Centésima quinta historia

La madre de Josefina y la madre de Martha: Tercera parte, centésima quinta historia.

La madre de Josefina estaba comiendo galletitas saladas mientras observaba su serie de televisión favorita, un drama sobre médicos. Junto con ella estaba dos de sus hijos, fastidiados por ver aquel dramón que les parecía puro aburrimiento. Los pobres no tenían otra cosa, porque ella les quitó sus consolas portátiles, como castigo por no hacer nada en la casa.

— ¡Oye mamita, ¿podemos cambiar a otra cosa?! — Uno de los dos gordos le preguntó eso a su mamá, harto de aquel estúpido programa.

— ¡Cállate chavo, que está muy interesante! — Pero sólo consiguió que su madre le hiciese callar.

Y, por su parte, su hermano le dio una gran colleja y le dijo esto en voz baja: — ¿Por qué le hablas, pendejo? ¡Déjala tranquila, que así no nos manda a hacer cosas en la chabola! —

Entonces, cuando se iba a revelar quién era el padre del protagonista, su teléfono móvil empezó a sonar sin parar.

— ¡¿Quién me llama ahora!? — Dijo muy molesta, mientras buscaba su móvil. Fue una tarea dificultosa para ella, ya que, incapaz de perderse aquella gran revelación, sus ojos no quitaban la vista de la televisión.

Al final, tuvo que fastidiarse y se levantó, al darse cuenta de que estaba en la cocina. Les hizo un gesto a sus hijos para decirles que no cambiarán de canal. Contestó el móvil con rapidez: — ¿Quién es? —

— ¿¡Usted es la madre de Jasofina!? — Y aquella voz, desconocida para ella, le soltó esto. Ella se quedó extrañada.

— ¡¿Jasofina!? — Era la primera vez que oía un nombre tan raro. Se quedó boquiabierta, creyendo que se habían equivocado de número.

Y entonces, oyó una vocecita que conocía muy bien:

— ¡Es Josefina! — Era su hija, cuyo grito fue tan fuerte que casi iba a destrozar el oído de su madre, quién tuvo que alejar su cabeza un poco del móvil.

— Perdón, perdón, chiquilla, es que tienes un nombre muy complicado de pronunciar. — Luego, la mujer que la estaba llamando se olvido que estaba realizando una llamada, mientras le pedía perdón a Josefina.

— Pero si es facilísimo. — Josefina le replicó.

Su madre se quedó boquiabierta, creía que Josefina estaba en su casa. Miró a sus hijos y les preguntó si Josefina había salido. Le respondieron afirmativamente, y ella les lanzó una mirada que los puso a temblar de miedo. Ni Josefina le dijo que iba a salir, ni sus hermanos le avisaron de eso, se enfureció, parecía que estaba ardiendo en llamas.

Apretando el puño, se preguntó por qué Josefina había hecho eso y, no menos importante, qué había pasado para que su hija le pidiera a otra que la llamase. Fuera lo que fuera, deseaba darle la regañina de su vida. Luego, al poder controlarse, mientras escuchaba como Josefina y la persona desconocida seguían con el tema del nombre y se habían olvidado de ella, decidió averiguarlo.

— ¿Qué quiere mi Josefina esta vez? — Le preguntó, con muy mala leche. — ¿Y por qué no me ha avisado de que está en otra casa? —

Entonces, ella recibió una respuesta que jamás esperaría haber escuchado: —Pues, se lo dejo bien claro. Como madre que soy, he escuchado lo que ha pasado entre Josefina y tú, y no me parece nada bien lo que hiciste. —

— ¡¿Espera, qué!? — Se quedó extrañada por unos segundos.

— La gritaste y te pusiste cómo una furia solo porque tu hija sacó una nota más baja de la esperaba, aún cuando había aprobado. — Y aquellas palabras le sentaron fatal, porque absolutamente nadie antes le había cuestionado si estaba educando bien a sus hijos. Es  más, era una persona desconocida, que no conocía de nada, estaba metiendo las narices en cómo debía criar a su hija, y eso la puso como una verdadera furia.

— ¡Oye, no tienes el derecho a decirme que la estoy educando mal! — Le gritó. No iba a dejar que aquella madre se iría de rositas tras acusarla.

— Pues sí, tengo todo el derecho del mundo a criticar su educación. — Y la otra, al escuchar su tono de voz, se atrevió a contestarla con muchos aires.

Ella, por supuesto, no iba a ser menos: — ¿¡En dónde lo dice!? ¿¡El ministerio de educación te ha dado el diploma o qué!? —

— No sabía que…— La otra se lo creyó, por un momento. — ¡¿Espera, eso era irónico, verdad!? —

La madre de Josefina se quedó en silencio por unos pocos segundos, preguntándose si aquella vieja era tan pendeja para haberse creído tal cosa. Luego, añadió esto:

— ¡Sólo le voy a decir de que se meta su opinión por el culo, nada más! —

Aquellas palabras tan finas sólo fueron recibidas por una contestación igual de malsonante:

— ¡Y tú te lo metas por la vagina! — Le gritó, antes de decirle algo que debería haberlo dicho en primer lugar: — ¡Y una última cosa, su hija se quedará a dormir aquí, le he dado permiso! —

— ¡Ni una mierda le voy a dejar hoy dormir en otra casa, me la llevaré a casa aunque sea a rastras! —

Después de tener una discusión con una madre que se atrevió a desafiarla, lo último que haría sería dejar a Josefina en su casa. Aunque, de todas formas, se la hubiera llevado de ahí, ya que su hija, en primer lugar, no le dijo a dónde se fue.

Estaba tan enfadada que los hijos que estaban en el salón con ella, al ver así, decidieron quitarse del medio sigilosamente.

— Pues inténtalo, le diré mi dirección para que venga en persona y le dé un buen repaso, ¡preparase! — Añadió la madre de Malan, toda altanera.

— ¡La que se va a preparar serás tú! — Le gritó como loca, antes de colgar el teléfono de forma súbita.

Llena de furia, iba a tirar el móvil contra el sofá, pero el teléfono volvió a sonar. Miró y era la misma, tuvo que aceptar la llamada a regañadientes.

— ¿¡Qué pasa ahora!? — Le preguntó con muy mala leche.

— ¡Iba a decir mi dirección! — Y a gritos, le soltó esto la otra, antes de decirle dónde vivía.

Volviendo a la casa de Malan, tras terminar la charla telefónica, que fue de todo menos pacifico, Josefina le preguntó a la madre de su amiga esto:

— ¿Cómo ha salido? No parecía que estuvieran muy contentas. — Josefina estaba temblando de miedo, imaginándose lo cabreada que debía estar su madre. Intentó engañarse a sí mi misma, pensando que lo que escucho y vio era otra cosa.

Malan, quién estaba al lado de Josefa, miraba molesta a su madre, mientras daba un suspiro de fastidio. Su madre había empeorado la situación y a un tiempo record. Se arrepintió de no haberla detenido.

— No te preocupes, ella aparecerá en persona por aquí y ya le dejare bien claro las cosas. — La madre le dijo esto, con mucho optimismo y seguridad, a la amiga de su hija. Ella creía con toda su sinceridad que todo iba a acabar bien.

Pero Josefina se quedó blanca del terror, al escucharlo: — ¡Espera, espera, ¿va a venir aquí?! —

— ¡Pues sí, pero le voy a bajar los humos! — Entre risas, la madre añadió esto.

Aunque eso dejó claro a Josefina de que su madre estaba realmente enfadada, decidió preguntar por si acaso: — ¿Eso quiere que está enfadada? —

— Se ha puesto de muy mal genio esa mujer solo con decirle eso. — Se lo dijo con toda la tranquilidad del mundo.

Josefina, incapaz de negar la realidad, le entró la desesperación y lanzó un grito de terror: — ¡¿Ahora qué hago!? — Se puso las manos sobre la cabeza.

— ¡No te preocupes, yo lo solucionaré! — La madre de Malan intentó tranquilizar.

Lo dijo con tanta seguridad que Josefina, al verla, sintió como si un rayo de esperanza la iluminaba. Mas bien, era como agarrar un clavo ardiendo, pero buscaría cualquier cosa que la pudiese salvar de la ira de su madre.

— ¡¿De verdad!? — Le preguntó.

— Sí, confía en mí. — La madre de su amiga, infló el pecho de puro orgullo, tras decirle eso.

Malan no dijo nada, se les quedó mirando, con ganas de decirle a Josefina que no debería confiar mucho en su madre. No quiso arruinar las esperanzas de su amiga.

Tras pasar un buen rato, alguien tocó el timbre de la casa de Malan. Al oírlo, Josefina, quién estaba viendo junto con su amiga un documental sobre animales en el salón, se puso blanca del terror y empezó a temblar.

— ¡Y-ya ha llegado! — Decía Josefina en voz baja, mientras se ponía rígida y castañeaba los dientes. Malan se quedó observándola y comprobando en primera persona el enorme grado de miedo que ella tenía de su madre. Aunque sabía lo dura que era la madre de Josefa, le sorprendía mucho lo exagerada que llegaba a ser la mexicana.

Y la madre de Malan, quién estaba en la cocina preparando el lavavajillas, paso por el salón, gritando muy contenta y con una sonrisa desafiante.

— Por fin, ¡ya me estaba cansando de esperar! — Parecía estar deseosa de empezar el conflicto. Se fue directa hacia la puerta, a paso ligero.

Malan se preguntó si su madre sólo quería guerra más que ayudar a una chica que le recordaba un poco a sí misma. Y Josefina, muerta de miedo, cerró los ojos y abrazó fuertemente a su amiga, sorprendiéndola en el acto:

— ¡¿No crees que estás exagerando un poco!? ¡Es sólo tu madre! — Le dijo Malan con un tono bastante tranquilo. Le parecía tan exagerado que hasta le daba gracia.

— ¡Cuando se trata de mamá, nada es exagerado! — Y Josefa le respondió eso, con un tono totalmente distinto y distinto, totalmente en serio.

La madre de Malan ya llegó a la puerta  de la calle y la abrió. Al hacerlo, gritó esto a lo grande:

— ¡Bienvenida a la casa de los Malan! —

Debía impresionar a la madre que desafió y lo único que se le ocurrió era decir aquellas palabras como si estuviera dando la bienvenida a un palacio.

Cuando las dos se vieron las caras por primera vez en sus vidas, se miraron fijamente en silencio, para ver con quién iban a tratarse.

La madre de Malan miró de arriba para abajo a la de Josefina. Parecía tener una edad alrededor de los cuarentas años y era bastante más bajita que ella, le llegaba a la altura de los ojos, o eso le daba la impresión. Tenía el pelo moreno y corto, cuyo flequillo tenía que ponerlo a un lado porque no le dejaba ver. Su cara se parecía mucho a la de su hija, aunque más redondita y gordita. Su nariz era parecida, aunque sus ojos tenían un aspecto mucho más malhumorado. Daba la impresión de que estaba gorda, porque tenía las caderas muy anchas, un enorme trasero y grandes muslos. Por arriba, no tenía mucho pecho y su barriga no estaba muy crecida. Llevaba un enorme abrigo que le llegaba hasta las rodillas de color marrón muy oscuro y unos pantalones del mismo color y que abrigaba mucho. Y a su lado, se encontraba un hombre bigotudo totalmente abrigado hasta las cejas.

La madre de Josefina hizo lo mismo, miró de arriba para abajo a la de Malan. Veía a una rubia, cuyo pelo llegaba a sus hombros; con una figura esbelta. Su cara parecía larga y delgada, y era alta, flaca y tenía unos senos enormes; aunque tenía poca cadera, poco trasero y muslos. Llevaba un suéter de color blanco y una falda muy larga de color azul. Mientras ellas dos se observaban mutuamente con una mirada de pocos amigos, un hombre apareció detrás de la dueña de la casa y los saludó amistosamente:

— ¡Buenos días, ustedes deben ser los padres de Josefina! — Era el padre de Malan, quién se acercó desde su huerto para saludar a sus anfitriones.

— ¡Eso somos, mucho gusto! — Y el padre de Josefina, quién acompañaba a su esposa, le devolvió el saludo con la misma alegría, quién esperaba que con esto rompiera el hielo.

Al final, la madre de Josefina con un tono algo insolente, le preguntó lo obvio a la otra: — ¡¿Entonces, tú debes de ser la madre de Martha!? —

— ¡¿Y tú de Jasofina!?  — Y ésta soltó esto, con un tono parecido.

— ¡Es Josefina!  — Y sólo enfadó aún más a la otra, al oír que estaba diciendo mal el nombre de hija, de nuevo.

Las dos intentaron pareceres amables,  pero la mala leche de ambas se notaba en el aire. A continuación, se estrecharon las manos, lo más fuerte posibles para hacer daño a la otra.

— ¡Encantada de conocerte! — Y se saludaron con una sonrisa falsa muy aterradora, para luego quedar en un silencio realmente incómodo.

Los maridos, quienes se quedaron preguntando de dónde veía esa hostilidad y dándose cuenta de que podrían ponerse a pelear, decidieron intervenir para romper el hielo.

— Deberían entrar, ahí hace mucho frío. — Eso decía el padre de Malan, con mucha amabilidad.

— Es verdad, verdad. —  Y el padre de Josefina entró. — ¡Vamos entra, cariño! — E instó a su esposa que entrará.

Sin mediar una palabra, ella entró en la casa mientras la madre de Malan se ponía a un lado y cerraba la puerta. A continuación, todos se dirigieron hacia el salón.

FIN DE LA TERCERA PARTE

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