Centésima decimaséptima historia

El funeral de una flor: Última parte, centésima decimoséptima historia.

Y ya hemos llegado a lo que podríamos considerar el epílogo de nuestra historia, esto es lo que pasó después de aquel “exorcismo”, o mejor dicho, “funeral”.

Definitivamente, aquel espíritu maligno llamado Sasha, jamás volvió a aparecer. Aiyanna ya vivía tranquila y feliz, como si se hubiera librado de un peso de encima, como si de verdad ella había sacado esa parte suya y la hubiera expulsado de su cuerpo, hacia al más allá. Todo el pueblo también respiraba tranquilo, aunque algo agitado por la presencia de Antonina, que siguió estando el lugar por unas semanas más.

— Esto de la “electricidad” es sorprendente, aunque no sé, no me gusta mucho, ¿¡esto no es peligroso!? Siento como si podría arruinar nuestra querido modo de vida… — Hablaba el jefe de la aldea, quién estaba en su despacho, hablando con Antonina, quién siguió reuniéndose  de vez en cuando para tratar con los asuntos sobre la construcción de la instalación eléctrica, que, en aquellos momentos, estaban a punto de terminar. Él ya lo había probado y se quedó muy sorprendido, pero sus propias dudas y las protestas de algunos vecinos, que temían la llegada de esto, le hacían sentir miedo.

— Todo lo que hace el hombre es peligroso de por sí, hay peligros por doquier. Pero nuestro trabajo es dominarlo en nuestro provecho. Es un regalo de Dios y de nuestros antepasados aprovecharnos de esta increíble energía. Además, solo lo transformará, no lo arruinará. Eso es vuestro trabajo, que el cambio no sea drástico, jefe. — Pero nuestra Antonina con mucha facilidad eliminó esas dudas, algo que ya estaba haciendo con los demás vecinos, y seguiría haciéndolo en los que le quedaban.

Ella no se iba a ir tan pronto, por lo menos, hasta que viera finalizado la construcción de aquella pequeña instalación eléctrica, que fue avanzando sin problema. Aprovechando esto, hizo varias observaciones sobre la zona, arregló y buscó problemas relacionados con la organización de la aldea, así como su abastecimiento, el aprovechamiento de sus tierras, la aplicación de esto en el resto del Zarato en un futuro cercano, etc. Nunca paraba, siempre estaba haciendo algo. Aparte de esto, había otra razón por la cual no había decidido irse tan rápido, se trataba de Aiyanna.

— ¡¿Cómo te ha ido hoy las cosas!? ¿¡Y a Nonoma!? —

Eso le preguntó Antonina, a pocos días de su ida, a Aiyanna, mientras hacían un pequeño paseo con el atardecer.

— Pues todo muy bien, he estado practicado un juego nuevo, Nonoma lo llama bufonada, con ella y los demás. Aunque decía que no quería actuar de bufón, que eso ya lo hacía yo bastante bien, se unió a nosotros. —

Al oír la respuesta de Aiyanna, Antonina rió, luego preguntó por el paradero de la sirvienta: — ¡¿Y dónde está ella ahora!? —

— Pues está en mi casa, creo. — Le respondió dubitativamente.

Y estuvieron en silencio durante varios segundos, mientras saludaban a los que volvían de casa tras trabajar en el campo, hasta que Doña Antonina lo rompió:

— Puedo preguntarte algo…— No estaba muy segura de mencionarlo a estas alturas. —…algo que llevo preguntándome. —

— Ya me lo imagino, ¡¿se trata de ella!? —

— ¡Te has adelantado! — Dijo Antonina con un gesto de sorpresa. Con gran tranquilidad, Aiyanna le soltó esto:

— Ella ya se fue, hace largo tiempo, ya está en el más allá, descansando en paz. Y todo lo relacionado con ella ha sido borrado poquito a poco. A pesar de que aún recuerdo lo doloroso y horrible que eran, los recuerdos en sí han desaparecido de mi memoria. Salvo por algunas cosas, ya no recuerdo nada. Menos mal…— Lanzó un suspiro de alivio.

Antonina se sintió algo decepcionada con aquello, ya que si la raíz del problema era no aceptar esos recuerdos, no tenía sentido que se borrasen cuando fueran aceptados, la chica tenía que llevar esa cruz por el resto de su vida. Aún así, por otra parte, le pareció curioso ese hecho:

— ¡Qué extraño, qué curioso, cuando vuelven tus recuerdos, aparece tu vieja personalidad y cuando ésta desaparece, se esfuman! ¡Qué misterioso es la mente humana! — Ella decía estas palabras con una gran exaltación y emoción. Luego, dio una pequeña pausa, para añadir: — ¿¡Que diría una vieja amiga de todo esto…!?—

— ¡¿Una vieja amiga!? — Preguntó Aiyanna, bastante curiosa.

— Bueno, es alguien muy querida por mí. Algunos me decían que siempre estaba muy pesada con ella, siempre mencionándola en cada conversación. Debería mantener esta vieja costumbre…— Y soltó varias risas, después de pronunciar estas palabras.

— Ya has conocido a un demonio, no hace falte que te hable de otra más. Es como el Mefistófeles de mis amistades…— Rió Antonina. — O quizás el Edgar Allan Poe…—  Otra vez soltó risas. — Bueno, es única, es complicado buscarle alguna comparación, pero esos se le acerca. —

— ¡¿De qué estábamos hablando!? — Decía Aiyanna, muy confundida. Normal que dijera esto, Antonina no se acordaba de que no estaba chalando con alguien culto, esas referencias no las podría coger.

Al darse cuenta de esto, ella empezó a reír como loca y Aiyanna, aunque no entendía nada, se le contagió la risa y no pararon durante un buen rato.

Finalmente, llegó el adiós, dos días después de que el pueblo inaugurara la electricidad, en un día que coincidía con la celebración de la independencia de Georgia.

Todo el pueblo se reunió ante las carrozas que iban a llevar al chamán real y a las personas que había traído, con el mismo entusiasmo que mostraron cuando ellos llegaron al pueblo. Entre gritos y lloros, despedían con gran pasión aquella gran mujer que los salvó del espíritu maligno.

— ¡Gracias por todo, mis queridos pueblerinos! ¡Estas semanas han sido inolvidables, siempre los guardaré en lo más fondo de mi corazón! ¡El Zarato debe estar orgulloso por tener hijos como vosotros, no hay duda de eso! — Todo el pueblo le replicó con mucha humildad que los agradecidos eran ellos, que le habían salvado de un monstruo, les ayudo en todo y ha traído grandes y buenas novedades al pueblo. — ¡No digan eso, yo estoy más agradecida que ustedes conmigo! —

Entonces, de entre la muchedumbre aparecieron varios niños, eran Aiyanna, sus amigos y sus padres, que llegaron corriendo. Habían llegado tarde.

— ¡Doña Antonina, Nonoma! — Decía Aiyanna muy aliviada, mientras recuperaba el aliento. — Menos mal, he llegado a tiempo. —

Tras recuperarlo, con un poco de enfado, ella y sus amigos le soltaron esto a la sirvienta:

— ¡¿Por qué no te has despedido de nosotros, Nonoma!? —

Aunque Antonina ya se despidió de ellos, Nonoma no se atrevió, los esquivó sin parar.

— Bueno, yo…— Ahora que no podría escapar, tuvo que decirle esto, mientras su cara se ponía muy roja y se veía que le entraban ganas de llorar: — Paréceme que las despedidas no son lo mío, lo siento. —

— ¡Si quieres ponerte a llorar, puedes hacerlo! — Intervino Antonina.

— ¡De ninguna manera, no estoy llorando! — Le replicó Nonoma, aunque su cara decía otra cosa. — Y no estoy triste, podemos comunicarnos con cartas y puedo volver otro día aquí. No tengo motivos para ponerme así. —

Aún así, al terminar aquellas palabras, ella no pudo más y rompió a llorar, a provocar que los demás chicos hicieran lo mismo, mientras se abrazaban fuertemente y se decían los unos a los otros que nunca se iban a olvidar.

— Nizhoni, Navajo, cuiden de Aiyanna muy bien. Ya se habrá librado del espíritu maligno, pero éste puede intentar regresar. —

Añadió, mientras tanto, Doña Antonina, recordándoles que deben estar muy atentos ante cualquier indicio. Creía con firmeza que Aiyanna había eliminado esa otra personalidad, pero había que asegurarse, sobre todo por el hecho de que ella tuvo un trastorno que tardaba mucho en curarse y que no se borraba de un día para otro, como le había pasado. Ellos movieron la cabeza de forma afirmativa, con gran seriedad.

Después de que el grupo de amigos terminara de llorar, Aiyanna, mientras se limpiaba los ojos, se dirigió hacia Antonina:

— Jamás podré recompensarla por todo lo que ha hecho por mí. No sé que hubiera hecho sin usted, Doña Antonina, nunca la olvidaré. —

Antonina le dijo lo mismo. Entonces Aiyanna le dio un fuerte y fugaz abrazo, después añadió estas palabras, llenas de admiración:

— ¿Y sabe qué? Cuando sea mayor, seré igual que usted, un “chamán” que recorrerá cada rincón del Zarato ayudando a las personas, librándolos de los malos espíritus y de llevarlos al más allá. —

— Me parece muy bien, tal vez puedes ser mi próxima sucesora, mi querida Aiyanna.  —

— ¡¿En serio!? — Gritó muy sorprendida Aiyanna.

— Bueno, si estudias mucho, tienes fe y mucha capacidad; creo que lo podrás conseguir, tal vez. Es duro. Déjalo como una oportunidad entre oportunidades de tu futuro. —

Aunque estas palabras, más las risas de Antonina, desanimaron un poco a Aiyanna, esto solo provocó que mostrará más entusiasmo y dijera esto:

— ¡Daré lo mejor de mí misma para poder ser capaz de ser tu sucesora, lo intentaré aún cuando eso significa que fracase! —

A Antonina le agradó tanto aquello que le acarició fuertemente su cabeza, mientras decía entre risas que ese era el espíritu.

Luego de esto, las carrozas empezaron a moverse y salieron del pueblo, mientras todo el pueblo los perseguía un poquito, mientras se despedían con toda la emoción del mundo a Antonina y su gente.

Con el sol en alza, Antonina Aleksándrovna Freud observó el paisaje, al pueblo y el valle que abandonaba, mientras subían por las montañas, rumbo hacia la capital del Zarato de Shelijonia. Se puso a pensar en las leyes que va a decretar y las que quiere revisar, el buen camino que estaba tomando el reino y en lo que se iba a encontrar al llegar al palacio, algo que la llenaba de emoción con solo de imaginarlo. Estaba deseosa de ver cuál era el próximo conflicto humano que iba a intervenir u observar. Luego, con una gran sonrisa de oreja a oreja, recapitulaba todo lo que había pasado en aquella aldea. Empezó a pensar en muchos de los misterios que Sasha dejó sin resolver, o mejor dicho, en toda la farsa que había mantenido con ella todos esos días.

Querido lector, no debe dar validez a los pensamientos de nuestra protagonista que hemos relatado , puede ser que más de la mitad me lo haya inventado en pos de hacer más interesante mi escrito.  E incluso tenga que recelar de todo aconticimiento que haya leído aquí, tal vez puede estar adulterado.

Ya que, después de todo, ella nunca creyó en el relato de su doble personalidad, siempre supo que Sasha era Aiyanna y que todo era un delirio suyo. Sería un insulto para alguien que amaba tanto la mente humana creer en la existencia de personalidades múltiples, sólo hizo como si lo creía, jugando con aquella niña todo lo que quiso, mientras la chica de pelo extraño pensaba, con razones que debían ser tan irracionales como su misma locura, que la estaba manipulando.

Por algo, ella amaba la humanidad. Por estas hermosas cosas, yo, Antonina Aleksándrovna Freud, amo a la humanidad.

No se sorprendan, redactar una historia en tercera persona cuando eres el principal testigo de los hechos para darle mayor aparencia de objetividad, ya lo hizo un tal Julio Cesár. Yo sólo le imito.

FIN

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