centésima onceava historia

La sastrería: Primera parte, centésima onceava historia.

Como su hermano Miguel se había puesto muy pesadito con las bromas, por culpa de sus estúpidas apuestas con sus amigos, Josefina decidió salir de su casa directa a la de Mao. Y cuando estaba a solo unos pasos de su tienda, vio cómo salía Alsancia de ahí, llevando lo que parecía una bolsa de compra. Inmediatamente, la saludó enérgicamente:

— ¡Hey, Alsancia! ¡Buenas tardes! — Le gritaba eufóricamente, mientras se acercaba a ella.

Alsancia se llevó un pequeño susto cuando oyó esa voz y giró la cabeza hacia dónde provenía. Al ver que solo era Josefina, le devolvió el saludo silenciosamente, solo moviendo la mano.

— ¡¿Adónde vas!? — Le preguntó a continuación.

— P, pues… — Alsancia no sabía cómo decírselo, y solo pudo decirle con el lenguaje de los signos que tenía que llevar algo importante, nada más.

— ¡¿Él qué!? — Eso solo hizo que su curiosidad aumentará muchísimo más. — ¡¿Puedes explicármelo, por favor!? —

Alsancia no podría negarse y empezó a buscar una manera para poderle explicarle lo que tenía que hacer. Así que le señaló la bolsa que tenía y le mostró lo que llevaba, uno de los varios kimonos que usaba Mao, y enseñó que estaba rasgado. Luego, le señaló con el dedo hacia una pequeña calle que se veía a lo lejos. Quería decirle que iba a llevarlo hacia un sitio para que lo arreglasen, pero Josefina entendió otra cosa:

— ¿¡Tienes que llevar eso a la basura!?  — Alsancia lo negó con la cabeza rápidamente. — ¿¡Entonces, qué!? — Añadió Josefa muy pensativa.

Y tras poner cara de estar intentando forzar a sus neuronas pensar en alguna explicación, decidió olvidarse de eso con total facilidad.

— Bah, no importa…— Decía Josefina. — Sea lo que sea, ¿puedo ir contigo? — Y Alsancia no se lo negó, incluso creía que ella podría ayudarla a hacer el recado.

Después de todo, había salido por una razón: Llevar un kimono de Mao que se rompió a una sastrería en el cual era cliente habitual. Cómo éste tuvo que salir para ayudar a alguien y Clementina tenía que limpiar, se ofreció para llevarlo hasta ahí, ya que había conocido el lugar anteriormente.

Lo mejor de todo es que estaba casi al lado, estaba dentro del mismo barrio. Pero eso mismo era una desventaja porque dónde vivían era un verdadero laberinto de estrechas y pequeñas calles y apenas recordaba dónde estaba la sastrería. De todos modos, creía que podría encontrarlo rápidamente y no pensaba que le pasaría lo mismo cuando salió con Jovaka hacia al correos.

— ¿Por cierto,… — Le preguntó Josefina, quién apenas duró ni un minuto poder quedarse callada. —… a adónde vas está cerca de aquí? —

Alsancia le movió la cabeza afirmativamente, antes de girar por una callejuela en que apenas podrían entrar dos personas. Al llegar al final, en la cual terminaba en otro pasaje, rápidamente empezaron las dudas, no sabía qué dirección coger. Mientras intentaba recordar, Josefina volvió a hablar, interrumpiéndola en el proceso:

— Ah, por cierto, ¿sabes qué le pasa a Mao últimamente? — Esa pregunta desconcertó totalmente a Alsancia, quién se quedó muy sorprendida, por el hecho de que incluso Josefina se diera cuenta de eso.

Ella, al ver el rostro que puso su amiga, se puso nerviosa y le intentó explicar la razón de sus palabras: — Bueno, verás…— Le decía muy pensativa. — Actúa como siempre, pero, pero no sé… Hay algo raro, parece como si estuviera algo triste y lo esconde… Esa es la sensación que me da. —

Entonces, hubo un corto silencio entre ellas, antes de que Alsancia se atreviese a decirle con el lenguaje de los signos lo que pensaba.

Le dijo que sí, le pasaba algo, que estaba triste y sufriendo por algo que nadie sabe, porque no lo dice y además lo oculta intentando actuar como siempre.

Aunque en apariencia, delante de los demás; Mao seguía actuando como es, había algo que lo estaba torturando y que lo intentaba ocultar a toda costa. Apenas dormía por la noche y cuando lo hacía tenía pesadillas, tampoco comía gran cosa, hacia largos paseos y a veces estaba durante mucho tiempo en el cuarto de baño, se le notaba más triste y malhumorado, etc.

Todos esos indicios dejan claro que le ocurría algo y todo el mundo se dio cuenta. Nadie se atrevía a decirle a Mao qué le pasaba, porque sabían que no se lo iban a contar.

Aún así, querían que alguien se lo dijera y presionarle para que se lo dijeran, pero nadie tuvo la valentía de dar el primer paso.

— Entiendo… — Añadió Josefina muy preocupada. — No me gusta que Mao esté así… —

Mao, para ella, para Alsancia, para todas; no solo era una gran “amiga”, sino la persona que las unía, era el núcleo. “Es la líder de la manada”, diría Malan. “Es la jefa”, dirían las gemelas. Por aquella razón, ninguna de ellas no podría estar tranquila cuando el centro de todo estuviera en ese estado.

— Yo t-también… — Le soltó esto a Josefina, con la misma preocupación.

Alsancia, al ver que había entristecido a Josefina con eso, intentó animarla, diciéndole con signos y señales lo que le dijo Malan hace poco:

— Mao es fuerte, seguro que podrá superarlo pronto. —

Lo decía cómo si supiera cómo estaba, pero a Alsancia le dio muy poca importancia.

Tras decírselo, Josefina, recuperando su alegría natural, soltó eso:

— Malan tiene razón, seguro que podrá… — No solo confiaba en las palabras de Martha, sino también en el mismo Mao, quién muchas veces las han salvado de apuros y problemas.

Y entonces siguieron su camino. Alsancia eligió lo primero que vio, sin importarle el hecho de recordarlo o no. Después de todo, creía que con lo pequeño que era el barrio, no sería tan difícil no encontrar por casualidad la sastrería. Estaba muy equivocada.

Tras pasearse por varias callejuelas, salirse fuera del barrio varias veces y dar la vuelta en varios porque no tenían salida, definitivamente se dio cuenta de que no sabía dónde estaba ese maldito local.

— ¿Pero esa no es la casa de Mao? — Preguntó Josefina cuando se dio cuenta de que estaban pasando por el punto de inicio.

Y lo peor es que era la segunda vez. La napolitana se quedó con la boca totalmente abierta, incrédula sobre lo que le estaba pasando.

— O-otra vez… — Soltó Alsancia con ganas de llorar de la rabia. Era el colmo, ¿cómo no podría encontrar el maldito local, aún cuando estaba al lado?

— Es la segunda vez que pasaba por aquí. No estamos dando más que vueltas. — Y Josefina solo señaló lo obvio.

Alsancia pensó por un segundo a preguntarle a Clementina si podría darle indicaciones para poder encontrarlo, pero le daba mucha vergüenza decirle. Era ridículo no poder encontrar la maldita sastrería, el cual no solo estaba al lado, sino que además había estado en él dos o tres veces. En fin, sería muy patético para ella, que era una adulta. Tenía que encontrarlo ella sola.

— ¿Vamos a preguntarle a Mao o a Clementina? ¡Porque estamos dando vueltas como tonta! — Le preguntó Josefina, a continuación. Se dio cuenta de que necesitaban ayuda.

— N-no, y-yo puedo… — Pero Alsancia rechazó la propuesta de forma tímida, no quería llegar al punto de depender de otros solamente porque no podría encontrar un local que buscaba. Tenía que valerse por sí misma.

— ¡No digas eso, si no sabes dónde está es una tontería lo que estás haciendo! — Le replicó Josefina, y esas palabras inesperadamente hundieron la moral de la pequeña Alsancia.

— E-es verdad…— Decía con el orgullo humillado. — S-soy patética…—

— ¡No dije eso, de verdad! — Gritaba Josefina, que sintió que metió la pata. — ¡No lo eres! — Lo último que menos quería era ponerla deprimida.

— A-a p-pesar de…— Susurró Alsancia con ganas de llorar. —… ser adulta… —

— ¡N-no te preocupes! Y-yo también soy adulta y bueno, incluso a veces me pierdo comprando el pan, o cuando voy a la casa de Mao y entró por diferentes caminos. — Alsancia puso una mirada que hirió a Josefina.

— ¡¿Por qué me miras así!? — Le preguntó consternada.

— N-no es nada…— Le decía ella nerviosamente. No quería decirle que aún le quedaba mucho para ser adulta, además replicarle eso sería muy feo de su parte, porque creía que Josefina era mucho más útil que ella.

— Me miraste como si me estuvieras diciendo que no soy adulta, o eso parece…— Soltó Josefina, mientras reía nerviosamente.

— N-no importa…— Y añadió Alsancia con el mismo nerviosismo, antes de decirle por el lenguaje de los signos que ella iba a seguir buscando el local, que si quería podría entrar en la casa. Josefina lo rechazó, porque sentía que no podría dejar sola a su amiga en su búsqueda.

Y Alsacia, centrando todos sus esfuerzos en recordar cómo era el camino, volvió a intentar a buscar la maldita sastrería.

— Esto me trae recuerdos… — Pero Josefina no ayudaba mucho a que se concentrará. — ¿Sabes de qué? De cuando nos conocimos… ¡¿Cuánto debe haber pasado!? Apenas lo recuerdo. —

Alsancia, que debería pensar en cuál era el camino a seguir para llegar a la sastrería, se puso a pensar en el día en que conoció a Josefina, a Mao y a los canadienses. Al acordarse de que se desmayó en plena calle y Josefa tuvo que llevarla a la casa del chino, sintió muchísima vergüenza y algo mal por hacerles dar un susto.

— G-gracias… — Le dijo de repente Alsancia, antes de utilizar el lenguaje de los signos para añadir que sintió mucho lo que había pasado.

— Ah, ¿por qué? — Preguntó Josefina, luego le soltó: — No tienes que decir eso, yo siempre ayudo a los necesitados. — Y rió alegremente.

Y entonces se paró de repente y se quedó callada, como si hubiera recordado algo que se le había olvidado mucho tiempo. Alsancia le preguntó que le pasaba y ella contestó:

— No es nada, solo es que estaba recordando algo… — Después se mantuvo callada varios segundos, antes de añadir esto:

— En aquel día, estaba intentando buscar la casa de una vieja amiga, creía recordar dónde estaba su casa, pero al final me perdí por aquí. Estaba por este barrio o cerca, ya no recuerdo bien. Aunque,… — Dio una pequeña pausa. — Ella cambió de escuela, así que debía haberse mudado hace rato y solo estaba perdiendo el tiempo, pero tenía la esperanza. — Decía con un rostro melancólico. — ¿Cómo estará ella ahora…? —

Entonces, absorta en sus pensamientos, Josefina chocó contra alguien.

— ¿E-estás bien? — Tartamudeó Alsancia, mientras intentaba ayudarla a levantarla, pero Josefina se levanto sola y le dijo a la persona con la cual se chocó:

— Perdón, es que iba distraída y pues eso…— Rió nerviosamente, luego vino el silencio, aquella chica se quedó mirándola, no con enfado, sino cómo si quería preguntarle algo y no sabía explicarlo. Josefina y Alsancia se quedaron observándola, mientras se preguntaban qué le pasaba.

Se sorprendieron un poco al ver que era una asiática, a pesar de que ya conocían a Mao y de habían unos pocos por el barrio. Por un momento, se preguntaron si era pariente suyo, pero eso sería demasiada casualidad. En términos generales, era un poco más alta que la mexicana y estaba delgada, tanto que no parecía sano y que le notaba porque usaba una ropa muy ajustada a su cuerpo. Su piel tampoco parecía sana y llevaba un pelo demasiado corto.

— Yo, extranjera, perderme por aquí. — Les soltó a continuación, hablando con mucha torpeza. — A-ayuda, buscar dirección. — Entendieron rápidamente por qué le costó mucho pronunciar palabra.

— ¡Ah, ya veo! — Le decía Josefina. — ¡No te preocupes, nosotras te ayudaremos! —

Alsancia, utilizando el lenguaje de los signos, le preguntó si estaba bien, ya que ellas eran las menos indicada para hacerlo, no encontraban un simple local.

— ¡No te preocupes, Alsancia! ¡Recuerda que yo ayudo a los necesitados! ¡Y esta extranjera es una necesitada!  —— Pero Josefina estaba totalmente confiada.

— ¡¿Poder repetir, por favor!? No entiendo bien. — Les preguntó la extranjera, que no se estaba enterando de nada. La confianza de Josefina bajó algo, pero no lo suficiente para ayudar a esa chica.

— ¡Así que está es la dirección! — Exclamó Josefina, después de hacerle entender que le iban a ayudar. La extranjera le dio un papel en el cual estaba inscrito el lugar en dónde quería ir. — ¡Tiene un nombre muy raro, la verdad! —

— ¿¡Preguntas por nombre mío!? — Y la extranjera confundió sus palabras.

— No quería decir eso…— Le intentó explicar Josefina, pero ésta soltó su nombre igualmente:

— Syngman Kyong-Suk. O Kyong-Suk Syngman. —  Al ver las cara que pusieron las dos chicas, añadió: — Nombre coreano, yo ser del Sur. —

Alsancia y Josefina se quedaron un poco boquiabiertas al escuchar un nombre tan extraño y tardaron en reaccionar. Al final, por cortesía, ellas decidieron decirle los suyos.

— Nombres raros para americanos…— Y eso añadió la chica coreana realmente sorprendida, molestando un poco a Alsancia y a Josefa, que ignoraron esas palabras, siguiendo su camino.

Josefina miraba una y otra vez las placas de cada callejuela en el que se introducían, lo malo es que estaban solo en ruso y ni ella ni Alsancia entendía nada. Y cuando se dieron cuenta de que seguían dando vueltas por el barrio, la mexicana gritó enfadada.

— ¡Maldita sean, porque no tienen la decencia de ponerlo en inglés! — Y casi iba a tirar el papel de la dirección contra el suelo por la rabia, pero fue detenida por Alsancia.

— ¿Ocurre algo? — Preguntó la coreana, al darse cuenta.

— ¡No es nada! — Le respondió nerviosamente Josefina, antes de añadir esto: — ¡¿Te dieron alguna explicación de cómo era el lugar en dónde tienes que ir!? — Josefina creyó que tal vez así podrían tener pistas para encontrar el lugar que estaban buscando.

— ¡¿Qué querer decir!? — Pero antes tenía que explicarle a la extranjera de una forma que entendiera, algo que le costó bastante.

— ¿Querer decir…?— Le decía pensativa, después de cinco desesperados intentos. — ¿Cómo es lugar a que voy? —

Al ver que por fin pudo entenderlo, Josefina gritó de alegría:

— ¡Por fin lo has entendido! — Y luego añadió en voz baja: — Deberías haber aprendido mejor el inglés…—

— No entiendo. — Y añadió la coreana, al ver que la escuchó.

— Da igual. — Le replicó Josefa nerviosamente y ésta le preguntó:

— ¿¡Qué es “da igual”!? —

— No importa. — A Josefina ya le estaba molestando bastante.

— ¡¿Qué es “no importa”!? —

Para no explotar, Josefina le preguntó de nuevo qué si le habían dicho cómo era el lugar a dónde iba a ir, para cambiar de tema. Y ésta, se lo intentó explicar:

— Sí, me dijeron. Debo ir a local que hace ropa casera y repara. Me dijeron palabra en inglés, pero no recuerdo… — Les respondió muy pensativa.

— ¿¡Solo eso!? — Josefina esperaba mucha más información.

— Me suena…— Pero a Alsancia se le hacía muy familiar. Después de decir eso, Josefina le gritó:

— ¿De verdad, Alsancia? —

Ella le respondió afirmativamente con la cabeza y luego le dijo, utilizando el lenguaje de los signos, que debería preguntarle a la chica si sabía si le dijeron el nombre de adónde iba:

— ¿También te dijeron el nombre del local? — Y así lo hizo.

— Sí, lo recuerdo. Mucho. Llamarse “El sastre Hanguk”. —

Tras su respuesta, Alsancia puso una cara de enorme sorpresa, porque supo enseguida de qué local se refería esa chica, a pesar de que dijera mal ese nombre. Al ver su reacción, Josefina le preguntó esto:

— ¡¿Qué pasa, Alsancia!? ¡¿Lo conoces!? —

Y ésta le explicó con el lenguaje de los signos que sí lo conocía y además que es al mismo lugar a dónde tenía que ir.

— ¡¿Qué!? ¡Virgencita, qué casualidad! — Josefina puso la misma cara que Alsancia, mientras gritaba exageradamente.

Así es cómo se enteraron de que tenían el mismo destino.

FIN DE LA PRIMERA PARTE

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