Centésima decimaséptima historia

El funeral de una flor: Cuarta parte, centésima decimaséptima historia.

¡Qué misterioso, qué poderoso y frágil a la vez es el cerebro, el ordenador central de nuestro cuerpo! De ahí proceden todas las órdenes que manda este órgano a los demás. Gracias a él, podemos mover nuestro cuerpo, ya sea correr o estirar un simple dedo de la mano. También es el que crea y moldea nuestros pensamientos y nuestras reacciones, nos hace llorar o reír, amar u odiar, soñar o imaginar, siendo todo lo que el corazón simboliza realmente, el centro de todo nuestro ser. Pero a Antonina no le interesa cómo está formada esta creación magistral de la naturaleza, sino lo que hay dentro de él, ese mundo interior al que nadie puede acceder, salvo la misma persona. Los recuerdos que almacena, las heridas que las experiencias con el mundo exterior crean, los pensamientos que genera o los sentimientos que siente, todo esto para ella es hermoso, fascinante e interesante.

Pero eso sería quedarse muy corto sobre su amor hacia ese mundo interior que habitan dentro de ese órgano, es solo la punta del iceberg. Ama indagar en él, intentar alcanzar la profundidad de aquel lugar imposible de llegar. Y no solo eso, sino también el hecho de cómo esa realidad influye y altera a lo de afuera y con los otros, en una especie de retroalimentación que nunca parará hasta que llega la muerte. Sus ideas, sus relaciones, sus deseos, sus sentimientos y traumas, todo en general; son capaces de modificar, para bien o para mal, al resto de la humanidad, ya sea a su familia o amigos, o a una nación o civilización entera; e incluso a la misma creación.

Con todo su corazón, por todas estas razones y algunas más, Antonina ama con locura a la humanidad, un amor tan grande como inverosímil. Y por esto mismo, ella iba a indagar en la mente de Aiyanna, o, como se llamaba antes de que una bala se introdujera en su cabeza, Sasha Roosevelt.

Aunque, primero ella tenía unos asuntos que atender con el jefe de la aldea.

— ¡¿Y esto es lo que quiere la Zarina de nosotros!? — Eso le dijo, después de mirar una y otra vez un documento que ella le trajo. Ahí anunciaba una nueva medida que impuso la jefa del estado, que le parecía muy curioso.

— Pues sí, ha pedido para todos los pueblos que dispongan de esto. —

— ¡¿Y para qué sirve esta cosa que parece un molino de agua o lo que sea esto!? — Se rascó la cabeza intentando comprender lo que querían montar para su pueblo. A pesar de observar los planos detenidamente, aún no lo podría comprender.

A pesar de que Antonina se lo explicó mil veces, su cerebro no le ayudaba mucho a traducir lo que decía ella. Tiene sentido, ya que él nunca ha oído hablar de la electricidad, porque lo que le estaban pidiendo era abastecerles con aquella energía mediante la construcción de una micro instalación hidroeléctrica. Les avisó de antemano una medida que la Zarina iba a promulgar pronto, ordenando que todos los poblados del reino tuvieran este tipo de instalaciones, sin excepción alguna.

— Por algo, los muchachos que he traído son ingenieros, les ayudará a montarlo y a instalarlo, así como del mantenimiento y su funcionamiento diario. Gracias a esto, les prometo que hará mucho más fácil la vida del pueblo. —

Ya que, ella iba a estar una buena temporada por aquel pueblo, decidió traer las personas necesarias para montarles la instalación hidráulica y preparar sus casas para la llegada de la electricidad.

— ¡¿De verdad!? — No parecía convencido. — Pero si es una orden de la Zarina, habrá que cumplirla. — Aún así, dio su visto bueno al proyecto.

— Eso suena como si pudieras acatar hasta las leyes más injustas. — Le dijo Antonina.

— ¿¡Eso parece!? — Él dio unas grandes risas, antes de continuar. — No lo quería decir con esa intención, nadie en su sano juicio haría eso, aún cuando fuera la mismísima Zarina. Aún así, esta extraña medida no es nada injusta. —

— Van a salir ganando. — El jefe le dijo, algo dudoso, que eso esperaba. — Es una inversión imprescindible para nuestra comunidad. —

Y con esto dicho, la reunión entre el líder del pueblo y Doña Antonina quedó concluida. Ella añadió esto, antes de irse:

— Perdón por entretenerle con estas cosas, la Zarina siempre me llena de papeleos. — Él le dijo que no pasaba nada. — Esto retrasa mucho el trabajo que tengo que terminar aquí. —

Afuera del despacho del jefe de la aldea, se encontraba una Aiyanna que  esperaba impacientemente, observando cómo movía sus piececitos de un lado para otro, con una Nonoma que la supervisaba con mucho miedo.

Al final, nuestra querida Antonina salió del despacho y les dijo a las chicas que le esperaban impacientemente: — Perdón por la tardanza, pero este eran asuntos de gran importancia. Espero que la espera no haya sido muy larga. —

— No creo que haya tardado más de diez minutos, Vuestra merced. — Le dijo Nonoma mientras observaba un reloj que tenía consigo. — Aún así, cualquiera espera es horrible si una servidora está acompañada de una moza que tiene un ser diabólico que tiene en su interior. —

— Tal vez tengas razón. — Antonina se rió. Nonoma le replicó molesta que eso no era nada gracioso, antes de dar un fuerte bostezo. — Bueno, ella no ha sido poseída aún, así que no tienes que alterarte tanto. —

Antonina observó a Aiyanna, quién se mantenía callada, ajena a aquella conversación, con la mirada puesta hacia al suelo. Se acercó a la chica y gentilmente le preguntó que le pasaba:

— No es nada, de verdad. — Le respondió con una voz débil y decaída. Antonina quiso insistir y saber qué es lo que pensaba, pero decidió no hacerlo y, mostrando una gran sonrisa, añadió:

— ¡Entonces, no vamos a perder más tiempo! — Le acarició la cabeza a Aiyanna, sonrojándola. — Hay que seguir con el proceso de exorcismo. —

Tímidamente, ella movió la cabeza de forma afirmativa y se levantó del lugar en dónde estaba. A continuación, sin decir nada más, Antonina se dirigió al exterior, siendo seguida en silencio por las dos chicas. Miró de reojo a Aiyanna una cuantas veces, observando que no dejaba de suspirar y de mostrar un rostro de tristeza. Se preguntó dónde se había ido aquella determinación que mostró antes, aunque creía que era fácil de suponer. Tal vez miles de pensamientos negativos aparecieron en su cabeza, haciéndola creer que era incapaz de conseguir librarse de aquel monstruo que tenía en su interior.

La chica, al ver que Antonina la estaba observando, se detuvo, movió la cabeza de un lado para otro y se dio unas débiles palmadas contra su cara. Se obligó a sí misma llenarse de determinación, seguramente debido a que no quería mostrarse débil ante la misma persona que le estaba ayudando. Ya le dijo que sí y no podría ceder ahora, solo tenía que seguir adelante, o eso era lo que creía nuestra querida “chamán”.

— ¿¡Qué es lo que vamos a hacer!? — Le preguntó Aiyanna, mostrando mucho entusiasmo.  — ¡¿Vamos a practicar hechizos o crear artefactos mágicos bendecidos por los buenos espíritus!? —

Antonina se puso la mano sobre la barbilla, como si eso le hubiera puesto a pensar. A continuación, le respondió esto:

— Eso lo haremos más adelante…— Sonrió de oreja a oreja. — Por ahora, tú y yo haremos un bonito paseo por la montaña. —

— ¡¿Y de qué nos servirá eso!? — Aiyanna se quedó un poco boquiabierta, algo perpleja por el hecho de que propusieran una cosa como esa. Nonoma también hizo el mismo gesto, pero se quedó con las ganas de decir que eso parecía una verdadera estupidez.

— Hay una buena razón para esto, tienes que hablarme primero de cómo empezó todo este asunto, cuándo te diste cuenta de que se te metió un espíritu maligno en tu cuerpo y todo eso. —

Aiyanna, que centró toda su atención en aquellas palabras, abrió la boca, en señal de que eso le había convencido. Nonoma no se lo tragó, ella seguía creyendo que no servía para nada. Lanzó algunos quejidos, pero fue ignorado por Antonina, quién le dijo esto:

— ¡Ah, por cierto! ¡Estás de suerte, no es necesario de que nos sigas en este paseo, necesito que nosotras dos estemos solas! —

— ¿¡Vuestra merced, en serio, puedo tomarme un descanso!? — Lo soltó con un gran grito de alegría y de alivio. Alejarse de aquel terrorífico y monstruoso espíritu maligno por un tiempo era lo que más deseaba en aquellos momentos.

Antonina le movió la cabeza afirmativamente y Nonoma empezó a darles las gracias con una gran sonrisa, antes de salir corriendo a toda velocidad, con la clara intención de alejarse lo más rápido de nosotras.

Al desaparecer su figura del campo de visión de Antonina y Aiyanna. Ésta miró a la chica, observando un rostro que mezclaba tristeza y enfado. Pudo suponer enseguida lo que pensaba ella:

— ¿¡Te entristece que ella solo ve en ti como un peligro!? — Le preguntó.

Aiyanna dudó durante varios segundos, observándola una y otra vez, como si le daba miedo soltar lo que estaba pensando. Al final, decidió hacerlo:

— Sí, no quiero que me vea así. — Eso le decía, mientras se aguantaba las ganas de llorar. — Pero es la verdad, yo tengo un ser horrible dentro de mí, un espíritu maligno. — Entonces, Antonina sorprendió a Aiyanna dándole unas cuantas palmadas en la espalda.

— ¡No te preocupes por eso! Ahora debes centrarte en pensar en cómo empezaste a descubrir qué tenías eso. Te daré un tiempo. —

Aiyanna movió la cabeza afirmativamente, después de que ellas siguieran andando y empezarán a subir en silencio por una suave pendiente, saliendo ya del pueblo. Rodeadas de de extensos pastos y pequeños cultivos, veían como los pueblerinos que hacían su trabajo las saludaban enérgicamente, haciendo que Antonina les devolvía gentilmente su saludo. Algunos dieron gritos de ánimos para la chica, algo que ella respondía de forma tímida.

Y la pendiente empezó a inclinarse mucho más, cuando Antonina decidió a preguntarle lo que había pensado Aiyanna. Tras soltar aquella pregunta, esto fue la respuesta:

— Pues, la verdad no lo he pensado mucho. — Soltó una pequeña risita nerviosa. — Es que estuve distraída en los saludos y los ánimos que nos han dado. Perdón. — Antonina le dijo que no pasaba nada y que podría hacerlo ahora si quisiese. La chica le hizo caso y empezó a pensar en silencio por unos cuantos segundos, mientras forzaba a su cerebro a recordar.

— Creo que eso fue…— Ella tenía los ojos cerrados al máximo, poniendo un rostro muy gracioso, en señal de que se estaba forzando todo lo posible. —…hace poco tiempo. — Le estaba costando mucho. — Después de haber sufrido la última tormenta de nieve del invierno. — Arqueó las cejas. — Era extraño, es difícil cómo explicarlo. —

Antonina le dijo que debería tomarse su tiempo y desarrollar en palabras lo que empezó a sentir. Ella le hizo caso y, tras pasar varios segundos más, consiguió poder explicar más o menos los primeros síntomas sobre lo que le ocurría. Abrió la boca poquito a poco y empezó a contarlo, aunque fuera de una forma bastante apagada y entrecortada.

Según sus palabras, ocurrió poco antes de que llegase la primavera, ella empezó a escuchar terrible risillas que resonaban en su cabeza que oía de vez en cuando, sobre todo cuando estaba con su familia, con sus amigos o en la taberna. Al principio, lo ignoró, creyendo que lo soltó alguien más; pero, luego, en los momentos en dónde no estaba sola o nadie se reía, le empezó a parecer muy raro. Intentó pensar que era su imaginación, pero cada vez eran más constantes y desagradables.

Y reitero lo de desagradable varias veces, no dejó de expresarme que era aterrado y siniestro. También que, a veces, eran carcajadas muy fuertes y otras  muy débiles, que parecían casi susurros. Y estos serían los primeros síntomas que empezó a notar que estaba siendo poseída, el principio de una larga pesadilla.

— ¡¿Y no le dijiste a nadie que, a veces, escuchabas risas en tu cabeza!? — Le preguntó Antonina, quién la escuchaba atentamente, ayudándola cuando le costaba decir algo o soltando dudas cuando era necesario.

— No, la verdad es que no. Creo que debió ser porque no le di importancia, pero luego era porque no quería preocuparlos con eso…— Eso le respondió Aiyanna con una voz débil y apagada.

Y le siguió contando sobre cómo empezaron a aparecer los demás síntomas. Ella empezó a levantarse y caminar por las noches, sin que, luego, no lo pudiera recordar. Podría confundirse con un caso de sonambulismo, pero sus padres u otras personas observaron que ella estaba consciente cuando la veían deambular por la oscuridad, aunque notaron que actuaba muy rara, como si fuera otra persona. Aiyanna empezó a asustarse bastante, ¡¿por qué no podría recordar esas caminatas!? ¡¿Qué le estaba ocurriendo?!

Aunque bueno, luego le explicó que sus pérdidas de memoria son bastantes frecuentes, olvidaba cosas que pronunciaba al momento o recordaba algo que no tenía sentido ni estaba relacionado con ella. También que sufría horribles pesadillas, que luego olvidaría fácilmente, según sus papás. Así que pensó que era normal que no pudiera recordar lo que hacía por las noches, pero se daba cuenta de que ya ocurrían cosas muy raras.

Siguió contando que sus caminatas nocturnas no solo la hacían caminar por la casa, sino salir al exterior y llegar a lugares tan alejados de la aldea como la población más cercana, que estaba a siete horas de caminata.

Y la situación no hizo más que empeorar. Empezó a perder la consciencia durante el día, aunque solo fuera cuestión de minutos; o eso ella lo sentía, porque los demás vieron que siguió estando consciente, aunque les parecía un poco diferente. Por suerte, el espíritu maligno no hizo nada malo cuando la controlaban, pero notaban que algo malo la dominaba. Y después de las risas siniestras, que siguieron manifestándose y creciendo, Aiyanna empezó a escuchar una voz que venía de su cabeza.

— Era horrible. Empezó a decir que les matará o que deseaba asesinarlos, que todo era una mierda, que yo no era nada y que me tenía que morir. —

Eso le decía Aiyanna mientras recordaba con horror las palabras de aquel terrible ser repetía cada día en su pobre cabeza. Antonina indagó sobre eso:

— ¡¿Y cómo soportabas eso!? ¡¿Le pedías que se callara o intentabas pensar en otra cosa!? ¿¡Y además, fue en ese momento en que decidiste contárselo a tus padres!? —

Tras mostrarse un poco pensativa y callada, Aiyanna le contestó de esta forma: — Pues no sé cómo supe aguantarlo. Me tapaba las orejas, gritaba, me movía de un lado para otro, muchísimas cosas para ignorarlo o hacerlo callar. — Dio una pequeña pausa. — Incluso le empecé a decir que se callará y me dejara en paz. Y era normal que se dieron cuenta. Se los tuve que  contar todo. —

Recordaba con muchísima tristeza cómo les confesó esto a sus padres, que no le creían al principio y, luego, empezaron a darse cuenta de que lo que le pasaba a ella era grave, ya que rompió a llorar fuertemente, rompiéndoles el corazón. Ellos también lloraron y gritaron, mientras la abrazaban con todas sus fuerzas y le decían que todo iba a estar bien, que no pasaba nada. La comprendieron y empezaron a hacer todo lo posible para librarla de aquella cosa tan terrible que torturaba a su querida hija.

— Supongo que lo primero que hicieron era llevarte al chamán más cercano, ¿¡no!? — Le preguntó Antonina, a continuación.

Aiyanna le movió la cabeza afirmativamente, antes de decirle que sí, que tuvieron que irse al pueblo de al lado. Por extraña alguna razón, esta aldea no dispone de uno. De todas maneras, continuó hablando: — Como estaba en mi cabeza, en mi interior; pues era el único al que podríamos recurrir. —

Fueron directos al chamán, pero éste no fue capaz de encontrarle cura a sus problemas, a pesar de probar diversos métodos. Fue uno de estos intentos de ayudarla, cuando el espíritu maligno la controló, gritándole de forma diabólica y riéndose como un demonio, incluso le intentó atacar, mientras sus padres la detenían y observaban como su querida hija les insultaba con muchísima virulencia y odio. Podría decirse que en ese momento empezó a formar la idea de que había un espíritu maligno dentro de ella.

— Fue el chamán, el que me dijo que había sido poseída. — Continuó Aiyanna. — Después de que controlará mi cuerpo, estuve consciente y vi a todos mirándome con espanto, como si yo les había hecho algo horrible. Comprendí, entonces, que había algo malo dentro de mí. —

— Él me lo explicó todo y yo no tuve más remedio que aceptarlo, después de ponerme a llorar durante un buen rato. No paraba de pedirles perdón a ellos por lo que hice. — Le dijo, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas. Se notaba que recordarlo solo le traía mucho dolor y sufrimiento.

Les tuvo que confesar que era incapaz de ayudarla, tal vez aterrado ante la virulencia del espíritu, algo que desesperanzó a Aiyanna y a sus padres. Pero, luego, les dijo que solo había una persona que se había enfrentado a ese tipo de situación y había salido victoriosa. No hace falta decir quién es.

Al final, no pudieron evitar que eso saliera a la luz, a los pocos días de mandar la carta a la capital, todo el pueblo lo descubrió. A pesar del miedo y el horror que les produjo a los aldeanos aquella noticia, pudieron mantener la mente fría y entender a Aiyanna, incapaces de tacharla de loca o de librarse de ella porque un espíritu maligno la ha dominado. Un gesto muy noble, ¡¿no les parece!?

— No sé…— Concluyó Aiyanna, después de llevar un buen rato hablando. — Creo que hay muchas más cosas que explicar, pero estoy cansada, me duele la boca de tanto hablar. — Se veía que estaba agotada, tanto por el habla como la caminata, y Antonina decidió terminar por hoy.

— Es suficiente por ahora, me has aportado muchísimo información para que podamos combatir al espíritu maligno. —

— ¡¿En serio!? — Arqueó un poco las cejas, no creía que eso le ayudaba mucho.

Aún así, le alegro mucho escuchar eso, ya que mostró una débil, pero adorable sonrisa, mientras añadía: — Espero que sea así. Quiero derrotar al espíritu maligno. —

Entonces, Antonina se dio cuenta de algo. En la lejanía, escondidos detrás de un árbol, se encontraban un montón de chiquillos, tres niños y cuatros niñas que le observaban detenidamente. Ellos, al percatarse de que ella miró hacia dónde estaban, intentaron ocultar sus cabezas.

— Por cierto, Aiyanna… — Le preguntó con una sonrisa, mientras le señalaba al árbol. — ¡¿aquellos chicos que nos están observando son tus amigos?! —

Extrañada por aquella pregunta, Aiyanna giró la cabeza hacia atrás y vio como unos niños salieron de detrás de un árbol, que se reían de forma nerviosa y la saludaban como si intentaban aparentar que no pasaba nada. Boquiabierta, expresó su sorpresa de esta manera: — ¡Sí, son mis amigos! ¡¿Qué hacen aquí!? —

FIN DE LA CUARTA PARTE

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