Centésima quinta historia

La madre de Josefina y la madre de Martha: Cuarta parte, centésima quinta historia.

Lo primero que hizo Josefina al ver que su madre había entrado en la casa fue esconderse en el primer lugar que pilló: Detrás del sofá. Ella se agachó y, temblando como un flan, se tapaba la boca y cerraba los ojos, esperando que su mamá no se diera cuenta de su presencia. Malan seguía viendo el documental, totalmente absorta en cómo los animales de África vivían el día a día.

Al entrar, en el salón la madre de Josefina miró por todas partes y gritó esto: — ¡Por el amor a Dios, no te escondas de tu madre! —

Josefina, al ver que su madre le dijo eso, se levantó de golpe y con el miedo en el cuerpo se quedó mirándola, con la esperanza de que no estuviera muy enfadada y que no le iba a castigar. Aunque al ver su cara, sabía que estaba perdida. Y le iba a decir algo, pero, entonces, la mamá de Malan intervino, quién estaba a su lado:

— ¡Te tiene mucho miedo, debes ser una madre muy terrible…! — Y dejándole claro que le estaba criticando. Eso hizo que la madre de Josefa se dirigiera a la de Malan y le replicará con muy mala leche:

— ¡No, por el contrario, ella me tiene respeto, así la he educado! —

— Pues vaya forma de respeto que tienes…— Lo dijo con tal tono de desprecio, que sólo consiguió empeorar la tensión que había entre ellas dos, que se miraban la una a la otra con ganas de pelearse con puños y patadas. Malan reaccionó rápidamente, mientras su padre y el de Josefa estaban chalando amistosamente sobre una foto de un agricultor que estaba en la entrada, sin darse cuenta de lo que estaba sucediendo en el salón. A diferencia de sus señoras, ellos congeniaron a los pocos segundos, al ver que tenían algo en común, ser hijos de granjeros.

— Buenas tardes, mamá de Josefina. — Malan le saludó educadamente y bastante tranquila. — ¡Encantada de volver a verla! —

La madre de Josefina, le devolvió el saludo muy amistosamente, como si fuera una vieja amiga: — Lo mismo digo, Martha. —

Después de todo, como Malan siempre se pasaba por su casa cada dos por tres, ya la conocía muy bien y le parecía muy maja. Es más, le estaba muy agradecida por ayudar a su hija en sus notas y admiraba su inteligencia.

— ¡Lo ves, esto es educación! — Por su parte, la madre de Malan se puso a fanfarronear de su hija, a la vez que criticar a la de Josefina: — Aunque has sido un poco vulgar en tu forma de saludo. —

— ¡¿Pero qué dices!? ¡Mi saludo no ha sido nada vulgar! ¡Tu actitud hacia mí que es vulgar! — Y eso sólo consiguió que las dos siguieran centradas en criticarse la una con la otra, impidiendo a Malan poder introducirse en la conversación para tranquilizarlas.

— Oye, señora, ¡Tu actitud sí que es vulgar, pero de verdad! — Eso que gritó la madre de Malan hizo dar a los caballeros que estaban presente reaccionar de una vez.

— Vamos, ¡no se peleen! — E intervinieron para dar zanjada una pelea que parecía bastante estúpida.

A continuación, las dos parejas se sentaron en el sofá para hablar, en un ambiente que parecía asfixiante debido a la rápida enemistad que formaron las dos madres. Tras minutos de incomodidad, la primera que habló fue la mexicana:

— ¡Hemos venido para llevarme a Josefina, sólo eso! — Dijo esto tiránicamente.

— ¡¿Y castigarla brutalmente, verdad!? — Eso soltó secamente la madre de Malan, haciendo que su marido le diera un codazo con la intención de decirle que no tenía que haber dicho aquello. Ella le ignoró, cegada por su enfrentamiento.

— ¡¿Y a usted que le importa lo que haga con mi hija!? — La madre de Josefa saltó a la primera: — ¿¡Le pasa algo con eso!? —

— Perdonen a mi mujer. — El padre de Malan se disculpó rápidamente, para aliviar la situación. — A veces, le gusta exagerar. — Y su esposa le dio una mirada de pura molestia.

— ¡No pasa nada! — Le replicó el padre de Josefa, bastante alegre. —  ¡Mi mujer también exagera! — Y terminó la frase riendo de una forma muy ruidosa.

Su mujer le mandó una mirada asesina y éste se calló, antes de añadir esto: — ¡No te pongas así! —

Los dos padres estaban realmente incómodos al ver como la esposa de uno y la del otro se miraban con ganas de arrancarse de los pelos. Entonces, intentaron mejorar la situación en dónde se encontraban ellos:

— ¿¡Por qué no charlamos amistosamente un poco!? ¡Nos acabamos de conocer, no deberían estar tan tensos! — Decía amigablemente el padre de Josefina.

— ¡Tiene toda la razón, señor Porfirio! Nuestras hijas son amigas, por tanto, no deberías empezar nuestra relación con mal pie. —  Y añadió esto el de Malan.

Lo intentaron, hicieron todo lo posible para evitar que la charla incómoda se volviera una terrible discusión entre madres. Hablaron sobre sus orígenes, sus trabajos, sobre sus hijas,  de todo; pero fue en vano, porque, tras media hora, se estaban gritando como locas:

— ¡No me trates como una ignorante, que he sacado la carrera de psicología y la aprobé todas! —  Le gritaba la madre de Malan a la de Josefina, y ella se la devolvía con el mismo tono:

— ¡Ja, qué risas! ¡Eres tú la que me has tratado de ignorante! Yo también terminé mi carrera de psicología, con sobresalientes, con una tesis que dejó boquiabierto a todos mis profesores. ¡Pero, pero…! ¡Da vergüenza que no sepas algo tan básico como eso! ¡¿De verdad, aprobaste la carrera!? —

La discusión que estaban teniendo empezó con la visión de ambas sobre la educación que hacían sobre sus hijas y, por culpa de que la madre de Malan presumiera lo buena que era su hija, como sinónimo de que la había criado mejor; terminó siendo una sobre cuál hizo mejor su carrera de universidad, que casualmente fue la misma. Es más, solo el hecho de que intentará aladear de haber hecho la carrera de psicología y equivocarse de una forma tan patética y humillante, sólo puso histérica a la madre de Josefina y se pusiera a echarle en cara que era una estúpida que no sabía de casi nada.

Los maridos, por su parte y al ver que no podrían hacer nada, le dejaron solas y se fueron a charla en el pequeño invernadero que tenía el padre de Malan, hablando sobre cómo plantas y agricultura. Aún estando en ese sitio, oían claramente las voces de sus esposas, chillando como locas.

— No debería presumir tanto de su carrera, la iba a dejar a medias, harta de tanto estudiar. — Añadía el padre de Malan: — Si no le hubiera dado clases extras y ayudado, tal vez nunca lo hubiera conseguido. —

Dijo, tras dar un suspiro, mientras recordaba nostálgico aquella época en dónde los dos se conocieron y, a través del estudio, se hicieron novios.

— Ya veo, a su esposa nunca llevo bien eso de estudiar. – De nuevo, rió,  con  carcajadas ruidosas y añadió: – Mi esposa fue toda un cerebrito en su época, realmente era una mujer inteligente. Siempre diciendo cosas que me parecían chino y me sentía muy inculto a su lado. —

Él también empezó a recordar la época en dónde conoció a su esposa y dónde empezaron a salir. Luego, el padre de Malan siguió hablando:

— Me he dado cuenta. Bueno, creo que si no fuera a ayudarla a terminar su carrera, todo sería diferente. Gracias a eso, nos hicimos novios. —

— ¿¡Entonces, fueron novios en la universidad!? — Soltó un gesto de sorpresa. — Yo a la mía le conocí ahí, pero de otra forma. De limpiador en los pasillos, durante mi época de inmigrante ilegal, mientras ella estudiaba con esfuerzo su carrera, como estudiante de intercambio. — Cerró por un momento los ojos. — Creía que ella me era inalcanzable, pero, por alguna razón, al final el destino nos unió. —

Entonces, el padre de Malan, interesado en cómo fue su tiempo como inmigrante ilegal, le iba a preguntar. Pero, entonces, sus esposas dejaron de gritarse y aparecieron detrás de ellos, con la intención de decirles algo.

Mientras tanto, Martha y Josefina, quienes también se quitaron del medio, estaban en el cuarto de la pequeña africana. Después de hablar un poco, se quedaron en silencio, algo anormal porque Josefa nunca cerraba la boca. Después de todo, eso hacía saber a Malan que su amiga estaba realmente preocupada y aterrada por lo que había pasado, y sólo estaba pensando en silencio. Y estuvo pensando en abrir su pequeña boca para tranquilizarla o sacar algo para que ella se distrajese por un rato.

Al final, oyó unas débiles palabras, procedentes de ellas:

— ¿¡Qué vamos a hacer!? — Murmuró algo nerviosa y alterada. — ¡¿Qué vamos a hacer!? — Y Malan decidió actuar:

— Luces realmente preocupada, ¿¡Es por tu madre o por qué ellas dos se están peleando de esa forma!? —

— Pues…— Josefa se quedó pensando unos segundos, mientras le miraba la cara a Malan con ganas de llorar. Luego gritó:

— ¡Las dos! ¡Las dos! ¡Nuestras mamás se odian, y tengo miedo de que nos separen! — Y le abrazó fuertemente, como si Malan fuera a desaparecer de un momento para otro. — ¡Y no quiero separarme de ti! —

Como siempre, Josefina había exagerado las cosas y se puso realmente dramática. No dejaba de decir que no quería separarse de Martha una y otra vez. Eso le pareció a su amiga algo muy lindo y gracioso, a la vez. Aunque algo incómodo, porque parecía como si fueran dos enamorados que iban a ser separados por sus familias.

Y con voz tranquilizadora y casi maternal, le decía estas cosas a Josefina, mientras la abrazaba:

— No te preocupes, eso sería realmente exagerado, aún siendo de nuestras madres. —

— ¡¿De verdad!? — Le preguntaba frenéticamente y esperanzada. — ¡¿De verdad, no harían tal cosa!? —

— Por supuesto que sí. Es más, yo le caigo bien a tu madre, y tú a la mía. Así que todo va a ir bien. — Esas simples palabras tranquilizaron a Josefina, que llevaba un buen rato asustado, al ver que sus madres se odiaban a muerte y podrían separarla de su amiga. Confió fuertemente en sus palabras, porque, para ella, casi siempre tenía razón.

Añadió con una sonrisa: — ¡Si tú lo dices, entonces es cierto! —

Malan se alivió mucho de que ésta dejará de preocuparse inútilmente. Entonces, se dio cuenta de que habían pasado algunos segundos desde que dejaron de chillar sus madres.

Entonces, la puerta se abrió de forma muy brusca, sorprendiendo a las dos chicas. Josefina se puso pálida al ver que eran sus madres, las dos con una cara de pocos amigos. Ellas dos se soltaron con mucha rapidez. Luego, Malan preguntó a las madres, con un tono tranquilo y sereno: — ¡¿Qué ocurre!? —

— ¡Vamos a hacer una competición por cuál familia es la mejor!— Gritaron al unísono como leonas y ningunas de las dos chicas se enteraron muy bien lo que querían decir. Pero había una cosa que se dieron cuenta, se habían metido en un buen lio.

FIN DE LA CUARTA PARTE

Anuncios
Estándar

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s