Centésima quinta historia

La madre de Josefina y la madre de Martha: Última parte, centésima quinta historia.

Mientras tanto, Josefina y la madre de Martha, hartas de esperar y llenas de curiosidad por la conversación que estaban teniendo; se acercaron poquito a poco a los servicios para espiarlas. Dese la lejanía, le observaban los demás, que estaban sentados en los asientos que estaban a los pies de las pistas de bolos.

-¡¿Por qué actúan de esa manera!?- Se decía Mao muy molesto con aquella actitud. -¡No ven que esa es una conversación privada, no deberían ponerse a espiar!-

-Pero Martha no ha dicho nada sobre eso, así que podemos.- Le replicó Alex-¡A ella no le importan que le espiemos!- Añadió su hermana gemela Sanae. Las dos tenían una sonrisa traviesa, porque deseaban también saber que le estaba diciendo Malan a la madre de Josefina. Se levantaron y se iban a dirigir hacia allí.

-¡Vosotras no vais a ninguna parte!- Pero Mao las detuvo.

-¡Pero, Jefa…!- Y estas protestaron, inflando los mofletes. Entonces, Mao soltó esto:

-¡Os compraré unos pastelitos más tarde si os quedáis quietas!- Aquellas palabras emocionaron a las gemelas, quienes decidieron cambiar de planes drásticamente.

-¡A la orden, capitana!- Eso le gritaron al unisonó, mientras ponía una pose militar, con los ojos llenos de ilusión y alegría.

Por otra parte, mientras los maridos de las dos familias esperaban tranquilamente que aquella charla terminase; los hermanos de Josefina no podrían aguantar la espera.

-¡Qué fastidio!- No dejaban de protestar.-¡¿Cuándo van a dejar de hablar!?- Estaban hartos de toda esta situación. -Quiero terminar con esta estúpida partida de bolos de una vez.- Y solo querían volver a casa. -¡¿Por qué tienen que hablar tanto!?-

Al llegar a la puerta de los servicios para las mujeres lo primero que hacen era intentar pegar la oreja e intentar oír algo.

-¡¿De qué estará hablando!?- Eso se preguntaba la madre de Malan, incapaz de entender ni una palabra.

-No hables, que no escucho.- Y le dijo Josefina eso, quién estaba en la misma situación que ella.

La gente que pasaba les miraba algo desconcertados, preguntándose qué estaban haciendo aquellas dos personas; pero esas dos ignoraban eso, esperando escuchar la conversación que tenían Malan y la madre de Josefina.

Entonces, ahí es cuando la puerta se abrió, para sorpresa de Josefina y la madre de Martha, quienes despejaron sus oídos rápidamente de ahí y se echaron para atrás, mientras veían como salían ellas dos.

-¡¿Qué hacen ustedes aquí!?- Eso les preguntó la madre de Josefina con mala leche, cuando ella y Martha se sorprendieron de que esas dos estaban ahí.

-Pues nada que te incumbe.- Le replicó desafiante la madre de Malan.

-¡¿No estabas espían…!?- Y ésta le gritó, siendo detenida por Martha, quién se dio cuenta de que iban a pelearse de nuevo.

-No pasa nada. Estamos en la puerta de los servicios y sería muy molesto para los demás si se pusieran pelear.- Eso les decía, mientras las empujaba para que fueran hacia la pista de bolas.

-¡No me iba a pelear con ella, de todos modos!- Protestó la madre de Malan.

-¡Eso ni te lo crees tú!- Y le replicó la de Josefina.

-¡Basta, volver a la pista que nos están esperando!- Soltó Martha mientras las empujaba con más fuerza que antes. Éstas decidieron irse hacia allí de una vez.

Pero antes de irse, la madre de Josefina giró la cabeza hacia su hija y le dijo esto: -Una cosa, Josefina…-

-¡¿Qué!?- Preguntó Josefina, poniéndose muy nerviosa. Estaba temblando con la respuesta que le iba a dar su madre.

-Da igual si perdemos o ganamos, pero estoy orgullosa de ti…- Y con una sonrisa y con el rostro rojo, le dijo esto, dejándola muy sorprendida. Eso no se lo esperaba Josefina, que se quedó en blanco.

-¡¿En serio!?- Preguntó en voz baja, sin saber cómo actuar. Pero esas palabras le llegaron a ella, poniéndola muy feliz de haberlas escuchado.

Miró a Martha, con una mirada que le preguntaba cómo había conseguido eso. Su amiga solo soltó una sonrisa, antes de decirle esto:

-No te preocupes, cuando terminé esta partida. Ella dirá lo que tú quieres.-

Y con esto salió corriendo hacia la pista de bolos y Josefina, tras estar varios segundos en blanco, la siguió. Y así se reanudó aquella partida que ya estaba en su recta final.

-¡Ahora te demostraré mi verdadero poder!- Empezó Noemí, quién tiró con  toda su fuerza, llena de confianza en sí misma y capaz de derrotar a Mao.

-¡Otra vez, otra vez!- Pero fue en vano, porque no llegó a tirar ni una, en los tres turnos.-¡¿Por qué, por qué!?- Y gritaba desesperadamente.

Su madre dulcemente le dijo: -No te preocupes, ya lo harás mejor.-

Esas palabras dejaron a todo el mundo sin habla, hasta al marido. Sus hijos se quedaron preguntaron si era ella de verdad, porque jamás la vieron decir eso de tal forma; salvo el padre quién mantenía una calmada sonrisa. Ella, sonrojada, les replicó que no la mirasen así, que no estaba actuando nada raro. Mao, Alex, Sanae y Josefa querían acercarse hacia Martha, para preguntarle qué le había hecho para hacerla decir esto; pero no encontraron el momento perfecto. La madre de Malan le habló sarcásticamente e hizo que volviera a ser la misma de siempre.

Y no solo fue eso, la madre de Josefina dijo muchas más palabras dulces con una actitud muy impropia de ella a sus demás hijos, quienes varias veces fallaron en intentar asimilar lo que estaba diciendo.

-¡¿Qué le ha ocurrido a mamá!?- Le susurró el hijo mayor a su padre, totalmente intrigado y preocupado por la actitud extraña que estaba teniendo su madre.

-No lo sé, pero debe haber sido muy bueno.- Le respondió su padre, con una voz alegre.

Martha, la madre y el padre de Josefina eran los únicos que daban los mayores resultados en el equipo de los Porfirio Madero, gracias a ellos podrían igualarse al equipo de los Malan.

En el equipo contrario, la que más le ponía empeño era la madre de Martha:

-¡Bien, toma esa!- Quién se ponía a provocar a madre de Josefina. -¡A ver si me superas!-

Y era la única con la cual la madre de Josefa actuaba como siempre: -Será como cortar mantequilla.-

Mao, quién tenía que aguantar las estupideces que le soltaba Noemí, y las gemelas Alex y Sanae no lo hacían perfecto, pero sus resultados eran muy decentes. Lo mismo le pasaba a Josefina, cuando intentaba tirar.

-Solo he conseguido tirar siete.- Eso se decía ella, algo molesta por no conseguir una gran puntuación y sorprender a su madre. No deseaba que ella le volviera a decir aquellas palabras. Pero lo que le dijo su madre fue algo totalmente distinto:

-No te preocupes.- Le gritó dulcemente y alegremente. -Lo estás haciendo bien, sigue así y podrás conseguirlo.-

Al oír esas palabras, Josefina se sintió muy feliz. Puso una gran sonrisa y totalmente animada, le soltó esto a su madre: -¡Eso haré, mamá!-

Aquella toda esa frustración y enfado que había sentido desde hace días desapareció totalmente y con una rapidez increíble, con solo escuchar aquellas palabras de ánimos procedentes de su madre. Podría ser un solo pequeño cambio en su actitud de siempre, o algo que solo duraría en este partido; pero sintió una enorme e increíble felicidad, que le llenó de deseos de sacar lo mejor de sí misma. Ya no era para demostrar a su madre que ella se esforzaba siempre, sino para que esa frase que le soltó no cayera en saco roto.

Y con esto, pasaron los minutos, las rondas, los turnos; miles de bolas atropellaban cruelmente y sin piedad a los pobres bolos, las palabras de ánimos y los gritos entre la madre de Josefina y la de Malan no dejaban de  producirse; hasta llegar a la última ronda, al final de esta lucha ridícula.

-Por fin ha llegado el momento.- Eso se dijo Josefina, antes de tragarse su saliva muy nerviosa.

 

A Josefa le había tocado la última ronda para cerrar el telón y tras tirar nueve bolos en el primer turno, solo le faltaba uno. Con tirarlo, podrían superar la puntuación del otro bando y ganar. Era la última oportunidad y ella obviamente estaba muy nerviosa.

Y mientras ella cogía la bola con mucho miedo, todo su equipo empezó a mandarle palabras de ánimos, pero no solo ellos.

-¡Seguro que lo consigues, lenta simpática!- Eso le decía calmadamente Martha, animándola a su manera. Aunque le molestó que usara ese mote de nuevo, esos ánimos también le daban fuerzas.

Pero la que le daba la mayor fuerza, era estas palabras: -¡Vamos, Josefina! ¡Tú puedes!-

Eran de su madre, quién a pesar de que deseaba derrotar a la mamá de Martha la estaba animando. Al ver que su madre la estaba apoyando claramente, en vez de darle un sermón o poner una actitud fría, le llenó de valentía y coraje para realizar aquel último movimiento.

-¡Por favor, por favor, que me salga bien!- Eso se decía en voz baja, mientras cerraba los ojos y con la bola en las manos rezaba a la virgencita de Guadalupe.

Y al abrir los ojos, lanzó la bola con mucha fuerza y cayó en la línea central de la pista, yendo veloz hacia su destino. Al principio, no se desvió ni un poquito de dónde se dirigía y no sería un problema, sino fuera porque el último bolo estaba en la parte derecha. Josefina, al observar esto, infló las mejillas del nerviosismo, mientras juntaban sus puños y rezaba para que se desviara hacia aquel lado.

Todos estaban callados, mirando fijamente cómo sería el desenlace. Cada segundo que pasaba empezaba a verse eterno, llegando a ser realmente bastante exagerado cómo actuaban, si fuera visto por ahí ajeno a aquella partida de bolos.

Y cerca de la meta, la bola empezó a desviarse, hacia al lugar dónde Josefina quería. Tenía el corazón a cien, sintiéndose que estaba caminado por una cuerda floja; la victoria estaba al lado y cualquier cosa acabaría arruinándolo.

Así, poquito a poco, la bola se acercaba a su presa, dispuesta a arrollarlo.

Y cuando llegó, solo lo rozó y pasó del único bolo que había sobrevivido en la pista.

Josefina casi iba a soltar un grito de frustración, pero entonces vio cómo el bolo empezó a moverse como si intentaba recuperarse de la pérdida de equilibrio. Temblando y bailando, luchaba para no caer y quedarse quieto.

Ella esperó impacientemente, durante segundos que parecían minutos, con el deseo de que se cayera. No solo rezó a la virgencita de Guadalupe, sino también a Jesucristo y a Dios Padre.

Y finalmente, el bolo se quedó quieto y en pie. No cayó, ante la desilusión de Josefina, quién cayó de piernas contra el suelo, con el corazón a cien y a punto de llorar. Los demás no esperaron a mostrar su reacción antes el fin de este fastidioso encuentro.

-¡Hemos ganado! ¡Hemos ganado! ¡Toma eso, Mao!- Noemí eufórica, intento reflejar la victoria de su equipo a él.

-Ah, bien por vosotros.- Pero Mao, aliviado de que esta tontería había terminado, soltó eso como si no hubiera sido una cosa nada importante.

-¡¿Por qué actúas cómo si no te importara!?- Y eso le molestó muchísimo a Noemí.

-¡Ah, que rabia!- Mientras la madre de Malan, estaba teniendo una especie de rabieta. -¡Hemos perdido!-

-¡No te preocupes, ha sido solo un juego! ¡No tienes que ponerte así!- Martha, avergonzada de que su madre se comportará como una niña pequeña, se acercó a ella y la intentó tranquilizar.

-¡Hija mía, te recuerdo que ella tiene un mal perder!- Y su padre se unió, soltando un comentario que molestó muchísimo a su madre, que se puso a protestar.

Interrumpiendo eso, el padre de Josefina se acercó a ellos para darles la mano y decirles esto: -¡Pues bueno, ha sido una buena partida! ¡Ha sido muy divertida!-

-¡Por fin se ha terminado todo!- Eso soltaban llenos de alegría, Miguel, Pablo y Juan José, quienes celebraron esto por todo lo alto.

-¡Al final perdimos!- Eso decían las gemelas al unísono. -¡Qué se le va a hacer!- Estaban algo molestas por haber perdido, pero se resignaron y decidieron pedir bebidas, ya que estaban muertas de sed.

Y a los pies de la pista, dónde estaba Josefina, se acercó su madre y le acarició la cabeza dulcemente: -¡Vamos, levántate! ¡Habrás perdido, pero no pasa nada!-

-¡¿Crees que no me he esforzado lo suficiente!?- Eso le preguntó cabizbaja Josefina.

-Sí, creo que lo has hecho.- Y ella amablemente le dijo esto.

-¿¡De verdad!?- Josefa intentó confiarlo, mientras su madre le ayudaba a levantarse del suelo.

-Sí.- Le respondió. Luego, se quedó en silencio durante unos segundos, preparándose para decirle algo importante a su hija: -Y bueno, también en lo del examen.- Le daba mucha vergüenza. -No me di cuenta de todos tus esfuerzos.- Y su orgullo le impedía decirlo. -Pues eso, perdón.- Pero al final pudo decírselo. -Lo siento, de verdad.-

-¿¡En serio!?- Josefina, totalmente feliz de escuchar eso, gritó esto.

-Sí.- Le respondió afirmativamente y Josefina le dio un gran abrazo, totalmente feliz, tanto que hasta empezó a llorar, algo que la madre le parecía muy exagerado.

Mientras su madre le pedía desesperadamente que le soltara, porque la estaba ahogando; y con Josefina gritándole sin parar que le quería mucho, todo el mundo las estaban observando. Los demás hijos estaban alucinando, incapaces de creer como su madre le pedía perdón a alguien.

-¡¿Qué hacen todos ustedes mirándome!?- La madre, muerta de vergüenza; les gritó a todos.-¡No ven que están molestando!-

La gente ajena al grupo decidió seguir con lo suyo y Josefina la soltó, y buscó con la mirada a Martha. Cuando la vio, le dijo muchas gracias y ella le replicó con una sonrisa. Realmente, estaba muy feliz de tener a una amiga como Malan y deseaba darle un gran abrazo y un beso en la mejilla para dejarle lo agradecida que estaba, pero ya le daba mucha vergüenza.

Por su parte, la africana suspiro de alivio, al ver que las cosas habían terminado bien. Estaba muy feliz por Josefina, porque su esfuerzo había sido reconocido; y se sentía muy bien por haberla ayudado. Después de todo, para Josefa ella es su mejor amiga y ayudar era una de las cosas que hacían las mejores amigas.

Mientras tanto, la madre de Malan aprovechaba para meterse con la de Josefina: -Ah, perdón por molestarte con la mirada.- Añadiendo algún comentario sarcástico.

-Da igual, después de todo, recuerdas nuestra promesa, ¿no?- Y la madre de Josefina le dijo eso con una sonrisa triunfante en el rostro.

La madre de Martha con un tono desagradable, lo recordó claramente: -Ah, invitar a todo tu familia a comer en algún lugar.-

Aún era incapaz de aceptar la derrota, pero tenía que hacerse a la idea de que ella y su marido tenían que pagar la cuenta de una familia entera, más los amigos de Martha que usó. Pero se juró a sí misma que la próxima vez ella iba a ser la ganadora y demostrar que era la mejor de las dos.

-Pues a que esperamos…- Eso gritó con gran felicidad la madre de Josefina, antes de levantar la mano y añadir esto: -¡Vamos a comer!-

Y todo el mundo levantó la mano, incluido las gemelas que cogieron bebidas sin pagar; deseosos de tomar una buena y deliciosa cena.

FIN

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