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14 de Febrero, centésima decimoquinta historia

Mientras la nieve caía y se acumulaba en las calles de Springfield, Martha Malan, llevando un enorme abrigo de cuero; se dirigía velozmente hacia la casa de Mao. Al llegar al parque que estaba cerca, se encontró con Josefina, que le saludaba animadamente. Tras el saludo, ellas empezaron a charlar:

— ¡Q-qué f-frío hace, y eso que la tele decía que iba a subir un poco la maldita temperatura! — Protestaba Josefina, que, a pesar de llevar un grueso abrigo, tiritaba de frío.

— Eso no debería importarnos mucho, ya que vamos a estar todo el día en casa de Mao. — La mexicana le dio la razón a su amiga y luego añadió alegremente, con una gran sonrisa, mientras recordaba lo calentito que era el hogar del chino:

— Y además, vamos a estar en la cocina… —

Malan sonrió también, diciéndole que era verdad. Había una razón especial para que en aquel día decidieran estar en la cocina, algo que unos días atrás, igual de lluviosos que ahora; se gestó como una propuesta:

— Muy pronto será catorce de febrero, ¡y yo sin tener novio, qué pinche aburrimiento será el día de San Valentín! — Protestaba Josefina, mientras pataleaba como una niña pequeña.

Estaba acostada en el suelo del salón de la casa de Mao, junto con las demás, que le replicaron a su vez:

— Bueno, no eres la única. Este lugar está lleno de solteras. — Eso le dijeron las gemelas. — ¡Así que no te quejes, siempre puedes mandar cartas a tus amigas! — Josefa les dijo molesta que no era lo mismo.

— ¡¿Por cierto, dónde está Mao!? Llevo un rato sin escucharle…— Luego, Jovaka interrumpió la conversación, mientras daba pausa al videojuego que estaba jugando ella, junto con Diana, que protestó. Su pregunta provocó sorpresa en las chicas que le dijeron esto:

— ¡¿No te diste cuenta!? ¡Si hace unos cinco minutos que nos dijo que se iba a su cuarto, a tomar una siesta! — Jovaka se quedó algo boquiabierta, incapaz de creer que no se dio cuenta; mientras las demás empezaron a decirle de forma burlesca que eso le pasaba por estar enganchada a los videojuegos. Después de que la serbia las replicará, Alsancia atrajo la atención de Malan, tocándole un poco el hombro:

— ¿¡Qué quieres!? — Le preguntó Malan y la napolitana le dijo, utilizando el lenguaje de los signos; si había notado algo raro en Mao últimamente.

Empezaba a darse cuenta de que él estaba más vago, menos animado de que costumbre, también se echaba muchas siestas y a veces se le notaba muy deprimido. Y sin saber si su intuición estaba en lo correcto o no, se lo preguntó a Malan, que era bastante más lista que ella. La africana se quedó pensando, si darle la razón o no, porque sabía muy bien lo que le pasaba al chino.

Al final, Martha le respondió: — Tienes razón Alsancia, está bastante raro últimamente…— Y la italiana, con algo de pena, añadió que le gustaría animarlo, algo que también quería la africana. Ella empezó a pensar un poco sobre cómo podrían darle ánimos, aunque fuera un poquito.

Entonces, a Malan se le ocurrió una idea y se levantó del suelo de dónde estaba sentada y les dijo esto: — ¡Chicas, tengo un plan para el día de San Valentín! —

Y así llegamos a un día antes de San Valentín, en dónde toda la tropa se iba a reunir para preparar el plan que se le había ocurrido a Malan.

Tras entrar al barrio de Mao y cruzar algunas callejuelas, se encontraron con Alex, Sanae y Alsancia, transportando un montón de bolsas. Josefina y Malan la saludaron y se acercaron a ellas:

— ¡Oh, cuántas cosas lleváis! — Soltó Josefina, algo sorprendida.

— Pues sí, y pesan una barbaridad. — Le dijo Sanae, mientras le mostraba lo que llevaban. Luego, Alex añadió eufóricamente: — De esto, haremos un gran pastel de bizcocho. —

Después de todo, lo que habían planeado las chicas era simplemente un simple pastel de bizcocho y chocolate para Mao, para dárselo como regalo el día de San Valentín.
Mientras Malan obligaba a Alsancia que le diera las bolsas que llevaba, porque apenas podría sostenerlas, pero no quería soltarlos, no deseaba mostrar que ni siquiera podría llevar las compras; las gemelas empezaron a hablarle a Josefina de todos los ingredientes que compraron.

El viento helador y los copos de nieve que caían delicadamente sobre ellas, le hicieron recordar que tenían que volver a la casa de Mao y empezaron a moverse. Al llegar, pegaron en la puerta y las abrió Diana que las recibió con un animado saludo. Después, las gemelas le preguntaron esto:

— ¡¿Ya se han llevado a Mao de compras!? — Lo decían en voz baja, por si éste seguía en la casa y descubriera la sorpresa que le querían preparar.

— Sí, mamá se llevó a Mao y al tito Leonardo. — Les respondió.
Le contaron a Clementina lo que querían hacer, para que se llevara a Mao mientras ellas hacían el bizcocho; y ésta, bastante conmovida con el gesto, no se negó y se lo llevó de compras, junto con su primo. Aunque su gerente se resistió un poco, porque no tenía ganas de moverse y salir en un día tan frio.

— ¡¿Entonces, has estado sola, Diana!? — Gritó Josefina, que casi le dio algo al escuchar eso. Ya que veía a Diana como una hermana pequeña y se tomaba su papel muy enserio, llegando a ser algo sobre protectora y pesada, pues eso la asustó muchísimo.

— No, Jova está aquí. — Hablaba de Jovaka, quién estaba en el salón, esperándola. — Estoy a punto de dellotarla en un juego. —

Eso no tranquilizó a Josefina, añadiendo esto: — ¿¡Jovaka!? Eso es como dejarle cuidar la casa a una niña de tres años. —

Jovaka, que lo oyó desde el salón, se molestó mucho con ese comentario, pero no dijo nada.

A continuación, las chicas entraron muy animadas a la casa, dejando atrás el frio del crudo invierno para sentir la calidez del hogar.

— ¡Ay, qué calentito! — Exclamaban las gemelas al unísono, mientras se metían en el kotatsu; Josefa, que hizo lo mismo, añadía: — ¡Dios bendiga a Mao y a los chinos por crear esta cosa! —

Malan le quería explicar a la mexicana que eso era algo japonés, no chino, pero era más prioritario decirles esto a las que se sentaron.

— ¡¿Chicas, no deberíamos empezar ahora mismo!? Ya tendremos tiempo para calentarnos ahí. — Le replicaron a Malan, protestando y pidiéndola que le dieran unos cinco minutos para calentarse el cuerpo.

— Entonces, empezaremos nosotras primero. — Les decía Martha Malan, mientras se iba a la cocina, llevándose a Alsancia con ella; y con Diana gritando alegremente que iba a acompañarlas.

Al ver que no iban a esperarlas, las gemelas y Josefa decían: — ¡Espera, espera, Malan! ¡No empiecen sin nosotras! — Salieron del kotatsu y se fueron a la cocina a toda velocidad, como Martha había planeado; mientras Jovaka las observaba, con una cara que mostraba que algo le molestaba.

Ya en la cocina, Malan sacó su tablet y empezó a buscar la receta de la tarta de bizcocho que iban a hacer, mientras las demás se le acercaban y miraban su búsqueda, preguntando impacientemente qué deberían hacer para empezar. No todas, Diana se dedica a sacar las cosas de las bolsas.

Primero sacó los huevos con poca delicadeza, aunque ninguno se rompió, por suerte; después unos limones y un paquete de mantequilla. Entonces, se encontró con algo que le pareció extraño, aunque familiar:

— ¡¿Pol cielto, qué es esto!? — Y se lo preguntó a las mayores, mientras lo sacaba para enseñárselos.

— Es azúcar glas. — Eso les respondió Malan.

Diana se quedó maravillada ante el hecho de encontrar algo que parecía azúcar, pero que no lo era de verdad. Más bien, creyó encontrar una versión superior de ésta y empezó a buscar otras cosas que ella no conocía.

— ¡¿Y esto!? — Sacó otro pequeño saco y se los preguntó a las demás.

— Es bien obvio, Diana. Es harina. — Le respondió Josefina, actuando como si fuera una sabionda, algo que le causó gracia a las demás.

Diana siguió con lo suyo, sacando una bolsa transparente que traía algo que le dejó muda. Parecía carne, pero no lo era. Tras observarlo asombrada por unos segundos, preguntó otra vez: — ¡¿Y esto!? —

— Pues es atún. — Eso le respondieron las gemelas al unísono, antes de seguir con lo que estaba haciendo.

Entonces, el resto se dio cuenta de que había algo raro.

— Espera, un momento…— Josefina le replicó a las gemelas. — ¿¡Por qué habéis comprado carne de atún!? ¡No nos sirve para el bizcocho! —

Tanto Alsancia, que se quedó muy sorprendida, ya que no se había dado cuenta de que habían comprado algo así; como Malan, que no le dio tiempo a formular la pregunta, también se preguntaban lo mismo.

— Pues, verán…— Rieron nerviosamente, antes de continuar. — ¡Estaban de oferta, pero no una cualquiera, sino una súper oferta! —

Estaban justificando un impulso consumista que tuvieron y ellas se dieron cuenta de que habían enfadado un poco a las demás. Mientras sacaban otras excusas para no ser regañadas, Alsancia, avergonzada por no haberse dado cuenta de que ellas hubieran comprado tal cosa y detenerlas, intervino para que nadie se enfadara. Malan se acercó a Diana y sacó todo lo que faltaba. Ahí se dio cuenta de que faltaban cosas.

— ¡¿Y dónde están los yogures!? — Eso dijo Malan, tras comprobar una y otra vez que uno de los ingredientes esenciales no estaban en la bolsa.

— ¡¿No están ahí!? — Gritaron las gemelas, esperando que no hubieran metido la pata. Malan movió la cabeza negativamente y éstas se pusieron a buscar por su cuenta.
— ¡Al parecer, nos lo hemos olvidado…! — Al final, ellas tuvieron que reconocerlo. — ¡Lo sentimos mucho! —

— ¡Compran algo que no necesitamos y se olvidan de algo importante! ¡Deberían tener más cuidado! — Protestó Josefina. — Cada vez que me pasa algo así, mi madre se pone como una furia. — Terminó la frase con su suspiro de fastidio, añadiendo que no tenían remedio.

Alsacia, a su modo, también les pidió disculpas por el error que ellas cometieron. Malan intervino en tono reconciliador:

— No pasa nada, todos cometemos errores. Así que ahora debemos ir por los yogures. — Y las gemelas tuvieron que hacer los honores, yendo a la tienda de comestibles más cercanos para comprarlos.

Tras este pequeño contratiempo, ya estaban listas para empezar con la tarta de bizcocho. Las chicas se pusieron los delantales, solo porque necesitaban sentirse unas verdaderas cocineras, y consultaron lo primero que tenían que hacer. Malan observó su tablet de nuevo y las demás hicieron lo mismo, buscando el primero paso que había que dar.

— Lo primero que tenemos que hacer es cascar los huevos…— Eso soltó Malan tras leerlo, aunque no pudo terminar la frase, fue interrumpida por Diana.

— ¡¿Así!? — Ella cogió uno de los huevos que sacaron y lo iba a cascar contra el filo de la mesa de la cocina de forma violenta.

— ¡No, Diana! ¡No lo hagas! — Le gritaron las chicas, intentado detenerla, pero fue demasiado tarde. Ella cascó el huevo y lleno la mesa de yema.
Tuvieron que perder un poco de tiempo para explicarle a Diana lo que hizo mal, mientras limpiaban la mesa:

— ¡¿Entonces, hay que cascalo en esa cosa!? — Eso preguntó Diana, tras escuchar a Malan, quién le mostraba un bol gigante de cristal para dejarle claro cómo tenía que hacerlo.

— No exactamente. Solo tienes que provocarle una grieta en el huevo lo suficiente grande para separarlo con las manos y echar la yema dentro del recipiente. — E hizo una muestra para que la pequeña lo entendiera, algo que dejó a Diana muy sorprendida y asombrada.

Ésta repitió lo mismo dos veces, mientras les decía a las chicas muy feliz que lo estaba haciendo muy bien. No dejaban de darle la razón, mientras se derretían por la monosidad de la más pequeña de la casa. Después de eso, gritó que había terminado.
Diana estaba poniendo caras de sorpresa y de asombro, mientras observaba como Josefina, Malan, Alsancia y las gemelas estaban batiendo por turnos, echando todo lo necesario para forma la masa con la cual harían la tarta. Estaba tan concentrada viéndolas que eso empezaba a molestarlas:

— Me incómoda un poco que Diana no nos deje de mirar. — Le dijo Josefa en voz baja a Malan. — ¡¿Y si está molesta con nosotras!? —

Después de lo del huevo, Diana espero que alguien le mandara hacer algo, pero como nadie le decía nada, solo estaba observando. Aunque le entró la flojera y esperaba que nadie le dijera algo.

— Sí así fuera, estaría llorando. Solo nos quiere observar, nada más. — Le respondió Malan, mientras echaba la levadura a la masa.

— Aunque hay otra persona que nos está observando…— Entonces, las gemelas Alex y Sanae intervinieron, mientras señalaban hacia la puerta de la cocina. Malan, que dejó de batir, y Josefina miraron hacia esa dirección y lo vieron.

Era Jovaka que, tras percatarse de que le habían descubierto, se escondió de golpe. Las chicas no esperaban que le interesara lo que estaban haciendo, ya que decía que no tenía ganas de hacerlo ni le interesaban.

— ¡¿Qué haces ahí, Jovaka!? — Le preguntó Josefina.

Al ver que ya no podría disimular que no estaba, tuvo que mostrarse e intentó decirle alguna excusa para que no sospecharan.

— ¡¿Eh, yo!? Pues, bueno…— Pero su nerviosismo dejaba claro que estaba ocultando algo. — Nada en realidad, solo pasaba por aquí. Sí, eso es…—

Las chicas adivinaron rápidamente las razones por la cuales las estaban observando, poniendo una sonrisa traviesa. Malan le soltó esto:

— ¡¿Entonces, te interesa participar!? —

— ¡¿Yo!? No sé nada de hacer dulces, ni siquiera cocinar. Me parece muy aburrido y todo eso. — Dieron en el clavo y Jovaka se percató de que ya su cara era como un libro abierto, añadiendo esto: — ¡¿Se me nota, no!? —

Todas movieron afirmativamente la cabeza.

— B-bueno, la verdad es que y-yo…— Le costaba muchísimo decirles la verdad. — También…—

— ¡¿Quieres ayudarnos en hacer la tarta de bizcocho para dárselo como agradecimiento a Mao, no!? — Intervino Malan de nuevo.

— ¡Eso no es…! — Se sentía muy avergonzada. — ¡Sí, es verdad! —

Al ver la reacción de Jovaka, que mostraba una cara que pedía que la tierra la tragase, las chicas empezaron a reírse, ya que les parecía muy gracioso que ella le daba tanto corte decidí ayudarlas. Aunque Malan y Alsancia entendían un poco el porqué actuaba así, no pudieron evitar las risas.

— Bueno, sé que es gracioso y todo eso, pero, pero… ¿¡qué tengo que hacer!? — Añadió Jovaka algo molesta, mientras se acercaban a las chicas.

Las chicas se quedaron pensando en qué tarea podría ocupar Jovaka hasta que se acordaron de que aún no habían pelado el limón, ya que para hacer la receta tenían que rallarlo y usar su piel.

Después de que le explicaron lo que tenía que hacer, Jovaka no se sentía muy segura de poder hacerlo. Con un pelador de patatas en una mano y con un limón en la otra, se quedó en blanco, incapaz de entender cómo empezar.

— Pero yo no sé cómo hacer esto, ¿¡de verdad queréis que haga esto!? —Se puso muy nerviosa, además de que le parecía absurdo. — Además, ¿¡que tiene que ver con la tarta o pastel o cómo se llame!? —

— No querías ayudar, ¡pues, no te quejes tanto! — Le replicaba Josefa muy creída, mientras abría un poco el pequeño paquete de harina. — ¡Aprende de mí, que lo estoy haciendo muy bien! —

Por hablar demasiado, mientras intentaba echar la harina sobre la masa, el pequeño agujero del paquete se abrió al completo y salió todo de golpe, formando una nube de harina que cubrió la cocina durante unos pocos segundos. Las chicas, tras dar un grito de sorpresa, empezaron a hablar:

— ¡Sí, lo estás haciendo muy bien! — Ironizó Jovaka.

— ¡Jo, esto debe ser un castigo de Diosito por no tener mantener la boca cerrada! — Se lamentó Josefa, ignorando las palabras de la serbia.

— ¡No van a matar! — Decían las gemelas, mientras se observaba como la cocina se llenó de blancura. — ¡¿Ahora cómo vamos a limpiar esto!? —

— ¡Genial, esto es como tener nieve en la casa! — Diana, por su parte, le encantó lo sucedido, gritando de emoción y felicidad.

— ¡No pasa nada, podemos arreglarlo, supongo! ¡Es solo harina, después de todo, es fácil de limpiar! — Y cuando Malan terminó esta frase, se oyó unos fuertes ruidos. Todas se preguntaron qué era, aunque lo descubrieron rápidamente, descubriendo con horror lo que había pasado.

Alsancia, que empezó a toser sin parar por culpa de la nube de harina, dio un codazo al bol de cristal en dónde estaban mezclando la mesa y lo tiró al suelo, rompiéndose en mil pedazos.

Al darse cuenta de lo que hizo, a Alsancia casi le dio algo, su cara se puso pálida, como si estaba a punto de gritar, aunque los nervios hicieron que no pudiera hacerlo.
— Ahora sí que Mao se va a enfadar mucho con nosotras…— Dijeron las gemelas al unísono, al ver que habían roto algo de la cocina.

— ¡L-l-lo siento-o m-mucho! — Y Alsancia, que pudo salir del bloqueo, más o menos; intentó disculparse. — Y-yo no…—

Se sentía muy culpable y estúpida, no solo por haber arruinado algo que les estaba costando realidad, sino porque ella era la mayor y no debería estar cometiendo tales errores. Las demás chicas se pusieron manos a la obra rápidamente, porque no querían que Alsancia se pusiera triste solo por una metedura de pata; diciéndola que no pasaba nada, que no estaban enfadadas ni nada parecido. Entre ellas, Jovaka, que añadió esto:

— No es tu culpa, es de Josefina, en todo caso. — Su acusación molestó mucho a la mexicana, que le replicó muy enfadada:

— ¡Oye, fue un accidente, no me esperaba que se rompiera de esa manera! ¡La culpa la tiene lo que hicieron el paquete! —

Y podrían haber tenido una pelea, sino fuera por Malan que intervino al momento y les dijo que nadie tenía la culpa, fue solo un accidente y que no era la hora para montar una discusión, porque tenían cosas que hacer.

— ¡No sabemos cuándo van a volver, pero creo que aún tenemos tiempo suficiente! ¡Así que vamos a reorganizarnos, chicas! — Gritó Malan a pleno pulmón, a continuación, como si fuera de repente se hubiera vuelto el líder de algún escuadrón o ejercito. Todas le preguntaron cómo iban a hacer eso y ella les respondió de forma clara, mandándoles órdenes:

— ¡Alex, Sanae, salgan a comprar de nuevo los ingredientes que hemos desperdiciados! ¡Jovaka, Alsancia, empezar a limpiar la harina que se desperdigado por la cocina! ¡Josefina, Diana, llamad a Clementina y pedirle que alargue las compras! ¡Yo me pondré a recoger los cristales! ¡Vamos, apenas hay tiempo! —

Un fuerte entusiasmo se apoderó de las chicas, que gritaron en alto que sí, mientras empezaban a prepararse para cumplir con sus obligaciones.

Dos horas después, ellas habían conseguido su cometido. A pesar de varias pequeñas meteduras de pata, pudieron superarlas y terminar con la dichosa tarta de bizcocho. Ahora la estaban sacando del horno, mientras preparaban el chocolate líquido para echárselo encima.

— ¡No sé cómo lo hemos conseguido, pero por fin hemos hecho esto! — Decía Josefina, incapaz de creérselo. El accidente de la harina la hizo creer que le habían maldecido con mala suerte y no podrían terminarlo.

— ¡Y nosotras creíamos que íbamos a tener muchísima mala suerte y no tendríamos tarta para mañana! — Algo que también pensaba las gemelas.

— No exageren tanto, solo tuvimos unos percances de nada. Pequeños contratiempos que se podría superar fácilmente. — Les replicó Malan, mientras terminaba los últimos preparativos para la tarta.

Si no fuera por Malan, que gestionó perfectamente la situación, mandando órdenes, animando a las chicas, explicándoles todo lo necesario de forma clara y concisa; pudo evitar que algo que parecía tan fácil como hacer una tarta se volviera una verdadera odisea. Aunque le hubiera gustado ver como sus amigas hubieran enredado la situación hasta llegar a niveles absurdos, ella tenía un deber que cumplir.

Éste era un regalo de agradecimiento para su querido y amado Mao, no solo de ella, sino de todas las demás. Además de tener como objetivo animarlo para que superarse aquella depresión que estaba sumiendo.

— Ahora que lo pienso, tiene una pinta deliciosa. — Y las gemelas, con solo verlo, le entraron hambre. — ¡Deberíamos probar un poco! —

— ¡No! — Les replicó autoritariamente Malan. — ¡Esto es para Mao, recuerden! —

— Pero es que…— No había excusa que vagará, casi todas le dijeron que no, que le habían costado mucho sudor y sangre hacerle la tarta.

Y así es como ellas terminaron con aquella tarta que hicieron con todo su corazón, escondiéndola en un lugar seguro para que ni Diana, que también quería probarlo y les pidió un trozo, ni las gemelas intentaran probar ni un solo bocado del bizcocho. Aquel helador trece de Febrero terminó para dar paso al catorce, al día de San Valentín, igual de fresco que el anterior.

— ¡Qué aburrido se ve la tele hoy! ¡Lo único que salen son programas hablando sobre cosas románticas o cómo le están yendo este día! — Eso decía Mao, mientras cambiaba de canal compulsivamente. Estaba tan aburrido que no dejaba de dar bostezos.

— Es normal, hoy es San Valentín, el día de los enamorados. — Le replicó alegremente Clementina, quién estaba de muy buen humor, poniendo una cara de boba feliz tan inusual que Mao se preguntaba, muy extrañado y algo asustado, qué le había ocurrido. También le pasaba algo parecido a Leonardo, que actuaba igual. Aún así, no le daba mucha importancia.

— Eso ya lo sé, el día en que a alguien le matan porque casaba a la gente o algo así…— Añadió su gerente, recordando cómo Malan le explicó esta curiosidad alguna vez.
Clementina no respondió, seguía estando en sus fantasías, bastante alejada de la vida real. Y no solo ella y su primo estaban raros.

— ¡¿Por cierto, qué os pasa a vosotras, por qué estáis tan inquietas!? —
Les preguntó a Alsancia, Jovaka y a Diana, las cuales estaban esperando impacientemente a algo. La serbia iba de un lado a otro con los brazos cruzados, susurrando; la pequeña de la casa no paraba de decir una y otra cuando iban a llegar, mirando el reloj una y otra vez, y la napolitana no dejaba de tener tics nerviosos que mostraban que estaba muy agitada.

Al preguntar, las chicas le respondieron nerviosamente: — ¡No es nada, nada de nada! —

Mao sabía que tenían algo en mente, pero en vez de presionarlas y saberlo, decidió no insistir y esperar. De todos modos, no creía que fuera algo grave y siguió con lo que estaba haciendo, es decir, no hacer nada.

Alsancia, Diana y Jovaka esperaban que las demás llegasen pronto a la casa de Mao, para poder darle la tarta todas juntas. Eran las tres y media de la tarde, hacía un buen rato que se terminaron las clases, así que ya deben estar yendo hacia aquí.

Y por fin llegaron. Entraron como un huracán, anunciando que llegaron a gritos, como anunciando la venida de una nueva era. Las que estaban en el salón saltaron de alegría, concluyeron así su impaciente espera.

— Hoy también vienen muy animadas…— Añadió Mao, sin saber lo que le estaba esperando. —…más que de costumbre. —

Las chicas que estaban en el salón se fueron a recibir a las que estaban en la tienda, mientras hablaban en voz baja, con la intención de que Mao no se hubiera dado. Éste, aunque picado por la curiosidad, siguió observando la televisión como un zombi, porque le daba mucha pereza moverse. Éstas, entre cuchicheos, yendo de un lado para otro, sacaban la tarta de bizcocho de su escondijo.

Cuando ya estaban preparadas, todas se pusieron detrás de él y gritaron su nombre: — ¡Mao! —

— ¡¿Qué pasa!? — Y éste se levantó de dónde estaba acostado y giró su cabeza hacia ellas.

Entonces, vio a Jovaka, Malan, Alsancia, Diana, Alex, Sanae y a Josefina, a todas las chicas, gritarle con gran alegría esto, con una tarta de bizcocho y chocolate siendo sostenida entre las manos de la mexicana:

— ¡Feliz Día de San Valentín, Mao! —

Se quedó callado, mostrando una cara de sorpresa que apenas se notaba. Entonces, recordó la insistencia de Clementina de llevarlo de compras el día anterior y todo encajaba. Las chicas le habían preparado una tarta dedicado para él. Y tras quedarse mudo, lanzó esta conclusión:

— Así que esto era lo que estabais tramando…—

— ¡¿Y esa reacción!? — Josefa se sintió algo desilusionada, se imaginaba algo mejor. También las gemelas, que añadieron esto: — ¡Deberías estar gritando de felicidad porque te hicieron algo para no sentirte mal por ser una solterona! —

Esas palabras que soltaron ellas provocaron que Mao empezará a reírse, dando carcajadas de felicidad. Sabía que ellas tramaron algo, pero él no se esperaba esto. No solo fue una grata sorpresa, sino que lo emocionó tanto que le entraron ganas de llorar, algo que no desearía mostrarle a aquellas chicas. No solo por la vergüenza ni porque era una especie de líder para éstas y tenía que aparentar que era fuerte, también porque no deseaba preocuparlas.

— ¡De verdad, ha sido una buena sorpresa! ¡No es mi culpa por no poner caras exageradas ni gritar, ni me hace falta hacerlo! — Eso añadió con una gran sonrisa que dejaba claro que le gustó aquella sorpresa. Todas las niñas se pusieron muy felices.

— ¡¿De verdad!? — Dijo Josefina. — ¡¿En serio!? — Exclamaron las gemelas. — Me alegra mucho…— Añadió Malan.

— ¡Lo hemos hecho con todo…! — Jovaka casi iba a decir una cursilería y tuvo que cambiar de frase. — ¡Bueno, nos hemos esforzado mucho y todo ese rollo! — Todas le miraron con una sonrisa burlona, al adivinar lo que iba a decir, mientras la serbia miraba hacia otro lado, ruborizada.

— ¡Yo también he alludado! ¡Yo también! — Intervino Diana, gritando esto con muchísima honra, para que Mao se sintiera orgulloso de ella.

— ¡E-esto es un a-agradeci…! ¡Es…! — Y Alsancia se llenó de valentía para decirle esto. — ¡E-es un agradecimiento! — A pesar de su tartamudeo no se lo permitía. — ¡G-gracias por todo! — Al final, lo consiguió.

Entonces, las demás, queriendo imitar a Alsancia, no se contuvieron y le dijeron todo esto, a pesar de lo vergonzoso y cursi que parecía decirlo:

— ¡Gracias por ser nuestra amiga! ¡Por ayudarnos cuando has podido, por soportarnos, por todo! ¡Absolutamente todo! —

Mao se quedó tan conmovido que no pudo más y, de sus ojos humedecidos, empezó a correr lágrimas por su rostro. Las chicas le preguntaron qué le pasaba y éste respondió, mientras intentaba ocultar su cara:

— ¡No es nada, solo me han entrado algo en los ojos! ¡O estoy sudando por ellos o lo que sea! ¡Pero no estoy llorando! —

Las niñas empezaron a cachondearse de la insinceridad de éste, mientras él no dejaba de soltar tonterías, incapaz de aceptar que les habían hecho llorar.

— ¡Se nota que te quieren mucho! — Añadió Clementina con una sonrisa alegre, en voz baja, mientras veía la escena.

— ¡Ya no importa que haya llorando! ¡Ahora nos vamos a comer la tarta, todos juntos! ¡Porque esto es demasiado para mí! — Soltó el chino esto a continuación, intentando cambiar de tema.

Las gemelas y Diana gritaron de alegría al ver que iban a probar aquella tarta que hicieron. Malan añadió burlonamente que eso era parte del plan, mientras Mao llamaba a Leonardo para que se uniera. Josefa le preguntaba a Clementina si aún seguía en dieta, quién esquivó aquella pregunta, para no perder la oportunidad de comer aquel postre que tenía buena pinta. La pobre de Alsancia no se atrevía a decirles a los demás que ella no podría comerlo, ya que crecía que solo iba para el chino, mientras Jovaka dudaba un poco en coger algún trozo, porque no sabía si estaba bueno o malo.

Y así, con todo el mundo comiendo, se termina esta historia sobre el Día de San Valentín.

FIN

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