Centésima sexta historia

El paquete olvidado: Centésima sexta historia, última parte.

― Bueno, creo que ya nos hemos lamentado bastante. ― Eso dijo Jovaka, unos cuantos minutos después de actuar de esa forma tan exagerada. Las dos ya se habían tranquilizado y se dieron cuenta de que hicieron el ridículo.

― S-sí… ― Y eso añadió Alsancia, muy avergonzada por haber actuado de aquella forma, sobre todo por el hecho de que era la adulta.

― ¿Y qué hacemos entonces? ― Le preguntó Jovaka y Alsancia, viendo que no podría explicarle eso con las palabras, se lo explicó con el lenguaje de los signos, de que tenían que preguntar a otra persona. La serbia lo entendió perfectamente.

― Ya veo, eso parece fácil… ― Añadió Jovaka, un poco preocupada, ya que para alguien normal le podría parecer facilísimo, pero para ellas eran algo totalmente diferente.

― P-perdón s-s-señ… ― Llamó Alsancia la atención a un hombre calvo y trajeado que pasaba por ahí e iba deprisa. No podría terminar la frase porque se quedó trancada, como siempre; y era incapaz de preguntarle dónde estaba la oficina de correos.

― ¿Qué quieres niña? ¡Qué tengo prisa! ― Y el hombre, quién estaba impaciente y quería terminar de una vez, le soltó con un tono desagradable.

-P-pues…- Eso solo provocó más nerviosismo en Alsancia, que ya era incapaz ni de pensar en lo que le iba a decir.

― ¡Vamos, Alsancia! ¡Di algo! ― Y Jovaka, quién estaba detrás de ella, le pidió que lo dijera de una vez.

― ¡¿Qué quiere tú amiga!? ― Entonces el hombre se dirigió a Jovaka.

― P-pues verás… ― Y ella también se quedó paralizada, incapaz de decirle algo al impaciente hombre. Le entró el miedo y no sabía qué hacer o decir, le temblaba todo el cuerpo y le entraron ganas de salir corriendo.

Alsancia se quedó boquiabierta, mientras se decía sin parar maldición; al ver que ella no solo tenía pánico a las chicas desconocidas, sino también a los hombres que no conocía. Así, ninguna de las dos le pudo decir dónde estaba la oficina de correos.

― ¡No me molesten, chiquillas! ¡Qué tengo cosas qué hacer! ― Eso les gritó molesto, antes de mandarlas a la mierda. Y esto solo era el primer intento.

A continuación, lo intentaron con otras personas, que tuvieron diferentes tipos de reacciones. Algunas de ellas le dijeron cosas como estas:

― Lo siento. ― Eso decía una muchacha intentando ser amable. ― No entiendo nada. ―

― ¡Déjenme en paz! ― Gritó una vieja gruñona que pasaba por ahí.

― ¡Qué tías más raras! ― Eso añadió un niñato que soltó lo que pensando, hiriendo a las dos chicas cruelmente.

Ninguno de las personas con las cuales habían preguntado no tuvieron ni la capacidad ni la paciencia de saber que querían Jovaka y Alsancia. Después de todo, eran incapaces de decirles los que querían, siendo en el caso de la napolitana sus problemas del habla y en el de la serbia aquel inexplicable y molesto miedo.

― ¡Mierda, mierda! ― Al final, Jovaka estalló con gran furia y gritaba estas cosas. ― ¡Maldición, tan difícil no es! ¡Solo tenemos que preguntar dónde está la maldita oficina de correos! ―

― ¡T-tranqu…! ― Eso intentó decir nerviosamente Alsancia, antes de su maldita garganta se volviera a atrancar de nuevo y no podría terminar ni siquiera la palabra. Incapaz de hablar, deseaba gritar de furia, maldiciendo su voz una y otra vez. Si no fuera tartamuda, esto no estuviera pasando.

Entonces, una chica que pasaba por ahí, escuchó gritar a Jovaka y les dijo amablemente: ― Si quieren, puedo decirles dónde están la nueva oficina de correos. Lo trasladaron hace poco. ― Fue la salvación para las dos chicas.

Tras explicarles con pelos y señales dónde lo habían puesto, ellas les pidieron nerviosamente las gracias y fueron yendo hacia sus indicaciones, sin saber realmente que ella sin darse cuenta se había equivocado torpemente.

― ¡¿No decía que girábamos hacia la derecha!? ― Eso decía Jovaka, tras mirar  la próxima calle que tenían que cruzar supuestamente. ― No hay salida y no veo ninguna oficina. ―

En ese momento, tras un buen rato dando vueltas cerca de la plaza en dónde había estado la antigua oficina de correos, se dieron cuenta de que había algo raro en esas indicaciones.

― Q-qué raro… ― Eso soltó Alsancia, bastante preocupada. Le aterraba que sus peores sospechas fueran cumplidas, que metería de nuevo la pata, a pesar de que la verdadera culpable no era ella.

Jovaka al ver el rostro de terror que tenía Alsancia, decidió intervenir y soltar esto: ― Tal vez, se habrá equivocado y dijo a la izquierda. ―

Y así, yendo sin rumbo aparente, Jovaka y Alsancia intentaron buscar la oficina de correos ellas solitas, dando rodeos sin parar y alejándose del centro cada vez más, hacia al noreste de la ciudad. Al final, acabaron a los pies de un barrio desconocido.

― ¡¿En serio, dónde estamos!? ― Eso preguntó Jovaka consternada y lo mismo se preguntaba a sí misma Alsancia, en ver que estaban en un sitio que jamás habían estado, que parecía ser lo primero que se veía desde los coches que viajaban desde la autopista que lo conectaba con Bogolyubov. Aparte de eso, no tenía nada de especial.

Entonces, se dieron cuenta de lo obvio. Jovaka le preguntó a Alsancia: ― ¡¿Nos hemos perdido!? ―

Y ésta, sintiéndose muy mal por no haber hecho nada bien, tuvo que afirmarlo con la cabeza. Jovaka casi cayó de rodillas dando un gran suspiro de fastidio, mientras Alsancia, que le deseaba pedir perdón por no poder haber sido de ayuda, se puso a descansar, apoyándose las manos sobre las rodillas. Llevaron casi tres horas caminando, les dolían los pies y estaban realmente cansadas. Y al ver un banco a los lejos, las dos corriendo hacia él para sentarse y estar un rato recuperando el aliento.

Tras un rato en silencio, Jovaka, incapaz de aguantar su enfado, abrió la boca: ― Esto no es normal, para nada; se están burlando de nosotras o algo. Es imposible que nosotras tengamos tantos problemas para ir solo al maldito correos. ― No sabía de quién hablaba, pero se sentía muy frustrada y enfadada, harta de aquel paseo. Luego, siguió hablando sola y añadió: ― Debe ser una señal de que no deba coger ese dichoso paquete. ―

Mientras Jovaka hablaba sola, Alsancia no dejaba de pensar una y otra vez en lo inútil que había sido en este paseo hacia a la oficina de correos. Había metido la pata unas cuantas veces y demostró que era una adulta desastrosa. No solo deseaba perdirle a la serbia perdón, sino que tenía ganas de llorar porque siempre le pasaba lo mismo.

Llegó a preguntarse si en verdad ella estaba maldecida o es que había nacido con la estrella de la mala suerte. Miles de pensamientos tontos interrumpían en su pobrecita cabeza y la ponían peor de lo que estaba.

― Se preocupa demasiado… ― Eso dijo en voz baja Jovaka, al darse cuenta de que Alsancia se estaba calentando la cabeza. No sabía el porqué, pero a ella le molestaba eso, que siempre se pusiera muy triste porque se pensaba demasiado las cosas.

En realidad, si lo sabía pero no podría explicarlo en palabras; aquella faceta suya solo conseguía que atrajera la atención de Mao, que haría todo lo posible para que ella estuviera feliz y no se centrará tanto en lo malo. Dio un gran suspiro de molestia. Ahora mismo, lo único que le importaba es que Alsancia no estuviera triste.

Entonces, se levantó de repente y le dijo: ― ¡No es hora de ponernos tristes, tenemos que llegar a la maldita oficina de correos, o si no se nos hará de noche! ―

Y sin poder reaccionar, cogió a Alsancia de la mano y pareciendo estar molesta le añadió: ― ¡Me molesta mucho que estés así! ¡No sé el porqué pero me molesta, así que no te pongas de esta manera! ¡¿Entendido!? ―

― P-perdón,… ― Le dijo entrecortada Alsancia, sintiéndose un poco culpable. Eso solo provocó que Jovaka, que estaba bastante roja, le gritara esto:

― No, eso no. Solo que no te pongas así, ¡es mi problema, no el tuyo! ¡Yo solo debo ponerme así! ¡Por eso, deja de sentirte mal! ―

Entonces, comprendió lo que intentaba hacer Jovaka, quién lo hacía a su manera. Intentaba animarla, aunque de una forma un poco inusual. Eso le hizo mucha gracia, preguntándose por qué no lo decía de forma normal, tanta vergüenza le daba reconocer que quería levantarla la moral.

Y rápidamente, con Alsancia siendo arrastrada por Jovaka, ellas dos empezaron a caminar hacia algún lado. La serbia empezó a buscar una manera de poder preguntar a alguien, porque había gente por las calles, pero era incapaz de dirigirles la palabra. Al final, se centró tanto pensado en eso que no se dio cuenta de que le tuvieron un enorme golpe de suerte. Tras andar sin rumbo por tres o cuatros calles, pasaron al lado de una oficina de correos.

― ¡J-jo..Jov…! ― Pero Alsancia se dio cuenta de su presencia e intentó llamar atención a la persona que la estaba llevando de la mano, intentando decir su nombre, aunque no podría ni vocalizar ni la mitad.

― ¡Ya te he dicho que no pasa nada! ― Y Jovaka, creyendo que era otra cosa mientras seguía en lo suyo, no se daba cuenta de lo que realmente quería ella.

― N-no es eso… ― Pero Alsancia se esforzó en que se diera cuenta. ― ¡A-a-atrás! ― Intentó gritar con todas sus fuerzas con su débil voz, mientras le señalaba hacia atrás.

― ¡¿Atrás!? ― Le preguntó Jovaka, deteniéndose al momento. ― ¡¿Qué pasa con eso!? ―  Y hizo lo que Alsancia le pedía desesperadamente.

― ¡¿Desde cuándo está esa oficina de correos ahí!? ― Eso gritó boquiabierta al ver el local que tanto buscaban. ― ¡¿Cómo no me he dado cuenta de eso!? ― Y se maldijo por el hecho de haber pasado al lado de eso y no darse cuenta.

Tras gritar como loca, hubo un corto silencio entre las dos, que tenían cara de póker. Se miraron mutuamente, intento asimilar lo que estaban viendo.

― ¡Bueno, eso no importa! ― Y Jovaka fue la primera en reaccionar, dando un grito de alegría.- ¡Por fin lo hemos encontrado!- Y abrazó fuertemente a Alsancia, mientras no dejaba de repetir aquella frase.

― ¡P-por fin! ― Y añadió Alsancia, mientras les entraba las ganas de llorar.

Tras muchas vueltas y caminatas, habían llegado a su destino, el cuál creyeron por un momento que no iba a llegar.

Por eso, estaban tan eufóricas que protagonizaron de nuevo una reacción muy exagerada por parte de la gente que pasaban por el lado. Lo que no sabían es que aquella felicidad no les iba a durar mucho.

― ¡¿Espera, qué!? ― Eso gritó fuertemente Jovaka, totalmente incrédula. ― Pero,… ― Luego, iba a decir algo más pero se calló. Alsancia se quedó con la boca abierta, incapaz de asimilar lo que oyó.

― No te pongas así. Solo digo que este paquete no es de nuestra zona postal y os habéis confundido de lugar. ― Eso añadió una mujer que parecía tener más de cuarenta años, una empleada que estaba en el mostrador.

Tras aguantar una cola infernal de una casi una hora, les llegó su turno a Alsancia y a Jovaka. Como la serbia, quién no soltaba el brazo de la napolitana por nada del mundo mientras temblaba de miedo como un flan, no se atrevía a hablar, la otra, a sabiendas de que le era imposible decirle algo a aquella mujer, les dio el aviso y ésta lo revisó cautelosamente y lo que concluyó es que equivocaron del lugar.

Y al ver la reacción de desosiego que provocó sus palabras a aquellas dos niñas, dio un suspiro de molestia y les dijo amablemente:

― Oye, no es para tanto. Solo ha sido una equivocación. ― Pero eso no ayudó en nada, ellas ni reaccionaron.

― ¡Vamos niñas, qué hay gente detrás de vosotras! ― Y los que esperaban detrás de ellas, ya les estaban dando prisas. Entonces la empleada decidió

― Qué remedio. ― Se levantó y buscó entre los papeles de su mesa. Con mucha rapidez, encontró lo que buscaba y se los dio, antes de poner algo en él: -Os daré un mapa para que sepáis dónde está eso.-

Alsancia y Jovaka reaccionaron de muy buena manera, cuando oyeron eso. Observaron el mapa detalladamente y mostraban las oficinas de correos que habían en la cuidad de Springfield. Había uno que había sido rodeado por un círculo y que fue señalado como el sitio en dónde estaba el paquete.

Los ojos de aquellas chicas brillaron de emoción y felicidad, al ver que tenían algo para llegar al dichoso paquete. Ellas aceptaron aquel gesto de amabilidad con muchísimo gusto. La napolitana le dio las gracias por las dos, ya que a la serbia le daba mucha vergüenza y salieron de ahí. No sin antes escuchar una advertencia de la empleada de la oficina del correo.

― Deben darse mucha prisa, porque falta una hora para que cierren. ―

Lo malo es que estaba en la otra punta de la cuidad, mucho más cerca de la casa de Mao que en dónde estaba antes. No sabían cuánto tiempo tardarían, pero tenían que darse prisa. Así que salieron corriendo, aunque esa carrera no duró ni diez minutos.

― ¡V-vamos, Alsancia! ― Decía Jovaka, jadeando, cuando se detuvo y vio que dejó a la napolitana detrás suya. ― ¡Tenemos que llegar a tiempo! ―

Entonces vio como ella estaba de rodillas en el suelo, jadeando fuertemente y tenía la cara como si le iba a dar algo.

― ¡¿Oye, qué te pasa!? ― Jovaka le preguntó aterrada y se acercó a ella rápidamente.

― N-no… ― Le intentó decir que ella no podría más, pero incapaz de expresárselo en palabras. -N-no…-

― ¿¡Qué intentas decir!? ― Preguntó nerviosamente Jovaka, a punto de llorar por lo asustada que estaba. Alsancia no le pudo dar respuesta alguna.

― ¡Oh, mierda! ― Eso gritó desesperadamente, mientras miraba a todos lodos. ― ¿¡Qué hago!? ―

Quería pedirle auxilio a alguien, pero era incapaz de hacerlo; y los estaban pasando por delante de ellas, absortos en sus problemas y en sus teléfonos móviles, no se dignaba ni siquiera a pararse.

― E-estoy… ― Entonces, Alsancia, sintiéndose culpable de preocuparla de estaba manera, reunió fuerzas y se levanto, mientras le intentaba decir que estaba bien. ― b-bien… ―

― Eso no lo parece. ― Le replicó Jovaka, que estaba a un paso de entrar en pánico.

Alsancia, quién sabía que correr no le sentaba muy bien, pero que de todas maneras corrió; utilizó el lenguaje de los signos para decirle que lo estaba de verdad y que deseaba seguir.

― ¡¿Quieres seguir!? ― Preguntó Jovaka para confirmar lo que le decía Alsancia. ― ¡¿No quieres abandonar, ahora que estamos cerca?! ―

La napolitana le respondió afirmativamente con la cabeza, mientras intentaba hacer como si estuviera bien.

― Pero, ¡no te ves bien! ― Pero Jovaka ya estaba reacia a seguir con eso.

Entonces, Alsancia le dijo en el lenguaje de los signos que quería seguir corriendo, tal vez ir caminando a largas zancadas, pero ir lo más rápido para llegar a la oficina del correos a tiempo. No quería volver a ser una carga, ya que solo le había provocados más que problemas extras, no solo en este fastidioso viaje, sino en todo lo demás.

― Oye, oye, ¡no eres una carga, de verdad! ― Le replicó Jovaka muy molesta, mientras la ayudaba a mantenerse en pie.

― Me has ayudado mucho. ― Y luego, añadió con toda su sinceridad: ― No sería capaz de haber podido hablar con nadie, no podría haber salido a la calle si no fuera por ti. ― Estaba roja, porque era la primera vez que le decía esas cosas. Aún así, continuó: ― Así que… ― Finalmente le gritó: ― ¡No digas eso! ―

― ¡¿Q-qué…!? ― Y para sorpresa de Alsancia, Jovaka intentó cogerla y levantarla en brazos.

― Lo que hace Mao siempre. ― Eso le gritó, mientras intentaba emular a Mao, cuando éste la cogía como una princesa. Alsancia, muerta de vergüenza, no se quedó en blanco.

A pesar de lo ligera que era la napolitana, Jovaka no era tan fuerte como Mao y no la pudo sostener ni medio minuto. Ésta, tras rugir del esfuerzo que le suponía hacer tal cosa, dejó que sus piernas se derrumbaran, con cuidado de no hacer caer a Alsancia mientras sus brazos caían al suelo.

Mientras Jovaka jadeaba desesperadamente, Alsancia, quién aún no se podría asimilar lo ocurrido, vio un autobús parando cerca de ellas y se dio cuenta de que había una solución muchísima más fácil que correr como locas.

― ¡¿Podríamos darnos cuenta de esto antes!? ― Protestó Jovaka, bastante molesta, después de recordar aquel espectáculo que montaron hace unos minutos. Alsancia, con su cara totalmente roja, movió afirmativamente la cabeza.

Tuvieron otro golpe de suerte, en el que había un autobús que pasaba por la oficina de correos y que paró ahí, unos minutos después de que ellas dos se dieran cuenta.

Y ahí estaban, sentadas juntas en el final del autobús, mientras éste iba directo hacia su parada a su ritmo, que era bien lento.

― ¡¿Cuánto falta!? ― Y Jovaka estaba muy impaciente, deseosa de llegar rápido a la parada en dónde quería bajar. Alsancia le señaló con el dedo un reloj que había en una parte del gran vehículo.

― Solo tenemos media hora. ― Eso dijo Jovaka, mirándolo. ― Espero que este cacharro llegué. ―

Y entonces observó y vio que iban a meterse con una calle muy transitada.

― Odio el tráfico. ― Protestó Jovaka, quién maldijo la existencia de tantos coches en la cuidad.

El trayecto que tuvieron les pareció eterno, no dejaban de observar el reloj y cada minuto que pasaba se les hacia insoportable, sobre todo cuando veían como el tráfico impedía que el autobús llegará a su destino.

Y cuando llegaron, bajaron como locas del autobús.

― ¡Vamos, vamos! ― Jovaka le gritaba a Alsancia mientras ésta sacaba el mapa. ― ¡¿Dónde está!? ―

Pero Jovaka se dio cuenta de que estaba a unos metros de ellas y de que había un hombre que estaba cerrando el local.

― ¡No lo cierres, maldito cartero! ― Entonces, gritó como psicópata y se fue directa a toda velocidad hacia la oficina de correos.

― ¡Ah, policía! ¡Una loca viene a por ti! ― El empleado cuando la vio, casi le dio un ataque de corazón y salió corriendo. Paró, cuando se dio cuenta de que Jovaka se detuvo súbitamente en las puertas del correo.

― ¡¿Estás bien!? ― Le preguntó Alsancia, cuando la alcanzó y vio que estás estaba jadeando de todo aquel esfuerzo que hizo.

― Yo soy ninguna loca. ― Luego, le gritó al empleado. ― ¡Solo quería entrar! ―

Éste puso una risa nerviosa, al ver que hizo el ridículo y empezó a acercarse a esas niñas con normalidad. Aunque no quería acercarse mucho a Jovaka.

― ¡No te acerques demasiado! ―  Y ésta, creyendo que ese hombre estaba molesto con ella y que le podría hacer algo, le soltó aquello mientras se apresuraba a ponerse detrás de Alsancia, temblando como un flan.

Ésta le mostró el aviso y él lo leyó tranquilamente:

― ¡Ah, ya veo! ― Soltó esto, con gesto de sorpresa. ― Les daré su paquete. ―

Miró a las dos niñas con una cara extraña para ellas, como si se preguntaba algo que no parecía buena cosa. Ignoraron, ya que por fin iban a conseguir el dichoso paquete.

Pues entonces, abrió las puertas de la oficina y las dejaron entrar. Después de encender las luces y pedirles que se sentaran, les dijo esto:

― ¡Esperen un segundo! ― Ellas movieron afirmativamente la cabeza de forma tímida y el empleado salió a la calle y llamó a alguien por el móvil. De vez en cuando, miraba como si las dos chicas fueran sospechosas de algo y Alsancia se daba cuenta, aunque decidió ignorarlo.

― ¡Por fin, por fin, hemos terminado! ― Jovaka, por su parte, soltaba esto feliz. Y luego le dijo a Alsancia esto: ― Y todo gracias a ti. ―

Ella se puso muy contenta y roja, al oír eso.

― ¿¡E-en serio!? ― E intentó confiarlo, porque no sé podría creer que había sido de ayuda.

-Sí, si no hubieras visto el autobús nunca hubiéramos llegado a aquí. ― Le explicó Jovaka. -Así que siéntate contenta de ti misma. ―

Alsancia, quién siempre sentía que era un estorbo para los demás y no servía para nada, al ver que alguien le decía que había sido útil, de que había ayudado; se puso realmente feliz, tanto que empezó a llorar de la emoción:

― ¡¿Por qué lloras!? ― Eso preguntó Jovaka, quién no se lo esperaba. ― ¡¿He dicho algo malo!? ―

Alsancia le tuvo que decir en el lenguaje de los signos que no estaba triste, sino contenta. Y Jovaka, aunque lo entendió a medias, supo cómo se sentía ella realmente.

― ¡¿Estás feliz!? ― Le preguntó extrañada. ― ¿¡No crees, qué eso es algo exagerado!? ― Luego, puso una sonrisa y añadió: ― Bueno, no importa… ―

Al pasar unos minutos más, el empleado dejó de hablar por el teléfono y les dijo con una sonrisa forzada que lo iba a buscar. Ellas dos solo movieron la cabeza afirmativamente, aunque Jovaka deseaba gritarle que se diera prisa, que ya le hicieron perder mucho tiempo por culpa de su llamada.

Volvió con una caja enorme y pesada, diciendo que esto era el paquete que estaba buscando. En el destinatario estaba escrita mal la dirección de la casa de Mao y el nombre de Jovaka, mientras que el remitente dejaba claro que era de su madre que lo envió desde la cárcel que estaba encerrada.

― ¡E-es gran…! ― Eso intentaba decir Alsancia, que se quedó sorprendida por el tamaño de aquella caja y se preguntaba qué había ahí dentro.

― ¡Pues sí! ― Añadió Jovaka, con una mueca de molestia. ― ¡No sé si podemos cogerlo entre las dos…! ― No tenía ni idea de cómo llevar eso a casa de Mao.

Y ellas se dieron cuenta de algo muy raro, el empleado de correos estaba sudando de nerviosismo y temblando de terror, mientras no dejaba de mirar lo que había detrás de esas dos chicas.

― ¡De todos modos, aquí tienen su paquete! ― Y además éste intentaba darle el paquete a la fuerza, como si se quería librar de eso rápido.

Jovaka y Alsancia se quedaron pensando qué había algo raro y no se atrevían a cogerlo. Pero al final intentaron ignorar eso y lo tocaron.

― ¡Policía, policía! ― Entonces, cientos de policías, armados hasta los dientes, salieron de todas partes. ― ¡Las manos contra la espalda! ―

― ¡¿Qué está pasando!? ― Gritó Jovaka, boquiabierta. ― ¡No hemos hecho nada! ― Mientras las obligaban sentarse en el suelo con las armas sobre sus cabezas. Alsancia haría lo mismo que la serbia, quién gritaba como loca, sino no fuera porque sintió como su garganta le impedía hacer algún sonido. Estaban tan aterradas, que podrían haberse meado del miedo.

Algunos policías abrieron la caja, sacaban el paquete de ahí y lo rajaban violentamente para ver su interior. Cayó una carta y encontraron una cosa extraña, una bolsa de plástico, con imágenes de personajes de series infantiles de algún país del este de Europa, cuyo interior habían cientos de dólares. Al ver esto, uno les gritó esto:

― ¡Quedan detenidas, por tráfico de influencias! ―

― ¡¿Qué!? ― Jovaka gritó eso por las dos, incapaces de entender lo que estaba pasando ni siquiera qué era eso con lo cual la estaban acusando.

A pesar de todo, Jovaka supo enseguida quién era la culpable y empezó a gritar llena de ira: ― ¡Maldita estafadora! ¡Sabía que no tenía que haber venido! ¡Lo sabía! ―

Todas las molestias que le habían ocurrido durante el viaje, ahora tenían sentido. Les estaba avisando de antemano que iba a ocurrir esto y ella se maldigo una y otra vez por no haberlas hecho caso.

Y mientras tanto, la carta que cayó al suelo era ignorada por todos. Su contenido, escrito en serbio y por la mano de la madre de Jovaka era este:

Hija mía, hazme un pequeñito favor, manda este paquete a un conocido mío de Rusia, cuyo dirección lo he dejado escrito detrás de este papel. Es algo muy importante y sin falta. No veas su contenido, no se lo enseñes a nadie ni menos a la policía, ¿vale?

Con amor desde la cárcel, tu mamá.

FIN

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