Centesíma decimasexta historia

Nadezha y los niños de Shelijonia: Segunda parte, centésima decimosexta historia.

Varios días después, Nadezha estaba enfrentándose a su peor enemigo, luchando desesperadamente por vencerlo:

— ¡Maldición, maldición! ¿¡Por qué!? ¿Por qué no puedo conseguirlo? Es solo, es solo…— Gritaba, llena de rabia y empezó a patear el suelo como una desquiciada. Luego, paró e intentó animarse: — ¡No puedo rendirme, tengo que hacerlo de nuevo! ¡No tengo que desanimarme! ¡Tengo que hacerlo, por mi futuro! —

Ella cerró los ojos, respiró e inspiró tranquilamente y varias veces, antes de observar, llena de determinación, hacia aquel mortal y terrorífico enemigo. Estaba preparada para conseguir, de una vez por todas, preparar una buena sopa Schi, un plato muy tradicional y popular de Rusia y de Shelijonia, uno de sus favoritos. Miraba fijamente hacia la nueva cocina de vitrocerámica de su casa, mientras ignoraba todos los fracasados intentos de preparar tal comida.

Desde que volvió a casa, llevaba media tarde intentando aprenderlo, pero ya tuvo  tres intentos y nada. Ya había visto a su suegra, quién era una gran experta haciéndolo, prepararlo un montón de veces, tenía a mano la receta y varias variaciones, compró todo lo necesario; pero aún así todo parecía inútil. Se preguntaba si era demasiado pronto para una inexperta como ella, mientras se preparaba mentalmente para ponerse manos a la obra de nuevo.

Observó los ingredientes que le quedaban, no tenía nada más que menos de la mitad que compró, dudando si eran suficientes para hacer otro intento más. Al final, ella sintió que podría hacerlo y empezó de una vez, llena de esperanzas.

Lo primero que hizo fue vaciar la olla, limpiarlo y volverlo a llenar de agua. Mientras se estaba volviendo a calentar, aprovechó para empezar a cortar algunos ingredientes:

— ¡¿Pero dónde está ese maldito cuchillo!? — Pero se entretuvo buscando eso. Lo buscó por toda la cocina nerviosamente, intentando recordar en dónde lo había dejado ella. Había muchísimos más, pero ese era muy bueno cortando las verduras.

Al final, cuando vio que había perdido más de cinco minutos, tuvo que dejarlo. Cogió el primero que vio y empezó a cortar las cebollas. Por desgracia, tuvo que coger el más malo de todo:

— ¡Mierda, mierda! — Gritaba enfurecida, mientras intentaba cortar una simple y normal cebolla, que increíblemente parecía más duro que una roca. — ¡Vamos, funciona, maldito cuchillo! ¡Por el amor de Dios!—

Al final, después de cortar una rodaja, se le rompió por la mitad, y de la rabia los tiró violentamente contra la pared. Entonces, se acordó de la olla, cuya agua empezó a hervir; y se puso más nerviosa de lo que estaba:

— ¡Maldición, no me ha dado tiempo! ¡Ni siquiera he podido cortar una cebolla! — Eso gritaba, mientras se ponía las manos en la cabeza. Luego, su mente se puso en blanco:

— ¡¿Pero qué tenía que meter!? ¡Aparte de carne y de la col, ¿qué más?! — Intentó buscar la receta, pero también la perdió de vista. — ¡No me acuerdo, maldición! —

Intentó forzar a su cerebro a recordar, pero, con la olla expulsando vapor de agua y su nerviosismo, no podría hacer nada. Es más, ella empezó a dar vueltas por la cocina desesperadamente, gritando como loca.

— ¡¿Y hago ahora!? — Entonces, se detuvo y empezó a tranquilizarse. Tras inspirar y respirar, ya empezó a recordar. — No puedo meter la col primero, es verdad. — Cerró los ojos por unos minutos y pensó un poco más.  — La carne, primero. —

Y lo buscó por todas partes, pero no lo encontraba, no estaba en el lugar en dónde lo puso.

— ¿¡Pero, dónde está la carne!? — Gritaba consternada, antes de darse cuenta de que estaba pisando algo que parecía blandito. Entonces, observó hacia al suelo y su rostro puso una expresión de horror. Ella, sin querer, por culpa de su nerviosismo, había tirado los pocos ingredientes que le quedaba sin darse cuenta.

Ella tardó varios segundos en reaccionar y lo primero que hizo fue apagar la cocina eléctrica de forma silenciosa. Entonces, Nadezha gritó llena de furia, parecía el rugido de un aterrador y violento oso. En fin, explotó:

— ¡Maldito sopa, maldita cocina! ¡Los odio a muerte! — Empezó a tirar las verduras violentamente contra el suelo. — ¡¿Por qué, por qué, soy tan mala en esto!? ¡¿Por qué esta mierda es tan complicada!? — Y luego, no dejó de pisotear la carne, mientras rompía en pedazos las coles.

No dejaba de gritar histéricamente, mientras lo destrozaba todo.  Luego, cuando vio que no tenía más que romper, empezó a golpearse la cabeza contra la pared para tranquilizarse. Estaba liberando todo el estrés y la impotencia que le habían producido todos esos intentos de preparar tal plato. Y era una reacción tan exagerada que llenó el lugar de carcajadas.

Después de todo, Nadezha no estaba sola en casa, le habían observado durante todo el rato. Ella dejó de hacerse daño, y se dirigió hacia ellos con un grito aterrador.

— ¡¿De qué os reís!? — Fácilmente consiguió callarlos y ponerlos a temblar.

Eran los amigos de Vladimir, que le habían estado observando desde hace un buen rato. Es más, estaban riéndose de ella todo el tiempo, aunque el pequeño novio los hacía callar y Nadezha estaba tan ocupada en cocinar que ni recordaba que había más personas, aparte de ella. Al recordar sus existencias, empezó a observar de un lado para otro, buscando a su cariño que no lo veía, para pedirle consuelo. Entonces, se dio cuenta de alguien más estaba en la cocina:

— ¡¿Y qué haces tú!? — Le preguntó muy consternada, mientras observaba que estaba haciendo.

— Pues estoy cocinando. — Eso le respondió y Nadezha no supo cómo reaccionar.

Después de todo, lo que estaba haciendo no era obviamente cocinar, sino que había sacado varios productos de la nevera, que estaba media abierta, y los estaba rompiendo y destrozando, imitándola.

Tras decirle eso, continuó con lo suyo, acabando con todo lo que había y gritando esto como loco

— ¡Malditas verduras, malditos yogures, maldita nevera, os voy a destruir, a todos! —

— ¡¿Estás bien de la cabeza!? — Le replicaba horrorizada Nadezha al niño, mientras lo detenía. — ¡No destroces la comida de la nevera, por el amor de Dios! —

— ¡Mira quién lo dice! — Se burló uno de los chicos del salón y Nadezha le miró con ganas de matarlo, provocando que se asustara y le dijera esto nerviosamente: — ¡Perdón, perdón, fue sin querer! —

— Da igual. — Luego, se dirigió hacia al otro. — De todas maneras, no tenías que hacer eso, no deberías haberme imitado. —

— Pero parecía divertido. — Añadió el chico con su típico rostro que no parecía mostrar ningún sentimiento, haciendo que ella se preguntará si de verdad eso le parecía gracioso.

— Para mí no lo es. — Le replicó, mientras se moría de la vergüenza por haberse comportado de una manera tan histérica y estúpida. Esa acción tan salvaje le recordaba a cierto personaje que no quería ni mencionar, y eso le ponía peor de lo que estaba.

Aquel niño, cuyo comportamiento extraño provocaba dudas en torno a su estado mental, y cuyo rostro vacío y muy inexpresivo no ayudaba mucho a no pensar si su cabeza estaba bien; se llamaba Charlie Uladh y no parecía ser un mal chico. Por lo demás, su aspecto es muy normal, tiene el pelo moreno muy corto, piel blanca y estaba delgado, aunque apenas no se notaba, porque llevaba un suéter amarillo enorme. Parecía que había dado un estirón, ya que Nadezha lo recordaba muy pequeño, ahora le llegaba hasta la altura del pecho. Aunque dudaba mucho si sus recuerdos sobre él concordaban con la realidad, su impresión pudo ser falsa, además de que ella también había crecido. De todos modos, continuó regañándolo:

— De todas maneras, no lo vuelvas a hacer, los chicos buenos no hacen eso. Yo tampoco debería haberlo hecho, así que no lo haré de nuevo. — Eso le dijo a Charlie y él movió la cabeza afirmativamente.

A continuación, los demás chicos que estaban en el salón, que intentaban mantener la risa, no pudieron más y volvieron a montar carcajadas. Ella les preguntó de nuevo y de malas maneras por qué estaban riéndose otra vez.

— Lo siento mucho, de verdad; pero es bastante gracioso. — Le respondió avergonzado un chico con apariencia muy afeminada, cuyo nombre Jackie Dollfuss. Al pobre siempre le han confundido por una chica, aunque era lógico. Tenía el pelo castaño muy largo para un chico, llegándole a la altura de los hombros; y sus rasgos eran realmente muy delicados, sobre todo su rostro; para ser un hombre. Tampoco su personalidad ayudaba mucho.

Él no quería burlarse de ella ni nada parecido, le tenía muchísimo respeto; pero es que no podría evitarlo, lo que montó Nadezha en la cocina era pura comedia. Se tapó la boca en un ingenuo intento de terminar con las risas.

— Es verdad. — Comentaron dos chicos más, con aquellas voces que parecían ser salidas de personajes bobos que aparecían en algunos dibujos animados de muy mala calidad. — Oh, es cierto. —

Los dos chicos estaban muy gordos y se parecían el uno al otro, pareciendo clones o gemelos. Sus caras eran casi exactamente iguales, tenían los ojos grandes y redondos, lo mismo que sus mofletes, sus orejas e incluso sus narices. E incluso se llamaban igual, Howard. Lo único en que esos dos se diferenciaban eran en sus peinados, uno no usaba gomina, poniendo sus pelos en punta; y el otro sí. A pesar del enorme parecido que presentaban no tenían ningún tipo de parentesco entre ellos, por algo tenían apellidos distintos. Uno se apellidaba Pershing y el otro Patton.

Nadezha quería volver a golpear su cabeza contra la pared, pero esta vez por haber montado un espectáculo tan bochornoso. Y para empeorar aún más la cosa, la persona que menos tenía que comentar algo, soltó esto:

— Una vieja que no sabe cocinar y que actúa como una loca, ¡es normal que nos riamos! —

Nadezha no le replicó al chico, sino que se quedó callada de una forma muy siniestra, provocando un silencio, que solo duró varios segundos, tan incómodo que daba escalofríos.

— ¡¿Así que soy una vieja loca que no sabe cocinar!? — Soltó esto Nadezha, con una voz aterradora.

— Yo no quería decir eso, de verdad. Fue un acto reflejo, de esos que provocan comentarios que no tienen nada de verdad. —

Eso le dijo nerviosamente el pobre niño, que estaba tan aterrado que le entraron ganas de hacer pipí.

— Ah, ya veo. — Puso una sonrisa de puro villano. — Entonces, te demostraré lo que puede hacer una vieja loca…—

— Perdóname, no iba en serio. — Y éste, al verla así, se puso de rodillas y le empezó a suplicar desesperadamente.

— ¡No te preocupes, solo te daré de comer mi fracasada comida, para satisfacer tu apetito! —

Él se puso blanco al oír eso, porque no deseaba tomar algo de esa comida.

Entonces, Charlie se acercó hacia los platos en dónde estaban los anteriores intentos de sopa Schi, ya que Nadezha los dejó ahí, incapaz de tirarlos; y los probó con el dedo. No sabía a nada y le dijo esto:

— Pero Nadezha, esta comida sabe sosa, no malísima. —

— Tienes razón…— Nadezha probó otra vez la comida y Charlie tenía razón, no sabía tan mal como debería. Entonces, él le preguntó esto:

— ¡¿Y si le echamos más ingredientes para que quede asqueroso!? —

— Me parece algo genial…— Respondió maliciosamente Nadezha.

Y empezaron a sacar todo tipo de ingredientes que no pegaban para nada con la sopa, desde mayonesa y kétchup hasta almendras y nueces. Al ver que intentaban hacer la peor comida posible, el pobre gritó:

— Esperen, esperen un momento, ¡está bien si está sosa, no hace falta que hagan eso! — No dejaba de suplicar. — ¡Por favor, tened piedad de mí! —

Aquel chico que les pedía desesperadamente que no le obligarán a tomar tal plato que estaban preparando esos dos se llamaba Sheldon Shelbyville y su aspecto se asemeja mucho al estereotipo de nerd. Su rostro era puntiagudo, al igual que su nariz; y necesitaba un buen corte de pelo, porque su cabello pelirrojo ya estaba muy crecido, aunque no era nada comparado con la de su amigo Jackie.

— ¡Ayudadme, chicos! ¡Convencer a esos para evitar que me destrocen el estómago! — Les gritó Sheldon, a continuación, a los demás del salón.

— Eso te pasa por hablar más de la cuenta… — Pero ni Jackie quiso ayudarlo.

—No es nuestra culpa. — Ni los dos Howards.

— ¿¡Y dónde está Vladimir!? — Entonces, recurrió a su última esperanza.

— Se fue al servicio, ya volverá. — Le respondió Jackie, señalándole con el dedo hacia al segundo piso.

Entonces, Sheldon intentó ir hacia al cuarto de baño para pedirle ayuda, pero en ese momento fue detenido por Charlie, que lo atrapó y le dijo:

— ¡No te vayas! ¡Que ya hemos terminado! —

Dio un grito de puro terror y empezó a intentar liberarse del agarre de su amigo con toda la desesperación del mundo, aunque era un debilucho y solo resultó un gasto innecesario de energía. Y Nadezha, con el plato en una mano y con una cuchara llena de algo que no parecía comestible, que ya olía a rayos; se le acercaba poquito a poco, mientras le decía con toda la malicia del mundo:

— ¡Di “aaahhh”, que el avioncito va a directo a tu boca! — Rió como malvada.

— ¡No, no! ¡Eso que dije solo era una tontería, nada más! ¡Olvídalo, por favor! ¡Ten piedad de mí! — Aún así, el “avioncito” seguía lentamente su recorrido. — De verdad, lo digo con toda la sinceridad del mundo. —

Y ya estaba llegando a su destino, parecía que no había forma de pararlo. — ¡Por favor, no me lo metas en mi boca! — El pobre de Sheldon cerró su boca e intentaba mover su cabeza hacia atrás lo máximo posible, mientras sacaba las últimas fuerzas para liberarse de los brazos de Charlie. Pero no había manera, con solo olerlo ya sentía ganas de vomitar y aquella cosa ya estaba a pocos milímetros de sus labios. Y gritó “no” a pleno pulmón, de forma muy dramático, como si ya estuviera condenado o la desgracia ya había ocurrido, abriendo la boca estúpidamente.

Entonces, Nadezha dejó la cuchara en el plato, quedándose todo en un simple y vil susto. Sheldon dio un gran suspiro de alivio, al ver que pudo escaparse de ese cruel destino.

— A ver si aprendes para la próxima vez controlar las tonterías que salen de tu boca. — Eso le dijo a Nadezha, mientras ponía el plato en su sitio.

— Yo quería que lo comiera. — Y añadió Charlie, muy desilusionado, al ver que Sheldon no iba a devorar tal apestosa comida.

— Para la próxima será. — Con solo oír eso, a Sheldon le dio escalofríos. — De todos modos, suéltale de una vez. — Aunque tardó un poco, Charlie le obedeció.

— Eso, eso, ¡suéltame, mal amigo! ¡Qué eso es lo que eres! — Y a Sheldon se le fue de nuevo la lengua. Nadezha le miró con una mirada que daba muy malas pulgas, mientras le decía esto:

— ¡¿Qué te dije hace unos segundos…!? —

— Perdón, perdón…— Le respondió nerviosamente. Nadezha dio un suspiro de molestia y observó por todas partes, buscando a alguien que hacía rato que no veía. Luego les preguntó a los demás sobre su paradero:

— ¡¿Y dónde está Vladimir!? —

Le dijeron que estaba en el servicio y ya llevaba un buen rato, así que Nadezha decidió subir al segundo piso y preguntarle si estaba bien. Tras subir las escaleras y llegar ante la puerta del cuarto de baño, pegó en la puerta.

— ¿Estás ahí? — Preguntó y, desde el otro lado de la puerta, se oyó un “si”. Era la voz de Vladimir.

— ¿Estás bien? — Añadió Nadezha, y éste le respondió que lo estaba y que iba a salir pronto de ahí. Su novia le iba a decir algo más, pero se adelantó:

— ¿Ya has terminado de cocinar? —

— Sí, y ha sido un completo desastre. Soy una mujer y no sirvo para eso, qué irónico. — Dio un suspiro de molestia. Luego, se dio cuenta de una cosa. — Eso ha soñado algo machista. — Y rió nerviosamente.

— Seguro que aprenderás, lo que te pasa es que te pones muy nerviosa. Si puedes controlarlo, podrás hacer tan buena comida como mi madre. —

Le dijo esto, a continuación, con muchísima ternura y comprensión. Con una sincera sonrisa, Nadezha se sintió algo avergonzada, porque sentía que eso era verdad; y a la vez feliz por esas dulces palabras de ánimo.

— Tal vez, aunque no ayuda mucho estar rodeada de unos niños que no dejan de observarme, para reírse. — Dio una pequeña pausa para decir esto, con algo de pena: — Últimamente, apenas estamos solos. —

Desde aquel día, los amigos de Vladimir empezaron a frecuentar por la casa de Nadezha y no dejaban en paz a la pareja. Cuando tenían una cita, a pesar de todos los intentos del novio para que ellos no se enteraran, siempre lo descubrían y se unían. Ya no tenían tiempo para ellos solitos y la pobre rusa se convirtió en una niñera.

— Es verdad, ellos no nos deja en paz. Me alegra que les caigas bien, pero quiero tener intimidad contigo. — Aunque Vladimir tampoco estaba muy contento con eso.

— La verdad es que no son malos chicos, salvo el repelente de Sheldon. Creo que deberíamos tener una charla con ellos, no quiero seguir así. —

Tras decir esas palabras, una misteriosa risa apareció en el pasillo. Nadezha observó hacia el origen, para encontrarse a Sheldon, que mostraba una rara sonrisa, mientras se ajustaba las gafas. Ella se preguntó molesta por qué estaba actuando como si fuera un villano que iba a soltar sus planes, aunque no dijo nada, solo dejó que éste hablará:

— Ya veo, ya veo… — Empezó a andar hacia Nadezha. — Lo entiendo muy bien, realmente bien; yo también haría lo mismo, si tuviera yo una novia… — Puso una cara llena de amargura y envidia.  

— Entonces, ¡¿por qué no nos dejas tranquilo!? Tú siempre eres él que anima a los demás a arruinar nuestras citas. — Le replicó la rusa.

— No quiero dejaros solos, ¡no quiero que Vladimir disfrute de tener una novia, y yo no! — Gritó desesperadamente, con ganas de llorar.

En verdad, él animaba al grupo estar siempre detrás de Vladimir y de su novia, solo con el deseo egoísta de que no tuvieran tiempo para ser una pareja. Nadezha le replicó furiosa, que ellos no tenían la culpa de nada, de que no tenían que molestar a los demás solo por pura envidia. Y Sheldon, a continuación, le dijo esto:

— Pues, entonces  hagamos un trato. Nosotros os dejamos un tiempo para que lo paséis bien solitos… — Sheldon puso una sonrisa que dejaba claro que estaba pensando en cosas pervertidas. Luego, le gritó esto a Nadezha, mientras la señalaba con toda la seriedad del mundo: — ¡Pero con una condición, que nos ayude a tener novia! —

— Espera, ¿qué? — Gritó muy consternada, Nadezha.

FIN DE LA SEGUNDA PARTE

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