Centésima decimoctava historia

Hermanas de sangre: Sexta parte, centésima decimoctava historia.

Y volvimos a encontrarnos al día siguiente, y al otro, y después de éste; así empezamos a vernos todos los días, a pesar de que nuestros horarios no nos ayudaban mucho en poder encontrar momentos para estar juntas. Jane tenía bastantes actividades extraescolares, la mayoría se lo impusieron sus padres y se quejaba bastante sobre aquello, y yo tenía una hermandad a la que atender, aunque mi jefa siempre estaba dispuesta a darme un día de descanso. De lunes a viernes, normalmente aparecía cuando salíamos de nuestra escuela, saludándome a mí, a su amiga Nabila, que desde entonces se ha estado relacionando mucho con nosotras; a Ekaterina y a su hermana. A veces, la conversación, casi siempre llena de sinsentido, solo duraba menos de cinco minutos y en otras podrá llegar durar hasta la media hora. Y tengo que reconocerlo, ya que, a diferencia de mi hermanita, que era muy sincera sobre esto; me costaba admitir que disfrutaba mucho de su presencia y de sus alocadas charlas.

Pero menos mal que teníamos los fines de semana, en los cuales teníamos mucho más márgenes para poder salir y pasar una tarde o mañana juntas. Uno de estos días fue un sábado situado a finales del mes de marzo, en el cual ocurrió algo que drásticamente cambiaría toda esta situación.

Era un día muy soleado, muy drástico comparado con el anterior, en el cual tuvimos nieve, llovizna y granizo a la vez. Aún así, los rayos del sol apenas eran capaces de enfriar las temperaturas y teníamos que salir a la calle con bufandas y abrigo. Aunque no es algo que un shelijoniano se preocuparía demasiado, el frio es lo más usual aquí, incluso en verano.

Ya era un poco después de medio día, cuando estaba esperando a Jane, en medio del centro de la ciudad, cerca de la estación central de ferrocarril. Veía a la gente pasar, mientras buscaba la silueta de mi hermana entre la muchedumbre con mucha impaciencia. Bueno, ella nunca ha demostrado mucha puntualidad, así que no debería quejarme, pero una estuvo vagando durante horas por la ciudad, ya que no quería estar toda la mañana dentro de su deprimente casa.

— ¡Hermana, hermana! ¡Estoy aquí, ya he llegado! — Y después de haber esperado diez minutos y treinta segundos, sorprendentemente rápido para su puntualidad, Jane apareció, gritando como una loca, saludándome con la mano en alto, moviéndola de un lado a otro a una velocidad increíble; con una enorme alegría que se notaba a leguas.

Mientras ella brincaba y saltaba entre la multitud para que me diera cuenta de su presencia, yo comprobé si mis gafas estaban bien y me preparé, con algo de nerviosismo, para darle una buena presentación, digna de una hermana mayor.

— ¡Buenas tardes! — Aunque quedo muy formal. — Parece que hoy estás muy enérgica, aunque deberías haber llegado…— Iba a intentar regañarla, pero sin que se notara que fuera un regaño, porque creía que era mi labor como hermana mayor, avisarle de que debería ser puntual y que era algo necesario para poder sobrevivir en esta despiadada sociedad. Pero no lo pude terminar, porque una fuerte y dolorosa palmada aterrizo a palo seco en toda mi espalda, casi me iba a caer al suelo por lo bruto que fue y que iba a sacar todos mis órganos internos afuera.

— ¡Buenos días, Grace! ¡Yo también estoy aquí! — Y eso gritó la persona que me hizo aquello, que solo fue parte de su saludo. Era Nabila.

— ¡¿Oh, pasa algo!? — Y le costó un poco entender el daño que me hizo. Me preguntaba esto, mientras observaba cómo mi cara morada inspiraba e respiraba, recuperándose de aquel terrible golpe. — ¡¿Por qué pones esa cara!? —

— ¡Qué bruta eres, por el amor de Dios! ¡No ves que le has hecho daño a mi hermana, burra! — Su amiga se lo tuvo que decir, quién estaba muy enfadada por lo que me hizo.

— ¡Ah, perdón, perdón! ¡Yo solo quería dar un saludo diferente, único y original! ¡Y con mucha menos intensidad, solo quería darte una palmadita, muy flojita! ¡De verdad! — Si eso fue flojo, no me podría imaginar cómo será cuando golpea fuerte, ni lo quería saber.

Antes de contarles lo que pasó después de que me puse recuperar de aquel horrible saludo, les diré que Nabila siempre estaba con nosotras, era raro que no aparecía y no se auto incluyera en nuestros planes. No me importa que aparezca, aunque su idiotez, superable a la de mi hermana, llegaba a ser algo muy molesto e inaguantable.

— Bueno, mientras no lo hagas tan fuerte, no pasa nada. Aunque, al ser consciente de que eres demasiado fuerte, preferiría que no lo hicieras. —

Eso tuve que decir a continuación, al ver que Jane se estaba peleando, aunque dudo de que eso se llamara pelea, con su amiga. Hizo falta una intervención mía para terminarlo.

— Tienes razón, hermana, como siempre. — Luego, dijo esto. — ¡Que sea la última vez que le des palmadas a la espalda, ya que no controlas tu súper fuerza! —

— ¡¿Súper fuerza!? Yo no tengo tanta fuerza, solo practico un poco de deporte, nada más. —

Parece ser que eso le molestó un poco, ya que arqueó un poco las cejas en señal de discrepancia, pero era verdad. Esta alocada chica, por lo que he podido comprobar, tiene una fuerza anormal, impropia para una niña de su edad, superando a casi todos los chicos de nuestro recinto educacional. Y eso de que “practica un poco de deporte” chirria un poco, después de notar como tiene una densidad muscular bastante desarrollada, algo que ella ha intentado esconder a toda costa, utilizando mucha ropa holgada. Supongo que debe estar bastante acomplejada con esto.

Tras esto, nos empezamos a mover por el centro de la ciudad. Nabila, para olvidar el tema de que tenía fuerza de más, preguntó esto:

— Entonces, ¡¿qué vamos a hacer hoy!? —

Sonreí, ya habíamos la hora de revelarles todo lo que planeé el día anterior con nuestra salida. Estaba tan entusiasma con el asunto que recopilé varias cosas que podríamos hacer y me fue imposible escoger lo que me parecían los mejores, todos eran buenos planes. Ya sea visitar los pocos museos y los monumentos que tenemos, las tiendas más caras, o ir al cine; me era incapaz de hacerlo, así que esperaba que ella eligiera por mí:

— Bueno, he pensando en varias alternativas de lo que podríamos hacer esta tarde y que podrían interés…— Y fui interrumpida.

— ¡¿Eh, tanto te calientas la cabeza!? ¡No vamos a comprar la comida, sino a divertirnos! — Nabila protestó de muy mala gana, arrepintiéndome un poco de seguir dejándole auto invitarse a mis salidas con mi hermanita.

— ¡No le repliques a mi hermana de esa forma! ¡Ella es muy buena planeando! ¡Y hay que planear las cosas, es algo muy vital! —

Más o menos, tiene algo de razón, aunque debía aplicarlo de vez en cuando, es un completo desastre, apenas planea las cosas.

— Pero eso da mucha flojera, hacemos lo que el cuerpo pida primero y ya está. — Y parece que eso de no planificar y hacer lo primero que se te ocurre es cosa de dos.

— Esta vez haremos caso a mi hermana…— Entonces, vio algo que distrajo su atención. — ¡Espera, ¿qué es eso?! — Y nos lo señaló.

Delante de un edificio del gobierno, en medio de una calle peatonal muy concurrida, la gente se conglobaba alrededor de lo que parecía ser un típico artista callejero. En verdad, no era normal. Sentado en el suelo, sobre una vieja alfombra, aquella persona parecía llevar ropa de algún integrante de  alguna banda musical de los años 80, unas gafas de sol y un mostacho muy llamativo. Entre sus manos, se encontraba una guitarra. Y no era una de esas de madera, sino eléctrica. A su lado, había un amplificador. Era algo bastante extraño, aunque dejó a mi hermana muy animada. Mientras tanto, su amiga se puso a hablar:

— ¡Vaya pregunta más tonta! ¡Todo el mundo lo sabe, es un tipejo que va a tocar con un violín eléctrico! — Las dos ignoramos aquel comentario que soltó Nabila tan orgullosa. Creo que lo hizo a propósito, nadie es capaz de equivocarse de una forma tan idiota.

— Bueno, parece que…— Y yo iba a comentar algo, pero mi hermana me interrumpió.

— ¡Cállate, Nabila! ¡Qué va a tocar! — Y se confundió de persona, además.

Y tenía razón, aquel extraño hombre empezó a tocar, y casi me dio un susto de muerte. Empezó con una melodía muy suave y tranquila, para ponerse a gritar como un condenado mientras sus dedos tocaban a la velocidad de la luz. No sé que estaba cantando, porque ni era inglés ni ruso, pero la letra parecía muy violenta, más que nada por los chillidos que ponía. Al pasar tres minutos, terminó, volviendo como al principio y se detuvo.

Algunos le tiraron dinero, otros empezaron a criticar sus dotes musicales e incluso decirle que estaba insultado el “Metal rock”, siendo respondidos con insultos del cantante. Al final, hubo una pelea y todo.

— Bueno, creo que es mejor marcharnos de aquí… —

Eso dije yo, preocupada por el hecho de que aquella absurda pelea nos alcanzará, además de que no parecía adecuado que mi hermana viera como dos hombres se mataban vivos.

Entonces, ella gritó llena de admiración: — ¡Hermanita, eso ha sido genial! ¡Es tan rebelde y guay! — Yo la observé y vi cómo sus ojos parecían estar brillando de la emoción, como si aquella música le hubiera conmovido. Me pregunto cómo.

— De verdad, está muy madurito el viejecito, se ve apetecible. — Ignoré también este comentario que rozaba lo siniestro de Nabila, quién se puso a  echarle un ojo.

— No es eso, el hombre es feo con ganas. — Le replicó Jane, aunque espero que ese señor no lo hubiera escuchado. — ¡Es la guitarra, es la guitarra! — Gritaba con muchísimo entusiasmo y a la vez no entendíamos que nos estaba diciendo con tanta pasión.

Entonces, descontrolada, nos cogió a las dos de las manos y nos empezó a llevarnos por algún sitio, mientras nos soltaba estas cosas:

— ¡Vamos a comprarnos una guitarra y convertirnos en una banda rebelde y que se pasa las reglas de la sociedad por dónde sea! — Aquellas palabras atraían la atención de los demás que pasaban a nuestro lado, pero parecía que Jane se había olvidado de que habían más gente que nosotros.

— ¡Pero si eso no es nada original, ya todos lo hacen! —  Le decía Nabila. Yo también añadí: — ¡Espera, Jane, espera! ¡No podemos pasarnos las reglas de la sociedad por dónde sea! — Como mi deber de hermana mayor, pensaba decirle que eso, además de peligroso, era contraproducente.

En fin, no opusimos resistencia y nos dejamos llevar, provocando que diésemos vueltas por el centro durante un buen rato. Al final, tuvimos que preguntarle hacia dónde nos llevaba y esta fue su respuesta:

— ¡Pues a una tienda de música, a comprarnos guitarras! —

— ¡¿Y acaso sabes alguna tienda por aquí!? — Le pregunté.

— Pues, la verdad…— Nos detuvimos en seco. —  Yo no había pensado en eso. — Y luego rió de forma nerviosa. Su amiga también, que añadió:

— ¡Típico de ti, siempre actúas antes de pensar! — Si fuera ella, yo no me reiría, porque hace lo mismo.

Y así es como no pude realizar ninguno de las ideas que había planeado toda la noche, terminamos buscando una tienda decidida a la música. Algo frustrante, pero soy incapaz de hacerla cambiar de opinión cuando se le antoja algo. No es por insistencia, sino porque me da mucha pena decirle que no, pone unas caras de cachorrito tan bien logrados que hasta me hacen sentir mal el simple de oponerme a lo que quiere, además de que se pone tan emocionada que da hasta cosa desilusionarla.

Primero, yo busqué con el móvil el paradero de algunas tiendas cercanas relacionadas con la música, mientras intentaba comprender que es lo que le había fascinado a mi hermana. La más cercana se encontraba a cinco calles de distancia, así que nos dirigimos hacia allá.

— ¡¿Y para qué vamos a comprar unas guitarras!? ¡¿Nos vamos a poner a cantar o qué!? — Eso preguntó Nabila.

— ¡Lo has adivinado! ¡Seremos una banda de pop! ¡Gritaremos versos con pasión sobre amores prohibidos e insultaremos al gobierno! ¡Seremos como vikingas, pero mucha más modernas! ¡Y habrá un montón de explosiones, golpearemos nuestras guitarras contra el suelo y nos pintaremos como el malo ese de Batman! ¡Y tendremos conciertos y la gente nos aplaudirá, nos querrán y seremos muy famosas! ¡Será bestial!— Decía cosas muy propias de un niño pequeño y, aunque fuera por un lado adorable, me preocupaba un poco aquellas fantasías suyas.

— No me ha quedado nada claro, sobre todo lo de bestial, es la primera vez que escucho en la vida real a alguien decir eso; pero… ¡Me gusta la idea de romper y explotar cosas! — Además de que acepto aquella absurda idea, a Nabila se le contagió la desbordada emoción que mostraba Jane, poniendo una sonrisa que parecía ser propia de un psicópata. Decidí ignorar eso.

— ¡¿A qué es genial, a qué sí!? — Entonces, mi hermana se puso a dar saltitos de felicidad, mientras cogía las manos de su amiga y le decía aquellas palabras. Nabila le respondió con la misma intensidad y las dos chicas empezaron a fantasear juntas sobre cómo iba a ser su camino hacia el estrellato, gritando una cantidad de hipotéticas situaciones, cada cual más absurda y extraña.

Yo no sabía que decir, no me atrevía a que pusiera los pies en la tierra y pensará fríamente, aún cuando era mi deber como hermana mayor. No quería desilusionarla, pero todo eso que decía era bastante fantasioso y el choque con la realidad sería bastante duro y brutal. Tenía que explicarle que hacer una banda de música era algo, aunque se podría conseguir, muy complicado y rara vez los que sueñan con esto llegan a lo más alto. Y lo peor es que en todo el camino no se lo pude decir.

Finalmente, llegamos ante aquella tienda de música y esas dos se quedaron observando el letrero durante varios segundos, como si estuvieran viendo una verdadera obra de arte, o eso o seguían atrapadas en sus ensoñaciones. Por mi parte, también lo observé y no me hizo mucha gracia, por alguna razón me perturbaba la imagen de Beethoven, creo que era él, con una sonrisa forzada y siniestra hecha por photoshop, mientras levantaba el dedo índice en señal de aprobación. Tampoco me hacía mucha gracia el nombre del local, que era tan soso que ni me acuerdo de cómo es, escrito con una letra horrorosa, igual que el color que le pusieron. Por el contrario, el escaparate se veía bastante interesante y muy variado, había un montón de instrumentos musicales de todo tipo.

— ¡¿Lo sientes!? — Y al pasar un minuto más o menos, Jane habló.

— ¡¿El qué!? — Preguntó Nabila, algo extrañada, incluso se puso a mirar por todos lados, buscando aquello que su amiga estaba sintiendo.

— La fama y la popularidad, ya los oigo. Será un momento decisivo para nuestras vidas. Recuerda este momento para toda nuestra vida, un pequeño pasado para nosotros, pero también uno muy grande, ¡el inicio de nuestra prometida carrera! — Lo último dicho lo dijo con muchísima ilusión y animada, llegando al punto de alzar las manos.

— ¡¿En dónde te has metido, Nabila!? — Luego, se dio cuenta de que su amiga no estaba a su lado y se puso a buscarla con la mirada.

— Ha entrado dentro mientras tú decías esto. — Nabila la ignoró y estaba dentro del lugar, observando los instrumentos.

— ¡¿Por qué me deja hablando sola!? — Jane infló los mofletes como señal de molestia, algo muy tierno de ver. — ¡Ha arruinado este momento tan especial! —

— Yo creo que…— Apenada, intenté aprovechar el momento para bajarla de las nubes cuanto antes. Pero ella me interrumpió: — ¡No te preocupes hermana, tú serás la manager del grupo, no te he dejado de lado! — Eso me chocó un poco y perdí tiempo en recuperarme, preguntándome porque soltó eso de repente, yo no mostré ninguna queja o preocupación por no meterme dentro de la banda. Y cuando Jane iba a entrar y reunía valor para decirle lo que pensaba de verdad sobre el asunto, oímos un grito de sorpresa que decía el nombre de mi hermana.

Naturalmente, las dos giramos nuestras cabezas hacia la procedencia de aquella voz y vimos a un hombre de negocios, mirándonos fijamente, con una mueca de horror y los ojos bien abiertos por la sorpresa. En verdad, creo que se estaba fijando hacia mí y lo hacía de una forma desagradable y hostil, como si se hubiera encontrado con el mismísimo diablo o con su peor enemigo. Entró en trance, tardó mucho en poder responder.

Y Jane también, que igualmente lo observaba como si la hubieran pillado, incapaz de enfrentarse a aquella situación. Yo igual, incapaz de entender por qué la atmósfera, hasta ahora tranquila e incluso cómico, se volvió tan tensa que se podría cortar el aire con un cuchillo. La gente que pasaba por nuestro alrededor lo ignoraba como si nada, ajenos a todo.

Al final, la primera persona en romper aquel silencio incómodo que duró casi más de un minuto fue Jane, que pronunció esta simple palabra, entre la sorpresa y el temor: — ¡¿P-papá…!? —

Ahí es dónde me di cuenta de que delante de mi estaba mi propio padre, el mismo que me abandono y jamás se presentó ante mis ojos, el mismísimo cobarde que se atrevió a espiarme pero que ni luego fue capaz de decirle a su otra hija que tenía una chica con la cual compartía sangre paterna. Un cúmulo de sentimientos, muchos de ellos negativos, se me vino encima, difíciles de controlar y dispuestos a escapar por algún lado. Me faltaba muy poco para explotar. Ahí es cuando me arrepentí de haber venido a la tienda de música más cercana de nosotras.

FIN DE LA SEXTA PARTE

 

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