Centésima decimoctava historia

Hermanas de sangre: Primera parte, centésima decimoctava historia.

Para mí, lo peor del día es volver a casa, no hay nada más desolador y triste. Es el lugar que más odio le tengo, que menos deseo regresar y que, si fuera mayor de edad, hubiera salido corriendo de allí, como si eso estuviera en llamas. Incluso se me quitan las ganas de comer, si pienso en el hogar. Se darán cuenta de que algo no está bien, de que no me siento cómoda; y les doy toda la razón, aunque esto forma parte de mi rutina. Esto es lo más normal, es el pan de cada día. Llevo años, casi toda mi vida; soportándolo, aprendiendo a tolerarlo. Me sorprende que haya aguantado tanto, porque ha habido veces que estaba a punto de irme de ese sitio para siempre.

Aunque la verdad, si la comparo con otras situaciones que vivieron algunos adolescentes que odiaban tanto su hogar como yo, podría ser risible. Yo no sufro violencia doméstica ni nada grave parecido, así que debería sentirme agradecida de no vivir en esa situación. Aún así, no me consuela para nada, pensar esto. Odio mi situación y mi casa.

Después de soltarles esto, me presentaré. Yo soy Grace Cook, secretaria principal de la Hermana mayor de la Hermandad Sumovov, del cual lleva el mismo apellido que la fundadora y líder de esta asociación, que es mi amistad más valiosa. Seguro que me recordarán por ese incidente que pasó durante el campamento y con “la hermana Mao”, por desgracia mía. Sé que he dado muy mala impresión y me gustaría limpiar mi nombre. No creo que esta historia que empezó en un día de febrero ayude mucho, pero espero que mejore mi imagen, aunque sea un poco. De todas formas, vamos a empezar de una vez con esta narración.

El móvil empezó a sonar, tenía puesto la alarma que se activo, con la intención de finalizar nuestro trabajo.

— ¡¿Ya son las seis y media!? ¡Qué pronto ha pasado el tiempo! — Eso dijo mi amiga Ekaterina Sumovov, mientras se levantaba de su silla y empezaba a estirar los brazos.

Estábamos en su cuarto, que se había convertido en la oficina de toda la hermandad, todos los asuntos necesarios para mantener en pie y con buen orden esa organización se tramitan aquí, entre ella y yo, totalmente solas; o eso diría, sino fuera porque había otra persona que nos estaba ayudando.

— ¡Por fin, ya me estaba aburriendo! ¡Vuestro trabajo es demasiado aburrido! ¡¿Cómo puedes soportarlo, hermanita!? —

La chica que se quejaba es la hermana menor de Ekaterina, Natáshenka. Después de lo ocurrido en el campamento de verano, ella le pidió ayuda, como excusa para pasar un rato juntas. Se queja mucho y se rinde muy rápido, aún así nos aligera las cosas.

— Estamos acostumbradas, eso es todo. — Añadí secamente, mientras terminaba lo poco que faltaba.

— Eso podría ser verdad si Natáshenka también se hubiera acostumbrado. En realidad, hay veces que ni yo tampoco puedo soportarlo. — Me replicó, mientras reía, seguramente recordando cosas de cuando comenzamos la hermandad.

En principio, ella se ponía muy alterada e incapaz de comprender que tenía que hacer para mantener bien la hermandad. Yo tuve que leer, aprender y charlar con su padre mucho para entender los trámites burocráticos, y poner orden.

— ¡¿En serio!? — Gritó muy sorprendida, y luego añadió esto, mientras me señalaba: — ¡¿Y Grace!? —

— Nunca la he visto quejarse ni distraerse. De verdad, es una trabajadora excelente. — Ella lo decía como si se trataba de una madre que estaba orgullosa de su hija. Mi comparación me parece graciosa, ahora que lo pienso, ya que la mía jamás me dijo algo así.

— Solo hago mi deber, no lo hago con pasión, así que yo no me puedo considerar una trabajadora excelente, supongo. — Añadí secamente esto, poniendo bien mis gafas, mientras intentaba ocultar mi vergüenza ante tal alabo.

Después de todo, yo solo estaba diciendo la verdad. No me gusta arreglar ni tramitar papeles, pero tampoco me disgusta. No me provoca ningún tipo de sentimiento hacerlo, solo lo hago porque es una parte muy fundamental de nuestra hermandad. En resumen, es mi trabajo y lo hago.

Supongo que tienen razón aquellos que siempre me han llamado “Grace la burocrática”, un fastidioso mote que he tolerado desde que era niña. Todo empezó cuando un profesor de ruso se percató de que yo tenía la típica imagen de un burócrata y bromeó con ello, sin mala intención alguna.

Eso provocó tantas risas en mis compañeros que no pararon de decir la misma broma, una y otra vez, por años. Y también al resto de profesores. Al tiempo, ese mote se volvió conocido en toda la institución en dónde estoy estudiando y me conocen por ese nombre.

En fin, como dijo aquel profesor, parezco la misma imagen de un burócrata. Recuerdo como una compañera de clase me decía cada una de las cosas que me hacían parecer como tal. Siempre tenía una mirada fría y seria, apenas mostraba una sonrisa o me reía, también me veían todo el día ocupada con papeles y jamás me vieron haciendo algo que no se trataba sobre eso.

— De todos modos, ya hemos terminado. Puedes parar, esos papeles pueden terminarse otro día. — Preguntó Ekaterina, a continuación.

— Solo un poco más, que estoy a punto. — Esa fue mi respuesta, prefiero terminarlo hoy antes que dejarlo para mañana.

— Entendido. — Y unos segundos después, añadió: — ¡¿Por cierto, quieres cenar con nosotros!? —

Detuve lo que estaba haciendo y me quedé pensando durante unos pocos segundos. Su hermana pequeña le preguntaba, algo sorprendida y molesta, por qué me invitaba otra vez a comer si el día anterior ya había cenando con ellas y le exigía que invitara a su amiga Dana, si yo lo hacía. Mientras ella le iba a explicar  mi situación, la interrumpí antes de tiempo, soltándole mi respuesta: — Muchas gracias Ekaterina, pero no quiero molestar y creo que es abusar…—

Ella miró un poco enfadada a su hermana pequeña, que no entendía nada; e intentó insistir: — ¿De verdad? En esta casa no molestas, siempre eres bienvenida. —

— No te preocupes, ya tengo planes para esta noche. — En realidad, no los tenía, aún así mentí para que ella no siguiera insistiendo.

— Entiendo. — Y se rindió. — En fin, espero que esos planes te salgan bien. —

Y terminé lo que faltaba para hoy y me despedí de ella y de su familia, para dirigirme hacia mi hogar, o eso haría si no lo odiaba con toda mi alma. Decidí retrasar lo máximo posible mi vuelta a casa, dado vueltas sin un destino claro por la cuidad, esperando perder dos horas o más.

Sobre lo de antes, Ekaterina sabía perfectamente mis problemas en el hogar y, para ayudarme, sería capaz de dejarme dormir en su casa todos los días. De verdad, mis problemas no son tan graves para que ella actuara así, me hace parecer que vivo en una situación realmente fea. Y, en cierta manera, me da mucha vergüenza aceptar sus invitaciones, no solo porque parezco una necesitada, sino también ciento que me aprovecho de su hospitalidad.

Aunque había otra razón por la que decidí decirle que no, su familia es demasiado brillante para mis ojos.

— ¡¿Y adónde iré!? — Me preguntaba, mientras andaba desorientada por el barrio en dónde vivía Ekaterina. — Porque no tengo ni idea… —

Entonces, recordé el puesto de comida callejero al que Mao y sus amigas siempre iban, que era propiedad de la familia de una de las cientos de chicas que trabajan para nuestra hermandad, que los ayuda. Recuerdo lo sorprendida que quedó ella cuando vio que yo iba a comer, y se puso muy servicial y amable conmigo, hablándome de lo bueno que estaba su comida. Supongo que es una actitud normal cuando alguien importante te visita. Por mi parte, no fue nada inesperado, ya me explicaron que estaba participando en el negocio de sus padres. Tampoco me interesó pasar por allí, si no fuera por la insistencia de algunas personas y sus opiniones favorables.

Fue un fastidio intentar buscar que platos no tenían carne, porque había uno o dos. Aún así, estaba muy rico. Eso sí que me sorprendió. Comparado con lo que como, que son, muchas veces, ensaladas preparadas compradas del supermercado o cosas parecidas, supongo que era normal que tuviese un buen sabor para mí. Tampoco voy mucho a restaurantes y otros tipos de establecimientos similares, la verdad. Miré mi cartera por unos momentos para comprobar si tenía dinero efectivo suficiente. Tenía más de trescientos dólares, así que me sobraba mucho. A continuación, me dirigí hacia al parque en dónde se encontraba, y que estaba un poco lejos. Mejor, así pierdo más tiempo.

Al final, la caminata se me hizo muy pesada, tanto que me harté de andar y decidí ir en autobús, aún cuando sabía que a veces me mareaba durante el viaje y era demasiado agobiante para mí, había demasiada gente. Tal vez debería haber aceptado la invitación del padre de Ekaterina para llevarme en su automóvil, algo que me preguntó antes de irme. También podría al llamar a mi chofer, pero éste fue despedido hace días y no hay sustituto.

O eso u ojala tener carnet de conducir y evitar el transporte público, aunque me falta un año para poder conseguirlo.

En aquel fastidioso viaje me di cuenta de que me sentía incómoda, había algo que me molestaba y no sabía qué era. El autobús no era el origen de aquel fastidioso sentimiento, sino que lo llevaba sintiendo, desde que salí de la casa de Ekaterina. No solo eso, no era la primera vez que lo sentía. Lo estaba sintiendo últimamente, durante en algunos de mis paseos o cuando volvía a casa. Apenas entendía que me pasaba, así que no le di importancia, creyendo que eran imaginaciones mías, o culpa del transporte público. Tras parar en la parada más cercana, anduve un poquito, llegué al parque y vi aquel puesto callejero, rodeado de varias personas que pedían comida.

— Parece que hoy están teniendo buenas ventas…— Comentaba mientras veía lo ocupados que estaban. Por una parte, me alegraba porque retrasaría aún más mi vuelta a casa, y la vez lo maldecía, porque no quería esperar.

Aún así, no eran tan largo la espera como parecía, en menos de unos cinco minutos ya estaba pidiendo a la chica que trabajaba junto con sus padres en aquel puesto callejero. Cuando me vio, me atendió con muchísima rapidez, ignorando a otros clientes que habían estado antes que yo:

— ¡Oh, B-buenos días, hermana! — Parecía nerviosa y esbozaba una forzada sonrisa. — ¡Me alegro mucho de que hayas vuelto al humilde negocio de mis padres! ¡¿Qué es lo que desean!? —

Iba a pronunciar su nombre, pero lo único que recordaba era el mote que le pusieron las amigas de Mao y que no parecía muy adecuado usarlo. Es mil veces más desagradable que el mío y decir “satánica” en público no era una buena idea. Me quedé en blanco, y luego pedí el plato que probé la otra vez.

— ¡Buena elección, hermana! ¡Realmente le encantó lo que pediste la otra, eh! — Y rió de una forma que parecía igual de forzada. Me pregunté por qué actuaba así, mientras se lo decía a sus padres. Después, comentó:

— Por cierto, hoy estás sola…— Ignoró a los clientes que le pedían atención. — ¿Has vuelto de trabajar para la hermandad? —

— Puede decirse que sí. — Y añadí esto, enseñándoles a los clientes, que me dieron la razón y parecían ser muy impacientes: — ¡Por otra parte, deberías atender! —

— ¡Es verdad, verdad! — Eso gritaba, mientras le pedía perdón a los demás y empezaba a preguntar sus pedidos.

Mientras esperaba mi comida, volví a pensar en aquella incomodidad que aún me estaba persiguiendo y carcomiendo por dentro. ¿Qué me estaba ocurriendo? No lo podría entender y eso me molestaba más de lo que me provocaba ese molesto sentimiento. Intenté, entonces, volver a ignorarlo y no darle importancia. Y de repente, oí algo y note una luz brillante detrás de mí, como si fuera un flash. Giré mi cabeza hacia y no vi nada que me pareció sospechoso, solo un banco, unos arbustos y un árbol detrás de éste y personas pasando de un lado para otro. Es decir, todo normal.

Me quedé pensando, preguntándome qué era eso, pero me convencí de que no era nada raro. Seguramente era alguien que sacaba una foto del parque, o a sus familiares, también podrían ser parejas, amigos o a él mismo; pero no tenía que preocuparme.

— Aquí tienes, ¡qué aproveche! — Eso me decía ella, mientras me daba la comida; después de esperar unos cuantos minutos.

— Gracias. — Añadí esto, mientras le daba el dinero. Luego, la alabé un poco: — ¡Sigue trabajando duro! —

— Soy una trabajadora nata, lo mío ya es casi profesional. — Y se puso a fardar sobre su persona, muy orgullosa. Podría haberse dedicado a aladear durante un buen rato, si no estuviera trabajando. Los clientes protestaron y sus padres le gritaron que si tan buena trabajadora se cree, que siguiera y no se detuviera.

Me senté en el banco más lejano y me comí la comida con tranquilidad, mientras veía el venir y devenir de las personas que cruzaban el parque, intentando ignorar lo que sentí antes y mi fastidiosa incomodidad.

Tras terminar mi pequeña cena, ya era de enfrentarme a lo que menos deseaba hacer, volver a casa, a ese hogar al que odiaba con toda mi alma. Mi mente me bloqueaba muy fuerte cada que intentaba pensar que debería irme ya. No quería, e intentaba usar la misma escusa de seguir dando un largo paseo, aún cuando estaba bastante cansada y me dolían las piernas. Miré mi móvil y eran las ocho y media de la noche. Yo me acuesto entre once y media y las doce. Podría acostarme más pronto, pero siempre dedico a estudiar unas horas antes de dormir, empezando a las nueve y media.

Por eso, ya era muy tarde para estar en la calle y tenía que volver a casa, por desgracia mía. Maldije mi horario y mi incapacidad de saltarme a lo acostumbrado, mientras me obligaba a levantarme y empezar a caminar.

Entre suspiros y lamentos, me dirigí con pasos pesados hacia mi hogar, como si me estuviera dirigiendo al matadero, después de ir en autobús en gran parte del maldito recorrido. Al entrar al edificio, uno de los más caros y lujosos del sur de la cuidad, el portero me saludó y yo se lo devolví con pocas ganas, algo que le molestó. Me monté en el ascensor, esperando que se parase de golpe y me quedará un buen rato atrapada; pero funcionaba muy bien.

Cuando tenía la puerta delante de mis narices, me quedé paralizada, con las llaves en las manos, incapaz de atreverme a abrir. Tuve que poner algo de voluntad para abrirlo, y cuando lo hice, solo hubo silencio, más que eso.

— De nuevo, todo está silencioso…— Comentaba, muy decaída. — Me dan ganas de no volver…—

No había nadie, la casa estaba totalmente a oscuras y el silencio era atroz, solo los ruidos de la cuidad lo rompían un poco. Parecía que yo vivía sola en este lugar, pero hay alguien más viviendo en este lugar. Aunque si está aquí, que nunca lo hace; sería absolutamente igual. Es más, mejor que no esté, porque la escasez de comunicación, su total indiferencia hacia mí y su actitud callada, hacen parecer que solo somos dos extrañas viviendo en la misma casa y solo me pondría peor de lo que estoy. Después de todo, vivir con mi madre es así, es como una desconocida que solo me dio nacer en este mundo, nada más que eso.

No me hace daño, no me odia, no se enfada nunca conmigo; pero tampoco se ha preocupado por mí, nunca ha estado conmigo, jamás ha demostrado algo que me muestra que tiene cariño hacia mí, ni apenas me habla. Siento que soy un mueble de la casa para ella, nada más que eso.

Aún así, su increíble indiferencia hacia mí contrasta con toda la inversión que ha hecho en mí. Ha gastado millones en cientos de niñeras para que cuidarán de mí las veinticuatros horas en su lugar. Algunas de ellas se aprovechaban y cogía de más para conseguir sus caprichos. Es más, como no le importaba que me comprara cualquier cosa, e incluso me dejaba abierto el grifo de dinero para mí; le engañaban.

Su indiferencia llegó a tal punto que ni se cuestionaban esas palabras ni me preguntaba nada, se los daba y punto. Si luego ella descubría que estaban abusando, las despide. Si no fuera por eso, algunas de las que fueron muy malas conmigo e incluso me pegaban, hubieran seguido haciéndome daño, sin que ella se dignaba siquiera que me golpeaban.

También me paga una educación muy cara, estoy yendo a uno de los colegios más ricos y exclusivos de toda la cuidad, que solamente la clase alta puede permitírselo, salvo algunas excepciones. Pero lo más extraño de todo es que su único deseo, lo que quiere que yo haga es que herede su posición en la empresa que trabaja. Nada más.

En fin, ¿entonces, por qué yo odio con toda mi alma mi hogar, por qué no puedo soportar vivir aquí? Vivo bien y no sufro un trato malísimo por parte de alguien. No sé si ya se han formado una idea más o menos exacta del por qué, pero se lo diré, aunque a algunos le suene estúpido.

Odio este silencio, que me muestra lo sola que estoy en realidad. Jamás he tenido he comprobado de verdad sentir el cariño y el amor de una madre, aún cuanto tenga la mía, que jamás se ha dignado actual como tal. Mientras las otras familias charlan entre ellos, ya sea comiendo o viendo la tele, o otra cosa; cuando se ayudan, se consuelan o incluso se pelean de forma sana los unos a los otros; yo tengo que intentar buscar cualquiera manera para distraer y evitar pensar en esta soledad que siento en este hogar, y que me agobia, me ahoga sin que pueda hacer nada. Sentir que la persona que te trajo el mundo, para esa ella, no eres más que un simple mueble que fácilmente ignora gran parte de tu vida, es realmente horrible. Pero lo peor es cuando ves que no tienes familia al que poder acudir ni sentirte querido, lo solitario que estás en este mundo.

No recuerdo quién me lo dijo o dónde lo leí, pero decía que el hombre moderno lo que más temía era el silencio, por eso siempre lo evita lo máximo posible. Creo que tiene razón, por lo menos a mi pasa; ya que lo primero que hice fue encender la televisión, algo que ni iba a ver; y subir el volumen.

Necesitaba ruido, cualquiera; para no soportar aquel atroz silencio del lugar. Luego, miré mi móvil y comprobé que hora era. Al ver que yo tenía que haber empezado a estudiar hacia un rato, me puse manos a la obra.

Después de todo, estudiar es lo que hago para poder distraerme. Y me alegro que sea así, porque hubiera usado otras cosas para pasar el rato. Podría haber acabado tomando drogas o entrar en un grupo de chicas delincuentes, en los peores casos. La cuestión es evitar el no hacer nada.

Pero antes de ponerme a estudiar, decidí mirar por un momento la cuidad que brillaba en medio de la noche. Abrí la enorme ventana del salón y miré mi calle. Entonces, paso algo que me dejó compleja.

Desde la ventana de mi maldita casa, que estaba en un tercer piso, vi o noté a alguien escondido entre los coches de la calle, haciéndome una foto, así sin más, y me di cuenta gracias al flash que hizo. Luego, cuando se dio cuenta de que le estaba mirando, salió corriendo a toda velocidad. Yo me quedé boquiabierta, apenas pude reaccionar.

Entonces, recordé cuando noté como vi un flash detrás de mí, mientras pedía comida en aquel puesto callejero. Y luego, ese molesto sentimiento, aquella incomodidad que me lleva persiguiendo hace días. Lo pude entender, fue como si todo de repente tenía sentido.

Estos últimos días había algo raro y es que alguien me estaba siguiendo, me estaba espiando.

FIN DE LA PRIMERA PARTE

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