centésima onceava historia

La sastrería: Última parte, centésima onceava historia.

A Josefina le costó muchísimo poder hacer que la coreana, quién les preguntó algo asustado qué ocurría por culpa de los gestos de sorpresa que pusieron, que iba al mismo lugar que ellas.

— ¡Es causalidad, bastante! — Añadió sorprendida, después de soltar algunas palabras de sorpresa en su idioma delante Josefina y Alsancia.

— ¡Pues, ya que sabemos esto, vamos a buscar ese maldito sitio! — Gritó Josefina, mientras levantaba el puño hacia al cielo, animándolas como si estuvieran a punto de participar en una gran competición. Instintivamente, Alsancia y la coreana, que además no se entero de nada, hicieron lo mismo. A continuación, reanudaron su búsqueda por aquel laberinto infernal.

Ellas iban de un lado para otro, atravesando sin parar estrechos callejones, observando todo lo que le rodeaban, pero no lo encontraban. Alsancia no dejaba de forzar a su cerebro para hacerle recordar cómo llegar al maldito local, pero era en vano. Sabía que estaba dentro de este pequeño barrio y que debía estar cerca, así que debería haberlo visto hace rato, ¿o tal vez ya habían pasado a su lado sin que se diesen cuenta? Eso explicaría todo.

Y tras tantas vueltas, estaban tan cansadas que decidieron detener y ponerse a descansar un poco, poniéndose las tres delante de un cartel que mostraba el plano del barrio.

— ¡Qué fastidio! — Gritaba Josefina, mientras se ponía a ver el mapa del barrio — ¡¿Dónde ésta el maldito local!? —

No le sirvió de nada, no solo porque no mostraba los locales que había en el lugar, sino que estaba escrito en ruso y no entendía apenas nada. Casi iba a patear el suelo por la frustración, pero se controló.

— Esto es cansancio. — Por otra parte, tanto la coreana y Alsancia se sentaron en el suelo de un golpe, sin importarles lo sucio que estaba.

Necesitaban estar sentadas durante un rato más, no podría aguantar más estar de pie, aunque no era muy cómodo para sus traseros. Por otra parte, Josefina, después de intentar descifrar el plano, intentando recordar lo poco que sabía de ruso; se rindió y se dirigió hacia su amiga Alsancia.

— ¡¿No recuerdas algo de cómo es el lugar!? — Decía Josefina, bastante molesta. — ¡Es imposible que no lo hayamos encontrado todavía! —

Esperaba alguna pista que les podrían ayudar, pero no se dio cuenta de que su tono de voz hizo que Alsancia se disculpará.

— Perdón…— Se sentía muy afligida, totalmente inútil. Ya ni siquiera estaba segura de que si la imagen que tenía en sus recuerdos de la sastrería era de verdad o una ilusión.

Al ver su reacción, Josefina se dio cuenta de que la hizo sentir e intentó arreglarlo: — ¡No pasa nada, Alsancia! ¡No lo decía con mala intención! — Decía nerviosamente. — ¡Tal vez haya cambiado su aspecto y no pudiste reconocerlo!  —

Al ver que preocupó a Josefina por su actitud, Alsancia intentó no ponerla triste por su culpa.

— ¡No importa…! — Le intentó decir a Josefina. Luego, le explicó con el lenguaje de los signos que no se preocupará por ella y que no dijo nada malo.

— ¿De verdad…? — Se acercó a Alsancia. — ¡Pues si no es nada, entonces borra esa tristeza de la cara y muestra una sonrisa! —

Entonces, intentó forzar una sonrisa en el rostro a Alsancia con sus propias manos.

— ¡¿U-u-una s-sonrisa!? — Tartamudeó la napolitana, mientras se dejaba.

— No te debes sentir mal, solo porque no encontramos un puto local. Eso es algo muy pendejo. Incluso yo me pierdo varias veces por aquí, cuando intentó ir a la casa de Mao. Así que es normal, absolutamente normal. —

Josefina rió avergonzadamente tras decir tales cosas, mientras dejaba en paz la cara de Alsancia. Luego, añadió esto:

— Bueno, es tan normal como que Alsancia siempre se preocupa por pequeñeces. —

Alsancia, al principio, le iba a replicar algo, pero entonces se dio cuenta de que ella tenía razón, de que siempre se preocupaba por cosas que la gente normalmente no lo hacía, cosas comunes y normales que los demás podrían realizaban sin esfuerzo o incluso sin pensarlo ni una sola vez.

Pero también era cierto que la napolitana era un caso algo diferente, que ella apenas podría realizar algunas cosas que para el resto era fácil y muy sencillo. Gracias a eso, cada día se sentía bastante inútil y torpe por culpa de esa condición, haciendo que se preocupará enormemente en aquellas pequeñeces.

Aún así, últimamente esos sentimientos no le afectaban tanto como antes, aunque fuera poquito a poco. Por eso, en vez de ponerse a lloriquear por tal pequeñez, debería seguir buscando el local y encontrarlo de una buena vez.

— E-es verdad…— Le replicó a Josefina, mientras se levantaba. — P-por ahora…— Y dejó que su amiga le terminará la frase.

— ¡Encontraremos ese local, como nos llamamos Josefina y Alsancia! — Entonces, con una sonrisa en sus rostros, se chocaron la mano.

Así, con los ánimos recuperados, decidieron volver al ataque. Ahora habían pasado a un nuevo plan, preguntar a cualquier vecino sobre el paradero de aquel local.

Al primero que vieron, un viejo de setenta años con cara de amargado, se acercaron a él para preguntárselo, pero cuando oyó que ellas hablaban puro inglés las ignoró y se metió rápidamente en su casa.

La segunda persona con la que intentaron hablar era una mujer joven que tenía un rostro lleno de furia y estaba gritando insultos y maldiciendo a su novio en ruso. Las tres chicas decidieron no molestarla, para que su enfado no fuera contra ellas.

Tras eso, se encontraron con la tercera, que era también una mujer joven, y le preguntaron desesperadamente si sabía dónde estaba el local que estaban buscando. Por desgracia para ellas, no era de por aquí y no sabía nada, que estaba buscando la casa de una amiga y se perdió por el barrio. Aprovechó para preguntarles a Josefina y compañía si la conocían, pero sus respuestas fueron negativas.

Después de eso, las tres observaron a lo lejos a unas mujeres muy viejas que charlaban como cotorras. Se acercaron a ellas y les preguntaron, pero éstas, al ver que le interrumpieron en su charla sobre las obscenidades que estaba haciendo la vecina de al lado con hombres que no era su marido, mandaron a la mierda rápido a las pobres chicas.

Al final, dieron otra vuelta por el barrio, después de buscar inútilmente personas que le explicarán dónde estaba la maldita sastrería, llegando otra vez ante al panel que tenía el plano del barrio.

— ¡Esto ya es extraño…! — Decía Josefina, incrédula. Jamás creía que se volvería una tarea tan fastidiosa y horrible buscar un simple local. Es más, empezó a creer que había fuerzas sobrenaturales detrás de todo eso. — ¡Es como si el mundo no quisiera que lo encontráramos! ¡Debe ser el destino, seguro! ¡No quieren que entremos en ese local, o nos pasará algo malo! —

Alsancia le decía con el lenguaje de los signos que no creía que eso podría pasar, pero Josefina, ya metida en sus fantasías alocadas, estaba hablando en voz alta un montón de explicaciones absurdas. Entonces los gritos de la coreana, hizo volver a la mexicana a la realidad.

— ¡Barrio basura, eso es eso! — Gritó totalmente enfadada, antes de seguir haciéndolo en su idioma natal y empezó a patear el suelo, antes de hacerlo contra el cartel, que lo dio tan fuerte que casi se lastimó el pie.

Josefina le preguntó si estaba bien y mientras la coreana, que no paraba de quejarse por el dolor;  le respondía que sí, Alsancia le dio un toque a su amiga:

— ¡¿Qué ocurre!? — Le preguntó Josefa, al darse cuenta.

Entonces, utilizando el lenguaje de los signos, que deberían volver a casa de Mao y preguntarle a Clementina que les ayudarán. Josefina le preguntó por qué cambió de opinión y ésta le explicó nerviosamente que antes no quiso hacerlo porque le era muy vergonzoso, no quería demostrar que era alguien tan inútil que ni siquiera podría entregar una ropa a un local que estaba casi al lado. Pero ahora ya no tenía más opción.

— Ya veo…— Decía Josefina, tras escucharla. — ¡Pues bueno, habrá que hacerlo! ¡O nos volveremos locas de tanto buscar! — Alsancia movió la cabeza afirmativamente.

Y entonces, Alsancia sintió de golpe cómo algo empezó a tirar fuertemente la bolsa en la que llevaba la ropa de Mao, como si se lo quería quitar. Esa era la intención, porque alguien aprovechó que las chicas estuvieran algo distraídas en esos momentos para hacer algo muy feo: Robarle la bolsa a la napolitana. Del tirón, ella giró su cabeza y vio cómo se lo quitaban.

Fue vano el intento de resistencia de Alsancia, se lo quitó en cuestión de segundos y salió corriendo. Y aunque no pudo gritar, las otras dos se dieron cuenta:

— ¡Un ladrón! — Gritaba Josefina. — ¡Un ladrón, un desagraciado nos está robando! — Y salió corriendo a toda velocidad hacia al hombre que le robó a Alsancia, mientras gritaba lo más fuerte posible, para que todo el mundo lo escuchará.

Éste aprovechaba que estaban en un laberinto para perderse de vista lo más rápido posible, pero Josefina era tan rápida que en cuestión de segundos lo alcanzó.

— ¡Devuélvanos, robar es malo! — Le gritaba, mientras se acercaba a toda posibilidad.

A pesar de que se metía en un callejón para otro para despistar a la chica, eso mismo le provocó su ruina. Al girar tantas veces le hacía perder unos segundos muy valiosos, ya que Josefina era mucho más rápida que él. Al final, fue alcanzado.

— ¡Dámelos de una vez, ladrón! — Eso le gritó por última vez, antes de acelerar por última vez y darle un cabezazo en toda la espalda, tan fuerte y doloroso que gritó como nena y cayó al suelo.

— ¡Ay, qué daño! — Y Josefina también le dolió y no paraba de examinar con sus manos el golpe. — ¡Mi cabeza me duele! —

Entonces la coreana y Alsancia alcanzaron a Josefina, que la persiguieron lo más rápido posible, aunque tardaron como tortugas. Al terminar ellas, la carrera, casi caen al suelo por el agotamiento, casi les iba a dar algo. Correr no era lo más propiciado para ellas.

— ¡¿Estás bien!? — Preguntó la coreana, mientras recuperaba el aliento.

— ¡¿Te h-has h-hecho…!? — Intentaba decir esto Alsancia, mientras intentaba examinar la cabeza de Josefina para ver si estaba bien.

— No os preocupéis, estoy muy bien. — Les replicó triunfante, haciendo el gesto de la victoria, mientras cogía lo que el ladrón tiró al suelo. — ¡Y de paso, lo hemos recuperado! — Por suerte para ellas, habían recuperado la bolsa que llevaba el kimono roto de Mao.

Mientras ocurría todo eso, la gente del callejón ya estaba saliendo de sus casas con bates de beisbol y sartenes, rodeando al ladrón con la idea de trincharlo. Les decían en un ruso amenazador y con rostros de puro enfado que le iban a golpear tan fuerte que ni su madre le podría reconocer, y que era un verdadero desgraciado por robar a una niñas y le iba a salir caro. El pobre les pedía piedad, mientras le salían las lágrimas por los ojos, pero era en vano, empezaron a pegarle. Josefina, Alsancia y la coreana ignoraban olímpicamente la escena que estaba pasando a su lado, hablando entre ellas como si nada. Entonces, alguien más apareció:

— ¡¿Qué es todo ese escándalo!? — Preguntaba muy molesto, mientras daba un bostezo. Los gritos le habían despertado y ahora mismo estaba saliendo de su local, el cual iba a abrir. Entonces, vio algo que le atrajo la atención: — ¡¿Kyong-Suk!? —

Aquel anciano volvió a gritar su nombre, mientras exclamaba en coreano que por fin había venido. La coreana, oyó su voz y giró la cabeza hacia él, era su abuelo:

할아버 (Hal-abeoji)! — Eso gritó y corrió hacia él para saludarla, antes las miradas atónitas de Josefina y Alsancia.

Josefina se quedó preguntándose qué quería decir ella y luego, tras verla saludar al anciano y ponerse los dos charlando tranquilamente en su idioma natal, intentaba deducir de qué estaban hablando. Lo único que sacó es que obviamente parecían familia.

Por su parte Alsancia, se quedó boquiabierta porque conocía al anciano, así como el local que estaba detrás de él y de su nieta. Tardó un poco, pero los reconoció. Ese era al lugar a dónde tenían que ir para entregar el kimono que se le rompió a Mao. No se lo podría creer.

También tardó un poco en reaccionar y decirle a Josefina que había llegado a su destino. Le tocó un hombro y ésta se dirigió hacia ella:

— ¡¿Qué pasa!? — Le preguntaba Josefina y Alsancia le mostró el letrero que estaba situado casi en el techo de la casa en dónde estaba el local.

— “El sastre Hanguk”. — Ella lo leyó. — Eso me suena de algo…— Y se quedó muy pensativa durante unos cuantos segundos, hasta que se dio cuenta: — ¡Espera, si es…! — Entonces, gritó de la sorpresa.

— Jajajajaja, ya veo. Así que no pudieron encontrar mi sastrería. — Reía el anciano, mientras charlaba con Josefina. — A muchos clientes le pasan lo mismo, la verdad. Debería cambiarlo de sitio. —

Ya habían entrado en el local y el anciano cogió la bolsa y estaba mirando cómo de grave era la rasgadura que tenía el kimono de Mao.

— ¿¡Entonces, esto es una sastrería!? — Preguntaba al anciano, mientras observaba todo su alrededor. — ¡Bueno, esto me parece una tienda de ropa, la verdad! —

— No vas tan encaminada, pero son diferentes. Aquí hacemos tus ropas a tu gusto o te la arreglamos. Ninguna tienda de ropa te hace eso. — Tardó un poco en procesar esa simple información. Luego ella gritó, totalmente sorprendida:

— ¡De verdad! ¡¿Haces ropa a domicilio!? — Jamás pensó que existía algo así.

— Algo así, niña. — Le respondió el anciano. — Pero si, puedes pedirme ropa que más te guste y en torno a tus medidas. Diles a tus papas, por si les interesan. — Y luego, rió amigablemente. Josefina cambió de tema:

— De todas maneras, ¿Mao siempre pasa por aquí? — Quería conocer la relación que tenía con la sastrería.

— Es un cliente habitual y fui un viejo amigo de su padre. Es más, varios de sus kimonos se las he confeccionado yo. —

Por otra parte, mientras Alsancia miraba la ropa que había en el escaparate, detrás de ella se puso la coreana y le dijo esto:

— ¡Por cierto, gracias! — Casi le dio un susto de muerte a Alsancia, pero ésta al girar hacia atrás y verla se alivió mucho:

— ¡D-de nada! — Intentó decirle algo, pero ella se puso bastante nerviosa. — P-pero J-jose…— Quería explicarle que fue Josefa quién decidió ayudar, y no ella. Por tanto, no le debería decirles las gracias.

Lo que no sabía es que ella le había dicho las gracias a Josefina antes. Aún así, tras ver cómo Alsancia, que no sabía cómo hablar con una extranjera que apenas sabía su idiota, se estaba poniendo realmente alterada, intentó tranquilizarla, preguntándola esto:

— ¿¡Por qué estás nerviosa!? —

— Pues…— Alsancia no supo cómo responder.

— Bastante adorable eres. — Entonces, le empezó a acariciar la cabeza como si una mascota, mientras le decía esto alegremente. — Me acuerda mucho a infancia. —

Alsancia se puso roja y un poco molesta por ser tratada otra vez como una niña, pero no dijo nada. A continuación, la coreana añadió esto:

— ¡¿Tú también sufrir mucho, verdad!? —

Al principio se quedó sorprendida al escuchar tales palabras, ¿cómo se dio cuenta de eso? Entonces, tras varios segundos de silencio, empezó a pensar que ella llegó a esa conclusión tras ver actuar durante todo el recorrido.

— ¡¿Tu cuerpo debe ser basura, no!? El mío también. Yo, tener problemas graves con corazón. — Alsancia se quedó bastante más sorprendida de lo que estaba. — Y sufro mucho desde niña. —

No sabía que decir ni cómo actuar, tras descubrir que ella y la coreana tenían algo en común. Más bien, dejó que ella continuara hablando:

— Tú tienes mucho por delante. Es triste sufrir desde niña, pero ánimos. Me costó, pero pude seguir viviendo. — Añadió, en voz baja: — No, aún sigo viviendo, a pesar de que muerte esté… —

Al darse cuenta de que Alsancia la oyó, soltó esto:

— No es nada. Tú, intentas disfrutar la vida. Nada más. Lucha contra problemas. Y…—

Y entonces, Alsancia la abrazó y le dijo nerviosamente con una gran sonrisa: — ¡A-ánimos, tú también! —

Después de todo, aquella chica que apenas la conoció hace unas pocas horas le estaba dando palabras de ánimos y ella tenía que devolverle el favor. Eso fue lo único que se le ocurrió.

FIN

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centésima onceava historia

La sastrería: Primera parte, centésima onceava historia.

Como su hermano Miguel se había puesto muy pesadito con las bromas, por culpa de sus estúpidas apuestas con sus amigos, Josefina decidió salir de su casa directa a la de Mao. Y cuando estaba a solo unos pasos de su tienda, vio cómo salía Alsancia de ahí, llevando lo que parecía una bolsa de compra. Inmediatamente, la saludó enérgicamente:

— ¡Hey, Alsancia! ¡Buenas tardes! — Le gritaba eufóricamente, mientras se acercaba a ella.

Alsancia se llevó un pequeño susto cuando oyó esa voz y giró la cabeza hacia dónde provenía. Al ver que solo era Josefina, le devolvió el saludo silenciosamente, solo moviendo la mano.

— ¡¿Adónde vas!? — Le preguntó a continuación.

— P, pues… — Alsancia no sabía cómo decírselo, y solo pudo decirle con el lenguaje de los signos que tenía que llevar algo importante, nada más.

— ¡¿Él qué!? — Eso solo hizo que su curiosidad aumentará muchísimo más. — ¡¿Puedes explicármelo, por favor!? —

Alsancia no podría negarse y empezó a buscar una manera para poderle explicarle lo que tenía que hacer. Así que le señaló la bolsa que tenía y le mostró lo que llevaba, uno de los varios kimonos que usaba Mao, y enseñó que estaba rasgado. Luego, le señaló con el dedo hacia una pequeña calle que se veía a lo lejos. Quería decirle que iba a llevarlo hacia un sitio para que lo arreglasen, pero Josefina entendió otra cosa:

— ¿¡Tienes que llevar eso a la basura!?  — Alsancia lo negó con la cabeza rápidamente. — ¿¡Entonces, qué!? — Añadió Josefa muy pensativa.

Y tras poner cara de estar intentando forzar a sus neuronas pensar en alguna explicación, decidió olvidarse de eso con total facilidad.

— Bah, no importa…— Decía Josefina. — Sea lo que sea, ¿puedo ir contigo? — Y Alsancia no se lo negó, incluso creía que ella podría ayudarla a hacer el recado.

Después de todo, había salido por una razón: Llevar un kimono de Mao que se rompió a una sastrería en el cual era cliente habitual. Cómo éste tuvo que salir para ayudar a alguien y Clementina tenía que limpiar, se ofreció para llevarlo hasta ahí, ya que había conocido el lugar anteriormente.

Lo mejor de todo es que estaba casi al lado, estaba dentro del mismo barrio. Pero eso mismo era una desventaja porque dónde vivían era un verdadero laberinto de estrechas y pequeñas calles y apenas recordaba dónde estaba la sastrería. De todos modos, creía que podría encontrarlo rápidamente y no pensaba que le pasaría lo mismo cuando salió con Jovaka hacia al correos.

— ¿Por cierto,… — Le preguntó Josefina, quién apenas duró ni un minuto poder quedarse callada. —… a adónde vas está cerca de aquí? —

Alsancia le movió la cabeza afirmativamente, antes de girar por una callejuela en que apenas podrían entrar dos personas. Al llegar al final, en la cual terminaba en otro pasaje, rápidamente empezaron las dudas, no sabía qué dirección coger. Mientras intentaba recordar, Josefina volvió a hablar, interrumpiéndola en el proceso:

— Ah, por cierto, ¿sabes qué le pasa a Mao últimamente? — Esa pregunta desconcertó totalmente a Alsancia, quién se quedó muy sorprendida, por el hecho de que incluso Josefina se diera cuenta de eso.

Ella, al ver el rostro que puso su amiga, se puso nerviosa y le intentó explicar la razón de sus palabras: — Bueno, verás…— Le decía muy pensativa. — Actúa como siempre, pero, pero no sé… Hay algo raro, parece como si estuviera algo triste y lo esconde… Esa es la sensación que me da. —

Entonces, hubo un corto silencio entre ellas, antes de que Alsancia se atreviese a decirle con el lenguaje de los signos lo que pensaba.

Le dijo que sí, le pasaba algo, que estaba triste y sufriendo por algo que nadie sabe, porque no lo dice y además lo oculta intentando actuar como siempre.

Aunque en apariencia, delante de los demás; Mao seguía actuando como es, había algo que lo estaba torturando y que lo intentaba ocultar a toda costa. Apenas dormía por la noche y cuando lo hacía tenía pesadillas, tampoco comía gran cosa, hacia largos paseos y a veces estaba durante mucho tiempo en el cuarto de baño, se le notaba más triste y malhumorado, etc.

Todos esos indicios dejan claro que le ocurría algo y todo el mundo se dio cuenta. Nadie se atrevía a decirle a Mao qué le pasaba, porque sabían que no se lo iban a contar.

Aún así, querían que alguien se lo dijera y presionarle para que se lo dijeran, pero nadie tuvo la valentía de dar el primer paso.

— Entiendo… — Añadió Josefina muy preocupada. — No me gusta que Mao esté así… —

Mao, para ella, para Alsancia, para todas; no solo era una gran “amiga”, sino la persona que las unía, era el núcleo. “Es la líder de la manada”, diría Malan. “Es la jefa”, dirían las gemelas. Por aquella razón, ninguna de ellas no podría estar tranquila cuando el centro de todo estuviera en ese estado.

— Yo t-también… — Le soltó esto a Josefina, con la misma preocupación.

Alsancia, al ver que había entristecido a Josefina con eso, intentó animarla, diciéndole con signos y señales lo que le dijo Malan hace poco:

— Mao es fuerte, seguro que podrá superarlo pronto. —

Lo decía cómo si supiera cómo estaba, pero a Alsancia le dio muy poca importancia.

Tras decírselo, Josefina, recuperando su alegría natural, soltó eso:

— Malan tiene razón, seguro que podrá… — No solo confiaba en las palabras de Martha, sino también en el mismo Mao, quién muchas veces las han salvado de apuros y problemas.

Y entonces siguieron su camino. Alsancia eligió lo primero que vio, sin importarle el hecho de recordarlo o no. Después de todo, creía que con lo pequeño que era el barrio, no sería tan difícil no encontrar por casualidad la sastrería. Estaba muy equivocada.

Tras pasearse por varias callejuelas, salirse fuera del barrio varias veces y dar la vuelta en varios porque no tenían salida, definitivamente se dio cuenta de que no sabía dónde estaba ese maldito local.

— ¿Pero esa no es la casa de Mao? — Preguntó Josefina cuando se dio cuenta de que estaban pasando por el punto de inicio.

Y lo peor es que era la segunda vez. La napolitana se quedó con la boca totalmente abierta, incrédula sobre lo que le estaba pasando.

— O-otra vez… — Soltó Alsancia con ganas de llorar de la rabia. Era el colmo, ¿cómo no podría encontrar el maldito local, aún cuando estaba al lado?

— Es la segunda vez que pasaba por aquí. No estamos dando más que vueltas. — Y Josefina solo señaló lo obvio.

Alsancia pensó por un segundo a preguntarle a Clementina si podría darle indicaciones para poder encontrarlo, pero le daba mucha vergüenza decirle. Era ridículo no poder encontrar la maldita sastrería, el cual no solo estaba al lado, sino que además había estado en él dos o tres veces. En fin, sería muy patético para ella, que era una adulta. Tenía que encontrarlo ella sola.

— ¿Vamos a preguntarle a Mao o a Clementina? ¡Porque estamos dando vueltas como tonta! — Le preguntó Josefina, a continuación. Se dio cuenta de que necesitaban ayuda.

— N-no, y-yo puedo… — Pero Alsancia rechazó la propuesta de forma tímida, no quería llegar al punto de depender de otros solamente porque no podría encontrar un local que buscaba. Tenía que valerse por sí misma.

— ¡No digas eso, si no sabes dónde está es una tontería lo que estás haciendo! — Le replicó Josefina, y esas palabras inesperadamente hundieron la moral de la pequeña Alsancia.

— E-es verdad…— Decía con el orgullo humillado. — S-soy patética…—

— ¡No dije eso, de verdad! — Gritaba Josefina, que sintió que metió la pata. — ¡No lo eres! — Lo último que menos quería era ponerla deprimida.

— A-a p-pesar de…— Susurró Alsancia con ganas de llorar. —… ser adulta… —

— ¡N-no te preocupes! Y-yo también soy adulta y bueno, incluso a veces me pierdo comprando el pan, o cuando voy a la casa de Mao y entró por diferentes caminos. — Alsancia puso una mirada que hirió a Josefina.

— ¡¿Por qué me miras así!? — Le preguntó consternada.

— N-no es nada…— Le decía ella nerviosamente. No quería decirle que aún le quedaba mucho para ser adulta, además replicarle eso sería muy feo de su parte, porque creía que Josefina era mucho más útil que ella.

— Me miraste como si me estuvieras diciendo que no soy adulta, o eso parece…— Soltó Josefina, mientras reía nerviosamente.

— N-no importa…— Y añadió Alsancia con el mismo nerviosismo, antes de decirle por el lenguaje de los signos que ella iba a seguir buscando el local, que si quería podría entrar en la casa. Josefina lo rechazó, porque sentía que no podría dejar sola a su amiga en su búsqueda.

Y Alsacia, centrando todos sus esfuerzos en recordar cómo era el camino, volvió a intentar a buscar la maldita sastrería.

— Esto me trae recuerdos… — Pero Josefina no ayudaba mucho a que se concentrará. — ¿Sabes de qué? De cuando nos conocimos… ¡¿Cuánto debe haber pasado!? Apenas lo recuerdo. —

Alsancia, que debería pensar en cuál era el camino a seguir para llegar a la sastrería, se puso a pensar en el día en que conoció a Josefina, a Mao y a los canadienses. Al acordarse de que se desmayó en plena calle y Josefa tuvo que llevarla a la casa del chino, sintió muchísima vergüenza y algo mal por hacerles dar un susto.

— G-gracias… — Le dijo de repente Alsancia, antes de utilizar el lenguaje de los signos para añadir que sintió mucho lo que había pasado.

— Ah, ¿por qué? — Preguntó Josefina, luego le soltó: — No tienes que decir eso, yo siempre ayudo a los necesitados. — Y rió alegremente.

Y entonces se paró de repente y se quedó callada, como si hubiera recordado algo que se le había olvidado mucho tiempo. Alsancia le preguntó que le pasaba y ella contestó:

— No es nada, solo es que estaba recordando algo… — Después se mantuvo callada varios segundos, antes de añadir esto:

— En aquel día, estaba intentando buscar la casa de una vieja amiga, creía recordar dónde estaba su casa, pero al final me perdí por aquí. Estaba por este barrio o cerca, ya no recuerdo bien. Aunque,… — Dio una pequeña pausa. — Ella cambió de escuela, así que debía haberse mudado hace rato y solo estaba perdiendo el tiempo, pero tenía la esperanza. — Decía con un rostro melancólico. — ¿Cómo estará ella ahora…? —

Entonces, absorta en sus pensamientos, Josefina chocó contra alguien.

— ¿E-estás bien? — Tartamudeó Alsancia, mientras intentaba ayudarla a levantarla, pero Josefina se levanto sola y le dijo a la persona con la cual se chocó:

— Perdón, es que iba distraída y pues eso…— Rió nerviosamente, luego vino el silencio, aquella chica se quedó mirándola, no con enfado, sino cómo si quería preguntarle algo y no sabía explicarlo. Josefina y Alsancia se quedaron observándola, mientras se preguntaban qué le pasaba.

Se sorprendieron un poco al ver que era una asiática, a pesar de que ya conocían a Mao y de habían unos pocos por el barrio. Por un momento, se preguntaron si era pariente suyo, pero eso sería demasiada casualidad. En términos generales, era un poco más alta que la mexicana y estaba delgada, tanto que no parecía sano y que le notaba porque usaba una ropa muy ajustada a su cuerpo. Su piel tampoco parecía sana y llevaba un pelo demasiado corto.

— Yo, extranjera, perderme por aquí. — Les soltó a continuación, hablando con mucha torpeza. — A-ayuda, buscar dirección. — Entendieron rápidamente por qué le costó mucho pronunciar palabra.

— ¡Ah, ya veo! — Le decía Josefina. — ¡No te preocupes, nosotras te ayudaremos! —

Alsancia, utilizando el lenguaje de los signos, le preguntó si estaba bien, ya que ellas eran las menos indicada para hacerlo, no encontraban un simple local.

— ¡No te preocupes, Alsancia! ¡Recuerda que yo ayudo a los necesitados! ¡Y esta extranjera es una necesitada!  —— Pero Josefina estaba totalmente confiada.

— ¡¿Poder repetir, por favor!? No entiendo bien. — Les preguntó la extranjera, que no se estaba enterando de nada. La confianza de Josefina bajó algo, pero no lo suficiente para ayudar a esa chica.

— ¡Así que está es la dirección! — Exclamó Josefina, después de hacerle entender que le iban a ayudar. La extranjera le dio un papel en el cual estaba inscrito el lugar en dónde quería ir. — ¡Tiene un nombre muy raro, la verdad! —

— ¿¡Preguntas por nombre mío!? — Y la extranjera confundió sus palabras.

— No quería decir eso…— Le intentó explicar Josefina, pero ésta soltó su nombre igualmente:

— Syngman Kyong-Suk. O Kyong-Suk Syngman. —  Al ver las cara que pusieron las dos chicas, añadió: — Nombre coreano, yo ser del Sur. —

Alsancia y Josefina se quedaron un poco boquiabiertas al escuchar un nombre tan extraño y tardaron en reaccionar. Al final, por cortesía, ellas decidieron decirle los suyos.

— Nombres raros para americanos…— Y eso añadió la chica coreana realmente sorprendida, molestando un poco a Alsancia y a Josefa, que ignoraron esas palabras, siguiendo su camino.

Josefina miraba una y otra vez las placas de cada callejuela en el que se introducían, lo malo es que estaban solo en ruso y ni ella ni Alsancia entendía nada. Y cuando se dieron cuenta de que seguían dando vueltas por el barrio, la mexicana gritó enfadada.

— ¡Maldita sean, porque no tienen la decencia de ponerlo en inglés! — Y casi iba a tirar el papel de la dirección contra el suelo por la rabia, pero fue detenida por Alsancia.

— ¿Ocurre algo? — Preguntó la coreana, al darse cuenta.

— ¡No es nada! — Le respondió nerviosamente Josefina, antes de añadir esto: — ¡¿Te dieron alguna explicación de cómo era el lugar en dónde tienes que ir!? — Josefina creyó que tal vez así podrían tener pistas para encontrar el lugar que estaban buscando.

— ¡¿Qué querer decir!? — Pero antes tenía que explicarle a la extranjera de una forma que entendiera, algo que le costó bastante.

— ¿Querer decir…?— Le decía pensativa, después de cinco desesperados intentos. — ¿Cómo es lugar a que voy? —

Al ver que por fin pudo entenderlo, Josefina gritó de alegría:

— ¡Por fin lo has entendido! — Y luego añadió en voz baja: — Deberías haber aprendido mejor el inglés…—

— No entiendo. — Y añadió la coreana, al ver que la escuchó.

— Da igual. — Le replicó Josefa nerviosamente y ésta le preguntó:

— ¿¡Qué es “da igual”!? —

— No importa. — A Josefina ya le estaba molestando bastante.

— ¡¿Qué es “no importa”!? —

Para no explotar, Josefina le preguntó de nuevo qué si le habían dicho cómo era el lugar a dónde iba a ir, para cambiar de tema. Y ésta, se lo intentó explicar:

— Sí, me dijeron. Debo ir a local que hace ropa casera y repara. Me dijeron palabra en inglés, pero no recuerdo… — Les respondió muy pensativa.

— ¿¡Solo eso!? — Josefina esperaba mucha más información.

— Me suena…— Pero a Alsancia se le hacía muy familiar. Después de decir eso, Josefina le gritó:

— ¿De verdad, Alsancia? —

Ella le respondió afirmativamente con la cabeza y luego le dijo, utilizando el lenguaje de los signos, que debería preguntarle a la chica si sabía si le dijeron el nombre de adónde iba:

— ¿También te dijeron el nombre del local? — Y así lo hizo.

— Sí, lo recuerdo. Mucho. Llamarse “El sastre Hanguk”. —

Tras su respuesta, Alsancia puso una cara de enorme sorpresa, porque supo enseguida de qué local se refería esa chica, a pesar de que dijera mal ese nombre. Al ver su reacción, Josefina le preguntó esto:

— ¡¿Qué pasa, Alsancia!? ¡¿Lo conoces!? —

Y ésta le explicó con el lenguaje de los signos que sí lo conocía y además que es al mismo lugar a dónde tenía que ir.

— ¡¿Qué!? ¡Virgencita, qué casualidad! — Josefina puso la misma cara que Alsancia, mientras gritaba exageradamente.

Así es cómo se enteraron de que tenían el mismo destino.

FIN DE LA PRIMERA PARTE

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Centésima décima historia

La discusión: Última parte, centésima décima historia.

— ¡¿Por qué mi cuarto está mojado, qué hace ese cubo ahí!? — Eso gritaba Miguel, muy sorprendido, al ver su cuarto. — ¡No mames! ¡¿Es esto lo que me querías enseñar!? —

— ¡Esas chamacas, lo han arruinado todo! — Maldijo en voz baja Noemí, enfadada por el hecho de que la broma no le había salido para nada bien.

Después de todo el esfuerzo que hizo para sacarlo del garaje, mientras él limpiaba su querido carro con mucho amor; y dirigirlo hacia su cuarto, vio con sus propios ojos como su venganza había sido totalmente arruinada.

— ¡¿Decías algo!? — Le preguntó su hermano, que la oyó.

— Nada, nada, bro. A mí también me ha sorprendido ver esto, esto es un verdadero desmadre. — Y ésta lo intentó disimular, pero lo hizo fatal.

— ¿¡Has sido tú, no!? — Así era fácil que su hermano supiese cual era el cerebro de aquel estropicio.

— No, no me eches la culpa. — Aún así, ella intentó defenderse.

— ¡No te pases de vergas! — Y se hubieran puesto a pelearse, sino fuera porque alguien les interrumpió.

— Noemí, ven aquí. — Le decía tímidamente Josefina, desde la lejanía, mientras le movía la mano para que se acercará. Y ésta, para quitarse del medio a su hermano y a la vez pedirle explicaciones a Josefa, la hizo caso.

Cuando alcanzó a Josefina, le dijo esto al oído, muy enfadada: — ¡¿Por qué no habéis puesto la trampa bien!? ¡La broma está toda arruinada! —

— Eso ahora me la pela. Necesito que me ayudes con una cosa. — Le replicó Josefina.

Ese tono le molestó mucho a su hermana Noemí, quién se puso muy fanfarrona: — ¡¿Y si digo que no!? —

— ¡No mames! ¡Yo te he ayudado, ahora es tu turno! — Infló los mofletes muy molesta, recordando que su hermana, siempre le pedía ayuda y luego cuando le llegaba el turno a Josefina, se la negaba, con múltiples excusas.

— Pero no lo hiciste bien, fin del asunto. — Y esta no era una excepción. Pero Josefina tenía un as en la manga, que podría obligarla a ayudarla:

— ¡¿Y si le digo al hermano la verdad, de que me convenciste para hacerle una broma?! — Le dijo maliciosamente, y Noemí se puso blanca de terror, al escucharlo.

Y entonces, aquella conversación subidamente dio una pequeña pausa, al darse cuenta las dos que su hermano Miguel se acercaba poquito a poco a ellas para escuchar su conversación.

— ¡Oye, tú! ¡No espíes una conversación de damas! — Le gritaron como si fueran leonas.

— ¡Órale! ¡No tienen que ponerse así! — Y éste, al ver que le habían atrapado, decidió alejarse de ellas, mientras mentalmente no dejaba de insultarlas.

Tras irse, Noemí le preguntó: — ¡¿Bueno, en que cosa quieres que te ayude!? —

Empezó a contarle todo lo que pasó y el malentendido que había creado ella, provocando que las gemelas se pelearán entre ellas. Tras terminar, le soltó esto a su hermana: — ¡¿Y ahora qué hago, hermanita!? ¡¿Debería decirles la verdad!? —

— ¡No, no! — Le replicó su hermana. — ¡Jamás hagas eso, solo harás que se enfaden mucho más, y vayan contra ti! ¡Lo mejor que puedes hacer es que se olviden del tema! ¡Después de todo, solo una pelea tonta, no tienes que darle importancia! —

— ¡¿De verdad!? — Añadía Josefina muy desconfiada, porque su hermana era la número uno en destrozar amistades. — ¡No sé yo…! —

— ¡De verdad, soy una experta en esto…! — Le dijo esto, inflando su pecho de orgullo, para intentar dar la apariencia de que su hermana la tomase en serio.

— Eso me deja claro que no…— Aunque, fue en vano.

Después de soltar eso, la hermana decidió cambiar de tema y a demostrarle a su hermana que ella era una experta en reconciliar amistades.

— De todos modos, si quieres vamos a crear un plan para unirlas, sin que se den cuenta que ha sido tu culpa. — Añadió esto.

Josefina aceptó la propuesta, quería arreglar el malentendido que creó, sin necesidad de confesar el crimen, con una pequeña duda en mente, ¿cómo lo harían? Porque ella no tenía ni idea y se lo preguntó a su hermana.

— ¡Bueno, yo tampoco, pero se nos ocurrirá algo pronto! — Eso le respondió Noemí, con una actitud muy despreocupada. Josefina empezó a arrepentirse de haberle pedido ayuda.

Después de eso, Noemí se fue directa al cuarto de baño, con la excusa de que allí se le podría ocurrir alguna idea mientras hacia sus necesidades, sin saber que su hermano Miguel ya estaba metido ahí y parecía que iba a estar un buen tiempo ahí. Josefa, mientras se preguntaba si fue una buena idea haberle pedido ayuda a su hermana, volvió a su cuarto con la esperanza de que las gemelas estuvieran ahí, reconciliadas.

Al entrar, las vio, habían vuelto a su cuarto, pero cada una estaba en una esquina, muy alejadas de la una a la otro y con cara de disgusto y enfado.

— ¡¿Aún siguen peleadas!? — Josefina, tras ver que aún seguían así, decidió hablar, a ver si podrían hacerlas reconciliar fácilmente.

— Pues sí, hasta que ella no me confiese que ha sido su culpa, no la perdono. — Le respondió Alex.

— No ha sido culpa mía. Tú eres la que tienes pedirme perdón. — Le replicó Sanae y Alex añadió:

— ¡Ni hablar! — Luego, después de mirarse con muy mala leche, giraron la cabeza al otro lado, como gesto de disgusto.

Josefina, al ver que parecía que la cosa había empeorado, se puso muy nerviosa, totalmente aterrada, e intentó decir algo:

— ¡Eso no está bien, no deberían pelearse por una tontería! —

— ¡Esto no es una tontería, para nada! — Le replicaron las dos chicas con mucho fastidio.

Josefina no se atrevió a decir nada más, porque parecían estar de muy mal humor, tanto que podrían enfadarse con ella por cualquier tontería. Al ver lo que provocó su estúpido malentendido, solo consiguió que se pusiera mucho más nerviosa y aterrada que antes.

— ¡¿Has encontrado una buena idea!?  — Le preguntó a su hermana Noemí, después de que esta saliese del baño. — ¡Es peor de lo que había pensado! —

Ella, al ver que su hermana, que apareció de golpe, de una forma tan repentina que casi le dio un gran susto; seguía con eso, decidió a poner su cerebro en marcha para tener un plan. No quería que Josefina se sintiera decepcionada, después de que le había prometido tener una idea mientras hacia sus necesidades; su orgullo estaba en juego.

— Pues, esto… —  Le pedía desesperadamente a su cerebro que le diese un plan. — Verás… — Y éste empezó a darle uno, por suerte. —Teengoo uno en mente…— Aunque no le parecía algo muy bueno.

— ¡¿Y cuál es!? — Le preguntó rápidamente Josefina.

— ¡Una cena de reconciliación o algo así! — Lo dijo de una forma muy dudosa, con la idea de que su hermana lo iba a rechazar.

— ¡Es una buenísima idea! —  Pero fue todo lo contrario. — ¡Eso no me lo esperaba para nada de ti!—

— ¿¡En serio!? — Añadió incrédula Noemí, antes de reír nerviosamente, mientras se preguntaba si eso último que dijo su hermana se lo tenía que tomar bien o mal.

— ¡Vamos a prepararlo ahora mismo! — Eso decía repentinamente, mientras se dirigía hacia la cocina.

— ¡¿Por qué no esperamos a mamá y a los gordos!? Aún es demasiado pronto. — Además, apenas sabían cocinar algunos platos. Pero Josefa le dijo que no podrían permitirse ese lujo, tenían que actuar antes de que fuera demasiado tardo. Noemí suspiró molesta, al ver lo exagerada que llegaba su pequeña hermanita a veces.

Noemí tardó unos varios segundos en ir a la cocina y vio como Josefina estaba sacando un montón de comida precocinada.

— ¡¿En serio, les vas a dar eso para comer!? —

Eso le preguntó, era algo muy cutre y vago para hacer una cena de reconciliación.

 

— Ninguna de las dos sabemos cocinar, como Dios manda. Así que esto es lo mejor que podemos hacer. — Le respondió su hermana, a quién le dio la razón. Además, le daba pereza hacer de comer, así que agradecía usarlo.

A continuación, Noemí empezó a coger la comida precalentada que necesitaban y Josefina preparaba la mesa y empezaba a poner notas sobre ella, pidiéndoles a las dos que se reconcilien y se olviden del asunto, con mensajes cursis. Tardaron poco tiempo y tras prepararlo todo, era hora de llevarlas a la mesa.

— ¡Hey, chicas, les tengo una pequeña sorpresa! ¡Bajen al salón! — Eso les gritó Josefina, que entró de golpe en su habitación, a las gemelas.

— Más tarde, ahora no estamos de humor para eso. — Intentaron oponer un poco de resistencia, pero al final tuvieron que hacerle caso y ella las llevó rápidamente al comedor.

— ¡¿Qué es esto!? — Eso dijeron cuando vieron la mesa llena de comida precalentada con unas pintas que no despertaba muchas ganas de comer. — ¡¿Esto es la sorpresa!? —

— Pues sí, una cena especial, solo para vosotras dos. — Pusieron una muy mala cara. — ¡Vamos, sentaros! — Hicieron caso a Josefina.

— No tienen una pinta muy deliciosa, la verdad. — Decían sinceramente, mientras observaban con asco toda la mesa.

— ¡¿Y todas estas tonterías qué son!? — Comentaba Sanae, al ver todos esos papeles llenos de mensajes cursis.

— ¡No son tonterías! — A Josefina le molestó un poco que le dijeran eso de sus mensajes, porque puso mucho esfuerzo y dedicación.

— ¡Entiendo! ¡¿Intentas que nos reconciliamos de golpe, no!? — Le preguntó Alex, mientras dejaba la comida a un lado.

— ¿¡Crees que una cena puede hacer que nos damos las paces!? — Añadió Sanae, usando el mismo tono de voz que su gemela.

Nerviosamente Noemí intentó decirles que no con la cabeza, pero Josefina hizo sus esfuerzos en vano, moviéndolo de forma afirmativa. No paraba de decirle tonta a su hermana, iba a provocar que se enfadaran con ella.

— Hasta que ella no reconozca que sea culpa suya, no la voy a perdonar, ni un poquito. — Entonces, Alex volvió a decir de nuevo esto.

— ¡Te he dicho mil veces que no es mi culpa! — Y su hermana Sanae la volvió a replicar, gritándoselo.

— ¡¿Y de quién es la culpa, listilla!? — Y ésta se la devolvió con un grito mucho más fuerte. Así empezó una lluvia de replicas que se volvían cada vez más graves.

Con cada replica, la intensidad de la discusión aumentaba, poniendo a Josefina realmente nerviosa, incapaz de buscar alguna solución para detener lo que estaba viendo. Y Noemí, al ver que no estaba aguanto la presión le intentaba decir esto en voz baja: — ¡No lo digas, no lo digas! —

— ¡Te lo he dicho miles de veces, no es culpa mía! —

Josefina intentó detenerlas de forma tímida, mientras les decía que se tranquilizaran, que estaban peleando por cosas tontas.

— ¡¿Y quieres que me lo crea!? ¡Te vi entrando en la puerta, después de que se cayó el maldito cubo en mi cabeza! ¡¿No es eso suficiente prueba, hermanita!? —

Noemí ya se rindió, sabía que su hermana no iba a aguantar más y les iba a decir la verdad. Y su hermano Miguel, al ver que había comida y nadie se los estaba comiendo, aprovechó para llenarse el apetito, ignorando aquella pelea que iba a llegar demasiado lejos.

— ¡Para nada, es una prueba! ¡Estuve en el momento equivocado, nada más! ¡Y esta es la verdad, la pura verdad! —

Cuando Sanae soltó esto, gritando lo más histéricamente posible, Alex se levantó de golpe y añadió esto:

— ¡Verdad te daré yo! — Lo decía con el puño en alto, mostrando como si la quería golpear, ante la sorpresa de todos. Entonces, Josefina no pudo aguantar, tenía que parar la pelea y decirles la verdad:

— ¡Parad, parad! ¡Yo fui la que empujó la puerta y tiré sin querer el cubo de agua! ¡No era mi intención, de verdad! ¡Vosotras no sois así, no podréis pelear por una tontería como ésta, sois las hermanas que más se quieren en el mundo! ¡Por eso, por favor, dejar de pelearse, esto no está bien! —

Aquel grito desesperado de Josefina que se escuchó por toda la casa y casi la dejó ronca, hizo que todos se quedasen quietos y callados durante varios segundos, como si el tiempo en el comedor se hubiera congelando. Solo Noemí reaccionó, poniendo la mano sobre su mano como señal de disgusto.

Entonces, las gemelas, que hacía unos segundos casi se iban a darse una paliza entre ellas, empezaron a reír y se chocaron los chicos, dejando a los presentes estupefactos.

— ¡Por fin, has confesado! — Decían alegremente las gemelas. — ¡Has tardado demasiado, Josefina! —

— ¡¿Espera, qué…!? — Josefina apenas no lo podría entender, tenía en su rostro una mezcla de sorpresa y confusión. — ¡¿Qué está ocurriendo!? ¡¿No estabais enfadadas!? —

— Todo fue una farsa, solo para hacerte confesar. — Le explicó Alex y su Sanae añadió: — ¿¡De verdad, creías que íbamos a pelearnos por una tontería como esa!? ¡O eso o nuestra actuación ha sido perfecta! —

Desde el primer momento, sabían que fue Josefina. Cuando Sanae le dijo por primera vez que no fue su culpa, ella creyó en su hermana y utilizando signos, le preguntó si fue la Josefa. A pesar de desconocer por un momento porque hacía eso, mientras le decía otra cosa, le devolvió el mensaje de la misma forma, diciéndoles que sí, que  la vio irse corriendo al cuarto del baño, mientras subía por las escaleras. Entonces, se dio cuenta de las intenciones de su gemela.

Iban a actuar como si estuvieran peleadas entre ellas para hacer que Josefina saliese de su escondite y les dijera la verdad. Al ver que ésta no salía, tuvieron que hacer como si cada una iba por su lado, llenas de odios y rencor; y reunirse en el comedor para planear cómo hacer que fuera mucho más creíble. Así que, tras poner algunas ideas, y ver que su amiga le pedía ayuda a Noemí, siguieron con la farsa, llegando al punto de levantarse la mano la una a la otra de mentira. De eso, dieron una explicación breve, a desgracia de Noemí, que dijeron su plan, delante de su hermano Miguel.

— ¿¡Así que lo del cubo fue toda obra tuya!? — Añadía Miguel, muy enfadado, aunque ya sabía obviamente que era ella.

— Gracias, chicas. — Dijo sarcásticamente Noemí en voz baja, antes de soltarle con falsa dulzura y amabilidad: — Solo era una pequeña broma, bro. No te pongas así. —

— ¡Se lo diré a mamá! — Pero él la amenazó, y ella hizo lo mismo, empezando una lluvia de insultos  y de acusaciones muy fuerte

Por otra parte: — ¡¿Es decir, sabíais que fui yo, desde el principio!? — Josefina no se lo podría creer, se sintió muy humillada. — ¡¿Y me engañasteis solo para que dijera la verdad!? —

— Si no te hubieras escondido, nada de esto hubiera pasado. — Dijeron como si no pasará nada. — ¡No nos íbamos a enfadar por tu torpeza ni nada parecido! —

— ¡Pues entonces, haberme dicho la verdad a lo primero! ¡Lo que habéis hecho ha sido muy cruel y feo! — Josefina estalló, gritándoles de furia, mientras empezaba a llorar. Entonces, las gemelas se dieron cuenta que se habían pasado.

— ¡Vamos, Josefa! ¡No era nuestra intención, de verdad! ¡Perdónanos! — Y empezaron a pedirle perdón, llenas de culpabilidad, mientras Josefina les decía muy furiosa que le dejaran en paz, mientras se dirigía hacia su cuarto. Al final, no hubo un malentendido, solo le tomaron el pelo a la pobre.

FIN

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Centésima décima historia

La discusión: Primera parte, centésima décima historia.

Mediados de marzo, aún quedaba nieve, pero el calor de la primavera ya estaba llegando y lo derretía sin compasión, siendo aquel día como uno de los calurosos del mes. Era por la tarde, cuando en la habitación de Josefina entraron de golpe tres niñas.

― ¡Me da poco de pena! ― Protestaba la propietaria del cuarto. ― ¡Mao podría haberse unido a nosotras! ―

― La jefa dijo que tenía que hacer otras cosas… ― Añadió una de ellas, mientras se sentaba sobre la cama de Josefa. Era Sanae, una de las gemelas.

― Bah, seguro que es echarse la siesta, como siempre. ― Y le replicó graciosamente su gemela Alex, mientras se tiraba sobre la cama.

Entonces, las tres dieron unas inocentes carcajadas, mientras se imaginaban a Mao acostándose de nuevo en el salón.

― Eso sería típico de ella. ― Les soltó Josefina.

Josefina volvió de la casa de Mao con las gemelas, y siendo acompañadas por el dueño del hogar. Entonces, tras las risas y el comentario de Josefa, Alex añadió esto con una cara seria:

― No hacía falta que actuara como nuestra guardaespaldas… ―

Había una razón para que Mao las acompañara hasta la casa de Josefina y después volvía a la suya, y que hacía sentir a Alex algo molesta, porque no quería preocuparle de esa manera; a la vez que se sentía un poco feliz y algo agradecida por esa preocupación. Hace dos días, ocurrió algo con su padre y ellas se pusieron bajo la protección de su jefa. Y con el miedo de que él apareciera mientras se dirigían hacia la casa de Josefa, decidió hacer de guardaespaldas para evitar que no les pasara nada malo.

Aquella cara seria duró unos segundos, porque se dio cuenta de que estaba preocupando a su hermana gemela y a Josefina; y para rápidamente actuó para evitar que hubiera un ambiente feo en la habitación, mientras ponía una sonrisa traviesa.

― ¡¿Pero, qué haces!? ― Entonces, Josefina le gritó muy molesta, cuando Alex le dio una palmada en su trasero de repente.

Con una sonrisa en la cara, ésta le respondió:

― Perdón, perdón, ¡no pude resistirme! ―

― ¡Eso ha dolido! ― Eso le replicó, mientras inflaba sus mofletes, en señal de que no le gustó nada eso. Alex empezó a decirle que le perdonase, antes de que un comentario de Sanae hizo que hubiera silencio en la habitación:

― Realmente, tienes un buen culo…― Dijo ella, después de mirar fijamente el trasero de su amiga por unos segundos.

Las dos se quedaron pilladas, Josefina se puso muy roja, mientras se tapaba su trasero inconsciente; mientras que Alex se quedó muy sorprendido por oír aquel comentario. Al ver la reacción de su hermana gemela y de su amiga, ella tuvo que enfriar la situación: ― No es nada, ¡olvídenlo! ―

Y en aquel preciso momento, alguien entró en la habitación de Josefina, abriendo la puerta violentamente de golpe, era su hermana Noemí, que tenía cara de pocos amigos.

— Hermana, ¡no entrés así, sin permiso! — Eso le gritó Josefina, mientras se preguntaba qué quería ahora su hermana. — ¡Casi me das un susto! —

— Perdón, perdón. — Y Noemí se lo dijo de una forma tan desagradable que tanto a ella y a las gemelas le dieron ganas de mandarla a la mierda. Aún así, Josefina decidió no decir nada sobre su fea actitud y saber qué le pasaba: — ¡¿Y qué ocurre!? —

— Quiero que me ayuden a darle una lección al pendejo de Miguel. — Noemí se lo dijo claramente, sin rodeos; y con una clara ansia de venganza.

Josefa se quedó algo pillado, porque no sabía qué le había pasado ahora con él. Es verdad que nunca se llevan bien, pero ni siquiera estaba ahí.

— ¿¡Por qué!? — Volvió a lanzar otra pregunta. — ¡¿Ahora qué te ha hecho!? —

Y como se le hubiera invadido de repente el demonio, su hermana le gritó histéricamente, como si Josefina fuera el enemigo:

— ¡¿Qué ha hecho!? ¡¿No lo recuerdas!? ¡El otro día, cuando el pinche cabrón me hizo esa broma! —

Las tres se quedaron con una cara de susto, al ver como se puso la señora, y Josefina, entonces, recordó lo que había pasado días atrás.

Hace una semana o más, su hermano Miguel, hizo una apuesta estúpida con sus amigos, de hacerle una broma pesada a alguien de su familia. Tras estar pensando en uno genial y sorprendente durante mucho tiempo, se le ocurrió uno muy desagradable. Por la noche, él puso un plástico transparente en el inodoro y bajó la tapa. Así, la primera persona que se metía en el cuarto de baño e hiciera sus necesidades, tuviera una desagradable sorpresa.

Y al llegar la mañana, la primera persona que entró en el baño fue Noemí, que iba a orinar y lo puso todo perdido. Tras descubrir asqueada que un idiota tapó el wáter con plástico transparente y ver cómo el hermano mayor se partía de risa al ver la escena, a pesar de que su madre le regañó y le castigó duramente, no iba a perdonarle esto, jamás de los jamases. Se lo iba a devolver, costará lo que costará.

— ¡Ah, ese! — Exclamaba Josefa, tras recordarlo. — ¡¿Aún estás ardida por eso!? — Aún se sorprendía de lo rencorosa y vengativa que podría ser Noemí.

Las gemelas ni preguntaron, porque ya supieron de esto por parte de Josefina, que se lo contó a casi todos; e intentaban evitar no ponerse a reírse de ella.

— ¡¿Cómo no puedo estar ardida, después de lo que me hizo ese puto!? ¡Es más, hizo la pendejada de recordármelo esta mañana! — Ponía una cara de venganza que daba mucho terror, mientras recordaba cuando esta mañana, vio como éste le hablaba chistosamente a sus amigos en el garaje sobre la broma pesada que le hizo, mientras fardaba de las cosas nuevas que le había puesto a su querido y amado automóvil.

— ¡Y se lo voy a devolver, se va a arrepentir! — Añadió, con unos ojos que parecían echar fuego.

Josefina dio un gran suspiro, al ver que su hermana la quería meter en un problema gordo; y le iba a decir que no. Pero las gemelas se adelantaron:

— ¡Por supuesto que te vamos a ayudar! — Les decían al unísono a Noemí, totalmente motivadas. — ¡Le daremos una gran lección a ese feo de tu hermano! — Estaban deseosas de hacerle una broma pesada a alguien, como esos que salían en la televisión. Además, como le caían muy mal los hermanos de Josefina, no se sentían muy mal por hacer tal cosa.

Luego, se dirigieron hacia a Josefa: — ¿A qué sí, Josefina? —

Josefina se quedó callada por varios segundos. Ésta no sabía que decir, porque no estaba muy segura de participar en la venganza de su hermana, temía mucho las consecuencias de hacer tal cosa.

— Esperen, yo…— E intentó decir algo.

— ¡Hazlo por todas las cosas malas que te ha hecho ese pendejo! — Pero su hermana la interrumpió, utilizando un as en la manga. Siempre que hacía recordar a Josefa todas las burlas y peleas con sus otros estúpidos hermanos, siempre accedía.

— Es verdad…— Empezó a recordar cuando siempre se comía los dulces que eran para ella, la engañaba con mentiras bien obvias solo para burlarse de su ingenuidad, le cogía sus cosas sin permiso, le echaba la culpa por cosas que provocaba o le daba tareas que le dieron a él. Se llenó de rabia y frustración.

— ¡Adelante, chicas! ¡Tenemos que darle lo que se merece a ese wey! — Gritó ella, llena de ira y de ganas de venganza.

Noemí sonrió maliciosamente, al ver que pudo manipular a su hermanita pequeña para que se uniera a la causa.

— Y bueno, ¿qué es lo que vamos a hacerle? — A continuación, le preguntaron las gemelas.

— Tengo un plan buenísimo, digna de un genio. — Y ésta soltó estas palabras con todo el orgullo del mundo.

Unos minutos más tarde, Josefina y las gemelas estaban en la habitación de Miguel, preparando una trampa para él; mientras que Noemí se quitó del medio, con la excusa que iba a llamarlo y atraerlo como si fuera una mosca.

— ¡Sí, un plan digno de un gran genio! — Ironizaba Josefa, muy molesta. — ¡De genio tiene poco! — Estaba un poco enfadada por su hermana.

— No te pongas así, Josefina. Ya le haremos esto a tu hermana la próxima vez. — Le replicaba alegremente Alex. — Por otra parte, es bueno volver a los clásicos. —

— Y se siente tan nostálgico. — Añadía su hermana Sanae.

Al final, aquel plan, “digno de un genio”, no era nada más ni nada menos que poner un cubo de agua sobre una puerta entreabierta. Subida en la escalera, Alex ponía con cuidado el cubo, mientras su hermana la apoyaba. Josefina, quién estaba en el pasillo, intentaba poner la puerta en la mejor posición para aguantar la trampa, a la vez que la apertura de la puerta fuera lo suficiente grande para que las gemelas podrían salir de la habitación sin problemas. Y en un momento determinado, Josefa empezó a tener ganas de orinar. Tras aguantarse mucho tiempo, ya que no quería dejarlas solas hasta terminar de perfeccionar la broma; les tuvo que decir esto:

— ¡Chicas, creo que tengo que ir al cuarto de baño! — Les gritaba, mientras no paraba de temblar, luchando las ganas por no orinar.

— ¡¿Y qué esperas!? Ve al servicio. — Le replicó Alex. Luego, ella añadió: — ¡¿Podemos coger dulces, por cierto!? —

Las dos estaban muertas de hambre, incluso el estomago se les rugía.

— Sí, pueden coger lo que quieran. Aunque no sé si queda algo. — No estaba segura de que hubiera dulces sobrevivientes en la cocina, sus hermanos los devoraban sin piedad egoístamente, ya que apenas conocían el arte de compartir.

— ¡Vamos, Sanae! ¡Ve a coger alguno, yo estaré pendiente de que esto no se caiga, mientras sales con cuidado de aquí! — Le respondió con la cabeza afirmativamente, mientras salía con mucho cuidado. Josefina se dirigió con muchísima rapidez hacia al cuarto de baño y Alex, al parecer que la trampa ya estaba perfecta, decidió bajarse de las escaleras.

— ¡Parece que ya está todo listo! — Eso se decía, mientras daba un suspiro de alivio, al ver que habían terminado a tiempo. Ahora tocaba a esperar la merienda tranquilamente, o eso haría si no fuera porque no tenía ganas.

Para distraerse, miró por toda la habitación del hermano de Josefina en busca de algo interesante. Observaba los posters de chicas en bikinis y de automóviles que tenía y le entraba ganas de dibujarles bigotes y garabatos. Luego, hacia el armario, abierta de par en par, que estaba lleno de ropa amontaba, aunque eso también se aplicaba a la cama y al escritorio. En este último, aparte de ropajes que olían fatal, no había gran cosa, solo revistas de coches y nada más. Se preguntó si había algo interesante debajo de dónde dormía Miguel, tal vez varias cosas vergonzantes para reírse.

Mientras ella ocupada en cómo distraerse, Josefina ya volvía del cuarto del baño, mientras decía esto:

— ¡Uf, qué alivio! ¡No debería haberme aguantado mucho! — Añadía tranquilamente en voz baja, mientras abría de par en par la puerta de la habitación de su hermano, olvidándose de la trampa que tenían ahí para él.

Entonces, ocurrió lo inevitable, cayó el cubo de agua, pero no sobre Josefa, sino que casualmente fue sobre Alex, en toda la cabeza, dándole un gran chinchón y cayendo al suelo; mientras el cubo mojaba todo el cuarto.

Josefina se quedó blanca del terror, cuando vio que había estropeado toda la broma y le había mojado a Alex. Aterrada, la culpable volvió hacia atrás y se escondió en el cuarto de baño, esperando que ella creyera que cayó solo.

— ¡Ay, qué daño! ¡¿Qué ha pasado!? — Se decía Alex, mientras se quejaba del dolor y se levantaba del suelo. Al girar la cabeza, vio cómo su hermana Sanae entraba.

— ¡¿Qué ha pasado!? — Preguntó ella consternada, con las manos llenas de dulces que encontró escondidos por toda la cocina.

— ¡Pues que has fastidiado toda la trampa! ¡No solo has tirado el agua, también me has hecho daño! — Le replicó Alex, muy enfadada.

— ¿Yo? ¡No ha sido mi culpa, cuando llegué ya estaba así! — Se defendió su hermana.

Mirando desde el cuarto de baño, Josefa se encontraba media escondida, al ver que, por su culpa, empezaba una pelea entre las dos gemelas. Se sentía fatal, pero no se atrevía aparecer y decirles la verdad, no quería que se enfadaran con ella.

— ¡Eso no pudo caer solo, alguien tuvo que empujarlo! — Y la cosa entre ellas dos se estaba calentando.

— ¡Y ese alguien no soy yo! — Por primera vez en mucho tiempo, esas dos se estaban peleando, y todo por culpa de Josefina.

— ¡¿Ahora, qué hago!? — La pobre no sabía qué hacer. — ¡¿Debería aparecer y decirles la verdad!? —

Alex no paraba de decirle que lo admitiera, que no pasaba nada; y Sanae le replicaba a gritos que no era culpa suya. Así estuvieron un buen rato.

— ¡Oh, Dios! ¡Si sigue así la pelea, podría acabar muy mal! — Y Josefina estaba preocupada, creyendo exageradamente que esta pequeña discusión fuera capaz de resquebrajar la hermosa relación de hermana que tenían Alex y Sanae.

Al final, esta fue la conclusión de la pelea:

— ¡Estúpida! — Le soltó Sanae a Alex.

— ¡Igualmente! — Añadió Alex, y cada una se fue por su lado. Sanae iba a la cocina y la otra al salón.

Josefina, tras terminar de ver la discusión, salió del cuarto de baño y con una cara traumada, se decía:

— ¡Por la virgen de Guadalupe, la he cagado! —

Había provocado un horrible malentendido y conocía bastante bien lo que estas cosas podrían causar. Después de todo, empezó a recordar que ella había provocado uno en el pasado, que le costó una buena amistad. Movió la cabeza frenéticamente, intentando olvidar eso, ya que era agua pasada. Ahora, tenía que solucionar el embrollo rápidamente, antes de que todo se complicara y la relación de hermanas entre Alex y Sanae acabe muy mal.

No iba a dejar que un malentendido provocado por su culpa, una de las peores cosas que existían, según creía Josefina; lo arruinase.

FIN DE LA PRIMERA PARTE

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