Centésima séptima historia

Una africana muy hiperactiva: Primera parte, centésima séptima historia.

Mediados de enero, había pasado una semana desde que Alsancia perdió definitivamente a sus padres, varios días más desde que ocurrió aquella gran pelea que tuvo Mao con Nadezha, y por el cual hizo que el primero cayera bastante deprimido, aunque los últimos acontecimientos que le ocurrieron a la napolitana pudieron distraerlo de sus propios problemas, quién intentó animarla. No podríamos decir que sus esfuerzos no eran en vano, ya que junto con los demás, ella poquito a poco se recuperaba de aquel golpe. A veces, se ponía a llorar sin parar o se le quitaba el hambre, pero, al ver que todo el mundo intentaba con todas sus fuerzas hacer que se sintiera mejor, decidió poner todos sus esfuerzos en volver a la normalidad.

Y una de esas chicas, que puso un gran esfuerzo por animarla; la estaba llevando hacia un lugar, después de invitarla. Era Martha Malan, quién le pidió el pequeño favor de que le acompañará a una cafetería que abrieron hace poco y estaba en mitad entre el camino a su casa y el de Mao, con la excusa de que no podría ir con un adulto.

Alsancia sabía perfectamente que ella se podría cuidar sola y que esto era solo para hacerla sentir como una verdadera adulta, para animarla y a la vez salir a tomar a algo. Después de todo, ella ya pasado de los veintes años y asombrosamente parecía a una chica de doce, y siempre le han tratado como una niña pequeña, algo que le acomplejaba. De esta forma, Martha, quién tenía once años; quería subirle la autoestima. Aceptó encantada.

Mientras se dirigían hacia su destino, Malan no paraba de hablar, diciendo cientos de curiosidades de cosas que veía mientras caminaban.

— Realmente, está siendo un invierno bastante más suave que el año pasado. Mirando los registros del enero del otro año, llegar a seis grados cómo máximo parece un milagro. — Y también, en un momento determinado, hablaba del clima.

— ¡A-aún así,…— Tiritaba Alsancia. —…h-hace frío! — Se decía a sí misma que jamás podrá acostumbrarse al horrible invierno de Shelijonia, mientras deseaba poder llegar a la cafetería y sentir el calor de nuevo.

Y Malan cambió de tema, para decir esto:

— Por cierto, la cafetería a la que vamos se llama Rabbit House café. —

Alsancia, al escuchar el nombre, se imaginó un lugar tierno y adorable, lleno de conejos a los cuales tocar, mientras tomaba tranquilamente un café; poniendo una sonrisa tonta que iba de oreja a oreja. Eso sería algo parecido al cielo para ella.

Entonces, cuando se dio cuenta de que estaba fantaseando, se quitó esos pensamientos, mientras movía rápidamente la cabeza. Sus expectativas eran muy altas y por tanto, podría llevarse un chasco. Es algo que le ha ocurrido varias veces, como si estuviera en una comedia o, a veces, un drama que le hacían sufrir solo porque sí. Por eso se serenó, respirando e inspirando varias veces, para asimilar que lo que se imagino sería mil veces en la realidad, como siempre.

Martha Malan, quién estaba hablando científicamente sin parar sobre los conejos, la miraba de reojo y se preguntaba qué ideas tenía por su cabeza, pero la dejó en paz, porque deseaba seguir con su genial charla sobre aquellos animales, aunque no pasaba más que un larguísimo monólogo.

Al llegar ante las puertas del local, Alsancia miró fijamente el exterior. Situado en un pequeño edificio de tres plantas con un gris muy apagado, sobresalía totalmente, parecía como si lo habían arrancado de un edificio del centro de una ciudad europea y lo encajaron en aquel lugar.

Ese lugar era totalmente elegante y lujoso, con sus cuatros columnas imponente y hermosas sobresaliendo, con esos enormes ventanales impresionante y su gran puerta de madera. Y el interior también era algo igual.

Cuando entró con Malan, se quedó con la boca abierta, mirando por todas partes. Desde el techo, que tenía una lámpara de araña y estaba lleno de escenas idílicas, de niños jugando con conejos en mitad del jardín de una casa adinerada; hasta el suelo que tenía baldosas con la imagen en blanco y negro de aquellos animales. Las mesas, cubiertas con hermosos manteles de encajes, eran grandes y robustas y las sillas eran de terciopelo y muy cómodas. La barra daba la misma apariencia que todo lo demás. Pero lo que más le fijó la atención, era que en cierta parte del local, había una especie de cerca, y en el cual estaba lleno de unos cuantos conejos, siendo acariciados o alimentados por algunos clientes. Alsancia, no se lo podría creer, era todo tal como había imaginado y casi iba a dar un grito de alegría ante tal milagro.

Lo primero que quería hacer era salir corriendo hacia los conejos y acariciarlo, y e iba a hacerlo, si no fuera porque actuaría como una niña pequeña, y no como la adulta que era. Así que le preguntó a Martha si ella deseaba ir a acariciarlo, utilizando en el lenguaje de los signos. Ésta, que le respondió por la misma forma, le dijo que antes iba a pedir algo.

Alsancia pensó en que debería hacerlo ella, ya que era la mayor; aunque sabía que eso era una estupidez por culpa de su tartamudez. Martha le dijo esto, al ver que se iba a poner triste, pensando en lo incapaz que era para poder hablar:

— ¡Olvídate de eso! ¡Solo me dices lo que quieres y punto! Piensa esto, como si la pequeña tiene que hacer caso en todo lo que dice la grande. —

Alsancia se quedó pensado, preguntándose seriamente que había algo en esa argumentación que no le gustaba, pero al final no le dio importancia y le dijo que sí, pero antes tenían que sentarse y mirar en el menú. Había toda clase de cafés y té, también zumos de toda clase y dulces y otros alimentos. Mientras la napolitana intentaba decidir, ya que quería probarlo todo y solo debía elegir uno, se acercó una de las camareras, una chica que parecía ser de su edad y con el pelo corto y naranja. Les preguntó qué querían tomar.

— Pues y-yo…— Alsancia, quién aún no se había decidido, se puso muy nerviosa y no sabía que decir.

— Yo quiero café con leche y un pastel de fresa con chocolate. — Soltó Martha con tranquilidad. Luego, se dirigió a Alsancia: — ¿Tú qué quieres? ¿Ya has elegido?  ¡Si no has elegido aún, podemos esperar! —

Alsancia se tranquilizó y miró detenidamente el menú, eligiendo lo primero que viera y le apetecía. Había elegido café solo y un bizcocho de manzana. Al irse la camarera, Malan le dijo:

— Estoy algo emocionada, es la primera que pruebo el café. Espero que sea una buena experiencia. — Aunque decía eso, parecía bastante calmada y tranquila, para Alsancia.

La napolitana le respondió con signos que ella ya lo había probado cuando tenía diez años y la primera vez fue horrible, era demasiado amargo para su pobre lengua.

Lo recordaba como si fuera ayer, mientras sus padres charlaban con otras personas, observando el mar mediterráneo; ella y una amiga llamada Francesca decidieron probar a hurtadillas el café que tomaban los adultos. Cuando descubrieron su sabor, sacaron su lengua, diciendo sin parar que asco en italiano y todo el mundo poniéndose a reírse de las pobres. Al recordarlo, sintió mucha nostalgia y miró al cielo, preguntándose cómo estará su vieja compañera de juego en el cielo. Y luego, se acordó de sus dos padres. Casi iba a ponerse triste al recordar a todos los seres queridos que perdió en el pasado, cuando Martha intervino:

— Ya me hablaron de lo amargo que es y de que puede tolerar el sabor, ya sea con leche o con azúcar. También he leído mucho sobre su adicción. —

Eso le decía, después de escuchar la primera experiencia que tuvo Alsancia y atraer su atención, para que no pensara en esas cosas tristes. Y añadió, además:

— ¿Estarás bien tomando café solo? —

Alsancia se quedó muy pensativa cuando escucho esas palabras, porque se dio cuenta de que hacía años que no probó el café solo. Ella siempre pudo tomarlo con mucha leche y hubiera elegido lo mismo que Malan, si no fuera por las prisas. Ahora, después de años sin atreverse a probarlo, con la creencia de que cuando fuera más grande podría tolerar lo amargo; había llegado el momento de volver a tomar eso y esperaba no arrepentirse.

Y cuando se dio cuenta de que estaba tardando mucho en decirle algo a Martha, tuvo que soltar lo primero que se le ocurría, que estaba bien, que creía que podría tolerar el sabor.

Vino otra camarera, que parecía tener la misma edad que Martha, algo que empezó a intrigar a Malan y a Alsancia, ya que dos chicas que parecían menores estaban en un café trabajando, de alguna manera; se les acercó, mientras traía lo que pidieron. Ellas se quedaron mirando hacia su cabeza, cuando vieron que sobre su cabello azul clarito, había una extraña bola de pelo, tan blanco como la nieve. Era un animal que despertó la curiosidad de la africana y la napolitana.

— ¡Qué Oryctolagus cuniculus tan bien cuidado y curioso! — Añadió Martha, bastante emocionada.

Alsancia y la camarera se quedaron en blanco, incapaces de comprender qué soltó Martha. La chica del pelo azul respondió, con una voz débil:

— Es un conejo de Angora. —

Alsancia se quedó más sorprendida, porque no se esperaba que esa cosa también fuera un conejo, con todo ese espeso pelo que tenía, apenas podría distinguirlo.

— Es el nombre científico del conejo común, incluyendo a los de Angora. — Mientras Martha le replicaba esto y la chica abrió la boca, diciendo que lo entendía, antes de irse.

Después de echar el azúcar y mezclarlo, Alsancia empezó a soplar con todas sus fuerzas para hacer que el café se enfriará más rápido, mientras Martha empezaba a comer el pastel que le dieron. Cuando vio que ya no estaba tan caliente, lo probó y casi se quemó la lengua:

— ¡A-ay! — Dijo, mientras sacaba la lengua y ponía cara de asco, porque estaba más amargo que casi no pudo tragarse el poco líquido que se tragó.

Ya pudo comprobar que jamás podrá soportar la amargura del café. Para quitarse el mal sabor de encima, empezó a tomar el bizcocho, mientras Martha terminaba de comer y empezó a tomarse de un sorbo.

Mientras Alsancia se preguntaba qué podría hacer con el café, si dejarlo así o pedirles que le echaran leche; no se dio cuenta de que a Martha le sentó algo raro el café. A los pocos minutos de tomarlo, su cara empezó a ponerse roja y empezó a actuar de una forma extraña:

—Ajajajaja…— Empezó a reírse tontamente, mientras soltaba una voz rara. — ¡Ya lo sabía, ya lo sabía! ¡Jejeje! — Y movía su cuerpo de un lado para otro, como si se hubiera puesto hiperactiva de repente.

Alsancia se quedó en blanco, preguntándose qué le pasaba a Alsancia, porque se dio cuenta de que había algo en ella.

— Debiste poner leche en tu café, jejeje…— Se levantó y empezó a dar vueltas como una tonta, mientras añadía esto: — Lo amargo no es un sabor muy querido en el paladar humano. —Y terminó de hacer eso, antes de parar subidamente y hacer un gesto extraño, que hizo que atrajese la atención de todos.

Alsancia no sabía qué estaba pasando, no podría comprender cómo la tranquila y racional Martha Malan se había vuelto así de la nada.

— ¡Qué raro se siente esto, jejeje! — No dejaba de ir de un lado a otro del local. — ¡Me siento muy animada, tanto que podría ser capaz de adelantar un Acinonyx jubatus! — Se acercó a Alsancia y le señalaba con el dedo. — ¡En otras palabras, hablo del animal terrestre más veloz de todos, alcanza una velocidad punta entre noventa y cinco y ciento quince kilómetros por horas, en carreras de hasta cuatrocientos o quinientos metros. —

Alsancia, incapaz de seguirle el ritmo, intentó preguntarle sí le ocurría algo, pero Martha no la dejo, ya tomó su café solo y se lo tragó:

— ¡Qué asco, de verdad, lo amargo es muy desagradable! — Gritaba ella con una cara de completo asco para luego añadir con una aterradora alegría: — ¡Experimento completado! —

Y rápidamente se acercó al lugar en dónde estaban los conejos, mientras le gritaba a Alsancia: — ¡Vamos, ven conmigo a ver a los Oryctolagus cuniculus! ¡Rápido! —

Alsancia sin pensarlo dos veces, la siguió, mientras intentaba comprobar lo que le estaba pasando. Y ahí se quedó un buen rato, concentrada más en observar a Martha que a acariciar a los conejitos, que tuvieron que soportar como la hiperactiva africana no dejaba de cogerlo y molestarlos, mientras explicaba como una cabra muchas curiosidades sobre ellos.

No dejaba de preguntarse una y otra vez sobre el drástico cambio de comportamiento de Alsancia, hasta que escuchó una conversación que tenía las dos camareras, que la observaron por un momento:

— Me recuerda a alguien. — Eso dijo alegremente la chica del pelo naranja.

— A ella también le afecta la cafeína. — Y añadió secamente la del pelo azul.  Esas dos chicas recordaban a una amiga que también sufría el mismo problema, no espera que hubiera otra igual en toda la cuidad.

Y al escuchar esas palabras, Alsancia tuvo una revelación, poniendo una cara de sorpresa y dando un pequeño grito de sobresalto: — ¡E-el café! —

¿Por qué no se dio cuenta antes? Era bien obvio que Martha se puso así después de tomar el café y Alsancia se sentía bastante idiota por no haberse percatado. Y ahora se le vino a la mente una cuestión: ¿Y ahora qué debería hacer? No podría dejarla así, pero no se le ocurría absolutamente nada. Así es cómo empezó a dar vueltas por la zona de los conejos, forzando su pobre cerebro a encontrar una buena solución.

— Esas chicas son raras. — Dijo la del pelo azul, mientras seguía mirando.

— Pues a mi parecen divertidas. — Y añadió la otra, antes de volver las dos al trabajo.

Los demás clientes y trabajadores también pensaron que eran algo extrañas, pero volvieron rápido a lo que le interesaban. Y Alsancia, al ver que estaba haciendo el ridículo, se detuvo y se tranquilizó, dándose unos pequeños tortazos a la cara. No podría perder la calma, ella era la adulta y debía ser responsable de Malan. Tras eso, pudo encontrar una solución y decidió aplicarla al momento. Llamó la atención a su amigo y le dijo, usando señas, que debían volver a la casa de Mao.

— ¿Irnos a casa? — Replicó Martha, tras poner un feo gesto de molestia. — ¡No tengo ganas, quiero seguir con los Oryctolagus cuniculus! — Y siguió molestando al pobre conejito que había capturado.

Alsancia pensó si lo mejor era esperar un rato más y ver si se calmaba, pero, por otra parte, sentía que ella tenía que volver a casa a descansar. Eligió lo segundo, pensando que podría provocar algún problema a la gente del café. Y buscó la forma de convencer a Martha, para que se dejase llevar a casa.

— ¿Quieres volver a casa? ¿Por qué? ¿Ha ocurrido algo? — Eso le decía hiperactivamente Malan, mientras la empezaba a examinar y a tocarle todo el cuerpo, como si ella se creía un médico. — ¡¿No te sientes bien!? ¡Ya veo, ya veo! ¡Tu cuerpo siempre dando problemas, es un fastidio, la verdad! —

Alsancia le dijo que ella no se encontraba bien y que esa era la razón por la cual deseaba volver a casa de Mao, y no era una simple excusa que se le ocurrió de repente para cambiar de idea a Martha, porque le empezó a doler de verdad el estomago y la cabeza.

Tras eso, Malan se fue corriendo hacia al barman para decirle el precio de todo y chocó de forma torpe contra al suelo con una de las sillas que estaban al lado de la barra de la cafetería. Alsancia se acercó a ella para ayudarla, pero ésta se levanto del suelo como si nada, riéndose como una loca. La napolitana se preguntó si podría mantener a la africana sana y salva. Después de eso, pagaron y se fueron.

— ¡T-ten cuidado! — Eso le gritaba Alsancia a Malan, quién no dejaba de correr y dar vueltas alrededor de ella, mirando por todas partes a la vez que no miraba por dónde iba.

— ¡No te preocupes, yo estoy bien, realmente bien! — Y además, le decía esto, con una sonrisa tonta en la cara. — ¡La que debes cuidarte eres tú! —

El viaje a regreso a casa de Mao se volvió todo un suplicio para Alsancia, quién estaba alerta e intentaba controlar a Martha, sin mucho éxito.

— ¡Qué curioso, todo se ve doble, jejeje…! ¡¿Eso produce normalmente el café!? — Y lo peor es que iba como un pato mareado, apenas podría andar bien, no dejaba de tambalearse de un lado para otro. Alsancia no se podría creer que la cafeína le fuera afectar tanto, parecía una completa borracha.

Al final, cuando vio que ésta iba a cruzar por la calzada, sin importarle los coches que pasaban por ella, le cogió fuertemente del brazo a Martha y no la soltaba por nada del mundo:

— ¡¿Tan mal te encuentras!? ¡Perdón, perdón, jajaja…! ¡Puedes usar mi brazo tanto como quieras, pero ni me agarres tan fuerte, que se me corta la circulación! ¡Eso es malo, muy malo! — Martha se lo tomó muy bien, mientras Alsancia, cansada y agotada, deseaba llegar a casa de Mao cuanto antes. Lo que no sabía es que aún no había llegado la peor parte.

FIN DE LA PRIMERA PARTE

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