Centésima quinta historia

La madre de Josefina y la madre de Martha: Primera parte, centésima quinta historia.

Eran finales de Enero, en un día nublado en el cual caía a ratos un poco de nieve; Josefina corría feliz hacia su casa, deseosa de enseñarle algo a su querida madre. Tras llegar a su puerta y pegar varias veces la puerta, le abrió uno de sus hermanos:

-¡Oye, wey! ¡No seas tan impaciente, que me cuesta mucho levantarme del piche sofá!- Eso le dijo su hermano Miguel, bastante molesto por tener que levantarse y abrirle la puerta.

Pero fue ignorado, porque ella salió disparada a toda velocidad en busca de su madre:

-¡Mamá, mamá! ¡Mira, mira esto!- Eso le gritaba de felicidad.

-¡¿Qué le pasa a esa chamaca!?- Eso se preguntaba Miguel, al sentirse ignorado. Se sintió un poco herido, como si para su hermana pequeña él no existiera.

Su madre estaba en la cocina y estaba bastante malhumorada porque vio que su hijo mayor no aguantó ni el segundo día del trabajo en dónde lo metió. Cuando creía que por fin podría haberlo hecho un hombre de verdad, éste lo mandó todo por la borda.

Y cuando oyó a Josefina dejó lo que estaba haciendo y le dijo que estaba en la cocina. Ésta al llegar, le soltó con gran rapidez esto:

-¡Mamá, mamá, mira este examen que he hecho, me ha salido genial!- Eso le gritaba, con toda la felicidad del mundo y tan rápido que ni siquiera su madre entendió lo que quería decir exactamente. Pero, al ver que Josefa le estaba mostrando un papel que parecía un examen, lo entendió todo.

-¡Ah, en serio!- Eso decía, bastante ilusionada. -¡Déjame verlo!-

Con aquella felicidad que Josefina estaba emanando, su madre se ilusionó demasiado, creyendo que su hija iba a tener una nota muy alta, como un ocho, un nueve o incluso un diez; superando así las actuales, que eran siempre entre el seis y el siete y medio. Por fin, tendría alguien inteligente en la familia y que se dedicaría a seguir el mismo camino que hizo su madre. O eso pensaba.

Pero al ver la nota, se llevó una grandísima decepción, una que mandó sus ilusiones a la mierda y la enfureció. Josefina solo sacó un cinco y medio.

-¿¡Qué es esto!?- Eso le preguntó su madre, con una mueca de enfado.

-Pues que aprobé por los pelos.- Le respondía eso, mientras no entendía porque su madre no estaba contenta. -Fue realmente difícil aquel examen y pensaba que iba a suspender. Pero, pero, he aprobado, y no me lo podría creer, parecía un sueño.-

-¡Esta nota es muy baja! ¡Y está por lo bajo de lo normal!- Su madre le señalaba la nota del examen con enojo. -¡¿Cómo puedes estar tan feliz con eso!?-

-Porque he aprobado, mamá.- Eso le respondía Josefina, mientras se preguntaba qué mosca le había picado a su madre.

-¡¿Realmente crees que es motivo de alegría sacar una nota tan mierda!?- Y ésta la empezó a regañar.

-¡¿Por qué te pones así!? ¡He aprobado, en un examen que casi todo el mundo ha suspendido!- Le soltó Josefina, muy molesta.

-¡¿Y qué importan los demás!? ¡¿Si ellos se tirasen por un puente, tú también lo harías!?-

Y la tensión entre ellas estaba creciendo a gran velocidad, haciendo que Miguel, quién estaba en el salón, decidiera quitarse del medio con cautela.

-¡Eso no tiene nada que ver, mamita! ¡Deberías estar contenta, fue un examen muy difícil!- Pateaba el suelo de la rabia que le estaba produciendo su madre.

-¡No y no! ¡Me haría feliz que estuvieras sacando diez, no un triste cinco y medio! ¡No te estás esforzando!- A Josefina le dolió muchísimo tener que escuchar esas palabras.

Ella, que desde la primavera del año pasado decidió esforzarse, puso todo su empeño para aprobarlo todo y poner contenta a su madre, quién deseaba ver que uno de sus hijos llegarán a la universidad. Con la ayuda de Malan, pasaba horas estudiando y comprender todo lo que no entendía en clases. Intentó escuchar a sus profesores y apuntar lo que decían, aún cuando le costaba mucho prestar atención.

Puso su mayor esfuerzo, solo para poner feliz y contenta a su madre. Eso era la única razón y ella estaba infravalorando todo eso.

A Josefina, aquello la hizo explotar como un volcán y le gritó a su madre esto, con un gran enfado: -¡Me he estado esforzando mucho para conseguir aprobar, he dado todo lo mejor de mí! ¡Eso es verdad! ¿Y para qué, esto lo que recibo!? ¡Pues, vaya mierda!-

Luego, salió corriendo hacia su cuarto, mientras lloraba de la rabia, y con su madre gritándola, excusándose de que solo quería que se esforzara más. Ésta, molesta y enfadada, decidió dejar en paz a su hija.

-Eso es solo por tu bien…- Se decía en voz baja.-…este mundo es así.- Mientras terminaba de lavar los platos.

Mientras tanto, en el cuarto de Josefina, ella acostada en la cama, llorando descontroladamente y pataleando sin parar, mientras decía estas quejas.

-¡Mamá es tonta! ¡¿Por qué, por qué se pone así!? ¡No tiene derecho a tratarme así!-

Solo quería que su madre le felicitará por no haber suspendido, en un examen que fue demasiado difícil para toda la clase y en el cual muy pocos aprobaron. Josefina fue una sobreviviente, pudo superar las adversidades y deseaba que estuviera orgullosa de ella. Era solamente eso y no haber sido regañada de esa forma.

Y sus pensamientos, que los soltaba en voz baja a una velocidad increíble, no ayudaban nada a mejorar su humor. Es más, lo empeoraban, recordando varias de las regañidas y tortazos que su madre le dio por simples tonterías, a su parecer. Con cada momento que pasaba, su enfado no paraba.

-¡¿Por qué, por qué tengo una madre tan insensible!?- Eso protestaba, mientras daba vueltas sin parar por la cama y cayó al suelo.

-¡Ay, virgencita, he caído de culo!- Eso se decía, mientras se levantaba y se quejaba del dolor. Y entonces, la bombilla de su cabeza se encendió, de alguna manera, al ver la foto en dónde ella, su prima, Mao y las demás estaban posando delante de la casa del árbol que construyeron.

Recordó lo que ocurrió en el verano anterior, cuando un anciano le regaló a Josefina unas enormes tierras solo para joder a sus familiares y todo lo que pasó ella, su prima y sus amigas para evitar que su madre vendiera aquel terreno. Una de las cosas que hizo, fue escaparse de casa y estar allí, sin moverse, de acampada, en protesta por la actitud totalitaria de su familiar.

Y eso le hizo pensar que tal vez debería hacer lo mismo en aquel momento, yéndose de casa para protestar la actitud totalitaria de su madre y que ésta le prometiera tratarla mejor.

-¡Eso es!- Gritaba llena de entusiasmo.-¡Me iré y no volveré hasta que ella me trate cómo me merezco!-

Rápidamente, cogió su mochila y tiró sus libros a la mesa. Luego, ella bajó con cautela a la cocina y cogió comida y agua. Al volver a su cuarto, lo preparó todo y salió a la calle sin que se dieran cuenta los demás, aunque no se dio cuenta de que sus hermanos la vieron, pero ignoraron totalmente lo que ésta iba a hacer.

Al salir a la calle, se puso a temblar por el frío que hacía, a pesar de que estaba bien abrigada.

-Con el frío que hace, me podría morir…- Eso se decía en voz baja, mientras observaba el cielo y pisaba la nieve que había en la calle.

No se acordó del frío, ya que en aquellas fechas normalmente estaban entre los quinces bajo grados y los diez; y ahora todo su plan se había ido al traste. Morir de hipotermia, no estaba dentro de sus planes.

-¿Adónde me voy, entonces?- Eso se preguntaba, mientras comenzaba a andar hacia alguna parte.

Y de repente, del bolsillo del gran abrigo que tenía encima empezó a escucharse una melodía de una canción pop totalmente olvidable: Era su móvil, alguien la estaba llamando.

-¡¿Quién es!?- Contestó Josefina, tras buscar desesperadamente el móvil que había en el bolsillo.

-Hola lenta simpática.- Y con estas palabras, supo enseguida quién era.

-Ah…- Respondió, algo molesta. -Eres tú.-

-Ese tono… ¿te estaba molestando en algo?-

Josefina le respondió con algo de nervioso esto: -No es eso. Es el mote…-Estaba harta de eso. -Bueno, da igual…-

-Te quería avisar que hoy no habrá nadie en casa de Mao.- Malan siguió a lo suyo.

Josefina, al escuchar eso, se maldijo porque fue muy oportuno. Era el único lugar que le quedaba para huir de casa.

-¡¿Y entonces adónde voy!?- Eso gritó, consternada.

-Si quieres, puedes ir a mi casa.- Y esto añadió Malan.

Al escuchar eso, Josefina se puso muy feliz y le gritó a su amiga esto: -¡Buena idea, Malan! ¡Me has salvado el día!-

Apagó el móvil y salió corriendo, rumbo hacia la casa de Martha Malan.

FIN DE LA PRIMERA PARTE.

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