Centésima quinta historia

La madre de Josefina y la madre de Martha: Séptima parte, centésima quinta historia

Malan entró en los servicios de mujeres de la bolera y no veía a nadie, pero sabía que alguien estaba en el lugar, detrás de unas de las puertas de los váteres; porque escuchaba sus sollozos y sus lamentos. Supo enseguida que era Josefina.

Se acercó a la puerta y pegó:

-¿Quién es?- Eso preguntó muy desanimada Josefa.

-Soy yo.- Por la voz, supo ella que era Martha Malan.

-Lo siento, pero quiero estar sola.- Y eso le dijo a continuación. Malan, quién había previsto esto, no tenía ninguna intención de cumplir su deseo.

-Lo siento yo también, pero no quiero dejarte sola.- Y se lo dejó muy claro. -Y no importa cuánto me lo pidas, insistiré en quedarme. Puedo ser tan perseverante como tú.-

-¡¿Qué, qué es eso!?- Eso preguntó Josefina, al escuchar por primera vez en su vida la palabra “perseverante”. Malan se alegró de haber utilizado esa palabra, porque podría ayudarle a enfriar un poco la conversación con su amiga.

-Que puedo ser tan cabezona como tú.- Y eso le dijo con un tono burlón.

-Eso me molesta. Me recuerda a mi madre…- Protestó Josefa. Luego, se quedó pensando y se dio cuenta de algo: -Espera, pero si todo el mundo me lo dice.-

Y luego la conversación entre Josefina y Malan ante el hecho de que fuera cabezona, le preguntaba sin parar si era verdad eso, porque ella decía que jamás se dio cuenta de eso. Martha no le dejaba de dar ejemplos y Josefa no dejaba de sorprenderse por sus propias acciones y pidiéndole perdón a todo el mundo. Cuando se cansaron de hablar sobre ese tema, la africana decidió soltar esto:

-Si quieres, puedes contarme todo tus problemas con tu madre.-

-Bueno…- Josefina se quedó pensando por unos segundos, pero al final aceptó: -Vale.-

Eso era señal de que el humor de Josefina había mejorado un poco y de que Martha estaba en el buen camino para consolar a su amiga.

Y entonces la puerta del váter se abrió, en señal de que Josefina quería que entrara con ella ahí dentro. A pesar de que a Malan no le parecía muy cómodo hablar en ese lugar, ya que era algo pequeño para dos personas; entró y se quedó de pie, mientras miraba a su amiga sentaba en el váter con la tapa puesta.

Y ahí es cuando Josefina le empezó a hablar sobre su madre. Primero, de lo aterradora que era con ella y sus hermanos, o incluso con sus primos. Si tú le desobedecías una orden, te castigaba, ya sea sin cenar o hasta llegar al caso de que no te dejaba salir a la calle durante todo el verano; si le decía la contrario podría llegar al punto de darte un guantazo. Habló también de su conocido e inconfundible mal genio, que cuando se enfadaba casi todo el mundo se quitaba del medio, hasta el más mayor de todos los hermanos salía corriendo de ella, y eso que ya era todo un adulto.

Pero lo que más le molestaba Josefina de su madre es que parecía que era incapaz de ver las cosas buenas de sus hijos. Rara vez dijo un comentario agradable sobre Josefa ni a algunos de sus otros hermanos, casi siempre les estaba criticando. Y cuando hacían algo bueno, ni les felicitó, solo les decían que eso no era suficiente. Cuando estaban tristes, su padre era siempre el que les consolaban y les daba ánimos mientras que ella lo más capaz que era darles algún sermón. Siempre era dura y difícil de tratar.

Malan le preguntó por las cosas buenas de su madre y aunque ella dijo al principio que no tenía una, debido a que aún estaba influida por aquel enfado contra su mamá; se puso a pensar y los encontró. Recordándolo poquito a poco, vio cosas buenas de ella como que hacía comida deliciosa y que muchas veces venía a ayudarla cuando estaba en problemas entre quejas. Cuando estaba alegre, era todo lo contrario a la imagen que tenían de ella; siempre les contaban anécdotas divertidas de su infancia en México o cuando estaba en la universidad en los Estados Unidos. Además de que era muy talentosa como ama de casa, sabía mucho de tecnología y llegó a trabajar sobre ordenadores. Y era muy inteligente, siempre leía libros en sus ratos libres sobre cosas muy complicadas y que tenían que ver con la mente. Por algo, se sacó la carrera de psicología muy rápidamente y llegó a meterse en multitud de cursos de todo tipo sobre informática.

Y Josefina decía todo eso con mucho orgullo y llena de respeto por su madre. No dejaba de decirle a Malan de que era muy inteligente.

-Realmente, se nota que le respetas muchísimo.- Eso le dijo Martha, después de escucharla pacientemente.
-Espera, yo…- Se quedó algo avergonzada y, tras unos segundos se silencio, tuvo que dar una respuesta sincera: -Bueno, algo así.-

Le daba mucha vergüenza admitir que sentía orgullo y respeto a su madre, a pesar de lo enfadada que estaba con ella. Luego, se quedó callada por varios segundos, muy pensativa. Martha esperó hasta que dijera algo:
-Tal vez,…- Decía esto con algo de tristeza.-Es tan mala con nosotros, porque no somos tan inteligentes como ella.-

-¿Qué quieres decir con eso?- Le preguntó Malan, bastante interesada en lo que estaba pensando su amiga. Ella rápidamente se puso a explicarlo:

-Bueno, casi ninguno de mis hermanos ha podido llegar a la universidad ni siquiera han terminado el instituto. Ninguno. Tampoco nadie trabaja. Mi hermano mayor está siempre de pingoneo, igual que Noemí; y los otros dos se pasan todo el día jugando a videojuegos.-

Dio un pequeño suspiro y siguió hablando:

-Siempre les dice que sean algo en la vida e intenten a tener una gran meta, pero ninguno lo hace.- Se detuvo por un segundo. -Por eso, yo…- Le dio algo de corte decirlo, pero pudo: -Me gustaría hacer que se ponga contenta y orgullosa conmigo. Quiere que alguien llegué a la universidad y sea igual de buena que ella y quiero cumplir su sueño…-

-Entiendo, debe ser frustrante para ella que sus hijos no aspiraron como ella hizo.- Añadió Martha.

-Bueno, sí.- Decía Josefina, muy molesta.-Pero tampoco debería ser así conmigo, yo me esfuerzo todo lo que puedo. Sé que soy tonta y el estudio no es lo mío, pero lo intento.-

-¡Debería ser más amable conmigo, por lo menos!- Gritó llena de furia para luego decirle esto a Malan: -¡Me das envidia, tu madre es genial, siempre te dice cosas bonitas y no es nada fría contigo!-

-¡¿Eso crees!?- Le replicó Martha con una sonrisa y Josefina lo afirmó:

-De verdad.-

Y Malan soltó unas risitas, haciendo preguntar a Josefina si eso le parecía tan gracioso. Luego, ella habló:

-¡Qué curioso…! Yo también me he quejado mucho de mi madre e incluso he tenido algunas peleas con ellas.-

-¡¿En serio!?- Soltó Josefa muy sorprendida.

-Por ejemplo, siempre es muy sobre protectora conmigo. Hubo una época en dónde siempre me vigilaba y nunca podría dejarme sola. Me fastidiaba eso porque no me dejaba conocer la naturaleza, ella siempre me alejaba de todo lo salvaje. Eso fue mientras vivíamos en Sudáfrica, en mitad de la sabana.-

Josefa se quedó de piedra al escuchar esas palabras, imaginándose unas escenas totalmente irrealistas sobre Malan, viéndola como una especie de niña salvaje en taparrabos que iba de liana en liana y montaba sobre leones y jirafas.

-¡¿Espera, espera, viviste en la sabana!?- Al volver a la realidad, le preguntaba incrédula: -¿¡Con leones y hienas y todas esas cosas!?-

-Pues sí, estábamos en el Parque Nacional Kruger y mi padre estaba un estudio sobre animales que duró por lo menos siete años.-

Josefina apenas entendió la explicación, pero supo que su amiga Martha Malan vivió en un lugar que daba mucho miedo. Es decir, por nada del mundo ella estaría en África, rodeada de animales, hombres salvajes, mucha pobreza y horribles enfermedades.

-¡Oh, Dios! Entiendo a tu mamá.- Añadió esto, poniendo cara de horror y imaginando los sustos que tendría ella si fuera madre. Martha siguió hablando:

-Bueno, pero es que exageraba a mi parecer. – Para Josefa, no lo era.- Por ejemplo, con cada caída que me hacía, ella se acercaba a mí y me llevaba a la caravana, llamaba a mi padre y al médico más cercano y yo le decían sin parar que no me había pasado nada, que ni siquiera tenía un rasguño.-

Josefina se preguntaba si eso era grave o no, mientras Malan añadió esto:

-Y fue ella la que deseaba marcharnos de allí, eso me molestaba mucho porque me gustaba aquel lugar. No quería ir a América, estaba muy lejos.-

Malan recordaba con cierta nostalgia los berrinches que tuvo con su madre por el hecho drástico de cambiar de continente, algo que se negó desde el principio hasta al final. Y luego, en el resto de aquella época de transición en dónde su vida cambió de forma radical.

-Bueno, la verdad es que tenía mucho miedo. Era algo totalmente ajeno a mí. A mi padre le preocupaba que me costase mucho acostumbrarme a Shelijonia, pero le sorprendió mi nivel de adaptación. La que le costó fue a mi madre, que aún era sobre protectora.-

Lo recordaba como si fuera ayer, dándose cuenta de lo irónico que fue la situación. Su madre no dejaba de quejarse sobre el tráfico y el ruido, apenas se atrevía a salir por la calle por el miedo a la delincuencia o ser pillada por algún conductor loco. Al final, la que más deseaba ir a la cuidad y alejarse de la sabana, fue la que más le costó acostumbrarse vivir ahí.

Luego, al darse cuenta de que se estaba saliendo un poco del tema, añadió todo esto:

-Aparte de lo sobre protectora que es muy celosa, siempre le da envidia que pase siempre con mis amigas. También puede llegar a decir verdaderas burradas y hace quedar mal a mi padre y a mí. Cuando está irritada, parece una niña pequeña. Y la lista es larga. Todo el mundo tiene problemas con sus padres.-

Josefina dio un suspiro como señal de que ella tenía razón, todos los papás causan problemas y empezó a recordar cómo la madre de Martha llegaba a ser muy pesada con su hija y las primeras veces le miraba con una cara que daba miedo. Aún así, dijo esto, tras compararla con la suya:

-Pero me sigue pareciendo mejor que la mía.-

Martha Malan puso su mano sobre su hombro y le dijo con sinceridad:

-En verdad, yo creo que ella se está haciendo la dura y se da cuenta de que algunas veces te hace muchísimo daño, aunque su orgullo no la deja decir perdón. Debe ser de esas madres estrictas que no le gustan parecer débiles antes sus hijos.-

-¡¿Qué intentas decir!?- Eso preguntó Josefina, que no entendía para nada lo que estaba diciendo su amiga. Ésta, decidió simplificar su mensaje con estas palabras:

-Si se da cuenta de su error, o si se ha dado cuenta; te perdonará.-

-¿¡Mi madre, perdonar a algo!?- Casi se iba a morir de la risa. -Eso sería como un milagro de la virgen de Guadalupe.- Ni ella ni sus hermanos jamás la vieron pidiéndoles perdón, les parecía algo imposible de ver en este mundo.

-Ella te quiere y para mal o para bien esa es su forma de demostrarlo. Pero no se da cuenta de que hay momentos en dónde solo debe escuchar y comprender a sus hijos.- Calló por un segundo, para añadir: -Bueno, la mía tampoco es el mejor ejemplo.-

Josefina infló las mejillas y molesta le replicó que si así le daba su amor su mamá, pues no lo quería. Martha le soltó esto, entonces:

-De todos modos, tú trabajaste duro y tu madre debe darse cuenta y pedirte perdón.-

Josefina se quedó pensando. Sabía que su amiga tenía razón, pero había un problema y muy bien gordo:

-¡¿Y cómo lo hago!?- Le preguntó desesperadamente.-¿¡Cómo hago que se dé cuenta!?-

Y Malan, sonriendo llena de confianza, le soltó esto a su amiga Josefina:
-Déjamelo a mí.-

Y Josefina sonrió, como si hubiera visto una nueva esperanza. Luego, llena de alegría y con ganas de llorar, abrazó a Martha fuertemente:

-¡Gracias, muchas gracias! ¡Por algo, eres mi mejor amiga!-

-Bueno,…- Añadió Malan, avergonzada. -No es para tanto, solo quiero ayudarte, nada más.- Antes de reírse nerviosamente.

FIN DE LA SÉPTIMA PARTE

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