Centésima octava historia

Una noche en la piscina: Última parte, centésima octava historia.

— ¡Ah, por eso no querías meterte en la piscina! — Eso decía Sanae.

— ¡¿Por qué no nos dijiste que no sabías nadar!? — Añadió Alex.

Eso dijeron las gemelas, después de que Alsancia les explicó, utilizando el lenguaje de los signos, que ella aún no sabía nadar y que nunca se atrevió a ir a dónde no podría tocar con los pies, con mucha vergüenza. Tras decir esas palabras, las dos empezaron a pedirle perdón sin parar por animarla a tirarse al agua. La napolitana les intentaba decir que no pasaba nada, que no tuvieron culpa de nada, mientras se arrepentía muchísimo de haberles dado tal susto.

Después de todo, cuando ella se tiró a la piscina y se hundió como cemento hasta al fondo, algo que duró varios segundos, ya que estaban en la parte más profundo; las gemelas se pusieron blancas del terror y rápidamente bucearon y la sacaron de ahí, a duras penas.

— ¡¿Estás bien!? — No dejaban de gritar, totalmente aterradas. — ¡No te mueras! — Y llorando como magdalenas.

Y Alex casi le iba a hacer el boca a boca para sacarle el agua que tenía en sus pulmones, pero Alsancia estaba aún consciente y la detuvo, mientras escupía violentamente lo que se tragó, intentando hacerles gestos para decirles que ella estaba bien.

— ¡Qué susto nos ha dado! — Decían las gemelas, felices. — Pensábamos que ibas a morir… — Mientras se limpiaban las lágrimas, antes de darle un gran abrazo a Alsancia y seguir llorando a moco tendido.

Tras pedirle disculpas sin parar a Alsancia, las tres estuvieron sentadas en el suelo un buen rato, hasta que Alex se levantó de repente y dijo:

— Bueno, entonces tenemos que ir a la piscina infantil. —

— ¿Aún tienes ganas de piscina, después de lo que ha pasado? — Le replicaba su hermana, quién también se levantó del suelo.

— No es eso. — Le respondía eso, mientras se acercaba a la piscina pequeña y se metía.

Entonces, Sanae se dio cuenta de las verdaderas intenciones de su hermana y se acercó a ella, mientras le gritaba esto:

— ¡Ah, ya veo! ¡Vamos a enseñarle a nadar a Alsancia! —

Alsancia se quedó boquiabierta, cuando oyó esto. No se lo esperaba para nada. Por su parte, Alex soltó esto, como si fuera un concurso:

— ¡Exacto! ¡Has tardado un poco, pero te has dado cuenta! —

— Debe ser por el susto de antes, que me ha descoordinado un poquito. — Le replicó muy molesta su hermana Sanae, al ver que no estaba en forma.

Mientras las dos gemelas hablaban sobre cómo podrían enseñarle a Alsancia, ésta les intentaba decir algo, pero ninguna de ellas le hacían caso, estaban en su propio mundo.

— N-no hace falta… — Y cuando pudo intervenir, soltó estas palabras. No quería molestarlas con eso, ni tampoco creía que ellas supieran a enseñarle a nadar.

— ¡No te preocupes! Esto es para compensar lo que ha pasado. — Pero ya estaba decidido, le iban a enseñar sí o sí. — ¡Tienes razón, es nuestra obligación enseñarla a nadar! —

Y así es como inesperadamente empezó la primera lección para aprender a nadar de Alsancia, quién se preguntaba sí esas dos sabían enseñarlo, ya que  sospechaba que no. No estaba muy alejada de la realidad.

— Pues bueno, ya nos hemos metido en la piscina, ¿ahora qué? — Eso le soltó Sanae a Alex, después de que las tres se metieran en la piscina.

— Vamos a pensar… — Le respondió su gemela, quién no tenía ni idea de cómo hacerlo. Alsancia dio un pequeño suspiro, diciéndose que sabía que iba a ocurrir algo parecido.

— Sí, debe ser. — Tras mucho pensar, se les encendió la bombilla a la dos. — Eso tiene que ser. — Y se decían eso la una a la otra como si hablasen telepáticamente. Algo sorprendente y lindo para Alsancia, pero también casi aterrado.

A continuación, las gemelas se acercaron a Alsancia y ésta, sin darle tiempo a preguntarles qué iban a hacer, la pusieron boca arriba, con Sanae y Sanae sosteniéndola en el tronco.

— ¡No te preocupes, es solo es primer paso! —  Le decían las gemelas, mientras empezaban. — ¡Daremos una vuelta por la piscina, no te vamos a soltar!

— E-es vergonzoso. — Añadió Alsancia, algo avergonzada, ya que se estaba sintiendo como un bebé, mientras la paseaban por la piscina.

Con tranquilidad, dieron tres vueltas a la piscina. Y cuando vieron que lo hicieron las gemelas le gritaron esto a Alsancia:

— ¡Y ahora te vamos a soltar! — Le gritaron al unísono. — ¡Mueve los brazos rápidamente e intenta mantenerte flotando como un globo! —

— ¡E-esperen,…! — Alsancia les quería pedir que esperasen un momento, pero no le dio tiempo, porque le soltaron y está se hundió de nuevo.

Y lo intentaron unas cuantas veces, pero Alsancia se hundía como un bloque de cemento, a pesar de que ella empezará a mover los brazos e intentará mantener su cuerpo sobre el agua.

Después de todos esos intentos en vano, las dos gemelas empezaron a cuestionarse sobre el asunto.

— ¿Es esto normal? — Le preguntó Sanae a Alex.

— En algún momento, debe flotar. — Añadió su gemela indiferente, antes de volver a soltar a Alsancia.

— ¡E-esperen,…! — Quién deseaba decirles que quería descansar, antes de hundirse otra vez.

Tras esto, empezaron a tomar un descanso, sentándose las tres niñas en los márgenes de la piscina pequeña y mirando de vez en cuando a aquel techo cristalizado por el cual se podría ver el cielo.

— No pensaba que fuera tan difícil poder flotar, ¿cómo pudimos hacerlo nosotras? — Eso se decía Alex, para romper el silencio que dominaba el lugar desde unos cuantos minutos. Intentaba recordar cuando aprendió a nadar y a flotar, pero ningún recuerdo se le veía a la mente.

— Bueno, y lo extraño es que Alsancia es más ligera que nosotras dos. Debería aprender mucho más rápido. — Añadió Sanae, algo molesta.

Alsancia, tras oír esas palabras, se decía que también le gustaría haber aprendido rápido eso, pero que en una sola noche era imposible hacerlo. Dio un gran bostezo y se acostó en el suelo, con ganas de cerrar sus ojos. Tenía tanto sueño que podría quedarse ahí dormida en cualquier momento.

— ¡Oye, Alsancia! ¡No te duermas aquí! —

Soltó esto Alex, quién la zarandeó un poquito, al darse cuenta de que Alsancia estaba cerrando los ojos. Luego, ella soltó un bostezo.

— ¡Qué aún tenemos tiempo para practicar! — Añadió su gemela, quién también soltó un bostezo. — ¡Aún nos queda mucho! —

Entonces, al ver que las tres hicieron lo mismo, las dos empezaron a reírse un montón, mientras gritaban:

— ¡Al parecer, también tenemos mucho sueño! —

Entonces, sus risas fueron interrumpidas por una voz, que procedía del exterior del lugar en dónde estaban las piscinas. Las tres se quedaron en silencio, con los oídos bien abiertos. Estaban oyendo algo que parecía una voz humana, pero no entendían ni una palabra.

— ¡¿Qué es eso!? — Dijo Alex en voz baja, con la piel de gallina.

Y empezaron a oír pisadas que iba con la lentitud de una tortuga, mientras oía una voz ronca que no dejaba de soltar quejas y maldiciones, que cada vez se hacía más fuerte.

— ¡¿N-no será…!? — Soltó Alsancia, temblando de terror al pensar que ya le habían pillado.

— ¡¿…fantasmas!? — Añadió Sanae, dando la apariencia de terminar la frase de la napolitana y que estaba igual de aterradas que las otras dos.

Las tres se levantaron rápidamente del suelo y empezaron a ver cómo alguien estaba intentando abrir la puerta. Más bien, la cerró sin querer y empezó a forzarla, gritando todo tipo de palabrotas.

— No, es el vigilante, ¡vamos a escondernos, rápido! —

Las tres salieron corriendo rápidamente a los servicios en dónde se escondieron y empezaron a espiar tímidamente desde allí.

Al pasar unos minutos, aquella persona pudo abrir finalmente la puerta que cerró con llave sin querer. Era una señora que parecía ser muy vieja y tenía cara de amargada, con el traje de vigilante. Estaba de mal humor.

— ¡Malditos idiotas! ¡Siempre hacen lo mismo, dejando el pestillo de la puerta de la piscina abierta! ¡Y luego cuando yo intentó abrirlo, lo cierro! ¡Lo hacen a propósito! ¡Maldito trabajo de mierda! —

Entonces, después de terminar sus quejas, con la linterna que tenía ella en sus manos, empezó a observar de un lado para otro.

— Bueno, parece que no hay nada… — Eso se decía muy molesta la vigilante. — Deben ser imaginaciones mías, ya se me está yendo a la cabeza… ¡Escuchar risas de niñas por aquí, jajaja! — Al pensarlo, se le puso la piel de gallina. — ¡Qué siniestro suena eso! —

Mientras tanto, las tres chicas rezaban pacientemente para que esta mujer se fuera. Y al ver que ésta se dio la vuelta para salir del lugar, Sanae se dio cuenta de una cosa.

— ¡Oh, mierda! — Exclamó aterrada y su gemela le preguntó:

— ¡¿Qué pasa!? —

— ¡La mochila y nuestra ropa está en el suelo! — Eso les dijo, y aquellas palabras fueron escuchadas por la vieja vigilante, que gritó esto:

— ¡¿Quién es!? —

Se giró y con la linterna miraba por todos lados, pero no encontraba nada.

— ¡Otra vez! ¡Esto ya es siniestro! — Eso se decía, antes de darse cuenta de una cosa. — ¡Oh! ¿¡Qué esto!? —

— ¡Oh no, nos han pillado! ¡No tuve que decir eso! — Añadió Alex en voz baja, al creer que les habían pillado, antes de que las tres se tapasen la boca y esperaban impacientemente que un milagro las salvara.

Creían que la vieja se acercaba a los servicios y que estaban acabadas, pero esta se detuvo a los pies de la piscina mayor, observando unas cosas. Eran la mochila que trajeron y sus propias ropas. La vieja estalló en cólera.

— ¡¿Otra vez!? ¡¿Otra vez!? ¡Olvidándose cosas en la piscina! ¡Esto ya no tiene sentido! ¡¿Cómo es posible que los estúpidos niños siempre se les olvidan estas cosas y los profesores de mierda no se dan cuenta!? ¡¿Son idiotas o qué!? — Pateaba el suelo como una desquiciada y soltaba rugidos propios de una bestia. Al parecer, no le caía muy bien nadie de ese lugar.

Ella paró de expulsar su ira por un momento y empezó a inspirar e expirar para tranquilizarse. Luego, con una sonrisa malvada, empezó a decir:

— ¡Pues ya sé lo que haré! ¡Esta será mi venganza! ¡En vez de cogerlo y ponerle en el lugar de los objetos perdidos, los vendo! ¡La arpía de mi vecina estaba muy encantada con mochilita! ¡La ropa se lo regalaré a unos pringados! ¡¿Y las bragas!? ¡Se los venderé a un pervertido pedófilo de eso del internet, que le ponen la ropa interior usada! —  Puso una cara asqueada. — ¡Oh, qué asco! —

Se calló durante unos segundos, mientras recogía la ropa y la mochila que estaban en el suelo. Luego, siguió hablando:

— ¡Y cuando sus estúpidos padres vengan a mí, preguntándome si yo he encontrado, les diré encantada que no y que aprendan a sus estúpidos niños a no perder sus cosas! ¡Oh, eso sería hermoso! ¡Qué mala soy, pero que mala! — Y empezó a reír como psicópata, antes de toser violentamente.

Después de esto, salió por la puerta y la cerró con llave, dejando a las tres chicas encerradas en el lugar, quienes salieron de su escondite, estupefactas.

— ¡Oh, no! ¡Nuestra ropa! ¡La vigilante se los ha llevado!— Decía Sanae. — ¡¿Y ahora qué hacemos!? —

— Eso no es lo peor, ¡nos ha encerrado! ¡¿Y ahora cómo podemos salir de este lugar!? — Añadió Alex, mientras intentaba abrir desesperadamente la puerta. Su hermana gemela se unió y ponían todas sus fuerzas, pero parecía en vano.

Alsancia se quedó sin habla, intentando asimilar lo que les estaba pasando. Estaban encerradas en aquel lugar, en trajes de baño, y estarían aquí hasta que llegase la mañana. No sabía qué hacer, pero deseaba tranquilizarse y buscar una solución. Después de todo, ella era la adulta y la que tenía que responsabilizarse en esta situación, a pesar de haber sido arrastrada. Debía encontrar la solución para escapar de ahí y volver a casa antes del amanecer.

Pero, ¿cómo? Esa era la cuestión y Alsancia empezó a inspirar e respirar para relajarse y luego poder tranquilizar a las gemelas, que no se desistían en la idea de forzar la puerta con solo sus manos.

Al ver que no conseguía nada con eso, decidió empezar a dar vueltas por el lugar y cuando dio el primer paso, notó algo en el suelo. Más bien, lo pisó. Se agachó y lo buscó torpemente, encontrándose algo que no se esperaba para nada. Rápidamente supo lo que era, un gran golpe de suerte para ellas. Empezó a agradecerle al patrón de su cuidad de origen muy feliz, antes de acercarse a las gemelas eufóricamente.

— ¡Eh, eh! —  Les decía. — ¡L-lo tengo! — Mientras le mostraban la pequeña cosa que tenía en las manos.

— ¡Espera un momento, Alsancia! — Le replicaron las gemelas, sin ni siquiera mirarla. — ¡Estamos intentando abriendo la puerta! —

Al ver que no le hacían caso, Alsancia se preparó y para dar el chillido más fuerte que podría hacer:

— ¡El g-ganchillo! — Su gritillo, parecido a de una ardilla, consiguió que ellas dos parasen y se dirigieran a ella, preguntándole que quería decir. Entonces, lo vieron y sus caras se iluminaron de felicidad.

— ¡Estamos salvadas! — Gritaban felices, mientras le abrazaban a Alsancia. — ¡Muchas gracias, Alsancia! ¡Eres nuestra salvadora! —

— ¡B-bueno,…! — Y esto era lo único que decía ella, con la cara como un tomate.

Después de esto, Alex se puso manos a la obra y empezó a forzar la puerta, mientras su gemela le decía esto a Alsancia:

— ¡Qué alivio, de verdad! ¡Ha sido toda una suerte que lo hayas encontrado! —

— Lo que yo me pregunto es cómo esa tía loca no se ha enterado de nuestros gritos. Parece más sorda de lo que parecía. — Añadió Alex y su hermana le replicó:

— ¡No seas pájaro de mal agüero! — Empezó a pedirle perdón, antes de seguir con lo suyo y abrir la puerta. Le costó lo suyo.

Tras conseguirlo y salir del lugar, Alex decidió hablar de lo siguiente que tenían que hacer:

— Ahora tendremos que buscar a la vieja, para recuperar nuestra ropa. — Las tres se miraron, solo usaban un traje de baño. — ¡No podemos salir así, no solo nos tomaran con desvergonzadas, también nos vamos a morir de frío! — Ya estaban notándolo en el pasillo.

— ¿Y cómo lo haremos? — Preguntó Sanae. Ni ella ni Alsancia sabían cómo podrían quitárselo a la anciana. Entonces, Alex sonrió como bellaca y les dijo:

— Yo tengo un plan, ¡qué la va a morir de susto! — Y entonces se los contó.

Una media hora más tarde, delante de la entrada principal, en una especie de oficina; aquella anciana estaba escuchando a todo volumen canciones de su cantante favorito:

— ¡Dios santo, por todos los ángeles! — Eso decía con cara de enferma, mientras daba lengüetazos a la radio sin razón aparente. — ¡Cómo canta este chiquillo! ¡Oh, qué suculento! —

Mientras estaba en lo suyo, oyó un fuerte ruido que la puso en alerta, gritando esto: — ¡¿Qué ha sido eso!? —

Miró desde la ventana pero no veía nada, luego usó la linterna pero no vio nada de lo normal. Se digo que eso debía ser cosa del viento u otra cosa e iba a seguir escuchando. Entonces, oyó otro ruido, más fuerte que antes.

— ¡Esto ya es raro! — Se acojonó. — ¡¿Quién está ahí!? — Nadie le respondió.

Y entonces, a la tercera fue la vencida. Oyó otro ruido fuerte y, con porra y una pistola en mano, se dirigió corriendo hacia al lugar en dónde creía que provenía el ruido, gritando sin parar: — ¡¿Quién es!? ¡Qué se delate, que tengo armas y sé usarlas, muy bien! —

Después de mucho correr, llegó ante la puerta del lugar en dónde estaban las piscinas. Se quedó boquiabierta, porque vio que eso estaba abierta, a pesar de que ella lo cerró hace rato.

— ¡¿C-cómo es posible!? —  Decía trastornada. — ¡S-si cerré la puerta! —

Se quedó ahí parada unos cuantos minutos, incapaz de moverse. No sabía qué hacer, si entrar a comprobar si había algo dentro o salir corriendo. Su imaginación estaba muy activa y no dejaba de imaginarse a fantasmas de niñas ahogadas persiguiéndola para arrastrarla al agua y matarla.

— ¡M-maldita sea! — Al final, se pudo controlar con la razón. — ¡Llevo años aquí y nunca me está pasando nada parecido, aquí no hay muertos ni fantasmas ni nada de eso! — Y entró por la puerta.

Y mientras miraba de un lado para otro con la linterna, la puerta dio un golpe que asustó a la vieja, gritando como nunca. Chorreando sudor frío, miró por todos lados y entonces vio que la puerta se cerró.

— ¡Ah, solo ha sido la puerta! — Añadió muy aliviada, antes de dirigirse a la puerta y salir de ahí. — Esta noche está pasando cosas muy raras. —

Pero cuando intentó abrir la puerta, no pudo hacerlo. Ella, extrañada, no paraba de empujarla una y otra vez, pero algo la estaba bloqueando y no sabía el qué.

— ¡¿Qué pasa ahora!? — Gritaba aterrada. — ¡¿Por qué no se abre la puerta!? — Mientras forzaba la puerta con todas sus fuerzas.

Entonces, oyó algo que la dejó blanca del susto, que parecía ser la voz de una niña: — ¡Ajajajaja, toma esa, señora! —

La vieja se quedó paralizada a lo primero, antes de gritar como desquiciada, con unos grandes gritos que se podrían incluso oír desde afuera del edificio. No dejaba de soltar que aquel lugar estaba maldecido, había fantasmas y le querían matar, mientras golpeaba la puerta como loca. Tras un minuto así, calló de repente, como si alguien le hubiese quitado la vida de repente.

Desde el otro lado, aquello que había pronunciado esas palabras añadió al ver su reacción en voz baja, algo asustada: — ¡No es para tanto! —

Era Alex, quién vio que su plan de alejar a la vieja de su lugar de trabajo, en dónde era seguro que guardo las cosas que le quitaron, asustándola, marchó demasiado bien. Con el miedo de haberle producido un infarto o algo peor, decidió quitar la escoba que encontró en los servicios y que usó para taponar la puerta. Abrió la puerta con cautela y la observó detenidamente. Parecía estar muerta.

— ¡No puede ser! — Se decía trastornada. — ¡No es para tanto! —

Luego, decidió acercarse a ella y comprobó su pulso. Cuando vio que seguía viva, soltó un gran suspiro de alivio. Solo estaba desmayada.

— ¡Perdón, perdón! ¡No era mi intención! ¡Es más, es su culpa! — Eso le decía, exculpándose, mientras la registraba. No se sentía muy mal, ya que no la había matado y esa vieja iba a vender sus cosas.

— Me llevo sus llaves, y tiro esas cosas a la piscina. — Añadió, cuando terminó y cogía sus cosas. La pistola y la porra, las tiró al agua y se fue.

Al salir, se encontró con su gemela Sanae y con Alsancia, que llegaron corriendo hacia al lugar.

— ¡¿Ha pasado algo!? — Estaban muy asustadas. — ¡Esos gritos fueron enormes! —

— ¡No pasa nada, nada de nada! — Alex rió como si no fuera nada y cambió de tema: — ¡¿Habéis recuperado nuestras cosas!? —

Las dos se las mostró y pudieron respirar tranquilas, al final la cosa salió mejor de lo que esperaba. Rápidamente, se pusieron las ropas y salieron de ahí con total tranquilidad y normalidad, por la puerta principal.

— Bueno, al final salió todo bien. Somos espías de primeras. — Decía Sanae. — Aunque no hayamos conseguido que Alsancia haya aprendido a flotar. — Mientras volvían con paso ligero a la casa de Mao.

— ¡Volveremos la próxima vez! — Añadió Alex, riendo como si nada.

Entonces, Alsancia pronunció estas palabras que la sorprendieron: — N-no habrá próxima vez. —

No se esperaban aquel tono de enfado y miraron hacia ella, dándose cuenta de que estaba poniendo una cara que jamás habían visto. Sus cejas estaban enfurruñadas, su mirada daba un poco de miedo y estaba inflando sus mofletes.

— ¡¿Por qué estás enfadada!? — Preguntaron conmocionadas, incapaces de darse cuenta de que fueron sus propias acciones que la pusieron así.

Utilizando el lenguaje de los signos, con una cara adorable pero de puro enfado, les regañó, diciéndoles que no deberían hacerlo nunca más, que casi iban a pasarles muchas cosas malas por culpa de colarse en la piscina.

Las dos gemelas intentaron decirle algo para tranquilizarla, pero ella se los negó a escucharlas. Sabía que ellas no lo hacían con mala intención y que le ayudaron a aprender a nadar, y que tenía mucha culpa por dejarse llevar pero que no se debían hacer estas cosas, las cuales casi iban a provocarles más de un problemas a todos. Aunque, en el fondo, le gustó la aventura. De todas formas, ella era adulta y tenía que comportarse como tal, con un enfado razonable por sus travesuras.

FIN

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