Centésima sexta historia

El paquete olvidado: Primera parte, centésima sexta historia.

En una mañana de inicios de Febrero, mientras en el salón de la casa de Mao casi Jovaka y Alsancia veían embobados la televisión, observando una película que las había absorbido. Junto a ellas, estaba el chino y Diana, que se habrían quedado dormidos porque lo que estaban viendo era bastante aburrido para ellos.

Y en el mismo momento en que el clímax de la película llega, apareció por la puerta Clementina con la intención de decirle algo importante a alguien con una cosa en las manos. Cuando se lo iba a decir, sin querer pisó el mando y apagó la televisión.

Tanto Alsancia como Jovaka, quienes estaban totalmente entregadas a la película, se quedaron en blanco. La primera en reaccionar fue la serbia, quién dijo esto: ― ¿Qué ha pasado, por qué se ha apagado la tele de repente? ―

Clementina al haberse cuenta de que fue ella la que lo apagó intentó hacer como si no hubiera pasado e inconscientemente, sin saber cómo lo hizo, lanzó el mando hacia la pared tan fuerte que se rompió.

― ¡¿Qué ha pasado!? ― Eso gritó Jovaka, al ver cómo el mando se rompió en mil pedazos y sin darse cuenta de la presencia de Clementina.

― El m-mando… ― Y esto era lo único que pudo decir Alsancia, quién tuvo la misma reacción que la serbia.

― ¡¿Cómo ha aparecido de repente!? ― Eso pronunciaba Jovaka, incapaz de entender lo que había visto. ― ¡¿Qué está pasando aquí!? ―

― ¡Es u-un fant…! ―  Y entonces, temblando del puro terror, Alsancia intentó decir que había un fantasma. Eso solo empeoró la situación.

― ¡No digan esas cosas, me estás asustando! ―  Le decía Jovaka eso, mientras estaba temblando de miedo.

Clementina para evitar que el malentendido fuera a peor, se acercó a ellas para explicarles lo que pasó: ― ¡Verán, he sid…! ―

Y les iba a decir a algo, sin darse cuenta de que le tocó el hombro a Jovaka. Clementina al momento se dio cuenta de que metió la pata, mientras la serbia empezó a dar un gran chillido e inconscientemente agarró con todas sus fuerzas a Alsancia, quién daría también lo mismo si pudiera hacerlo.

Eso despertó a Mao, que se levantó de golpe, gritando que estaba pasando, totalmente preocupado y aterrado; y a Diana, que se puso a llorar con todas sus fuerzas por haber sido despertada de esa manera. Allí se provocó un gran revuelo en cuestión de segundos y costó minutos en tranquilizarse.

― ¡Perdón, perdón! ¡No era mi intención de verdad! ―  Eso le decía Clementina a todo el mundo, tras explicarles lo que pasó realmente.

― ¡Malditas seas, casi me matas del susto! ― Protestó Jovaka, muy molesta. Estaba muy avergonzada y fastidiada por haber actuado de esa forma.

― ¡Lo que habéis liado en un momento! ―  Mao suspiró, aliviado por el hecho de que no fuera nada grave. ― ¡Hasta habéis roto el mando! ―  Aunque algo molesto de que hubieran roto algo por culpas de las tonterías.

― Podle mando, ¡¿qué has hecho pala mercer esto!? ―  A Diana, le afectó muchísimo la muerte del pobre mando, lloraba sin parar recordando los buenos tiempos que pasó con él.

Y su madre totalmente culpable de haberla puesto triste, le pedía perdón sin parar a su hija y ésta la ignoraba, realmente enfadada con ella.

― No pasa nada. ―  Pero Mao actuó rápidamente para calmar a Diana.  ― Se puede comprar. ―

― ¿¡En selio!? ―  El enfado y las lágrimas que tenía la hija de Clementina desaparecieron súbitamente para paso a pura alegría. ― ¡Bien, vanos a tenel un mando nuevo! ―

Mientras tanto, Alsancia estaba perpleja, no por el hecho de haber sido asustada tan fácilmente sino porque Jovaka la agarró como si nada y no se puso histérica ni nada parecido, como siempre hacía cuando alguien del mismo sexo se le acercaba. Y entonces se dio cuenta de que últimamente no pasaba eso. Ya no se ponía así cuando una chica estaba realmente cerca de ella. Es más, había momentos en que rozó o tocó a alguna de ellas y no paso nada. Aunque, seguía diciendo que aún le daba miedo las mujeres, con el alivio de que ya no decía cosas muy feas hacia las demás.

Para Alsancia todo estaba claro, Jovaka había dejado de sentir miedo a las mujeres, aunque por alguna razón intentaba mantener eso. Y estaba más consternada antes el hecho de haberse dado cuenta tan tarde que de descubrirlo.

Y estas palabras volvieron a Alsancia a la realidad: ― ¡Ah, por cierto! ― Aunque no eran dirigidas hacia ella. ―  ¡Toma esto, Jovaka! ―

Clementina le estaba dando aquel papel que llevaba en las manos desde que entró, con cuidado para que ella no se pusiera alterada por tocarla. Pero, para su sorpresa, Jovaka lo cogió así sin más, con una actitud normal.

― ¡¿Qué es eso!? ―  Eso le preguntó, cuando empezaba a leer el contenido y no se enteraba de nada.

―  Pues parece un aviso de correos de que tienes un paquete en tu nombre esperándote ahí. ― Le explicó Clementina, antes de añadir esto: ― Perdón por leerlo. ―

― ¡En serio, ¿es para mí?! ― Jovaka se puso muy emocionada. ― Nunca he tenido un correo. ― Su cara brillaba como si fuera una niña pequeña que recibió un regalo que le encantó, una reacción un poco inesperada y exagerada para el resto.

Ella se puso a leerlo seriamente, intentando comprender lo que ponía el aviso, mientras los demás le miraban fijamente, llenos de curiosidad por aquel aviso que le habían mandado. Jovaka, al sentir que le miraban, se puso muy nerviosa y les dijo:

― ¡¿Qué os pasa!?- Les decía roja, con una voz gruñona. ― ¡No puedo leerlo así! ―

Y Mao, harto de la esperar, le cogió la carta mientras le decía esto: ― De todos modos, estás tardando mucho. ―

Jovaka protestó, pero no hizo nada para recuperarlo, y Mao se puso a leerlo, dándose cuenta de una cosa.

― ¡¿Y esto qué es!? ―  Eso gritaba consternado. ― Es puro ruso, no entiendo ni jota. ―

Los avisos de correos siempre se mandada por dos, una en inglés y otra en ruso, y Mao estaba leyendo el que no podría leer.

Por eso, Jovaka tampoco entendía nada, a pesar de que su idioma natal, el serbio, usaba el mismo alfabeto que el segundo.

Entonces, Clementina se dio cuenta del error que cometió y sacó un papel que había guardado en el bolsillo, bastante avergonzada.

― Ah, perdón. Me he equivocado, está es la que están en inglés. ―  Y se la dio a Mao, quién se puso a leer la carta, después de decirle que hoy estaba muy torpe. Con mucha concentración, leyó rápidamente hasta al final.

― ¡¿Qué pone, qué pone!? ―  A pesar de que Jovaka no le dejaba en paz, quién deseaba saber qué era eso impacientemente.

Al entender el contenido de la carta, dio un gran suspiro de pura molestia, al saber quién le habían mandado la carta. Imaginándose la cara que ponía Jovaka, le resumió el contendido de la carta:

―  Pues verás, tu mamá te ha mandado un paquete por correo desde la cárcel y tienes que recogerlo. Puedes hacerlo cuánto quieras. ―

Toda la emoción y felicidad que sentía Jovaka desapareció de golpe, fue como si le hubieran tirado una jarra de agua fría:

― ¡¿Esa maldita estafadora!? ―  Gritaba enfadada. ―  ¡Esto es sospechoso! ¡No voy a ir a recoger eso, seguro que me mete en problemas! ―  Y se alejó de ellos y se sentó en el suelo para ponerse a jugar a los videojuegos, con la intención de olvidarse de aquella carta.

― Eso sería típico de ella. ― Añadió Mao, quién tenía curiosidad por saber qué cosa le había mandado esa maldita vieja y a la vez el miedo de que aquella cosa le metieran en problemas.

― No creo que sea eso. ―  Entonces, Clementina intervino. ― Tal vez, te quería dar un regalo o algo así. ―  Pensaba que como era madre como ella, pues creía inocentemente que le iba a dar un regalo, con el motivo de mejorar su relación.

― Está en la cárcel, será imposible que le hayan dejado mandar algo peligroso. ―  Y Mao argumentó esto, enfadando a Jovaka.  ― Así que no crea que sea tan mala idea. ―

― ¡¿Lo estás diciendo en serio, de verdad?! ―  Sentenció Jovaka, incapaz de creer erróneamente que Mao estuviese confiando en su madre.  ― Yo, jamás de los jamases, iré a buscar a ese paquete. ―

Al final, aquellas palabras que soltó firmemente se desmoronaron como un castillo de arena, un día después. Y Jovaka al recordarlo, se puso a gritar muy enfadada esto en mitad de la calle: ― ¡¿Por qué seré tan bocazas!? ―

Salió a la calle unos quince minutos antes, después de tener que soportar a Clementina intentando convencerla de que se fuera a buscar al dichoso paquete:

― ¡Pero me da pena! ¡¿No deberías tal vez solo ir a la oficina de correos a comprobar qué es!? ―  Eso le decía, bastante apenada.

―  No, no y no. ―  Le repetía Jovaka, moviendo la cabeza repetidamente.

― Ella tal vez se arrepiente, deberías darle una oportunidad. ― Pero ella insistía.

― ¡¿Pero me puedes dejar en paz!? ¡Por nada del mundo iré a recoger un paquete de esa vieja! ― Eso le gritó, harta de soportarla.

Pero lo que Jovaka no esperaba era ver la ira de Clementina, quién le replicó y le regañó como un demonio. No iba a tolerar que fuera tan insensible con su madre y la serbia no pudo seguir negándose, totalmente aterrada.

― Clementina da mucho miedo cuando se enfada… ― Eso dijo, tras dar un largo suspiro.

Y observó a la persona que le estaba acompañando, ésta que la observaba desde un rato giró la cabeza hacia al otro lado, al darse cuenta de que la estaba observando. Se le notaba muy nerviosa, como si no sabía qué hacer, y Jovaka, quién se sentía igual, se preguntaba qué le pasaba y sí había algo para relajarla. Y luego, se puso a pensar en la razón por la cual Alsancia la estaba acompañando, mientras recordaba.

― Vale, vale, iré. ―  Eso le decía bastante atemorizada Jovaka, tras ser regañada por Clementina.

― Así me gusta, seguro que vuestra relación va a mejorar. ―  Y ésta soltó eso bastante contenta, con una expresión angelical.

― ¡Pero no sé dónde está eso! ― Entonces, Jovaka soltó esto. Iba a aprovecharse de eso para no ir.

― ¿¡Y Mao!? Él sabe dónde está. ― Eso añadió Clementina, a punto de buscarlo, pero su hija le dijo que se fue hace rato, acordándose del hecho de que unas amigas vinieron en su busca y le pidieron ayuda.

― Entonces, no iré. ― Sentenció Jovaka, quién creía que podría librarse de esta.

― Bueno, te llevaría yo o Leonardo si supiéramos dónde está, pero no sabemos. ―  Eso decía pensativa Clementina, antes de que Alsancia levantara la mano y decirles que ella sí sabía dónde estaba.

No dejaba de recordar eso una y otra vez, para intentar ver los motivos de Alsancia por querer llevarla hacia a la oficina de correos. Después de todo, siempre fue muy desagradable con ella, diciéndole cosas muy hirientes; debido a que la napolitana recibía bastante atención de Mao. Entonces, ¿por qué quería acompañarla, era para fastidiarle el día o ayudarla?

Por otra parte, Alsancia se preguntaba una y otra vez qué decir o hacer para que Jovaka se sintiera cómoda con ella. Alzó la mano, no solo porque ella conocía la oficina de correos más cercana, sino que sería un buen momento para actuar como adulta y ser responsable, a pesar de todos sus intentos anteriores fallidos; de saber si sus sospechas eran reales y de que podría ayudar a acelerar el enfriamiento que últimamente estaba tenido su relación.

Así, las dos chicas eran incapaces de romper la atmosfera incómoda que habían creado, hasta que salieron del viejo y laberíntico barrio en dónde vivían y se introducían en una amplia avenida que les llevaba hacia al centro de la cuidad. Al llegar, Jovaka chocó contra una mujer que estaba hablando a gritos por teléfono, quién casi cayó al suelo.

― ¡Oye, tú! ¡Ve por dónde vas! ―  Eso le gritó como una leona a Jovaka, quién temblando totalmente de miedo, se puso instintivamente detrás de Alsancia. Ésta se quedó paralizada, incapaz de pedirle disculpas a la mujer antes de que la serbia hiciera alguna locura.

― ¡Ah, no era mi intención! ―  Eso soltó Jovaka, antes de añadir esto:  ― ¡Bruja! ―

― ¡¿Qué me has dicho!? ― Eso enfureció más que antes a la mujer, mientras Alsancia se decía mentalmente maldición y Jovaka se tapaba la boca, al darse cuenta de lo que dijo.

― Eso tampoco era mi intención. ― Eso le dijo para intentar tranquilizar las cosas, y decía la verdad porque no deseaba decírselo.

― ¡Maldita niña insolente! ― A pesar de lo mal que se lo tomó, decidió irse, mientras la insultaba. ― ¡Vete a la mierda! ― Y volvía a gritarles insultos y maldiciones con la persona que estaba hablando por teléfono.

Cuándo la vieron irse, Jovaka con un gesto de alivio dijo: ― ¡Ya se ha ido, menos mal! ― Y añadió molesta: ― En verdad, no quería decirle eso, me prometí no ser tan desagradable con las demás mujeres… ―

Y se acordó de que tenía a Alsancia detrás de ella y ésta le miraba totalmente abobada. Dio un pequeño grito y dio unos cuantos pasos:

― Esto no es lo que parece. ― Gritaba cómo si le hubieran descubierto. ― Yo sigo odiando a las mujeres, y a t-ti no… ― Y no sabía qué decir.  ― Bueno, eso no eres mala persona pero,… ―  Se lió totalmente. ― ¡No era mi intención ponerme detrás de ti! ―

Entonces, Alsancia, quién no se estaba dando cuenta de nada, soltó con una débil voz: ― ¡¿Qué ocurre!? ―

Ya estaba perdida, no sabía que le pasaba a Jovaka, y ésta que se dio cuenta de que se había delatado ella misma, soltó un suspiro de fastidio y decidió contarle por qué se puso así.

Era porque se creyó que Alsancia le había descubierto, cuando se aferró a ella, sin sentir terror irracional por el hecho de que fuera mujer; y de haber dicho eso de que no deseaba decirle cosas tan desagradables a las demás de su sexo. Después de todo, le reveló que ella ya no les tenía miedo, o eso creía.

― ¡¿N-no tienes miedo!? ¡P-pero antes…! ― Dando todos sus esfuerzos para soltar aquellas palabras, recordándole el hecho de que se puso a temblar como un flan cuando chocó contra aquella mujer.

― Bueno, ya no las odio. Temerlas, al parecer me he dado cuenta que solo me pasa a con los desconocidos,… ―

Como nunca salía de casa, no se dio cuenta de aquel hecho hasta ese mismo momento. ―…no con la gente que me rodea. ―

Entonces, las sospechas de Alsancia se confirmaron, a medias, porque ésta ya estaba superando su temor hacia las mujeres.

― Eso es genial… ― Soltó esto, muy feliz. ― E-es un buen avance… ―

― ¡Ya veo! ― Y Jovaka, incapaz de entender por qué a ella le alegro eso, soltó esto con mucha desgana. Alsancia, al notarlo, se preguntó por qué no estaba feliz con eso. Es más, ¿por qué estaba ocultando el hecho de que seguía odiando las mujeres?

A continuación, siguieron su camino, en total silencio. Alsancia, quién se preguntaba aquella cuestión una y otra vez, maldecía el hecho de que no poder ser capaz de romper el hielo y tranquilizar a Jovaka, que con cada mujer desconocida se agarraba fuertemente a su brazo totalmente aterrada y llegando a hacerle daño. Ésta no dejaba de mirar de reojo a la napolitana, ya que le asaltó una duda que no la dejaba en paz y que necesitaba saberlo pronto. Quería preguntárselo, pero no se atrevía.

Así que usó todo el trayecto para llenarse de valentía, mientras Alsancia intentaba pensar desesperadamente qué hacer para mejorar el ambiente que había entre las dos. Y cuando llegó el momento de hacerlo, estaban cerca de dónde se encontraba la oficina de correos.

― Bueno,… ― Eso dijo Jovaka bastante cortada, deteniéndose de repente. Alsancia, al darse cuenta, paró y la miró, tragándose la saliva porque sintió que ella quería decirle algo que parecía incómodo y no se sentía bastante preparada.

― Tú,… ― A Jovaka, mientras miraba compulsivamente por todos lados, le costó unos cuantos segundos poder decírselo: ― ¿Me odias? ―

Alsancia, al escuchar eso, casi dio un grito, si pudiera hacerlo; se puso muy nerviosa, preguntándose por qué Jovaka pensaba que ella le odiaba, no hizo nada que podría resultar un gesto de odio o de desprecio. En realidad, antes no le caía muy bien, ya que le trataba muy mal y le llegó a decir cosas muy feas; pero poquito a poco comprendió que solo era una pobre chica que tuvo fuertes traumas en el pasado y que estaba empezando a ser cada vez más abierta y más agradable a los demás.

Nunca llegó a odiarla y siempre intentó mostrarse amable, o eso parecía. Mientras pensaba en todo eso, la serbia al verla de esa forma, decidió explicarle la razón de que dijera eso:

― ¡Bueno,…! ― Aunque le siguiera costando un poco contarle estas cosas: ― Es que siempre te he tratado muy mal y he sido muy desagradable… ― Al recordar el pasado, se sentía bastante mal.  ― Sería normal que lo hicieses… ―

Entonces, Alsancia al saber eso, esbozó una sonrisa y le movió la cabeza negativa, antes de decirle esto: ― N-no, no te odio. ―

A continuación, Jovaka, totalmente roja, rió nerviosamente y añadió:

― Perdón, por todo eso… ― Estaba muy avergonzada y habló de más. ― No eres mala persona, a pesar de que… ―

Detuvo la frase, porque terminarla sería un error. Después de todo, no debería sentir que Alsancia sea su rival en el amor, solo porque Mao siempre le trataba muy bien.

― No pasa nada. ― Y soltó esto para que Alsancia ignorará esa frase. ― ¡De todas formas, vamos rápido al correos para recibir ese maldito paquete! ―

Y ella, algo sorprendida, decidió callarse y olvidarse de eso. Luego, las dos siguieron lo que le quedaban de camino hacia la oficina de correos. Pero lo que Alsancia no esperaba, es que eso no estaba en dónde debería estar.

― D-debería estar aquí… ―  Eso decía ella totalmente boquiabierta, al ver que la oficina de correos que ella visitó algunas veces para mandar paquetes o cartas a sus familiares o a su amiga fallecida Francesca se había convertido en una hamburguesería con una estatua de un payaso en la entrada tan aterrador y deforme que alejaba a los potenciales clientes.

― ¡¿Qué pasa!? ― Eso le preguntó Jovaka muy preocupada. ― ¡No decías que estábamos casi al lado! ― No solo quería terminar de una vez y alejarse de aquel aterrador payaso, sino que se dio cuenta de que algo pasó por la cara de pánico que tenía ella, mientras tardaba en reaccionar.

Ella sin decir nada, decidió buscar nerviosamente por toda la plaza en dónde estaban la existencia de aquella oficina.

― ¡¿Pero qué ocurre!? ― Jovaka no entendía que ocurría, solo la siguió. ― ¡No te alejes, por favor! ― No quería que la dejara sola en un sitio tan lleno de desconocidos.

Alsancia buscó y miró por todas partes pero no lo encontró, y volvió al punto de partida. Se quedó mirándolo fijamente.

― A-aquí…― Soltaba esto en voz baja. Su memoria le decía que allí estaba la oficina de correos.

― ¿Qué? ― Y Jovaka que lo oyó, le soltó esto. Ya estaba totalmente aterrada.

― E-era aquí…― Alsancia no podría asimilarlo. ― D-debería… ― De que hubiera metido la pata de nuevo. Cayó de rodillas, mientras no paraba de maldecirse. ¿¡Por qué tuvo que cometer tal error, ahora que las cosas entre ella y Jovaka le iban bastante bien!? ¡No solo la fastidió y fracasó como adulto, sino que la serbia se iba a enfadar con ella y todo lo anterior quedaría en vano!

Y lo peor es que no sabía cómo explicárselo a Jovaka.

― No puede ser…―  Pero ella también se dio cuenta y lo dijo: ― ¡¿Te has equivocado!? ―

― No lo sé… ― Eso le replicó, mientras luchaba contra las ganas de llorar.

―  Entonces,… ― Cayó al suelo y gritó: ― ¡¿Qué hacemos!? ―

Aquella exagerada reacción que tuvieron esas dos era observaba por todos los transeúntes que pasaban cerca de ella para luego volver a seguir con lo suyo, que solo pensaba que aquellas niñas solo estaban haciendo el ridículo.

Pero, para Jovaka y Alsancia, este simple paseo hacia la oficina de correos se volvería en algo realmente horrible.

FIN DE LA PRIMERA PARTE

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