Centésima decimocuarta historia

Delirio paternal: Segunda parte, centésima decimacuarta historia

Iban a dar las siete y media de la mañana, Clementina y Leonardo eran las únicas personas que estaban levantadas, preparando el desayuno para Mao y las demás; cuando alguien del exterior empezó a golpear violentamente la puerta, y eran tan fuertes y constantes que parecía que iban a romperlo de un momento y despertó a todo el mundo.

— ¡¿Pero qué es todo este escándalo!? — Eso fue lo primero que gritó Mao mientras se levantaba, muy malhumorado, tras despertarse por culpa del ruido. Le entraron ganas de tirarle agua fría al que estaba pegando de esa manera.

— No lo sé, pero molesta…— Añadió Jovaka, mientras intentaba dormir, tapándose las orejas con una almohada.

Alsancia, que también tuvo un mal despertar, intentaba mirar por la ventana para saber quién era, evitando que la persona que pegaba la puerta la viese. Mao, al ver que ella estaba haciendo, le preguntó:

— ¿¡Sabes quién está afuera, pegando como loco!? —

Alsancia le movió la cabeza negativamente, para luego dejar la ventana y dirigirse hacia Mao con el propósito de decirle, utilizando el lenguaje de los signos y en una mezcla de preocupación y miedo, que era una hombre que nunca había visto en su vida, pero tenía una cara que daba miedo y parecía muy violento. Entonces, las gemelas, que ya sospechaban desde el primer quién era, gritaron esto:

— ¡E-es p-papá, s-seguro que es él! ¡Y-y está muy enfadado!— Eso le decía Sanae a Alex, mientras la abrazaba fuertemente, temblando como un flan.

— ¡¿C-cómo es posible q-que nos haya e-encontrado!? N-nunca le hemos contado dónde vivía Mao…—Añadió Alex, que también temblaba como su hermana, mientras intentaba mostrarse fuerte.

Ellas fueron las primeros de la habitación en levantarse al oír esos golpes y no se atrevieron a mirar por la ventana, por el miedo de ver a su padre ahí afuera. Solo se quedaron en un rincón del cuarto, esperando en vano que terminara ese horrible ruido, que parecía mostrar lo enfurecido que estaba. Mao, al ver cómo estaban ellas, decidió salir afuera y dijo esto:

— Pues, tendré que tener una charla con ese tipejo…—

Las gemelas, sorprendidas antes la valentía que presentaba Mao, le preguntaron incrédulas esto:

— ¡¿En serio, vas a hablar con nuestro padre!? —

— El maldito me está destrozando la puerta, así que le voy a mandar a la mierda lo más rápido que puedo. — Y esa fue su respuesta, mientras salía de la habitación y bajaba las escaleras.

Al entrar en el pasillo, se encontró con Clementina y Leonardo, que estaban paralizados, incapaces de abrir la puerta por el miedo o llamar a su gerente para que lo abriera él. Cuando estos le vieron, le dijeron:

— ¡Gerente! ¡P-perdón por no abrir la puerta! — Decía Leonardo, por su parte. — P-pero no es n-normal los golpes que están dando. —

— ¡D-deberíamos llamar a la policía! ¡El que pega la puerta parece un psicópata! — Y Clementina añadió esto.

— Sí la cosa se vuelve grave, lo llamaremos… De todas formas, me alegra de que ustedes no hayáis abierto la puerta. — Y con esto dicho, Mao cruzó el pasillo y llegó a la tienda.

Al ponerse delante de la puerta que daba a la calle, añadió: — ¡Ya voy, ya voy a abrir! — Y con estas palabras, los continuos y violentos golpes que iban contra la puerta pararon súbditamente. A continuación, Mao abrió la puerta sin pensárselo dos veces y se quedó mirando.

Antes sus ojos, se encontraba un hombre de mediana edad, alto y robusto, cuya cara pecosa y afilada puso una sonrisa de oreja a oreja que estremeció a Mao, mientras éste escondía sus manos rápidamente y le decía esto con aparente amabilidad:

— ¡Buenos días, chiquilla! — Mao le devolvió nerviosamente el saludo a aquel hombre. — ¿¡Por causalidad, no estarán aquí una dos chicas que son gemelas, cuyos nombres son Aleksandra y Sanacja!? Dijeron que se fueron a dormir a una casa de una amiga, pero no recuerdo de quién era. Supongo que eres tú… — Ya estaba confirmado, era el padre de las gemelas y no daba buenas vibraciones, su sonrisa parecía demasiado siniestra.

— N-no, aquí no están. Te has equivocado. — Titubeó Mao. Esperaba que esta simple respuesta lo alejara de ahí lo más rápido, pero éste insistió.

— No, no estoy equivocado. Ellas están aquí…— Rió el hombre, antes de ponerle carne de gallina al chino con esta frase: — ¿Verdad, Mao? —

— ¡¿Quién es Mao!? Espero que no me estés confundiendo por el padre del comunismo chino… ¡También se llama así! —

Aturdido ante el hecho de que le había reconocido, soltó algo tan estúpido como una manera de comprobar si le conocía realmente o solo eran simples conjeturas de aquel pobre hombre.

— ¡No te hagas la tonta! ¡Sé quiénes son todas las amigas de mis hijas! —

Y sus sospechas eran ciertas, ese tipo que nunca había visto en su vida le había investigado, y no solo a él, sino a las demás. Le entraron escalofríos oír esas palabras frías mientras mantenía una sonrisa que ya se tornaba muy falsa; el padre de las gemelas cada vez le parecía muy siniestro. Y éste se dio cuenta de la reacción de Mao, que añadió esto:

— Perdón, supongo que te parece siniestro oír eso… Ellas me hablan de ti, y me muestran foto tuyas y todo. — Rió nerviosamente, antes de callarse.

Entonces, aún con la sonrisa falsa rostro, soltó seriamente esto:

— Puedes decirles que bajen de una vez y que vayamos juntos a la casa. No voy a tolerar más que duerman en casas ajenas más que en nuestro propio hogar. Y que lo hagan rápido, no quiero perder más tiempo. —

Mao, a pesar de lo intimidado que estaba con aquel tipo que le daba grima, se resistía. No iba a dejar que las gemelas fueran con él, ni menos ahora que lo había conocido en persona:

— Te lo he dicho, no están. Así que busca en otra casa. —

Tras pronunciar estas palabras, hubo un corto silencio que duró unos pocos segundos, antes de que fuera violentamente interrumpido por unos de los puños del padre de las gemelas, que golpeó fuertemente contra la pared. Fue en ese momento cuando se dio cuenta de que su mano estaba llena de sangre, de que estaba totalmente destrozada, como si hubiera golpeado mil veces contra algo muy fuerte. Él lo escondió rápidamente y puso una cara de molestia que duró pocos segundos, al ver que había mostrado la ira que llevaba encima a un desconocido. Puso su sonrisa falta y añadió esto:

— No seas bromista, chica. No debes tomarles el pelo a los adultos, o podrías sufrir una horrible lección. — Era perfectamente una amenaza, edulcorado hablando de forma comprensiva y una sonrisa de angelito, terminado con risas amigables.

Lo primero que pensó Mao era mandar a aquel hombre lejos de su casa lo más rápido posible, estaba demostrando ser una persona muy inestable y peligrosa. Y lo peor es que no sabía cómo poder actuar, quería avisarles a los demás para que llamasen a la policía, pero sin que él se diera cuenta. Al ver que no era posible, intentó seguir conservando, engañarlo para que se fuera y les dejará tranquilo.

— Y si supongamos que están en casa, pero no quieren estar contigo, ¿¡qué harías, entonces!? — Eso le preguntó, antes de tragar saliva. Con aquel hombre, cualquier reacción, sobre todo violenta, parecía posible.

— Pues, la obligaré a la fuerza. Las hijas deben hacer caso a sus padres en todo, absolutamente todo. — Y le respondió fríamente, poniendo una cara de puro psicópata que duró solo unos pocos segundos.

A Mao, esas palabras le dieron tanto coraje que gritó esto, sin importarle el hecho de que ese hombre no parecía estar en su sano juicio:

— ¡¿Incluso cosas que normalmente un adulto no obligaría a unas niñas, cosas que no están nada bien!? —

Ser obedientes a sus padres es una cosa y otra es obligarles a aceptar cosas que saben que no deberían obedecer, que nadie aceptaría en su sano juicio. Para Mao, obligarles de esta manera, no solo estaba demostrando que él no estaba muy cuerdo, sino que también era padre horrible.

El padre de las gemelas se quedó callado durante unos pocos segundos, intentando controlar las facciones de su cara y la ira que tenía en su cuerpo, luchando para evitar enmascarar su máscara de persona amable. Después, añadió esto, ignorando la pregunta de Mao:

— Si no salen ellas, entonces iré yo a por ellas. Entraré en tu casa. — Ya apenas podría controlar su tono de voz, que se volvió autoritario y violento.

Mao reaccionó a esas palabras, poniendo los brazos extendidos, como si estuviera protegiendo la puerta de su casa de aquella persona.

— ¡No tienes mi permiso! — Gritó con una mirada totalmente seria y decidido a proteger a las gemelas de su padre.

Al ver que se resistía, que no iba a ceder; el padre de las gemelas no pudo más.

Empezó a temblarle todo el cuerpo, mientras apretaba sus puños con mucha fuerza. Su falsa sonrisa se derrumbó y se convirtió en un rostro de puro enfado y odio, que parecía un demonio.

— Será… Será…— Decía esto en voz baja, antes de gritar: — ¡Te he avisado amablemente que no debes molestar a los adultos, o si no recibirás una horrible lección! — Y se abalanzó hacia Mao, con el propósito de destrozarle la cara. — ¡Te lo he avisado, puta chinita de mierda! —

Mao reaccionó rápidamente, se metió en la puerta y la cerró. Usando su cuerpo para evitar que entrara, el padre de las gemelas empezó a embestir la puerta, gritando esto:

— ¡Aleksandra y Sanacja! ¡Bajad, ahora mismo! ¡Si no lo hacéis, iré a por vosotras, sé que estáis ahí! ¡¿Os enteráis o qué!? ¡No me hagáis enfadar más de lo que estoy! —

Rápidamente, Clementina y Leonardo aparecieron en la tienda, preguntado aterrados qué estaba pasado. Mao les ordenaba que llamaran a la policía, y también le dieran las llaves de la casa cuanto antes y que comenzara el plan de emergencia, mientras aguantaban estoicamente las embestidas.

— ¿¡Plan de emergencia!? — Se quedó algo pensativa, pero la gravedad del asunto le hizo acordar. — ¡Ah, es verdad! ¡Las llevaremos ahí! —

— ¡Abre la puerta, china de mierda! — Le gritaba encolerizado a Mao, mientras embestía como una bestia. — ¡O te enseñaré una lección que nunca olvidarás! ¡Maldita perra! —

— ¡No voy a abrir esta puerta, por nada del mundo! ¡Así que vete a la mierda! ¡Fuera de aquí y no vuelvas más!— Añadió Mao.

— ¡Entonces, la derribaré! — El padre de las gemelas estaba totalmente descontrolado. — ¡No pararé hasta que saque a mis hijas de tu casa! ¡Así que hacerme caso y que salgan de una vez! —

— ¡Por nada del mundo, te dejo a Alex y a Sanae en tus manos! ¡Estás como una puta cabra! ¡Ellas tienen miedo de ti! ¡¿No te das cuentas?! ¡Por esto, están escondidas en mi casa, no pueden estar seguras contigo! —

Luego, gritó que se dieran prisa con las llaves, que le estaba costando resistir, porque aquel hombre era demasiado fuerte para él.

— ¡Pues que me teman! ¡Son mis hijas y me las llevaré! ¡Ya está bien de que no me hagan caso, ni siquiera tienen derecho, después de todo el mal que han hecho! —
Mao no se podría creer lo que había oído. “Después de todo el mal que han hecho”, no entendía qué quería decir con eso, pero le sentó fatal. Ellas eran unas chicas traviesas, pero jamás harían algo que podría provocar tal ira, ¿por qué, entonces, lo decía como si las odiaba fuertemente, como si le hubieran matado a alguien; y se lo quería devolver? ¡¿Qué le pasaba a ese hombre para actuar así y soltar tales palabras de sus propias hijas!? Era incapaz de entenderlo. De todas formas, siguió resistiendo, mientras escuchaba como le empezaba a amenazar:

— Y a ti te voy a enseñar una lección que nunca olvidarás, ¡jamás volverá a ver a mis hijas, ni ellas a ti! ¡Tú eres la razón por la que me desobedecen, pura escoria humana! ¡Si no fuera por ti, ellas ya estarían pagando! —

No entendía ni una palabra, ¿¡ahora por qué le estaba echando la culpa a él!? ¡Ni siquiera le conocía! ¡¿Y qué quería decir con “pagar”!?! Llegó a la conclusión de que estaba loco y no sabía lo que hacía. Entonces, apareció Leonardo, con las llaves en la mano.

— ¡La Policía ya está en camino! ¡Y no solo le hemos avisado nosotros, los demás vecinos también, al ver cómo se comportaban ese, lo ha reportado rápidamente! — Le decía esto, mientras se acercaba a Mao. — ¡Llegarán pronto! —

— Eso espero. — Comentó Mao, que le gritó a Leonardo esto, que le costaba meter la llave en el cerrojo por culpa de los nervios. — ¡Vamos cierta la puerta, rápido! —
Eso le puso más nervioso al pobre, pero era inevitable que Mao no le diera prisa, las continuas embestidas ya le estaban haciendo mucho mal y no podría resistir mucho más tiempo. Al final, Leonardo lo consiguió.

El padre de las gemelas seguía dando embestidas, pero el cerrojo ayudaba mucho la defensa de la puerta, aliviando el esfuerzo que hacia Mao para proteger la puerta. Entonces, apareció alguien más en la tienda.

— ¡Ya estoy aquí! — Gritó Jovaka, actuando como si fuera un soldado. — ¡Vamos a echar ese loco de aquí! — E iba con una pinta ridícula.

— ¡¿Pero qué haces con eso!? — Le preguntó Mao tras observarla de pies a cabeza.

— Tengo arma para defendernos y una armadura, ¡no me importa que sea el padre de Alex y Sanae, le daré su merecido! — Gritaba valientemente, dispuesta a proteger a Mao y al resto de aquel chiflado.

Iba armada con una sartén en la mano, usaba de casco una olla, se ató unas almohadas alrededor suyas con una cuerda y se puso unas rodilleras. A ella le llevó un tiempo ponerse eso, pero estaba preparada para luchar o, más bien, para hacer el ridículo.

— ¡Guarda eso, por favor, que la policía ya está al venir! — Eso le gritó Mao y Jovaka iba a protestar pero los gritos del loco que hacia embestidas contra la puerta de la casa me mezclaban con otra que procedía del salón.

— ¡Yo también quielo, yo plotegeré la casa! — Era la pequeña de la casa, que también quería defender a su familia como Jovaka; pero Clementina evitaba desesperadamente que se fuera a dónde estaba Mao. — ¡Diana, no te vayas ahí, tú te tienes quedar aquí! —

— ¡Vamos, vamos, tú quédate con ellas! — Insistió Mao. — ¡Vamos, rápido! —

— Pero aún no hemos podido mover el armario, es demasiado pesado. —
A Jovaka le parecía estúpido quedarse en el salón, mientras movían un estúpido armario que escondía una puerta que conducía un sótano del que no había sabido nada hasta ahora. Quería proteger a Mao a toda costa, o ayudarle a luchar contra aquel chalado que le estaba dando embestidas a la puerta.

— Pues más motivos para estar con ellas, ¡si quieres hacer algo útil de verdad, ayúdales! — Al final, la insistencia de Mao pudo convencer a Jovaka, quién volvió al salón.

— ¡Abre la puerta de una vez, puta chinita de mierda! ¡Si no la abres, os quemaré a todos! ¡No me importa que estén mis hijas o no! ¡No es una amenaza, es lo que voy a hacer! —

Aquellas palabras dejaron sin habla a Leonardo y a Mao, que no se esperaban para nada que fuera capaz de llegar a tal cosa. Después del intento de agresión y las continuas embestidas, esas declaraciones no podrían tomarse como pura habladuría para abrirle la puerta.

Pero, para Mao, lo peor es que había demostrado que no amaba a sus hijas, porque no le importaba carbonizarlas.

— Este viejo es un completo psicópata…— Dijo en voz baja Mao, lleno de rabia y frustración.

— Oh, Dios santo, ¡nos va a matar a todos! — Mientras Leonardo gritaba de terror, incapaz de creer lo que había oído.

Desde el otro lado de la puerta, el padre de las gemelas siguió hablando:

— ¡Tengo lo necesario para provocar fuego ahora! — Se puso a reír como un perturbado. — ¡Abre la puerta o sufrirás las consecuencias! —

Entonces, oyó sirenas de policías y toda aquella valentía que mostraba se esfumó como huyo, se puso a temblar de miedo.

— ¡Oh, mierda! — Y empezó a gritar. — ¡Tengo que salir corriendo! — Luego, antes de correr, le soltó esto a Mao, muy enfadado:

— ¡¿Por qué habéis llamado a la policía!? ¡Maldición, me la pagarás, niñata de mierda! —

A continuación, se fue corriendo como alma que llevaba el demonio, a toda velocidad; y desapareció entre las estrechas callejuelas del barrio.

Al desaparecer la amenaza, Mao observó el exterior, abriendo la puerta que daba a la calle poquito a poco. Salió a la calle, dando unos pequeños pasos y dio un grandísimo suspiro de alivio:

— Menos mal que se ha ido…— Y giró hacia su casa y se dio cuenta de una cosa que le dejó boquiabierto: — ¡¿Pero, qué…!? —

Su puerta de madera estaba llena de sangre y su preciosa y carísima madera estaba totalmente destrozada. Mao no se podría creer que alguien hubiera dejado algo de tan buena calidad en tal estado, aunque hubiera estado golpeando sin parar con las manos hasta sangrar o embistiéndolo una y otra vez.

— ¡Mi puerta, mi pobre puerta! ¡¿Qué te han hecho!? —Gritaba Mao, lleno de dolor y tristeza, mientras la policía llegaba al lugar y los vecinos salían de sus casas, al ver que aquel loco se fue.

FIN DE LA SEGUNDA PARTE

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