Centésima novena historia

La falsa cita: Última parte, centésima novena historia.

Según el plan apresurado que se sacó Josefina, lo primero que tenía que hacer era ir a al centro comercial, dónde irían primero a mirar ropa, solo mirarla porque no había dinero suficiente para eso; y luego cenar en algún restaurante, jugar en las recreativas, ir al cine y finalmente dar un paseo por el parque. A Jovaka, todo eso le parecía demasiado agotador, pero había que aguantarse.

Y ahora estaba sentada en un banco, en medio de una tienda de ropa, con una cara que expresaba puro aburrimiento, mientras observaba como la mexicana se estaba vistiendo en el mostrador. Ella estaba viviendo en vivo el típico estereotipo del novio aburrido que tenía que soportar un día de compras.

— ¿Aún no has terminado de ponerte la ropa? — Le preguntó a Josefina, después de estar un buen rato escuchando a Josefina quejándose y lanzando gruñidos.

Este era el quinto conjunto que se estaba probando la mexicana, después de ir a tres tiendas, perdiendo casi dos horas; y pues no le quedaba bien, por lo menos la parte de abajo:

— ¡Es que aún no me entra el maldito pantalón! ¡Vamos, entra! — Gritaba desesperadamente. A pesar de eso, intentaba ponérselo a toda costa.

— ¡Oye, déjalo a ver si lo rompes! — Le replicó Jovaka, antes de dar un fuerte suspiro.

— ¡Pero debería entrar, es de mi talla! ¡Lo miré, de verdad! — Lo que no sabía Josefina, es que su trasero estaba algo grande para aquel pantalón ajustado. Jovaka no dijo nada más, solo esperaba que se cansara y lo dejara antes de romperlo.

A los pocos minutos, ella se hartó y le dijo esto a Jovaka, mientras sacaba el pantalón del vestidor: — ¡Jovaka, búscame unos pantalones que me entren, por favor! —

— ¡Oye, oye! ¡No me mandes eso, no soy tu sirvienta! — Protestó Jovaka y Josefina le replicó.

— Pero hoy tienes el papel de “novio”. —

— No creo que los novios hacen eso. — Jamás había escuchado que la novia le pidiera a su enamorado que hiciera tal cosa.

— ¡Vamos, por favor! ¡Hazlo por mí! — Le empezó a suplicar Josefa y Jovaka, que sabía lo insistente que llegaba ser ella, decidió hacerlo.

Cogió el pantalón de mala gana y añadió: — ¡Lo haré, lo haré! ¡Pero, antes dime tus medidas! —

— ¡Pero, Jovaka…! ¡Eso no es algo que un “novio” diría! ¡Ni menos en medio de una tienda de ropa, ¿no ves que eso es vergonzoso?! — Josefina se quejaba, con la cara completamente roja.

— Pero como voy a elegir un pantalón para ti, tengo que saber eso. —

Josefina se quedó callada durante unos segundos, pensando que ella tenía razón. Por eso, le dijo a Jovaka que se acercará y le susurró sus medidas en su oído. Ésta lo memorizó y se fue en busca de un pantalón perfecto para Josefa, malhumorada.

Mientras se quejaba y se maldecía sin parar, miraba cada pantalón de mujer que había en la tienda, buscando algunos, que podrían contentar a Josefina. Se aseguró de coger unos cuantos, por si no le quedaban bien. Al llegar, anunció su llegada:

— ¡Por fin, has llegado! ¡Jo, me estaba aburriendo, no deberías dejar que una dama espere tanto, ¿sabes?! — Protestó Josefina, mientras sacaba su cabeza de entre las cortinas.

— ¡Toma todo eso, a ver si te convence alguno! — Añadió Jovaka, mientras le tiraba todo esos pantalones, con harta indiferencia.

— ¡Buena idea, si uno no me queda bien, entonces tengo más que usar! — Decía alegremente Josefina, al ver que Jovaka perdió bastante tiempo coleccionando pantalones para ellas.

Y decidió probárselo cada uno de ellos, y para desgracia suya, ninguno le cabría. Más bien, le entraban, pero cuando llegaba a la altura de su trasero ya no podría continuar.

— ¡¿Este tampoco!? ¡¿Por qué no me cabe ninguno!? ¡Qué pedo, si son todos supuestamente de mi talla! ¡Vamos! —

Josefina no paró de gritar y quejarse, mientras intentaba desesperadamente ponerse un pantalón que le quedaba bien.

Jovaka, mientras esperaba aburrida que ella terminara de una vez ponerse toda esa ropa, entre suspiros, se decía que tuvo que haber buscado ropa que no fuera tan ajustada. Luego, decidió añadir algo: — ¡¿No crees que tus medidas podrían estar algo incorrectas!? —

— ¡No, lo están! — Replicó Josefina.

— Pues parece que te ha crecido un poco el trasero. —

Hubo un pequeño silencio, antes de que la mexicana le gritara: — ¡Eso no es verdad! —

— Si no te entra, es porque te ha crecido el trasero. —

Josefina se quedó callada, con la cara algo roja; y con el pantalón que se estaba probando subido a medias, empezó a tocarse el trasero para comprobar algo:

— ¡¿De verdad, tengo el culo tan gordo!? — Eso se preguntaba Josefa, totalmente acomplejada.

— No es eso lo que quería decir…— Añadió Jovaka, al ver que Josefa empezó a malinterpretar sus palabras e iba a montar un molesto numerito.

Aunque ya era un poco tarde, Josefina ya empezó a desvariar un poco:

— ¡Es enorme! ¡¿Cómo no me di cuenta antes de esto!? ¡Y he salido a la calle con este culo! — Estaba muerta de vergüenza, quería que la tierra la tragase viva. — ¡Es por eso que la gente últimamente me mira tan raro! ¡Ay, virgencita, ¿por qué se me ha puesto tan grande?! —

Jovaka dio un gran suspiro de fastidio, al ver como se puso Josefina, y se arrepintió bastante de decir aquellas palabras. Quería pararla, ya que hasta le estaba dando vergüenza ajena. Además, ella pensaba que no lo tenía tan grande, o eso creía, porque no es como que se fijara en su trasero. De todas formas, tenía que hacer algo para tranquilizarla y tras mucho pensar esto fue lo que se le ocurrió:

— ¡¿Por qué no nos vamos a comer algo!? ¡¿No decías que había un lugar en dónde los pasteles estaban deliciosos!? —

Josefina de repente se calló por varios segundos y Jovaka por un momento creyó que esa frase podría haberla molestado.

— Es verdad… ¡Me está entrando hambre con solo pensarlo! — Al final, no fue eso ni nada parecido. — ¡Vamos a comer, Jovaka! — Le decía eso, mientras se ponía la ropa que estaba usando y olvidándose totalmente sobre el asunto de su trasero.

Jovaka suspiró de alivio, al ver que Josefina tenía una mente tan simple; y también de alegría, porque por fin podrían salir de la tienda de ropa. Tras salir de ahí, la serbia se empezó a preguntar una cosa:

— ¿De verdad, la tiene tan grande…? — Se decía Jovaka en voz baja, mientras intentaba mirar disimuladamente al trasero de Josefina. Le entró la curiosidad e intentaba comprobar cómo de enorme se había vuelto.

— ¿Has dicho algo? — Le preguntó Josefina, que lo oyó, más o menos. La serbia nerviosamente le respondió que no y la mexicana siguió con lo suyo y la serbia decidió olvidarse sobre eso.

A continuación, llegaron a la pastelería que quería ir Josefina para la cita.

— ¡Bueno, vamos a pedir algo…! — Y lo primero que hizo fue coger el menú y la serbia la imitó. — ¡Todo se ve tan rico…! — Jovaka le dio la razón.

Habían cientos de pasteles y dulces con aspectos tan deliciosos que solo con mirarlo se les hacia la boca agua. No solo eso, también estaban muy indecisas, no sabían que elegir. Y tras ver que llevaba un buen rato sin decidirse, Josefina soltó esto: — ¡¿Ya sabes lo que quieres, Jovaka!? —

— No. — Eso le respondió francamente Jovaka y ella, al que estaban en las mismas, infló sus mofletes con una mirada que molestó un poco a la serbia, quién le preguntó esto: — ¡¿Por qué pones esa cara!? —

— No es nada…— Y luego, añadió: — Entonces, ¿tenemos que echarlo a suerte? — Jovaka, que no se enteró de nada, le preguntó qué quería decir con eso y Josefina se lo tuvo que explicar. Mientras se lo decía, la serbia encontró algo en el menú:

— ¡¿Y qué te parece eso, Josefina!? — Se lo enseñó y Josefina se quedó de piedra.

— ¡¿En serio, quieres que elijamos eso!? — No se podría creer que Jovaka eligiera tal cosa, reaccionando exageradamente a ojos de la serbia.

— ¡¿No es algo que hacen los “novios”!? Además, si lo conseguimos, será gratis. — Le replicó Jovaka, aunque dudaba realmente que lo que había dicho tenía sentido.

— Es verdad, pero hacer eso es un poco vergonzoso… — Estaba bastante roja con solo pensarlo.

— ¡Como hacer cita de mentira! — Dio un suspiro de molestia. — ¡No, eso es incluso más vergonzoso aún! —

— ¡Es verdad! — Añadió Josefa, convencida. — ¡Será una buena práctica para cuando tenga una cita de verdad! —

Así las dos chicas decidieron empezar un reto gastronómico propuesto por el mismo local: Enfrentarse al enorme parfait “The Indegora”, llamado así en honor de unos de los picos más altos de toda Shelijonia. Dos personas, compartirán un enorme postre de dos pistas de alturas, situado en una copa  enorme, totalmente repleto de todo tipo de frutas, galletas, helados y otros postres, más unas cuantas cosas más. Deben devorar a aquel gigante en menos de una hora, si lo consiguen no pagarían nada, tendrían una camiseta para cada una y unos cupones para la pastelería. Y a Josefina, quién le daba un poco de vergüenza comer del mismo plato que Jovaka, al final era la que estaba emocionada y preparada para el asalto.

— Bueno, ahora que lo pienso,… ¡creo que eso ha sido una mala idea, un poco,… tal vez! — Por el contrario, Jovaka se arrepintió en el último momento, después de que ellas pidieron hacer el reto. No solo era porque no creía poder comer algo tan grande, sino por la gente que las rodeaban, cuando vieron que habían aceptado el desafío. Estar rodeada de tantos extraños mirándola fijamente la hacían temblar mucho de miedo.

— ¡¿Ahora, te vas a arrepentir!? ¡Ya no hay vuelta atrás! ¡No te preocupes, si no puedes, yo lo haré por ti! ¡Porque seguro que lo conseguiré, soy toda una experta en comer! — Josefina, estaba muy confiada.

Aquella gran confianza se fue en un periquete, cuando le trajeron el parfait gigante. Al ver su tamaño, esas dos se quedaron con los ojos bien abiertos y boquiabiertas.

— ¡Es enorme! — Eran incapaces de creer que podrían devorar tal cosa en menos de una hora. Aún así, tenían que intentarlo.

— ¡Preparadas, lista, ya! — Gritó el camarero, mientras pulsaba el cronometro, comenzando así la dura prueba para Josefina y Jovaka.

Al escucharlo, lo primero que hicieron fue coger la cuchara y empezar a comer como locas, mientras gritos de ánimos se escuchaban en todo el local. Jovaka y Josefina se olvidaron de todo lo demás, para solo centrarse en una sola cosa: devorar aquel enorme postre.

“Lo conseguiré, está chupado”, se animaba a sí misma Josefina con cada bocado que probaba. “¡Esto es demasiado, no podré aguantar por mucho tiempo!”, se decía Jovaka, cada vez que miraba aquella gigantesco postre, mientras le daba un bocado. Aún así, lo intentaba lo mejor que podría. A los diez minutos, las dos ya mostraban signos de agotamiento.

— ¡Mi pobre cabecita, el frío me está congelando la cabecita! — Eso gritaba Josefina, dejando de comer por un segundo, después de devorar medio helado, ya le estaba doliendo la cabeza.

— ¡No hables, tienes que seguir comiendo! — Le replicó Jovaka, mientras se llevaba en la boca los últimos trozos de plátano. Ya estaba reventada y sentía muchas ganas de vomitar, se sentía muy mal.

No duraron ni cinco minutos más.

— ¡Ya no puedo más! ¡Si sigo así, siento que echaré la pota! — Eso le decía Jovaka, quién apenas ni podría hablar.

— ¡¿Tan pronto te rindes, ni siquiera hemos llegado ni a la mitad!? — Le gritó Josefina, quién también sentía ganas de vomitar.

— ¡Es que no puedo más! — Eso le decía, mientras dejaba su cuchara en la mesa, poniéndose a descansar de todo eso que había comido.

— Entonces, seguiré yo. — Pero Josefina no se iba a rendir e iba a dar otro bocado más. — ¡Allá voy! — Entonces, se puso morada. Le empezaron a dar ansias y tuvo que salir corriendo al cuarto de baño para echar la pota.

Al final, ni siquiera pudieron llegar a devorar medio plato y salieron de la pastelería, totalmente arrepentidas de tomar tal desafío.

— ¡Es la última vez que te hago caso, Jovaka! — Le decía Josefina a la serbia, mientras caminaban sin rumbo.

Al final, se tuvo que tachar varias cosas que Josefina planeaba hacer y terminaron haciendo un corto paseo por el parque. Estaban agotadas y aún sentían pesadez en su estomago. Y cuando las dos se sentaron en un banco, mientras miraban el atardecer, Josefa protestó:

— Al final, no ha salido como lo planeaba, Ya es muy tarde y yo quería experimentar varias cosas más.  Me gustaría haber ido al cine. —

— Es normal, las cosas nunca salen como planeas. — Le replicó Jovaka, recordando las palabras que una vez oyó a Mao. Luego, se quedó callada por varios segundos, preparándose para decir esto:

— La verdad es que…— Aunque no se atrevía. —…todo esto ha sido muy extraño. —

— ¡¿Extraño, el qué!? — Le preguntó Josefina.

— Estar contigo haciendo una “cita de mentira”, o cómo quieras llamarlo. Es bien obvio. —

Josefina se quedó en silencio, muy pensativa. Después, dijo: — Pues es verdad. —

Jamás habría creído hacer una cita de mentira con una amiga, ni menos con la fastidiosa de Jovaka. Y ahora que lo pensaba, le estaba dando vergüenza haberle pedido hacer eso, menos mal que no hicieron, como práctica, varias cosas que hacían habitualmente los “novios”, o si no hubiera deseado que la tierra la hubiese tragado.

Las dos se quedaron en silencio de nuevo. Josefina, pensando sobre lo que había pasado hoy; Jovaka, preparándose para decirle esto:

— Yo pensaba… — Le daba mucha vergüenza. —Bueno, pues que me odiabas…—

— Bueno, me caías mal. Siempre poniéndote histérica y violente cuando me acercaba a ti, y diciendo esas estupideces todo el tiempo. Tampoco es que seas muy agradable y siempre me molestas. Pero, últimamente, ya no me caes tan mal. —

Le contestó inmediatamente Josefina, con toda naturalidad y con una sonrisa. Jovaka le costaba entender que tuviera ese rostro feliz, a pesar de que estaba con alguien que supuestamente a ella le caía mal. Y tampoco que ella también lo tuviera, cuando creía todo este tiempo que la odiaba.

Ya no estaba tan segura de eso, tal vez ya le tenía algo de cariño a esa molesta charlatana, cuya mente iba más despacio que una tortuga.

— Tú…— Tardó mucho en decírselo. — Bueno, tú tampoco me caes muy mal. — Estaba tan roja que deseaba que la tierra la tragase.

Entonces, Josefina dio un salto y le miró a Jovaka, con una cara sonriente, mientras le decía esto: — Bueno, entonces la próxima vez que lo haremos, ¿iremos al cine? —

— Oye, oye… ¡ya no quiero tener más citas de mentiras! — Ya tenía suficiente con esa.

— Pero necesito practicar, para estar preparada para el primer amor. — Añadió Josefina, mientras Jovaka se levantaba y empezaba a caminar, mientras le decía que no sin parar.

Así las dos se dirigían de vuelta hacia la casa de Mao.

FIN

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