Centésima treceava historia

Una noche psicológica: Última parte, centésima treceava historia.

Después de escuchar esas palabras y de malpensar un poco, Jovaka recordó las varias veces en que Martha Malan intentaba hablar con ella, cuando aún temía a las mujeres, quién le ignoraba desesperadamente. Por lo que había escuchado de Mao, la africana quería actuar como si fuera su “psicóloga”, escucharla e indagar en sus recuerdos y pensamientos para averiguar cuáles son los orígenes de su extraña fobia hacia las mujeres. Por eso, rechazaba cualquier intento de comunicación con esa chica, porque le daba mucho miedo que viera a través de su mente.

Y hasta ahora, ya que aquella fobia se había ido, no se sentía muy cómoda estar con Malan, sobre todo cuando estaban totalmente solas. Había pasado casi un minuto desde que ella pronunció esas palabras y aún no sabía qué decir exactamente, para evitar una charla profunda con ella.

― ¿Eso fue bastante chocante? Yo había pensado que era una buena forma de expresarse…― Añadió Martha, extrañada, cuando vio que sus palabras produjeron un silencio incómodo.

― B-bueno,… ― Y Jovaka intentó decir algo, pero no se le ocurrió nada más.

― Entonces, ¿puedo hacerte una pequeña pregunta? ― Dio una pequeña pausa y alegremente dijo: ― ¡¿Ya no sufres de ginefobia, verdad!? ―

― ¡¿Por qué dices eso de repente!? ¡Ni siquiera hemos empezado una c-conversación! ― Preguntó nerviosamente Jovaka, diciendo lo primero para cambiar de rumbo aquella charla, mientras se sentía totalmente acorralada.

― Yo creía que sí…― Continuó Malan. ― De todas maneras, me alegro de que hayas superado ese miedo, y también de la misoginia. Aunque me parece raro, entonces, que intentes parecer como si aún lo tuvieras…―

Al final, no había manera de poder seguir mintiendo, le habían pillado de forma muy rápida y sin salidas.

― A veces, me aterra mucho que seas un genio…― Comentó Jovaka, al pensar que era normal que Malan se diera cuenta, ya que era una chica superdotada. Pero ese comentario molestó muchísimo a la africana:

― No, ¡no soy un genio ni nada parecido! ― Le replicó secamente Malan. ― Solo soy una chica normal que solo sabe un poco más que los demás. ―

Esas palabras dejaron boquiabierta a Jovaka, que no podría creer que ella, quién se jactaba cada dos por tres de ser una chica genio; ahora decía con un tono desolador, como si le daba cosa ser considerada como tal, que no lo era. Se preguntó si tenía fiebre u otra cosa, porque le costaba asimilarlo.

― En fin, lo que me parece muy interesante es el hecho de que quieras seguir actuando como alguien que teme o odia a las mujeres, cuando no es así. Da para pensar…― Por su parte, Martha siguió hablando.

A Jovaka le molestó un poco oír ese “da para pensar”, aunque no entendía bien la razón. Luego, se puso a la defensiva, diciendo esto:

― Y yo qué sé…― Martha Malan no le preguntó cuál era el origen de esa contradicción, pero lo soltó como si le había hecho esa pregunta. ― No sé por qué hago eso. ―

Martha se quedó en silencio por unos segundos, poniéndose algo pensativa, ya que esa esas palabras le hicieron pensar.

― Así que no lo sabes, ya veo… ― Malan soltó este argumentar: ―Sabes, es imposible para una persona no entender por qué hace tal cosa u otra. Cuando dice “que no lo sabe o no entiende por qué lo hace”, en realidad es que no sabe cómo poder expresar el porqué o la razón que lo induce a comportarse. ―

― ¡¿Quieres decir que yo no sé cómo explicarte el por qué sigo actuando como si les tuviera terror a las mujeres, cuando, en realidad, ya he superado el miedo!? ¡¿Eso intentas decir!? ― Le replicó Jovaka, algo temerosa.

―Obviamente. ― Eso le dijo tajantemente Malan, antes de añadir, llena de emoción: ― ¡Y te podría ayudar a explicar ese extraño comportamiento, me hundiré a los más profundo de tu subconsciente para encontrar aquella oculta razón! ―

Ahí comprendió ella las verdaderas intenciones de Martha Malan, que ya llevaba sospechando, de que quería explorar su mente y hacer “psicología”, o algo parecido. Le aterraba el hecho de que la africana se “hundiera a los más profundo de su subconsciente” y se lo negó:

― ¡No me interesa, me importa bien poco saber por qué actúo así! ―

― ¡¿En serio!? ¡¿No te interesa entenderte!? ―

Preguntó Malan, un poco desilusionada. Aún así decidió insistir un poco:

― ¡A mi parece algo fascinante, me gustaría comprenderlo! ―

― ¡Pues te quedas con las ganas! ― Le replicó algo molesta Jovaka.

― Ya veo…― Se dio cuenta de que Jovaka era hostil ante la idea de indagar en su mente. ― Supongo que te incómoda contarme algo de ti, ¿no? Si ese es el caso, mejor dejaré de desistir. ―

― Eso, eso, no quiero que violes mi mente. ― Eso añadió la serbia, antes de coger el mando y seguir jugando al videojuego. Esas palabras hicieron mucha gracia a Malan, porque no entendía cómo llegó a esa conclusión tan extraña. Sus risas molestaron a Jovaka, que protestó:

― ¡¿De qué te ríes!? ― Y Malan le respondía que no era nada, para no enfadarla.

Y así el silencio volvió a ocupar toda la habitación durante varios segundos. Jovaka siguió jugando a los videojuegos, mientras Malan estaba mirando al techo, reflexionando sobre varias cosas. Poquito a poco, la serbia empezó a sentir ganas de hablar con ella y poder preguntarle algunas cosas, mientras se empezaba a preguntarse inconscientemente por qué intentaba seguir actuando como si temía a las mujeres, cuando dejó de tenerles miedo y odio. Movía la cabeza cada dos por tres, con la intención de dejar de pensar en esas cosas y seguir con el juego. Aún así, sus dudas no dejaron de aumentar hasta que no podría concentrarse bien. Al final, cuando vio que había perdido la partida, su boca soltó unas palabras que no pensaba decir:

― En realidad, tal vez sepa por qué actuó como si seguía odiando a las mujeres…― Soltó en voz alta Jovaka, antes de taparse la boca, al ver lo que dijo.

― ¡¿De verdad!? ― Preguntó Malan y Jovaka le respondió que no había dicho nada. Ésta se le quedó mirando y la serbia no pudo aguantar nada la presión:

― Bueno, si he dicho algo, pero es solo tonterías, nada más. ― Rió Jovaka nerviosamente, antes de continuar. ― En realidad, he estado pensando en que tal vez intento seguir actuando como alguien que teme a las mujeres, porque era… Bueno, que mi principal característica, lo que me hacia ser Jovaka era eso. Y ahora que no lo tengo, es como que soy nada…―

― Es decir, podríamos explicarlo así. Imaginas que eres un personaje de una obra de ficción, tal vez de comedia, y que tu odio hacia las mujeres, hacia las personas de tu mismo sexo; es lo que define cómo eres y los chistes que haces siempre se hacen en torno a eso. Si superas tu principal defecto, el que hace tu personaje cómo es, ya has terminado con tu cometido, ya no sirve en la obra. Es esto a lo que te refieres, ¿no? ―

― Algo parecido. Pase toda mi vida estando orgullosa de tener esa fobia, aunque eso sea estúpido; y ahora que lo he superado, siento que ya no soy yo, que no soy Jovaka. Me siento algo vacía. ― Añadió Jovaka, bastante avergonzada y algo tristona. Se sentía mal al pensar que estaba orgullosa de tener tal miedo histérico. Y Malan dio unas pequeñas risitas.

― ¡¿Por qué te ríes!? ― Protestó Jovaka, algo molesta.

― Solo me parece curioso que sientas con orgullo esa fobia, aunque tiene algo de sentido. Después de todo, era extraño y curioso que una mujer odiaba y temiese a las mujeres. ― Jovaka no pudo negar esas palabras.

― Tienes razón, porque lo único especial en mí, que me hacia diferente de los demás; era esa fobia. Y ahora yo soy una chica común y corriente, nada interesante…―

Puso una cara que mostraba gestos de molestia hacia ella misma, por estar orgullosa de tenerle miedo atroz hacia algo y sentir nostalgia por él.

― Esto parece una pequeña crisis de identidad, la verdad…― Malan, que se puso a reflexionar de nuevo, hizo este comentario.

― ¿Una crisis qué? ― Y Jovaka no entendió nada.

― Sientes que has perdido parte de tu identidad y para compensar el vacio, has estado actuando como si lo seguías teniendo. ―

― Eso es, supongo…― Soltó esto, a pesar de que no estaba muy segura de entender lo que le dijo Malan. A continuación, hubo un silencio que duró poco segundos, siendo interrumpido por la africana:

― Sabes, Jovaka, me pregunto qué es lo que te ocurrió en diciembre para que pudieses dejar atrás esa fobia, cual fue el acontecimiento que lo cambió todo. Mao nunca quiso hablarme de eso, porque eran cosas privadas tuyo y no tenía permitido decirlo. ―

Se sorprendió de que Mao no le hubiera dicho nada a Malan, cuando ella era la chica con la cual tenía más confianza. Es normal que no se dijera a las otras, pero no a la africana. Se sintió muy feliz al ver lo considerado que era y añadió:

― ¡¿Quieres qué te lo diga!? Solo me enfrente a mi pasado, creo…― No quería decirle lo que le ocurrió en aquel entonces, porque aún no lo había asimilado, hasta tenía pesadillas con eso.― No te diré nada más. ―

― ¡Qué lástima, la verdad! ¡Estaba muy interesada sobre lo que pasó!― Decidió no indagar nada más sobre aquel incidente por respeto a la serbia. Luego, le preguntó esto, deseando saber cómo fue el resultado de haber conseguido explicar la contradicción que había en su comportamiento:

― En fin, tú ya sabías el por qué de ese comportamiento desde el principio, solo que no lo podrías explicar. Ahora que hemos explicado cuál es la raíz, ¿¡cómo te sientes!? ―

― Pues… Bien, supongo…― Jovaka estaba aliviada y feliz, aunque de una forma normal y tranquila.

― Ya veo…― Estaba algo decepcionada por la reacción normal de Jovaka, esperaba ver un sentimiento de alivio, como si se hubiera quitado un peso de encima. ― Bien por ti. Ahora que hemos llegado hasta aquí, hay que dar el siguiente paso. ―

― ¡¿Qué siguiente paso!? ― Jovaka preguntó algo consternada al oír eso, y Malan se lo explicó:

― Para superar el hecho de que sigas simulando que aún tienes una fobia, hay que rellenar ese vacío que te dejó con otra cosa. O superarlo. De todos modos, no tiene sentido que sigas haciendo eso…― Pero algo interrumpió súbditamente su explicación.

Escucharon un ruido tan fuerte que se oyó por toda la casa y alteró tanto a Malan como a Jovaka, que se levantaron de golpe del suelo.

― ¡¿Qué ha pasado!? ― Preguntó aterrada Jovaka.

― Tal vez haya sido Mao, quién ha vuelto del paseo, supongo…― Le respondía Malan, aunque muy dudosa con su explicación, ya que fue lo primero que se le ocurrió. A continuación, añadió:

― De todos modos, vamos a ver qué es…― Y empezó a dirigirse poquito a poco hacia a dónde creía que era el origen del ruido, hacia la tienda.

― ¡Y-yo te sigo! ― Y Jovaka se puso detrás de ella, con el mismo propósito de saber qué era ese ruido.

Y cuando ellas entraron al pasillo en dirección a la tienda, oyeron más ruidos que procedían de la cocina, como si alguien estuviera tirando cosas al suelo.

― ¡¿Q-qué ocurre ahí!? ― Volvió a preguntar llena de temor a Malan, mientras temblaba como un flan.

― Tal vez…― Respondía Martha, seria y muy preocupada. ― Una cosa que no es nada bueno…― Casi iba a decir un ladrón, pero no quería poner a Jovaka histérica ni tampoco tenía mucho sentido que alguien que iba a robar buscase en la cocina.

Durante unos pocos segundos, Malan se quedó pensando si conseguir un arma antes de continuar o entrar a la cocina así sin más. También ella se preguntaba si era necesario mandar a Jovaka para que llamase a la policía.  Entonces, oyeron una voz quejándose que les era muy familia, mientras se volvió a escuchar golpes. Más bien, parecía un grito de frustración y alertó a las dos chicas:

― ¡¿E-esa no es…!? ― Preguntó muy aterrada Jovaka, al reconocer a la propietaria de la voz; y Malan también lo reconoció y lo primero que hizo fue salir corriendo hacia la cocina.

― ¡Espera, Malan! ― Le gritó Jovaka, mientras la perseguía.

Y al abrir la puerta corrediza que estaba al final del pequeño pasillo y que comunicaba a la cocina, Malan y Jovaka se encontraron con una escena peculiar, mientras encendían la luz.

Había cientos de cosas tiradas al suelo o sobre la mesa y los muebles de la cocina, incluso una silla había sido tirada. Y en el centro de aquel desastre, se encontraba Diana, que se quedó paralizada  al ver que le pillaron con las manos en la masa, con un gato que intentaba liberarse de ella, mientras le sostenía fuertemente:

― ¡N-no es lo que palece! ― Les dijo nerviosamente la pequeña.

A continuación, hubo unos minutos de silencio algo incómodos, antes de que Malan y Jovaka dieran suspiros de alivio, al ver que no era nada grave.

― ¡Qué susto nos has dado! ― Dijo alegremente Malan, mientras sonreía.

― Al final, solo era Diana y un maldito gato…― Añadió, molesta ante el hecho de que le hicieron temblar de miedo para nada. Entonces, ella se dio cuenta de que había algo que no tenía que estar en la casa: ― ¡¿Espera, qué hace un gato aquí!? ―

Diana les intentó decir algo, pero el gato se puso a forcejear fuertemente para librarse de ella y ésta lo agarró con más fuerza que antes.

― ¡Así que estabas escondiendo un Felis silvestris catus! ― Martha, por su parte, se puso a observar detenidamente a aquel animal, con una gran emoción que se le notaba con mirarle los ojos. ― Y además, parece un Burmés, ¡qué lindo! ―

Supuso que esa era su raza por el corto pelo marrón y cuello que tenía, y también por sus orejas, que no eran ni grandes ni pequeñas; y sus ojos amarillos brillantes. Parecía estar bien cuidado, porque estaba el gato estaba muy rechoncho; y que tenía dueño legitimo, por el hecho de que llevaba un collar. Aunque lo que le sorprendía era el hecho de que no maullase, levantaba la boca varias veces, pero no decía ni mu.

Jovaka, al ver que Malan estaba tan interesada en el gato que se había olvidado de todo los demás, sintió que tenía que explicarle esto a Diana:

― ¡¿Por qué has metido un gato en casa!? ¡¿No sabes que Mao no quiere animales dentro!? ―

Era bien conocido que a Mao impedía a toda costa tener animales en casa, por el hecho de que Alsancia era alérgica a varios animales, sobre todo a los gatos. Y algo que Diana debería saber también.

― Lo sé. ― Eso lo que le pudo responder ella, mientras intentaba impedir que el gato se saliese de sus brazos. Jovaka le iba a regañar, pero Martha intervino:

― Como cualquier niño, solo quería tener una mascota, ¿a qué sí? ―

Decía con ternura hacia ella, ya que parecía ser el típico caso en dónde un niño escondía una mascota, dispuesto a cuidarlo; algo que le parecía muy adorable. La respuesta de ella sorprendió:

― Yo no quielo una mascota, no lo he metido aquí. Es él, que se ha metido en la casa. ―

En realidad, Diana, mientras dormía con su madre y su tío, fue despertada por los rasguños que algo le estaba haciendo a la ventana. Ésta se levantó y lo abrió para saber que pasaba y el gato entró en la habitación con mucha rapidez y sigilo. Salió corriendo hacia al salón, pasando por el hueco que la puerta, que estaba media abierta, había dejado. Le siguió para atraparlo y sacarlo de la casa. Al ver que Malan y Jovaka estaban despiertas, mientras se estaban hablando; pasó sin que se dieran cuenta de su presencia y entró en el pasillo para dirigirse hacia la cocina. Luego, sin encender la luz, se decido a intentar atraparlo, creando un gran estropicio.

A Diana le costó bastante poder explicarles la situación, con el maldito gato intentando liberarse de ella; pero pudo conseguir que ellas lo entendieran, de alguna forma.

― Ya veo, me sorprende que no nos hayamos dado cuenta antes. ―

Concluyó Martha Malan, sorprendida ante el sigilo que demostraron Diana y el gato, que habían pasado por su lado como si fueran ninjas.

― Da igual, hay que sacarlo rápido, antes de que Mao lo vea. ― Añadió Jovaka, que se acercó con cuidado hacia Diana para coger el gato y sacarlo de la casa.

Entonces, una voz que no esperaban para nada dijo: ― ¿¡De que yo vea qué!? ―

Las tres chicas miraron hacia al pasillo y vieron a Mao, que había vuelto del paseo; ahí parado, delante de la puerta; con los brazos cruzados y con una mirada que les preguntaba, como si fuera una madre antes de regañar, qué estaban haciendo.

Jovaka y Diana gritaron de la sorpresa, al ver sido pilladas; y el gato, ya libre de los brazos de la pequeña, saltó instintivamente hacia Mao, con el inesperado propósito de atacarle y dejarle lleno de arañazos.

― ¡¿Pero qué le pasa a este bicho!? ¡¿Por qué me está atacando!? ―

Gritaba Mao como loco, mientras salía corriendo para evitar que el gato le rompiese el kimono, con Jovaka, Malan y Diana detrás de ellos para coger al endemoniado animal. Los gritos de los cuatros no solo hicieron despertar al resto de la casa, sino al vecindario entero.

FIN

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