Centésima decimocuarta historia

Delirio paternal: Última parte, centésima decimacuarta historia

En lo más profundo del bosque se encontraba ese hombre llamado Roman Pilsudki, buscando entre la maleza y los árboles algún tipo de rastro, como si fuera un cazador que perseguía a su presa. En realidad, eso era lo que él estaba haciendo. Sus presas no eran simples animales, sino personas, que no eran nada más ni nada menos que sus propias hijas y su amiga, unas pobres niñas que decidió ejecutar por motivos estúpidos y fuera de toda lógica. Fastidiado por llegar más de dos o más horas buscándolas, aquel monstruo no dejaba de soltar insultos y de exigirles a gritos que saliesen de su escondite. Llegó al punto de desperdiciar una bala con la intención de asustarlas y provocar que saliesen corriendo como ciervos asustados.

— ¿Os creísteis muy listas, no? Pues, lo siento mucho, pero sé que estáis cerca, ¡Vuestras huellas os delata! ¡Seguid escondidas, no pasa nada, porque os encontraré! —

Eso dijo él, después de disparar aquella bala; y luego soltó unas risas muy aterradoras. Y al pasar quince minutos, Roman no vio ninguna reacción, aún no las había encontrado.

— ¡Mierda, ¿por qué no salen de una puta vez?! — Comentaba, muy molesto. — ¡¿Por qué me tienen que obligar a buscarlas!? —

Gracias a las pocas huellas que ellas dejaron en su precipitada carrera, él pudo suponer que se fueron al sur y poquito a poco se acercaba hacia la cueva en dónde ellas tres se escondieron. Aún así, estaba de muy mala leche, tener que buscar sus rastros en medio de la noche, a pesar de que tenía una linterna, le ponía de los nervios.

Y estaba tan absorto en buscar cualquier huella de niña en el suelo que ignoraba que él estaba siendo observado desde unos pocos minutos.

Entonces, ahí fue cuando una de esas personas se mostró y le dijo esto:

— ¡Ya puedes dejar de buscar, papá! ¡Aquí estoy! —

El padre, que estaba agachado en el suelo, se levantó y observó como su hija Aleksandra se interpuso en medio de su camino, intentando mostrarse desafiante y valiente, aunque se le notaba el miedo que le tenía, ya que temblaba como un flan. Éste rió siniestramente, antes de hablar:

— ¡No sé si eres realmente estúpida o valiente…! Pero me alegro de que hayas aparecido, así puedo matar a alguien. —

Sanae no dijo nada, solo estaba observándolo, mientras recordaba lo que habían acordado antes:
— ¡Es un plan estúpido y suicida! ¡Papá te matará al momento! — Le gritó Sanae a Alex, tras escuchar el plan que ella decidió hacer. Le horrorizó, ya que su querida hermana iba a ponerse en peligro.

— Es verdad, es bastante arriesgado… No podemos dejar que actúes como cebo. — Y Malan le dio la razón a Sanae. Era un plan decente, pero quería evitar riesgos innecesarios.

— Yo, la verdad… — Las replicó con muchísima duda. — Sé que es una locura y una tontería, quizás…— Ni ella misma confiaba que saliera bien. — Aún así, creo que es nuestra última oportunidad. Por alguna razón, sé que papá no me matará de repente. —

Hubo varios momentos en que su padre perdió el tiempo o cometió errores tan tontos que parecían haber sido a consciencia, como si una parte de él se negaba a matarlas. Con esa débil certeza, ella pensaba que podría salir ilesa. Aún cuando el padre de las gemelas perdiera un minuto o dos, armándose de crueldad para darle una bala en la cabeza; tenía tiempo para sobrevivir.

— La otra vez, cuando entró en el cuarto a apuñalarnos, perdió un tiempo muy valioso. También cuando estábamos en el coche y escapamos de esa forma tan tonta…— Malan se también se dio cuenta de eso. — Pero, no podemos garantizar que haga lo mismo por tercera vez. —

Al ver que no podría convencer a Sanae y a Malan, Alex, que creían que no tenían más oportunidad, salió corriendo hacia dónde estaba su padre.

A pesar de que intentaba creer que podría sobrevivir y de su miedo a morir, a dejar sola a la persona que más quería en este mundo; en su interior crecía poquito a poco una especie de sentimiento que ella apenas entendía, que le decía que tenía que hacerlo, era su deber como hermana, y como amiga.

Si con ella como cebo, aunque cuando resultase herida o muriese, podría salvar la vida de Sanae, no le importaría. Tampoco con Malan, que con ella tenía una gran deuda. Decidió ponerse en peligro, ir a la boca del lobo, solo para poder salvarlas. Y eso hizo, evito que las hubieran acuchillados mientras dormían tranquilamente en la cama. Sin la africana, a pesar de que no pudieron escapar, estarían muertas.

Aún así, sabía que no debía morir. Sanae la necesitaba, le prometió que iban a estar juntas siempre. Todo el esfuerzo de Martha sería en vano. Le daría un gran disgusto a su jefa. Josefina y las demás se deprimirían.

— Entonces, ¡vamos a demostrarlo! — Eso les gritó a las otras dos, totalmente decidida a acabar con esta pesadilla.

Sanae le dijo que no lo hiciera y Malan que se detuviera. Al ver que no tenían más remedio que comenzar con su alocado plan, la empezaron a seguir.

El padre, tras ver su sepulcral silencio, siguió hablando de forma altanera:

— Y bueno, ¡¿has venido aquí a detenerme o dejarte morir, mientras dejas que las otras dos se escapen!? Eso es muy noble de tu parte, pero será en vano. Morirás como un perro, completamente sola…— Entonces, alguien le interrumpió.

— Ni una mierda…— Era Sanae, quién salió de entre los árboles y cogió de la mano a su hermana y miró hacia su padre. — Alex no morirá sola, si lo hace será junto a mí. —

— ¡¿Por qué!? — Preguntó consternada Alex. Su plan era que ella fuera el cebo, no que su hermana se le uniera.

— Tú lo prometiste, íbamos a estar juntas como siempre. — Le respondió con lágrimas en los ojos. — Hasta que la muerte nos separe. No, estaremos juntas hasta después de morir. —

Emocionada por las palabras de su hermana, Alex movió afirmativamente la cabeza, mientras empezaba a llorar sin parar. Éstas se miraron la una a la otra durante varios segundos, decidiendo con la mirada que iban a hacer.

— ¡Papá, es tu última oportunidad! — Entonces, le dijeron al unísono estas palabras.

— Sabemos que lo has pasado muy mal, que no pudiste soportar el peso que te pusieron. No sabemos qué es lo que realmente te ha pasado ni de cómo perdiste la cabeza, pero nosotras hemos intentando no huir de ti, de soportar algo que no entendíamos y que era demasiado para unas niñas. Al final, fue demasiado, te volviste de un padre amoroso y amable a un loco que podría acabar con nuestras vidas. —

Dieron una pequeña pausa para ver si su padre reaccionaba. Éste no dijo nada y ellas continuaron:

— Pudimos aguantar mucho tiempo, porque eras nuestro padre, porque te queríamos y éramos una familia. Y después de todo lo que hemos pasado, no podemos odiarte, porque lo sigues siendo… —

Entonces, le gritaron esto, apelando desesperadamente al padre que ellas tuvieron una vez, a los restos de cordura que quedaban dentro de aquel loco llamado Roman Pilsudki:

— ¡Por eso, te pedimos, te rogamos, que pares esta locura! —

Aquel grito se oyó por todo el bosque y como un débil eco en las montañas más próximas, y dejó al padre de las gemelas sin hablar, con la boca abierta y con los ojos abiertos como platos. Esas palabras lo paralizaron, lo dejaron en blanco; como si hubieran atravesado a su podrido corazón como si fuera una bala. Las gemelas rezaban fuertemente, mientras seguían cogiéndose de la mano, apretándolos con más fuerza que nunca, como si estuvieran pidiendo un deseo a una estrella. Pasó varios segundos, hasta que él pudo reaccionar.

Puso una sonrisa enferma, para luego reír monstruosamente. Las gemelas, con un rostro lleno de horror y de tristeza, supieron que no podrían hacer nada por él. Hace tiempo que su padre murió, ese solo era un monstruo que llevaba su cuerpo:

— ¡¿Os creísteis que me vamos a ablandar con esas tonterías!? — Gritaba de forma perversa y burlona, mientras cogía la pistola, decidido a hacer una locura. — Os tengo que matar, es la única manera…—

Entonces, mientras se ponía en posición para dispararlas, algo chocó contra él y le tiró al suelo de forma muy violenta, destrozándole el hombro con el sostenía la pistola. Dio grandísimos gritos de dolor, mientras comprobaba como el hombro le sangraba por la herida que le dejo aquel artefacto, que era solamente una piedra.

Entonces, giró la cabeza hacia atrás y la vio:

— ¡¿Qué decías, qué tenías que matar a tus hijas!? — Alguien le soltó esto, con una sonrisa desafiante. — Si es así, entonces tendré que detenerlo, señor Pilsudki. —
Era Martha Malan y llevaba la honda que había preparado con sus propias manos. Con él, lanzó una piedra que salvó a las gemelas, y ella se estaba preparando para lanzar otra hacia al padre de las gemelas.

Y este era otra fase del plan que se le ocurrió a Alex. Ésta no iba a aparecer delante de su padre a ejercer de cebo, así como así. Era una distracción para que Malan se pusiera detrás del padre y ésta le atacará con piedras. Parecía que todo estaba funcionando como lo habían planeado.

— ¡Serás hija de puta, maldita niñata insolente! — Le gritó muy enfurecido Roman, mientras intentaba llegar a la pistola, que estaba a medio metro de él.

Malan tiró otra piedra a la velocidad del rayo con la intención de alcanzar la pistola y que ésta se rompiera o, por lo menos, se alejará. Al ver que falló y el padre pudo coger la pistola, ella les gritó a las gemelas:

— ¡Chicas, escondeos, rápido! — Y éstas le hicieron caso, escondiéndose detrás de unos árboles lo más rápido posible.

Martha perdió el tiempo en coger otra piedra y lanzárselo al padre, el cual se levantó del suelo y la disparó. La bala salió volando hacia la cabeza de la africana, mientras ésta se tiraba al suelo. La piedra se dirigía hacia la frente de Roman, quién apenas pudo soportar el retroceso del arma. Iba a caer al suelo, pero se mantuvo en pie, mientras se lastimaba aún más el hombro. Esa fue su perdición. Las gemelas gritaron de horror, porque creyeron que habían alcanzado a su amiga.

La bala literalmente la pasó por los pelos, sin sufrir daño alguno; mientras chocaba contra el suelo y caía sobre la maleza. Sin embargo, Roman no tuvo tanta suerte. La piedra chocó contra su cabeza y lo tiró contra al suelo, provocándole la segunda herida que tenía en esa parte del cuerpo en aquella noche; mientras gritaba de dolor.
Las gemelas estaban paralizadas, creyendo que Martha murió, pero ésta se levantó, incapaz de creerse de haber salido viva. Lo primero que dijo fue gritarles esto:

— ¡Coged la pistola, rápido! ¡Antes de que se levante! —

Gracias a eso, pudieron salir de la parálisis y se acercaron a su padre. Alex cogió la pistola y la puso sobre él. Martha también se acercó con la honda preparada.

— ¡Papá, ya es momento de rendirse! — Le gritó Alex. — ¡Podemos matarte! —

— Nosotras no queremos ensuciar nuestras manos de sangre, ¿lo entiendes? Esto es cuestión de defensa propia. — Comentó Malan.

— No queríamos llegar a esto…— Añadía Sanae, llena de tristeza. — Por eso, ríndete. Si sigues en ese plan, no podemos tener más remedio que matarte. Y yo no quiero eso…—

Todo había terminado, ahora Roman estaba en desventaja. Si se resistía o decidía seguir su idea de matarlas, no tenían más remedio que convertirse en asesinas. Ninguna lo deseaba, sobre todo las gemelas, que querían a su padre, aunque estuviese tan loco para querer matarlas. Rezaban con todo su corazón para que él se rindiera de una vez, esperando su respuesta.

Tardó casi un minuto en reaccionar, mientras se tapaba con las manos la herida que le dejó aquella piedra, poniendo una cara de sufrimiento que desgarraba a las gemelas, las cuales intentaba mostrarse fuertes.

Entonces, empezó a gritar como loco, diciendo una y otra vez lo mucho que le dolía la cabeza. Y empezó a salir lágrimas en sus ojos.

— ¡¿Por qué!? ¡Duele mucho! ¡¿Por qué, por qué!? ¡¿Qué son todos estos recuerdos…!? ¡Son horribles,…! ¡Duelen, estos recuerdos…! —

— ¡¿Qué te ocurre, papá!? — Le gritaron muy asustadas las gemelas.

— Es tan gracioso, muy gracioso…— Y empezó a reírse. — ¡¿Por qué, por qué hice eso!? — Con una expresión llena de dolor y horror. — ¡¿Por qué maté a mi mujer, por qué!? —

— Espera, ¿¡qué!? — Las gemelas, horrorizadas, apenas comprendían nada.

— Ya lo recuerdo todo… No, siempre lo supe… — Miles de toneladas de información torturaban su cabeza. — Yo fui el que puse la bomba, yo fui el que motivara a mis hijas a jugar con el mando a distancia del coche, que ella las matará, porque no me atrevía…—

El hecho de oír de que su padre les confesará que, en realidad, él fue quien ideó el atentando e usar a sus propias hijas para matar a su madre, destrozó los corazones de Sanae y Alex.

— No puede ser verdad…— Comenta incrédula Sanae. Alex añadió, llena de furia: — Y luego, tú nos hechas en cara que fuimos nosotras… —

Y casi iba a apretar el gatillo, incapaz de controlar su rabia y odio; pero Malan la detuvo, diciéndole que no hiciera una locura.

— Yo la amaba, de verdad. La quería tanto…— Reía amargamente. — Eso me pregunto yo. Eso me pregunto yo…— Se puso las manos en la cabeza, mientras ponía cara de psicópata. — pero fueron órdenes… de la CIA…—

— ¡¿Cómo que órdenes!? — Ya no sabían si perdió definitivamente la razón o la piedra le traumó tanto que le hizo ver la verdad.

— Supongo que no lo sabéis, pero no hay nada más horribles y enfermo en este mundo que las agencias de inteligencia. Los espías somos muñecos de usar y tirar, personajes que solo pueden estar en la sombra y solitarios. Yo me uní por desesperación. Creía que solo iban a robar y pasar información de mafias y organizaciones malignas. Pero fui usado, engañaba y me aliaba con mafiosos y otros monstruos, para provocar monstruosidades en todas partes de Europa del Este y Oriente Medio, por presuntos intereses de unos pocos, que ni siquiera eran de la nación. Mis malditos superiores creaban y se montaban operaciones sucias de todo tipo para hundir países y regiones solo por motivos económicos. A veces, ni eso, necesitaban crear problemas para justificar su propia existencia. Yo tenía que participar, marcharme las manos una y otra vez. Era vomitivo. No sé cómo aguante, pero todo llegó a tener su sentido cuando la conocí en una misión… —

— ¡¿A nuestra madre!? — Gritaron las gemelas. Éste no dijo nada, ya que era bien obvia la respuesta; y siguió hablando:

— Era inteligente, perspicaz, culta, adorable, con una fuerza de voluntad de hierro. Además de que era muy buena en la…— Cambió de tema, aunque las chicas sabían exactamente a qué se refería. Se pusieron rojas. — Bueno, eso no importa. Nos juntamos en varias misiones y nos enamoramos. Ya sabeís, nosotros estuvimos mucho tiempo juntos, nos hicimos novios y nos casamos…Y tuvimos adorables hijas. Aún así, seguimos trabajando para nuestras agencias de inteligencia, hasta que un buen día…— Mostró un gesto de puro dolor, al recordarlo. — Ella había descubierto los trapos sucios de varias organizaciones, entre ellos, la suya y la mía; e iba a sacarlo todo a la luz. Iba a crear un escándalo que podría afectar a todo occidente, así que me obligaron a hacerlo…— Todos recuerdos no paraban de hacerle daño. — Tenía que matarla, fuera lo que fuera, y si les desobedecían yo también me volvería una objetivo. No tuve más remedio. —

— Por eso, ser espía es horrible. Las agencias de inteligencia son una horda de enfermos que solo crean un mundo horrible. Es un estado dentro de un estado que destruye todo lo que toca. Naciones, personas, vidas…—

Y volvió a reírse, después de levantarse del suelo y gritar esto:

— Son horribles, ¿¡por qué participe con ellos?! —

— Alex y Sanae, ¿¡por qué queréis ser espías!? — Luego, se dirigió hacia ellas, que apenas pudieron reaccionar. — Vosotras, estáis locas…—

Malan quiso replicarle que no era la persona más adecuada para eso, pero no dijo nada, intenta seguir escuchando lo que estaba diciendo.

— Os dije que mi excusa para mataros era por qué asesinasteis era vuestra madre, ¿no? Era mentira, como todo lo que dije…—

Dio una pequeña pausa, para soltar un suspiro de fastidio, mientras se limpiaba las lágrimas. Luego, continuó:

— ¿¡Por qué quería mataros!? ¡¿Es por qué yo tenía miedo de vosotras, al querer ser espías como yo!? ¿¡Es por qué eráis mi propia sangre, el de un asesino, creyendo que así podría purgar por todas las cosas que hice!? ¡Yo, ahora, no lo sé! Ni siquiera entiendo por qué lo odio todo y deseo matar todo lo que pueda. — Por primera vez en mucho tiempo, sentía una especie de liberación y se dio cuenta de lo que era. — ¡¿Cuándo me convertí en esto!? ¡¿Cómo empecé a ser un psicópata, que solo deseaba matar a gente, ya sea montando un suicidio colectivo en una secta o eliminar a punta de pistola a mis propias hijas!? —

Ni él mismo entendía lo que le pasaba, era como si esos sentimientos de odio y de rabia hacia todo lo que quería quemar habían desaparecido de golpe.

— Papá…— Para ellas, era como si su padre, el verdadero; había vuelto de su encierro. — Nosotras…— E iban a decirle algo, pero las interrumpió:

— ¡Odiarme, yo lo llevo hace tiempo! — Esa era la única certeza que tenía, él se volvió en un ser horrendo, que perdió la cordura hace tiempo. ¿Fue por la depresión que le causo la muerte de su esposa, la culpabilidad de haberla matado o el deseo de sus hijas por ser espías? ¿O todos a la vez? No lo sabía, pero entendía muy bien que hizo mucho mal al mundo.

— Has hecho cosas horribles, pero sigues nuestro padre…— A pesar de todo, las gemelas tenían la esperanza. — Aún así, a pesar de todo, no podemos…—
Tenían la esperanza de que pudieran ser una familia de nuevo, de que su padre, que pudo escapar de la demencia, podría volver el de siempre. De poder superar esta horrible pesadilla que tuvieron con él. Después de todo, aún cuando él mató a su madre, intentó provocar un suicidio colectivo e intentó asesinarlas querían perdonarlo, aunque pensaba que tenía que pagar por sus crímenes o ir al manicomio.
Pero él las interrumpió drásticamente, diciendo esto con una voz amarga y desoladora:

— Lo siento mucho, pero ya he hecho demasiado daño. No es seguro que sigan estando conmigo. Saben, no solo quería matarlos, también deseaba suicidarme. Mi plan, desde el principio, también era acabar conmigo mismo. Y es lo que haré. —
— ¡¿Papá!? — Gritaron las gemelas. — ¿¡Qué vas a ha…!? —

Ni siquiera tuvieron tiempo para poder reaccionar a tiempo, él sacó una pistola, mostrando que tenía dos en realidad; y se pegó un tiro en la cabeza con total frialdad. La bala atravesó la cabeza y el cuerpo sin vida cayó al suelo.

Alex y Sanae, que fueron salpicadas por la sangre de su padre, dieron un fuerte grito de horror que se oyó por todo el bosque. Luego, empezaron a decir su nombre una y otra vez, con la falsa esperanza de que siguiera vivo, mientras lloraban desesperadamente. Malan, sobrecogida por la escena, no pudo sostenerse y cayó al suelo, mientras se ponía a vomitar. No importaba cuanto intentaban creer las hijas que se pudiera salvar, la realidad es que había fallecido. Roman Pilsudki se suicidó en pleno amanecer, delante de los ojos de unas pobres niñas.

Dos horas más tarde, la policía llegó al lugar, junto a una ambulancia que vino para darles asistencia médica a las niñas. Estaban en el mismo claro dónde Roman dejó el coche. Fueron llamados gracias al móvil de éste, que Martha encontró dentro del coche, evitando que tuvieran que recorrer un largo camino hacia la civilización, ya que apenas podrían andar, después de todo lo que había pasado.

Y ellas se encontraban dentro de la ambulancia, sentadas en cada lado del automóvil y con mantas. Pasó unos pocos minutos desde que un psicólogo habló con las chicas. Había un silencio bastante incómodo, ya que ninguna estaba en condiciones de hablar.

Martha Malan no dejaba de mirar de reojo a las pobres gemelas. Con una expresión triste, se sentía muy preocupada por sus amigas. A diferencia de ella, que intentaba desesperadamente olvidar aquella escena que vivió, cuya mente no dejaba de recordárselo y le provocaba más que horror y ganas de vomitar; Alex y Sanae parecían no tener vida, como si se hubieran vuelto unas muñecas. El choque que les causó la muerte de su padre obviamente fue muy fuerte para ellas. Apenas reaccionaban y hablaban, solo miraban cabizbajas al suelo, mientras se sostenían fuertemente las manos. Si no fuera por la africana, que las cogió de las manos y se las llevó, sin que estás mostrarán resistencia; seguirían abrazadas ante el cuerpo inerte de su padre.
Se sentía muy enfadada por cómo habían terminado las cosas y no dejaba de preguntarse si hubiera podido haber evitado esta fastidiosa situación. Se preguntaba sin parar qué hubiera hecho Mao en su lugar, que haría él para poder consolar a las gemelas; porque se sentía incapaz de hacerlo. Por lo menos, consiguió haber protegido a Alex y Sanae, tal y cómo le prometió.

Entonces, ella escuchó a alguien gritar su nombre. La reconoció enseguida, era su madre que corría como una condenada hacia su preciosa hija.

— ¡Martha, Martha! ¡Gracias a Dios qué estés bien! ¡Oh, no me vueltas a dar ese susto otra vez, jamás de los jamases! —

Saltó sobre ella y la abrazó con todas sus fuerzas, mientras lloraba como un bebé.

— ¡Menos mal! — Y su padre también estaba, dando un gran suspiro de alivio y felicidad al verla sana y salva. También lloraba a mares. — ¡Estás bien! —

Martha no sabía cómo explicarles los que les paso. Ella solo les dijo que iba a pasar unos cuantos días en la casa de unas amigas. No se atrevía que, en realidad, tenía la sospecha de que el padre de las gemelas iba a matar a sus propias hijas y ella intentó evitarlo, poniéndose en peligro. El problema no era que la historia fuera absurda, sino que a sus padres les daría un gran infarto si se los contará. Aún no se sentía preparada para decírselos.

— Papá, mamá, yo…— Intentó decirlo. — ¡Lo siento mucho, de verdad! ¡Yo no quería preocuparos! ¡Ha sido horrible, realmente horrible! ¡H-he, pasado muchísimo miedo! ¡Creía que iba a morir!—

Pero, al recordar todo lo que sufrió y todo el miedo que pasó, ella no pudo evitar ponerse a llorar, mientras abrazaba fuertemente a su madre. Fue demasiada fuerte durante toda aquella noche, a pesar de todo; pero aquella fortaleza tenía un límite y se rompió. Después de todo, seguía siendo una niña, a pesar de su madurez y sangre fría.

Y aquel llanto desgarrador, que no dejaba de pedirles perdón a sus padres por haberles preocupado de esta manera; hicieron reaccionar a las gemelas, las hizo volver a la realidad.

— ¡¿Podrías explicarnos lo qué ha pasado!? — Le preguntó su padre, con mucha seriedad, como si se preparaba para regañarla. — ¡Tú jamás nos has dado un disgusto, no entiendo cómo has terminado así…! —

Y eso que no sabía que ella ha pasado por un montón de cosas que podrían darles más de un disgusto, pero ella era una experta en ocultarles cosas a sus padres.
Entonces, las gemelas intervinieron, para ayudar a Martha Malan:

— ¡No la regañen! — Le decían al padre. — ¡Ellas nos salvó! ¡Es nuestra culpa! ¡Solo nuestra! —

— ¡¿Chicas!? — Decía una Martha algo sorprendida, al ver que ellas pudieron volver del choque emocional.

— ¡Vuestra hija es una heroína! — Gritaban al unísono. — ¡Sí, una de verdad! —

— ¡Ella fue increíble! — Intentando actuar muy enérgicas, apenas de lo deprimidas que estaban. — ¡Deberían estar muy orgullosos de ella! —

— Creo que están exagerando…— Les replicó, mientras se limpiaba las lágrimas.
Después de todo, ella no podría tener todo el crédito. Las tres colaboraron e hicieron todo lo posible para poder sobrevivir a aquella pesadilla.

— ¡Es la pura verdad! — Gritaron fuertemente. — ¡De la buena! —

— Si lo decís, entonces, es verdad. — Eso les decía amablemente a las amigas de Malan. — No, la regañaré, os lo prometo. Aunque quiero que me expliqué todo lo ocurrido y darles unos cuantos consejos para que no se ponga en peligro inútilmente. —

— ¡¿Eso quieren decir que la van a regañar…!? — Protestaron las gemelas, ya que dejaba claro que iba a regañar de forma muy sutil.

— No importa, yo asumí los riesgos…— Les respondió Martha Malan, mostrándose muy confiada. — Los soportaré. —

— ¡Pues, yo también te voy a regañar como Dios manda! — Gritaba la madre de Malan, muy enfadada. — ¡Darle estos sustos a tu madre debería estar prohibido, ahora más que estoy embarazada! —

Las tres niñas se quedaron de piedra al oír lo último que dijo la madre, algo que no esperaban para nada. Al unísono, gritaron:

— ¡¿Estás embarazada!? —

En definitiva, Martha Malan iba a tener una hermanita, ¿qué mejor noticia se podría traer después de la muerte de alguien que una nueva vida?

FIN

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