Centésima decimocuarta historia

Delirio paternal: Primera parte, centésima decimacuarta historia

En una gélida noche de Marzo, mientras el viento soplaba fuertemente, dos pequeñas sombras, tiritando de frio, recorrían rápidamente las callejuelas estrechas del barrio en dónde estaba la casa de Mao, y ahí es dónde iban. En su destino, ya estaban haciendo los preparativos para acostarse, eran las once y media de la noche.

— ¡Jovaka, ¿aún no has terminado?! — Eso le preguntó Mao a la serbia, mientras veía cómo ella aún seguía estando jugando a un videojuegos.

— ¡No te preocupes, estoy a punto de terminar! — Le respondió, mientras pulsaba botones compulsivamente, poniendo una cara que daba mucho miedo y pavor. Intentaba vencer de una vez al jefe final del videojuego que llevaba tiempo intentado pasar.
— ¡Sí, ya lo veo! — Ironizó Mao, mientras miraba lo mucho de vida que le quedaba al jefe y lo poco que le quedaba a
— ¡No me distraigas, por favor! — Añadió antes de cometer un error y perder. Entonces, gritó y pataleó furiosa: — ¡Maldición, maldición! ¡He perdido de nuevo! ¡Qué frustrante! —

Mao se quedó pensando seriamente que los videojuegos no tenían ni una pizca de divertido, al ver cómo Jovaka perdía una y otra vez inútilmente.

— ¡No grites, que hay gente durmiendo! — Le regañó y ésta le dijo que perdón.

Entonces, Diana, quién llevaba un buen rato observándolo, soltó estas palabras: — ¡Ahora, me toca a mí, tenjo que vengal su muerte! —

Por raro que parezca, tanto Diana como Jovaka, se intercambiaban de lugar cada cierto tiempo mientras jugaban la misma partida.

Mao le dijo esto que lo hiciera mañana, que era hora de dormir; y Diana le replicó: — Pero hay cosas que solo lo haces al momomento. —

Entonces, desde la tienda, se empezaron a oír fuertes golpes provenientes del exterior, que sorprendieron a todos los de la casa, salvo a Alsancia, que cayó en un sueño muy profundo.

— ¡¿Han oído esos ruidos!? ¡Alguien está pegando en la puerta! — Gritó Clementina totalmente aterrada, que salía de la habitación del piso de arriba. — ¡A estas horas de la noche! —

— ¡Sí, lo hemos oído! — Le respondió Mao, quién empezó a dirigirse hacia la puerta. — ¡¿Quién será!? —

— ¡Ten cuidado Mao! — Añadió Jovaka, algo preocupada. — ¡Sea lo que sea, debe ser una emergencia! — Él le dijo que gracias y se fue.

Al ver lo tensos que estaban, Diana intentó tranquilizar a su madre.

— ¡No selá pala tamto! ¡¿No puede ser un vendendol?! — Jovaka le replicó que a estas horas nadie hacia eso. Diana, intentó validar su idea, diciendo esto: — Uno vampiro, tal vez. —

Solo provocó que su madre, que tenía la piel de gallina, casi gritara de terror, menos mal que su primo le tapó la boca a tiempo para no despertar al vecindario y le dijera que eso no existía, no debería ponerse asustada por algo así. Mientras tanto, Mao abrió la puerta y al ver quiénes eran y en qué condiciones habían llegado, se quedó boquiabierto.

— ¡¿Alex y Sanae!? ¡¿Qué hacéis…!? — Soltó Mao y no pudo terminar la frase, porque ellas, muertas de frío, entraron rápidamente a la casa, directas al salón para meterse de lleno en el kokatsu y calentarse.

— ¡Qué frío hace afuera! — Eso gritaban, mientras estornudaban al unísono. — ¡Siento que voy a coger una gripe! —

— ¡Qué calientito! — Y eso dijeron, cuando se introducían bajo la manta del kokatsu, ante el asombro de Jovaka, Diana y los canadienses.

— ¡Ah, menos mal! ¡Eran ellas! — Exclamó Clementina, muy aliviada.

— Pero no os habíais ido hace unas horas,… ¿¡Por qué estáis aquí otra vez!? — Eso preguntó Jovaka, mientras Diana hacia lo mismo que ellas y se metía dentro.

— Es una larga historia… — Habló Alex, Sanae añadió: — No es tan largo, pero, en fin…—

Entonces, Mao llegó al salón e intervino con estas palabras: — ¡¿Seguro que está relacionado con vuestro padre, no!? —
Ellas quedaron en silencio durante unos minutos, antes de atreverse a decirle que sí.

Después de todo, se lo suponía. No, era la única explicación razonable para que las gemelas aparecieran en su casa a esas horas de la noche, vestidas con sus pijamas favoritos y con una manta encima para soportar el gélido frío de la calle, huyendo de algo tan rápido que ni siquiera les dio tiempo de vestirse. Y por tanto, debía ser algo gordo, e incluso peligroso.

— Diana, Jovaka, ¡iros a dormir de una vez! — Jovaka le dijo que sí y se dirigió al cuarto de Mao, Diana protestó. — ¡Yo me quedaré con ellas un rato, mientras se calientan! —

— ¡¿Pol qué!? ¡Yo quiero estal también aquí! — Quería quedarse con ellas, no deseaba dormir.

— No puedes, mejor nos vamos a dormir, ¿vale? — Y Clementina, que se dio cuenta de la gravedad del asunto, la sacó a la fuerza de la mesa y ésta empezó a montar un berrinche, mientras su madre la llevaba a brazos hacia al cuarto.

Tras eso, solo quedaban en el salón Mao, quién se metió también en el kokatsu, y las gemelas. Entonces, habló totalmente serio:

— Si no quieren hablar ahora, pues no les obligaré. Eso es todo. —

— ¡¿Pero no estarás tranquilo hasta saberlo, no!? — Le replicó Alex y Mao añadió:

— Eso es lógico. —

Las gemelas se pusieron pensativas, sobre si contarle o no ahora lo que les pasó, y el salón cayó en un silencio que duró varios minutos. Mao volvió a recordar lo que había pasado hace unas horas, antes de que ellas se fueran a su casa:

— ¡¿De verdad, están seguras de volver!? — Eso les preguntó Mao, cuando vio que se iban a ir a su casa.

— Pues claro que sí, nuestro padre ya debe estar de buen humor. — Ya llevaban varios días fuera de casa, después de ver cómo a su padre le dio un ataque de ira que casi provocó que fuera a quemar el jardín del vecino.

— ¡Realmente me preocupa! Es decir, estáis viviendo con una persona que cuando se pone tan aterradora tenéis que salir de patas. No es normal. —

Mao llevaba meses preocupado por ellas, desde aquel día que les contó que su padre le daban ataques de locura muy fuertes y formaba parte de una secta. Siempre les preguntaba si deseaban quedarse una noche más o acompañarlas hasta su casa. No se sentía seguro.

— ¡Bueno, es verdad que no es normal! — Le dijo Alex y luego, Sanae añadió: — ¡Pero, qué se le va a hacer, es nuestro padre! —

Al ver la cara de preocupación de Mao, estás se miraron la una a la otra y gritaron payasamente al unísono: — ¡No te preocupes, no las vamos a apañar, jefa! —

Las palabras de Alex le hicieron volver a la realidad:

— Realmente, ha sido estúpido que te dijéramos que no las íbamos a apañar y al cabo de un rato, ir corriendo a tu casa. —

Y luego, añadió: — Te lo contaremos, Mao…— Y empezaron a contarle lo que les pasó.

Entraron alegremente por la puerta, charlando sobre las cosas divertidas que le pasaron, sin saber que su padre les esperaba en la entrada con una cara seria y terrorífica. Las dos chicas se quedaron paralizadas y tragaron saliva, preguntándose por qué estaba así.

Luego, se dio la vuelta y se dirigió hacia la cocina en total silencio, en ese momento fue cuando las gemelas empezaron a pensar que fue una mala idea regresar a casa. A pesar de la angustiosa tensión que se desarrolló en la casa, ellas hicieron como siempre. Se pusieron sus pijamas, antes de cenar, más bien, prepararse alguna comida precalentada que tenía su padre en la nevera, casi vacía. Cuando terminaron de comer, volvió a aparecer.

— Os lo diré por última vez… — Y de repente, su padre les decía estas cosas de forma muy desagradable. — Entraréis a forma parte de mi iglesia, no… a Nuestra iglesia de las personas felices. No os estoy dejando a elegir, os estoy obligando. Ya no podéis negaros más. —

Se quedaron calladas durante unos segundos, sorprendidas de que volviera a sacar ese tema de nuevo, y de decirlo de esa manera. Alex le gritó:

— ¡¿Otra vez con eso!? ¡Te lo hemos dicho mil veces, no vamos a meternos a ese lugar! ¡No nos obligues a mí hermana y a mí! —

— ¡¿No queréis la salvación!? ¡Vuestras almas impuras, manchadas por el pecado, deben ser limpiadas! ¡Ese es el motivo por el cual debemos ir al planeta de los países felices! ¡El viaje os limpiará y os hará felices, por toda la eternidad, borrará toda la suciedad que están acumulado en nosotros! —

Gritaba como loco, mientras alzaba las manos hacia al techo, con sus ojos realmente dilatado y una sonrisa perturbadora que hizo que las gemelas empezaran a alejarse de él, poquito a poco, con una cara de horror.

— ¡¿Por qué os alejáis!? ¡¿Acaso te da miedo?! ¡No lo sentirán! ¡Cuando llegué la hora de la verdad, ni siquiera os daréis cuenta! — Y él se acercaba a ellas, con una mirada que no dejaba dudas que no tenía muy buenas intenciones.

— No es eso…— Le respondía débilmente Alex, mientras protegía su hermana. — ¡Tú eres el que da miedo! —

— ¡¿Cómo qué…!? — Se detuvo y empezó a reír como demente. — ¡Me lo decís vosotras, cuyas manos están manchadas de sangre! —

Las gemelas, tiritando de terror, no entendían nada de lo que estaba diciendo su padre. ¿Sus manos manchas de sangre? ¡Les estaban acusando de algo que jamás habían hecho! Se dieron cuenta de que su padre ya estaba perdiendo la poca cordura que le quedaba.

— Creo que realmente me estoy pasando, así que lo diré sin rodeos y amablemente… — Decía con total tranquilidad, con un rostro afable en el rostro; antes de gritarles demoniacamente: — ¡Uniros a la iglesia de una puta vez, me importa una mierda vuestra escusas! ¡Ese es vuestro lugar y os llevaré a la fuerza! — Y para dar más impacto, cogió una botella de cristal y la rompió con todas sus fuerzas en mil pedazos sobre la mesa, llenándolo todo.

— ¡No vais a salir de aquí, hasta que aceptéis a vuestro destino! — Añadía esto con falsa amabilidad, mientras salía de la cocina para poder cerrar la puerta. — ¡Será muy divertido, tendréis amigas de verdad allí y viviréis rodeada de paz y de amor! —

Al ver que se fue, las dos chicas, que se abrazaron fuertemente de miedo, cayeron de rodillas al suelo, en silencio y asimilando durante un buen rato aquella situación tan horrible que vivieron.

— ¡¿En serio!? ¡Eso es bastante fuerte…! — Añadió Mao, cuando oyó eso. Estaba bastante conmocionado, jamás pensaba que vivían con un sujeto tan peligroso.

— No paró de insistir que entráramos en la secta que se unió él, pero nunca quisimos. Jamás podríamos pensar que llegará al punto de actuar así. —

Con solo recordarlo, Alex empezaba a temblar de miedo y su hermana también.

— Daba muchísimo miedo, como si de un momento para otro, intentará matarnos o deseaba hacerlo. —

Mao, al verlas, se estaba sintiendo muy culpable por dejarlas vivir con un individuo que debería estar un manicomio. Era normal que intentarán en la medida de lo posible estar en su casa, huyendo de ese horrible ambiente.

— Bueno, la verdad es que a veces se pone bastante violento, y a gritar, y a llorar, y decir cosas sin sentidos, pero… — Le dijo Alex esto, y su hermana terminó la frase: —…esta vez no pudimos aguantar y cuando vimos la mínima oportunidad, mientras nos hacíamos las dormidas, escapamos por la ventana y salimos corriendo. — Y se rompió a llorar.

— Definitivamente, vosotras dos estáis viviendo con un loco… ¡No entiendo por qué seguís aguantando! — Les soltó Mao.

— Es nuestro padre, después de todo. Seríamos unas desagradecidas, si lo abandonamos así por así; y somos su única familia. — Alex se lo explicaba, mientras luchaba por no ponerse a llorar: — ¡Hemos intentando aguantar, pero al final, al final…! ¡No podríamos estar ni un minuto más cerca de él, sentimos que acabará haciendo algo horrible! —
Pero, al final, rompió a llorar, junto a su hermana. Mao no dijo nada, creía que eso fue lo mejor hasta que se tranquilizaran. Pasó un rato hasta que se atreviera a hablar:

— ¡Perdón, Mao! Es que…— Le decía Alex totalmente avergonzada, mientras se secaba las lágrimas.

— Lo entiendo, ha sido demasiado dura para vosotras…— Añadió secamente Mao.

— Por eso,… — Entonces, ella se levantó y se postró ante Mao, quién ya sabía que quería pedirle: — ¡Deja que nos quedemos a vivir en tu casa a partir de ahora, por una temporada, por favor! —

No se esperaba que Alex llegara al punto de inclinarse ante él, jamás la vio hacer algo así totalmente en serio. Entonces, la levantó y le dijo:

— Eso es bien obvio, no os voy a dejar en la calle. —

— ¡¿En serio!? — Gritaron eufóricamente las dos gemelas.

— La duda ofende. — Añadió Mao, mientras se preguntaba qué clase de opinión tenían ellas sobre él.
Tanto Sanae como Alex se lanzaron de golpe hacia Mao y empezaron a abrazarle fuertemente, mientras le gritaban totalmente felices:

— ¡Por eso, eres genial, jefa! — Decía Alex por un lado. Añadía Sanae por el otro: — ¡Muchísimas gracias! —

— ¡Vale, vale, pero no gritéis! — Mao se estaba muriendo de vergüenza. — ¡Qué es de noche y vais a molestar a los vecinos! —

— ¡Es verdad! — Dijeron al unísono antes de reír levemente, mientras soltaba a Mao.

— Además, casi siempre estáis por aquí, esto parece más vuestra propia casa que la que tenéis de verdad. Así que vosotras dos podréis quedar todo lo necesario. — Añadió Mao.

Entonces, las chicas empezaron a hablar de que la casa de Mao era mil veces mejor que la suya, dándole varios ejemplos de cómo de mal estaban las tuberías, la luz y las paredes. Tras eso, él les dijo que se dejarán de tanta cachará, que tendrían que dormir. A pesar de sus quejas iníciales, Alex y Sanae le hicieron caso y los tres se fueron a la habitación del chino.

— Por cierto…— Pero, mientras subían, Mao les empezó a hablar: — En este tipo de caso, deberíamos llamar a la policía y explicarles lo sucedido. Pero creo que no os gustará la idea, ¿no? —

Las gemelas se quedaron en silencio durante varios segundos, bastante pensativas. O más bien, como si no se atrevieran a decirle lo que pensaban de verdad.

— La verdad es que…— Al final, se lo dijeron sinceramente.

— No. —

— Si se enterasen de que nuestro padre no está bien de la cabeza, podemos acabar en un orfanato…— Añadió Alex.

— Incluso podrían llegar a separarnos. Por nada del mundo, desearíamos algo así…— Y terminó la frase Sanae.

Las dos tenían mucho miedo de que ese destino fuera lo que le iban a tocar si se lo decían a la policía. Si no fuera por esa razón y por su amor a su trastornado padre, se hubieran salido de esa casa hace tiempo.

Mao suspiró, ya sabía que esa era la respuesta. Lo correcto sería llamar a la policía, pero tampoco quería pisotear el deseo de las gemelas así por así. Es más, creía que ellas intentarían todo lo posible por detenerle si los llamará:

— Entiendo. Pero si aparece aquí y se pasa de la raya, yo no tendré más remedio que hacerlo. —

Se los dejo muy claro y ellas asintieron tímidamente. No iba a permitirle que aquel hombre les obligara a forma parte de su secta, ni les iba a tocar ni un pelo. Mientras Mao estuviese en esta casa, ese sujeto no hará lo que quiera con sus hijas. Esa fue su decisión.

Y a la mañana siguiente, aquella persona apareció delante de la casa de Mao, dispuesto a llevarse a Alex y a Sanae, aunque sea a la fuerza.

FIN DE LA PRIMERA PARTE

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