Centésima decimocuarta historia

Delirio paternal: Sexta parte, centésima decimacuarta historia

Al día siguiente, tras una mañana algo ajetreada en la casa de Mao, ya que las gemelas empacaron algunas cosas que tenían ahí, más otras que fueron regalo de Clementina; ellas se dirigieron hacia su casa, bien entrada la tarde. Y no estaban solas, alguien más les estaba acompañando.

— ¡¿De verdad, realmente estás segura de dormir con nosotras!? ¡Aún no es demasiado tarde…! — Y a mitad del camino, Alex le preguntó esto a aquella persona. Aún le seguía aterrando el hecho de que le pasará algo malo si ella iba a dormir en su casa.

— Sí, estoy totalmente segura y no voy a cambiar de idea…— Eso le respondió Malan firmemente, ya no podría echarse para atrás.

Después de andar una media hora llegaron al barrio en dónde estaba la casa de las gemelas. Rodeado por barrios residenciales de alta y media gama por el norte y el sur, casi tocando la zona industrial del condado por el oeste y el centro de la cuidad por el este, estaba situado una especie de barriada obrera, que parecía ser un lugar muy deteriorada y humilde.

— ¡¿Así que aquí es dónde vivís!? — Eso preguntó Malan, mientras observaba por primera vez el lugar en donde vivían sus gemelas.

— Sí, es uno de los lugares más pobres y más baratos de la cuidad, por eso el rácano de nuestro padre se instaló aquí. — Le respondió Alex.

— Es verdad, pero no es un mal sitio. No hay apenas violencia y la gente no es horrible como en otros sitios. — Y añadió su hermana Sanae.

Y Malan les dio la razón, porque esa era la impresión que estaba teniendo. Luego, Alex soltó esta pregunta con mucha malicia:

— ¡¿Cómo se siente que alguien que vive en una barrio para ricos visita una de pobres!? —

— Pues igual que si estuviera en un barrio rico, si os digo la verdad. —
Las gemelas pusieron una cara de decepción al oír esa respuesta, esperaban que Malan estuviese muy sorprendida de cómo es el mundo de los plebeyos, como si estuviera descubriendo un nuevo mundo.

Al adentrarse ellas en aquel lugar, siguieron hacia al norte hasta llegar a las líneas de ferrocarril que separaba la cuidad en dos, llegando así a la casa de la gemelas, que estaba al lado.

Era una pequeña casita de solo un piso, rodeado de bloques de edificios, con un estado muchísimo más deteriorado que todo lo que le rodeaba. Sus muros blancos estaban llenos de grafitis y sus ventanas parecían ser de mediados del siglo pasado, con una madera casi podrida, y rodeados por unas rejas descoloridas y oxidadas. Su techo rojo a cuatro aguas era lo único que parecía estar en buen estado. Las gemelas se detuvieron para observar la casa que llevaban meses sin ver y comentaron:

— ¡Está peor que cuando habíamos venido! — Decían, algo asombradas. Creían que era imposible que la casa estuviera peor, parecía que estaba abandonada o algo parecido. — ¡¿De dónde han salido esas pintadas!? —

Se quejaban amargamente del estado en que estaban su casa, avergonzadas por el hecho de que una amiga la estaba observando. Malan las comprendía, pensando que ella también estaría muerta de vergüenza si su hogar, aunque fuera por el exterior, tuvieran tales pintas. Después de esto, se acercaron poquito a poco hacia la casita, con mucho sigilo y preocupación, como si estuvieran a punto de pegar en la puerta de un demonio.

Después de que Alex tocará dos o tres en la puerta de la casa, tragaron saliva y esperaron con mucho nerviosismo a que se abriera. A los pocos segundos, se abrió y se escuchó una voz: — ¡Por fin, habéis vuelto mis queridas hijas! —

Era el padre de las gemelas, Roman Pilsudki, que salió a escena con una sonrisa tan poco natural que daba miedo. Siguió hablando:

— ¡Habéis tardado un montón…! — Pero, entonces, se dio cuenta de algo que no esperaba ver y se quedó callado, mirándola fijamente de una forma muy desagradable. Era Martha Malan. Solo duró un segundo y algo, porque tenía que disimular; pero ella lo notó, aumentando sus sospechas.

— ¡Hola Martha Malan, no me esperaba encontrarte aquí! — Le saludó con aparente amabilidad. Luego, le preguntó: — ¡¿Estabas acompañando a mis hijas hasta su casa?! —

Las gemelas no supieron que responder, no querían saber cómo iba a reaccionar si les dijera eso. Pero Martha se llenó de valentía y le dijo:
— No solo eso, también quería conocer su casa, y quizás quedarme a dormir con sus hijas. —

— ¡¿Espera qué!? — Soltó esto, boquiabierto. Esta reacción alertó a las gemelas, y también a Malan, que aún se atrevió a repetir lo que dijo. Después de tardar algunos segundos, con su típica sonrisa, decidió replicarlas:

— ¿¡No creen que es poco temprano para eso!? Habéis vuelto a casa después de estar fuera de ella por meses y traéis a una amiga…—

— ¡Por supuesto que no! — Le dijeron las gemelas al unísono. Luego, su hija Alex añadió:

— Nunca hemos invitado a una amiga a dormir en nuestra casa. —

— ¡Es verdad! ¡Por una vez no pasa nada, y sobre todo ahora, que hemos decidido volver a casa! — Y Sanae también intervino.

Mientras intentaba mantener su falsa sonrisa, intento hacerlas cambiar de ideas:

— ¡Entiendo, pero ni siquiera la casa está preparada para invitar a alguien! ¡¿Y no os daría vergüenza enseñarles la casa a tus amigas, con lo fea y estropeada que está!? —

Sanae y Alex no supieron que decir, la verdad es que les daba un poco de vergüenza. Y también no se atrevían a decirle que no importaba eso, con el miedo de enfadarle. Malan, al prever que el padre quería alagar lo máximo posible la conversación, llenándolo de excusas, hasta que ellas se cansaran y aceptaran que la africana no durmiera en su casa; decidió jugar con fuego y decirles sus verdaderas intenciones:

— Señor, le diré la verdad. He decidido dormir con ellas esta noche en su casa por la seguridad de sus hijas, para comprobar que no les hace nada malo. No confió en usted para nada. Si de verdad ha cambiado, puede demostrarlo dejándome estar con mis amigas esta noche; y si se niega, entonces — Cogió el brazo de cada gemela como señal de que se las llevaría si su padre no aceptará. — iremos por dónde hemos ido. —

Las gemelas se volvieron a quedar muy sorprendidas por la valentía de Malan y a la vez estaban temblando del miedo al ver la reacción de su padre. Éste se quedó en silencio, mirando a la africana con una cara que daba miedo, mientras respiraba e inspiraba violentamente.

Luego, el papá rompió a carcajadas, tan desagradables que a las gemelas le quitaron las ganas de volver a la casa de Mao. Tras eso, él habló, intentado mostrarse amable y tranquilo:

— Tienes razón, pequeña. Es normal que no puedan confiar totalmente en mí. Me da un poco de tristeza, pero lo entiendo. Yo haría lo mismo. En fin, os demostraré que ya estoy bien, aceptando tus condiciones, pequeña. —

— ¡¿Entonces, quieres decir que dejas a Malan dormir con nosotras!? — Le preguntaron las gemelas con algo de miedo. Él movió la cabeza y ellas empezaron a gritar eufóricamente, mientras abrazaban a Martha. Estaban muy felices, olvidando por un momento por la reacción extraña que mostró su padre cuando la africana le dijo esas palabras. Por su parte, su amiga no podría olvidar aquella reacción y se decía a sí misma que urgía prepararse mentalmente lo que podría ocurrir a continuación.
Tras esa calurosa bienvenida, entraron en la casa. Estaba peor de lo que creían, todos los muebles estaban roto y llenos de polvo, la pintura caía de las paredes e incluso había goteras en el techo y feas humedades por todas partes. Las gemelas no podrían creer que se hubiera deteriorado tanto en tan poco tiempo, ¡¿qué había pasado en su humilde hogar para llegar a ese lamentable estado, mientras ellas no estaban!? Igualmente Martha Malan estaba sorprendida por cómo estaba ese lugar, parecía como si estuviera abandonado desde hace años. Después de pasar por el pasillo en silencio, llegaron al salón y el padre de las gemelas les dijo:

— Perdón por todo este desastre, pero han pasado muchísimas cosas y, por desgracia, toda la casa ha sufrido las consecuencias. Tengo pensando poder reformarla un día de estos… — Él dio una pequeña pausa y añadió. —Si tengo dinero, claro…— Y se puso a reír.

Es decir, las gemelas tradujeron esas palabras como el hecho de que jamás iba a reparar la casa. Más bien, dejaría que se pudriera con ellas dentro. Le entraron muchísima ganas de salir y de volver a la casa de Mao, porque él seguía siendo el tacaño de siempre. Martha Malan le quiso decir que, con el estado tan deteriorado que tenía la casa, lo mejor sería mudarse o derribarla y construirlo de nuevo, pero decidió no hacerlo. A continuación, después de observar el lamentable estado del salón, las chicas se dirigieron a toda velocidad hacia su cuarto, con la intención de saber cómo estaba.

Al abrir la puerta del cuarto, que no estaba en tal mal estado como los demás, se quedaron muy sorprendidas. No porque estuviera en malas condiciones, sino por el hecho de que estaban muy bien, como lo dejaron cuando se fueron corriendo de la casa meses atrás. La gran cama que tenían seguía ahí, con las mismas sabanas cutres de un garabato de una cerdita que era popular entre los niños y que su papá lo compró en un mercadillo. El suelo de baldosas estaba muy bien cuidado, igual que la pared y el papel pintado, que era un fondo rosa llena de corazones. Al lado de dónde dormía, estaba su pequeño escritorio, igual de limpito que lo demás.

— ¡Menos mal! — Gritaron muy aliviadas, mientras entraba y la miraban palmo a palmo. — ¡Nuestro cuarto está como siempre! — No les gustaban mucho su cuarto, les parecía cursi y pobretón; pero estaban felices de que estuviera en buenas condiciones.

— Es muy curioso que este sea el único lugar de toda la casa que no está tan deteriorada. — Añadió Malan, que no entendía entre el gran contraste ente este cuarto y el resto de la casa, mientras entraba también en el cuarto.

— ¡¿Cómo os parece!? Lo he estado cuidando como si fuera mío desde que os fuisteis…— Y entonces le padre le dijo esto, apareciendo en la puerta de repente y dándoles un gran susto a las chicas, tanto que Sanae se sobresaltó y dio un gran chillido, mientras que Alex y Malan se ponían en posición de combate.

— ¡¿Os he asustado!? — Eso les preguntó de forma burlesca, mientras las chicas se relajaban al ver que no había hecho nada peligroso. Le dijeron que sí, antes de añadir esto a gritos:

— De verdad, ¡¿tú los has estado cuidando!? — No se lo esperaban.

— ¿¡De que se sorprenden, hijas mías!? Soy vuestro padre, es normal que haga eso. —

Ese simple comentario alegró bastante a las gemelas, porque el padre de hace unos meses jamás diría eso. Ellas sentían que él ya estaba volviendo a la normalidad, y se relajaron un poco. Malan desconfió mucho de aquellas palabras, después de comprobar cómo sabía manipular a los demás, esto era pan comido. Aunque, por otra parte, el hecho de que éste había cuidado la habitación de sus hijas durante meses le hacía dudar sobre sus sospechas.

A continuación, después de darle las gracias a su padre y que se fuera de la habitación, las gemelas le dieron sus primeras impresiones a Martha Malan:

— Parece que papá se ha vuelto mejor persona. Y eso, después de ponernos esas malas caras cuando supo que Malan iba a estar con nosotras. —
Eso dijo Sanae bastante contenta, luego su hermana Alex intervino:

— Eso parece, nuestro papá está mejor…— Y le preguntó a su amiga: — ¿¡Qué piensas Martha!? —

Ésta se quedó callada durante unos segundos, poniendo una mano cerrada bajo la barbilla como señal de que estaba pensando. Al final, les dijo:

— Bueno, no lo he conocido antes, así que no sé si ha mejorado, pero aún así desconfió mucho de él. No podemos estar seguras. — Y aunque querían creer en su padre, le dieron la razón a Malan. Aún era pronto para llegar a una conclusión.
Luego, el padre de las gemelas les preguntó qué querían ellas de comer, sorprendiendo a Alex y Sanae, ya que él iba a encargar alimentos de verdad por teléfono. Eran tan rácanos que lo único que compraba era comida preparada y rebajada del supermercado, e incluso hubo veces en dónde se traía cosas que tiraron a la basura. Tampoco les hacía de comer, les decía que se buscarán la vida y a veces tenían que mendigar en la iglesia más cercana. Aquella actitud les dejó tan desconcertadas que le preguntaron si tenían fiebre:

— ¡¿Tan raro os parece!? Ya os he dicho, soy una nueva persona. De todos modos, díganme que quieren de comer. —

Eso les respondió, sus hijas le dijeron rápidamente lo que querían, una gran pizza de cuatro quesos de una de las pizzerías más caras de la ciudad. Le preguntaron a Malan si ella también quería y ésta les dijo que sí. Roman se quedó boquiabierta, temblando como un flan; pero se recompuso y no les negó eso. Tardó un poco, pero la pizza pudo llegar a casa salva y sana, y calentito:

— En serio, esto esta buenísimo. — Eso decía Alex, mientras se tragaba un trozo de pizza con la mayor felicidad del mundo. — Jamás de los jamases pensaría que nuestro papá nos compraría algo tan bueno. —

Ella sentía que estaba en el paraíso con cada trozo que se llevaba a la boca, tanto que incluso le entraban ganas de llorar. Sanae también le pasaba algo parecido, añadiendo esto:

— Y tienes razón, parece que se ha vuelto bueno, por fin. —

A diferencia de las caritas llenas de felicidad que tenían ellas, Martha comía las pizzas poquito a poco con una cara llena de seriedad. Al notar eso, Alex le preguntó:

— ¡¿Aún desconfías de él, Malan!? —

Martha tardó un poco en contestar. No se atrevió a decirles que vio a su padre buscar algo cuando llegó la pizza. Si no fuera porque ella lo cogió antes que él, cuando sacó una pequeña bolsa sospechosa.

— ¡¿Ibas a echar alguna cosa para darle más sabor?! — Eso le preguntó Malan con la pizza entre las manos, haciéndose la inocente.

El padre escondió instintivamente la bolsa, poniendo muy mala cara. Luego, recuperó la compostura y le respondió:

— Pues sí… — Se le notaba algo nervioso. — Es algo que le da mucho más presencia a la pizza. —

— Pero creo que sería muy innecesario, ya está llena de ingredientes. —

Y el padre no tuvo más remedio que darle la razón a Martha, mientras ésta se lo llevaba al salón para ser devorado por las gemelas, muy aliviada.

Eso no solo fue muy sospechoso, sino que la alarmó al máximo. Y no se atrevía a arruinarles la esperanza de las gemelas por ver que su padre había mejorado. Tras pensar eso un poco, dijo:

— Bueno, algo así… — Luego, miró por todas partes en busca de su presencia, mientras notaba algo muy raro en la casa, y les preguntó esto:

— ¡¿Pero dónde está vuestro padre!? —

— Se fue al baño hace unos minutos, decía que estaba un poco estreñido y que iba a estar mucho tiempo ahí, así que podemos comerlo todo. —

— ¿¡En serio dijo eso último!? — Dijo Sanae, al recordar lo que les dijo su padre, dándose cuenta de sus últimas palabras fue invención de su hermana. — Bueno, si es eso es lo que dijo, entonces habrá que aprovecharlo. —

Y es ahí cuando Sanae y Alex se dieron cuenta de lo que estaba notando Malan. Sonaban leves ruidos que parecían ser fuertes golpes. La africana preguntó a continuación, muy consternada:

— ¡¿Y esos ruidos!? ¡Parece como si algo está destrozando cosas cerca de nosotras o golpeándolos violentamente! —

— Seguramente serán los vecinos. — Pero las gemelas no les dieron mucha importancia. — O el tren que pasa por aquí cerca. —

Lo que no sabían es que el padre de las gemelas estaba golpeando con una barra de hierro baldosas del cuarto del baño de una forma muy violenta y aterradora. Gracias a que estaba la puerta cerrada y a las paredes que eran muy gruesas apenas se daban cuenta de lo que estaba pasando ahí dentro.

Tras terminar la comida, decidieron ir a la cama y se dirigieron hacia la habitación de las gemelas, encontrándose al padre saliendo del cuarto del baño.

— ¡Has tardado mucho papá! — Se burlaba las gemelas de la pobre dieta de su padre.

— Deberías comer más fibra de esos, dicen que son buena para hacer tus necesidades en condiciones. —

— Tienen razón, debería comer más frutas…— Éste rió alegremente, antes de preguntarles: — ¡¿Y vosotras vais a dormir!? —

— ¡Qué buenas niñas sois! — Y luego se despidió de ellas, antes de pasar a su lado: — ¡Qué tengáis buenas noches! —

Entonces, añadió en voz baja, mientras le ponía la mano sobre el hombro de la africana, de una forma muy desagradable y casi amenazador: — Y sobretodo tú, Martha Malan…—

A ésta le dio muchísimo escalofríos, tanto que se quedó paralizada y se paró. Las gemelas, al darse cuenta de su reacción, le preguntaron si le pasaba algo y está les dijo que no era nada, mientras movía la cabeza negativamente.

Después de entrar en su cuarto y de ponerse sus pijamas, empezaron a hablar de cientos de temas hasta que le entraron sueño y decidieran acostarse, pasando así una hora. Se divirtieron tanto que incluso Malan se olvido de sus terribles sospechas sobre el padre de éstas.

— ¡No me lo puedo creer! Ha sido muy divertido, eh. — Eso decía Alex, mientras las tres se acoplaban en la misma cama.

— Y hasta ahora papá no está actuando tan raro y aterrador. Debe ser cierto que ha mejorado. — Y añadió Sanae. Luego, su hermana le dijo a Martha:

— Así que no sospeches de él, ha demostrado que ya es bueno, Malan. —

Martha solo les dijo que tal vez tenían razón de forma dubitativa y poco convincente. Ellas no le dijeron nada, ya que entendían porque daba esa respuesta; y las tres se dieron mutuamente las buenas noches.

Alex y Sanae se quedaron dormidas en cuestión de segundos, Malan no pudo hacerlo. Se sentía incapaz de hacerlo, alertada por sus sospechas, por todos los indicios siniestros que había mostrado el padre de las gemelas. Se hacía la dormida, intentando comprender qué es lo que deseaba hacer aquel hombre y cómo detenerlo.
Entonces, una luz empezó a filtrarse por la puerta, dejando claro que habían encendido la lámpara del pasillo. Y empezó a oír pisadas muy tétricas que parecían acercase poquito a poco a la habitación. Le puso la piel de gallina, ya que se sentía de repente en una fea película de terror.

Y después de oír cada siniestra pisada, alguien empezó a abrir la puerta, también yendo con cuidado y de forma silenciosa, después de observar por la rejilla. Al estar abierta de par en par y mostrarse toda la luz del pasillo, Malan, consiguiendo que no se diera de que estaba despierta, divisó una figura aterradora, que soltaba una risa enferma a bajo volumen.

Era Roman Pilsudki, el padre de las gemelas; y en su mano derecha llevaba algo que mostraba a Malan que ellas estaban en peligro. Tenía un cuchillo de cocina y uno podría adivinar fácilmente qué quería hacer con ella.

FIN DE LA SEXTA PARTE

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