¡¿Lo estás diciendo en serio, de verdad?! ―  Sentenció Jovaka, incapaz de creer erróneamente que Mao estuviese confiando en su madre.  ― Yo, jamás de los jamases, iré a buscar a ese paquete. ―

Al final, aquellas palabras que soltó firmemente se desmoronaron como un castillo de arena, un día después. Y Jovaka al recordarlo, se puso a gritar muy enfadada esto en mitad de la calle: ― ¡¿Por qué seré tan bocazas!? ―

Salió a la calle unos quince minutos antes, después de tener que soportar a Clementina intentando convencerla de que se fuera a buscar al dichoso paquete:

― ¡Pero me da pena! ¡¿No deberías tal vez solo ir a la oficina de correos a comprobar qué es!? ―  Eso le decía, bastante apenada.

―  No, no y no. ―  Le repetía Jovaka, moviendo la cabeza repetidamente.

― Ella tal vez se arrepiente, deberías darle una oportunidad. ― Pero ella insistía.

― ¡¿Pero me puedes dejar en paz!? ¡Por nada del mundo iré a recoger un paquete de esa vieja! ― Eso le gritó, harta de soportarla.

Pero lo que Jovaka no esperaba era ver la ira de Clementina, quién le replicó y le regañó como un demonio. No iba a tolerar que fuera tan insensible con su madre y la serbia no pudo seguir negándose, totalmente aterrada.

― Clementina da mucho miedo cuando se enfada… ― Eso dijo, tras dar un largo suspiro.

Y observó a la persona que le estaba acompañando, ésta que la observaba desde un rato giró la cabeza hacia al otro lado, al darse cuenta de que la estaba observando. Se le notaba muy nerviosa, como si no sabía qué hacer, y Jovaka, quién se sentía igual, se preguntaba qué le pasaba y sí había algo para relajarla. Y luego, se puso a pensar en la razón por la cual Alsancia la estaba acompañando, mientras recordaba.

― Vale, vale, iré. ―  Eso le decía bastante atemorizada Jovaka, tras ser regañada por Clementina.

― Así me gusta, seguro que vuestra relación va a mejorar. ―  Y ésta soltó eso bastante contenta, con una expresión angelical.

― ¡Pero no sé dónde está eso! ― Entonces, Jovaka soltó esto. Iba a aprovecharse de eso para no ir.

― ¿¡Y Mao!? Él sabe dónde está. ― Eso añadió Clementina, a punto de buscarlo, pero su hija le dijo que se fue hace rato, acordándose del hecho de que unas amigas vinieron en su busca y le pidieron ayuda.

― Entonces, no iré. ― Sentenció Jovaka, quién creía que podría librarse de esta.

― Bueno, te llevaría yo o Leonardo si supiéramos dónde está, pero no sabemos. ―  Eso decía pensativa Clementina, antes de que Alsancia levantara la mano y decirles que ella sí sabía dónde estaba.

No dejaba de recordar eso una y otra vez, para intentar ver los motivos de Alsancia por querer llevarla hacia a la oficina de correos. Después de todo, siempre fue muy desagradable con ella, diciéndole cosas muy hirientes; debido a que la napolitana recibía bastante atención de Mao. Entonces, ¿por qué quería acompañarla, era para fastidiarle el día o ayudarla?

Por otra parte, Alsancia se preguntaba una y otra vez qué decir o hacer para que Jovaka se sintiera cómoda con ella. Alzó la mano, no solo porque ella conocía la oficina de correos más cercana, sino que sería un buen momento para actuar como adulta y ser responsable, a pesar de todos sus intentos anteriores fallidos; de saber si sus sospechas eran reales y de que podría ayudar a acelerar el enfriamiento que últimamente estaba tenido su relación.

Así, las dos chicas eran incapaces de romper la atmosfera incómoda que habían creado, hasta que salieron del viejo y laberíntico barrio en dónde vivían y se introducían en una amplia avenida que les llevaba hacia al centro de la cuidad. Al llegar, Jovaka chocó contra una mujer que estaba hablando a gritos por teléfono, quién casi cayó al suelo.

― ¡Oye, tú! ¡Ve por dónde vas! ―  Eso le gritó como una leona a Jovaka, quién temblando totalmente de miedo, se puso instintivamente detrás de Alsancia. Ésta se quedó paralizada, incapaz de pedirle disculpas a la mujer antes de que la serbia hiciera alguna locura.

― ¡Ah, no era mi intención! ―  Eso soltó Jovaka, antes de añadir esto:  ― ¡Bruja! ―

― ¡¿Qué me has dicho!? ― Eso enfureció más que antes a la mujer, mientras Alsancia se decía mentalmente maldición y Jovaka se tapaba la boca, al darse cuenta de lo que dijo.

― Eso tampoco era mi intención. ― Eso le dijo para intentar tranquilizar las cosas, y decía la verdad porque no deseaba decírselo.

― ¡Maldita niña insolente! ― A pesar de lo mal que se lo tomó, decidió irse, mientras la insultaba. ― ¡Vete a la mierda! ― Y volvía a gritarles insultos y maldiciones con la persona que estaba hablando por teléfono.

Cuándo la vieron irse, Jovaka con un gesto de alivio dijo: ― ¡Ya se ha ido, menos mal! ― Y añadió molesta: ― En verdad, no quería decirle eso, me prometí no ser tan desagradable con las demás mujeres… ―

Y se acordó de que tenía a Alsancia detrás de ella y ésta le miraba totalmente abobada. Dio un pequeño grito y dio unos cuantos pasos:

― Esto no es lo que parece. ― Gritaba cómo si le hubieran descubierto. ― Yo sigo odiando a las mujeres, y a t-ti no… ― Y no sabía qué decir.  ― Bueno, eso no eres mala persona pero,… ―  Se lió totalmente. ― ¡No era mi intención ponerme detrás de ti! ―

Entonces, Alsancia, quién no se estaba dando cuenta de nada, soltó con una débil voz: ― ¡¿Qué ocurre!? ―

Ya estaba perdida, no sabía que le pasaba a Jovaka, y ésta que se dio cuenta de que se había delatado ella misma, soltó un suspiro de fastidio y decidió contarle por qué se puso así.

Era porque se creyó que Alsancia le había descubierto, cuando se aferró a ella, sin sentir terror irracional por el hecho de que fuera mujer; y de haber dicho eso de que no deseaba decirle cosas tan desagradables a las demás de su sexo. Después de todo, le reveló que ella ya no les tenía miedo, o eso creía.

― ¡¿N-no tienes miedo!? ¡P-pero antes…! ― Dando todos sus esfuerzos para soltar aquellas palabras, recordándole el hecho de que se puso a temblar como un flan cuando chocó contra aquella mujer.

― Bueno, ya no las odio. Temerlas, al parecer me he dado cuenta que solo me pasa a con los desconocidos,… ―

Como nunca salía de casa, no se dio cuenta de aquel hecho hasta ese mismo momento. ―…no con la gente que me rodea. ―

Entonces, las sospechas de Alsancia se confirmaron, a medias, porque ésta ya estaba superando su temor hacia las mujeres.

― Eso es genial… ― Soltó esto, muy feliz. ― E-es un buen avance… ―

― ¡Ya veo! ― Y Jovaka, incapaz de entender por qué a ella le alegro eso, soltó esto con mucha desgana. Alsancia, al notarlo, se preguntó por qué no estaba feliz con eso. Es más, ¿por qué estaba ocultando el hecho de que seguía odiando las mujeres?

A continuación, siguieron su camino, en total silencio. Alsancia, quién se preguntaba aquella cuestión una y otra vez, maldecía el hecho de que no poder ser capaz de romper el hielo y tranquilizar a Jovaka, que con cada mujer desconocida se agarraba fuertemente a su brazo totalmente aterrada y llegando a hacerle daño. Ésta no dejaba de mirar de reojo a la napolitana, ya que le asaltó una duda que no la dejaba en paz y que necesitaba saberlo pronto. Quería preguntárselo, pero no se atrevía.

Así que usó todo el trayecto para llenarse de valentía, mientras Alsancia intentaba pensar desesperadamente qué hacer para mejorar el ambiente que había entre las dos. Y cuando llegó el momento de hacerlo, estaban cerca de dónde se encontraba la oficina de correos.

― Bueno,… ― Eso dijo Jovaka bastante cortada, deteniéndose de repente. Alsancia, al darse cuenta, paró y la miró, tragándose la saliva porque sintió que ella quería decirle algo que parecía incómodo y no se sentía bastante preparada.

― Tú,… ― A Jovaka, mientras miraba compulsivamente por todos lados, le costó unos cuantos segundos poder decírselo: ― ¿Me odias? ―

Alsancia, al escuchar eso, casi dio un grito, si pudiera hacerlo; se puso muy nerviosa, preguntándose por qué Jovaka pensaba que ella le odiaba, no hizo nada que podría resultar un gesto de odio o de desprecio. En realidad, antes no le caía muy bien, ya que le trataba muy mal y le llegó a decir cosas muy feas; pero poquito a poco comprendió que solo era una pobre chica que tuvo fuertes traumas en el pasado y que estaba empezando a ser cada vez más abierta y más agradable a los demás.

Nunca llegó a odiarla y siempre intentó mostrarse amable, o eso parecía. Mientras pensaba en todo eso, la serbia al verla de esa forma, decidió explicarle la razón de que dijera eso:

― ¡Bueno,…! ― Aunque le siguiera costando un poco contarle estas cosas: ― Es que siempre te he tratado muy mal y he sido muy desagradable… ― Al recordar el pasado, se sentía bastante mal.  ― Sería normal que lo hicieses… ―

Entonces, Alsancia al saber eso, esbozó una sonrisa y le movió la cabeza negativa, antes de decirle esto: ― N-no, no te odio. ―

A continuación, Jovaka, totalmente roja, rió nerviosamente y añadió:

― Perdón, por todo eso… ― Estaba muy avergonzada y habló de más. ― No eres mala persona, a pesar de que… ―

Detuvo la frase, porque terminarla sería un error. Después de todo, no debería sentir que Alsancia sea su rival en el amor, solo porque Mao siempre le trataba muy bien.

― No pasa nada. ― Y soltó esto para que Alsancia ignorará esa frase. ― ¡De todas formas, vamos rápido al correos para recibir ese maldito paquete! ―

Y ella, algo sorprendida, decidió callarse y olvidarse de eso. Luego, las dos siguieron lo que le quedaban de camino hacia la oficina de correos. Pero lo que Alsancia no esperaba, es que eso no estaba en dónde debería estar.

― D-debería estar aquí… ―  Eso decía ella totalmente boquiabierta, al ver que la oficina de correos que ella visitó algunas veces para mandar paquetes o cartas a sus familiares o a su amiga fallecida Francesca se había convertido en una hamburguesería con una estatua de un payaso en la entrada tan aterrador y deforme que alejaba a los potenciales clientes.

― ¡¿Qué pasa!? ― Eso le preguntó Jovaka muy preocupada. ― ¡No decías que estábamos casi al lado! ― No solo quería terminar de una vez y alejarse de aquel aterrador payaso, sino que se dio cuenta de que algo pasó por la cara de pánico que tenía ella, mientras tardaba en reaccionar.

Ella sin decir nada, decidió buscar nerviosamente por toda la plaza en dónde estaban la existencia de aquella oficina.

― ¡¿Pero qué ocurre!? ― Jovaka no entendía que ocurría, solo la siguió. ― ¡No te alejes, por favor! ― No quería que la dejara sola en un sitio tan lleno de desconocidos.

Alsancia buscó y miró por todas partes pero no lo encontró, y volvió al punto de partida. Se quedó mirándolo fijamente.

― A-aquí…― Soltaba esto en voz baja. Su memoria le decía que allí estaba la oficina de correos.

― ¿Qué? ― Y Jovaka que lo oyó, le soltó esto. Ya estaba totalmente aterrada.

― E-era aquí…― Alsancia no podría asimilarlo. ― D-debería… ― De que hubiera metido la pata de nuevo. Cayó de rodillas, mientras no paraba de maldecirse. ¿¡Por qué tuvo que cometer tal error, ahora que las cosas entre ella y Jovaka le iban bastante bien!? ¡No solo la fastidió y fracasó como adulto, sino que la serbia se iba a enfadar con ella y todo lo anterior quedaría en vano!

Y lo peor es que no sabía cómo explicárselo a Jovaka.

― No puede ser…―  Pero ella también se dio cuenta y lo dijo: ― ¡¿Te has equivocado!? ―

― No lo sé… ― Eso le replicó, mientras luchaba contra las ganas de llorar.

―  Entonces,… ― Cayó al suelo y gritó: ― ¡¿Qué hacemos!? ―

Aquella exagerada reacción que tuvieron esas dos era observaba por todos los transeúntes que pasaban cerca de ella para luego volver a seguir con lo suyo, que solo pensaba que aquellas niñas solo estaban haciendo el ridículo.

Pero, para Jovaka y Alsancia, este simple paseo hacia la oficina de correos se volvería en algo realmente horrible.

FIN DE LA PRIMERA PARTE

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Centésima quinta historia

La madre de Josefina y la madre de Martha: Última parte, centésima quinta historia.

Mientras tanto, Josefina y la madre de Martha, hartas de esperar y llenas de curiosidad por la conversación que estaban teniendo; se acercaron poquito a poco a los servicios para espiarlas. Dese la lejanía, le observaban los demás, que estaban sentados en los asientos que estaban a los pies de las pistas de bolos.

-¡¿Por qué actúan de esa manera!?- Se decía Mao muy molesto con aquella actitud. -¡No ven que esa es una conversación privada, no deberían ponerse a espiar!-

-Pero Martha no ha dicho nada sobre eso, así que podemos.- Le replicó Alex-¡A ella no le importan que le espiemos!- Añadió su hermana gemela Sanae. Las dos tenían una sonrisa traviesa, porque deseaban también saber que le estaba diciendo Malan a la madre de Josefina. Se levantaron y se iban a dirigir hacia allí.

-¡Vosotras no vais a ninguna parte!- Pero Mao las detuvo.

-¡Pero, Jefa…!- Y estas protestaron, inflando los mofletes. Entonces, Mao soltó esto:

-¡Os compraré unos pastelitos más tarde si os quedáis quietas!- Aquellas palabras emocionaron a las gemelas, quienes decidieron cambiar de planes drásticamente.

-¡A la orden, capitana!- Eso le gritaron al unisonó, mientras ponía una pose militar, con los ojos llenos de ilusión y alegría.

Por otra parte, mientras los maridos de las dos familias esperaban tranquilamente que aquella charla terminase; los hermanos de Josefina no podrían aguantar la espera.

-¡Qué fastidio!- No dejaban de protestar.-¡¿Cuándo van a dejar de hablar!?- Estaban hartos de toda esta situación. -Quiero terminar con esta estúpida partida de bolos de una vez.- Y solo querían volver a casa. -¡¿Por qué tienen que hablar tanto!?-

Al llegar a la puerta de los servicios para las mujeres lo primero que hacen era intentar pegar la oreja e intentar oír algo.

-¡¿De qué estará hablando!?- Eso se preguntaba la madre de Malan, incapaz de entender ni una palabra.

-No hables, que no escucho.- Y le dijo Josefina eso, quién estaba en la misma situación que ella.

La gente que pasaba les miraba algo desconcertados, preguntándose qué estaban haciendo aquellas dos personas; pero esas dos ignoraban eso, esperando escuchar la conversación que tenían Malan y la madre de Josefina.

Entonces, ahí es cuando la puerta se abrió, para sorpresa de Josefina y la madre de Martha, quienes despejaron sus oídos rápidamente de ahí y se echaron para atrás, mientras veían como salían ellas dos.

-¡¿Qué hacen ustedes aquí!?- Eso les preguntó la madre de Josefina con mala leche, cuando ella y Martha se sorprendieron de que esas dos estaban ahí.

-Pues nada que te incumbe.- Le replicó desafiante la madre de Malan.

-¡¿No estabas espían…!?- Y ésta le gritó, siendo detenida por Martha, quién se dio cuenta de que iban a pelearse de nuevo.

-No pasa nada. Estamos en la puerta de los servicios y sería muy molesto para los demás si se pusieran pelear.- Eso les decía, mientras las empujaba para que fueran hacia la pista de bolas.

-¡No me iba a pelear con ella, de todos modos!- Protestó la madre de Malan.

-¡Eso ni te lo crees tú!- Y le replicó la de Josefina.

-¡Basta, volver a la pista que nos están esperando!- Soltó Martha mientras las empujaba con más fuerza que antes. Éstas decidieron irse hacia allí de una vez.

Pero antes de irse, la madre de Josefina giró la cabeza hacia su hija y le dijo esto: -Una cosa, Josefina…-

-¡¿Qué!?- Preguntó Josefina, poniéndose muy nerviosa. Estaba temblando con la respuesta que le iba a dar su madre.

-Da igual si perdemos o ganamos, pero estoy orgullosa de ti…- Y con una sonrisa y con el rostro rojo, le dijo esto, dejándola muy sorprendida. Eso no se lo esperaba Josefina, que se quedó en blanco.

-¡¿En serio!?- Preguntó en voz baja, sin saber cómo actuar. Pero esas palabras le llegaron a ella, poniéndola muy feliz de haberlas escuchado.

Miró a Martha, con una mirada que le preguntaba cómo había conseguido eso. Su amiga solo soltó una sonrisa, antes de decirle esto:

-No te preocupes, cuando terminé esta partida. Ella dirá lo que tú quieres.-

Y con esto salió corriendo hacia la pista de bolos y Josefina, tras estar varios segundos en blanco, la siguió. Y así se reanudó aquella partida que ya estaba en su recta final.

-¡Ahora te demostraré mi verdadero poder!- Empezó Noemí, quién tiró con  toda su fuerza, llena de confianza en sí misma y capaz de derrotar a Mao.

-¡Otra vez, otra vez!- Pero fue en vano, porque no llegó a tirar ni una, en los tres turnos.-¡¿Por qué, por qué!?- Y gritaba desesperadamente.

Su madre dulcemente le dijo: -No te preocupes, ya lo harás mejor.-

Esas palabras dejaron a todo el mundo sin habla, hasta al marido. Sus hijos se quedaron preguntaron si era ella de verdad, porque jamás la vieron decir eso de tal forma; salvo el padre quién mantenía una calmada sonrisa. Ella, sonrojada, les replicó que no la mirasen así, que no estaba actuando nada raro. Mao, Alex, Sanae y Josefa querían acercarse hacia Martha, para preguntarle qué le había hecho para hacerla decir esto; pero no encontraron el momento perfecto. La madre de Malan le habló sarcásticamente e hizo que volviera a ser la misma de siempre.

Y no solo fue eso, la madre de Josefina dijo muchas más palabras dulces con una actitud muy impropia de ella a sus demás hijos, quienes varias veces fallaron en intentar asimilar lo que estaba diciendo.

-¡¿Qué le ha ocurrido a mamá!?- Le susurró el hijo mayor a su padre, totalmente intrigado y preocupado por la actitud extraña que estaba teniendo su madre.

-No lo sé, pero debe haber sido muy bueno.- Le respondió su padre, con una voz alegre.

Martha, la madre y el padre de Josefina eran los únicos que daban los mayores resultados en el equipo de los Porfirio Madero, gracias a ellos podrían igualarse al equipo de los Malan.

En el equipo contrario, la que más le ponía empeño era la madre de Martha:

-¡Bien, toma esa!- Quién se ponía a provocar a madre de Josefina. -¡A ver si me superas!-

Y era la única con la cual la madre de Josefa actuaba como siempre: -Será como cortar mantequilla.-

Mao, quién tenía que aguantar las estupideces que le soltaba Noemí, y las gemelas Alex y Sanae no lo hacían perfecto, pero sus resultados eran muy decentes. Lo mismo le pasaba a Josefina, cuando intentaba tirar.

-Solo he conseguido tirar siete.- Eso se decía ella, algo molesta por no conseguir una gran puntuación y sorprender a su madre. No deseaba que ella le volviera a decir aquellas palabras. Pero lo que le dijo su madre fue algo totalmente distinto:

-No te preocupes.- Le gritó dulcemente y alegremente. -Lo estás haciendo bien, sigue así y podrás conseguirlo.-

Al oír esas palabras, Josefina se sintió muy feliz. Puso una gran sonrisa y totalmente animada, le soltó esto a su madre: -¡Eso haré, mamá!-

Aquella toda esa frustración y enfado que había sentido desde hace días desapareció totalmente y con una rapidez increíble, con solo escuchar aquellas palabras de ánimos procedentes de su madre. Podría ser un solo pequeño cambio en su actitud de siempre, o algo que solo duraría en este partido; pero sintió una enorme e increíble felicidad, que le llenó de deseos de sacar lo mejor de sí misma. Ya no era para demostrar a su madre que ella se esforzaba siempre, sino para que esa frase que le soltó no cayera en saco roto.

Y con esto, pasaron los minutos, las rondas, los turnos; miles de bolas atropellaban cruelmente y sin piedad a los pobres bolos, las palabras de ánimos y los gritos entre la madre de Josefina y la de Malan no dejaban de  producirse; hasta llegar a la última ronda, al final de esta lucha ridícula.

-Por fin ha llegado el momento.- Eso se dijo Josefina, antes de tragarse su saliva muy nerviosa.

 

A Josefa le había tocado la última ronda para cerrar el telón y tras tirar nueve bolos en el primer turno, solo le faltaba uno. Con tirarlo, podrían superar la puntuación del otro bando y ganar. Era la última oportunidad y ella obviamente estaba muy nerviosa.

Y mientras ella cogía la bola con mucho miedo, todo su equipo empezó a mandarle palabras de ánimos, pero no solo ellos.

-¡Seguro que lo consigues, lenta simpática!- Eso le decía calmadamente Martha, animándola a su manera. Aunque le molestó que usara ese mote de nuevo, esos ánimos también le daban fuerzas.

Pero la que le daba la mayor fuerza, era estas palabras: -¡Vamos, Josefina! ¡Tú puedes!-

Eran de su madre, quién a pesar de que deseaba derrotar a la mamá de Martha la estaba animando. Al ver que su madre la estaba apoyando claramente, en vez de darle un sermón o poner una actitud fría, le llenó de valentía y coraje para realizar aquel último movimiento.

-¡Por favor, por favor, que me salga bien!- Eso se decía en voz baja, mientras cerraba los ojos y con la bola en las manos rezaba a la virgencita de Guadalupe.

Y al abrir los ojos, lanzó la bola con mucha fuerza y cayó en la línea central de la pista, yendo veloz hacia su destino. Al principio, no se desvió ni un poquito de dónde se dirigía y no sería un problema, sino fuera porque el último bolo estaba en la parte derecha. Josefina, al observar esto, infló las mejillas del nerviosismo, mientras juntaban sus puños y rezaba para que se desviara hacia aquel lado.

Todos estaban callados, mirando fijamente cómo sería el desenlace. Cada segundo que pasaba empezaba a verse eterno, llegando a ser realmente bastante exagerado cómo actuaban, si fuera visto por ahí ajeno a aquella partida de bolos.

Y cerca de la meta, la bola empezó a desviarse, hacia al lugar dónde Josefina quería. Tenía el corazón a cien, sintiéndose que estaba caminado por una cuerda floja; la victoria estaba al lado y cualquier cosa acabaría arruinándolo.

Así, poquito a poco, la bola se acercaba a su presa, dispuesta a arrollarlo.

Y cuando llegó, solo lo rozó y pasó del único bolo que había sobrevivido en la pista.

Josefina casi iba a soltar un grito de frustración, pero entonces vio cómo el bolo empezó a moverse como si intentaba recuperarse de la pérdida de equilibrio. Temblando y bailando, luchaba para no caer y quedarse quieto.

Ella esperó impacientemente, durante segundos que parecían minutos, con el deseo de que se cayera. No solo rezó a la virgencita de Guadalupe, sino también a Jesucristo y a Dios Padre.

Y finalmente, el bolo se quedó quieto y en pie. No cayó, ante la desilusión de Josefina, quién cayó de piernas contra el suelo, con el corazón a cien y a punto de llorar. Los demás no esperaron a mostrar su reacción antes el fin de este fastidioso encuentro.

-¡Hemos ganado! ¡Hemos ganado! ¡Toma eso, Mao!- Noemí eufórica, intento reflejar la victoria de su equipo a él.

-Ah, bien por vosotros.- Pero Mao, aliviado de que esta tontería había terminado, soltó eso como si no hubiera sido una cosa nada importante.

-¡¿Por qué actúas cómo si no te importara!?- Y eso le molestó muchísimo a Noemí.

-¡Ah, que rabia!- Mientras la madre de Malan, estaba teniendo una especie de rabieta. -¡Hemos perdido!-

-¡No te preocupes, ha sido solo un juego! ¡No tienes que ponerte así!- Martha, avergonzada de que su madre se comportará como una niña pequeña, se acercó a ella y la intentó tranquilizar.

-¡Hija mía, te recuerdo que ella tiene un mal perder!- Y su padre se unió, soltando un comentario que molestó muchísimo a su madre, que se puso a protestar.

Interrumpiendo eso, el padre de Josefina se acercó a ellos para darles la mano y decirles esto: -¡Pues bueno, ha sido una buena partida! ¡Ha sido muy divertida!-

-¡Por fin se ha terminado todo!- Eso soltaban llenos de alegría, Miguel, Pablo y Juan José, quienes celebraron esto por todo lo alto.

-¡Al final perdimos!- Eso decían las gemelas al unísono. -¡Qué se le va a hacer!- Estaban algo molestas por haber perdido, pero se resignaron y decidieron pedir bebidas, ya que estaban muertas de sed.

Y a los pies de la pista, dónde estaba Josefina, se acercó su madre y le acarició la cabeza dulcemente: -¡Vamos, levántate! ¡Habrás perdido, pero no pasa nada!-

-¡¿Crees que no me he esforzado lo suficiente!?- Eso le preguntó cabizbaja Josefina.

-Sí, creo que lo has hecho.- Y ella amablemente le dijo esto.

-¿¡De verdad!?- Josefa intentó confiarlo, mientras su madre le ayudaba a levantarse del suelo.

-Sí.- Le respondió. Luego, se quedó en silencio durante unos segundos, preparándose para decirle algo importante a su hija: -Y bueno, también en lo del examen.- Le daba mucha vergüenza. -No me di cuenta de todos tus esfuerzos.- Y su orgullo le impedía decirlo. -Pues eso, perdón.- Pero al final pudo decírselo. -Lo siento, de verdad.-

-¿¡En serio!?- Josefina, totalmente feliz de escuchar eso, gritó esto.

-Sí.- Le respondió afirmativamente y Josefina le dio un gran abrazo, totalmente feliz, tanto que hasta empezó a llorar, algo que la madre le parecía muy exagerado.

Mientras su madre le pedía desesperadamente que le soltara, porque la estaba ahogando; y con Josefina gritándole sin parar que le quería mucho, todo el mundo las estaban observando. Los demás hijos estaban alucinando, incapaces de creer como su madre le pedía perdón a alguien.

-¡¿Qué hacen todos ustedes mirándome!?- La madre, muerta de vergüenza; les gritó a todos.-¡No ven que están molestando!-

La gente ajena al grupo decidió seguir con lo suyo y Josefina la soltó, y buscó con la mirada a Martha. Cuando la vio, le dijo muchas gracias y ella le replicó con una sonrisa. Realmente, estaba muy feliz de tener a una amiga como Malan y deseaba darle un gran abrazo y un beso en la mejilla para dejarle lo agradecida que estaba, pero ya le daba mucha vergüenza.

Por su parte, la africana suspiro de alivio, al ver que las cosas habían terminado bien. Estaba muy feliz por Josefina, porque su esfuerzo había sido reconocido; y se sentía muy bien por haberla ayudado. Después de todo, para Josefa ella es su mejor amiga y ayudar era una de las cosas que hacían las mejores amigas.

Mientras tanto, la madre de Malan aprovechaba para meterse con la de Josefina: -Ah, perdón por molestarte con la mirada.- Añadiendo algún comentario sarcástico.

-Da igual, después de todo, recuerdas nuestra promesa, ¿no?- Y la madre de Josefina le dijo eso con una sonrisa triunfante en el rostro.

La madre de Martha con un tono desagradable, lo recordó claramente: -Ah, invitar a todo tu familia a comer en algún lugar.-

Aún era incapaz de aceptar la derrota, pero tenía que hacerse a la idea de que ella y su marido tenían que pagar la cuenta de una familia entera, más los amigos de Martha que usó. Pero se juró a sí misma que la próxima vez ella iba a ser la ganadora y demostrar que era la mejor de las dos.

-Pues a que esperamos…- Eso gritó con gran felicidad la madre de Josefina, antes de levantar la mano y añadir esto: -¡Vamos a comer!-

Y todo el mundo levantó la mano, incluido las gemelas que cogieron bebidas sin pagar; deseosos de tomar una buena y deliciosa cena.

FIN

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Centésima quinta historia

La madre de Josefina y la madre de Martha: Octava parte, centésima quinta historia.

En la pista de la bolera había pasado casi más de media hora desde que Malan les dijo a todo el mundo que iba a consolar a Josefina. Desde aquel entonces, por recomendación suya, todo el mundo siguió jugando. Noemí seriamente intentaba sacar mejor puntuación que Mao, aunque siempre era en vano, ya que apenas podría alcanzar a tirar tres y éste le superaba, a pesar de que no se lo tomaba en serio. Con deportividad sana y seria, los padres de las familias hacían su mejor esfuerzo, mientras Alex y Sanae se divertían como nunca. Los hermanos de Josefina ni siquiera sabían cómo jugar, le tuvieron que explicar las reglas varias veces porque esos no se enteraban de nada. Las que se tomaban con demasiada seriedad eran las mamás, que no tenía nada más en mente que derrotar a la otra sea como sea. No paraban de jactarse de que iban a ganar y cada dos por tres terminaban dándose gritos. Incluso decidieron ocupar el puesto que dejaron Josefa y Martha para seguir con su absurda competición. Aunque se sentían muy mal las dos por haber ocupado el lugar de sus hijas, cada una miraba siempre a los servicios por si ellas aparecían.

-Estoy preocupada, ¿por qué están tardando tanto?- Eso decía la madre de Josefina tras terminar su turno, después de hacer strike. Totalmente llena de remordimientos, deseaba que Martha trajera a su hija pronto, con su típica alegría y con aquella bronca que tuvieron en el más profundo de los olvidos.

-Es verdad…- Añadió la de Martha. -Están tardando demasiado…- Ella también se estaba preocupando por su hija, y un poco por Josefina.

Y no solo ellas, quienes se pusieron rápidamente a pelearse; los padres también estaban preocupados, al igual que Mao y las gemelas.

-¡¿Por qué no vamos a los servicios de una vez!?- Eso decían Alex y Sanae al unísono. -¡Tanta espera nos molesta!-

-¡Dejen de protestar!- Les replicó Mao.- ¡Ellas ya saldrán cuando les dará la gana!- A pesar de esas palabras, que intentaba ocultar su nerviosismo; también se estaba cansando de tanto esperar y quería ir a ayudar a Martha a animarla. Pero éste confiaba en ella y por eso controlaba aquellos impulsos. Después de todo, la que mejor podría comprender a Josefina, era la africana.

Sobre el partido de bolos en particular, los dos equipos estaban muy igualados, aunque el de los Malan iba a la cabeza, gracias sobre todo a lo malos que son los hermanos de Josefina.

Y al final, las dos que faltaban salieron del cuarto del baño y se acercaron a ellos. Mao y las gemelas, quienes las saludaron; fueron los primeros que se dieron cuenta. Y luego todo los demás. Josefina estaba detrás de Martha, como si se estuviera escondiendo de alguien. Más bien, ocultaba su rostro, para no enseñarles a los demás cuánto había llorado, sobre todo a su madre, quien añadió:

-¡Por fin, has vuelto!- Le decía eso a Josefina, en forma de pequeña regañina. -¡No deberías haber pasado tanto en el baño…!- Pero Martha la calló al momento.

Aunque se había aliviado de ver que su hija ya salió de los servicios, siguió haciéndose la dura, porque su orgullo le obligaba a actuar así. Martha, al ver que iba a meter la pata de nuevo con sus comentarios, se acercó y le tapo la boca, delante de todo el mundo. Tanto Josefina como sus demás hermanos se quedaron de piedras.

-¡Bien hecho, hija mía!- Eso gritó su madre de alegría, a ver cómo su hija calló a aquella mujer. Lo que no se esperaba es que también se lo iba a decir a ella:

-Mamá, lo siento mucho pero deberías quedarte en silencio durante un rato. Por favor, hazlo por mí.- Lo dijo de la forma más dulce posible para no herir sus sentimientos, pero aún así su madre quedó en shock al momento.

Después de eso, le quitó la mano de la boca y la madre de Josefina reaccionó así:

-¡¿Pero, qué haces!?- Le gritó de muy mal humor.

-Eso no importa.- Le respondió esto, antes de decir esto con una gran seriedad: -Ahora solo quiero hablarte de algo muy importante.-

-¡¿Y qué es!?- Le preguntó molesta.

-Qué le pidas perdón a tu hija.- Cada uno de los hijos gritaron de la sorpresa, al ver que alguien se atrevía a decirle algo así a su aterradora madre.

-¡¿Y por qué crees que haría eso!?- Esto era un desafío para la madre de Josefa.- ¡No he hecho nada malo!- Y su orgullo respondió ante Martha, quién rápidamente le cogió de la mano y se intentaba llevar a algún sitio.

-¡¿Adónde me llevas!?- Le preguntaba a Malan, mientras se dejaba llevar por ella.

-Te lo explicaré mejor en los servicios.- Le respondió, y además añadió con plena confianza esto: -Definitivamente te convenceré.-

Tras entrar en los servicios, la primera que abrió la boca fue la madre de Josefina:

-Y bueno, ¿qué argumento vas a usar para convencerme?- Eso le dijo, totalmente desafiante y Martha con tranquilidad inició su argumentación:

-Josefina saco un cinco y medio más o menos, ¿no?-

-Sí, esa era su nota.- Le respondió la madre.

-¿Y cuántas personas de su clase crees que aprobaron? Solo siete de veinticinco personas. Si calculamos su porcentaje, el resultado sería veintiocho por ciento. Es decir, más de la mitad no pudo aprobarlo.-

Iba a añadir más cosas, pero la madre la interrumpió, quién se puso a reír levemente para luego decir:

-¿Intentas decir que porque la mayoría no haya aprobado y que Josefina sí, es suficiente motivo para arrepentirme y pedirle perdón a ella? Si es así, creo que vas por mal camino.-

-Eso no es todo, solo me has interrumpido.-Le replicó Malan. -Continuando con mi argumentación, Josefina no está en una de las clases más brillantes de su instituto, pero es uno de los más decentes. Normalmente, menos de la mitad habría aprobado, pero este examen fue distinto por dos motivos.-

-¡¿Y cuáles son!?- Preguntó provocadoramente la madre.

-El tema que realizaron fue uno excepcionalmente complicado para el nivel de la clase. Era álgebra. Tengo que decir que para mí eran fáciles, ya que después de todo ya los estudié hace poco y los comprendo muy bien, pero para Josefina y sus compañeros es todo un mundo nuevo.-

-De eso trata la educación, enseñarles conocimientos y habilidades nuevas a los niños y hacer que lo comprendan.- Añadió solemnemente la madre.

-Y de eso se trata el segundo motivo, más o menos. Para hacer que lo comprendan, necesitas que alguien te lo muestre y te lo expliqué. En definitiva, hablamos del profesor. ¿Y si éste no fuera capaz de hacer ese cometido? Pues pasarían cosas como estas, que solo siete alumnos pudieron entender sus explicaciones. No les pudo transmitir ese tema.-

-¿Entonces, estás llamando negligente a un adulto? Tienes agallas, pequeñaja.- Con grata sorpresa, se sorprendía un poco de que fuera capaz de criticar de una forma tan intelectual sobre un profesor.

-No es eso, solo digo que no hizo un buen trabajo explicándoles los primeros pasos para entrar al álgebra.- Le replicó Malan.

-El álgebra es una pesadilla que muchos estudiantes han tenido que sufrir. Yo los odié con toda mi alma. Por eso, tal vez el profesor hizo bien su trabajo pero nadie le hizo caso. Los alumnos pudieron ser negligentes y no lo contrario.-

Aunque se sentía molesta por el hecho de que estuviera hablando de un tema sobre educación con una niña, por otra parte se alegraba poder mantener una discusión con alguien de un nivel mayor de lo esperado, le recordaba los viejos tiempos en dónde se ponía a pelearse con sus amigos de la universidad sobre todo tipo de cosas interesantes. Tenía mucha envidia de la madre de Martha por tener una niña tan inteligente. Ella por su parte, siguió contra argumentando:

-Tal vez, la negligencia del profesor provocó el de los estudiantes. Pero tengo que decir que pocos pueden interesarse por el álgebra y muchos han pasado de ella. Pero nos estamos desviando del punto principal. -Martha quería charlar mucho sobre ese tema, pero ella tenía un objetivo que cumplir.- Después de todo, Josefina si se esforzó de verdad y consiguió aprobar, a pesar del tema en cuestión, que apenas lo entendía y de la incapacidad de su profesor para explicárselo.-

Luego, añadió esto con un tono de voz fuerte y clara, mientras apuntaba su dedo hacia la madre de Josefina; con una cara totalmente seria:

-Ella definitivamente consiguió un resultado satisfactorio, a pesar de todas las adversidades.-

La mamá de Josefina se quedó en blanco por varios segundos. Sabía que ella tenía razón, que se había pasado; pero su orgullo, como una mujer inteligente que siempre sacaba la máxima nota, cuya motivación siempre fue ser la mejor de todos y alcanzar la cima; no le permitía aceptar su error y habló por ella:

-Entonces, ¿¡por qué no sacó un seis o un siete, o mejor un nuevo o un diez!? ¡¿Por qué tuvo que sacar un cinco y medio!? ¡Si se esforzó, entonces debería haber sacado más!-

Solo deseaba que uno de sus hijos, fueran tan inteligentes como ella y que la superaren. Josefina iba por el buen camino, pero ese cinco y medio era como una verdadera humillación para su deseo. No podría pensar en nada más que eso hasta que Martha le gritó, fuera de sí:

-¡¿Tanto te molesta eso, que haya sacado esa nota!? Es solo una puntuación, un mísero número. Tener que basar el esfuerzo de Josefina en algo así es muy injusto para ella.-

Eso le volvió a la realidad a la madre de Josefina, quién se quedó mirando la cara de enfado de Malan. Aquella niña estaba enfadada porque la madre de su amiga no se daba cuenta del error que estaba cometiendo, de que el esfuerzo o incluso la inteligencia de una persona no se deben guiar solo por las notas que ponen en un examen y porque conoció en primera persona como Josefina hizo todo lo que pudo. Pisotearlo así, era suficiente para enfadarla y decidió explicarle a su madre lo que vio:

-Yo sí la vi esforzándose. He pasado tardes e incluso noches ayudándola, ya sea explicándole lo que tenía que hacer en los ejercicios o las cosas que entraban en un examen. Tarda horas en comprenderlos, le cuesta enterarse de las cosas; y muchas veces casi se rinde o se harta de ellos. Pero aguanta, todo lo que puede. Si fuera por ella, no estudiaría nada, haría lo mismo que sus hermanos; pero lo está haciendo por ti, quiere estudiar y llegar a la universidad para hacer que se cumple tu deseo de que algunos de tus hijos llegué a dónde has estado tú.-

La madre se quedó sin habla, incapaz de creer lo que había oído. Era la primera vez en su vida que le decían que uno de sus hijos realmente hacía algo por ella, con el solo propósito de que se sintiera orgullosa.

Malan, siguió hablando: -Por eso, hizo todo lo que pudo en este examen pero fue mucho más difícil de lo que ella creía y sintió que había suspendido, tenía miedo de que su madre estuviera enfadada por ella por ese fracaso. Pero aprobó, aunque fuera un triste cinco y medio, pero lo hizo. Estaba feliz de haberlo conseguido.-

Ella lo recordaba, lo feliz que estaba su hija antes de que viera la nota de su examen. Se sintió incómoda ante el hecho de que le hubiera quitado su sonrisa de la cara por unos simples números.

Se miró en el espejo y observaba una cara arrepentida en su rostro, luego se lo lavó con agua.

-¡¿De verdad, Josefina…!?- Le costó unos segundos en asimilarlo. -¡No debería estudiar por mí, sino por ella…!- Y lo peor de todo es que ella, siendo su propia madre, no se dio cuenta. Tras quedarse callada durante unos minutos, reflexionando mucho sobre su papel como madre de cinco hijos; empezó a hablar sin razón aparentemente. Tal vez, estaba sacando sus pensamientos a flote, para que alguien más lo escuchara:

-Realmente, estuve bastante deprimida por un tiempo por el hecho de que todos mis hijos fueran un desastre. Me daba vergüenza hablar de ellos a mis amigas y a mis familiares, cuyos hijos e incluso nietos tenían una vida exitosa. ¿Y los míos? El mayor no trabaja ni estudia, Noemí se dedica a vivir en una juerga continua, los otros dos solo se dedican a comer como cerdos y a jugar a videojuegos. Josefina fue la única que me dio esperanzas, cuando vi que ella empezó a traer las notas más altas que ninguno de sus hermanos pudo traer a la casa.- Lanzó un suspiro de molestia, antes de continuar:

-Me alegre muchísimo, porque sentí que por fin estaba cumpliendo bien mi rol como madre. Después del nacimiento de Pablo, al ver los resultados pésimos que estaba dando mí educación permisiva y tolerante con mis hijos decidí ser mucho más estricta. Pero tampoco dio resultados, hasta en aquel momento. O eso creía.-

Hubo una pausa más para mirar a Martha y decirle esto: -Creo que ella empezó a mejorar sus notas después de que te conoció, fuiste tú la que consiguió algo que ni pude hacer yo.-

Malan, bastante colorada por el inesperado elogio, añadió esto:

-Lo que ella necesitaba solo era alguien que le apoyará. Antes de conocerme, intentaba hacerlos pero siempre se rendía o se cansada a los cincos minutos. Yo decidí darle solo un empujón para que se esforzara.-

La madre de Josefina empezó a reír y luego añadió con una sonrisa y acariciándole la cabeza a Martha:

-Eres una verdadero niña genio, eres menor que Josefina y sabes hablar como toda una adulta. Entiendo lo orgullosa que está tu madre de ti.- Y en su mente maldecía el hecho de que ella tuviera una niña tan increíble como la suya. Para ella era toda una maldita suertuda.

-Lo siento mucho, pero no soy un genio ni nada parecido. Solo una chica que está entrando en la pubertad y que ha madurado demasiado aprisa.- Añadió Malan, diciendo algo que hace meses sería impropio de ella. Se sorprendió de haber dicho una cosa muy humilde.

-Aún así, es sorprendente. Debes de tener once o doce años y te comportas como un adulto. Eres mucho más madura que muchos adultos que conozco.- Pero eso solo provocó mayor admiración por parte de la madre de Josefina.

Luego, hubo un minuto más de silencio entre ellas hasta que la madre abrió la boca de nuevo: -Por cierto, ¿Josefina me odia?-

Estaba muy preocupada por el hecho de que su actitud estricta y fría hacia su hija pequeña haya empeorado su relación.

-No, ella jamás te podría odiar.- Pero Martha con una sonrisa le confirmó que eso no era verdad.

-Entonces, está bien…- Y ella sonrió, incapaz de creer que dijera esto: -Tú ganas, me has convencido totalmente. Por esta vez le voy a pedir perdón.-

Martha Malan consiguió un milagro, algo que ningún miembro de la familia Porfirio Madero podría llegar a imaginar: Convencer a su testaruda madre de pedir disculpa a uno de sus hijos.

FIN DE LA OCTAVA PARTE

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Centésima quinta historia

La madre de Josefina y la madre de Martha: Séptima parte, centésima quinta historia

Malan entró en los servicios de mujeres de la bolera y no veía a nadie, pero sabía que alguien estaba en el lugar, detrás de unas de las puertas de los váteres; porque escuchaba sus sollozos y sus lamentos. Supo enseguida que era Josefina.

Se acercó a la puerta y pegó:

-¿Quién es?- Eso preguntó muy desanimada Josefa.

-Soy yo.- Por la voz, supo ella que era Martha Malan.

-Lo siento, pero quiero estar sola.- Y eso le dijo a continuación. Malan, quién había previsto esto, no tenía ninguna intención de cumplir su deseo.

-Lo siento yo también, pero no quiero dejarte sola.- Y se lo dejó muy claro. -Y no importa cuánto me lo pidas, insistiré en quedarme. Puedo ser tan perseverante como tú.-

-¡¿Qué, qué es eso!?- Eso preguntó Josefina, al escuchar por primera vez en su vida la palabra “perseverante”. Malan se alegró de haber utilizado esa palabra, porque podría ayudarle a enfriar un poco la conversación con su amiga.

-Que puedo ser tan cabezona como tú.- Y eso le dijo con un tono burlón.

-Eso me molesta. Me recuerda a mi madre…- Protestó Josefa. Luego, se quedó pensando y se dio cuenta de algo: -Espera, pero si todo el mundo me lo dice.-

Y luego la conversación entre Josefina y Malan ante el hecho de que fuera cabezona, le preguntaba sin parar si era verdad eso, porque ella decía que jamás se dio cuenta de eso. Martha no le dejaba de dar ejemplos y Josefa no dejaba de sorprenderse por sus propias acciones y pidiéndole perdón a todo el mundo. Cuando se cansaron de hablar sobre ese tema, la africana decidió soltar esto:

-Si quieres, puedes contarme todo tus problemas con tu madre.-

-Bueno…- Josefina se quedó pensando por unos segundos, pero al final aceptó: -Vale.-

Eso era señal de que el humor de Josefina había mejorado un poco y de que Martha estaba en el buen camino para consolar a su amiga.

Y entonces la puerta del váter se abrió, en señal de que Josefina quería que entrara con ella ahí dentro. A pesar de que a Malan no le parecía muy cómodo hablar en ese lugar, ya que era algo pequeño para dos personas; entró y se quedó de pie, mientras miraba a su amiga sentaba en el váter con la tapa puesta.

Y ahí es cuando Josefina le empezó a hablar sobre su madre. Primero, de lo aterradora que era con ella y sus hermanos, o incluso con sus primos. Si tú le desobedecías una orden, te castigaba, ya sea sin cenar o hasta llegar al caso de que no te dejaba salir a la calle durante todo el verano; si le decía la contrario podría llegar al punto de darte un guantazo. Habló también de su conocido e inconfundible mal genio, que cuando se enfadaba casi todo el mundo se quitaba del medio, hasta el más mayor de todos los hermanos salía corriendo de ella, y eso que ya era todo un adulto.

Pero lo que más le molestaba Josefina de su madre es que parecía que era incapaz de ver las cosas buenas de sus hijos. Rara vez dijo un comentario agradable sobre Josefa ni a algunos de sus otros hermanos, casi siempre les estaba criticando. Y cuando hacían algo bueno, ni les felicitó, solo les decían que eso no era suficiente. Cuando estaban tristes, su padre era siempre el que les consolaban y les daba ánimos mientras que ella lo más capaz que era darles algún sermón. Siempre era dura y difícil de tratar.

Malan le preguntó por las cosas buenas de su madre y aunque ella dijo al principio que no tenía una, debido a que aún estaba influida por aquel enfado contra su mamá; se puso a pensar y los encontró. Recordándolo poquito a poco, vio cosas buenas de ella como que hacía comida deliciosa y que muchas veces venía a ayudarla cuando estaba en problemas entre quejas. Cuando estaba alegre, era todo lo contrario a la imagen que tenían de ella; siempre les contaban anécdotas divertidas de su infancia en México o cuando estaba en la universidad en los Estados Unidos. Además de que era muy talentosa como ama de casa, sabía mucho de tecnología y llegó a trabajar sobre ordenadores. Y era muy inteligente, siempre leía libros en sus ratos libres sobre cosas muy complicadas y que tenían que ver con la mente. Por algo, se sacó la carrera de psicología muy rápidamente y llegó a meterse en multitud de cursos de todo tipo sobre informática.

Y Josefina decía todo eso con mucho orgullo y llena de respeto por su madre. No dejaba de decirle a Malan de que era muy inteligente.

-Realmente, se nota que le respetas muchísimo.- Eso le dijo Martha, después de escucharla pacientemente.
-Espera, yo…- Se quedó algo avergonzada y, tras unos segundos se silencio, tuvo que dar una respuesta sincera: -Bueno, algo así.-

Le daba mucha vergüenza admitir que sentía orgullo y respeto a su madre, a pesar de lo enfadada que estaba con ella. Luego, se quedó callada por varios segundos, muy pensativa. Martha esperó hasta que dijera algo:
-Tal vez,…- Decía esto con algo de tristeza.-Es tan mala con nosotros, porque no somos tan inteligentes como ella.-

-¿Qué quieres decir con eso?- Le preguntó Malan, bastante interesada en lo que estaba pensando su amiga. Ella rápidamente se puso a explicarlo:

-Bueno, casi ninguno de mis hermanos ha podido llegar a la universidad ni siquiera han terminado el instituto. Ninguno. Tampoco nadie trabaja. Mi hermano mayor está siempre de pingoneo, igual que Noemí; y los otros dos se pasan todo el día jugando a videojuegos.-

Dio un pequeño suspiro y siguió hablando:

-Siempre les dice que sean algo en la vida e intenten a tener una gran meta, pero ninguno lo hace.- Se detuvo por un segundo. -Por eso, yo…- Le dio algo de corte decirlo, pero pudo: -Me gustaría hacer que se ponga contenta y orgullosa conmigo. Quiere que alguien llegué a la universidad y sea igual de buena que ella y quiero cumplir su sueño…-

-Entiendo, debe ser frustrante para ella que sus hijos no aspiraron como ella hizo.- Añadió Martha.

-Bueno, sí.- Decía Josefina, muy molesta.-Pero tampoco debería ser así conmigo, yo me esfuerzo todo lo que puedo. Sé que soy tonta y el estudio no es lo mío, pero lo intento.-

-¡Debería ser más amable conmigo, por lo menos!- Gritó llena de furia para luego decirle esto a Malan: -¡Me das envidia, tu madre es genial, siempre te dice cosas bonitas y no es nada fría contigo!-

-¡¿Eso crees!?- Le replicó Martha con una sonrisa y Josefina lo afirmó:

-De verdad.-

Y Malan soltó unas risitas, haciendo preguntar a Josefina si eso le parecía tan gracioso. Luego, ella habló:

-¡Qué curioso…! Yo también me he quejado mucho de mi madre e incluso he tenido algunas peleas con ellas.-

-¡¿En serio!?- Soltó Josefa muy sorprendida.

-Por ejemplo, siempre es muy sobre protectora conmigo. Hubo una época en dónde siempre me vigilaba y nunca podría dejarme sola. Me fastidiaba eso porque no me dejaba conocer la naturaleza, ella siempre me alejaba de todo lo salvaje. Eso fue mientras vivíamos en Sudáfrica, en mitad de la sabana.-

Josefa se quedó de piedra al escuchar esas palabras, imaginándose unas escenas totalmente irrealistas sobre Malan, viéndola como una especie de niña salvaje en taparrabos que iba de liana en liana y montaba sobre leones y jirafas.

-¡¿Espera, espera, viviste en la sabana!?- Al volver a la realidad, le preguntaba incrédula: -¿¡Con leones y hienas y todas esas cosas!?-

-Pues sí, estábamos en el Parque Nacional Kruger y mi padre estaba un estudio sobre animales que duró por lo menos siete años.-

Josefina apenas entendió la explicación, pero supo que su amiga Martha Malan vivió en un lugar que daba mucho miedo. Es decir, por nada del mundo ella estaría en África, rodeada de animales, hombres salvajes, mucha pobreza y horribles enfermedades.

-¡Oh, Dios! Entiendo a tu mamá.- Añadió esto, poniendo cara de horror y imaginando los sustos que tendría ella si fuera madre. Martha siguió hablando:

-Bueno, pero es que exageraba a mi parecer. – Para Josefa, no lo era.- Por ejemplo, con cada caída que me hacía, ella se acercaba a mí y me llevaba a la caravana, llamaba a mi padre y al médico más cercano y yo le decían sin parar que no me había pasado nada, que ni siquiera tenía un rasguño.-

Josefina se preguntaba si eso era grave o no, mientras Malan añadió esto:

-Y fue ella la que deseaba marcharnos de allí, eso me molestaba mucho porque me gustaba aquel lugar. No quería ir a América, estaba muy lejos.-

Malan recordaba con cierta nostalgia los berrinches que tuvo con su madre por el hecho drástico de cambiar de continente, algo que se negó desde el principio hasta al final. Y luego, en el resto de aquella época de transición en dónde su vida cambió de forma radical.

-Bueno, la verdad es que tenía mucho miedo. Era algo totalmente ajeno a mí. A mi padre le preocupaba que me costase mucho acostumbrarme a Shelijonia, pero le sorprendió mi nivel de adaptación. La que le costó fue a mi madre, que aún era sobre protectora.-

Lo recordaba como si fuera ayer, dándose cuenta de lo irónico que fue la situación. Su madre no dejaba de quejarse sobre el tráfico y el ruido, apenas se atrevía a salir por la calle por el miedo a la delincuencia o ser pillada por algún conductor loco. Al final, la que más deseaba ir a la cuidad y alejarse de la sabana, fue la que más le costó acostumbrarse vivir ahí.

Luego, al darse cuenta de que se estaba saliendo un poco del tema, añadió todo esto:

-Aparte de lo sobre protectora que es muy celosa, siempre le da envidia que pase siempre con mis amigas. También puede llegar a decir verdaderas burradas y hace quedar mal a mi padre y a mí. Cuando está irritada, parece una niña pequeña. Y la lista es larga. Todo el mundo tiene problemas con sus padres.-

Josefina dio un suspiro como señal de que ella tenía razón, todos los papás causan problemas y empezó a recordar cómo la madre de Martha llegaba a ser muy pesada con su hija y las primeras veces le miraba con una cara que daba miedo. Aún así, dijo esto, tras compararla con la suya:

-Pero me sigue pareciendo mejor que la mía.-

Martha Malan puso su mano sobre su hombro y le dijo con sinceridad:

-En verdad, yo creo que ella se está haciendo la dura y se da cuenta de que algunas veces te hace muchísimo daño, aunque su orgullo no la deja decir perdón. Debe ser de esas madres estrictas que no le gustan parecer débiles antes sus hijos.-

-¡¿Qué intentas decir!?- Eso preguntó Josefina, que no entendía para nada lo que estaba diciendo su amiga. Ésta, decidió simplificar su mensaje con estas palabras:

-Si se da cuenta de su error, o si se ha dado cuenta; te perdonará.-

-¿¡Mi madre, perdonar a algo!?- Casi se iba a morir de la risa. -Eso sería como un milagro de la virgen de Guadalupe.- Ni ella ni sus hermanos jamás la vieron pidiéndoles perdón, les parecía algo imposible de ver en este mundo.

-Ella te quiere y para mal o para bien esa es su forma de demostrarlo. Pero no se da cuenta de que hay momentos en dónde solo debe escuchar y comprender a sus hijos.- Calló por un segundo, para añadir: -Bueno, la mía tampoco es el mejor ejemplo.-

Josefina infló las mejillas y molesta le replicó que si así le daba su amor su mamá, pues no lo quería. Martha le soltó esto, entonces:

-De todos modos, tú trabajaste duro y tu madre debe darse cuenta y pedirte perdón.-

Josefina se quedó pensando. Sabía que su amiga tenía razón, pero había un problema y muy bien gordo:

-¡¿Y cómo lo hago!?- Le preguntó desesperadamente.-¿¡Cómo hago que se dé cuenta!?-

Y Malan, sonriendo llena de confianza, le soltó esto a su amiga Josefina:
-Déjamelo a mí.-

Y Josefina sonrió, como si hubiera visto una nueva esperanza. Luego, llena de alegría y con ganas de llorar, abrazó a Martha fuertemente:

-¡Gracias, muchas gracias! ¡Por algo, eres mi mejor amiga!-

-Bueno,…- Añadió Malan, avergonzada. -No es para tanto, solo quiero ayudarte, nada más.- Antes de reírse nerviosamente.

FIN DE LA SÉPTIMA PARTE

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