Centésima decimoctava historia

Hermanas de sangre: Séptima parte, centésima decimoctava historia.

Después de que Jane rompiera aquel incómodo y desagradable silencio de parte de los tres presentes, la cara trastornada de nuestro padre se volvió en una de ira tan aterradora que mi hermana se puso a temblar, como si nunca hubiera visto aquella terrible expresión en su rostro. Y le agarró del brazo de una forma muy fuerte y violenta, empezando a llevársela en contra de su voluntad, mientras gritaba esto: — ¡Vámonos a casa, ahora mismo! —

— ¡No! — Y Jane se resistió, intentaba liberar su pobre brazo inútilmente, mientras ponía todos sus esfuerzos en no ser arrastrada. — ¡Suéltame papá, me duele! ¡No me quiero ir, estoy con mis amigas! —

— ¡Eso da igual, cállate y hazme caso, niña! — Pero él había enloquecido, estaba fuera de sí y no se daba cuenta del daño que le estaba haciendo a su hija y del espectáculo tan lamentable que estaba mostrando.

Ella solo repitió las mismas palabras, gritándole más fuerte, como si eso pudiera ayudar a mejorar las cosas. En realidad, lo empeoró, provocando que él alzara la mano  y gritará esto:

— ¡Hazme caso de una puta vez, estúpida! ¡No puedes estar cerca de esa chica! ¡Tienes que alejarte de ella! — A pesar de esto, como si conservara un ápice de cordura, su mano no bajo para golpear el cuerpo de su hija, aún.

— ¡¿Por qué!? ¡Ella no me ha hecho nada malo! ¡¿Qué pasa con esta chica, por qué te pones así por mi nueva amiga!? — Entonces, a pesar del miedo que ella sentía, fue capaz de desafiar a su progenitor: — ¡Dilo, vamos! —

Se quedó boquiabierto, como si supo que su hija había descubierto algo que jamás debería haber sabido y se descontroló, lanzando su mano contra los cachetes de Jane para golpearla fuertemente y hacerla callar.

Y ahí es donde tuve, no, tenía que intervenir. Me siento un poco mal por haber dejado que se hubiera desarrollado esa fea escena, pero yo intentaba controlar mis propias emociones, buscando alguna forma de pensar en frio. No quería acabar como él y perder mis estribos. Yo me acerqué a ellos a toda velocidad y detuve el brazo de mi padre.

— ¡Señor! — Le decía yo, mientras me ponía bien las gafas, e intentaba mostrar mi cara más seria y tranquila posible. — ¡No intente golpear a su hija de esa forma, ella no ha hecho nada malo para que se ponga así! ¡Además, suéltala, ya le ha dicho que le está haciendo daño! —

Él se me quedó mirando con furia y odio, y luego observó el brazo con el  cual iba a golpear y a su hija, además de su alrededor y de las personas que lo veían con mucho desagrado y con caras de llamar a las autoridades. Con un molesto y desagradable quejido, se dio cuenta de que estaba haciendo daño a Jane, además de asustarla, y bajó la mano y la soltó. Hice lo mismo con éste. Se tapó la cara de vergüenza y empezó a titubear cosas:

— Yo, la verdad…— Se rascó el cuello, mientras evitaba el contacto visual conmigo. — ¡No era mi intención, Jane!  ¡De verdad! — Pero si miró a mi hermana, quién le observaba muy enfadada, mientras se ponía detrás de mí, como si yo fuera una muralla contra su padre. — Ya da igual…— Dio un pequeño lamento al ver que la había fastidiado y por el momento no podría solucionarlo. — Bueno, no creo que te irás a casa ahora mismo conmigo, así que nos veremos más tarde, espero…—

Y con estas palabras él salió se alejo de nosotras, yendo con cada paso más rápido hasta desaparecer entre el bullicio de la ciudad. Cuando le vimos ir, yo solté un suspiro de alivio, su simple presencia me estaba destrozando por dentro, provocando que estuviera muy cerca de explotar como él lo hizo. Luego, añadí a la chica que se puso detrás de mí, y llevaba un buen rato agarrándose en torno a mi cintura, con cara de cachorrita asustada:

— ¡Perdón por no haber intervenido antes, el saber que ese hombre era mi padre me ha alterado bastante…! —  Jane tardó unos pocos segundos en contestar.

— ¡No te preocupes, hermana! — Pero cuando lo hizo, fue una explosión de admiración hacia mí. — ¡Has sido genial, me has dejado de piedra! ¡Le detuviste como si fuera una mujer de hierro y le devolviste la razón a mi padre…!— Puso una expresión malhumorada al mencionarlo. — Bueno, ¡no importa! ¡Eres increíble, eres la mejor hermana del mundo! —

Eso me puso muy colorada, aún cuando creo que no hice nada fuera de lo común; y para ocultarlo yo tuve que lanzar alguna frase para quedar bien delante de ella:

— ¡No es nada! ¡Solo estaba haciendo mi trabajo! — Le repliqué, mientras me movía un poco las gafas, a pesar de que estaban bien puestas.

Creo que fue muy efectivo, porque se puso mucha más alterada que antes, gritando como si fuera una admiradora que ve su grupo de cantantes.

Y también se puso a gritar a pleno pulmón, mientras me señalaba, que yo era su hermana y estaba muy orgullosa de tenerme como tal. Me morí de vergüenza, pidiéndole que se tranquilizara y metiéndola dentro de la tienda de música.

— ¡Perdón, perdón, creo que me he pasado! ¡Pero es que, es que…! — Eso me decía ella, después de explicarle que estaba haciendo mucho escándalo, mientras reía de forma nerviosa, al notar lo eufórica que estaba. — Bueno, ya lo sabes. —

— De eso ya me he enterado, en fin. — Y entonces fue el momento en que iba a tocar otro tema. — No me esperaba que se pusiera así, ¿tanto me odia…? —

No es que molestará que me odiara, porque yo también lo odio y mucho más, a pesar de que solo lo había conocido hace unos segundos; pero ese comportamiento fue muy exagerado, como si hubiera visto un demonio.

— ¡¿Hablas de papá!? — Yo moví la cabeza de forma afirmativa, no era necesario decir nada más. — Nunca lo vi ponerse así, y eso que siempre se enfada conmigo por tonterías. Realmente dio muchísimo miedo, creo que incluso me iba a mear encima del susto. — Ni ella misma se lo esperaba.

Luego, entre las dos nos quedamos en silencio durante unos segundos, antes de que ella añadiera, muy preocupada:

— ¿¡Y ahora qué pasará!? Yo no le dije nada sobre ti y no sé qué pasara cuando llegué a casa… — Se le notaba que no deseaba volver por allí por un largo tiempo.

— ¡Pues que se aguante! Él te lo oculto, así que no debe ponerse de esa manera. — Añadí un comentario para mejorar su ánimo y el cual mostró el rencor que estaba teniendo por ese hombre.

— ¡Bien dicho! — Me secundó Jane.

Aún así, no puedo negar que me preocupará bastante lo que le podría pasar a Jane al volver a casa, después de lo que había visto.

Entonces, nos acordamos de alguien, cuya existencia se nos olvido por culpa de aquel idiota:

— ¡Espera un momento! ¡¿Y dónde está Nabila!? — Preguntó Jane.

— Debe estar en la tienda…— Miré por todas partes. — Aunque no me hubiera imaginado que fuera tan grande. — Y ahora que estábamos adentro, aún cuando fuera al lado de la entrada, se notaba que era muchísimo más grande de lo que parecía afuera.

Grandes estanterías, llenas de todo tipo de instrumentos, desde simples flautas para niños y libros de partituras hasta enormes tubas y pianos; impedían que se pudiera avistar gran cosa, además de que era difícil andar por algunos sitios. También era sorprendente lo largo que era el local parecía que llegaba al otro lado del edificio, además  me fije que tenía acceso a un sótano. Nosotras dos tuvimos que recorrerlo de un lado para otro, llamándola, pero no nos respondía, solo oíamos cuchicheos de las personas que estaban ahí, y una de esas se nos hacía muy familiar.

Y obviamente se nos era muy conocida porque era de la misma Nabila, a quién la encontramos en el mostrador del negocio, hablándole al que estaba ahí trabajando de una forma muy extraña:

— La verdad es que yo no sé nada de música y quiero crear una banda con mi amiga y creo que tú podrías enseñarme, ¡te ves muy talentoso en esto de cantar! ¡¿Qué te parece hacerte mi profesor, señor!? ¡Sería muy feliz si lo hicieras! —

Esto le decía a un hombre que parecía tener cuarenta y pico años, que ponía un rostro que dejaba claro que se estaba sintiendo muy incómodo. Y era lo normal, porque ésta le estaba mirando fijamente a los ojos, sonriéndole de forma insinuante y con un tono de voz igual, incluso llegó a guiñarle el ojo.

— ¡¿Qué está haciendo tu amiga!? — Y con solo verlo, también me ponía incómoda. — Parece como si se lo estuviera seduciendo. —

— ¡Qué va, se lo está ligando! — Yo no pude decirle que eran sinónimos, porque estaba a punto de gritar de la conmoción, incapaz de creer que esa niña intentaba cortearte con un hombre de esa edad. — Siempre lo hace con los hombres mayores. — Y más aún, cuando Jane añadió esto.

Entonces, recordé todos los comentarios, propios de un viejo verde, que hizo sobre hombres mayores delante de nosotras. Creía que era otras muestras de su peculiar humor. Me costó mucho asimilar que ella los decía muy en serio, preguntándome cómo era posible esto.

Aún seguí mirando la escena y vi cómo el hombre estaba muy incómodo y muy asustado, incapaz de creerse de que una niña le estuviera tirando los tejos. Intentaba terminar la conversación y quitarse del medio lo más rápido posible, pero Nabila no le dejaba tener ninguna oportunidad. Así que era hora de intervenir:

— ¡¿Dónde te habías metido Nabila!? — Ella movió la cabeza hacia mí, mostrando algo de sorpresa. — Pensábamos que te habías perdido. —

— Ah, nada de eso. Solo estaba hablando con este señor amable. — Y le dio otro vistazo al hombre, poniendo una cara que le dio escalofríos a ese señor, y a mí también.

— Pues déjalo en paz, tiene que trabajar. — Ella se quejó. — Él tiene clientes en esta tienda y los estás molestando. — Iba a decirme que no había nadie, pero le señalé las personas que estaban ahí, esperando a lo lejos que terminará de charla. Aún así, intentó insistir y tuve que ser tajante: — ¡Vamos a buscar las malditas guitarras! —

Jane intervino, quién recuperó el entusiasmo que tenía antes de la aparición de ese maldito, y dijo lo mismo que yo. A sabiendas de lo insistente que Jane podría ser, ésta tuvo que aceptarlo y se despidió del señor:

— ¡Me despido, pero volveré! ¡La música nos volverá a reunir! —

Eso gritaba ella, mientras movía la mano de un lado para otro a velocidad de vértigo en señal de adiós, y poniendo un poco de dramatismo. El señor tuvo un suspiro de alivio, a pesar de que nosotras volveríamos a pasar por el mostrador con las guitarras.

Miramos la tienda paso a paso, a la vez que controlábamos a Nabila para que no se acercara al hombre del mostrador. Bueno, no había muchas variedades de guitarras eléctricas:

— ¡¿Y por qué no compramos ésta!? — Por su parte, Nabila estuvo cogiendo guitarras normales. — No necesita electricidad. —

— Pero tienen que ser eléctricas, ese es el chiste. No podemos ser metal si no hay electricidad. —

— ¡¿Y nos electrocutamos!? ¡¿Y el medio ambiente!? —

Mi hermana, como siempre, caía en el juego de ésta y discutía con Nabila, como si ella estuviera hablando en serio. Y no solo perdíamos el tiempo en eso, sino que además, entre las pocas guitarras eléctricas que había, Jane estuvo todo el rato dudando entre cual comprar:

— ¡¿Cómo parece esto!? ¡¿Me veo muy rebelde!? — Nos decía, mientras  cogía una guitarra blanca y que tenía un hueco a un costado.

Nosotras le dimos la razón, aunque incapaces de entender cómo una simple guitarra podría verte más rebelde.

— Pues, no sé yo. — Luego, ella miró inconforme a la guitarra y cogió otra, una de color rojo intenso y que parecía tener cuernos. — Creo que éste se ve más rebelde. —

Nosotras le dimos la razón otra vez, pero ella miró de nuevo la anterior, y añadió: — Pero él también se ve rebelde, pero, pero…—

Nos faltaba poco para que nos pusiera a gritarla y decirle que eligiera de una vez, hartas de su indecisión. Pero en vez de eso, comentábamos estas cosas en voz baja:

— Ya los entiendo, así es como los hombres sufren cuando las mujeres compran ropa…— Dijo Nabila, muy hastiada. Yo igual, añadí: — Los compadezco. —

Tuvo que pasar una media hora o mucho más para que finalmente ella hubiera elegido, que se volvieron eternas. Y eligió la roja, después de alguien, que pasaba por ahí, le dijera que muchos artistas conocidos del metal utilizaron aquel modelo. Rápidamente, cogió uno y otra para Nabila y se lo compraron. Tuvieron que salir de la tienda con eso encima.

— ¡Y con esto, vamos a formar una banda! — Gritó Jane eufórica, alzando las manos hacia al cielo. — ¡Nuestro gran sueño de la infancia ha dado su primer paso! —

— ¡¿Tu sueño de la infancia no era ser astronauta!? — Le replicó Nabila.

— Es para darle más emotividad. —

— ¿¡Pero, ahora qué van hacer!? — Entonces, intervine yo. — El tener guitarras no es suficiente, tienen que tener un bajo, una batería y lo más importante, saber cantar y tocar. —

Ya llegó el momento en dónde tenía que mostrarle la realidad, aunque fuera de forma muy poco hiriente. Ella tenía que darse cuenta que era dificultoso y debía estar muy preparada, que no era un juego:

— ¡Ya nos lo arreglaremos! — Aunque estas palabras, más el hecho de que riera nerviosamente, no me daba muchas esperanzas. — ¡Con perseverancia y esfuerzo todo se hacer! —

— Te lo traduzco, no tenemos nada de eso. —

— Eso lo sé. — Le dije a Nabila. Jane gritó: — ¡No será tan difícil, seguro que incluso tenemos talento y todo! —

A mí me daba ternura que dijera y Nabila casi le dio la risa, quién añadió:

— Traducción: Lo dejaremos dentro de un mes. —

Jane protestó y le decía a su amiga que serían capaces, que esto no era un capricho suyo, algo con lo cual no estoy de acuerdo. Nabila se lo tomaba a cachondeo.

Mientras ellas estaban hablando, yo seguía recordando sobre nuestro feo encuentro con nuestro padre. Me costaba imaginar qué podría pasar si ella volviera a su casa, pero sentía que no sería nada buena. Yo buscaba una manera, aún cuando no estaba claro, de que mi Jane no sufriera ningún percance. Y obviamente no lo encontré. Aún así, este encuentro me hizo pronosticar lo que nos iba a venir encima, aunque, antes de eso, íbamos a tener la calma antes de la tormenta.

FIN DE LA SÉPTIMA PARTE

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