Centésima decimocuarta historia

Delirio paternal: Séptima parte, centésima decimacuarta historia

No era tiempo para quedarse para inmovilizada por el miedo, su vida y la de sus amigas estaban en peligro. Malan tenía que actuar rápido, encontrar un plan para evitar las evidentes intenciones que tenía el padre de Alex y Sanae, que se quedó en la puerta, riendo macabramente, con cuchillo en mano. Tenía que aprovechar ese momento antes que decidiera acercarse a ellas y apuñarlas sin que ella pudiera evitarlo. Después de todo, estaban en una situación desesperante, las chicas estaban indefensas y él portaba un arma, su siniestra figura bloqueaba la única salida, que era la puerta, ya que no podrían escapar por la ventana; y también estaba el hecho de que era un adulto y era obvio que sería capaz de noquearlas fácilmente si se tenían que enfrentar directamente. No tenían muchísimas posibilidades de salir vivas. Entonces, recordó que sobre el pequeño escritorio que estaba a su lado se encontraba su móvil, que lo puso ahí antes de dormir. Ahí es cuando se le ocurrió algo muy arriesgado, pero, en el caso de que funcionaria, podría salvarlas. Y para suerte de Martha, Roman estaba distrayéndose:

— Vamos a ver, tengo todo el tiempo del mundo, así que debería ponerme cuál sería la mejor forma de quitarles la vida…— Se puso a hablar en voz alta, a espaldas de las niñas que deseaba asesinar. — No tendré suficiente con acuchillarlas, debo hacer más…— Y él se calló y se puso a pensar, imaginándose varias cosas perversas, mientras soltaba alguna risita.

Sin que éste se diera cuenta, Malan poquito a poco sacó su brazo de la cama y cogió su móvil de una forma muy discreta y rápida. Entonces, decidió actuar y gritarle: — ¡Mira aquí, señor asesino! —

Y Roman, sobrecogido por esa voz, miró hacia atrás y un objeto chocó contra su propia cara de una forma muy violenta. Era el móvil de Malan que ella lo tiró como si fuera un shuriken o una carta, una idea que se le ocurrió gracias por el hecho de que fuera tan plano. La africana no sabía si funcionaría, pero tenía que intentarlo. Y fue bastante efectivo, porque se le incrustó unos pocos milímetros en la frente, provocándole una herida que le hizo gritar a toda velocidad. Luego, El teléfono salió de su frente y cayó al suelo rompiéndose la pantalla, mientras el padre se arrodillaba y no dejaba de chillar de dolor, mientras se tocaba el lugar en dónde fue herido.
Y él no se esperaba recibir otro golpe más, no pudo reaccionar a tiempo cuando recibió una fuerte patada en toda la mandíbula que lo tiró al suelo, rompiéndole incluso un diente. Era de Malan que aprovechó ese momento.

Todos esos gritos y ruidos obviamente hicieron despertar a las gemelas, que gritaban sobresaltadas al unísono: — ¡¿Qué está ocurriendo!? —

Entonces, vieron la escena que estaba delante de sus ojos, a su padre en el suelo, sosteniendo un cuchillo en la mano y con sangre en la frente; y a una Malan que les gritaba esto, al ver que se despertaron:

— ¡Alex, Sanae, hay que salir corriendo, ahora! —

Ellas no preguntaron nada ni se quedaron en shock, no entendían nada de lo que estaba pasando; pero supieron enseguida de que estaban en peligro y saliendo a toda velocidad de la habitación.

Corrieron por el pasillo hasta que oyeron un chillido de Martha y una voz aterradora las hizo detener: — ¡No deis un paso más, o vuestra amiga morirá! —

Ellas se detuvieron en seco y miraron hacia atrás, y vieron a su querido padre sosteniendo fuertemente a la africana con un brazo, mientras con la otra ponía su cuchillo sobre su cuello. Él pudo levantarse y aprovechar el momento en que Martha Malan intentó coger su arma mientras las gemelas escapaban. Al ver que sus hijas se quedaron paralizadas, éste habló:

— ¡Te tengo que felicitar, Martha Malan! Creía que solo eras una mocosa insolente, pero has demostrado un ingenio fuera de lo común. ¿¡A quién se le ocurría usar un móvil como arma!? ¡Me podrías haber matado! Aún así, no ha servido de nada. — Y empezó a reír como malnacido.

Las gemelas, incapaces de asimilar que su padre las intentó matar y de que estaba poniendo un cuchillo sobre el cuello de Martha Malan, tardaron en poder reaccionar y solar estas palabras:

— ¡¿P-por qué estás haciendo esto, papá!? ¡¿N-no te habías v-vuelto una buena p-persona!? — Gritó Sanae, con lágrimas en los ojos, temblando de miedo. Su padre no había mejorado, sino se había vuelto en un verdadero psicópata que iba a matarlas.

— ¡Puto mentiroso, nos has engañado! ¡Eres un malnacido! — Por su parte, Alex, que también empezó a llorar, estaba llena de rabia, quería golpear a su padre por haberlas mentido. Se maldecía a sí misma por haber creído en él, había metido la pata hasta al fondo. Y ahora no solo ella y su hermana estaban en peligro, también su amiga.

— ¡No me hables en ese tono, Aleksandra! — Le replicó furiosamente su padre. — ¡¿No ves que podrías rajarle el cuello a tu amiga!? —

Una Alex rabiosa y enfadada tuvo que callarse, aterrada ante el hecho de que Malan muriera. Sanae, intentó decirle algo, pedirle que se tranquilizara y soltará el cuchillo; pero éste ni la dejó hablar, diciéndole a gritos que tapará su estúpida boca.

— ¡No se saldrá con la suya! — A pesar de que podría morir, Martha tenía la osadía de decir esto, algo que el padre se lo tomó muy bien.

— ¡Tienes razón, yo tenía un buen plan! ¡Pero tú lo arruinaste, estúpida niñata! ¡Aún así! ¡Aún así! ¡Creo que el resultado sí que me saldrá bien! ¡¿A qué es gracioso, Martha Malan!? ¡Al final, voy a salir ganando! —

— ¡¿De qué estás hablando!? — Preguntó Sanae, incapaz de comprender sus palabras. Más bien, su cerebro intentaba bloquearlo desesperadamente.

— ¡¿Plan…!? ¡¿No querrás decir…!? — Alex lo entendió a la perfección y quedó más horrorizada que nunca. — ¡Somos tus hijas, ¿por qué quieres hacernos esto?! ¡Estás loco! — Y Sanae observando a su hermana, con la esperanza de que lo que estaba pensando no fuera lo mismo que ella creía y se negaba a aceptarlo. Entonces, el papá hundió sus esperanzas con esto:

— Sí, es eso cierto. Aprovechando que esa estúpida china se quitará del medio, aproveché lo que yo tenía que hacer, ¡vengarme de vosotras dos, eliminaros de este mundo! Yendo al grano, quería matarlas. Y no es algo que se me ocurrió el día siguiente, sino hace años que lo tenía en mente. —

— ¡No puede ser! ¡Eso es mentira! ¡¿Estás de broma, verdad!? ¡Los papás no hacen eso, ellos aman a sus hijas, jamás le harían eso! — Sanae se tapó las orejas y gritaba lo más fuerte posible, como si eso evitara que las cosas que dijo su padre fueran falsos. Casi parecía que le iba a dar un ataque, sino fuera por su hermana:

— Sanae, ¡tranquilízate, por favor! — La cogió de los hombros y le decía con una mirada seria: — Yo tampoco puedo creérmelo, pero es verdad…—

Ésta se quedó callada mientras susurraba el nombre de su hermana y pudo aceptar la horrible realidad. Por mucho dolor que le producía aceptarlo, se pudo tranquilizar, aunque fuera un poco. Alex, por su parte, decidió decirle esto: — ¡¿Por qué, qué te hemos hecho nosotras!? —

— ¡No os preocupéis por eso ahora! Es más, vosotras no tenéis ni derecho a exigirme nada, yo soy el que va a cortarle el precioso cuello de esta chica. Así que, seáis buenas niñas, y haced todo lo que yo diga, ¿¡entendido!? —

Y acortó la poca distancia que el cuchillo tenía con el cuello de Martha para dejarles claro que pasaría si desobedecían y las gemelas no tuvieron más remedio que acometer sus órdenes.

Lo primero que les dijo a sus hijas fue que se dirigieran hacia la cocina y sacarán unas cuerdas que habían en uno de los cajones del mueble. A continuación, les pidió que se ataran las manos la una a la otra un nudo muy fuerte. Luego, que cogieran otras para atar a Malan. A pesar de que era imposible hacerlo con las manos inmovilizadas, tuvieron que hacerle caso y lo consiguieron, de alguna manera.
Después de eso, el padre buscó entre los cajones y sacó una pistola, que sustituyó al cuchillo que llevaba. Tras observarlo palmo a palmo, con una mirada psicópata, que dejaba claro a las tres pobres chicas que antes de que terminará la noche él las iba a matar. La frase que pronunciaría después de guardarse el arma solo alimentó aún más aquella terrible premonición:

— ¡Bueno, niñas! ¡Hoy vamos a salir a dar un paseo! —

Con la pistola sobre la espalda de Malan, dispuesto a dispararla si sus hijas saliesen corriendo; salieron a la calle. No sabían si era pura estupidez o una osadía, pero éste se atrevió a salir afuera, en medio del barrio. Esperaban que alguien les viera y llamará a la policía, pero se dieron cuenta de cuál era la razón para que no tuviera miedo de ser pillado. Apenas las farolas de la calle funcionaban y ni se veía un alma, además de que solo anduvieron unos pocos metros, hasta llegar a un automóvil, que el padre abrió con la llave. Las gemelas se quedaron boquiabiertas, su padre jamás tuvo un coche, ya que era mucho dinero para él. Esté, al ver su reacción, mientras las obligaba a meterse en los asientos traseros; les dijo:

— ¡¿Os sorprende tanto que tenga un cochecito!? No os preocupéis, no es mío, es robado. — Luego, él se puso a reír como maniático, mientras se burlaba del pobre que le robo hace semanas y se metía en él. Y añadió:

— Por cierto, modifiqué un poco este coche… Yo puedo, con un solo botón, impedir que mis pasajeros puedan abrir las puertas traseras, tampoco pueden romper el cristal, es muy fuerte. Así que no hay escapatoria. —

Y tenía razón, las gemelas lo comprobaron, a pesar de que era una odisea hacerlo con las manos atadas; no podrían abrir las puertas del coche. Luego, encendió el coche y éste empezó a andar. Tras salir del barrio en dónde ellos estaban, las chicas empezaron a atreverse a hablar, después de golpear histéricamente las ventanas para avisar a alguien de que iban a matarlas:

— ¡¿Qué quieres hacer con nosotras!? — Le preguntó Malan y éste le respondió, riéndose de forma desagradable:

— Creo que lo sabéis perfectamente…—

— ¿¡Sabe que está cometiendo un delito!? Si matas a tus hijas y a mí, se volverá perseguido por la policía y acabará en la cárcel, ejecutado en el peor de los casos. —
Sus palabras enfadaron a Roman que golpeó de una forma muy violenta el cristal de su ventana. Luego, le dijo esto lleno de furia:

— ¡Pues claro que lo sé, niñata! ¡¿Crees que a estas alturas me importa la legalidad o no de las cosas!? — No soportaba que esa niña le replicará, solo era una estúpida niña. — ¡Ya ni me importa la ley y llevo esperando hacer esto desde hace muchísimo tiempo! —

Las tres callaron, al ver que podría cometer alguna locura solo porque alguien le estaba yendo la contraria. Y éste, tras tranquilizarse, se puso a hablar:

— A estas alturas de la película, ya debe ser hora de que cuente algunas verdades, ¡¿no creen!? Seguro que estáis deseosas de por qué yo estoy haciendo todo esto. Es más, lo pedisteis antes y os prometí que lo iba a decir más adelante…— Dio un pausa. — En primer lugar, es verdad que decidí que esta noche fuera vuestra muerte o, mejor dicho, que cuando volvierais a la casa iba a asesinarlas. Eso se me ocurrió después de descubrir que vuestra insolente amiga se fuera, la única que podría detenerme. Pensaba engatusar a vuestras amigas para darles lástima y convenceros para volver. Pero Martha Malan no fue engañada y la muy tonta destruyó mis planes, para aparecer en la misma casa. Aunque fuiste muy estúpida, la verdad. Eso no evito que siguiera con mi plan, que no era otro que hacerlas dormir con somníferos y apuñalarlas hasta la muerte. Por ahora, he tenido que reescribirlo todo y ahora vais a morir de un balazo y con vuestros cuerpos enterrados en lo más profundo del bosque. —

Tras soltar eso, volvió a reír de forma demente y las gemelas dijeron:

— ¡Eso es horrible! — Exclamó Sanae, sabía que su padre perdió la cabeza hace tiempo, pero jamás podría creer que fuera capaz de ser alguien tan horrible y monstruoso.

— ¡¿Ni siquiera puedes tener piedad de Malan!? — Le replicó Alex, que deseaba haber golpeado hasta la muerte a su propio padre.

— Si no se hubiera entremetido, ésta pequeña zorra podría seguir viviendo. Se atrevió a desafiarme, así que ella será la que menos piedad va a recibir de mí. — Y volvió a golpear con todas sus fuerzas la ventana de su asiento, mostrando la ira que le daba Martha Malan.

El coche ya había salido de la cuidad y estaba en la zona industrial, con la intención de dirigirse hacia al suroeste, hacia un profundo bosque situado en los pies de las montañas.

— Siguiendo con lo de antes…— Continuó Roman. — Ese no era mi plan original, el verdadero el que gesté durante meses fue arruinado. Más bien, era parte de otro, o los fusioné para formar uno. No sé…— Rió como un villano. — En fin, lo que quería hacer, para acabar con vuestras vidas, era meteros en la secta y hacer que vosotras acabarías como los demás…—

— Yo nunca fui un miembro menos de aquella secta, es más, yo era el líder, el que lo controlaba todo en las sombras. La Doncella, otra niñata estúpida; era solo mi peón. En realidad, todo eso era una farsa que ella montó con sus amigos y para burlarse de los que entraban ahí. Una broma cruel y horrible, pero que poquito a poco se volvía realidad. Muchísimos de sus miembros iníciales huyeron de él y la muchacha se negaba a terminar. Y ahí entré yo, como uno más pero que terminó siendo lo que dominaba todo el cotarro y convirtiéndolo en algo verdadero. Conseguí que se financiara, extenderlo por todo el norte de la isla y que miles de estúpidos desesperados entraran, terminando trabajando en unas casuchas en unas de las mansiones de la familia de la niña, volviéndolo. Y lo mejor era el final que preparé, que todos íbamos a montar un suicidio colectivo y que no quedará ni uno. ¿¡Y que tienen que ver vosotras con todo esto!? —

Las tres chicas no dijeron nada, estaban boquiabiertas ante lo que habían escuchado, literalmente el padre de las gemelas era un vil monstruo.

— Quise meterlas en eso, aunque fuera a la fuerza o no, para que vosotras murierais con los demás idiotas esos, ¡es decir, ir al planeta de las personas felices! ¡Así mataría dos pájaros de un tiro! — Y además añadió esto, con una actitud burlona que solo provocaba asco entre sus propias hijas, que se sentía horrorizadas antes el hecho de que hubieran vivido bajo el mismo techo que aquel psicópata.

— ¡¡Estás loco!! — Gritaron las gemelas, indignadas. — ¡Matar a cientos de personas, eres peor que Hitler! —

El padre golpeó violentamente contra el cristal del coche y las hizo callar, pero Malan que no se atrevió a hablar, porque no sabía cómo reaccionar y estaba llenas de interrogantes y dudas; decidió preguntarle esto:

— No lo entiendo… ¡¿Por qué querías condenar a esas pobres personas!? Tampoco entiendo porque deseas matar a tus hijas, pero aún así…—

¡¿Qué pasaba por la mente de ese hombre!? Desde el principio, sentía que mostraba claros signos de sufrir algún trastorno, como el antisocial de la personalidad o la psicopatía, pero no esperaba que llegara a este punto. ¡¿O le pasó algo grave en el pasado qué lo llegara a este nivel de peligrosidad!? Las gemelas siempre se jactaban de que fue un espía, aunque no les hacía mucho caso, porque no dejaba de modificar su pasado. Tal vez, decían la verdad y le ocurrió un suceso que lo trastornó. Necesitaba saber que le motivaba a montar un plan con la intención de provocar la muerte de cientos de personas. Y esperó un poco la respuesta de Roman.

— Odio este asqueroso mundo, a todas las personas en general…— Tras varios segundos en silencio, habló. — Me irritan, no los soporto. No sé realmente el por qué ni me importa. Solo quería hacer daño, satisfacer mis deseos de verlos a todos arder. Me conformaría solo con provocar el suicidio indirecto de cientos de personas. Tal vez, es una razón estúpida y poco racional, ¡me importa una mierda! — Lo único que comprobó Malan era que éste era un misántropo de cuidado. Tras dar una pausa, continuó:

— Aún así, me salió mal. — Apretó de la rabia el volante. — Vosotras no quisisteis ir a la secta e incluso cuando lo intenté hacer a la fuerza vuestra amiga Mao os salvó el trasero. Me conforme con no matarlas hasta otra ocasión. Luego, otra niñata me arruinó mi plan y no hubo suicidio colectivo. Pero esta vez, saldré airoso, me conformaré con mataros. —

Y luego volvía a reír de forma demente y enferma, mientras golpeaba de nuevo violentamente contra el cristal. Tras esto, siguió hablando:

— Y ahora os diré algo más…— Soltó unas risitas. — Sobre mi razón de querer matar a mis propias hijas…— Dio una pausa dramática. — Después de todo, ellas mataron a la persona que yo más quería en este mundo, su propia madre. —

Un silencio extremadamente incómodo apareció de repente en el automóvil y las chicas se quedaron atónicas, con unos rostros llenos de incredulidad. Al ver que no pudieron responder, al padre de las gemelas le entró un gran ataque de risa que ayudo a que las niñas le pudieran responder:

— ¡¿Te estás burlando de nosotras, papá!? — Le gritaban las gemelas, con ira. — ¡Mamá murió cuando nosotras éramos muy pequeñas! ¡¿Crees que unas niñas pequeñas pueden matar a su propia madre!? ¡Es absurdo! —

Malan se preguntaba qué intentaba decir con aquellas tan acusaciones tan fuertes, ¿intentaba trastocar a sus propias hijas echándoles la culpa de algo horrible o se estaba burlando cruelmente de ellas, o quizás él creía que ellas fueron realmente las que provocaron la muerte de su propia madre? Ella iba a intervenir, a exigirle que se explicara y dejará de reírse como loco; pero no tuvo tiempo. Éste reaccionó fatal antes las palabras de las gemelas que, en mitad de la carretera, paró en seco y giró la cabeza con un rostro que daba tanto terror que parecía que las iba a dar unos balazos ahí mismos:

— ¡No es una puta broma! ¡Es la pura verdad! ¡Vuestra madre murió gracias a vosotras! — Eso les decía mientras les mostraba la pistola.

— ¡E-es mentira…! — Las gemelas se negaban a creerle. — ¡N-no, no es verdad! — Estaban tan asustadas que cerraban los ojos para no presenciar lo que llegaría a hacer aquel loco, mientras luchaban por no llorar.

Malan, la única que se le atrevía a mirarle, con gran seriedad le preguntó:
— Si es la verdad, entonces, ¿¡por qué no la cuentas!? ¡Explícanos cómo ellas mataron a su propia madre! ¡¿O solo es una pobre excusa para poder justificar tus viles actos!? —

— ¡Maldita insolente…! — Iba a darle un disparo ahí mismo a Malan, pero se tranquilizó. — Si tanto lo deseas, lo diré…. —

Malan, que cerró los ojos, creyendo que iba a morir; dio un fuerte suspiro de alivio. Alex y Sanae, que llegaron a rezar con todas sus fuerzas para que no la mataran, mientras abrazaban aún más a la africana; al ver que había pasado el peligro, abrieron poquito a poco los ojos. El padre de las gemelas puso el coche en marcha y empezó a hablar:

— Todo ocurrió en un octubre de 2005, en Varsovia, Polonia. Nosotros habíamos viajado desde el sur del país hacia la capital para tener unas pequeñas vacaciones. — Las chicas cuestionaron eso, pero decidieron callarse y seguir escuchándole. — Estábamos en unos de los hoteles más caros de la ciudad, después de un largo recorrido en coche. Al pasar varias horas de que hubiéramos llegado, ella bajó al parking junto con vosotras. Mientras bajáis por la escalera alguien me llamó diciéndome que habían puesto una bomba bajo el automóvil y que si lo encendían con el mando de apertura explotaría. Yo corrí a toda velocidad para evitar el desastre, pero fue demasiado tarde…— Apretó el volante fuertemente, como si intentaba evitar no recordar algo: — Cuando llegué os vi en el suelo, con el mando de apertura entre vuestras manos. Os levantasteis y, al ver el automóvil en llamas, os pusisteis muy alteradas, llorando y gritando sin parar, pidiendo ayuda desesperadamente. Yo también me puse así, incapaz de creer lo que había pasado. Después de que ella abriera con la llave manual y estuviera buscando lo que se le había olvidado, os pusisteis a jugar con esa cosa, intentando ver cómo de lejos llegaba. ¡Si no hubierais hecho eso, ella tal vez seguiría viva! ¡Pero no, fue vuestra culpa por jugar con esa cosa! —

— ¡¿E-es, es eso verdad….!? — Decía Sanae destrozada, sintiéndose muy culpable. Empezó a recordar cosas que su subconsciente había ocultado por larguísimo tiempo. Solo eran pequeños recuerdos, tan débiles que parecían una ilusión, pero que no paraban de aparecer sin parar en su cabeza y que empezaba por relacionarlo por lo que dijo su padre.

— No puede ser…— Y a su hermana Alex también le estaba pasando lo mismo. — Creo que lo yo estoy recordando, hubo una explosión, era un coche…— No dejaba de murmurar cosas. — Murió alguien…— Mientras ponía una cara de horror. — ¡¿Entonces, de verdad, nosotras hemos matado a nuestra madre!? —

Malan, que encontraba muchísimas lagunas en esa historia, no iba a dejar d que sus amigas fueran torturadas por una falsa culpabilidad e intervino:

— ¡¿Por esa estúpida razón quieres matarlas!? — Le replicaba con mucha seriedad. — Si aunque fuera cierto, ellas no tienen la culpa. No sabían la existencia de una bomba en el automóvil ni que el mando de apertura lo activaba. Es más, tuvieron la suerte de salir vivas de morir en la explosión. Culparlas es injusto para tus propias hijas, que perdieron a su propia madre; y no tengo que decir cuál de horrible es querer matarlas por tal motivo. —

Aquellas palabras que pronunció Martha Malan dejaron un gran silencio incómodo y angustioso, callando al padre de las gemelas, que parecía que iba a estallar de un momento para otro. Éste no mostró alguna reacción, solo siguió conduciendo, mientras se adentraba en lo más profundo del bosque por un caminito de tierra. Alex y Sanae con el miedo de que su papá se pusiera violento e incluso matará a su amiga, se quedaron muy pensativas sobre lo que dijo ella.

Malan tenía razón, no eran culpables de nada, aún cuando se arrepentían de haber pulsado el mando de apertura, si realmente eso fue lo que les contó su padre.
Poco tiempo después, llegaron al final del presunto camino, que era más que un simple claro en mitad del bosque, a los pies de grandes montañas. Paró el coche en el centro de aquel lugar y dijo secamente:

— Ya hemos llegado a nuestro destino, señoritas. — El padre se levantó de su asiento. — Aquí es dónde estarán nuestras tumbas, pero antes… — Y salió del automóvil. — Me voy a estirazar un poco afuera, que los viajes en coche me destrozan. — Y se alejó un montón del coche y se puso a tomar un cigarrillo.

Al ver que se alejo lo suficiente, las gemelas empezaron a hablar en voz baja:

— Ni que lo crees tú…— Eso decía Alex, mientras mostraba sus manos libres de cuerdas.

— ¡No nos vamos a morir tan fácilmente! — Y añadió su hermana Sanae, que también estaba liberada de las ataduras.

— ¡¿Chicas…!? — Exclamó muy sorprendida Malan, quién era la única cuyas manos estaban atadas. No habían perdido el tiempo, se desataron durante el recorrido.

— Perdón por no poder desatarte los nudos, pero nos podría notar. — Le dijo a continuación Alex, mientras juntaba sus manos en señal de que lo sentía y observando desde la ventana qué estaba haciendo su viejo.

— Tampoco lo podríamos soltar, él habrá puesto un nudo imposible de desatar. — Comentó Sanae, mientras comprobaba cómo era el nudo que hizo su padre para atar las manos de su amiga.

Malan comprendió rápidamente que ellas se hicieron un nudo fácil de desatar y cuyo padre no se dio cuenta. Rió un poco ante la astucia de sus amigas y les respondió que no pasaba nada.

— Aún así, papá se cree muy listo, pero siempre mete la pata en el momento más oportuno. —

Se burlaron de su propio padre al unísono, mientras sacaban varias cosas que había debajo de los asientos. Muchas de ellas eran bastantes inútiles para la situación, pero encontraron cosas como una navaja que cortó las cuerdas que ataban las manos de Malan. Tras coger algunos objetos y meterlo en una pequeña mochila que encontraron, se escabulleron de la forma más fácil y estúpida posible, pasaron a los asientos delanteros y salieron del coche.

El padre que se estaba tomando más tiempo de lo necesario, ya que se introdujo un poco en el bosque para hacer sus necesidades; se olvidó de cerrar todo el coche y mantenerlas atrapadas, creyendo que estaban tan aterradas que ni siquiera intentarían escapar. Estaba tan confiado en que todo le estaba saliendo bien que no se dio cuenta de sus meteduras de pata.

FIN DE LA SÉPTIMA PARTE

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