Centésima novena historia

La falsa cita: Última parte, centésima novena historia.

Según el plan apresurado que se sacó Josefina, lo primero que tenía que hacer era ir a al centro comercial, dónde irían primero a mirar ropa, solo mirarla porque no había dinero suficiente para eso; y luego cenar en algún restaurante, jugar en las recreativas, ir al cine y finalmente dar un paseo por el parque. A Jovaka, todo eso le parecía demasiado agotador, pero había que aguantarse.

Y ahora estaba sentada en un banco, en medio de una tienda de ropa, con una cara que expresaba puro aburrimiento, mientras observaba como la mexicana se estaba vistiendo en el mostrador. Ella estaba viviendo en vivo el típico estereotipo del novio aburrido que tenía que soportar un día de compras.

— ¿Aún no has terminado de ponerte la ropa? — Le preguntó a Josefina, después de estar un buen rato escuchando a Josefina quejándose y lanzando gruñidos.

Este era el quinto conjunto que se estaba probando la mexicana, después de ir a tres tiendas, perdiendo casi dos horas; y pues no le quedaba bien, por lo menos la parte de abajo:

— ¡Es que aún no me entra el maldito pantalón! ¡Vamos, entra! — Gritaba desesperadamente. A pesar de eso, intentaba ponérselo a toda costa.

— ¡Oye, déjalo a ver si lo rompes! — Le replicó Jovaka, antes de dar un fuerte suspiro.

— ¡Pero debería entrar, es de mi talla! ¡Lo miré, de verdad! — Lo que no sabía Josefina, es que su trasero estaba algo grande para aquel pantalón ajustado. Jovaka no dijo nada más, solo esperaba que se cansara y lo dejara antes de romperlo.

A los pocos minutos, ella se hartó y le dijo esto a Jovaka, mientras sacaba el pantalón del vestidor: — ¡Jovaka, búscame unos pantalones que me entren, por favor! —

— ¡Oye, oye! ¡No me mandes eso, no soy tu sirvienta! — Protestó Jovaka y Josefina le replicó.

— Pero hoy tienes el papel de “novio”. —

— No creo que los novios hacen eso. — Jamás había escuchado que la novia le pidiera a su enamorado que hiciera tal cosa.

— ¡Vamos, por favor! ¡Hazlo por mí! — Le empezó a suplicar Josefa y Jovaka, que sabía lo insistente que llegaba ser ella, decidió hacerlo.

Cogió el pantalón de mala gana y añadió: — ¡Lo haré, lo haré! ¡Pero, antes dime tus medidas! —

— ¡Pero, Jovaka…! ¡Eso no es algo que un “novio” diría! ¡Ni menos en medio de una tienda de ropa, ¿no ves que eso es vergonzoso?! — Josefina se quejaba, con la cara completamente roja.

— Pero como voy a elegir un pantalón para ti, tengo que saber eso. —

Josefina se quedó callada durante unos segundos, pensando que ella tenía razón. Por eso, le dijo a Jovaka que se acercará y le susurró sus medidas en su oído. Ésta lo memorizó y se fue en busca de un pantalón perfecto para Josefa, malhumorada.

Mientras se quejaba y se maldecía sin parar, miraba cada pantalón de mujer que había en la tienda, buscando algunos, que podrían contentar a Josefina. Se aseguró de coger unos cuantos, por si no le quedaban bien. Al llegar, anunció su llegada:

— ¡Por fin, has llegado! ¡Jo, me estaba aburriendo, no deberías dejar que una dama espere tanto, ¿sabes?! — Protestó Josefina, mientras sacaba su cabeza de entre las cortinas.

— ¡Toma todo eso, a ver si te convence alguno! — Añadió Jovaka, mientras le tiraba todo esos pantalones, con harta indiferencia.

— ¡Buena idea, si uno no me queda bien, entonces tengo más que usar! — Decía alegremente Josefina, al ver que Jovaka perdió bastante tiempo coleccionando pantalones para ellas.

Y decidió probárselo cada uno de ellos, y para desgracia suya, ninguno le cabría. Más bien, le entraban, pero cuando llegaba a la altura de su trasero ya no podría continuar.

— ¡¿Este tampoco!? ¡¿Por qué no me cabe ninguno!? ¡Qué pedo, si son todos supuestamente de mi talla! ¡Vamos! —

Josefina no paró de gritar y quejarse, mientras intentaba desesperadamente ponerse un pantalón que le quedaba bien.

Jovaka, mientras esperaba aburrida que ella terminara de una vez ponerse toda esa ropa, entre suspiros, se decía que tuvo que haber buscado ropa que no fuera tan ajustada. Luego, decidió añadir algo: — ¡¿No crees que tus medidas podrían estar algo incorrectas!? —

— ¡No, lo están! — Replicó Josefina.

— Pues parece que te ha crecido un poco el trasero. —

Hubo un pequeño silencio, antes de que la mexicana le gritara: — ¡Eso no es verdad! —

— Si no te entra, es porque te ha crecido el trasero. —

Josefina se quedó callada, con la cara algo roja; y con el pantalón que se estaba probando subido a medias, empezó a tocarse el trasero para comprobar algo:

— ¡¿De verdad, tengo el culo tan gordo!? — Eso se preguntaba Josefa, totalmente acomplejada.

— No es eso lo que quería decir…— Añadió Jovaka, al ver que Josefa empezó a malinterpretar sus palabras e iba a montar un molesto numerito.

Aunque ya era un poco tarde, Josefina ya empezó a desvariar un poco:

— ¡Es enorme! ¡¿Cómo no me di cuenta antes de esto!? ¡Y he salido a la calle con este culo! — Estaba muerta de vergüenza, quería que la tierra la tragase viva. — ¡Es por eso que la gente últimamente me mira tan raro! ¡Ay, virgencita, ¿por qué se me ha puesto tan grande?! —

Jovaka dio un gran suspiro de fastidio, al ver como se puso Josefina, y se arrepintió bastante de decir aquellas palabras. Quería pararla, ya que hasta le estaba dando vergüenza ajena. Además, ella pensaba que no lo tenía tan grande, o eso creía, porque no es como que se fijara en su trasero. De todas formas, tenía que hacer algo para tranquilizarla y tras mucho pensar esto fue lo que se le ocurrió:

— ¡¿Por qué no nos vamos a comer algo!? ¡¿No decías que había un lugar en dónde los pasteles estaban deliciosos!? —

Josefina de repente se calló por varios segundos y Jovaka por un momento creyó que esa frase podría haberla molestado.

— Es verdad… ¡Me está entrando hambre con solo pensarlo! — Al final, no fue eso ni nada parecido. — ¡Vamos a comer, Jovaka! — Le decía eso, mientras se ponía la ropa que estaba usando y olvidándose totalmente sobre el asunto de su trasero.

Jovaka suspiró de alivio, al ver que Josefina tenía una mente tan simple; y también de alegría, porque por fin podrían salir de la tienda de ropa. Tras salir de ahí, la serbia se empezó a preguntar una cosa:

— ¿De verdad, la tiene tan grande…? — Se decía Jovaka en voz baja, mientras intentaba mirar disimuladamente al trasero de Josefina. Le entró la curiosidad e intentaba comprobar cómo de enorme se había vuelto.

— ¿Has dicho algo? — Le preguntó Josefina, que lo oyó, más o menos. La serbia nerviosamente le respondió que no y la mexicana siguió con lo suyo y la serbia decidió olvidarse sobre eso.

A continuación, llegaron a la pastelería que quería ir Josefina para la cita.

— ¡Bueno, vamos a pedir algo…! — Y lo primero que hizo fue coger el menú y la serbia la imitó. — ¡Todo se ve tan rico…! — Jovaka le dio la razón.

Habían cientos de pasteles y dulces con aspectos tan deliciosos que solo con mirarlo se les hacia la boca agua. No solo eso, también estaban muy indecisas, no sabían que elegir. Y tras ver que llevaba un buen rato sin decidirse, Josefina soltó esto: — ¡¿Ya sabes lo que quieres, Jovaka!? —

— No. — Eso le respondió francamente Jovaka y ella, al que estaban en las mismas, infló sus mofletes con una mirada que molestó un poco a la serbia, quién le preguntó esto: — ¡¿Por qué pones esa cara!? —

— No es nada…— Y luego, añadió: — Entonces, ¿tenemos que echarlo a suerte? — Jovaka, que no se enteró de nada, le preguntó qué quería decir con eso y Josefina se lo tuvo que explicar. Mientras se lo decía, la serbia encontró algo en el menú:

— ¡¿Y qué te parece eso, Josefina!? — Se lo enseñó y Josefina se quedó de piedra.

— ¡¿En serio, quieres que elijamos eso!? — No se podría creer que Jovaka eligiera tal cosa, reaccionando exageradamente a ojos de la serbia.

— ¡¿No es algo que hacen los “novios”!? Además, si lo conseguimos, será gratis. — Le replicó Jovaka, aunque dudaba realmente que lo que había dicho tenía sentido.

— Es verdad, pero hacer eso es un poco vergonzoso… — Estaba bastante roja con solo pensarlo.

— ¡Como hacer cita de mentira! — Dio un suspiro de molestia. — ¡No, eso es incluso más vergonzoso aún! —

— ¡Es verdad! — Añadió Josefa, convencida. — ¡Será una buena práctica para cuando tenga una cita de verdad! —

Así las dos chicas decidieron empezar un reto gastronómico propuesto por el mismo local: Enfrentarse al enorme parfait “The Indegora”, llamado así en honor de unos de los picos más altos de toda Shelijonia. Dos personas, compartirán un enorme postre de dos pistas de alturas, situado en una copa  enorme, totalmente repleto de todo tipo de frutas, galletas, helados y otros postres, más unas cuantas cosas más. Deben devorar a aquel gigante en menos de una hora, si lo consiguen no pagarían nada, tendrían una camiseta para cada una y unos cupones para la pastelería. Y a Josefina, quién le daba un poco de vergüenza comer del mismo plato que Jovaka, al final era la que estaba emocionada y preparada para el asalto.

— Bueno, ahora que lo pienso,… ¡creo que eso ha sido una mala idea, un poco,… tal vez! — Por el contrario, Jovaka se arrepintió en el último momento, después de que ellas pidieron hacer el reto. No solo era porque no creía poder comer algo tan grande, sino por la gente que las rodeaban, cuando vieron que habían aceptado el desafío. Estar rodeada de tantos extraños mirándola fijamente la hacían temblar mucho de miedo.

— ¡¿Ahora, te vas a arrepentir!? ¡Ya no hay vuelta atrás! ¡No te preocupes, si no puedes, yo lo haré por ti! ¡Porque seguro que lo conseguiré, soy toda una experta en comer! — Josefina, estaba muy confiada.

Aquella gran confianza se fue en un periquete, cuando le trajeron el parfait gigante. Al ver su tamaño, esas dos se quedaron con los ojos bien abiertos y boquiabiertas.

— ¡Es enorme! — Eran incapaces de creer que podrían devorar tal cosa en menos de una hora. Aún así, tenían que intentarlo.

— ¡Preparadas, lista, ya! — Gritó el camarero, mientras pulsaba el cronometro, comenzando así la dura prueba para Josefina y Jovaka.

Al escucharlo, lo primero que hicieron fue coger la cuchara y empezar a comer como locas, mientras gritos de ánimos se escuchaban en todo el local. Jovaka y Josefina se olvidaron de todo lo demás, para solo centrarse en una sola cosa: devorar aquel enorme postre.

“Lo conseguiré, está chupado”, se animaba a sí misma Josefina con cada bocado que probaba. “¡Esto es demasiado, no podré aguantar por mucho tiempo!”, se decía Jovaka, cada vez que miraba aquella gigantesco postre, mientras le daba un bocado. Aún así, lo intentaba lo mejor que podría. A los diez minutos, las dos ya mostraban signos de agotamiento.

— ¡Mi pobre cabecita, el frío me está congelando la cabecita! — Eso gritaba Josefina, dejando de comer por un segundo, después de devorar medio helado, ya le estaba doliendo la cabeza.

— ¡No hables, tienes que seguir comiendo! — Le replicó Jovaka, mientras se llevaba en la boca los últimos trozos de plátano. Ya estaba reventada y sentía muchas ganas de vomitar, se sentía muy mal.

No duraron ni cinco minutos más.

— ¡Ya no puedo más! ¡Si sigo así, siento que echaré la pota! — Eso le decía Jovaka, quién apenas ni podría hablar.

— ¡¿Tan pronto te rindes, ni siquiera hemos llegado ni a la mitad!? — Le gritó Josefina, quién también sentía ganas de vomitar.

— ¡Es que no puedo más! — Eso le decía, mientras dejaba su cuchara en la mesa, poniéndose a descansar de todo eso que había comido.

— Entonces, seguiré yo. — Pero Josefina no se iba a rendir e iba a dar otro bocado más. — ¡Allá voy! — Entonces, se puso morada. Le empezaron a dar ansias y tuvo que salir corriendo al cuarto de baño para echar la pota.

Al final, ni siquiera pudieron llegar a devorar medio plato y salieron de la pastelería, totalmente arrepentidas de tomar tal desafío.

— ¡Es la última vez que te hago caso, Jovaka! — Le decía Josefina a la serbia, mientras caminaban sin rumbo.

Al final, se tuvo que tachar varias cosas que Josefina planeaba hacer y terminaron haciendo un corto paseo por el parque. Estaban agotadas y aún sentían pesadez en su estomago. Y cuando las dos se sentaron en un banco, mientras miraban el atardecer, Josefa protestó:

— Al final, no ha salido como lo planeaba, Ya es muy tarde y yo quería experimentar varias cosas más.  Me gustaría haber ido al cine. —

— Es normal, las cosas nunca salen como planeas. — Le replicó Jovaka, recordando las palabras que una vez oyó a Mao. Luego, se quedó callada por varios segundos, preparándose para decir esto:

— La verdad es que…— Aunque no se atrevía. —…todo esto ha sido muy extraño. —

— ¡¿Extraño, el qué!? — Le preguntó Josefina.

— Estar contigo haciendo una “cita de mentira”, o cómo quieras llamarlo. Es bien obvio. —

Josefina se quedó en silencio, muy pensativa. Después, dijo: — Pues es verdad. —

Jamás habría creído hacer una cita de mentira con una amiga, ni menos con la fastidiosa de Jovaka. Y ahora que lo pensaba, le estaba dando vergüenza haberle pedido hacer eso, menos mal que no hicieron, como práctica, varias cosas que hacían habitualmente los “novios”, o si no hubiera deseado que la tierra la hubiese tragado.

Las dos se quedaron en silencio de nuevo. Josefina, pensando sobre lo que había pasado hoy; Jovaka, preparándose para decirle esto:

— Yo pensaba… — Le daba mucha vergüenza. —Bueno, pues que me odiabas…—

— Bueno, me caías mal. Siempre poniéndote histérica y violente cuando me acercaba a ti, y diciendo esas estupideces todo el tiempo. Tampoco es que seas muy agradable y siempre me molestas. Pero, últimamente, ya no me caes tan mal. —

Le contestó inmediatamente Josefina, con toda naturalidad y con una sonrisa. Jovaka le costaba entender que tuviera ese rostro feliz, a pesar de que estaba con alguien que supuestamente a ella le caía mal. Y tampoco que ella también lo tuviera, cuando creía todo este tiempo que la odiaba.

Ya no estaba tan segura de eso, tal vez ya le tenía algo de cariño a esa molesta charlatana, cuya mente iba más despacio que una tortuga.

— Tú…— Tardó mucho en decírselo. — Bueno, tú tampoco me caes muy mal. — Estaba tan roja que deseaba que la tierra la tragase.

Entonces, Josefina dio un salto y le miró a Jovaka, con una cara sonriente, mientras le decía esto: — Bueno, entonces la próxima vez que lo haremos, ¿iremos al cine? —

— Oye, oye… ¡ya no quiero tener más citas de mentiras! — Ya tenía suficiente con esa.

— Pero necesito practicar, para estar preparada para el primer amor. — Añadió Josefina, mientras Jovaka se levantaba y empezaba a caminar, mientras le decía que no sin parar.

Así las dos se dirigían de vuelta hacia la casa de Mao.

FIN

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Centésima novena historia

La falsa cita: Primera parte, centésima novena historia.

Josefina, harta del aburrimiento de su casa y de sus fastidiosos hermanos, salió de su casa hacia a la de Mao. Cuando llegó, entró por la tienda como un rayo:

— ¡Buenos días, Leonardo! — Le gritó al único empleado de Mao, quién estaba viendo videos de gatos en su móvil y no le dio tiempo a saludar a Josefina, quién ya estaba en el salón. Ni siquiera a decirle que casi nadie estaba en la casa.

— ¡Buenos días a todos! — Eso gritó a todo pulmón, pero la única persona que estaba ahí era la que menos quería ver Josefina: Jovaka.

Ésta, quién estaba jugando a un videojuego retro, detuvo el juego y la miró por unos segundos. Al ver quién es, dio un gran suspiro de fastidio y le soltó esto:

— Hola. — Eso le dijo de forma seca, antes de seguir jugando y añadir esto: — Mao y las demás están fuera, jugando al parque, creo. —

Josefina se quedó bien molesta, al ver que la única que estaba ahí era Jovaka, quién no le caía muy bien y siempre se peleaban. Ésta, que sabía muy bien lo mal que se llevaban, también estaba fastidiada por el hecho de que apareciese cuando no había nadie más que ella.

— Pues, ¡voy a esperar aquí hasta que ellas vuelvan! No tengo ganas de buscarlas. — Josefa gritó esto, antes de caer al suelo para acostarse y soltar aullidos de fastidio y de aburrimiento, durante varios minutos. También se ponía a dar vueltas y a mover sus piernas sin parar.

La presencia de Josefina y las tonterías que hacía mientras esperaba la vuelta de los demás, provocaron que Jovaka se sintiera muy incómoda jugando a aquel juego, quién se preguntaba qué debería hacer.

A medida que pasaban los minutos, el silencio que reinaba el salón se volvía tan incómodo, y Josefina se aburría tanto; que la mexicana decidió romper el hielo:

— ¡¿Qué juegas!? — Le preguntó a Jovaka.

— Un videojuego. —

La seca respuesta que le dio Jovaka, solo sirvió para que ella protestara:

— ¡Eso lo sé! ¡Se ve a simple vista! ¡Qué desagradable eres, de verdad! —

Jovaka no le respondió, intentaba estar tan absorta en el juego, ya que estaba a punto de matar al jefe de una mazmorra y no podría distraerse. Josefina, al ver que le estaba prestando más atención a eso que a ella, se acercó y empezó a zarandearla sin parar.

— ¡¿Pero, qué haces!? — Le gritaba Jovaka, al ver cómo era eliminada por el jefe por culpa de Josefina.

— ¡Hazme caso de una vez, estoy muy aburrida! — Eso le gritaba Josefa, totalmente fastidiada. Jovaka le gritó que no, que quería seguir jugando al videojuego y que le dejará tranquila.

— ¡No, es un fastidio! ¡Tú estás jugando, mientras yo me aburro! ¡Eso no es justo! ¡Para nada! —

— ¡Ahora te voy a hacer caso! ¡Te vas a arrepentir! — Y ésta gritó eso, con ganas de darle una lección

Entonces, Jovaka soltó el mando del videojuego y puso a Josefina contra al suelo, y ésta se puso sobre ella, mirándola fijamente. Por la forma en que ellas dos estaban posicionadas, la serbia tardó unos segundos en reaccionar, pensando que estoy era raro; y Josefina se preguntaba con mucho miedo qué le quería hacer a ella.

— ¡¿Q-qué me vas a hacer!? — Eso le preguntó Josefina, tras mucho silencio.

— ¡Esto! — Pero eso ayudó a Jovaka a salir de sus pensamientos y hacer ese castigo, antes de que alguien llegase y malinterpretará esa escena.

Y empezó a hacerle cosquillas a Josefina, quién se puso a reír como loca, mientras le pedía desesperadamente que parase, llegando a soltar lágrimas por las risas. Jovaka le gritaba que ese era su castigo por haber molestado con una sonrisa maléfica, mientras le toqueteaba varias partes del cuerpo de Josefa sin parar.

Y esto duró unos segundos hasta que Jovaka paró de repente. Josefina, quién suspiro de alivio, le preguntó que ocurría, sin darse cuenta de nada.

— Nada, nada. — Se levantó y se alejó de ella. — No es nada. —

Josefina tardó en darse cuenta de que se había acercado a Jovaka, e incluso la había tocado con sus propias manos; y ésta ni se inmutó, no se puso nada histérica ni nada parecido. Y la serbia, que intentaba hacer que ella seguía temiendo a las mujeres, había metido la pata y no se acordó de actuar.

— Es verdad…— Gritó, unos segundos después, al darse cuenta del hecho. — ¿¡Tú no te ponías como loca demente cuando me acercaba a ti!? —

— A-aún sigo temiendo a las mujeres. — Le replicaba nerviosamente Jovaka. — Lo de antes, lo de antes…— No pudo explicarlo y solo se quedó callada, incapaz de decir una mentira para escapar de eso.

Hubo un silencio incómodo que solo duró segundos, cuando Josefina recordó algo, que fue para ella toda una revelación.

— Entonces, es verdad…— Dijo esas palabras totalmente sorprendida.

— ¿El qué? — Y preguntó Jovaka con mucho nerviosismo.

— De que ya no tienes miedos a nosotras. — Ella apenas podría asimilarlo. — Siempre te pones mal cuando sales a la calle y te acercas a desconocidos. Pero no, cuando están las demás. La verdad es que no me lo creía, pero es verdad. —

— ¿Todo el mundo se ha dado cuenta? — Decía Jovaka avergonzada, al ver que sus intentos de parecer que seguía teniendo esa aquella fobia había fracasado. — En verdad, Alsancia y las gemelas lo saben, ¿pero todos los demás? —

— Pues sí…— Luego, intentó ocultar un hecho, pronunciando estas palabras: —Yo también sospechaba, la verdad. N-no es como que ahora me doy cuenta ni nada parecido. —

Estaba muerta de vergüenza por no haberse cuenta antes y ser la última de todos. Porque todos los demás ya lo sabían, salvo ella, a pesar de que se lo dijeron unas cuantas veces. Por eso, intentó parecer que también lo sabía.

— Se te nota en la cara, no mientas. — Le replicó Jovaka, al ver esa reacción. — Supongo que siempre era la última en darte cuenta, después de todo. — Al terminar, dio una risa burlona.

Esas últimas palabras fueron un gran golpe para Josefina, quién se sentía humillada y tonta, y se sentó bajo el kokatsu, con muy pocos ánimos.

Así es como volvió el silencio en la habitación, aunque duró nada más ni nada menos que casi cinco minutos, ya que Josefina empezó a protestar sin parar, no tenía deseos de esperar silenciosamente.

— ¡Jo, jo! ¡¿Cuándo van a venir!? ¡Esto es muy aburrido! ¡Con Jovaka, esto es muy aburrido! — Decía Josefa sin parar, mientras observaba la hora de su móvil. — ¡Vamos, es muy triste esto! ¡Esto es como estar sola, con estar hablando con la pared! —

También es que estaba protestando a propósito para hacer que Jovaka la hiciera caso y se pusiera a hablarla o a molestarla otra vez, en vez de seguir jugando con el maldito videojuego. Y Jovaka, que ya estaba poniendo una cara de puro enfado y con ganas de darle un puñetazo en la cara; intentó aguantar e ignorarla. Al final, no pudo conseguirlo y le gritó:

— ¡¿Por qué no te busca un novio, maldición!? ¡Eres una pesada! — Eso le decía furiosamente y Josefina se calló de repente, con una cara pensativa.

Jovaka, al ver que ya estaba en silencio, intentó seguir con el videojuego, pero el silencio le empezó a ser incómodo. Empezó a sentirse un poco mal por gritarla de esa manera, a pesar de que intentaba pensar que fue culpa de Josefa, que se le merecía. Al pasar casi un minuto, la miró.

— ¡No pongas esa cara, qué es la verdad! — Eso le decía, al ver su rostro, que parecía, a ojos de Jovaka, una mezcla de enfado y fastidio contra ella.

En realidad, las palabras de Jovaka hicieron pensar a Josefina, que estaba reflexionando sobre eso de tener novio. Y de repente, empezó a hablar:

— La verdad es que si que me gustaría tener un novio, pero… — Dio un suspiro, antes de tirarse al suelo y mirar al techo. Jovaka dio una pequeña exclamación de sorpresa, al ver que sus palabras dieron un efecto que no esperado. Josefina, tras esa pequeña pausa, siguió hablando:

— Pero parece bastante molesto tener uno. Quiero que me den mimos y me cuiden, me den besos y todo eso, pero no quiero tener que soportar a algún chico. —

— Como si alguien podría soportarte a ti… — Añadió burlonamente Jovaka. Le parecía irónico que Josefina, quién era la persona más insoportable que había conocido, dijera eso.

— ¡Qué mala eres! — Respondió Josefa, muy molesta, antes de tirar un cojín a Jovaka. Ésta lo esquivo y le soltó que no le tirase cosas. Ella siguió hablándole:

— En fin, lo que quiero decir es que… los chicos de mi edad son unos inmaduros y me da cosa salir con alguien mayor que yo. Y además, todos seguramente querrán hacerme “eso”, y me da miedo. —

Jovaka, al principio, se quedó preguntando qué quería decir con “eso”, luego se dio cuenta de que estaba hablando ella y decidió ignorarlo.

— Además, no me gustaría sufrir todo lo malo del amor. — Josefa seguía hablando. — ¡Ya sabes! ¡No quiero que me rompan el corazón, sufrir cuando te peleas o te engañen, o que mi novio sea megaceloso y mandón, y muchas cosas más! Cuando pienso en eso, se me quitan las ganas de tenerlo, ¡pero luego, veo a parejitas felices, y deseo tener uno! —

— ¡No seas tan impaciente! ¡Ya te llegará la hora de tener uno o, por lo menos, gustarte a alguien y sufrir de lo lindo! — Añadió indiferentemente Jovaka, mientras jugaba con el jefe final.

— ¡Es verdad, mejor debería esperar…! — Se puso a pensar y, tras varios segundos de silencio, exclamó: — ¡Tal vez, debería practicar, para poder aguantar todo ese sufrimiento cuando llegué mi primer amor! —

Y ella miró a Jovaka por un buen rato, mientras se estrujaba su cerebro. Estaba teniendo una idea que podría usar para poder pasar la tarde y a la vez prepararse para el amor. Se acercó a ella, mientras le decía esto:

— ¡Buena suerte! —

Entonces, provocando que ella perdiera la batalla, Josefina empezó a tirarla del brazo muy fuerte para levantarla: — ¡Ayúdame a practicar, ahora! —

— ¡¿Espera, qué haces!? — Le gritaba la serbia, enfadada.

— ¡Vamos, tú pareces un chico! ¡Juega videojuegos, no te gusta arreglarte, ni siquiera ir de compras! ¡Eres perfecta para simular una cita! ¡Solo es eso, una cita de mentira, una práctica! — Jovaka se preguntaba si ella había tenido un cortocircuito, porque estaba proponiendo algo absurdo.

— ¡No voy a hacer algo así, ni menos contigo! ¡Tengo que pasarme este maldito juego! — Se lo dijo bien claro.

Solo le interesaba terminar el maldito juego de una vez, que se le estaba haciendo realmente eterno. Entonces, Josefina empezó a protestar:

— ¡Entonces, déjame jugar un poco a mí! ¡O a eso o a cualquier juego, qué me aburro muchísimo! — En esas palabras Jovaka vio las verdaderas intenciones de Josefa.

— Solo quieres hacer eso, porque te aburres, ¿no? — Aunque ella no lo ocultaba.

— ¡Por supuesto! — Le gritó Josefina, mientras miraba a la consola con ganas de jugarlo.

O era hacer una cita de mentira o dejarla jugar videojuegos, Jovaka tenía solo dos opciones, y eligió la menos mala de las dos.

Una media hora después, esas dos salían de la casa, con ropa bonita cogida del armario y directas hacia al centro comercial más cercano. Jovaka dio un gran suspiro de fastidio, al ver que, al final, tenía que participar en aquella idea estúpida de Josefa. Pero, por lo menos, era mucho mejor que dejarla toquetear sus videojuegos, podría poner en peligro todas sus partidas.

Al salir del barrio, para romper el hielo, Josefina empezó a hablar, antes de reír nerviosamente: — ¡Qué suerte que había tanta ropa mía en casa de Mao!—

— Siempre dejas tus ropas allí cada dos por tres… — Jovaka le replicaba esto, mientras la observaba. La veía muy nerviosa y bastante roja, mirando por todos lados, como si tuviese miedo de algo.

Bueno, ella estaba igual, que estaba agarrando fuertemente el brazo de Josefina, con el miedo de que algún extraño, ya sea hombre o mujer, pero sobre todo lo último; se acercase a ella.

— Eso lo hacen todas. — Añadió ella, antes de decirle esto: — Aunque,… Ahora que llevo la falda, me da mucha vergüenza… —

Josefina llevaba un conjunto más lindo que pudo encontrar, una camisa negra con lunares blancos, más una falda del mismo color que le llegaba a las rodillas. Ella creía que era buena idea usarlo, hasta que salió a la calle.

También había otra razón y es que le daba mucho corte, que Jovaka le cogiera del brazo de esa manera, mientras miraba compulsivamente por todos lados, como si alguien quería matarla. Es verdad que propuso que iban a hacer una cita de mentira, pero no tenía que llegar a estos extremos, además de que ese papel lo tenía que hacer la “novia”, no el “novio”. De todas formas, le daba mucho más corte el llevar falda que eso.

— ¡¿No decías que eras la chica y por tanto querías usar falda o vestidos lindos!? Además llevas medias…— Josefa se lo puso porque no deseaba congelarse las piernas, hacia mucho frio para eso. —…nadie te va a ver las bragas. — Jovaka dio otro suspiro, ya que sabía que iba a pasar algo así.

Por su parte, ella tuvo que vestirse como un chico, según como Josefa le mandó hacer. Llevaba unos pantalones vaqueros de color negro, más una camisa azul. Además, llevaba una gorra, parecida al que usaban los niños useños durante la primera mitad del siglo veinte, para ocultar su larga melena.

— Sí, pero… — Protestó Josefa. — ¡¿Y si se levanta el viento o alguien me lo ve, mientras subo por la escaleras!? ¡No estoy acostumbrada a usarlo! —

— Podrías haberte puesto unos pantalones, entonces. — Añadió Jovaka, que no deseaba soportarla de esta manera durante toda la presunta cita.

— No, yo quería usar falda. — Ya que se lo había puesto, tenía que soportarlo. — Solo que da vergüenza. —

— Pues, ¡vaya cita tan problemática voy a tener! — Decía en voz baja Jovaka, con una cara de cansancio. Sabía que esto solo era el preludio de lo iba a pasar a continuación, mientras Josefina no seguía hablando sobre lo vergonzoso que era ir en falda por la calle.

FIN DE LA PRIMERA PARTE

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Centésima octava historia

Una noche en la piscina: Última parte, centésima octava historia.

— ¡Ah, por eso no querías meterte en la piscina! — Eso decía Sanae.

— ¡¿Por qué no nos dijiste que no sabías nadar!? — Añadió Alex.

Eso dijeron las gemelas, después de que Alsancia les explicó, utilizando el lenguaje de los signos, que ella aún no sabía nadar y que nunca se atrevió a ir a dónde no podría tocar con los pies, con mucha vergüenza. Tras decir esas palabras, las dos empezaron a pedirle perdón sin parar por animarla a tirarse al agua. La napolitana les intentaba decir que no pasaba nada, que no tuvieron culpa de nada, mientras se arrepentía muchísimo de haberles dado tal susto.

Después de todo, cuando ella se tiró a la piscina y se hundió como cemento hasta al fondo, algo que duró varios segundos, ya que estaban en la parte más profundo; las gemelas se pusieron blancas del terror y rápidamente bucearon y la sacaron de ahí, a duras penas.

— ¡¿Estás bien!? — No dejaban de gritar, totalmente aterradas. — ¡No te mueras! — Y llorando como magdalenas.

Y Alex casi le iba a hacer el boca a boca para sacarle el agua que tenía en sus pulmones, pero Alsancia estaba aún consciente y la detuvo, mientras escupía violentamente lo que se tragó, intentando hacerles gestos para decirles que ella estaba bien.

— ¡Qué susto nos ha dado! — Decían las gemelas, felices. — Pensábamos que ibas a morir… — Mientras se limpiaban las lágrimas, antes de darle un gran abrazo a Alsancia y seguir llorando a moco tendido.

Tras pedirle disculpas sin parar a Alsancia, las tres estuvieron sentadas en el suelo un buen rato, hasta que Alex se levantó de repente y dijo:

— Bueno, entonces tenemos que ir a la piscina infantil. —

— ¿Aún tienes ganas de piscina, después de lo que ha pasado? — Le replicaba su hermana, quién también se levantó del suelo.

— No es eso. — Le respondía eso, mientras se acercaba a la piscina pequeña y se metía.

Entonces, Sanae se dio cuenta de las verdaderas intenciones de su hermana y se acercó a ella, mientras le gritaba esto:

— ¡Ah, ya veo! ¡Vamos a enseñarle a nadar a Alsancia! —

Alsancia se quedó boquiabierta, cuando oyó esto. No se lo esperaba para nada. Por su parte, Alex soltó esto, como si fuera un concurso:

— ¡Exacto! ¡Has tardado un poco, pero te has dado cuenta! —

— Debe ser por el susto de antes, que me ha descoordinado un poquito. — Le replicó muy molesta su hermana Sanae, al ver que no estaba en forma.

Mientras las dos gemelas hablaban sobre cómo podrían enseñarle a Alsancia, ésta les intentaba decir algo, pero ninguna de ellas le hacían caso, estaban en su propio mundo.

— N-no hace falta… — Y cuando pudo intervenir, soltó estas palabras. No quería molestarlas con eso, ni tampoco creía que ellas supieran a enseñarle a nadar.

— ¡No te preocupes! Esto es para compensar lo que ha pasado. — Pero ya estaba decidido, le iban a enseñar sí o sí. — ¡Tienes razón, es nuestra obligación enseñarla a nadar! —

Y así es como inesperadamente empezó la primera lección para aprender a nadar de Alsancia, quién se preguntaba sí esas dos sabían enseñarlo, ya que  sospechaba que no. No estaba muy alejada de la realidad.

— Pues bueno, ya nos hemos metido en la piscina, ¿ahora qué? — Eso le soltó Sanae a Alex, después de que las tres se metieran en la piscina.

— Vamos a pensar… — Le respondió su gemela, quién no tenía ni idea de cómo hacerlo. Alsancia dio un pequeño suspiro, diciéndose que sabía que iba a ocurrir algo parecido.

— Sí, debe ser. — Tras mucho pensar, se les encendió la bombilla a la dos. — Eso tiene que ser. — Y se decían eso la una a la otra como si hablasen telepáticamente. Algo sorprendente y lindo para Alsancia, pero también casi aterrado.

A continuación, las gemelas se acercaron a Alsancia y ésta, sin darle tiempo a preguntarles qué iban a hacer, la pusieron boca arriba, con Sanae y Sanae sosteniéndola en el tronco.

— ¡No te preocupes, es solo es primer paso! —  Le decían las gemelas, mientras empezaban. — ¡Daremos una vuelta por la piscina, no te vamos a soltar!

— E-es vergonzoso. — Añadió Alsancia, algo avergonzada, ya que se estaba sintiendo como un bebé, mientras la paseaban por la piscina.

Con tranquilidad, dieron tres vueltas a la piscina. Y cuando vieron que lo hicieron las gemelas le gritaron esto a Alsancia:

— ¡Y ahora te vamos a soltar! — Le gritaron al unísono. — ¡Mueve los brazos rápidamente e intenta mantenerte flotando como un globo! —

— ¡E-esperen,…! — Alsancia les quería pedir que esperasen un momento, pero no le dio tiempo, porque le soltaron y está se hundió de nuevo.

Y lo intentaron unas cuantas veces, pero Alsancia se hundía como un bloque de cemento, a pesar de que ella empezará a mover los brazos e intentará mantener su cuerpo sobre el agua.

Después de todos esos intentos en vano, las dos gemelas empezaron a cuestionarse sobre el asunto.

— ¿Es esto normal? — Le preguntó Sanae a Alex.

— En algún momento, debe flotar. — Añadió su gemela indiferente, antes de volver a soltar a Alsancia.

— ¡E-esperen,…! — Quién deseaba decirles que quería descansar, antes de hundirse otra vez.

Tras esto, empezaron a tomar un descanso, sentándose las tres niñas en los márgenes de la piscina pequeña y mirando de vez en cuando a aquel techo cristalizado por el cual se podría ver el cielo.

— No pensaba que fuera tan difícil poder flotar, ¿cómo pudimos hacerlo nosotras? — Eso se decía Alex, para romper el silencio que dominaba el lugar desde unos cuantos minutos. Intentaba recordar cuando aprendió a nadar y a flotar, pero ningún recuerdo se le veía a la mente.

— Bueno, y lo extraño es que Alsancia es más ligera que nosotras dos. Debería aprender mucho más rápido. — Añadió Sanae, algo molesta.

Alsancia, tras oír esas palabras, se decía que también le gustaría haber aprendido rápido eso, pero que en una sola noche era imposible hacerlo. Dio un gran bostezo y se acostó en el suelo, con ganas de cerrar sus ojos. Tenía tanto sueño que podría quedarse ahí dormida en cualquier momento.

— ¡Oye, Alsancia! ¡No te duermas aquí! —

Soltó esto Alex, quién la zarandeó un poquito, al darse cuenta de que Alsancia estaba cerrando los ojos. Luego, ella soltó un bostezo.

— ¡Qué aún tenemos tiempo para practicar! — Añadió su gemela, quién también soltó un bostezo. — ¡Aún nos queda mucho! —

Entonces, al ver que las tres hicieron lo mismo, las dos empezaron a reírse un montón, mientras gritaban:

— ¡Al parecer, también tenemos mucho sueño! —

Entonces, sus risas fueron interrumpidas por una voz, que procedía del exterior del lugar en dónde estaban las piscinas. Las tres se quedaron en silencio, con los oídos bien abiertos. Estaban oyendo algo que parecía una voz humana, pero no entendían ni una palabra.

— ¡¿Qué es eso!? — Dijo Alex en voz baja, con la piel de gallina.

Y empezaron a oír pisadas que iba con la lentitud de una tortuga, mientras oía una voz ronca que no dejaba de soltar quejas y maldiciones, que cada vez se hacía más fuerte.

— ¡¿N-no será…!? — Soltó Alsancia, temblando de terror al pensar que ya le habían pillado.

— ¡¿…fantasmas!? — Añadió Sanae, dando la apariencia de terminar la frase de la napolitana y que estaba igual de aterradas que las otras dos.

Las tres se levantaron rápidamente del suelo y empezaron a ver cómo alguien estaba intentando abrir la puerta. Más bien, la cerró sin querer y empezó a forzarla, gritando todo tipo de palabrotas.

— No, es el vigilante, ¡vamos a escondernos, rápido! —

Las tres salieron corriendo rápidamente a los servicios en dónde se escondieron y empezaron a espiar tímidamente desde allí.

Al pasar unos minutos, aquella persona pudo abrir finalmente la puerta que cerró con llave sin querer. Era una señora que parecía ser muy vieja y tenía cara de amargada, con el traje de vigilante. Estaba de mal humor.

— ¡Malditos idiotas! ¡Siempre hacen lo mismo, dejando el pestillo de la puerta de la piscina abierta! ¡Y luego cuando yo intentó abrirlo, lo cierro! ¡Lo hacen a propósito! ¡Maldito trabajo de mierda! —

Entonces, después de terminar sus quejas, con la linterna que tenía ella en sus manos, empezó a observar de un lado para otro.

— Bueno, parece que no hay nada… — Eso se decía muy molesta la vigilante. — Deben ser imaginaciones mías, ya se me está yendo a la cabeza… ¡Escuchar risas de niñas por aquí, jajaja! — Al pensarlo, se le puso la piel de gallina. — ¡Qué siniestro suena eso! —

Mientras tanto, las tres chicas rezaban pacientemente para que esta mujer se fuera. Y al ver que ésta se dio la vuelta para salir del lugar, Sanae se dio cuenta de una cosa.

— ¡Oh, mierda! — Exclamó aterrada y su gemela le preguntó:

— ¡¿Qué pasa!? —

— ¡La mochila y nuestra ropa está en el suelo! — Eso les dijo, y aquellas palabras fueron escuchadas por la vieja vigilante, que gritó esto:

— ¡¿Quién es!? —

Se giró y con la linterna miraba por todos lados, pero no encontraba nada.

— ¡Otra vez! ¡Esto ya es siniestro! — Eso se decía, antes de darse cuenta de una cosa. — ¡Oh! ¿¡Qué esto!? —

— ¡Oh no, nos han pillado! ¡No tuve que decir eso! — Añadió Alex en voz baja, al creer que les habían pillado, antes de que las tres se tapasen la boca y esperaban impacientemente que un milagro las salvara.

Creían que la vieja se acercaba a los servicios y que estaban acabadas, pero esta se detuvo a los pies de la piscina mayor, observando unas cosas. Eran la mochila que trajeron y sus propias ropas. La vieja estalló en cólera.

— ¡¿Otra vez!? ¡¿Otra vez!? ¡Olvidándose cosas en la piscina! ¡Esto ya no tiene sentido! ¡¿Cómo es posible que los estúpidos niños siempre se les olvidan estas cosas y los profesores de mierda no se dan cuenta!? ¡¿Son idiotas o qué!? — Pateaba el suelo como una desquiciada y soltaba rugidos propios de una bestia. Al parecer, no le caía muy bien nadie de ese lugar.

Ella paró de expulsar su ira por un momento y empezó a inspirar e expirar para tranquilizarse. Luego, con una sonrisa malvada, empezó a decir:

— ¡Pues ya sé lo que haré! ¡Esta será mi venganza! ¡En vez de cogerlo y ponerle en el lugar de los objetos perdidos, los vendo! ¡La arpía de mi vecina estaba muy encantada con mochilita! ¡La ropa se lo regalaré a unos pringados! ¡¿Y las bragas!? ¡Se los venderé a un pervertido pedófilo de eso del internet, que le ponen la ropa interior usada! —  Puso una cara asqueada. — ¡Oh, qué asco! —

Se calló durante unos segundos, mientras recogía la ropa y la mochila que estaban en el suelo. Luego, siguió hablando:

— ¡Y cuando sus estúpidos padres vengan a mí, preguntándome si yo he encontrado, les diré encantada que no y que aprendan a sus estúpidos niños a no perder sus cosas! ¡Oh, eso sería hermoso! ¡Qué mala soy, pero que mala! — Y empezó a reír como psicópata, antes de toser violentamente.

Después de esto, salió por la puerta y la cerró con llave, dejando a las tres chicas encerradas en el lugar, quienes salieron de su escondite, estupefactas.

— ¡Oh, no! ¡Nuestra ropa! ¡La vigilante se los ha llevado!— Decía Sanae. — ¡¿Y ahora qué hacemos!? —

— Eso no es lo peor, ¡nos ha encerrado! ¡¿Y ahora cómo podemos salir de este lugar!? — Añadió Alex, mientras intentaba abrir desesperadamente la puerta. Su hermana gemela se unió y ponían todas sus fuerzas, pero parecía en vano.

Alsancia se quedó sin habla, intentando asimilar lo que les estaba pasando. Estaban encerradas en aquel lugar, en trajes de baño, y estarían aquí hasta que llegase la mañana. No sabía qué hacer, pero deseaba tranquilizarse y buscar una solución. Después de todo, ella era la adulta y la que tenía que responsabilizarse en esta situación, a pesar de haber sido arrastrada. Debía encontrar la solución para escapar de ahí y volver a casa antes del amanecer.

Pero, ¿cómo? Esa era la cuestión y Alsancia empezó a inspirar e respirar para relajarse y luego poder tranquilizar a las gemelas, que no se desistían en la idea de forzar la puerta con solo sus manos.

Al ver que no conseguía nada con eso, decidió empezar a dar vueltas por el lugar y cuando dio el primer paso, notó algo en el suelo. Más bien, lo pisó. Se agachó y lo buscó torpemente, encontrándose algo que no se esperaba para nada. Rápidamente supo lo que era, un gran golpe de suerte para ellas. Empezó a agradecerle al patrón de su cuidad de origen muy feliz, antes de acercarse a las gemelas eufóricamente.

— ¡Eh, eh! —  Les decía. — ¡L-lo tengo! — Mientras le mostraban la pequeña cosa que tenía en las manos.

— ¡Espera un momento, Alsancia! — Le replicaron las gemelas, sin ni siquiera mirarla. — ¡Estamos intentando abriendo la puerta! —

Al ver que no le hacían caso, Alsancia se preparó y para dar el chillido más fuerte que podría hacer:

— ¡El g-ganchillo! — Su gritillo, parecido a de una ardilla, consiguió que ellas dos parasen y se dirigieran a ella, preguntándole que quería decir. Entonces, lo vieron y sus caras se iluminaron de felicidad.

— ¡Estamos salvadas! — Gritaban felices, mientras le abrazaban a Alsancia. — ¡Muchas gracias, Alsancia! ¡Eres nuestra salvadora! —

— ¡B-bueno,…! — Y esto era lo único que decía ella, con la cara como un tomate.

Después de esto, Alex se puso manos a la obra y empezó a forzar la puerta, mientras su gemela le decía esto a Alsancia:

— ¡Qué alivio, de verdad! ¡Ha sido toda una suerte que lo hayas encontrado! —

— Lo que yo me pregunto es cómo esa tía loca no se ha enterado de nuestros gritos. Parece más sorda de lo que parecía. — Añadió Alex y su hermana le replicó:

— ¡No seas pájaro de mal agüero! — Empezó a pedirle perdón, antes de seguir con lo suyo y abrir la puerta. Le costó lo suyo.

Tras conseguirlo y salir del lugar, Alex decidió hablar de lo siguiente que tenían que hacer:

— Ahora tendremos que buscar a la vieja, para recuperar nuestra ropa. — Las tres se miraron, solo usaban un traje de baño. — ¡No podemos salir así, no solo nos tomaran con desvergonzadas, también nos vamos a morir de frío! — Ya estaban notándolo en el pasillo.

— ¿Y cómo lo haremos? — Preguntó Sanae. Ni ella ni Alsancia sabían cómo podrían quitárselo a la anciana. Entonces, Alex sonrió como bellaca y les dijo:

— Yo tengo un plan, ¡qué la va a morir de susto! — Y entonces se los contó.

Una media hora más tarde, delante de la entrada principal, en una especie de oficina; aquella anciana estaba escuchando a todo volumen canciones de su cantante favorito:

— ¡Dios santo, por todos los ángeles! — Eso decía con cara de enferma, mientras daba lengüetazos a la radio sin razón aparente. — ¡Cómo canta este chiquillo! ¡Oh, qué suculento! —

Mientras estaba en lo suyo, oyó un fuerte ruido que la puso en alerta, gritando esto: — ¡¿Qué ha sido eso!? —

Miró desde la ventana pero no veía nada, luego usó la linterna pero no vio nada de lo normal. Se digo que eso debía ser cosa del viento u otra cosa e iba a seguir escuchando. Entonces, oyó otro ruido, más fuerte que antes.

— ¡Esto ya es raro! — Se acojonó. — ¡¿Quién está ahí!? — Nadie le respondió.

Y entonces, a la tercera fue la vencida. Oyó otro ruido fuerte y, con porra y una pistola en mano, se dirigió corriendo hacia al lugar en dónde creía que provenía el ruido, gritando sin parar: — ¡¿Quién es!? ¡Qué se delate, que tengo armas y sé usarlas, muy bien! —

Después de mucho correr, llegó ante la puerta del lugar en dónde estaban las piscinas. Se quedó boquiabierta, porque vio que eso estaba abierta, a pesar de que ella lo cerró hace rato.

— ¡¿C-cómo es posible!? —  Decía trastornada. — ¡S-si cerré la puerta! —

Se quedó ahí parada unos cuantos minutos, incapaz de moverse. No sabía qué hacer, si entrar a comprobar si había algo dentro o salir corriendo. Su imaginación estaba muy activa y no dejaba de imaginarse a fantasmas de niñas ahogadas persiguiéndola para arrastrarla al agua y matarla.

— ¡M-maldita sea! — Al final, se pudo controlar con la razón. — ¡Llevo años aquí y nunca me está pasando nada parecido, aquí no hay muertos ni fantasmas ni nada de eso! — Y entró por la puerta.

Y mientras miraba de un lado para otro con la linterna, la puerta dio un golpe que asustó a la vieja, gritando como nunca. Chorreando sudor frío, miró por todos lados y entonces vio que la puerta se cerró.

— ¡Ah, solo ha sido la puerta! — Añadió muy aliviada, antes de dirigirse a la puerta y salir de ahí. — Esta noche está pasando cosas muy raras. —

Pero cuando intentó abrir la puerta, no pudo hacerlo. Ella, extrañada, no paraba de empujarla una y otra vez, pero algo la estaba bloqueando y no sabía el qué.

— ¡¿Qué pasa ahora!? — Gritaba aterrada. — ¡¿Por qué no se abre la puerta!? — Mientras forzaba la puerta con todas sus fuerzas.

Entonces, oyó algo que la dejó blanca del susto, que parecía ser la voz de una niña: — ¡Ajajajaja, toma esa, señora! —

La vieja se quedó paralizada a lo primero, antes de gritar como desquiciada, con unos grandes gritos que se podrían incluso oír desde afuera del edificio. No dejaba de soltar que aquel lugar estaba maldecido, había fantasmas y le querían matar, mientras golpeaba la puerta como loca. Tras un minuto así, calló de repente, como si alguien le hubiese quitado la vida de repente.

Desde el otro lado, aquello que había pronunciado esas palabras añadió al ver su reacción en voz baja, algo asustada: — ¡No es para tanto! —

Era Alex, quién vio que su plan de alejar a la vieja de su lugar de trabajo, en dónde era seguro que guardo las cosas que le quitaron, asustándola, marchó demasiado bien. Con el miedo de haberle producido un infarto o algo peor, decidió quitar la escoba que encontró en los servicios y que usó para taponar la puerta. Abrió la puerta con cautela y la observó detenidamente. Parecía estar muerta.

— ¡No puede ser! — Se decía trastornada. — ¡No es para tanto! —

Luego, decidió acercarse a ella y comprobó su pulso. Cuando vio que seguía viva, soltó un gran suspiro de alivio. Solo estaba desmayada.

— ¡Perdón, perdón! ¡No era mi intención! ¡Es más, es su culpa! — Eso le decía, exculpándose, mientras la registraba. No se sentía muy mal, ya que no la había matado y esa vieja iba a vender sus cosas.

— Me llevo sus llaves, y tiro esas cosas a la piscina. — Añadió, cuando terminó y cogía sus cosas. La pistola y la porra, las tiró al agua y se fue.

Al salir, se encontró con su gemela Sanae y con Alsancia, que llegaron corriendo hacia al lugar.

— ¡¿Ha pasado algo!? — Estaban muy asustadas. — ¡Esos gritos fueron enormes! —

— ¡No pasa nada, nada de nada! — Alex rió como si no fuera nada y cambió de tema: — ¡¿Habéis recuperado nuestras cosas!? —

Las dos se las mostró y pudieron respirar tranquilas, al final la cosa salió mejor de lo que esperaba. Rápidamente, se pusieron las ropas y salieron de ahí con total tranquilidad y normalidad, por la puerta principal.

— Bueno, al final salió todo bien. Somos espías de primeras. — Decía Sanae. — Aunque no hayamos conseguido que Alsancia haya aprendido a flotar. — Mientras volvían con paso ligero a la casa de Mao.

— ¡Volveremos la próxima vez! — Añadió Alex, riendo como si nada.

Entonces, Alsancia pronunció estas palabras que la sorprendieron: — N-no habrá próxima vez. —

No se esperaban aquel tono de enfado y miraron hacia ella, dándose cuenta de que estaba poniendo una cara que jamás habían visto. Sus cejas estaban enfurruñadas, su mirada daba un poco de miedo y estaba inflando sus mofletes.

— ¡¿Por qué estás enfadada!? — Preguntaron conmocionadas, incapaces de darse cuenta de que fueron sus propias acciones que la pusieron así.

Utilizando el lenguaje de los signos, con una cara adorable pero de puro enfado, les regañó, diciéndoles que no deberían hacerlo nunca más, que casi iban a pasarles muchas cosas malas por culpa de colarse en la piscina.

Las dos gemelas intentaron decirle algo para tranquilizarla, pero ella se los negó a escucharlas. Sabía que ellas no lo hacían con mala intención y que le ayudaron a aprender a nadar, y que tenía mucha culpa por dejarse llevar pero que no se debían hacer estas cosas, las cuales casi iban a provocarles más de un problemas a todos. Aunque, en el fondo, le gustó la aventura. De todas formas, ella era adulta y tenía que comportarse como tal, con un enfado razonable por sus travesuras.

FIN

Estándar
Centésima octava historia

Una noche en la piscina: Primera parte, centésima octava historia.

Un día de finales de Marzo, en pleno mediodía; Alsancia y Mao volvían de la revisión médica que tuvo la napolitana y que duró más de dos horas y media. Y cuando él, quién no dejaba de protestar lo caro y fastidioso que se había vuelto la sanidad, iba a abrir la puerta; salieron tres personas de golpe que le dieron un buen susto a aquellos dos.

— ¡Bienvenidas de vuelta, Jefa, Alsancia! — Aunque su propósito eran darles un gran saludo. Eran Alex y Sanae, más Diana que lo gritaron al unísono, aunque la hija de Clementina destrozó la coordinación.

— Oye, Diana, ha salido fatal.  — Le soltó bien molesta Sanae. — Eso, deberías haber dicho “Alsancia”, no “Alsa”. — Y añadió esto Alex, que también sentía lo mismo que su gemela.

— Así la llamo yo. — Protestó la pequeña, inflando su pecho de orgullo. Era tradición en ella llamar a casi todo el mundo con diminutivos.

Estuvieron toda la mañana enseñándole a Diana cómo coordinarse con ellas perfectamente porque se los pidió, pero ella nunca lo hacía bien.

— Pero el chiste es que debes decir lo mismo que nosotras. — Le replicó enérgicamente Alex.

— Y no solo eso, tienes que decirlo al mismo tiempo. — Y añadió Sanae.

Diana, quién creía que parecía fácil al principio, protestó de frustración a las gemelas:

— E-es difícil, ¿cómo pueden hacelo? — Ahora que sabía que lo difícil que era, no entendía cómo ellas podrían hacer tal cosa a la perfección.

— Eso es…— Gritaron al unísono, mientras ponían hacían posturas extrañas. — ¡Porque somos gemelas! —

Con esa simple explicación, Diana se conformó y empezó a aplaudir como si estuviera en un espectáculo del circo, mientras les gritaba bravo sin parar. Las gemelas se ponían coloradas y les decía que no era tan impresionante, entre risas nerviosas. Entonces, Mao intervino, haciéndoles recordar a esas tres que él y Alsancia aún seguían ahí:

— Ni siquiera las gemelas normales pueden hacer eso. — Les replicó, con un suspiro de alivio, al ver que esas dos estaban de buen humor.

Había pasado una semana y media desde que se quedaron a vivir en la casa de Mao, después de que ocurrieran unos acontecimientos desagradables con su padre y decidieran estar bajo la protección de éste. Durante todo aquel tiempo, él no apareció y las cosas estaban tranquilitas, y ellas no dejaban de estarse quietas. Esperaba que esta tranquilidad durase mucho tiempo. Tras pensar un poco sobre esto, volvió a la realidad rápidamente y les siguió hablando:

— Por cierto, ya sé que han venido a saludarnos y todo eso, pero… — Dio una pequeña pausa, antes de continuar. — ¿Pero podrían dejarnos pasar al salón? ¡Qué quiero tumbarme de una vez! —

— ¡Qué vaga eres, jefa! — Y al unísono les gritaba las gemelas, entre risas.

— ¡Vaga, vaga! — Y se le unió Diana, antes de salir las tres corriendo como locas hacia al salón.

Alsancia y Mao siguieron paradas ahí unos segundos más, los dos se habían quedado pensativos. La napolitana se quedó pensando en lo divertido que sería tener una hermana en el pasado, ya que ella siempre fue hija única; y en lo enérgicas que siempre eran esas dos.

Entonces, dio una pequeña sonrisa de alegría, al ver que ella estaba en un lugar bastante animado y llena de chicas a las cuales cuidar como si fuera sus hermanitas. Aunque, al pensarlo, a quién la cuidaban como la persona más pequeña del lugar, obviando a Diana; era a ella y se sintió algo triste. Desearía ser la confiable y amable hermana mayor para todos, después de todo, ya tenía más de veinte años, aunque parezca una niña de doce. Y estas palabras terminaron con esos pensamientos:

— ¿Oye, tan vaga soy? — Le preguntó Mao, algo dubitativo. Éste, por el contrario, se preguntaba si tan perezoso era como decía todo el mundo.

Alsancia sintió que acabó metida en un aprieto al tener que responder esa preguntar, no sabía qué hacer. Como Mao parecía tener cara preocupada, ella no se atrevía a decirle la verdad, aunque tampoco le deseaba mentirle. Pero igualmente también sabía que no podría callarse, tenía que decir algo.

— Esa cara lo dice todo, ¡no te preocupes! — Eso le dijo Mao al ver su reacción y se puso a reír. Luego, añadió, mientras iba al salón, después de saludar y hablar un poco con Leonardo: — ¡A vaguear! —

Alsancia dio un gran suspiro de alivio al ver que no había pasado nada y que Mao se lo podría tomar bien, y se sintió algo molesta por ponerse así.

Antes de ir al salón, fue a la cocina por agua, ya que tenía la garganta muy seca. Cuando iba a tragárselo, recordó las palabras del médico:

— Deberías fortalecer tu cuerpo, es muy débil. Sé que hay varios deportes en dónde no es recomendable meterte, pero creo que la natación sería muy una opción muy buena. —

Se quedó pensando sobre eso durante unos cuantos segundos, sin dejar el vaso en la mesa. Deseaba hacer su cuerpo más fuerte, pero rechazaba la idea de nadar, poniendo un montón de escusas como que será muy cara y no se podrían permitírselos, que no era época para bañarse y que debía haber otras formas. Tras quitarse esos pensamientos de la cabeza, volvió al salón.

Y se encontró a las gemelas quejándose y diciéndole esto a Mao, mientras no paraba de zarandearlo:

— ¡Nosotras también queremos meternos en natación! ¡Vamos! —

— ¡¿Pero qué dicen!? ¡Ni siquiera ella quiere meterse ahí! — Y esto les replicaba Mao, antes de que todo el mundo del salón se diera cuenta de que Alsancia había entrado. Esas rápidamente se acercaron y le cogieron de la mano a la napolitana, llenas de emoción:

— ¡Hey, Alsancia! ¡Mentémonos juntas en natación! ¡Seguro que va a ser muy divertidos! —

Cuando Clementina le preguntó cómo le fue la cita a Alsancia y éste se lo explicó y mencionó que el médico le recomendó a hacer natación, Alex y Sanae gritaron de alegría y le pedían que le dejaran entrar, ignorando el hecho de que la misma napolitana no quería.

Las gemelas no dejaban de decirle al unísono que se uniera a la natación con ellas y convencer a Mao de pagarlo. Alsancia no sabía cómo reaccionar, ya que no quería desilusionar aquellas caras llenas de ilusión y felicidad.

— ¡Déjenla en paz! Al volver a casa le pregunté sobre eso y ella decía que no quería. — Entonces, Mao tuvo que intervenir.

Y ellas, dirigiéndose hacia a Alsancia, le soltaron esto:

— ¿¡Por qué!? ¡¿No es bueno para tu cuerpo!? —

Alsancia no supo cómo contestarles, y Mao les aclaró una cosa:

— Y aunque quisiera, ustedes esperen al verano, porque no pienso pagar tres personas para natación. —

— ¡Eso no es justo! — Protestaron al unísono. — ¡¿No hay sitios en dónde se puede nadar gratis, sin que pagues?! — Eso hizo a reír a Mao como un loco.

— ¡Qué gran chiste! — Eso dijo Mao, cuando paró de reír. — Bueno, si quieren bañarse, ahí afueran tenéis ríos y fuentes; pero en esta época del año no es nada recomendable. —

— ¿¡Y las climatizadas!? — Las gemelas preguntaron.

— Esas siempre tienes que pagar. — Pero fue en vano.

Exclamaron muy molestas que era un rollo y se sentaron en el suelo, algo desanimadas. Mao les decía que no hicieran mucho drama con eso, que ya se iban a bañar cuando llegará el verano; Clementina y Diana, quién no le prestó mucha atención a eso de hacer natación, y les estaba dando palmadas en las espaldas para animarlas; dijeron la misma opinión. Alsancia se sintió un poco mal con ellas, porque se les notaba que estaban muy entusiasmadas con eso. Rápidamente, se olvidaron del asunto y siguieron enseñando a la más pequeña de la casa cómo poder hablar al unísono, aunque casi no había resultados positivos.

Y el resto del día todo fue tranquilidad y normalidad, hasta que, al caer la noche y con casi todo el mundo durmiendo, dos sombras entraron con mucho sigilo en la habitación de Mao, en el cuál estaban durmiendo él, Jovaka y Alsancia. Con cuidado, se acercaron mucho a esta última con la intención de despertarla. Se pusieron sobre ella y empezaron a zarandearla.

— ¡Vamos, despierta! — Le decían las dos en voz baja. — ¡Levántate, por favor! — Mientras no dejaban de moverla sin parar.

Alsancia gruñía lindamente, como si fuera un hámster, mientras sentía como le estaban obligando a despertarse en contra de su voluntad. Al final,  tras intentar resistir en vano esas provocaciones, empezó a abrir sus ojitos poquito a poco, mientras no paraba de escuchar voces que le llamaban.

— ¡Ya está abriendo los ojos! — Eso dijo una.

— ¡Por fin, ha sido difícil despertarte! — Y añadió la otra, protestando.

Al principio, era borroso pero rápidamente pudo distinguir la escena, con la luz de afuera de la habitación como fondo, vio a las dos personas que le había despertado y dijo sus nombres:

— ¿A-alex y S-sanae…? —

A continuación, se levantó del futón en dónde estaba durmiendo, mientras daba varios bostezos y se frotaba los ojos de forma adorable. Las gemelas no esperando a que ella preguntara qué les pasaba. Las dos les cogieron la mano a la napolitana y se la llevaron a la cocina:

— ¡Tenemos que hacerte una propuesta! — Eso le decían en voz baja, mientras la arrastraban hacia allí.

Cuando llegaron a la cocina, Alsancia se atrevió a preguntar, algo intrigada: — ¿Q-qué o-ocurre? —

— ¡¿El médico te dijo que nadar era muy bueno para ti, no!? — Dijo Alex, dejando a Alsancia preguntándose qué tenía eso que ver con ahora.

— ¡Pues entonces, nos vas a acompañar a la piscina! — Y Sanae le aclaró todas las dudas.

— ¿Q-qué? — Y se quedó muy pillada, y aún más cuando le explicaron mejor la situación:

— Es de noche y ahí uno casi al lado. Si nos colamos, no pasa nada, nadie nos verá.  Y pasaremos un buen rato. —

Sinceramente, lo que proponían ellas era una completa locura para Alsancia e intentó convencerlas para que no lo hicieran.

— N-no pode…— Y se los iba a explicar, aunque ellas le interrumpieron.

— ¡No te preocupes, será divertido! — Le decían alegremente, con sonrisas traviesas. — ¡Y emocionante! —

En realidad, estaban muy emocionadas por entrar sin permiso en un lugar de noche, querían hacerlo y deseaba arrastrar a Alsancia, quién intentó resistirse a ellas. Fue en vano.

— ¡No te pongas así, Alsancia! — Decía Alex, totalmente feliz, antes de que su gemela añadió esto: — ¡Ya verás, cómo será una gran aventura! —

Eso le dijeron las dos chicas mientras caminaban tranquilamente por las calles de la cuidad en plena noche, después de verla suspirar fuertemente. Alsancia no se podría creer que ellas consiguieran convencerla. Ella era una adulta y tenía que haberles quitado de la cabeza esa idea estúpida, pero al final se unió, después de mucha insistencia por parte de las gemelas, que incluso le pusieron miradas de cachorros para doblegarla. Mentalmente le pedía perdón sin parar a Mao y a Clementina, mientras en lo más hondo de su ser sentía algo de emoción por hacer tal travesura.

A continuación, mientras Alex y Sanae decían a gritos todo lo que querían hacer, Alsancia observaba todo lo que le rodeaba. Estaban caminando con una calle en el cual apenas había nadie y lo único que las iluminaba eran las farolas. A pesar del temor que la sensación de oscuridad y soledad daban, estas mismas le hacían sentir a la napolitana mucha tranquilidad y paz, más otras sensaciones que no podría explicar. Era la primera vez que empezó a observar en profundidad la noche. Ella se preguntaba qué hacían las pocas personas que veían por la vía y las que estaban despiertas, detrás de las ventanas de las casas en dónde las luces no se habían apagado. Intentó imaginarlo, pero no se le ocurría gran cosa. De todas formas, con una sonrisa en la cara, creyó que no sería tan malo hacer esto, después de todo.

— ¡Aquí es! — Eso gritaron esas dos, cuando llegaron al lugar en dónde se iban a colar. — ¡Ya hemos llegado! — Luego, al ver que lo dijeron muy alto, hicieron un gesto de silencio la una a la otra.

Mientras tanto, Alsancia se quedó mirando al lugar, era un enorme edificio de tres plantas con forma rectangular y totalmente blanca, rodeada por un pequeño muro. Como estaban en la puerta principal, ella se acercó y miró en una placa en dónde decía que era una escuela de natación. Empezó a preguntarse de nuevo si estaba bien entrar ahí, sin el permiso de los dueños. Entonces, interrumpió sus pensamientos, al escuchar a las gemelas:

— Pues bueno, Alex… ¿tienes algún plan para entrar? — Le preguntó Sanae.

— Déjame que piense. — Y ésta se quedó pensándolo por varios segundos. — ¡Vamos a rodearlo primero, a ver que encontramos! —

Añadió despreocupadamente y su hermana le siguió la corriente. Alsancia dio un suspiro de fastidio, al ver que ellas ni siquiera planificaron cómo iban a colarse en el edificio; con ganas de decirles que se olvidarán de eso y volvieran a casa cuanto antes. Así las tres niñas empezaron a dar una vuelta alrededor del edificio.

Alsancia se quedó muy sorprendida con las gemelas, mientras buscaba una vía de acceso hacia al interior del edificio. Observaban cada parte del muro con mucha atención, y proponían y descartaban seriamente lo que se les ocurrían entre ellas, como si fueran dos generales de un ejército que estaban buscando la manera de romper y entrar en una fortaleza enemiga.

Tras darle la vuelta por todo el edificio dos veces, se pusieron delante de la puerta trasera. Alsancia, al ver que no llegaban a nada, utilizó el lenguaje de los signos para decirles que lo dejaran de una vez y volver a casa.

— ¡No te preocupes, ya tenemos una manera de entrar! — Le dijo Alex, con mucha seguridad. Alsancia se quedó preguntándose qué era.

— ¡No queríamos usarlo, porque se vería muy sospechoso! — Añadió Sanae, quién sacó de una mochila que llevaba una cosa, gritando esto: — ¡tachan! —

Y sacó de ahí un ganchillo para él, dejando a Alsancia boquiabierta, ¿cómo podrían entrar al lugar con algo así? No lo podría entender, hasta que se dio cuenta de cómo Alex se acercó a la puerta y empezó a forzar la cerradura.

— ¡Alsancia, vigila y cubre a Alex, que si nos pilla un adulto pueden creer que somos ladronas o algo así! — Le gritó Sanae y la napolitana la hizo caso, así sin más.

Temblando como un flan y boquiabierta, se preguntaba una y otra vez cómo había acabado en esta situación, mientras le pedía desesperadamente a Alex que abriera la puerta de una vez o que dejará de hacer eso. También, se cuestionaba cómo sabía ella hacer tal cosa. Al final, lo abrieron.

— ¡Lo has conseguido! — Gritó en voz baja Sanae, totalmente feliz.

— Ese tutorial del youtube si que sirvió para algo. — Añadió triunfante su gemela, antes de abrirles la puerta y decirles que entrarán rápido.

Las gemelas entraron como Pedro por su casa y empezaron a correr y a gritar por el patio mientras lo observaban.

— ¡Whoa, tienen una piscina al fondo! — Soltó Sanae, mirando al fondo y viendo una enorme e impresionante piscina.

— ¡Es verdad! — Le replicó su hermana. — Pero tenemos que ir a la climatizada. —

Mientras Alsancia, aterrada por las consecuencias de haber entrado sin permiso en un lugar así, les pedía esto para no ser descubiertas:

— N-no griten. —

Cuando escucharon aquellas débiles palabras de su compañera, ellas se callaron, lanzándose mutuamente un gesto de silencio, recordando que no debían hacer ruido. Y empezaron a andar con sigilo hacia al edificio. Las tres pudieron entrar fácilmente en el interior, porque no estaba cerrada.

— Da un poco de miedo, ¿eh? — Añadió Sanae, después de tragar saliva, mientras estaban caminando por los pasillos. La pobre estaba algo aterrada, al igual que Alsancia, quién temía desesperantemente ser pilladas por algún adulto.

Alex, al escuchar el comentario de su gemela y ver cómo estaban esas dos, decidió relajarlas, diciéndoles esto más una sonrisa triunfante:

— No te preocupes, yo os protegeré a las dos. —

Sanae añadió que eso quedó muy genial y Alex empezó a reír tontamente, mientras Alsancia se puso algo tristona, porque ella era la adulta de las tres y la responsable, y debía darle mucha vergüenza que una menor le dijera eso.

A continuación, con paso cauto y silencioso, avanzaron lentamente por los pasillos del edificio. Miraban y comprobaban cada centímetro que veían en busca de cualquier movimiento sospechoso, antes de seguir caminando. A veces, cuando oían algún ruido, se escondían rápidamente y, al ver que no habían sido pilladas, seguían con la marcha. Comprobaban casi todas las puertas, cogiendo el pomo e intentar entrar. Algunas estaban abiertas, pero no había nada que les interesó; y otras estaban cerradas, y deseaban abrirlas, pero no se atrevían a forzar la cerradura.

Y después de subir pisos y dar vueltas tontamente, llegaron al centro del edificio y se encontraron con lo que estaban buscando, después de abrir la puerta. Era dos enormes piscinas, una que parecía para niños y otra para adultos, bajo un techo cristalizado, con la luna siendo reflejada en el agua.

— ¡Lo hemos conseguido! ¡Una piscina climatizada, para nosotras solas y lo mejor de todo, gratis! — Eso gritaron felizmente, mientras empezaban a quitarse la ropa.

— ¡N-no griten! — Eso añadió débilmente Alsancia, mientras se quedaba sorprendida al ver que las gemelas ya llevaban el bañador puesto. Las dos usaban el mismo bikini, que era de color azul oscuro y lleno de dibujos de flores.

— ¡Perdón, perdón, Alsancia! — Eso le dijeron las gemelas, entre risas nerviosas.

Ésta dio un pequeño suspiro, mientras se sentaba en el suelo. Por lo menos, ya que habían llegado hasta aquí, tal vez lo mejor era dejar que las gemelas estuvieran disfrutando un rato en el agua, mientras ella las vigilaría, como pena por haber dejado ser arrastrada por ellas y por permitir que cometieran esta locura. Esperaba también que nadie se diese cuenta de sus presencias.

Por otra parte, las gemelas, quienes empezaron a estirarse un poco antes de meterse en el agua, no iban a dejar que Alsancia solo estuviese sentada, no estaba parte de su plan. Se acercaron a la mochila que tiraron al suelo y empezaron a buscar algo. La napolitana, al verlas, sintió la curiosidad y las observó. Entonces, vio como sacaron un bañador de ahí, era de una sola pieza con el color blanco.

— ¡Aquí tienes tu bañador, Alsancia! — Le dijo Alex mientras se lo mostraba a la napolitana.

— ¡Ese te queda muy bien! ¡Vamos, póntelo! — Y añadió Sanae, mientras se lo daban.

— L-lo siento, n-no me… — Soltó avergonzadamente Alsancia, quería agradecerles ese gesto, pero no deseaba meterse en el agua realmente.

— ¡Vamos, mujer! ¡El médico te lo dijo, que tú necesitabas hacer natación para fortalecer tu cuerpo! — Y estas dos, sin pedirle permiso, empezó a desnudar a Alsancia.

— Pero n-no quiero…— Les decías débilmente la napolitana, incapaz de poder resistirse. Le quitaron hasta las bragas sin que ella pudiera hacer nada y la vistieron con el bañador.

— ¡Mira, qué linda estás! — Soltó Sanae, cuando vieron como le quedó el traje de baño. Añadió Alex: — ¡A ella siempre le queda todo muy bien! —

A pesar de que le quedaba un poco grande para su gusto, Alsancia se puso realmente muy roja por lo que le estaban diciendo, aún cuando sentía que la estuvieron tratando como una niña y no como una adulta.

— ¡B-bueno, y-yo…! — Intentó decirles que no era para tanto, que ella no siempre le quedaban bien las cosas; pero las gemelas la interrumpieron, gritándole esto:

— ¡Vamos, Alsancia! ¡No te quedes ahí! — Gritaron al unísono las dos gemelas, antes de tirarse al agua.

Alsancia se quedó paralizada, mientras veía como las gemelas le pedían sin parar que se lanzará al agua. No se atrevía tirarse, no quería hacerlo. Había una buena razón para esto, pero no deseaba decirlo, ya que era vergonzoso para ella. Se maldijo sin parar por no tener la valentía suficiente y empezó a pensar seriamente en saltar al agua, no paraba de soltarse excusas, para no imaginar lo que le iba a pasar si saltaba.

Tras mucho pensar y llenarse de coraje, rezó sin parar para que hubiera un milagro, antes de tirarse al agua. Miró hacia la piscina con mucho miedo y tras tragarse saliva, corrió hacia ella y se tiró, después de decir esto:

— ¡V-vamos allá! —

Las gemelas, quienes no pararon de animarla para que se tirase a la piscina, vieron como ella, tras caer débilmente contra la superficie del agua, se hundió al fondo como si fuera una piedra.

FIN DE LA PRIMERA PARTE

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