Centésima décima historia

La discusión: Primera parte, centésima décima historia.

Mediados de marzo, aún quedaba nieve, pero el calor de la primavera ya estaba llegando y lo derretía sin compasión, siendo aquel día como uno de los calurosos del mes. Era por la tarde, cuando en la habitación de Josefina entraron de golpe tres niñas.

― ¡Me da poco de pena! ― Protestaba la propietaria del cuarto. ― ¡Mao podría haberse unido a nosotras! ―

― La jefa dijo que tenía que hacer otras cosas… ― Añadió una de ellas, mientras se sentaba sobre la cama de Josefa. Era Sanae, una de las gemelas.

― Bah, seguro que es echarse la siesta, como siempre. ― Y le replicó graciosamente su gemela Alex, mientras se tiraba sobre la cama.

Entonces, las tres dieron unas inocentes carcajadas, mientras se imaginaban a Mao acostándose de nuevo en el salón.

― Eso sería típico de ella. ― Les soltó Josefina.

Josefina volvió de la casa de Mao con las gemelas, y siendo acompañadas por el dueño del hogar. Entonces, tras las risas y el comentario de Josefa, Alex añadió esto con una cara seria:

― No hacía falta que actuara como nuestra guardaespaldas… ―

Había una razón para que Mao las acompañara hasta la casa de Josefina y después volvía a la suya, y que hacía sentir a Alex algo molesta, porque no quería preocuparle de esa manera; a la vez que se sentía un poco feliz y algo agradecida por esa preocupación. Hace dos días, ocurrió algo con su padre y ellas se pusieron bajo la protección de su jefa. Y con el miedo de que él apareciera mientras se dirigían hacia la casa de Josefa, decidió hacer de guardaespaldas para evitar que no les pasara nada malo.

Aquella cara seria duró unos segundos, porque se dio cuenta de que estaba preocupando a su hermana gemela y a Josefina; y para rápidamente actuó para evitar que hubiera un ambiente feo en la habitación, mientras ponía una sonrisa traviesa.

― ¡¿Pero, qué haces!? ― Entonces, Josefina le gritó muy molesta, cuando Alex le dio una palmada en su trasero de repente.

Con una sonrisa en la cara, ésta le respondió:

― Perdón, perdón, ¡no pude resistirme! ―

― ¡Eso ha dolido! ― Eso le replicó, mientras inflaba sus mofletes, en señal de que no le gustó nada eso. Alex empezó a decirle que le perdonase, antes de que un comentario de Sanae hizo que hubiera silencio en la habitación:

― Realmente, tienes un buen culo…― Dijo ella, después de mirar fijamente el trasero de su amiga por unos segundos.

Las dos se quedaron pilladas, Josefina se puso muy roja, mientras se tapaba su trasero inconsciente; mientras que Alex se quedó muy sorprendido por oír aquel comentario. Al ver la reacción de su hermana gemela y de su amiga, ella tuvo que enfriar la situación: ― No es nada, ¡olvídenlo! ―

Y en aquel preciso momento, alguien entró en la habitación de Josefina, abriendo la puerta violentamente de golpe, era su hermana Noemí, que tenía cara de pocos amigos.

— Hermana, ¡no entrés así, sin permiso! — Eso le gritó Josefina, mientras se preguntaba qué quería ahora su hermana. — ¡Casi me das un susto! —

— Perdón, perdón. — Y Noemí se lo dijo de una forma tan desagradable que tanto a ella y a las gemelas le dieron ganas de mandarla a la mierda. Aún así, Josefina decidió no decir nada sobre su fea actitud y saber qué le pasaba: — ¡¿Y qué ocurre!? —

— Quiero que me ayuden a darle una lección al pendejo de Miguel. — Noemí se lo dijo claramente, sin rodeos; y con una clara ansia de venganza.

Josefa se quedó algo pillado, porque no sabía qué le había pasado ahora con él. Es verdad que nunca se llevan bien, pero ni siquiera estaba ahí.

— ¿¡Por qué!? — Volvió a lanzar otra pregunta. — ¡¿Ahora qué te ha hecho!? —

Y como se le hubiera invadido de repente el demonio, su hermana le gritó histéricamente, como si Josefina fuera el enemigo:

— ¡¿Qué ha hecho!? ¡¿No lo recuerdas!? ¡El otro día, cuando el pinche cabrón me hizo esa broma! —

Las tres se quedaron con una cara de susto, al ver como se puso la señora, y Josefina, entonces, recordó lo que había pasado días atrás.

Hace una semana o más, su hermano Miguel, hizo una apuesta estúpida con sus amigos, de hacerle una broma pesada a alguien de su familia. Tras estar pensando en uno genial y sorprendente durante mucho tiempo, se le ocurrió uno muy desagradable. Por la noche, él puso un plástico transparente en el inodoro y bajó la tapa. Así, la primera persona que se metía en el cuarto de baño e hiciera sus necesidades, tuviera una desagradable sorpresa.

Y al llegar la mañana, la primera persona que entró en el baño fue Noemí, que iba a orinar y lo puso todo perdido. Tras descubrir asqueada que un idiota tapó el wáter con plástico transparente y ver cómo el hermano mayor se partía de risa al ver la escena, a pesar de que su madre le regañó y le castigó duramente, no iba a perdonarle esto, jamás de los jamases. Se lo iba a devolver, costará lo que costará.

— ¡Ah, ese! — Exclamaba Josefa, tras recordarlo. — ¡¿Aún estás ardida por eso!? — Aún se sorprendía de lo rencorosa y vengativa que podría ser Noemí.

Las gemelas ni preguntaron, porque ya supieron de esto por parte de Josefina, que se lo contó a casi todos; e intentaban evitar no ponerse a reírse de ella.

— ¡¿Cómo no puedo estar ardida, después de lo que me hizo ese puto!? ¡Es más, hizo la pendejada de recordármelo esta mañana! — Ponía una cara de venganza que daba mucho terror, mientras recordaba cuando esta mañana, vio como éste le hablaba chistosamente a sus amigos en el garaje sobre la broma pesada que le hizo, mientras fardaba de las cosas nuevas que le había puesto a su querido y amado automóvil.

— ¡Y se lo voy a devolver, se va a arrepentir! — Añadió, con unos ojos que parecían echar fuego.

Josefina dio un gran suspiro, al ver que su hermana la quería meter en un problema gordo; y le iba a decir que no. Pero las gemelas se adelantaron:

— ¡Por supuesto que te vamos a ayudar! — Les decían al unísono a Noemí, totalmente motivadas. — ¡Le daremos una gran lección a ese feo de tu hermano! — Estaban deseosas de hacerle una broma pesada a alguien, como esos que salían en la televisión. Además, como le caían muy mal los hermanos de Josefina, no se sentían muy mal por hacer tal cosa.

Luego, se dirigieron hacia a Josefa: — ¿A qué sí, Josefina? —

Josefina se quedó callada por varios segundos. Ésta no sabía que decir, porque no estaba muy segura de participar en la venganza de su hermana, temía mucho las consecuencias de hacer tal cosa.

— Esperen, yo…— E intentó decir algo.

— ¡Hazlo por todas las cosas malas que te ha hecho ese pendejo! — Pero su hermana la interrumpió, utilizando un as en la manga. Siempre que hacía recordar a Josefa todas las burlas y peleas con sus otros estúpidos hermanos, siempre accedía.

— Es verdad…— Empezó a recordar cuando siempre se comía los dulces que eran para ella, la engañaba con mentiras bien obvias solo para burlarse de su ingenuidad, le cogía sus cosas sin permiso, le echaba la culpa por cosas que provocaba o le daba tareas que le dieron a él. Se llenó de rabia y frustración.

— ¡Adelante, chicas! ¡Tenemos que darle lo que se merece a ese wey! — Gritó ella, llena de ira y de ganas de venganza.

Noemí sonrió maliciosamente, al ver que pudo manipular a su hermanita pequeña para que se uniera a la causa.

— Y bueno, ¿qué es lo que vamos a hacerle? — A continuación, le preguntaron las gemelas.

— Tengo un plan buenísimo, digna de un genio. — Y ésta soltó estas palabras con todo el orgullo del mundo.

Unos minutos más tarde, Josefina y las gemelas estaban en la habitación de Miguel, preparando una trampa para él; mientras que Noemí se quitó del medio, con la excusa que iba a llamarlo y atraerlo como si fuera una mosca.

— ¡Sí, un plan digno de un gran genio! — Ironizaba Josefa, muy molesta. — ¡De genio tiene poco! — Estaba un poco enfadada por su hermana.

— No te pongas así, Josefina. Ya le haremos esto a tu hermana la próxima vez. — Le replicaba alegremente Alex. — Por otra parte, es bueno volver a los clásicos. —

— Y se siente tan nostálgico. — Añadía su hermana Sanae.

Al final, aquel plan, “digno de un genio”, no era nada más ni nada menos que poner un cubo de agua sobre una puerta entreabierta. Subida en la escalera, Alex ponía con cuidado el cubo, mientras su hermana la apoyaba. Josefina, quién estaba en el pasillo, intentaba poner la puerta en la mejor posición para aguantar la trampa, a la vez que la apertura de la puerta fuera lo suficiente grande para que las gemelas podrían salir de la habitación sin problemas. Y en un momento determinado, Josefa empezó a tener ganas de orinar. Tras aguantarse mucho tiempo, ya que no quería dejarlas solas hasta terminar de perfeccionar la broma; les tuvo que decir esto:

— ¡Chicas, creo que tengo que ir al cuarto de baño! — Les gritaba, mientras no paraba de temblar, luchando las ganas por no orinar.

— ¡¿Y qué esperas!? Ve al servicio. — Le replicó Alex. Luego, ella añadió: — ¡¿Podemos coger dulces, por cierto!? —

Las dos estaban muertas de hambre, incluso el estomago se les rugía.

— Sí, pueden coger lo que quieran. Aunque no sé si queda algo. — No estaba segura de que hubiera dulces sobrevivientes en la cocina, sus hermanos los devoraban sin piedad egoístamente, ya que apenas conocían el arte de compartir.

— ¡Vamos, Sanae! ¡Ve a coger alguno, yo estaré pendiente de que esto no se caiga, mientras sales con cuidado de aquí! — Le respondió con la cabeza afirmativamente, mientras salía con mucho cuidado. Josefina se dirigió con muchísima rapidez hacia al cuarto de baño y Alex, al parecer que la trampa ya estaba perfecta, decidió bajarse de las escaleras.

— ¡Parece que ya está todo listo! — Eso se decía, mientras daba un suspiro de alivio, al ver que habían terminado a tiempo. Ahora tocaba a esperar la merienda tranquilamente, o eso haría si no fuera porque no tenía ganas.

Para distraerse, miró por toda la habitación del hermano de Josefina en busca de algo interesante. Observaba los posters de chicas en bikinis y de automóviles que tenía y le entraba ganas de dibujarles bigotes y garabatos. Luego, hacia el armario, abierta de par en par, que estaba lleno de ropa amontaba, aunque eso también se aplicaba a la cama y al escritorio. En este último, aparte de ropajes que olían fatal, no había gran cosa, solo revistas de coches y nada más. Se preguntó si había algo interesante debajo de dónde dormía Miguel, tal vez varias cosas vergonzantes para reírse.

Mientras ella ocupada en cómo distraerse, Josefina ya volvía del cuarto del baño, mientras decía esto:

— ¡Uf, qué alivio! ¡No debería haberme aguantado mucho! — Añadía tranquilamente en voz baja, mientras abría de par en par la puerta de la habitación de su hermano, olvidándose de la trampa que tenían ahí para él.

Entonces, ocurrió lo inevitable, cayó el cubo de agua, pero no sobre Josefa, sino que casualmente fue sobre Alex, en toda la cabeza, dándole un gran chinchón y cayendo al suelo; mientras el cubo mojaba todo el cuarto.

Josefina se quedó blanca del terror, cuando vio que había estropeado toda la broma y le había mojado a Alex. Aterrada, la culpable volvió hacia atrás y se escondió en el cuarto de baño, esperando que ella creyera que cayó solo.

— ¡Ay, qué daño! ¡¿Qué ha pasado!? — Se decía Alex, mientras se quejaba del dolor y se levantaba del suelo. Al girar la cabeza, vio cómo su hermana Sanae entraba.

— ¡¿Qué ha pasado!? — Preguntó ella consternada, con las manos llenas de dulces que encontró escondidos por toda la cocina.

— ¡Pues que has fastidiado toda la trampa! ¡No solo has tirado el agua, también me has hecho daño! — Le replicó Alex, muy enfadada.

— ¿Yo? ¡No ha sido mi culpa, cuando llegué ya estaba así! — Se defendió su hermana.

Mirando desde el cuarto de baño, Josefa se encontraba media escondida, al ver que, por su culpa, empezaba una pelea entre las dos gemelas. Se sentía fatal, pero no se atrevía aparecer y decirles la verdad, no quería que se enfadaran con ella.

— ¡Eso no pudo caer solo, alguien tuvo que empujarlo! — Y la cosa entre ellas dos se estaba calentando.

— ¡Y ese alguien no soy yo! — Por primera vez en mucho tiempo, esas dos se estaban peleando, y todo por culpa de Josefina.

— ¡¿Ahora, qué hago!? — La pobre no sabía qué hacer. — ¡¿Debería aparecer y decirles la verdad!? —

Alex no paraba de decirle que lo admitiera, que no pasaba nada; y Sanae le replicaba a gritos que no era culpa suya. Así estuvieron un buen rato.

— ¡Oh, Dios! ¡Si sigue así la pelea, podría acabar muy mal! — Y Josefina estaba preocupada, creyendo exageradamente que esta pequeña discusión fuera capaz de resquebrajar la hermosa relación de hermana que tenían Alex y Sanae.

Al final, esta fue la conclusión de la pelea:

— ¡Estúpida! — Le soltó Sanae a Alex.

— ¡Igualmente! — Añadió Alex, y cada una se fue por su lado. Sanae iba a la cocina y la otra al salón.

Josefina, tras terminar de ver la discusión, salió del cuarto de baño y con una cara traumada, se decía:

— ¡Por la virgen de Guadalupe, la he cagado! —

Había provocado un horrible malentendido y conocía bastante bien lo que estas cosas podrían causar. Después de todo, empezó a recordar que ella había provocado uno en el pasado, que le costó una buena amistad. Movió la cabeza frenéticamente, intentando olvidar eso, ya que era agua pasada. Ahora, tenía que solucionar el embrollo rápidamente, antes de que todo se complicara y la relación de hermanas entre Alex y Sanae acabe muy mal.

No iba a dejar que un malentendido provocado por su culpa, una de las peores cosas que existían, según creía Josefina; lo arruinase.

FIN DE LA PRIMERA PARTE

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