Centésima octava historia

Una noche en la piscina: Primera parte, centésima octava historia.

Un día de finales de Marzo, Alsancia estaba volviendo de la revisión médica, acompañada de Mao. Era mediodía y estaban agotados, después de estar en el médico más de dos horas y media. Durante el trayecto, su acompañante no paró de protestar por lo caro y fastidioso que se había vuelto la sanidad.

Al llegar ante la casa, cuando Mao estaba a punto de tocar el pomo, la puerta se abrió de golpe, dándoles un susto de muerte. Alsancia dio un grito ahogado y el chino cayó al suelo, evitando así una colisión. De ahí, salieron tres chicas, que gritaron con gran entusiasmo esto:

— ¡Bienvenidas de vuelta, Jefa, Alsancia! —

Eran Alex, Sanae y Diana, que intentaron darle un animoso saludo al unísono. Pero no salió como las gemelas querían.

— Oye, Diana, ha salido fatal tu parte. — Sanae se veía algo molesta. Lo mismo se podría decir de su gemela Alex. — Eso, deberías haber dicho “Alsancia”, no “Alsa”. —

Aparte de comerse el nombre de Alsancia, la hija de Diana tardó varios segundos, destrozando la coordinación. La pequeña protestó:

— Así la llamo yo. — Infló su pecho de orgullo. Era tradición en ella llamar a casi todo el mundo con diminutivos. Las gemelas dieron un sonoro suspiro.

— Pero el chiste es que debes decir lo mismo que nosotras. — Le replicó enérgicamente Alex. — Y no sólo eso, tienes que decirlo al mismo tiempo. — Y añadió Sanae.

Estuvieron toda la mañana enseñándole a Diana como coordinarse con ellas perfectamente. Ella mismo se los pidió, le parecía divertido hablar conjuntamente con otra persona. Ahora se estaba arrepintiendo, nunca lo hacía bien y parecía una cosa casi imposible. Frustrada, les preguntó esto: — E-es difícil, ¿cómo pueden hacelo? —

— Eso es…— Gritaron al unísono, mientras hacían posturas muy extrañas. — ¡Porque somos gemelas! —

Con esa simple explicación, Diana se conformó y empezó a aplaudir como si estuviera en un espectáculo del circo, mientras les gritaba bravo sin parar. Las gemelas se pusieron coloradas y les decía que no era tan impresionante, entre risas nerviosas. Entonces, Mao intervino, haciéndoles recordar a esas tres que él y Alsancia aún seguían ahí:

— Ni siquiera las gemelas normales pueden hacer eso. — Les replicó, con un suspiro de alivio, al ver que esas dos estaban de buen humor.

Había pasado una semana y media desde que se quedaron a vivir en la casa de Mao, después de que ocurrieran unos acontecimientos desagradables con su padre y decidieran estar bajo la protección de éste. Durante todo aquel tiempo, él no apareció y las cosas estaban tranquilitas, y ellas no dejaban de estarse quietas. Esperaba que esta tranquilidad durase mucho tiempo. Tras pensar un poco sobre esto, volvió a la realidad rápidamente y les siguió hablando:

— Por cierto, ya sé que han venido a saludarnos y todo eso, pero… — Dio una pequeña pausa, antes de continuar. — ¿Pero podrían dejarnos pasar al salón? ¡Qué quiero tumbarme de una vez! —

— ¡Qué vaga eres, jefa! — Y al unísono les gritaba las gemelas, entre risas.

— ¡Vaga, vaga! — Y se le unió Diana, antes de salir las tres corriendo como locas hacia al salón.

Alsancia y Mao siguieron paradas ahí unos segundos más, los dos se habían quedado pensativos. La napolitana se quedó pensando en lo divertido que hubiera sido haber tenido una hermana, ser hija único podría ser muy aburrido. Pero, entonces, se dio cuenta de algo. Ya no estaba viviendo con su padres, estaba en un lugar llenas de chicas más pequeñas que ella y que necesitaban un guía por la vida. En otras palabras, una hermana. Estaba rodeada de hermanitas a la que tenía que cuidar y proteger. En su imaginación, se estaba viendo como una hermana mayor confiable y amable. Con una gran sonrisa en su boca, avanzó hacia al salón, diciéndose estas palabras:

¡Tengo que verme confiable, tengo que mostrarme como la adulta que soy!

Entonces, tropezó al subir el peldaño que separaba la tienda del pasillo que conducía al resto de la casa y estuvo a punto de caer de bruces al suelo, pero Mao la sujetó y le preguntó si estaba bien. Ella tardó en contestarle.

Aquella caída la trajo a la realidad, le hizo recordar que todo el mundo la trataban y la protegían como si fuera ella la más pequeña de la casa. Eso le provocó cierto bajón.

— ¿Oye, tan vaga soy? — A continuación, Mao le preguntó esto, algo dubitativo, e incluso parecía estar algo preocupado. Él también estuvo en su mundo, preguntándose si era tan vago como decía el resto.

Alsancia no supo con que responder, se sintió atrapada en un aprieto. Mao se dio cuenta de esto y añadió: — Esa cara lo dice todo, ¡no te preocupes! — Se lo tomó muy bien. Es más, después de saludar y hablar un poco con Leonardo, gritó con gran animo: — ¡A vaguear! —

Alsancia cruzó el pasillo, dirigiéndose hacia la cocina para beber agua, ya que su garganta estaba seca, mientras escuchaba como las gemelas molestaban a Mao para que jugará con ellas. Se les escuchaban tan enérgicas que Alsancia tuvo envidia de ellas, deseando tener la mitad de su energía para aguantar el día. Tras calmar su sed, recordó las palabras del médico.

— Deberías fortalecer tu cuerpo, es muy débil. Sé que hay varios deportes en dónde no es recomendable meterte, pero creo que la natación sería muy una opción muy buena. —

Se quedó pensando sobre eso durante unos cuantos segundos, sin dejar el vaso en la mesa. Deseaba hacer su cuerpo más fuerte, pero su mente rechazaba la idea de nadar, se decía a sí misma que era muy cara y que no se lo podrían permitir, también de que no era la mejor época para bañarse o de que el cloro podría afectarla. Tras quitarse esos pensamientos de la cabeza, volvió al salón.

Y se encontró a las gemelas quejándose y diciéndole esto a Mao, mientras no paraba de zarandearlo:

— ¡Nosotras también queremos meternos en natación! ¡Vamos! —

— ¡¿Pero qué dicen!? ¡Ni siquiera ella quiere meterse ahí! — Les replicaba Mao.

Cuando Clementina le preguntó cómo le fue la cita a Alsancia, Mao le contó que el médico le recomendó a la napolitana a hacer natación. Al escuchar eso, gritaron de alegría y le pidieron a Mao unirse con Alsancia a nadar. Lo que les motivaba no era el deporte en sí, sino el hecho de ir a la piscina y jugar en ella.

Al notar la presencia de Alsancia, las gemelas se le acercaron a toda velocidad, le cogieron las manos y llenas de una emoción desbordaba. Gritaron al unísono:

— ¡Alsancia! ¡Vamos las tres juntas a natación! ¡Seguro que va a ser muy divertido! —

Alsancia no sabía cómo reaccionar, no quería arruinar aquellas caras llenas de ilusión y felicidad por el hecho de que no quería entrar en natación. No entendía de donde había salido ese entusiasmo de repente.

— ¡Déjenla en paz! Al volver a casa le pregunté sobre eso y ella decía que no quería. — Mao intervino, salvando a Alsancia de arruinarle el momento a las gemelas. Éstas siguieron presionándola: — ¿¡Por qué!? ¡¿No es bueno para tu cuerpo!? —

Alsancia no fue capaz de reaccionar, y Mao les aclaró una cosa:

— Y aunque quisiera, ustedes esperen al verano, porque no pienso pagar tres personas para natación. —

— ¡Eso no es justo! — Protestaron al unísono. — ¡¿No hay sitios en dónde se puede nadar gratis, sin que pagues?! — Eso hizo a reír a Mao como un loco.

— ¡Qué gran chiste! — Eso dijo Mao cuando paró de reír. — Bueno, si quieren bañarse, ahí afueran tenéis ríos y fuentes; pero en esta época del año no es nada recomendable. —

— ¿¡Y las climatizadas!? — Las gemelas preguntaron.

— Esas siempre tienes que pagar. — Pero fue en vano.

Exclamaron muy molestas que era un rollo y se sentaron en el suelo, algo desanimadas. Mao les decía que no hicieran mucho drama con eso, que ya se iban a bañar cuando llegará el verano. Clementina les dio unas palmaditas de ánimo en sus espaldas, mientras les decía lo mismo que él, pero más suavizado. Diana imitó a su madre, extrañamente no estaba interesado en natación, le daba mucho igual. Alsancia se sintió un poco mal con ellas, no les gustó cortar en seco el entusiasmo que mostraron. Al momento, se olvidaron del asunto y siguieron enseñando a la más pequeña de la casa cómo poder hablar al unísono, aunque casi no había resultados positivos.

Y el resto del día todo fue tranquilidad y normalidad hasta que llegó la noche. Cuando no había más que silencio y oscuridad en la casa, dos sombras entraron con mucho sigilo en la habitación de Mao. El chino dormía como un lirón, rodeado de Jovaka y Alsancia. Con cuidado, se acercaron mucho a esta última con la intención de despertarla. Se pusieron sobre ella y empezaron a zarandearla.

— ¡Vamos, despierta! — Le decían las dos en voz baja. — ¡Levántate, por favor! — Mientras no dejaban de moverla sin parar.

Alsancia gruñía lindamente, como si fuera un hámster, mientras sentía como le estaban obligando a despertarse en contra de su voluntad. Al final, tras intentar resistir en vano esas provocaciones, empezó a abrir sus ojitos poquito a poco, mientras no paraba de escuchar voces que le llamaban.

— ¡Ya está abriendo los ojos! — Eso dijo una.

— ¡Por fin, ha sido difícil despertarte! — Y añadió la otra, protestando.

Al principio, era borroso, pero rápidamente pudo distinguir la escena. Con la luz que provenía afuera de la habitación como fondo, vio a las dos personas que le habían despertado y dijo sus nombres:

— ¿A-alex y S-sanae…? —

A continuación, se levantó del futón en dónde estaba durmiendo, mientras daba varios bostezos y se frotaba los ojos de forma adorable. Las gemelas no esperando a que ella preguntara qué les pasaba. Las dos cogieron la mano a la napolitana y se la llevaron a la cocina:

— ¡Tenemos que hacerte una propuesta! — Eso le decían en voz baja, mientras la arrastraban hacia allí.

Cuando llegaron a la cocina, Alsancia se atrevió a preguntar, algo intrigada: — ¿Q-qué o-ocurre? —

— ¡¿El médico te dijo que nadar era muy bueno para ti, no!? — Dijo Alex, dejando a Alsancia preguntándose qué tenía eso que ver con ahora.

— ¡Pues entonces, nos vas a acompañar a la piscina! — Y Sanae le aclaró todas las dudas.

— ¿Q-qué? — Y se quedó muy pillada, y aún más cuando le explicaron mejor la situación:

— Es de noche y ahí uno casi al lado. Si nos colamos, no pasa nada, nadie nos verá. Y pasaremos un buen rato. —

Sinceramente, lo que proponían ellas era una completa locura para Alsancia e intentó convencerlas para que no lo hicieran.

— N-no pode…— Y se los iba a explicar, aunque ellas le interrumpieron.

— ¡No te preocupes, será divertido! — Le decían alegremente, con sonrisas traviesas. — ¡Y emocionante! —

En realidad, estaban muy emocionadas por entrar sin permiso en un lugar de noche y no les importaban arrastrar a Alsancia, quién intentó resistirse a ellas. Fue en vano.

— ¡No te pongas así, Alsancia! — Decía Alex, totalmente feliz, antes de que su gemela añadió esto: — ¡Ya verás, cómo será una gran aventura! —

Eso le dijeron las dos chicas, después de verla suspirar fuertemente. Ya no se encontraban en la casa, sino afuera, en las calles casi desiertas. Alsancia no se podría creer que ellas consiguieran convencerla. Era una adulta y tenía que haberles quitado de la cabeza esa idea estúpida, pero al final se unió, después de mucha insistencia por parte de las gemelas, que incluso le pusieron miradas de cachorros para doblegarla. Mentalmente le pedía perdón sin parar a Mao y a Clementina, mientras en lo más hondo de su ser sentía algo de emoción por hacer tal travesura.

A continuación, mientras Alex y Sanae decían a gritos todo lo que querían hacer, Alsancia observaba todo lo que le rodeaba. Estaban caminando con una calle en la cual apenas había nadie y lo único que las iluminaba eran las farolas. A pesar del temor que la sensación de oscuridad y soledad daban, estas mismas le hacían sentir a la napolitana mucha tranquilidad y paz, más otras sensaciones que no podría explicar. Era la primera vez que empezó a observar en profundidad la noche. Ella se preguntaba qué hacían las pocas personas que veían por la vía y las que estaban despiertas, detrás de las ventanas de las casas en dónde las luces no se habían apagado. Intentó imaginarlo, pero no se le ocurría gran cosa. De todas formas, con una sonrisa en la cara, creyó que no sería tan malo hacer esto, después de todo.

— ¡Aquí es! ¡Ya hemos llegado! — Eso gritaron esas dos, cuando llegaron al lugar en dónde se iban a colar. Luego, al ver que lo dijeron muy alto, hicieron un gesto de silencio la una a la otra.

Mientras tanto, Alsancia se quedó mirando al lugar, era un enorme edificio de tres plantas con forma rectangular y totalmente blanca, rodeada por un pequeño muro. Como estaban en la puerta principal, ella se acercó y miró en una placa en dónde decía que era una escuela de natación. Empezó a preguntarse de nuevo si estaba bien entrar ahí, sin el permiso de los dueños. Entonces, se interrumpió sus pensamientos, al escuchar a las gemelas:

— Pues bueno, Alex… ¿tienes algún plan para entrar? — Le preguntó Sanae.

— Déjame que piense. — Y ésta se quedó pensándolo por varios segundos. — ¡Vamos a rodearlo primero, a ver que encontramos! —

Añadió despreocupadamente y su hermana le siguió la corriente. Alsancia dio un suspiro de fastidio, al ver que ellas ni siquiera planificaron cómo iban a colarse en el edificio. Pensó en decirles que se olvidarán de eso y volvieran a casa cuanto antes, pero no se atrevió. Así, las tres niñas empezaron a dar una vuelta alrededor del edificio.

Alsancia se quedó muy sorprendida con las gemelas, mientras buscaba una vía de acceso hacia al interior del edificio. Observaban cada parte del muro con mucha atención, y proponían y descartaban seriamente lo que se les ocurrían entre ellas, como si fueran dos generales de un ejército que estaban buscando la manera de romper y entrar en una fortaleza enemiga.

Tras darle la vuelta por todo el edificio dos veces, se pusieron delante de la puerta trasera. Alsancia, al ver que no llegaban a nada, utilizó el lenguaje de los signos para decirles que lo dejaran de una vez y volver a casa.

— ¡No te preocupes, ya tenemos una manera de entrar! — Le dijo Alex, con mucha seguridad. Alsancia se quedó preguntándose qué era.

— ¡No queríamos usarlo, porque se vería muy sospechoso! — Añadió Sanae, quién sacó de una mochila que llevaba una cosa, gritando esto: — ¡tachan! —

Y sacó de ahí un ganchillo para él, dejando a Alsancia boquiabierta, ¿cómo podrían entrar al lugar con algo así? No lo podría entender, hasta que se dio cuenta de cómo Alex se acercó a la puerta y empezó a forzar la cerradura.

— ¡Alsancia, vigila y cubre a Alex, que si nos pilla un adulto pueden creer que somos ladronas o algo así! — Le gritó Sanae y la napolitana la hizo caso, así sin más.

Temblando como un flan y boquiabierta, se preguntaba una y otra vez cómo había acabado en esta situación, mientras le pedía desesperadamente a Alex que abriera la puerta de una vez o que dejará de hacer eso. Al final, lo abrieron. Alsancia se preguntó de dónde había aprendido eso.

— ¡Lo has conseguido! — Gritó en voz baja Sanae, totalmente feliz.

Ese tutorial del youtube si que sirvió para algo. — Añadió triunfante su gemela, antes de abrirles la puerta y decirles que entrarán rápido.

Las gemelas entraron como Pedro por su casa y empezaron a correr y a gritar por el patio, mientras lo observaban.

— ¡Whoa, tienen una piscina al fondo! — Soltó Sanae, mirando al fondo y viendo una enorme e impresionante piscina.

— ¡Es verdad! — Le replicó su hermana. — Pero tenemos que ir a la climatizada. —

Mientras Alsancia, aterrada por las consecuencias de haber entrado sin permiso en un lugar así, les pedía esto para no ser descubiertas:

— N-no griten. —

Cuando escucharon aquellas débiles palabras de su compañera, ellas se callaron, lanzándose mutuamente un gesto de silencio, recordando que no debían hacer ruido. Y empezaron a andar con sigilo hacia al edificio. Las tres pudieron entrar fácilmente en el interior, porque no estaba cerrada.

— Da un poco de miedo, ¿eh? — Añadió Sanae, después de tragar saliva, mientras estaban caminando por los pasillos. La pobre estaba algo aterrada, al igual que Alsancia, quién temía desesperantemente ser pilladas por algún adulto.

Alex, al escuchar el comentario de su gemela y ver cómo estaban esas dos, decidió relajarlas, diciéndoles esto más una sonrisa triunfante:

— No te preocupes, yo os protegeré a las dos. —

Sanae añadió que eso quedó muy genial y Alex empezó a reír tontamente. Alsancia se entristeció, ya que era ella la que tenía decir eso. Era la adulta y la responsable, y era muy vergonzoso para ella que Alex le dijera que iba a protegerla. Es como recordarle que todo el mundo la veía como la más pequeña del grupo.

A continuación, con paso cauto y silencioso, avanzaron lentamente por los pasillos del edificio. Miraban y comprobaban cada centímetro que veían en busca de cualquier movimiento sospechoso, antes de seguir caminando. A veces, cuando oían algún ruido, se escondían rápidamente y, al ver que no habían sido pilladas, seguían con la marcha. Comprobaban casi todas las puertas, cogiendo el pomo e intentar entrar. Algunas estaban abiertas, pero no había nada que les interesó; y otras estaban cerradas, y deseaban abrirlas, pero no se atrevían a forzar la cerradura.

Y después de subir pisos y dar vueltas tontamente, llegaron al centro del edificio y se encontraron con lo que estaban buscando, después de abrir la puerta. Era dos enormes piscinas, una que parecía para niños y otra para adultos, bajo un techo cristalizado, con la luna siendo reflejada en el agua.

— ¡Lo hemos conseguido! ¡Una piscina climatizada, para nosotras solas y lo mejor de todo, gratis! — Gritaron felizmente, mientras empezaban a quitarse la ropa.

— ¡N-no griten! — Añadió débilmente Alsancia, mientras se quedaba sorprendida al ver que las gemelas ya llevaban el bañador puesto. Las dos usaban el mismo bikini, que era de color azul oscuro y lleno de dibujos de flores.

— ¡Perdón, perdón, Alsancia! — Eso le dijeron las gemelas, entre risas nerviosas.

Ésta dio un pequeño suspiro, mientras se sentaba en el suelo. Por lo menos, ya que habían llegado hasta aquí, tal vez lo mejor era dejar que las gemelas estuvieran disfrutando un rato en el agua, mientras ella las vigilaría, como pena por haber sido arrastrada por ellas y por permitir que cometieran esta locura. Esperaba también que nadie se diese cuenta de sus presencias.

Pero las gemelas tenían otro plan para ella. Después de estirar sus cuerpos, se acercaron a la mochila que tiraron al suelo y empezaron a buscar algo. La napolitana, al verlas, sintió la curiosidad y las observó. Entonces, vio como sacaron un bañador de ahí, era de una sola pieza con el color blanco.

— ¡Aquí tienes tu bañador, Alsancia! — Le dijo Alex mientras se lo mostraba a la napolitana.

— ¡Ese te queda muy bien! ¡Vamos, póntelo! — Y añadió Sanae, mientras se lo daban.

— L-lo siento, n-no me… — Tartamudeó avergonzadamente Alsancia, quería agradecerles ese gesto, pero no deseaba meterse en el agua realmente.

— ¡Vamos, mujer! ¡El médico te lo dijo, que tú necesitabas hacer natación para fortalecer tu cuerpo! — Y estas dos, sin pedirle permiso, empezó a desnudar a Alsancia.

— Pero n-no quiero…— Les decías débilmente la napolitana, incapaz de poder resistirse. Le quitaron hasta las bragas sin que ella pudiera hacer nada y la vistieron con el bañador.

— ¡Mira, qué linda estás! — Soltó Sanae, cuando vieron como le quedó el traje de baño. Añadió Alex: — ¡A ella siempre le queda todo muy bien! —

A pesar de que le quedaba un poco grande para su gusto, Alsancia se puso realmente muy roja por lo que le estaban diciendo, aún cuando sentía que la estuvieron tratando como una niña y no como una adulta.

— ¡B-bueno, y-yo…! — Intentó decirles que no era para tanto, que ella no siempre le quedaban bien las cosas; pero las gemelas la interrumpieron, gritándole esto:

— ¡Vamos, Alsancia! ¡No te quedes ahí! — Gritaron al unísono las dos gemelas, antes de tirarse al agua.

Alsancia se quedó paralizada, mientras veía como las gemelas le pedían sin parar que se lanzará al agua. No se atrevía tirarse, no quería hacerlo. Había una buena razón para esto, pero no deseaba decirlo, ya que era vergonzoso para ella. Se maldijo sin parar por no tener la valentía suficiente y empezó a pensar seriamente en saltar al agua, no paraba de soltarse excusas, para no imaginar lo que le iba a pasar si saltaba.

Tras mucho pensar y llenarse de coraje, rezó sin parar para que hubiera un milagro, antes de tirarse al agua. Miró hacia la piscina con mucho miedo y tras tragarse saliva, corrió hacia ella y se tiró, después de decir esto:

— ¡V-vamos allá! —

Las gemelas, quienes no pararon de animarla para que se tirase a la piscina, vieron como ella, tras caer débilmente contra la superficie del agua, se hundió al fondo como si fuera una piedra.

FIN DE LA PRIMERA PARTE

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