Centésima decimocuarta historia

Delirio paternal: Tercera parte, centésima decimacuarta historia

Una hora después de aquel incidente, todo volvió a la normalidad en la casa de Mao. Después de que éste les explicaba a los dos agentes de policía con pelos y señales como un loco pegó en su casa y les amenazó de muerte en la calle, rodeado de vecinos que le confirmaban eso o solo cotilleaban; entró en su querido hogar para ir a acostarse al salón y olvidarse de aquel horrible incidente, mientras veía la televisión. Se sentía tranquilo, porque le dejaron a alguien afuera vigilando. Al entrar a la tienda, se encontró con el resto de los habitantes de la casa, que estaban esperándolo nerviosamente:

— Bueno, gente. La policía estará atenta por si él vuelve a pasarse por aquí, ¡Así que no os preocupéis, todo está controla…! —

Les dijo esas palabras a los demás, aparentando seguridad, con el propósito de tranquilizarlos. No deseaba que todos estuvieran asustados después de lo qué pasó. Mao no pudo terminar esa frase porque fue sorprendido por las gemelas, que se abalanzaron sobre ella y le abrazaron fuertemente mientras les gritaba esto entre lágrimas:

— ¡L-lo sentimos muchísimo, j-jefa! — Ellas dos se sentían muy fatal por lo ocurrido. — ¡D-de verdad, n-nosotras jamás podríamos pensar que papá fuera a a-actuar así! —

Mao, quién se sentía bastante incómodo, al igual que el resto; les decían sin parar que no importa, que ellas no tenían que sentir nada, porque no eran culpables de nada. Aunque tuvo que dejar que Alex y Sanae se desahogarán.

Después de eso, todos volvieron al salón para seguir con su vida cotidiana. Bueno, eso era lo que quería Mao, pero el susto no dejaba de perturbar el día:

— ¡¿Aún sigues disfrazada!? — Eso decía Mao, después de comprobar que Jovaka aún seguía puesta con su armadura imprevista. — Ya dije que todo está controlado. —

— ¡Es por si acaso! ¡No podemos ser precavidos! — Le replicó Jovaka con gran seriedad.

— Y-yo también. — Y añadió Diana, que también se puso lo mismo que ella, a pesar de que su madre intentó evitarlo. Al final, la insistencia de la pequeña supero a la de Clementina.

Mao, al ver que no iban a cambiar de idea, soltó esto, antes de suspirar y de volver su mirada al televisor: — H-hagan lo que quieran. —

Entonces, se acordó de algo importante y le dictó esto a Clementina:

— Puedes llamar a las demás chicas para decirles que no vengan hoy, es por su seguridad. —

Le aterraba el hecho de que aquel loco, después de fracasar y ver como no podría acercarse a su casa, estuviera por los alrededores y decidiera atacar o secuestra a algunas de las amigas de las gemelas, si veía a alguna entrar en el barrio.

— ¡Eso haré! — Se levantó y se fue hacia al teléfono fijo, antes de pedirle a Leonardo que le acompañará ir al pasillo porque tenía miedo.

Después de que estos saliesen al pasillo, y mientras Mao cambiaba sin parar de canal, porque no había nada interesante; sintió como alguien le daba pequeño toques sobre su hombro.

Al girar hacia un lado, vio que era Alsancia, que tenía una cara de pura preocupación, y quería decirle algo. Mao le preguntó que quería y ella, usando el lenguaje de los signos, le preguntaba si estaba seguro de que la policía evitara que aquel hombre intentara llevarse a Alex y Sanae.

— ¡No te preocupes, Alsancia! Tengo confianza en la policía, porque cada vez que ellos me ven en la comisaría para reclamarles algo, empiezan a temblar. — Esa fue su respuesta y la napolitana le preguntó otra cosa más, si había alguna manera de animar a las gemelas.

Mao se quedó pensativo unos segundos, antes de mirar hacia atrás suya, al kotatsu; y verlas mirando a la mesa, con una expresión triste en sus caras. Al igual que Alsancia, no podría soportar verlas así y decidió hablar con ellas:

— ¡¿Queréis ver algo en la tele!? — Les preguntó.

— ¡No, gracias! — Y con voz decaída, le respondieron con estas palabras. — ¡No tenemos ganas! —

— Ya veo…— Se quedó en silencio durante unos segundos. — Bueno, es normal. Después de todo lo que ha pasado. —

Entonces, las gemelas le hablaron:

— Estamos bien, jefa. — Dijo Alex, mientras ponía una sonrisa forzada, mientras Sanae añadía esto, haciendo lo mismo que su hermana. — No deberías intentar animarnos. —

Le mentían, no querían hacerle preocupar de más. Ya sentían que le habían provocado muchos problemas aquella mañana. Pero era muy obvia y Mao les soltó esto seriamente.

— Lo siento, pero no puedo soportar veros así, me pone muy deprimida a mí también. Además… —

Dio una pausa, para luego gritar a los cuatro vientos, lleno de ira y de frustración:

— ¡Estoy muy furioso! ¡Me han destrozado la puerta! ¡Una de las caras! ¡Y nos amenazo con quemar mi casa! ¡Si vuelve aquí a por vosotras, no me voy a contener, le daré una paliza de muerte! ¡No os tocará ni un pelo! ¡Ni a ninguna de las dos, ni a nadie que viva en esta casa, ni a nuestras amigas, ni a mi casa! ¡Y además, vengaré mi puerta! —

Todos se quedaron callados, mirándole fijamente, tras terminar su vocifero. Aprovechando el silencio, añadió algo más nerviosamente:

— Bueno, lo que quiero intentar decir es que os protegeré, y me molesta mucho ver esas caras tristonas. Tal vez sea pedir demasiado, pero quiero animaros de alguna manera…—

Mao se puso muy rojo, mientras pronunciaba estas palabras; ya que le dio mucha vergüenza decirles que les iba a proteger, y no entendía muy bien el porqué. Además, se maldecía a sí mismo por no encontrar alguna buena forma de animarla, y estar soltando estas chorradas.

Entonces, oyó unas leves risas que procedían de las gemelas, que le parecieron muy gracioso que Mao se pusiera como un tomate.

— ¡¿He dicho algo gracioso!? — Añadía, algo sorprendido. — B-bueno, no importa, ¡me alegro de haberlo dicho! — Y luego rió nerviosamente.

En cuestión de horas, Mao pudo conseguir que ellas estuvieran alegres y que el resto se animara. Rezó para que el padre no volviera al día siguiente. Y le funcionó, porque al día siguiente nadie alteró la paz de la casa.

Por suerte, tampoco apareció en el siguiente ni en el otro. Pasó una semana y no ocurrió nada. Llegó abril y aquella amenaza llamada Roman Pilsudki solo era un mal recuerdo para los habitantes de la casa. Las gemelas Sanae y Alex, como antes dormían más en el hogar de su jefa que en la suya, no se tuvieron que acostumbrar a su nueva vida, ellas se volvieron una parte más de la familia fácilmente.
A lo primero, Mao las vigilaba durante todas sus salidas a la calle con el miedo de que su padre apareciera y le hicieran algo malo; pero jamás lo vieron. Luego, él intentó investigar un poco dónde estaba aquel hombre y qué hacía, pero desapareció como si fuera polvo y las autoridades no solo desconocían su paradero, también apenas podrían tener información sobre su persona. ¿Pero qué era ese hombre, por qué tanto secretismo? Nunca lo supo, porque sus problemas personales se volvieron en la máxima prioridad.

A pesar de toda la normalidad que vivieron, poquito a poco todo el mundo se dio cuenta de que algo malo le pasaba a Mao, que lo ocultaba e intentaba parecer bien. Era un secreto a voces. Y entonces, al llegar Junio, había desaparecido del hogar.
Finales de mes, eran las doce de la mañana y Martha Malan corría a toda velocidad hacia la casa de Mao, necesitaba urgentemente comprobar una cosa. Al llegar ante la puerta, se quedó parada ahí durante varios segundos, para recuperarse un poco del esfuerzo; y luego se dio cuenta de que en la puerta había un cartel, que decía esto:

“La tienda estará cerrada de forma indeterminada. Disculpen las molestias.”

Era una prueba más de lo que Martha intentaba evitar creer, que murmuró esto: — ¡¿En serio!? —

Tocó la puerta para ver si había alguien en la casa. Entonces, ella escuchó, como dentro del hogar, empezó a haber un gran griterío. Después, oyó una avalancha de pisadas.

La puerta fue abierta de forma brusca, que fue abierta por un montón de chicas que gritaron esto, antes de caerse al suelo torpemente:

— ¡¿Mao!? — Se dieron cuenta enseguida de que era Malan y, sin darle tiempo a reaccionar, toda le empezaron a preguntar como locas.

— ¡¿Has visto a Mao!? ¡¿Ha hablado contigo!? ¡¿Sabes algo de él!? —

Esos eran algunos de las cientos de preguntas a gritos que le hacían sin parar, totalmente alteradas y muy preocupadas. Aquel grupo no era nada más ni nada menos que Jovaka, Diana, quién preguntaba también por su tío, que también no estaba; y las gemelas Alex y Sanae; y viéndolas así, tuvo que aceptar la verdad, que aquel mensaje de texto que le envió Mao era verdadero. Se había marchado.

Tras tranquilizarlas un poco, todas entraron en la casa y Martha se encontró con una Alsancia con una gran cara de preocupación y una Clementina que molesta, que estaba refunfuñando con los brazos cruzados.

— Bueno, ¡¿qué está ocurriendo!? — Les preguntó Malan a las chicas.

— ¡¿De verdad, no sabes algo!? — Entonces, Jovaka gritó bruscamente, totalmente preocupada y nerviosa. Martha fue sincera y se lo dijo:

— La verdad es que sí, pero primero deberían explicarme la situación. —

Todas las chicas se miraron las unas a las otras, como si se preguntaban quién haría el favor de hablárselo. Las gemelas decidieron hacerlo, le explicaron que cuando ellas despertaron no vieron a Mao, ni tampoco a Leonardo ni a Clementina. Lo buscaron por toda la casa, pero no le dieron muchísima importancia. Cuando vieron como la madre de Diana volvió a casa, le preguntaron sin parar y ella intentó decirles lo ocurrido. Al final, estaban tan alteradas que no entendieron ni una palabra, solo que se había ido, y eso las puso peor. La canadiense, incapaz de poderles entrar en razón, se enfadó muchísimo y no quiso decir nada más.

Estaban muy preocupadas, incapaces de creer que Mao se había ido sin decirles nada, ni un adiós; y creían que estaba metido en un gran lio.

Tras escucharlo, dio un gran suspiro de fastidio. Estaba muy molesta y enfada por el hecho de que Mao se hubiera ido sin que le dijeran adiós. Menos mal que le había dejado un mensaje de texto a Malan, que le explicaba toda la situación.

— Ya veo. Entonces,… — Concluyó Martha, mientras se preparaba para hablarles y mostrarle sobre el mensaje de texto, ya que parecía que Clementina no quería hablar.
Pero fue interrumpida por alguien, que abrió bruscamente la puerta corrediza, mientras gritaba totalmente aterrada:

— ¡¿Qué ha pasado con Mao!? ¡¿Qué le ha pasado!? — Era Josefina, quién entró como un rayo en la casa, después de comprobar que la puerta estaba abierta y se le olvidaron cerrarlo.

Después de tener que tranquilizar a Josefina, que estaba igual o más alterada que el resto, se preparó para decirles esto:

— Vamos a ver, Mao me ha mandado este mensaje. —

Y sacó su móvil y les mostró a todas el contenido de un mensaje que le mandó por una red social. Este era su contenido:

Perdón por comunicártelo a última hora, a ti y a las demás, pero seguro que si lo hubiera dicho al momento, no dejaríais de insistir. Tampoco tenía el valor de decirlo. He decidido marcharme de la cuidad y estar lejos de todo por un tiempo, hacer un viaje de auto-descubrimiento. Es la única solución que he encontrado para salir de esta molesta depresión que no me ha dejado en paz todos estos meses. Suena estúpido, y creo que lo es, pero lo voy a intentar, además de que tengo una buena excusa para hacer un viaje de provecho. Me paseare por las montañas en dónde estuve con Josefina una vez, en busca de un tesoro. Si, al final, por ese lugar hay una de verdad, y no el producto de la obra de un psicópata. No os preocupéis, no estoy solo, me he llevado a gente conmigo. Entre ellos, Leonardo.

Me hace sentir mal no haberos llevado, pero, después de lo mal que lo pasó Josefina cuando estuvimos en aquellas montañas, no os podría llevar. Ella lo entenderá, supongo. Así que no se enfaden conmigo. Yo no sé cuando volveremos, pero será pronto, antes de que termine el verano, supongo.

Las chicas lo miraron fijamente, mientras Malan les mostraba el larguísimo mensaje.

— ¡¿Es solo esto!? — Decía Jovaka, bastante confundida. — No sé qué decir…—

Estaba aliviada por una parte, ya que no era algo grave; pero por la otra, estaba muy enfadada porque Mao la dejó en Springfield.

— ¡No es justo, ¿por qué nos dejan en tierra?! — Protestaron las gemelas, igual de enfadadas. — ¡Nosotras también queremos viajar por las montañas! —

— ¡¿Qué quería decir Mao con lo mal que pasaste tú en aquellas montañas, Lenta simpática!? — Le preguntó Martha Malan a Josefina, mientras todo el mundo estaba quejándose molesto por lo ocurrido.

— ¡Cuantas veces te he dicho que no me llames así! — Protestó ella, antes de ponerse pensativa y añadir esto: — En fin, ella habla sobre esa vez que fuimos a buscar un tesoro…—

Las gemelas Alex y Sanae se dirigieron hacia a Josefina, preguntándole totalmente emocionadas sobre eso. Querían saber con todo lujo de detalles qué era aquella gran aventura en que participó ella. Diana refunfuñó, con ganas de dar un fuerte berrinche, al ver que le dejaron por segundo vez sin hacer una búsqueda de un tesoro. Alsancia recordó tristemente como todo eso empezó por su culpa, y la culpabilidad le carcomía el cuerpo. Malan se quedó en silencio, mientras Josefina decidía contarles su gran periplo.

Después de media hora de Josefa relatando aquella historia, todo el mundo se quedó callado. Luego, de esos segundos de silencio, está fue la reacción del personal:

— Entiendo, por eso Mao no deseaba llevarnos con su viaje. — Concluyó Malan, al dar cuenta de que Mao lo hacía por el propio bien de las chicas. Dio una pequeña sonrisa, mientras seguía molesta por haber ido al viaje.

— En verdad, fue algo muy horrible. Hasta tengo pesadillas por culpa de eso, pero, pero… ¡Esta vez podría ser muy diferente! ¡Mao es nuestra amiga, deberíamos haberla acompañado! — Protestó Josefina, muy enfadada con Mao.

Quería ayudarle y estar a su lado, haciendo todo lo posible para hacer que su depresión desapareciera, además de viajar y tener una gran aventura.

— Aún no me creo eso de que tesoro era eso…— Mientras tanto, las gemelas no podría asimilar el final de aquella historia. — ¡De verdad, es muy feo! —

También preguntaron por el paradero de una tal Lafayette, que apareció en aquella tremenda aventura; Josefa les respondió que jamás la volvieron a ver, estaba desaparecida desde entonces. Las gemelas empezaron a soltar todo tipo de teorías absurdas sobre dónde estaba esa persona. Malan le preguntó varios detalles a la mexicana sobre aquel incidente.

Después de esto, le preguntaron a Clementina si ella sabía algo, y esta fue su respuesta:

— Bueno, el gerente me lo explicó todo hace tiempo. Me dijo que no os lo dijera. Perdón por haberlo ocultado, chicas; pero yo tampoco creo que deberían haber ido. —

Todas las chicas pusieron una cara de enfado y molesta, y Clementina para tranquilizar la situación, añadió:

— Por otra parte, Leonardo le acompaña y un montón de amigos más. Estarán bien, ¡No se preocupen! —

Y Diana empezó a soltar su berrinche, gritando enfadada por qué su tío se fue con Mao. Mientras Clementina le decía que no pasaba nada, que ellos iban a volver; aunque mostró por unos segundos una cara que decía que los iba a echar de menos. Las gemelas dijeron estas cosas:

— ¿Y cuál es la excusa? ¿El estar deprimida o el tesoro? Conociendo a Mao, sería lo primero…— Dijo Alex, y luego añadió Sanae: — Puede que esté deprimida, pero le gusta mucho el dinero. Es propio de ella buscarlo. Por lo menos, no es nada grave. — Y todo el mundo se río.

— Espero que le vaya bien…— Luego, Martha comentó esto, mientras se preguntaba cómo estaba. Ya empezó a sentir como le echaba de menos.

— ¡Y que traiga un gran tesoro! — Gritaron al unísono las gemelas.

— ¡Ya es muy tarde para mandarle mucha suerte! — Soltaba Josefina, mientras se tiraba al suelo y empezaba a ver el techo. — Espero que vuelva pronto…—

— ¡Cuando vuelva, se va a entera por dejarme aquí! ¡Maldita estúpida! — Añadía Jovaka, quién seguía muy enfadada, e incluso tenía ganas de llorar. Ella no paraba de imaginarse cómo iba a regañarle cuando iba a volver. Alsancia, por su parte, empezó a rezar a su santo, para que le ayudase a Mao a superar su depresión y volver sano y salvo a casa.

Lo único que ellas podrían hacer por Mao era esperar que volviese y que volviera a ser el de antes. A pesar del poco ánimo que tuvieron aquella tarde, todas pasaron la tarde en la casa, intentando no pensar en el vacío que el chino dejo en el hogar, distrayéndose con videojuegos y la televisión. Al final, al ver el anochecer, Malan y Josefina tenían que irse de allí.

A los pocos pasos de salir de la casa de Mao, Malan se paró y miró a su móvil, observando de nuevo aquel mensaje. Estaba releyendo una parte, que había ocultado a las demás chicas, sin razón aparente.

De todas formas, Malan, protege y ayuda a las chicas en mi lugar, ¡nunca descansan, siempre se meten en problemas!

— No hace falta que lo digas, Mao…— Añadió esto, mientras reía débilmente. — Ojala ese viaje te ayude a encontrarte a ti mismo y a enfrentar a tu propio pasado. —
Y cerró el móvil y lo guardo para seguir caminando hacia su casa. Entonces, oyó unas pisadas y miró hacia atrás, dónde no había nadie. Creyendo que era solo su imaginación, siguió adelante, aunque sentía un mal sentimiento, sin saber exactamente por qué.

Ella no se dio cuenta, pero sí había alguien, que se encontraba escondido entre las callejuelas laberínticas del barrio, observando sospechosamente la casa de dónde Malan había salido. Esa siniestra persona iba a aprovechar la partida de Mao para aparecer en escena. Roman Pilsudki había vuelto.

FIN DE LA TERCERA PARTE

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