Centésima séptima historia

Una africana muy hiperactiva: Última parte, centésima séptima historia.

Alsancia dio un gran suspiro de alivio y de felicidad, cuando llegaron a la puerta de la casa de Mao. Había tenido unos de sus paseos más horribles y estresantes de su vida, mientras intentaba controlar a una Martha Malan totalmente fuera de sí, la culpable de que hubieran tenido un viaje muy movidito:

— ¡Genial, realmente genial! ¡Por fin, hemos llegado! ¡¿Mao, Mao, estás ahí!? ¡Soy yo, Malan! ¡Y Alsancia está conmigo! ¡Bueno, nos fuimos a tomar café, jejeje…! —

Eso decía la africana, quién se soltó de la napolitana, y empezó a golpear la puerta sin parar, mientras no dejaba de temblar y de reír tontamente. Una voz, procedente del interior, les decía:

— La puerta está abierta, no hay necesidad de pegar. —

Era Leonardo, quién estaba limpiado un poco el mostrador de la tienda; y un poco sorprendido de que pegaran en la puerta. No se esperaba para nada, lo que iba a presenciar con sus propios ojos.

— ¡Ah, es verdad! ¡Qué torpe por mi parte, jejeje…! ¡Pues vamos, a abrir la puerta! — Abrió la puerta de un golpe y entró a toda velocidad, cruzando la tienda.

— ¡Buenas Leonardo! — Le saludó a gritos, sin detenerse; y cuando iba a entrar en el pasillo que le iba a llevar al interior de la casa, chocó y calló.

Alsancia entró, incapaz de seguirle el ritmo y con ganas de decirle que se tranquilizara y de preguntarle si estaba bien. Leonardo se le adelantó y se acercó a ella a ayudarla, pero ésta se levanto y añadió:

— ¡No es nada, nada grave! — No paraba de saltar carcajadas. — ¡He sido muy cuidadosa con la caída, no me he roto nada! — Eso decía con mucha seguridad, pero se veía que incluso le costaba andar bien.

Tras decir eso, se levantó de golpe y corrió por el pasillo, mientras se zarandeaba de un lado para otro, parecía que en cualquier momento se volvería a caer al suelo. Alsancia y Leonardo se quedaron mirando la escena. Sobre todo éste último estaba de piedra, incapaz de asimilar lo que estaba pasando, porque eso no era normal.

— ¿Esa es Malan? — Le preguntó a Alsancia. — ¿Qué le ha ocurrido? —

Alsancia solo le pudo decir que le sentó muy mal el café, antes de dirigirse al salón. Leonardo se quedó muy pensativo, porque parecía más que había tomado alcohol antes que eso. Al entrar, se encontró con esta escena:

— ¿Qué te pasa? — Eso preguntaba Jovaka totalmente aterrada. — ¡¿Por qué actúas de esa manera!? —

En aquel salón, a excepción de Alsancia, estaba Jovaka y Malan. La serbia estaba en una esquina, temblando de miedo; mientras observaba cómo Martha cayó sobre el kotatsu y reía como loca.

— ¡No lo sé, realmente no lo sé, jejeje! ¡Solo me siento muy animada! — Se giró y cayó al suelo, mientras añadía: — ¡No importa, no importa! ¡¿Quieres qué sea tu psicóloga, Jovaka!? ¡No pediré dinero, solo haré por el amor a la ciencia, jejeje…! —

Al oír esto, Jovaka gritó como una furia:

— ¿¡Qué dices!? ¡Por nada del mundo voy a ver un psicólogo! ¡Lo oyes! ¡Tú sí que deberías al psicólogo, o al médico, o lo qué sea! —

Malan solo se rió tontamente, sin levantarse del suelo; y Jovaka se dio cuenta de que Alsancia estaba de pie, en la entrada del salón, incapaz de cómo actuar. Le pidió explicaciones a ella, al ver que la otra no era capaz.

— ¡¿Qué le ocurre, Alsancia!? ¡Antes de salir contigo, no estaba así! ¡¿Qué le ha pasado!? — La napolitana se lo iba a decir, pero Martha se adelantó:

— ¡Yo te lo diré! — Se levantó del suelo, con mucha dificultad. — ¡Porque ya sé el porqué de todo este asunto! — Señaló con el dedo el techo. — ¡Al parecer, hemos descubierto que soy muy sensible a la cafeína y cuando ha llegado a mi cerebro, pues me tiene toda alterada! ¡Leí en un libro que le efecto puede durar seis horas jejeje…! — Al final, cayó al suelo, después de luchar por mantenerse de pie. Alsancia se le acercó para ayudarla a levantarla.

— Más que sensible, parece que estás borracha…— Añadió Jovaka, con un rostro de terror.

— ¡Eso parece! ¡Debo de ser realmente sensible a la cafeína, jajajaja…! — Y soltó Martha con sonoras carcajadas, mientras se apoyaba en Alsancia para estar de pie.

Y entonces, cuando la napolitana pensaba en sugerirle en llevarla a las habitaciones para que descansara y no molestara a nadie, ésta puso de repente muy mala cara.

— ¿Ahora qué ocurre? — Preguntó Jovaka, cuando se dio cuenta de eso, adelantándose a Alsancia, quién le iba a preguntar si estaba bien, mientras observaba cómo intentaba escupir algo.

— S-solo tengo ansias, jejeje… — Respondió Malan, intentando mantener una sonrisa.

Lo dejó completamente claro, estaba teniendo ganas de vomitar. Alsancia se puso realmente nerviosa, quedándose paralizada, mientras no dejaba de preguntarse qué tenía que hacer. Jovaka tuvo que gritarle esto, al ver que no se movía:

— ¡No te quedes ahí parada, Alsancia! ¡Llévala al cuarto de baño, cuanto antes! —

Movió afirmativamente la cabeza y empezó a andar, arrastrando a Malan, subiendo a las escaleras que le llevaban al segundo piso, directas al baño:

— ¡Me está empezando a doler el cerebro muy fuerte! — Mientras tanto, Malan cada vez se ponía peor, mientras aguantaba todo lo que podría por no vomitar. — ¡Mi sistema digestivo se siente fatal! —

Alsancia se dio toda la prisa del mundo, a pesar de que le costaba mucho esfuerzo en trasladar a su amiga y de que a ella le estaba entrando también ganas de potar. Al llegar ante la puerta, que estaba cerrada, intentaba abrirla, pero sus nervios no dejaban que cogiera bien el pomo de la puerta del baño, apenas podría controlar los exagerados temblores de su mano.

— ¿¡Qué estás haciendo, Alsancia!? — Le gritaba Jovaka, desde el primer piso. — ¡Abre la puerta de una vez! — Ya se estaba desesperando, porque la napolitana tenía la puerta en sus narices y no podría abrirlo por culpa del temblor de su cuerpo. Ésta le quería replicar que lo intentaba, mientras lo maldecía todo.

— ¡No puedo más, mi cuerpo me lo pide desesperadamente! — Malan le gritaba esto. Ya no podría más, su estomago ya estaba escupiendo todo la comida que devoró ella por el esófago.

Y Alsancia, al ver que ésta ya estaba a punto de potar la comida, el asco que le dio eso, fue suficiente para que ella no aguantara más sus ansias y empezará a ponerse a vomitar.

— ¡Mierda, no te pongas a vomitar tú también! — Eso gritó Jovaka, cuando vio que Alsancia quitó su mano del pomo y se pusiera a escupir saliva.

Jovaka, con pocas ganas de acercarse a ellas, decidió tener que echarles una mano, antes de que ensuciaran con su vomito el suelo.

— ¡Ya les abro la puerta! — Gritó, mientras subía corriendo las escaleras lo más rápido posible.

— ¡No lo hagan! — Pero no pudo llegar a tiempo. — ¡Aguanten un poco más! — Se detuvo, al ver que no pudo evitarlo, y miró hacia al otro lado.

Después de todo, mutuamente Alsancia y Martha expulsaron lo que habían comido en el café contra el lindo suelo que fregó Clementina, formando un enorme charco de una asquerosa y desagradable papilla delante de la puerta del cuarto del baño.

— ¡Qué mal me encuentro…! — Decía Malan, cuando terminó de vomitar y se recuperaba del esfuerzo. — P-perdón, Alsancia…. —

— ¡Q-qué a-as…! — Ella solo soltó esto, incapaz de pensar en algo, salvo del dolor que le produjo vomitar, mientras recuperaba el aliento.

Al ver cómo estaban ellas, aunque fuera de reojo, Jovaka comentó en voz baja: — En serio, parece que habéis vuelto de una juerga universitaria de esas, no de una simple cafetería. —

Tras eso, Alsancia se levantó del suelo, mientras evitaba ver el vomito; y ayudó a Malan a levantarse. Ella se quedó pensando qué podrían hacer, mientras la africana no dejaba de quejarse. Entonces, Jovaka habló:

— ¡Qué fastidio! ¡Hasta os habéis llenado la ropa! — Alsancia se miró y vio que ella tenía razón. — ¡Llamaré a Leonardo, para que lo limpié! — Pensó en hacerlo ella misma, pero le daba mucho asco y no sabía fregar. Antes de ir a buscarlo, les recomendó esto: — ¡Deberíais cambiar de ropa o bañarse o algo!—

— En estos casos, hay que bañarse. — Dijo Martha, tras escucharla.

Alsancia movió afirmativamente la cabeza y, liberada de la presión que estuvo sometida antes y la cuál era la culpable de que estuviera temblando como un flan, abrió fácilmente la puerta con mucho cuidado. Luego, ella levantó a la africana y las dos se metieron en el cuarto de baño.

— ¿Nos vamos a bañar juntas? ¡Eso me trae tantos recuerdos…! — Eso gritó Malan alegremente, antes de cambiar de tema y decir esto con muy mala cara: — ¡Qué mal me siento! —

Alsancia no dijo nada más, solo empezó a intentar quitarle la ropa a Malan, y estuvo un buen rato liada con el yukata que llevaba la africana, no sabía por dónde se tenía que empezar para desajustar aquel vestido, y además tenía que contener a su amiga, quién intentaba ir a la bañera rápidamente y meterse en él así sin más. Al final, lo consiguió, no sabe cómo.

— ¡Oh, la ropa! — Eso dijo muy sorprendida Malan, cuando vio que el yukata se le cayó al suelo. — ¡Se me había olvidado de que la tenía puesta! ¡Muchas gracias, Alsancia! — Y empezó a reír, olvidándose el hecho de que no estaba muy bien. Se puso las manos sobre la cabeza, quejándose del dolor, mientras se balanceaba de un lado para otro, apenas podría estar de pie.

— ¡C-cuidad…! — Gritó Alsancia de terror cuando que Malan iba a caer de cabeza hacia la bañera, quién ya perdió totalmente el equilibrio.

Reaccionó rápidamente, atrapó a Malan y evitó que su cabeza chocase contra la bañera. Cuando vio que la pudo salvar, dio un suspiro de alivio, antes de darse cuenta de la parte del cuerpo de la africana que ella había agarrado.

Se preguntó qué estaba tocando al momento, mientras los estrujaba con sus pequeñas manos. Eran bultos de carnes blanditas, suaves, y no eran ni muy pequeñas ni tampoco muy grandes. Supo enseguida que estaba manoseando.

Como tenía los ojos cerrados, para no ver la escena que iba a presenciar si Malan se hubiera estrellado contra la bañera; los abrió poquito a poco, con toda la cara totalmente roja. Y vio cómo la estaba agarrando por su pecho, la cual estaba desnuda.

— ¿Y e-el sostén? — Eso preguntó realmente conmocionada, porque se dio cuenta de que ella había estado todo el rato sin sujetador.

— ¡Ah, eso! ¡A veces, cuando uso el kimono, ya sea usando el yukata o el komon,  no me pongo el sostén! ¡Sobre todo cuando me aprietan y tengo que comprarme otros! — Le respondió Malan, que parecía no importarle el hecho de que Alsancia le estuviera agarrando el pecho. Ésta, tras oír la explicación, se quedó en blanco.

Más bien, estaba totalmente absorta en otra cosa e ignoró aquellas palabras, ella estaba comprobando el hecho de que sus pechos siguiesen creciendo a pasos agigantados. Sabía que siempre los tuvo muy grandes comparados con las demás chicas de su edad, así que no debería sorprenderse, pero aún así le costaba asimilarlo, sobre todo cuando ella era más plana que una tabla de planchar. Al final, Martha la hizo devolver a la realidad:

— Por cierto, cada vez me siento peor, ¡quiero bañarme de una vez! — Eso decía Martha con voz cansada, con un rostro que parecía al de un zombi.

— ¡P-perdón! — Eso dijo Alsancia totalmente colorada, mientras soltaba sus manos de su pecho.

Martha, liberada de las garras de la napolitana, se metió en la bañera y se iba a sentar en él. Entonces, Alsancia la detuvo:

— ¡E-espera! — Con un débil chillido. Martha se detuvo y le preguntó:

— ¿Qué ocurre? —

Alsancia la señaló, ésta se miró y vio que aún le quedaba los calcetines, las bragas y soltarse el moño que siempre usa.

— Ah, ¡aún me quedaba ropa por quitarme! — Eso dijo, riéndose sin ganas, y empezó a quitárselas.

Entonces, Alsancia dio un gran suspiro de cansancio. Ni habían empezado a bañarse y ya estaba agotada. Ella jamás pensó que Martha sería capaz de darle tantos problemas, ni menos que la razón de que se pusiera de esa manera fue solo porque tomó café. Las ganas de quitarse del medio eran realmente grandes, pero era una adulta y su responsabilidad era de cuidarla. Así que decidió dar un pequeño esfuerzo y aguantar esta situación un poco más. No dejaba de decirse que siguiera así, que iba por el buen camino; mientras se quitaba la ropa. Entonces, sintió como un fuerte chorro de agua fría se estrelló contra su cuerpo violentamente.

— ¡M-Malan…! — Gritó Alsancia, después de aquel ataque sorpresa.

Giró su cabeza hacia ella y veía como la manguera de la bañera se movía como una serpiente, llenando de agua todo el cuarto de baño.

— ¡Solo abrí el grifo y la manguera no deja de moverse violentamente! — Le explicaba la situación, mientras torpemente intentaba coger la manguera. Sin querer, lo abrió al máximo y despertó a la bestia.

Alsancia tuvo que actuar y coger la manguera, al ver que Malan estaba tan mal que le costaba poder atraparla. La atrapó y apagó el grifo, en cuestión de segundos. Las dos chicas miraron fijamente a su alrededor:

— Todo el cuarto de baño ha quedado empapado… — Añadió Martha secamente.

Alsancia no dijo nada, tenía una cara de leve preocupación, porque creía que todo el mundo se iba a enfadar con ellas, sobre todo Mao; por haber puesto el cuarto de baño perdido. Dio un suspiro, tras pensar en que lo podría arreglar más tarde, porque lo primero era bañarse.

Después de llenar la bañera con agua caliente, la situación mejoró, Martha ya estaba mucho más relajada, aunque tenía muy mala cara. Aquel baño tranquilo les sintió muy bien a ambas, sobre todo a Alsancia, quién sentía que se había quitado todo el estrés y el cansancio que acumuló.

Cuando salieron del cuarto del baño, con Alsancia llevando a Malan a hombros, Jovaka, quién seguía estando en el salón, le preguntó esto:

— ¿¡Ya está mejor ella!? — Alsancia movió la cabeza afirmativamente. Luego, Jovaka añadió:

— ¡¿También lo habéis liado en la bañera!? — Durante todo el rato, no sé dejaba de preguntar qué rayos hacían en el cuarto del baño. — ¡No habéis parado de hacer ruido! —

Alsancia volvió a mover la cabeza afirmativamente, mientras deseaba que ella terminara de hablar, porque la toalla que estaba usando para taparse se le estaba cayendo poquito a poco.

— ¡Dejen de hablar, qué quiero dormir! — Entonces, una Martha que no dejaba de exclamar quejidos y gestos de molestias intervino.

Jovaka se calló y se dirigió hacia la tienda para decirle a Leonardo que tenía que mirar el baño, mientras ellas dos se metían en el dormitorio de Mao. Alsancia sacó el futón y le puso ropa, mientras Martha se quedó dormida del tirón.

Al verla dormir tan plácidamente, dio un gran suspiro de alivio, mientras la tapaba. Por fin, Alsancia podría descansar tranquilamente. Entonces, pensó en lo que ha ocurrido, después de vestirse.

Había sido bastante fastidioso y agotador hacerse caso de la pobre Martha, que probó el café y se comportó como si se hubiera emborrachado; pero ella se sentía satisfecha. Había cuidado a alguien y, más bien que mal, pudo sentir que lo hizo bien, como lo haría un adulto. ¿Esto era responsabilidad, la carga por la cual las personas que han madurado tienen que soportar y aguantar, la misma que muchos desearían librarse de ella y volver a ser niños? No lo sabía a ciencia cierta, la verdad; y le daba un poco de miedo pensar cómo sería ser una verdadera persona adulta, aún así, se sentía muy feliz de haber podido hacer algo bien.

Y entonces pensó en sus padres, preguntándose cuánto tuvieron que  aguantar, cuánto esfuerzo y sacrificios hicieron, qué sintieron; mientras la cuidaban y la mimaban. Tuvo que ser algo tan titánico que ella jamás podría ni imaginar. Por eso, en lo más profundo de su corazón, con un sincero agradecimiento, les decía mentalmente que muchísimas gracias por soportarla y aguantarla todos esos años y perdón por todo.

Por otra parte, se sentía algo mal por Martha, la pobre tuvo que pasarlo muy mal y ella estaba feliz, a pesar de todo. Con una débil voz, le dijo perdón, mientras se acostaba a su lado y se quedaba dormida.

Al día siguiente, por la mañana, aquellas dos estaban totalmente hechas polvos, parecían que estuvieran teniendo una resaca. Mao y la canadiense estaban en la cocina preparándoles comida caliente, ya que cogieron un buen resfriado.

— ¿Sabes, Alsancia? — Dijo Martha, mientras temblaba de frío e intentaba aguantar el fuerte dolor de cabeza y de cuerpo que tenía encima, y después de ser llamada por su madre, que, a pesar de ser comunicada de que su hija se quedó en la casa de Mao, estaba un poco preocupada.

— ¿S-sí? — Le replicó Alsancia, quién no dejaba estornudar y usar cientos de pañuelos para sacarse los mocos.

— Odio el café, jamás volverá a tomar eso. —

Alsancia se quedó en silencio unos segundos, tras oírlo eso. Al final, añadió: — Yo c-creo igual… — Ella ya empezó a repudiar el café.

FIN

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