Centésima decimaséptima historia

El funeral de una flor: Primera parte, centésima decimoséptima historia.

En un valle muy profundo, situado en el corazón del Zarato, un reino imposible en el mundo moderno, marcado fuertemente por el llamado fenómeno globalización, cuyos tentáculos deberían llegar hasta al país más cerrado y aislado; clavado en el corazón de la isla de Shelijonia, estado nº51 de los Estados Unidos; en una pequeña aldea situada en el ladera de una gran montaña, existe una niña muy diferente que los demás.

Su piel es igual de blanco que la reina que gobierna el reino, pero siendo totalmente diferente a todos los demás habitantes del pueblo, cuyo color es una tonalidad de marrón claro. Llegó a este lugar en condiciones extrañas y misteriosas, porque nunca fue natural de aquella aldea, ni de aquel valle, ni siquiera era del mismo país. No conoce su propio pasado ni cómo apareció, ni menos qué era ella antes de aparecer en su nuevo hogar. Aún así, aquella pequeña niña fue aceptada sin ninguna dificultad en ese nuevo mundo y se acostumbró fácilmente. Después de todo, era como una pizarra en blanco.

Creo que utilizar ese concepto no sería muy útil, porque, a pesar de que perdió todo su pasado, éste volvió como un fantasma, atormentándola y haciéndole sufrir. El caso no sería tan grave ni interesante si no fuera por el hecho de que ella no entiende que esos son sus recuerdos anteriores ni los acepta como tales. Su mente lo siente como si fueran de otra persona, o más el de un espíritu que se metió en su cuerpo. De uno malvado, con intenciones siniestras.

Por esta razón, alguien le iba a visitar, que tenía mucha relación con aquella niña, a pesar de que ésta jamás la conoció, o eso parecía. Montada dentro de un carruaje lujoso, tirada por fuertes y elegantes caballos; observaba el paisaje verdoso y montañoso que le rodeaban, con una carta escrita en mano en sus manos que la leía ocasionalmente para no aburrirse. No dejaba de pensar sobre aquella chica y lo interesante que era, sobre su particular problema y lo que estaba ocurriendo dentro de su mente. Todo eso le parecía tan fascinante que no evitaba ser impaciente y deseaba llegar ya a la aldea en dónde estaba.

¿Quién es ese alguien? Era una mujer, pero no una cualquiera, normal y corriente. Pertenecía a las altas esferas del poder, conocía personalmente a la Zarina y su influencia era poderosa y extensa. Era el médico personal de la que gobernaba estos valles y el chamán real del reino, también forma parte de los ministros. Su nombre es Antonina Aleksándrovna Freud.

— ¡Qué buen día hace! — Añadía satisfactoriamente, mientras veía aquel paisaje. — Me pregunto qué sinfonía quedaría bien con este agradable viaje…— Mientras aquella larga travesía estaba llegando a su fin.

Empezó a observar una población distante, mientras el carruaje bajaba por el camino, después de subir lentamente por varias montañas. El sol de la primavera daba toda su luz a aquellas casitas, mezcla entre una arquitectura rusa colonial que quedó atrapado en el s. XIX y lo indígena, que estaban en medio de una pendiente suave y floreciente, a pocos metros del arroyo que llevaba sus aguas hacia a algún rio que se escondía entre los montes. Una imagen muy idílica les daba la bienvenida, siendo digna de ser echaba por un fotógrafo experto y lanzarla en un concurso dónde ganaría fácilmente.

Al llegar, ella vio como todo el pueblo la esperaba con impaciencia en el corazón de la población. Uno de sus acompañantes, que era unas de los chamanes principales que la servían, añadió:

— Al parecer, vamos a tener una buena bienvenida. —

— Es bien obvio, la formalidad es lo primero. Aunque sería mucho más interesante una bienvenida áspera y desagradable. — Le replicó Antonina.

— No diga eso. Su fama y su estatus son grandísimos entre los súbditos, eres muy querida y necesaria para nuestro pueblo. Eso sería insultarla a usted y a nosotros mismos, que nos has dado servicios muy importantes. —

— Es verdad. — Rió levemente. — Eso no es digno de nuestro noble pueblo, ¡¿a qué sí, Nonoma!? —

Una de las integrantes del Cuerpo de sirvientas reales, Nonoma Matatiske, también estaba en el carruaje, que estaba acompañándolos por órdenes de la mismísima Zarina. Al ver que el chamán real de la corte le había dirigido la palabra, sin que ella decidiera participar en la conversación; hizo que le pusiera algo nerviosa, sin saber que decir. Tras estar dudando un poco, decidió responder con esto:

— Paréceme, Doña Antonina, que sus últimas palabras tienen razón. —

Además de las personas que le acompañaban en el carruaje, unas cuatros dentro de éste y dos haciendo de choferes, también era seguida por varios carruajes que iban por detrás, que algunos actuaban como escolta armada y otros eran legión de arquitectos y demás profesionales.

Tras esa respuesta que dio Nonoma, el carruaje se detuvo y ya era hora de salir. Todos los que estaban junto a Antonina, salvo la sirvienta de la reina, le dijeron esto:

— ¡Sal usted primero, nosotros saldremos después! Después de todo, es a usted quién espera impacientemente y no a sus acompañante. —

— Prefería que saliésemos como iguales. — Le replicaron que no querían hacer eso, que era un deshonor para alguien tan importante. — Si insistís, pues no me queda más opción que haceros caso. —

— ¡Será un gran honor, Doña Antonina! — Dijeron esas cosas, llenos de satisfacción, mientras se inclinaban en señal de respeto.

Entonces, ella se levantó y abrió la puerta del carruaje, saliendo al exterior. Todos los indios que se reunían en la plaza para observar la llegada de tal persona, que no pararon de cuchichear, hablando de sus expectativas y de lo importante que era aquella mujer para el Zarato; se quedaron callados de golpe, al ver que finalmente salió.

Todos se quedaron deslumbrados ante aquella aura mística que emanaba Antonina Aleksándrovna Freud, que parecía como si fuera un ser de otro mundo que había bajado a la tierra para apiadarse de las pobres gentes de bien o un santo que les iba a transmitirles grandes milagros. Esa ilusión, aquella increíble imagen que transmitía esa mujer, era suficiente para tranquilizar los corazones de los que habían venido a verla.

Un enorme bastón que llevaba el escudo de la nación a la que servía, aquel vestido que mezclaba lo divino con lo terrenal, aquella larga capa que tenía como imagen el mismísimo cielo, con todas las constelaciones impresas en él; aquellos múltiples accesorios cuyo significado estaban relacionados con el más allá y los espíritus, y que dejaban claro que era un “chamán”. Su rostro sereno y tranquilo, que transmitía que su sabiduría era extensa y legendaria. No había ningún error, ella era “el chamán real” del Zarato, cuya fama era conocida hasta en el rincón más profundo del reino.

Luego, tras unos pocos segundos, al olvidarse de que no estaban mostrando sus respetos hacia a aquella persona, todos se pusieron de rodillas, dándole la bienvenida de la forma más respetuosa y cortés posible. Con una sonrisa agradable y casi milagrosa a los ojos de los pueblerinos, Antonina empezó a hablar:

— ¡Gracias por la bienvenida, mis querido pueblerinos! ¡Me place ver tanta muestra de respeto hacia mi humilde persona, eso me hace muy feliz! — Le replicaron que era todo un honor para ellos. — ¡Por eso amo tanto al Zarato, a todas sus gentes sin igual! ¡Por eso, yo me inclinaré dignamente antes vosotros! ¡Gracias por todo! — Entonces, ella hizo lo mismo que los pueblerinos. — Después de todo, habéis pedido mi ayuda por mi brillante servicio a nuestra gente y yo no puedo rechazarlo. —

Antonina obviamente no había venido por puro placer ni nada parecido, los aldeanos le mandaron una carta pidiéndole ayuda y ésta les respondió con otra, dándoles la buena noticia de que iba para allá.

— ¡Qué Dios te bendiga, Doña Antonina! — Le gritaban muy felices, todo el pueblo. — ¡Estamos muy agradecidos por su amabilidad! —

Y en el momento más oportuno, en el cual Antonina, directa al grano, le preguntaba al líder del pueblo dónde estaba la chica que tenía que ayudar; un hombre apareció corriendo y gritando, acercándose a toda velocidad al lugar dónde estaban. Al parecer, había ocurrida algo grave y, desesperado, pedía ayuda a los demás:

— ¡Jefe, Aiyanna, Aiyanna se ha e-esc…! — Después de la carrera que se dio, apenas podría hablar, debido al hecho de que estaba recuperando el aliento, jadeando sin parar por todo el esfuerzo que hizo.

— ¡¿Qué ocurre, Navajo!? — Le preguntó muy alterado el jefe de la aldea.

Antonina le dio un pequeño vistazo. Parecía un joven de entre dieciséis y veinticinco años, cuya estatura para el promedio de alguien de su edad. No tenía un cuerpo muy fornido, pero estaba saludable. Su rostro triangular, en la cual se notaba que estaba muy preocupado y asustado, tenía una afilada nariz, pequeños labios, unos ojos azules y unas enormes y llamativas cejas. Cuando el chico se dio cuenta de que su presencia, preguntó:

— ¡¿Ella es la…!? — El jefe y los demás viejos de la aldea movieron la cabeza afirmativamente. Éste se dirigió a ella, diciéndole: — Gracias por venir a ayudarnos. — Sus ruegos habían sido escuchados, pero entonces recordó lo que había pasado: — Pero, ella… ¡mi hija! ¡Se ha escapado! —

— ¿¡Lo estás diciendo en serio!? — Gritaron los demás y les respondió que sí. Luego, añadieron: — ¿¡Dónde está tu mujer!? —

— Nizhoni la está buscando, junto con los amigos de Aiyanna. — Le respondió Navajo.

— ¡¿Por qué ahora, cuando Doña Antonina ha llegado a ayudarla!? — Replicó muy molesto el jefe de la aldea.

— Puede que el demonio la esté controlando, haciéndola huir, al ver que había llegado el mejor chamán del Zarato. — Añadió uno de los aldeanos.

— De todas maneras, ¡vamos a buscar a la moza! — Y todos dijeron que sí a aquellas palabras que pronuncio el jefe.

Ésta, después de que el jefe le pidió disculpas y le sugirió que le esperase en su casa, tras mantenerse en silencio; habló solemnemente:

— ¡Por favor, permítanme participar en esta búsqueda! He venido a ayudar a esa pobre, a exorcizarla de ese horrible espíritu maligno. Por tanto, desde que he pisado este suelo, es mi deber y mi obligación unirme. —

Ninguno se negó, aceptaron con entusiasmo aquellas palabras, subiendo su admiración hacia aquella gran mujer, alabándola y dándola las gracias. Y no solo eso, Antonina les preguntó a sus demás acompañantes:

— ¡¿Ustedes se unirán en la búsqueda también, no!? — Algunos no se atrevieron dar un no por respuestas, mientras otros tuvieron que usar múltiples excusas para no quedar mal ante la plebe.

Y así es como gran parte de las personas que se encontraban en aquella plaza empezaron a buscar por grupos a aquella niña. Formado por un grupo de cinco personas, Antonina, siendo acompañada por la sirvienta real, se aproximaba hacia el lugar en dónde estaba buscando la mujer de Navajo y algunos amigos de su hija.

— ¡Hay que fastidiarse, nada más pisar esta aldea y tener que buscar a una moza! ¡No nos deja descansar! — Soltaba muy molesta Nonoma, la cual parecía estar cansada y deseosa de descansar. A ella no le importó soltar tales comentarios delante de los aldeanos, que la miraron muy mal.

— Parece que estás de muy buen humor. — Le replicó Antonina, que le hizo mucha gracia. — De todos modos, es nuestro deber hacerlo, así que te recomendaría no decir tales palabras delante de nuestra gente. — Le mostró a Nonoma que su peliaguda lengua molestaba a los demás.

Luego, siendo obligaba indirectamente por Antonina, ella tuvo que pedirles disculpas por aquellas palabras y por haber sido tan descortés. Por las voces de varios vecinos, salieron del pueblo, bajando hacia al rio. Al parecer, ya había buenas noticias, la madre encontró a la chica que huyó.

— ¡Por cierto, ¿qué le ocurre a esa moza?! Contadme qué tipo de situación le ocurre para que todo un pueblo le haya pedido ayuda. — Le preguntó Nonoma, tras estar callada un buen rato, mientras llegaban al rio e iban yendo contrario a su curso, siguiendo las indicaciones que varias personas, que iban y venían, les decía para encontrarse con la chica. Al parecer, estaba en una cueva cercana al pueblo y no quería salir de ahí, según le informaban. Antonina le respondió con esto:

— En resumen, a esa chiquilla se le ha metido un espíritu maligno que le tortura día y noche, diciéndole que hiciera daño a todo el mundo. Todo el pueblo está muy aterrado por lo que podría pasar si no se le saca pronto de ella. —

— ¡¿Esa verdad que me decís es harto cierto!? — Gritó Nonoma, cuyo cuerpo se puso a temblar. — ¡¿Un espíritu maligno!? ¡Eso no solo suena grave y siniestro, sino muy aterrador! ¡Perdónenme, pero yo ni me acercó a esa cosa! — Los aldeanos que nos acompañaban la observando malamente de nuevo, pero esta vez volvieron a ignorarla.

Tras mucho andar y subir por una ladera, llegaron a la entrada de la cueva. Varias personas del pueblo estaban ahí, delante de aquella gruta, pero nadie se atrevía a entrar. Y algunos estaban gritando al interior, hablando con una voz que procedía de ahí dentro.

— ¡Por favor, Aiyanna! ¡Sal de ahí, ya ha llegado la señorita chamán que te ayudará! ¡Así que no tienes que preocuparte de nada! — Y de entre una de esas personas se encontraba una mujer joven.

Obviamente aquella chica dejaba claro que era la madre de Aiyanna por sus gritos, además de que Navajo, que ya se encontraba ahí, añadía esto:

— ¡Hazle caso a tu madre, ya estás a salvo! —

Antonina le hecho una mirada a la presunta madre de la chica. Ella llevaba un pelo moreno bien largo y cuidado, un cuerpo del tipo reloj de arena que parecía estar un poco esquelético, pero parecía bastante sano.

Observó su cara afilada, sus pequeñas mejillas sonrojadas y su boca con labios gruesos y grandes, mientras ella le gritaba a la oscuridad. Luego, sus ojos marrones, lleno de preocupación y temor. Todo eso, indicaba lo alterada que estaba aquella mujer.

Algunos niños también acompañaban en el griterío, Antonina supuso que eran amigos suyos, que le pedían desesperadamente que saliera de ahí.

Pero esta era la respuesta que recibían desde el interior de la cueva:

— ¡N-no puedo, si me acerco a ella, ese horrible espíritu me obligará a matarla! ¡Por favor, déjenme sola! ¡Es mejor que os vayáis! —

Los aldeanos no sabían con qué responder, entonces, Antonina cruzó la muchedumbre y dijo muy curiosa y con muchísima seguridad:

— ¡¿De verdad, ese espíritu maligno quiere hacerme daño!? — Los aldeanos se quedaron muy sorprendidos. — ¡¿Tal mal le caigo!? —

— ¡¿Tú eres…!? — Su esposo le dijo que sí y ella añadió, entre lágrimas: — ¡Salva a mi hija, por favor! ¡Ese horrible espíritu le hace sufrir mucho, la pobre ya no puede aguantar más! —

— Haré lo que sea necesario, por eso he venido. — Le dijo Antonina con una voz calmada, consiguiendo que aquella chica se sintiera más tranquila.

— Por favor, señora, ¡váyase! ¡No se acerqué a mí o la harán daño! — Y la chica que se encontraba en el fondo de la gruta le gritó esto, advirtiéndola desesperadamente.

No quería hacer daño a nadie, se resguardo en aquella cueva para proteger a los demás de aquel espíritu maligno que se le introdujo en el cuerpo.

Tras escuchar estas palabras, el rostro de Antonina apenas cambió y ella empezó a dirigirse hacia dentro de la cueva, ante la estupefacción de los aldeanos, que no se podría creer que fuera capaz de entrar sola y sin ningún tipo de miedo hacia aquel monstruo que habitaba dentro de la niña.

— Lo siento mucho, pero no puedo tomar esa decisión. Ya es muy tarde para volver atrás. —

Añadió ella con toda la calma del mundo, provocando que creciera la admiración que estaba teniendo la muchedumbre con Antonina.

Muchos aldeanos empezaron a rezar por su alma, para que Dios la pudiera proteger, mientras ésta caminaba sin miedo hacia al interior. La chica del interior no dejaba de gritarla que no se acercara, que se fuera, sin parar.

— No sé si Doña Antonina es una valiente o está loca del remate. Se va a enfrentar contra un espíritu malvado. — Añadió en voz baja Nonoma, que tampoco era incapaz de entender cómo ella estuviese tan tranquila mientras se metía en la boca del lobo.

— ¡Por favor…! — Le gritaba la chica desesperadamente, entre lágrimas. — ¡No se acerqué a mí! —

Antonina ya la estaba viendo, la pequeña chica estaba sentada en el suelo, con las manos en la cabeza y con una cara de dolor, como si ella tuviera un dolor muy fuerte en la cabeza.

— Pobrecita, ese espíritu no deja de torturar tu pobre cabeza, ¿¡verdad!? — Entonces, Antonina habló, quedándose unos pocos pasos cerca de la chica.

— No deja de decirme que me levante y te arranque los brazos, de meterle los dedos en los ojos, hacerle tragar piedras…— Se notaba que la pobre estaba sufriendo. — ¡Y no pará, no se calla! ¡Y lo más horrible es que se ríe y dice que son solo bromas, que quiere hacer eso solo porque le parece gracioso! —

— No te preocupes, no me hará daño, yo estoy protegida por los buenos espíritus. Cualquier intento de atacarme será funesto. Solo relájate, e ignora aquella voz…— Antonina lo dijo con una gran seguridad, mostrando una sonrisa que intentaba convencer a la pequeña de que era verdad.

— ¡Pero no puedo hacerlo…! — Le replicó la niña.

— Lo harás, solo tienes que confiar en ti misma, todo saldrá bien. —

— ¡¿De verdad!? — Al final, la niña empezó a confiar en sus palabras.

— Por supuesto que sí. — Le respondió con ternura y luego le preguntó esto: — ¡¿Lo puedes intentar, verdad!? — La niña movió afirmativamente la cabeza.

— Ahora te tocaré la cabeza y te acariciaré. Ahí verás que el espíritu no me habrá atacado, ni controlando tu cuerpo ni con sus poderes malignos. —

No dijo nada más, Aiyanna cerró sus ojitos y empezó a luchar contra aquel espíritu maligno, ignorando completamente sus horribles amenazas, feas burlas y cruentas risas, a la vez que intentaba evitar pensar en que no podría conseguirlo. Antonina se acercó a ella y poquito a poco una de sus manos se dirigía hacia la cabecita de la muchacha, dispuesta a acariciarla.

Aquellos momentos parecían haber durado casi una eternidad, tanto para la pobre Aiyanna como al resto del pueblo, los cuales sintieron muchísimo nerviosismo y temor al notar aquel silencio. Aguantó con todas sus fuerzas hasta que notó como algo le tocaba la cabecita y la empezaba a acariciar.

Entonces, Aiyanna abrió sus ojitos y vio a aquella mujer llamada Antonina Aleksándrovna Freud, chamán real del Zarato, delante suya, sentada en cuclillas, que, con una sonrisa llena de amabilidad y dulzura, le dijo esto:

— ¡Ves que no pasaba nada! ¡Los buenos espíritus me han protegido! —

Aiyanna no dijo nada, solo se quedó callada, totalmente enfocada hacia esa persona que parecía un ángel, un ser místico que había venido a salvarlas. Y aquella horrible voz que le torturaba con sus risas, sus insultos  y sus amenazas; de golpe, se calló.

FIN DE LA PRIMERA PARTE

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