Centésima decimocuarta historia

Delirio paternal: Octava parte, centésima decimocuarta historia

— ¡Ya he vuelto! — Les decía Roman con un tono siniestro y burlón, mientras se acercaba al coche. — ¡Preparaos, que ya estáis cerca de ir al cielo…! —

Y se quedó con la boca abierta, al ver que no estaban ellas en el automóvil. Entonces, se dio cuenta de su grave y estúpido error y gritó de rabia a todo volumen, mientras empezaba a golpear violentamente contra la carrocería.

A pocos metros de ahí, las tres chicas corrían sin descanso por el bosque, sin saber a dónde dirigirse, solo tenía en mente alegarse lo más rápido del peligro. A veces miraban hacia atrás en su huida, para espantar el miedo de ser perseguidas por aquella persona que quería matarlas. El final de aquella precipitada carrera fue cuando llegaron a los pies de la ladera de una gran montaña que parecía elevarse hasta tocar las mismísima nubes.

— ¡C-cuánto hemos corrido! — Decía Alex, mientras se recuperaba. Cayó de culo al suelo solo para poder sentarse, mientras inspiraba y respiraba sin parar. — ¡C-casi me da algo! —

— Y me duele mucho los pies, creo que me he hecho heridas. — Añadió su hermana Sanae, que también se sentó por el cansancio, mientras observaba sus piecitos desnudos. Había muy poca iluminación, pero se los tocaba y comprobaba que se había hecho daño.

— Es normal, estamos descalzas. — Comentó Alex. — ¡Ya entiendo lo importante que es el calzado en nuestra vidas! —

Después de todo, ellas estaban en pijama y el padre ni siquiera les dejó la posibilidad de cambiarse de ropa y ponerse los zapatos. Y como no tenían tiempo para ir cuidado, pues sus pies sufrieron todo tipo de daño. Mientras ellas dos se quejaban, Malan estaba observando todo el lugar, intentando averiguar a qué dirección habían ido y en dónde estaba exactamente. Tras mucho suponer, Malan les avisó, al verlas muy tranquilas:

— No debemos estar tan relajadas, vuestro padre podría aparece en algún momento. —

Le dieron la razón, mientras se levantaban del suelo con toda rapidez. No era hora para descansar, estaban en peligro de muerte. Le preguntaron a su amiga qué podrían hacer y ésta empezó a hablar:

— Primero les diré que nos hemos dirigido hacia al sur, es fácil de adivinar por el hecho de que hemos llegado ante las grandes cordilleras que separan la llanura que ocupa el norte de Shelijonia con el resto de la isla. También por el hecho de que la Estrella Polar, que siempre indica el norte, ésta por esa dirección. — Eso les decía, mientras les señalaban a las gemelas hacia al cielo, a aquel pequeño punto luminoso.

— Ahora, bien… Deberíamos ir directas hacia la dirección opuesta, si queremos pedir ayuda. Por solo ver cómo de brillantes están los astros, estamos situados muy alejados de la civilización. Si nos adentramos más en la cordillera, apenas encontraremos algún sitio para poder cobijarnos. —

— Tienes razón…— Le dijeron las gemelas, muy maravilladas ante cómo pudo averiguar dónde estaban. — Pero,… — Y no se atrevieron a hablar.

— Sí, lo sé. — Aún así, era lo mismo que pensaba la africana. — Si nos volvemos a adentrar al bosque, volveremos a encontrarnos con vuestro padre. Aunque sea un sitio muy frondoso, no podemos correr el riesgo de ser atrapadas. —

Estaban en una situación desesperada, se convirtieron en las presas de un loco que las estaría buscando por todo el lugar para matarlas, en mitad de ninguna parte, incapaces de pedir auxilio o encontrar un buen refugio.

— Seguramente… — Continuó Malan. —… debe pensar que nos hemos dirigido hacia al norte, seguro que debe estar peinando la zona por esa dirección. — Entonces, ella vio sobre la ladera una pared rocosa y lo que parecía una cueva y tuvo una idea. — Tal vez, lo mejor es escondernos y esperar un poco. — Y se las señaló a las gemelas.

— ¡¿Estás segura de que ahí podemos estar a salvo!? — Le preguntó Alex un poco dudosa.

— Creo que hay más posibilidades de supervivencia ahí dentro que estando fuera, además está en un sitio alto, podemos vigilarlo y avistar su posición si está cerca. — Concluyó su amiga y estas decidieron hacerla caso.

Las tres subieron rápidamente por la ladera hasta llegar a la cueva. Alex y Sanae se iban a meter de golpe, pero Malan las detuvo. Antes tenían que comprobar si había algún animal salvaje dentro de ahí. Al final, la africana pudo saber que no había nadie más en aquel lugar y se metieron poquito a poco en aquel lúgubre lugar.

Con un poco de hierba seca, que Malan cogió por el camino de la ladera; y usando las múltiples piedras que se encontraron en el lugar, ellas pudieron encender una pequeña flama que no querían agrandar por el miedo de que el padre las encontrarían por el humo. Por lo menos, le permitían alumbrar, aunque fuera un poquito, el lugar. Alex se puso en la entrada del sitio, ya que se propuso voluntaria para ser la vigilante y aceptaron su proposición. Tras pasar unos cuantos minutos en silencio, Martha decidió hablare a la gemela que estaba vigilando, preguntándole si había visto algo sospechoso. Ella le contestó con esto:

— Apenas se ve algo…— Le decía, mientras forzaba a sus ojos ver entre la oscuridad. —Todo esta tan oscuro…— Y rió nerviosamente. — Bueno, es normal, sigue siendo de noche. —

Se preguntó cuánto quedaba para que el sol saliera, antes de que Malan le dijera esto:

— Él no irá a oscuras, supongo. Estará usando una linterna o algo parecido mientras cruza el bosque. Con solo ver una tenue luz en entre esos árboles, es señal de que llegó. Más bien, espero que lo haga así, porque podemos avistarlo y prepararnos a tiempo. —

Alex se quedó pensando cómo podrían prepararse para evitar la muerte, pero entonces recordó que Malan comentó que las piedras de la cueva podrían servirles y ella preguntó:

— ¡¿De verdad, nos servirá todas estas piedras!? —

— Con solo lanzarlas con la fuerza suficiente pueden hacer mucho daño. No es nada comparado con su arma de fuego, pero es algo, por lo menos. Además, gracias a que no nos hemos deshecho de las cuerdas, yo estoy haciendo una honda. —
Alex se quedó algo extrañada, porque era la primera vez que escuchaba algo así y le preguntó a su amiga qué era. Ésta le explicó que era un arma bastante simple y primitiva, que consistía en el uso de dos cuerdas en cuyos extremos se sujeta una especie de receptáculo más o menos flexible desde el que disparaba un proyectil, que normalmente eran piedras. Aprendió a hacerlos, gracias a su padre, mientras vivían en las sabanas de Sudáfrica, como medida preventiva de protección y por otras razones menos cruciales.

Al final, terminó su explicación, mientras terminaba con muchísima rapidez la honda y se lo mostraba a su amiga, con esto:

— Creo que nos será más útil que la navaja, ya que es un arma a media o larga distancia y podemos tener algo de ventaja frente a armas como una pistola. —
Alex estaba tan asombrada que exclamó: — En serio, ¡eres increíble, Malan! — Malan le replicó avergonzada que no era nada. Luego, ésta se dirigió a su gemela para que le diera razón: — ¿A qué sí, Sanae? —

Ahí es dónde se dieron cuenta de que Sanae se quedó dormida, acostada sobre el suelo al lado del fuego.

— ¡Pobrecita…! — Añadió Malan compasivamente. — Debe haber estado muy exhausta, después de todo lo que hemos pasado…—

— ¡Qué envidia, yo también tengo mucho sueño! — Se quejó, antes de abrir la boca para soltar un sonoro bostezo. Luego, siguió hablando: — Se va a resfriar, si tuviéramos algo para taparla…—

Aunque estaba en verano, la noche en Shelijonia siempre es muy fresca y tenían un poco de frío. Sanae estaba muy acurrucada, intentando mantener calentita; y a Alex le entró tanta lástima verla así que no vio más remedio que quitarse la parte superior de su pijama y ponérsela como manta.

— ¡¿Estarás bien así!? Puedes coger también un resfriado…— Comentó Malan algo preocupada, a la vez que aquel gesto le causo ternura. Alex iba a estar media desnuda, con solo un sujetador en la parte de arriba.

— ¡No te preocupes! — Le replicó la gemela, mientras intentaba mostrarse fuerte. — ¡No hace tanto frio para ponerme a moquear! —

A pesar de que se jacto de eso, rápidamente se abrazó con los brazos para no perder calor, mientras empezaba a temblar un poco. Luego, siguió a seguir con la vigilancia y Malan decidió seguir hablando con ella, porque había algo que llevaba tiempo preguntándose y creía que era un momento oportuno para soltárselo:

— Por cierto, Alex, hay una cosa que llevo yo preguntándome desde hace tiempo…— Alex le preguntó qué era y Martha le respondió:

— ¡¿De verdad tu padre fue un espía!? Vosotras siempre habláis de cómo fueron sus aventuras, pero siempre era bastante contradictorio, si te digo la verdad. Una vez dijisteis que vuestro padre fue un gran espía de la Polonia comunista en la Alemania comunista, en otra ocasión decíais que fue un espía americano que estuvo en la URSS antes de la caída del muro o que participó en la guerra de Afganistán. También que él trabajada como un agente de la CIA en Europa del Este, luchando contras las mafias. En fin, hay muchísimas cosas que se contradicen una y otra vez. No es que confíe en vosotras, pero llevo dudando si lo que decís es verdad. —

Alex se quedó callada, muy pensativa. Parecía como si no sabía qué decirle o no se atrevía. Al final, solo se demoró en contestar varios segundos:

— Siempre nos inventábamos gran parte de lo que decíamos sobre nuestro padre. O lo exagerábamos. Pero, pero, es cierto, era un espía. La verdad es que nunca no los contó, jamás digo nada. Lo descubrimos nosotras hace varios años, cuando venidos de Polonia a Estados Unidos, después de que nuestra madre muriera. En aquellos tiempos, él estaba bien de la cabeza y nos cuidaba bien, intentando que nosotras pudiéramos superar la horrible muerte que tuvo mamá. — Dio un pequeño suspiro de tristeza. — Cuando lo descubrimos, tuvo que aceptarlo y nos lo contó que lo era…—
Dio una pequeña pausa, solo para ponerse algo más cómoda mientras estaba sentada en el suelo. Malan no se atrevió a preguntarle cómo lo descubrieron. Luego, continuó: — Y lo más increíble es que nuestra madre también lo era, eso nos dejó muy boquiabiertas. Nos sentíamos tan orgullosas de ser hijas de unos espías que quisimos serlo de mayor, se lo decíamos a todo el mundo, a pesar de que papá nos pedía que no se lo dijéramos a nadie. —

Malan le preguntó si les contó algo sobre su actividad, ella le respondió:

— No nos contó nada más, salvo que estaba en Polonia, como agente de la CIA, con la intención de dar apoyo e información contra varias mafias de Europa del Este. Mamá también ayudaba con ese cometido, pero era de los servicios de inteligencia rusos. Nosotras nacidos frutos de su amor en suelo polaco. —

— ¡¿Algún vez os atrevisteis preguntarle cómo murió vuestra madre!? —

— Bueno, sabíamos que estaba muerta y que murió de una forma horrible. Pero jamás nos preguntamos cómo fue, ni nos atrevíamos, teníamos miedo de conocerlo.

— Le respondió Alex, que puso una cara de enorme tristeza al recordar lo que les contó su padre y lo que ocurrió con su madre.

— O de volver a recordarlo. — Intervino Malan. — Vosotras enterrasteis lo que visteis en lo más profundo de vuestra inconsciencia y vuestro padre lo ha sacado a la luz a la fuerza, culpándoos de algo terrible que no podéis ser culpables. Sois unas victimas más. — Así, la africana intentaba hacer que su amiga no se sintiera mal por lo que dijo aquel hombre. — Aún así, no lo podréis recordar con claridad, porque erais muy pequeñas. Vuestro padre seguramente habrá deformado gran parte de esa historia que nos contó en el coche a su favor. —

Eso creía firmemente Malan, ya que había muchas cosas que no parecían encajar en su narración. Además de que él ya había demostrado antes lo que sus palabras no eran de fiar. Por su parte, Alex añadió esto:

— Yo ya no sé en qué pensar. —

Y con esto dicho, el silencio volvió a la cueva. Martha terminó de hacer la honda y la probó, tirando una piedra. Comprobó su eficacia y empezó a llenar la mochila de piedras. Alex dio varios bostezos, mientras seguía vigilando el lugar. Entonces, se oyó un disparo lejano que las alarmó.

— ¡¿Q-qué, qué ocurre!? — Gritaba Sanae, mientras ella se despertaba sobresaltada. Luego, se dio cuenta de su hermana no tenía la parte de arriba y le preguntó: — ¡¿Qué haces media-desnuda!? —

— No hay tiempo para preguntas…— Le respondió Alex, mientras observaba hacia al exterior muy aterrada. — Papá está cerca. —

Luego, ella cogió la parte de arriba que le había dejado a su hermana Sanae para que lo usara como manta y se lo puso. Malan, que cogió el arma y la mochila, observó hacia al exterior en busca de alguna señal misteriosa:

— Aún está en el bosque. — Concluyó, mientras oía a los pájaros volar despavoridos. — Seguro que ha disparado para asustarnos y que salgamos de nuestro escondite. —

— ¿¡Él ya sabe dónde estamos!? — Le preguntaron al unísono las gemelas.

— No lo sé, la verdad es que no lo sé. Habrá que esperar un poco. — Les respondía nerviosamente Malan. Luego, dijo esto: — ¡Tenemos que apagar el fuego! — Y las gemelas lo apagaron.

Martha Malan no dejaba de observar el bosque en busca de alguna señal que le podría indicar la posición del padre de las gemelas, a pesar de la oscuridad reinante. Entonces, vio una débil luz entre aquel enorme mar de árboles y no tenía duda. Era de una linterna, que era portaba por la persona que quería matarlas. Tuvo que decirles a sus amigas que era él, su padre.

— ¡¿Y qué haremos!? — Preguntó desesperadamente Sanae y Malan le respondió esto:

— Creo que lo mejor será esperar y a rezar para que no se acerqué. —

Y entonces escucharon una horrible voz que parecía ser lejana, cuyo eco llegaba a su oídos. No había duda era del padre de las gemelas:

— ¿Os creísteis muy listas, no? Pues, lo siento mucho, pero sé que estáis cerca, ¡Vuestras huellas os delata! ¡Seguid escondidas, no pasa nada, porque os encontraré! — Y terminó la frase con una risa psicópata.

— ¡Maldición, nuestras huellas! ¡No me había dado cuenta de eso! — Se maldijo Malan, que no creía que él sería capaz de localizar las pisadas que dejaron sus pies desnudos en mitad de la oscuridad.

— ¡¿Y ahora qué haremos!? — Les preguntó Sanae, que parecía que iba a tener un ataque de pánico. — ¡Papá nos encontrará y nos matará! —

Sanae estaba temblando de puro terror y de nerviosismo, mientras lanzaba un sudor frio. A punto de llorar y de caer al suelo porque los pies no les sostenían, su hermana tuvo que tranquilarla:

— ¡No te preocupes, Sanae! ¡Yo te protegeré, no haré que te pasa nada, absolutamente nada! — Le dio un abrazo muy fuerte, mientras juntaba su frente con la de su hermana. — No dejaré que mueras, por nada del mundo. Sin ti, yo no sería nada. Me quedaría sola y abandonada en el mundo. Por eso, te lo garantizo, ¡saldremos las tres vivas de esto! —

Sanae gritó su nombre, tras oír esas palabras; y rompió a llorar, mientras abrazaba fuertemente a su querida hermana.

No dejaba de gritar que tenía mucho miedo, que no quería morir, ni ella ni su hermana ni a Malan, a la vez que ponía su rostro lloroso sobre el pecho de Alex, la cual no dejaba de decirle palabras dulces. La africana se quedó mirándolas, observando con mucha ternura lo afectuosas que llegaba a ser aquella relación que mantenían aquellas chicas que crecieron en el mismo útero. Cuando Sanae se pudo tranquilizar, su gemela, con una mirada seria, le dijo a Martha:

— No podemos escondernos todo el día ni huir de él todo el rato, al final llegará a nosotras y nos esconderá…—

— Tienes razón. — Añadió Malan, muy pensativa. — Pero no nos podemos enfrentar cara a cara con tu padre. —

Después de todo, él era un adulto y ellas eran unas niñas, aunque fueran tres; tenía un arma de fuego y ellas una simple honda y nada más. Tenían grandes desventajas y pocas posibilidades de sobrevivir. Entonces, Alex, comportándose como si fuera una especie de estratega, les soltó esto:

— Por eso mismo, se me ha ocurrido un plan. —

FIN DE LA OCTAVA PARTE

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