Centésima decimocuarta historia

Delirio paternal: Cuarta parte, centésima decimacuarta historia

Al día siguiente, en plena tarde; Malan se dirigía hacia la casa de Mao, le habían llamado las gemelas, que le pidieron que jugara con ellas. Aunque le sentaba muy mal volver allí, ya que él no estaba; por otra parte, deseaba estar con sus amigas. Y tras entrar en aquel barrio lleno de calles estrechas y pequeñas, alguien se puso delante de su camino, que a ojos de Martha, parecía bastante sombrío:

— ¡Buenas tardes, señorita! — Le saludaba, con una gran sonrisa. — Tú eres Martha Malan, ¿no? —

Eso puso en alerta a Martha Malan, un hombre que desconocía totalmente se le apareció ante ella y conocía su identidad. Empezó poquito a poco a ponerse en posición para salir corriendo, mientras le decía esto, intentando actuar calmada y tranquila: — Sí, esa soy yo, ¿qué quieres de mí? —

— No te preocupes, no es nada especial. Solo soy el padre de tus amigas, esas gemelas que se llaman Aleksandra y Sanacja; ¡¿podrías ped…!? —

No pudo terminar la frase, porque al oír que era el padre de las gemelas, Malan reaccionó enseguida, salió corriendo como un cohete. Después de todo, Mao le aviso que si lo viera, debería salir huyendo, llamar a la policía y avisar a todas sus amigas.

— ¡Qué fastidio, esta niñata me va a hacer correr…! — Añadía molesto el padre de las gemelas, antes de empezar a perseguir a Martha.

Por culpa de la adrenalina y de la urgencia de huir, Martha se desorientó y no sabía por dónde iba, solo daba vueltas por el maldito barrio, incapaz de encontrarse la salida o la casa de Mao.

— ¡Aquí estás! ¡No corras chiquilla, gastarás tus energías tontamente! —Y lo peor para ella, es que se el padre de las gemelas la encontró fácilmente, ya que se memorizó el laberíntico barrio y se aprovechó bastante bien de la desorientación. Apareció delante de las narices de la africana, que frenó en seco y se dio media vuelta.

— ¡Te he dicho que no corras! — Y él la atrapó a tiempo, cogiéndola de brazo. — ¡No te voy a hacer daño! — Aunque le estaba apretando tan fuerte que le dolía. Al darse cuenta, la soltó y añadió esto:

— Perdón, perdón. No era mi intención, señorita. —

Martha, se tocaba el brazo, en la zona dónde le agarró fuertemente Roman; y, con desconfianza y hostilidad, le preguntó esto:

—Ya veo. Bueno, ¿qué quiere usted de mí? —

— Te lo dije antes, pero saliste corriendo. Solo te quiero pedir un favor, nada más. — Se quedó observando el rostro de Malan y se rió. — No debes mostrarte tan hostil, no tengo intención de hacerte algo malo. —

No dijo nada, sospechaba totalmente de aquel hombre. Aún así, decidió no actuar por el momento, al ver que el hombre no realizó ninguna acción realmente hostil hacia ella. Y éste, al ver que ella ya no reaccionaba de forma negativa, le dijo esto:

— Ya que por fin te has tranquilizado, te pido que hables con mis hijas y les convenzas de que hablen conmigo, quiero pedirles perdón…—

A pesar de que lo dijo de una forma aparentemente triste y muy arrepentido, poniendo una cara que parecía expresar esos sentimientos; Martha Malan desconfió bastante de esas palabras y se quedó pensando.

Pasaron meses desde el día que se fue a la casa de Mao e intentó llevarse a las gemelas por la fuerza. Después de aquel incidente, jamás apareció por ellas, y ahora que su Ojou-sama no estaba, casualmente él había vuelto. Y no solo eso, sino que en vez de pedirle perdón directamente, le pedía a una de sus amigas que lo hicieran por él. Todo eso provocaba que Martha oliera algo malo en el comportamiento de aquel hombre, de que aquella aparente tristeza y arrepentimiento que intentaba mostrar no fuera más que pura falsedad. A continuación, decidió decirle algo:

— ¡¿Por qué no lo intentas usted, señor!? Son tus hijas, no creo que sea muy útil que yo las intente convencer. Ni siquiera le conozco. Es más, no creo que sea muy inteligente pedirme tal favor. Deberías hacerlo usted mismo. —

Se dio cuenta de que el hombre la quería utilizar para atraer a sus hijas de nuevo a sus brazos, así que ella indirectamente le estaba negando hacer tal favor. Entonces, en un solo instante, sintió como la cara del hombre puso un gesto desagradable, como si no le hubiera salido bien el truco.

— Tal vez tengas razón, pero después de lo que hice no creo que quieran verme de nuevo. Tampoco la gente de la casa en dónde ellas viven me acogerían de buena manera. —

Martha se dio cuenta de que éste no cejaba en su intento de utilizar e intentaba ablandarla con argumentos sentimentales.

— Realmente me siento muy arrepentido y muerto de vergüenza. Es muy normal que no me atreva a presentarme delante de ellas. Me serías de gran ayuda si tú, una de sus queridas amigas; les dijera que nos habíamos encontrado de casualidad y te había hablado de lo mal que estoy, que las necesito de nuevo en mi vida. —Empezó a suplicar, incluso. — Hazlo por este pobre hombre y sus hijas. —

Aquel comportamiento lastimero no afectó para nada al corazón de Malan, quién empezó a sentirme muy incómoda y molesta por tener que soportar esto. No dejaba de recordar la súbdita aparición que hizo aquel hombre, de cómo apareció de repente, como si él estuviera esperándola; y de cómo la persiguió siniestramente. Si no hubiera hecho tal cosa, tal vez podría haber conseguido que ella dudara. Pero gracias a que actuó así, más las cosas que le contaron sus amigas; no se iba a dejar convencer con esas palabras.

— Lo haría gustosa. — Mintió elegantemente. — Pero son cosas de familia, y no debería meterme en medio. Solo soy su amiga, nada más que eso. —

— Entiendo. — Puso cara de cachorrito y siguió insistiendo. —Tienes razón, pero…— Entonces, Malan lo detuvo en seco.

— No quiero que insista más. — Y se lo dejó claro. —No lo haré. —

Tenía que terminar con esto lo más rápido, y la firmeza de su respuesta hizo que el padre perdiera la paciencia:

— Pues vaya amiga tienen mis queridas hijas…— Decía muy indignado, aunque intentando mantener la compostura. — ¡¿Los amigos no están para ayudar!? Podrías ayudarlas a reconciliarse con su querido padre, que ya pudo escapar de las garras terribles de aquella secta, que me volvió un ser lamentable. Ya soy un nuevo hombre, alguien que quiere recuperar lo que más quiere en este mundo. Como buena amiga que eres de ellas, deberías ayudarnos, a que comprendan que he vuelto a ser buena persona. —

Al ver que eso tampoco surtió efecto, él supo que tenía la batalla pérdida y, poniendo una expresión de pena, añadió esto:

— Bueno, ya no te molestaré más, Martha Malan. Solo espero que no te arrepientas. —

Eso último que dijo casi se sintió como si fuera una fútil amenaza, rodeado de una aparente y falsa amabilidad, o eso lo sintió Martha Malan. Después de soltar esas palabras, el siniestro padre de las gemelas despareció de entre las sombras del barrio.
La africana soltó un gran gesto de alivio, al ver que se había alejado. Con incomodidad y escalofríos, rápidamente se dirigió hacia la casa de Mao. No dejó de preguntarse en todo el camino si avisar a las gemelas o mantenerse callada. Por una parte, tenía malos presentimientos sobre aquel hombre y debería mantenerlas lejas de él, incluso ocultado el hecho de que ella se lo encontró. Por otra, creía que Alex y Sanae necesitaban saberlo lo más antes, y ponerse a predecir cuáles eran sus verdaderas intenciones y sus próximos movimientos. El viaje se alargó muchísimo gracias a estas dudas, ya que estaba tan concentrada viendo los pros y los contras de cada opción que no se percató de que estaba dando vueltas por el barrio.

Cuando llegó ante la puerta de la tienda, se quedó mirándola fijamente, durante unos minutos:

— Ya estoy aquí, y aún así no he tomado una decisión… — Dijo en voz baja, mientras observaba con tristeza el cartel, recordando a Mao.

Al ver que empezó a ponerse melancólica, enfrió sus pensamientos y se centró en decidir que iba a hacer. Entonces, la puerta se abrió de repente. Eran las gemelas, que le decían esto, muy felices:

— ¡¿Cuándo piensas quedarte parada ahí!? — Soltaba Alex, mientras su hermana añadía: — ¡Entra de una vez! —

— Vale, vale. — Y Malan entró. — Me sorprende que os dieseis cuenta de que estaba en la puerta. —

— Es que estamos tan aburridas que decidimos esperar en la puerta. — Le comentó Sanae, y su hermana añadió: — Y ha sido mucho más aburrido, porque tardabas mucho. —

No tenían a nadie con quién jugar, estaban aburridas. Diana se tomó una siesta. Alsancia, que cogió un catarro veraniego; estaba en el médico, junto con Clementina, que no tuvo más remedio que acompañarla. La única libre era Jovaka, pero no era realmente una persona muy divertida que digamos. Así que esperaban impacientemente la llegada de Malan.

A continuación, se dirigieron hacia al salón. Las gemelas no dejaban de hablarle de las cosas graciosas y cotidianas que habían pasado en la casa en los últimos veinticuatros horas. Martha asentía y reía por sus comentarios, mientras su mente aún se debatía por decirles lo que le ocurrió u ocultarlo. Al final, cuando ya se sentaron y las gemelas se ponían a pelear con Jovaka por el control del mando de la televisión, tuvo una decisión, se los iba a decir.

Y cuando iba a abrir la boca, las gemelas abrieron la suya antes, diciendo esto, después de que no pudieron quitarle el mando a Jovaka:

— ¡Cuánto tarda Josefina! — Protestaba Sanae y su hermana añadió: — ¡Es verdad! ¡¿Qué pasa hoy!? —

Había pasado una hora y media desde que llamaron a Josefina y ésta aún no había llegado. Al oír eso, Malan tuvo un mal presentimiento. Al igual que ella, la lenta simpática se encontraría cara a cara con el siniestro padre de las gemelas. Después de todo, no dejaba de sospechar que su encuentro con él no era nada casual, ese estaba esperando a alguna amiga de sus hijas para mostrarles que estaba muy arrepentido y que las convencieran de volver a su casa en su lugar. Y Josefa era una presa fácil para los sentimentalismos.

— Tienen razón, voy a ver si ella se ha perdido por el barrio. — Eso les dijo a las gemelas, mientras se levantaba del suelo. Iba a salir a la calle urgentemente con la intención de buscarla, evitar que se encontrará con aquel hombre o, por lo menos cortar su conversación por la mitad su ya se hubiera encontrado con Josefina.

— Josefina ya conoce el camino. — Le replicaban las gemelas. —Es imposible que le pase eso. —

— Aunque estés muy familiarizada con la zona, hay momentos en que te puede pasar eso. — Y le dieron razón, recordando que Josefina se perdió junto con Alsancia por el barrio hace meses. Y también porque todas ellas también se habían perdido por el lugar en fechas recientes.

Las gemelas se levantaron para acompañarla y Martha, que sabía muy bien que sería muy chocante para las gemelas encontrarse con su padre, intentó hacerlas desistir:

— ¡No hace falta que vengáis, mejor os quedéis aquí! —

— ¡¿Por qué no!? — Le dijeron las gemelas. — Será mucho más divertido que quedarse con Jovaka. —

— Yo no tengo culpa de que sea tan aburrida. — Les replicó una Jovaka molesta.
Martha Malan no se le ocurría ninguna buena excusa para evitar que le acompañasen, así que dudó si llevarlas o no. Entonces, escucharon como alguien estaba pegando en la puerta frenéticamente:

— ¡Chicas, chicas! ¡No os lo vais a creer, tengo noticias importantes! —

Eso les gritaba desde la calle y todas reconocieron rápidamente su voz, era Josefina, que parecía estar muy ansiosa. Malan, con un gesto de alivio; y las gemelas, que se preguntaban muy curiosas qué eran esas noticias tan importantes; se dirigieron rápidamente hacia la puerta para abrirla:

— ¡Ya estamos aquí! — Le decían las gemelas, al llegar, antes de abrirla. — Ya puedes dejar de tocar la puerta. —

Josefina, al oír las voces de sus amigas, les dijo que sí y dejó de golpear. A los pocos segundos, la puerta fue abierta. Josefina ni siquiera espero a que dijeran algo, porque les puso a contar lo que le había pasado, hablando tan rápido y tan denso que sus amigas se quedaron en blanco:

— ¡Tranquilízate, lenta simpática, apenas se te entiende! — Le decía Malan, al ver lo alterada que estaba ella.

Josefina la escuchó e intentó decirlo mejor, pero solo volvió a hablar de forma incontrolable e inentendible. Ahí se dieron cuenta que hasta no se tranquilizará, no les podría contar bien lo que pasó y saber cuáles eran esas buenas noticias:

— ¡Josefina, vamos al salón! — Les decía las dos gemelas, mientras la llevaban hacia allí. — ¡A ver si te tranquilizas ahí! — Ella asintió, bastante avergonzada, mientras se obligaba a sí misma a tranquilizarse a la fuerza.

Al pasar un buen rato, las gemelas, hartas de esperar; le preguntaron impacientemente esto:

— ¡¿Ya te has tranquilizado!? — Dijo Alex y añadió su hermana: — ¡¿Qué son esas noticias tan importantes!? —

— Pues…— Estaba tan concentrada en tranquilizarse que se olvidó lo que les quería decir a las chicas y se puso a recordarlo.

— ¿¡No me digas que se te ha olvidado!? — Le dijo Jovaka muy burlona, algo que le molestó a Josefa que se defendió, diciendo esto:

— Eso no es cierto… — Mintió Josefina muy avergonzada. Luego, lo admitió. — Bueno, un poco… — Hizo una pose para pensar mejor y, después de tardar unos segundos, ella pudo acordarse. —… pero ya lo recuerdo. — Añadió dramáticamente.

— ¡¿Y qué es!? — Y todas le gritaron esto. Menos Martha, que empezó a tener una cierta sospecha sobre aquellas noticias tan importantes. Más bien, intentaba pensar que era otro motivo y no él que estaba imaginando, pero era imposible, parecía encajar demasiado bien.

— ¡¿Estáis intrigadas, verdad!? ¡Entonces, yo os lo voy a decir ya! — Y Josefa, al ver que sus amigas estaban dándole mucha atención; aumentó innecesariamente la intriga.

Y entonces, Malan interrumpió, que decidió aventurarse y preguntarle esto: — ¡¿Te has encontrado con el padre de Alex y Sanae, no!? —

Josefina se quedó boquiabierta y en silencio durante algunos segundos, antes de gritar como loca: — ¡¿C-cómo lo has adivinado!? —

Malan dio un suspiro de molestia y de rabia, al ver que sus sospechas eran reales y el padre de las gemelas le había manipulado. Las gemelas y Jovaka al escuchar eso, quedaron bastante conmocionadas y gritaron al unísono:

— ¡¿Espera, qué!? — Sus caras decían que eso no eran buenas noticias precisamente.

FIN DE LA CUARTA PARTE

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