Centésima quinta historia

La madre de Josefina y la madre de Martha: Quinta parte, centésima quinta historia.

Después de eso, llegó el sábado y las dos familias se reunieron frente a una bolera situada en el centro comercial más cercano a las casas de los Malan y de los Porfirio Madero. Las dos madres se miraron fijamente a los ojos, con una mirada desafiante y aterradora que dejaba claro que entre ellas dos saltaban chispas. Luego, hablaron:

— ¡Aquí estamos, como prometimos! — Eso gritó la madre de Malan, mientras mostraba a las personas que había traído.

— ¡Igualmente, estoy preparada para nuestra pelea…! — Y replicó la de Josefina. — ¡Pero antes…! —Antes de quedarse callada por unos segundos, para explotar como un volcán:

— ¡¿Por qué traes a esas niñas!? ¡Ni siquiera son tu familia! —

No sólo todos los familiares de aquellas dos mujeres fueron arrastrados, sino a personas algo ajenas a ellas, unas que se unieron a la situación porque le parecían divertido, otros se preguntaba cómo habían terminado en aquella estúpida situación.

— ¡Pero son amigas de mi hija, así que vale! ¡Además, sólo somos tres en mi familia y tú estás haciendo trampa con la tuya que es numerosa! — Le gritó con la misma intensidad.

— Si tú fuiste la que quería pelear con nuestras familias en una pelea de bolos. — Y así comenzaron a pelearse en las puertas de la bolera, mientras sus maridos le pedían que se tranquilizarán y los hermanos de Josefina se morían de la vergüenza.

Esto era lo que estaba pasando: Ellas decidieron hacer una competición entre sus familias, jugando a los bolos. Y la madre de Malan, tras darse cuenta de que estaba en clara desventaja, porque la familia de su contrincante tenía cinco hijos; le pidió a su hija que llamase a algunas de sus amigas para participar en la pelea.

Así es cómo las gemelas Alex y Sanae se unieron, con ganas de divertirse a lo grande con la pelea entre las mamás de Josefina y Malan; al igual que Mao, que le obligaron a participar.

Tras tranquilizar a las dos madres y entrar en la bolera, las gemelas decidieron echar más leña al fuego, afirmando esto las dos a la ver:

— ¡Os vamos a ganar, os demostraremos nuestra gran fuerza! — Lo dijeron totalmente desafiantes y seguras. E incluso arrastraron a Mao, añadiendo esto: — ¿¡A qué sí, Mao!? —

— Ah, sobre todo eso. —  Éste contestó de una forma tan desmotivadora que parecía sarcástica. Y la madre de Malan le pidió que estuviese más animado:

— Dilo con más ánimos, mujer. —

— Sí, vamos a ganar. — Lo hizo con menos energía que antes.

— No tienes remedio. — Concluyó la madre de Malan. Entonces, la de Josefina, intervino, gritándole esto mientras le señalaba:

— ¡Inténtenlo, pero no os va a resultar nada fácil! ¡Os ganaremos! —

— No, seremos nosotros. — Gritó la otra.

Las dos madres se pusieron a pelear de nuevo entre ellas, mientras sus maridos conservaban con tranquilidad en el mostrador, mientras pagaban el dinero para jugar los bolos. Josefina, quién se sentía muy culpable por lo que pasó, decidió a  hablar con sus amigas:

— ¡Perdón, por mi culpa os he metido en esto! — Les dijo Josefina con una cara llena de arrepentimiento y culpa.

— No pasa nada, no es tu culpa. — Le replicó Malan.

— Si no me hubiera ido de casa, nada de esto pasaría…— Agachó su cabecita y Mao la acarició, diciéndole estas palabras tranquilizadoras.

— Ya da igual, el problema son tu madre y la de Malan, que están como cabras; no tú. — Josefa no pudo evitar sacar una sonrisa, aunque se calló rápida e irracionalmente, por temor a que su mamá se enfadará con ella.

— No te preocupes. — Dijo Sanae.

— Esto va a ser muy divertido. — Añadió Alex.

Las dos también intentaron animar a Josefina a su manera. Estaban muy animadas por participar en aquella competición absurda.

Luego soltaron esto al unísono: — Y es mucho mejor que estar con nuestro padre, que cada vez está peor. —

Ignorando aquel extraño comentario, tanto Josefa como Mao se preguntaban qué le veían ellas de divierto esto, pero fue ignorado pronto por otra cuestión.

— Por cierto…— Mao se acercó a Josefina y le susurró en la oreja. — ¿Por qué tu hermana me está mirando de esa forma? —

Se dio cuenta de que Noemí, la hermana de Josefina, le miraba con una cara de pocos amigos. Más bien, como si quería derrotarlo y éste no sabía la razón por la cual le miraba de una forma tan molesta. No le había hecho nada malo. Ignoró, por otra parte, las miradas de bobos que mantenían los tres hermanos restantes hacia él.

— Nada, ignórala. — Le respondió Josefa. — Mis hermanos están de mala leche conmigo porque por mi culpa vamos a hacer esto. —

Desde aquel día hasta en aquellos momentos, ellos trataron muy mal a Josefina, como represalia por haberles arrastrado en aquella situación. Ella miró a sus hermanos con molestia, al recordar que lo tomaron con ella, incapaces de oponerse a su madre. Mao lo notó, quién le dijo esto: — Son imbéciles, no lo tomes en cuenta. —

— Es verdad. —  Le dio toda la razón y los hermanos, que lo oyeron, protestaron:

— Os estamos oyendo. — Le gritaron.

— Esa es la intención. — Y Mao añadió esto, antes de detener a Alex y Sanae porque estaban a punto de provocar al equipo rival.

Mientras Mao estaba regañando a las gemelas, Josefa llamó la atención de Malan y le pidió que le acompañara al servicio para hablar de algo privado.

Al ir a los servicios, Malan fue la primera en hablar: — ¿Qué ocurre? —

— Aún me siento muy mal porque tu madre se pelea con la tuya… — Aún seguía algo triste por los acontecimientos.

— No te preocupes, han sido ellas dos quién han creado este problema, no tú. — Y Malan con su mejor sonrisa le volvió a decir aquellas palabras comprensivas. Josefa siguió hablando:

— Pero yo lo inicie, porque ella me regaño, a pesar de haber aprobado, Sí, ¡fue por los pelos! ¡Pero aprobé, eso era lo importante, chingados! —

— Ella también tiene la culpa. No se dio cuenta de que te hirió innecesariamente con sus palabras. — Malan dijo su sincera opinión.

— Es verdad. P-por eso, deberíamos intercambiar lugares. — Eso último pilló por sorpresa a Malan, mientras Josefa se ponía a suplicar: —Te lo pido, por favor. —

Aunque no se lo esperaba, comprendió al momento lo que quería hacer Josefina. Y soltó estas palabras para confirmarlo:

— ¿Quieres enfrentarte contra tu madre? — Le preguntó.

— Tu madre me comprendió y me quería ayudar para hacerle entender a mamá. Por eso, ¡tengo que estar en su equipo, quiero darle una lección! —

Josefina temblaba un poco del miedo que le producía enfrentarse a su madre, pero su actitud decisiva dejaba claro que ella se llenó de verdadera valentía. Como Malan conocía las inmensas ganas que tenía ella de llevarle la contraria a su terrorífica mamá, pues no se lo pensó ni dos veces:

— ¿Así que eso es lo que quieres? — Josefa asintió. — Entonces, eso haré, Josefina. —

Entonces, la cara de seriedad que tenía Josefina se transformó en una llena de alegría y saltó hacia Malan para darle un gran abrazo, mientras le gritaba esto: — ¡Muchas gracias Malan, te quiero! —

Malan, avergonzaba, le decía que no era nada, mientras pensaba en lo complicado que sería contarle a su madre que se había pasado al otro bando.

Después de esto, las dos salieron de los servicios y les comunicó a sus madres lo que habían decidido:

— ¡¿Espera, espera, qué!? — Eso gritó conmocionada la madre de Malan, de una forma muy exagerada.

— ¡¿No lo estás diciendo en serio, Josefina!? — Y añadió la madre de Josefa por su parte, con un notable mal humor.

Todo el mundo se sorprendió por el hecho de que Josefa y Martha querían cambiar de equipos, aunque las madres fueron las más exageradas en su sorpresa. Cada una sintió como si le hubieran apuñalado en la espalda.

— Pues sí. Me he intercambiado el puesto con Malan — Josefina estaba ahí, observando a su madre con una mirada decidida y desafiante. Era la primera vez que adoptaba aquella actitud hacia ella y no le sentó muy bien.

— Es una decisión que las dos hemos elecciones. — Añadió Martha, quién no cambió su actitud de siempre. Su madre quedó destrozada, su querida y adorable hija no iba a jugar a los bolos junto con ella.

— ¡¿Pero, por qué!? ¡Tú eres mi hija, deberías estar luchando a mi lado!  — Se puso a comportarse como una niña pequeña, mientras su marido le pedía que no se comportará así y que debería respetar las decisiones de su hija.

— ¡Pues haz lo que quieras, Josefina! ¡Pásate al otro bando si quieres! ¡Yo recibiré con mucho gusto a Martha en tu lugar! — Por su parte, la madre de Josefina intentaba actuar normal, aunque se notaba que estaba molesta y fastidiada por el hecho de que su hija fuera al bando contrario. Su marido intentaba tranquilizarla, mientras los hermanos de Josefa se quedaron en blanco, incapaces de creer que la pequeña de la familia se estaba enfrentada contra la mujer que los dominaba con mano de hierro. Tardaron mucho tiempo en reaccionar.

— ¡Pero Martha, piénsatelo! ¡Tienes que jugar conmigo, eres mi hija! ¡No te pases al enemigo! — Y la madre de Malan no paró. — ¡¿He hecho algo malo para ti!? ¡¿Es eso!? —

— No, mamá. Solo he respondido al deseo de Josefina, ella quiere enfrentarse contra su madre, junto a ti. — Hasta que le mencionó eso.

— ¡Ah, ya! ¡Es por eso! — Se dio cuenta de por qué su hija cambió lugar y aunque se sentía algo triste, porque su hija no podría acompañarla, estaba encantada de ayudar a Josefina. — ¡Pues bien, vamos a darle una lección a tu madre! —

Gritó, mientras señalaba a la otra madre con la mano. Josefina hizo lo mismo, pero soltando esta frase: — Mamá, si gano, me tienes que perdonar por esa regañina del otro día, ¡¿me lo prometes!? —

Ella solamente quería que su madre le dijera perdón por decir cosas tan crueles, y que no volviera a hacerlo. Quería demostrarle que ella se estaba esforzando, con todo su corazón.

— ¿¡Entonces es por eso!? — Pero su madre era muy orgullosa y no iría a demostrar perdón por algo como eso. —  ¡Pues, muy bien, lo acepto! ¡Pero a cambio si gano yo, no te cocinaré ninguna de tus comidas favoritas en todo un mes! —

— ¡Qué cruel! — Josefina casi dio un grito de terror, ante la poca piedad que tenía su propia madre, pero mantuvo la compostura.

— Eso será tu castigo por huir de casa sin avisarme. — Añadió su madre, con una actitud prepotente, mientras ellas se observaban fijamente la una a la otra, lanzando una mirada que decía que no iba a perder por nada del mundo.

Entonces, intervino la madre de Malan: — ¡No te preocupes, vamos a ganar, Josefina! —

— ¡Eso ni te lo creerás tú! —  Y le replicó la madre de Josefina.

Y las madres se pusieron a mirarse la una a la otra por varios segundos,  parecía que entre ellas dos salían chispas que serían capaces de electrocutar a millones de personas. El incómodo e hostil ambiente que estaban creando esas dos era notado hasta por los mismos trabajadores de la bolera, que se preguntaban con miedo y extrañeza qué les pasaba a aquellas dos mujeres.

— Parece que esto será una fuerte competición. — Soltó Martha Malan, mientras reía nerviosamente.

— Esto parece, más bien, el comienzo de una guerra. — Le replicó Mao con los hombros caídos y con una desmotivación que hundiría a cualquiera. Le aterraba ante el hecho de que debía que participar en una partida de bolos que parecía de todo menos amigable y agradable. Con sólo pensarlo, ya le daba mucha pereza y deseaba que el tiempo pasase lo más rápido posible, sólo quería volver a casa y encerarse en su cuarto durante horas.

— ¡Esto será el partido de bolos más épico de toda la historia, Sanae! — Se gritaban las gemelas, llenas de emoción, creyendo que iban algo único en la vida. — ¡Ya lo veo, ya lo veo, Alex! —

FIN DE LA QUINTA PARTE

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