Centésima decimaséptima historia

El funeral de una flor: Décima parte, centésima decimoséptima historia.

Y pasaron dos o tres días desde entonces, en los cuales el espíritu maligno no hizo acto de presencia, ni siquiera manifestándose como una voz dentro de la cabeza de Aiyanna. Ella vivió como había hecho los meses anteriores, controlando su miedo contra el ser malvado que habitaba en su interior. No paró de jugar con sus queridos amigos, sobre todo con la nueva amiga que hizo, Nonoma; ni de ayudar con sus padres en el mantenimiento de la casa. Aún así, tanta tranquilidad no daba buena espina, era como si ese monstruo estuviera preparándose para dar el golpe de gracia. A pesar de todo, había que aprovechar aquella ausencia para asuntos importantes, y eso estuvo haciendo nuestra Antonina.

— ¡¿Cómo va la construcción del generador eléctrico!? — Ella estaba en las afueras del pueblo, ya que se acercó al lugar en dónde estaban haciendo la mini instalación eléctrica, preguntándole esto al jefe de los ingenieros, quienes estaban supervisando las obras, observando a sus buenos obreros trabajando.

— Bien, todo va como está planeado, ya hemos acomodado el terreno y estamos poniendo los cimientos. — Le contestó a Antonina.

— ¡¿Y cuándo estará listo!? — Le respondieron que dentro de dos o tres semanas, mientras no saliera ninguna inconveniente. — Oh, es bueno saber que va a ser más rápido de lo que creía. — Concluyó Antonina, esbozando una gran sonrisa.

— Bueno, no estamos construyendo algo grande, la instalación es pequeña, pero suficiente para darle electricidad al pueblo. — Dio una pequeña pausa, antes de continuar, ya que uno de sus obreros le interrumpió para preguntar algo. — Aunque hay grandes inconvenientes para finalizar este plan, entre ellos aceptar que los vecinos utilicen aparatos eléctricos o que nos den su permiso para conectar sus casas a la futura red. Pero la Zarina ni usted deben preocuparse, porque vamos a conseguir vuestro objetivo, nuestro orgullo y lealtad están en juego. —

El ingeniero, aunque parecía que mostraba optimismo, se rascó la cabeza dudosamente, como si se preguntaba si realmente lo estaban haciendo bien. Después de todo, era una tarea más o menos titánica cómo traer electricidad a un lugar que parecía estar atrapado en el s. XVIII. Y además añadiendo el plus de dificultad que significaba hacerlo de forma muy distinta del exterior.

Iban a proyectar una instalación que solo servía para consumo bajo y para lo estrictamente necesario, con materiales, aunque de muy buena calidad, bastantes atrasados tecnológicamente, o una buena parte, porque había unos pocos demasiados adelantados para el Zarato; teniendo que formar a los pueblerinos para que ellos se pudieran ocupar solitos de su mantenimiento, ya que la comunidad iba a estar cargo. No había ninguna empresa, ni unas complejísimas construcciones que podrían hacer un gran rendimiento, ni una gran ciudad que abastecer, cuando con una sola presa que daría energía a todo el reino.

Feliz de oír aquella noble respuesta, Antonina añadió esto: — Hay que ir poquito a poco. Primero serán molinos y mobiliario urbano entre otros. Después, al ver sus ventajas, desearán tener electricidad en sus casas y aprenderán a construir aparatos electrónicos o pedirán al Zarato que los traigan. —

Había otra razón para ir con calma, si se hiciera de golpe y a gran escala lo que estaban haciendo, se crearía graves problemas para el Zarato y que tardarían mucho tiempo en ser solucionarlos. Era mejor ir despacio. A pesar de eso, ella no se lo dijo, sino que soltó esto en su lugar:

— Además, no es lo único que hemos traído. Los motores de gasolina o de biodiesel que les hemos mostrado han sido un éxito. — Ella recordaba que hace unos días le mostraron esas maquinas que trajeron ellos a los aldeanos, que se quedaron impactados, y luego le enseñaron sus funciones, usándolos como parte de carros o maquinaria agrícola improvisados, dejándoles sin habla. — Por ahora, no os preocupéis mucho por esos detalles, está todo bien diseñado y si algo sale mal, pues se busca el origen del problema, se arregla y ya está. —

Después de todo, ella estaba preparó la modernización y la autonomía que debía tener el Zarato concienzudamente. Y lo estaba poniendo en marcha en este mismo pueblo. Entonces, cambió de tema, preguntando esto:

— Hablando de otra cosa, ¡¿ha llegado algún correo o noticia importante de la capital!? — El ingeniero movió la cabeza negativamente.

— Ya veo, mejor así, es indicio de que todo va bien. Si llega algo, avisarme, ¿vale? — Y le dijeron que sí, antes de que ella se despidiera y volviera al pueblo.

A pesar de que dijo aquello, ella realmente estaba interesada en qué estaba ocurriendo mientras tanto en el palacio, cómo nuestra querida Zarina estaba respondiendo a aquel conflicto inusual que estaba teniendo consigo misma, y con su leal sirvienta. Le parecía muy interesante y se hubiera quedado a observarlo, si no fuera porque tenía que atender este caso. Perdón, creo que he hablado de más, es otra historia que no tiene nada que ver con el nuestro, espero no haberles arruinado el argumento.

Continuando y centrándonos en nuestra historia, nuestra Antonina, después de llegar, se dirigió hacia a la casa del jefe. Ella tardó bastante en llegar, ya que tenía que detenerse constantemente a hablar con los habitantes. Habló con el líder de la aldea, de temas que no tienen nada de interesantes para nosotros. Finalmente, tras perder de forma valiosa su tiempo, tuvo que hacer varias cosas nada importantes para nuestra narración, antes de volver al hogar de Aiyanna. Faltaba poco para el atardecer:

— Buenas tardes, Doña Antonina. — Eso le dijo Nizhoni, cuando vio que aquella gran mujer había vuelto.  — ¿¡Cómo ha ido todo?! —

— Pues bastante bien, todo va como la seda. — Miró por todos lados y preguntó esto: — ¡¿Y dónde están Nonoma y Aiyanna!? ¡¿Siguen jugando con los niños!? —

— Habían vuelto hace rato, pero les pedí que buscarán a mi esposo, quién se puso a beber con sus amigos en la taberna. — Ella mostró una expresión algo malhumorada. — Espero que no se haya emborrachado, porque luego se pone muy enfermo. —

— ¿Es normal que beba tanto? —

— No, no, Doña Antonina es de esos que beben lo suficiente, pero hay veces en que se pasa, sobre todo cuando sus amigos le insistan a que trague más de lo necesario. — Soltó un fuerte suspiro, antes de continuar. — Y hace rato que se han ido, ya no sé si ha sido una buena idea pedirles que lo buscaran. —

Antonina le preguntó por qué creía eso y ella le contestó con esto:

— Es que a Aiyanna le gusta pasar el rato en la taberna, y no es un buen lugar para una niña. Creí que, con Nonoma acompañándola, evitaría que mi hija se quedara, ya que le pedí que se llevaran de inmediato a mi marido de ahí y hacerle recordar a mi hija que no debe quedarse ahí, ni cinco minutos. Pero parece que me ha fallado…— Terminó aquellas palabras mostrando un notable enfado, parecía preparada para darle una regañina a Nonoma.

— Entiendo, ¡¿por qué no vamos a buscarlos!? — Entonces, Antonina le soltó con esto.

— Yo estaba pensando en hacerlo. — Nizhoni prosiguió. — Pero, ¿¡no está usted cansada!? Ya ha estado toda la tarde dando vueltas y haciendo cosas importantes, debe estar muy cansada y no sería nada noble de mi parte que no se pusiera a descansar. —

Antonina le dijo que estaba bien y la madre de Aiyanna empezó a insistir, mostrándose algo preocupada por el cansancio del “chamán”. Al final, fue Nizhoni la convencida, quién aceptó que las dos se fueran directas a la taberna del pueblo en busca de ellos. ¿Y qué lo que encontraron ahí? Pues el resultado os sorprenderá, o no tanto.

— Vuestras mercedes, d-déjenme… — Gritaba eufórica una Nonoma fuera de sí. — Y-yo puedo sola andar, jajajaja. De verdad. —

Nonoma jugó con el alcohol y tomó muchísimo más de lo que debería, provocando que se volviera muy hiperactiva y estuviera haciendo locuras en la taberna, con la aprobación de otros borrachos. Al final, no podría ni andar, así que estaba siendo llevada por dos personas, a pesar de que ésta intentaba soltarse e caminar libremente en aquellas condiciones; mientras volvían a casa de Aiyanna.

— Ni siquiera puedes estar de pie, así que ni hablar. — Le replicó Nizhoni, muy molesta, luego se dirigió hacia su esposo: — ¡Dios mío, ¿cómo has dejado que se haya emborrachado?! ¡Solo es una moza! —

Al contrario, contra lo que se imaginaba, su esposo estaba muy ebrio, se pudo controlar y si había tardado más de lo que debía era porque estaba escuchando grandes historias de los mayores de la tabernas.

— Papá y yo lo intentamos, pero fue imposible, ¡de verdad! — Le habló Aiyanna, defendiendo a su padre. Y éste, añadió: — Además, ella nos dijo que sabía controlar y no los creímos, perdón. —

Nonoma no paró de jactarse que había tomado desde los seis o siete años y su cuerpo era capaz de soportar mucho alcohol, y lo intentó demostrar. El padre de Aiyanna y ella creyeron en su palabra, mientras los demás, entre risas, la probaron. A pesar de que estos dos intentaron detenerla al ver que todo era pura fábula, no se detuvo hasta que no pudo más.

— No debes tomarlo tan mal, Nizhoni, ella es de ese tipo de niños que se cree muy adulta y hará lo que sea para demostrarlo. Es bastante lindo por su parte. — Habló Antonina, y luego añadió con un suspiro: — Aunque me gustaría haberme quedado un rato ahí…—

— Doña Antonina, una taberna no es el mejor lugar para alguien como usted, vería cosas realmente desagradables, es el sitio en dónde los hombres cuentan sus penas y sueltan sus tonterías. —

— Pero tan malo no es…— Padre e hija le intentaron replicar y Nizhoni les miró con una mala leche que los hizo callar de golpe. Luego, Navajo le dijo esto a su hija: — No hemos dicho nada, ¡¿a que sí, Aiyanna!? —  Y ésta le dio la razón, moviendo afirmativamente la cabeza, intentando los dos hacer como si no hubiera pasado nada.

— Además, no pararon de molestarla, pidiéndole consejos o gratitud. — Añadió Nizhoni, mientras recordaba cómo se pusieron los de la taberna cuando la vio. Todos le hicieron la reverencia y se pusieron muy firmes, antes de preguntarle dudas y contarles los problemas que tenían. La madre de Aiyanna tuvo que intervenir para que ésta no la agobiaran.

— Pues yo no lo sentí así. — Le replicó Antonina. Deseaba escuchar los problemas de aquellos que recurrían al alcohol y conocer las historias que los ancianos contaban. — De todos modos, es mejor así, ya que tenemos que llevarnos a esta chica descontrolada a casa. — Obviamente, se refería a Nonoma.

Y continuaron su camino sin ningún tipo de problema. Al llegar a casa y meter en la cama a la borracha, que gritaba cosas inexplicables, Antonina sorprendió a todos con esto:

— Por cierto, desearía tener un paseo antes de cenar. —

Nizhoni le dijo que debería descansar, que ya había hecho mucho por hoy y ya era de noche; Navajo algo parecido; pero Antonina siguió insistiendo:

— Sí, el sol ya casi ha desaparecido, pero quiero ver el cielo nocturno. —

Y fueron fácilmente convencidos con estas palabras. Al ver que estos ya se rindieron, Antonina añadió estas palabras:

— Aiyanna, ¡¿quieres pasear conmigo!? — Y luego se dirigió a los padres de ella, preguntándoles si podría hacerlo, siendo respondida positivamente. Después de todo, con Doña Antonina todos estaban a salvo.

— Yo, pues…— Aiyanna dudó por un momento, luego le dijo  esto con euforia.  — ¡Quiero ir, lo haré con mucho gusto! Y no se aburrirá, tengo en mente cientos de chistes por contar. — Esto último lo anunció con mucho orgullo.

— Pues vámonos.  — Y con esto dicho, salieron a pasear.

Bajo un cielo estrellado, Aiyanna y Antonina empezaron a dar una pequeña caminata por los alrededores de la casa de la niña, iluminando el camino por una lámpara de petróleo. Estuvieron las dos en silencio, observándolo todo. Ninguna hablaba, no había necesidad para hacerlo, ya que estaban bien así. Y así estuvieron hasta que algo atrajo la atención del “chamán”, quién se quedó absorta con la bóveda celeste.

— ¡¿Qué pasa, Doña Antonina!? — Aiyanna se extrañó un poco al verla así. Sin decir ni una palabra, ella le señaló hacia al cielo y la niña le hizo caso. Dio un pequeño grito de incomprensión y miedo al observarlo.

— L-las e-estrellas s-se están cayendo…— Era la primera vez que la pobre estaba viendo una lluvia de estrellas. — No me lo puedo creer, es algo horrible. — Y le estaba pareciendo algo aterrador.

Así es, misteriosamente, o de forma muy conveniente para nuestra historia, el cielo se llenó de asteroides que se incendiaban mientras pasaban al lado de la atmosfera terrestre. Un espectáculo maravilloso se estaba mostrando antes sus ojos.

— No te asustes, no es nada malo. Es un espectáculo que nuestros espíritus nos están ofreciendo. — E intentó tranquilizar a la pobre chica.

— ¡¿D-de verdad!? — Aunque dudó un poquito de sus palabras, mientras centraba su visión hacia esas estrellas caídas. — ¡¿En serio, no es nada malo!? — Antonina no dijo nada, solo movió la cabeza.

Aiyanna observó con sumo detalle cada luz que caía por el cielo, desde que aparecía hasta que desaparecía, durante unos cuantos minutos. Poquito a poco empezaba, a pesar de que le ponía los pelos de punta, a comprender que aquella escena era bella, que transmitía algo que no podría entender, por mucho que lo pensase. Y eso que no dejo de intentar comprender cuál era la razón que le hacía pensar que aquello era hermoso.

— ¿¡De verdad, nuestros espíritus nos están mostrando esto…!? — Al final, rompió aquel celestial silencio, apelando a la ayuda de Antonina para poder comprobar lo que veía. — ¡¿Qué quiere decirnos con esto!? —

— Tal vez, la verdad es que no lo sé…— Así le respondió Antonina, cuya respuesta dejó muy pasmada a Aiyanna: — ¡¿Pero si usted ha dicho antes que nos los están mostrando!? —

Antonina rió levemente, antes de soltar estas palabras: — Hay más cosas en el cielo y la tierra, Aiyanna, que las que sospecha mi filosofía. —

La pobre niña no entendió nada, eso le soñó a chino. Antonina continuó hablando, al ver cómo no replicó:

— Es una variación que le he hecho a una verdad que un dramaturgo dijo en boca de su protagonista. No importa cuántos siglos hayan pasado desde entonces, sigue siendo cierto, y lo seguirá siendo por toda la eternidad. —

Aiyanna siguió sin decir nada y, al ver que dejaron de caer estrellas, no había más remedio que continuar hablando:

— Sabes, en el exterior nos hemos olvidado de estas palabras, de que hay más cosas en la tierra y en el cielo que las que sospechan sus filosofías o sus ciencias. Cosas que el saber humano, no importa lo “avanzados” o “evolucionados” que estamos, jamás sabrá. Nuestra soberbia es infinita, pero estamos condenados a tener que aceptarlo. O tal vez ya sufrimos la condena, creyendo que las verdades son construcciones que hace el ser humano y que cualquier cosa es verdad solo porque así lo crees, pudiendo hacer un mundo mejor o recrear la realidad a imagen y semejanza de tus deseos. Al final, lo único que han construido han sido patéticos castillos de arenas como si fuera fuertes fortalezas hechas de hierro y acero. —

— Lo siento, eso parece muy profundo para poder entenderlo. — En el rostro de Aiyanna se veía claramente que su pobre cerebro estaba a punto de explotar por sobrecalentamiento.

— Tienes razón…— Aún así, Antonina, que dio unas pequeñas risas de nuevo, no dejó el tema, aunque intento hacerlo entendible. — En fin, lo que quiero decir es que hay muchísimas cosas que yo no sé, y que nunca lo podré saber. Y eso no es solo yo, no hay persona que escapa de esto, por muy sabia que sea. —

Y volvió a repetir aquellas palabras con mayor sencillez, después de la niña le pidiera que se lo explicará mejor. Después de la repetición, continuó:

— Y hay muchas verdades ahí fuera, que están delante de nuestras narices y no podemos verlos, ni oírlos, ni olerlo, ni siquiera nuestra mente es capaz de imaginarlo. En realidad, jamás podemos alcanzarlos ni entenderlos, por muchos que nos esforcemos. —

— ¡¿Y entonces, cómo sabemos qué están ahí!? — Preguntó Aiyanna, que esta vez pudo entender sus palabras, más o menos.

— Certeza. A pesar de ser incapaces de saber lo que son, sentimos que está ahí, no sabemos el qué, pero está. Aún cuando no podemos conseguirlo, intentamos entender aquello que va más lejos de nuestro entendimiento. —

Aiyanna ponía muchas caras raras, mientras traducía aquellas palabras en su cerebro. Antonina no se detuvo, a pesar de eso.

— Los del exterior, negaron aquella realidad que no podemos alcanzar, tachándola de falsa y pura imaginación. Para ellos, cualquier cosa que no puedes observar, sobre todo con la ciencia, es pura basura. Aún así, muchas veces caen sin darse cuenta en la trampa que ellos mismos, soberbios y con superioridad moral, dicen no caer. —

Dio un pequeño respiro, además de volver a explicarle a Aiyanna lo que había dicho de nuevo, antes de continuar:

— Los espíritus son de esas verdades que no podemos ver ni escuchar, pero que sabemos que existen. Cientos de pueblos han creído en ellos, tienen una certeza de que hay algo más y lo han intentando explicar. —

Y finalmente Antonina terminó de hablar, calló sepulcralmente, esperando lo que diría Aiyanna, quién estaba muy pensativa:

— Entonces, yo los veo…— Y quién, tras varios segundos de silencio, nos soltó esta revelación. — Yo veo a los espíritus, lo que dejan las personas cuando mueren. De vez en cuando, los veo y los saludo, y ellos me saludan a mí, y nadie más, salvo yo, ve eso…—

Lo decía con toda la seriedad del mundo, adornado con una pizca de miedo por ser tomada por idiota por la gran Antonina, creyendo que ésta, quién ha luchado contra cientos de espíritus, se iba a burlar de ella.

— Tal vez…— Pero Antonina creyó en ella. — Este mundo está lleno de misterios. No niego eso, es más, creo que tú puedes verlos. — Y, mientras le acariciaba la cabeza dulcemente, añadió: — Ojala pudiera hacer lo mismo que tú…—

Después de pronunciar estas palabras, Doña Antonina empezó a moverse, mientras Aiyanna, totalmente sorprendida, le gritaba esto:

— Espera, espera un momento, ¡¿cómo que no puedes verlos!? ¡¿Entonces, cómo puedes luchar contra ellos!? —

— Es un secreto, pequeña Aiyanna, es un secreto. — Le respondía esto, entre risas, mientras se alejaba de ella, que tardó un poco en reaccionar y alcanzarla, por asimilar aquella gran revelación.

Pero antes de eso, algo, atrajo la atención de nuestra Aiyanna, quién saludo con mucho respeto antes de salir corriendo hacia Antonina. No sabemos qué era, porque, para nuestros ojos, ella había saludado hacia la nada.

FIN DE LA DÉCIMA PARTE

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